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Libros Recomendados

Martes, 12 de Marzo de 2013

281. Espejo

Manuel Pecellín Lancharro

Según los historiadores, el XV fue un siglo espléndido para la literatura valenciana.  En esa época pendular, a caballo entre la cultura medieval, ya en trances de superación, y la renacentista, que se anunciaba de múltiples formas, compuso Jaume Roig (Valencia, circa 1400-Benimámet, 1478) su Llibre de les dones, más conocido como  Espill. Lo debió de escribir hacia 1460, justo cuando Joanot Martorell empezaba su célebre Tirant lo Blanc, el libro de caballería salvado de la quema por Don Quijote, que lo juzga “un tesoro de contento y una mina de pasatiempos”. Por lo demás, ambas obras difieren en aspectos múltiples, testimonio de la emergente cultura burguesa una, prototipo del amor cortesano, la otra.

Roig, médico famoso, unido en feliz matrimonio con Isabel Pellicer, virtuosa dama a la que admiró y quiso profundamente, se muestra aquí acérrimo debelador del género femenino. En línea con Juvenal (el mundo clásico estaba “renaciendo”), es el autor de una sátira inmisericorde contra las mujeres. A excepción de la suya y, claro está, de la Virgen María (el libro incluye un tratado mariano, defendiendo el futuro dogma de la Inmaculada Concepción), todas la merecen los mayores reproches. Desde Eva acá, ninguna escapa a su lengua viperina, en verdadero diluvio de improperios.

Como para predicar con el ejemplo propio, da a Espejo  un (falso) aire autobiográfico: el autor, ya muy viejo, narra a un sobrino cuánto tuvo que sufrir en sus matrimonios, a cual más infelices. Tal vez el peor de todos lo vivió con una  novicia, lo que le sirve para explayarse sobre las licenciosas costumbres vigentes en los conventos, retrato que haría las delicias del propio Voltaire. (Tampoco los sacerdotes salen bien parados por parte de quien se declara defensor del celibato clerical, aunque, según la obra, pocos lo vivan. Inútil añadir que rechaza cualquier posibilidad de que las mujeres, corruptas por naturaleza, alcancen el presbiterado).

Cabe discutir hasta dónde Roig, excelente conocedor de la Biblia y un punto antisemita,  está convencido de sus tesis misóginas, o busca sólo  efectos cómicos, tantos son los argumentos como  acumula, verosímiles algunos, realmente descabellados muchos: madres devoradoras de hijos infantes; hembras fatales que mataron hasta veinticinco maridos; pasteleras de París que guisan cadáveres; las tres damas que parieron en Siena ciento veintiocho hijo de un solo hombre et sic de coeteris, aunque los venga a confirmar el mismo rey Salomón. No extrañan así sus improperios sobre las brujas, tan diferentes a las opiniones de un Pedro de Valencia, apelando a que se las ajusticie (pp. 133-34).

Sin duda, lo más atractivo de la obra son sus aspectos formales. Inspirándose en el lenguaje de la huerta valenciana,  tan vívido, con especial dominio de algunos campos (medicina, judicatura, comercio, agricultura) el lector contemporáneo se abrumará con la auténtica catarata léxica que le cae en cada página. Mérito grande del traductor es haber logrado que estos aluviones expresivos resulten agradables, allende el rechazo que pueda sentirse ante las opiniones así vertidas. Moga ha hecho una labor impecable, más valiosa si estima la apuesta de poner en prosa actual un texto poético del XV, con las características de Espill. El original, del que solo se conserva un manuscrito (fue impreso numerosas veces) es un descomunal producto de más de 16.000 versos, que riman de dos en dos. Para colmo, estos son tetrasílabos, lo que, dada la estrechez del metro, impone limitaciones estilísticas y distorsiones sintácticas a cada paso. Tal vez hubiese sido oportuno reproducir algunos pasajes facsímiles para poderlo comprobar. Tampoco habrían sobrado notas a pie de página para entender los más dificultosos o las apoyaturas culturales que hoy se nos escapan.


Jaume Roig, Espejo. Traducción y prólogo de Eduardo Moga.Valencia, Pre-Textos, 2016


280. Medianoche en el siglo

Manuel Pecellín Lancharro


Víctor Serge (Bruselas, 1890-México, 1947) fue una personalidad fascinante, prototipo del auténtico revolucionario, más proclive a la pluma que al fusil, capaz de reconocer los errores del proyecto utópico, aunque mantuvo hasta sus días últimos los ideales juveniles, pese a los terribles tropiezos sufridos. Su nombre real era el de Víctor Lvovich Kibalchic, como heredero de una familia rusa refugiada en Bélgica. Allí nació y se formó entre los defensores del anarquismo. Nunca perdería del todo sus raíces libertarias (junto al entusiasmo que mostró por la figura de Lenin). Su compromiso con los ideales revolucionarios lo condujo primero a España, durante la huelga general de 1917 (Medianoche en el siglo alude numerosas veces a nuestro país) y poco después a Rusia, donde los bolcheviques habían tomado el poder.
Serge se comprometió profundamente con el proceso soviético y con la Internacional comunista. No obstante, su lucidez y honestidad le descubren pronto, especialmente tras la subida al poder de Stalin, que la cosa pública no marcha según lo había soñado. Más próximo a las tesis de Trostki, también él será víctima de la represión que está llevándose incluso a los miembros más relevantes del PCUS. Sufre en carne propia las humillaciones concentracionarias del “gulag”, del que escapa en virtud de las presiones internacionales. El año 1936 abandona el presidio y puede salir de la Unión Soviética, convertida para entonces en una cárcel descomunal, y afincarse en Francia. Allí se decide a escribir la novela que presentamos.
S´il est minuit dans la nuit (1939), según el título original, denuncia paladinamente la terrible noche que ha caído sobre una tierra, Rusia, donde el triunfo del proletariado permitía encender las luces de un porvenir glorioso para la humanidad. Adelantándose a Koestler o Soljenitsin (Un día en la vida de Iván Denísovich, la admirable obra de este último, se halla aquí prefigurada), Serge presenta el régimen estaliniano como una horripilante máquina destructora de hombres y mujeres, en muchos casos a los que más debe la propia revolución, con métodos capaces de recordar otra odiosa estructura represiva, la Inquisición (delaciones, torturas, jueces inicuos, cárceles, abogados cómplices, hambrunas, autoinculpaciones humillantes, etc., están a la orden del día).
Pero Medianoche en el siglo es sobre todo un excelente ejercicio literario, texto en el que se combinan hábilmente con discurso narrativo, el monólogo interior, los diálogos sin marca, las canciones populares, las citas de Hegel y Marx, el feedback, la desconstrucción de las jergas políticas y carcelarias para describir el tremendo Caos en que millones de personas ignoran por dónde les asestarán el golpe último.
Enmarcada en Chernoé, campo de concentración a orillas del helado río Chiórnaya, magníficamente resuelto cada primavera, la obra nos traduce las angustias, ilusiones y sufrimientos de personajes prototípicos: Kostrov, miembro del partido desde 1917, profesor universitario de “Materialismo Histórico, que también cae en cae en desgracia y no se conducirá del modo más honorable; Fedossenko, jefe implacable en el trato con los deportados políticos, si bien lo veremos hundirse en el abismo ; el grupo de jóvenes “trotskistas” (Ryjik, Elkin, Avelii), cada uno representativo de diferentes posturas, que sufren allí las mayores miserias y entre los cuales destaca Rodion, el único capaz de eludir las alambradas, aunque su futuro sigue siendo igual de negro. Si hay algún atisbo de solidaridad en aquel gigantesco desbarajuste, en que la “Rusia eterna” de los zares no parece haber mejorado un punto, corre a cargo de los más humildes y de las mujeres allí concentradas (Várvara, Galia). Según apunta el escritor, entre Stalin y Hitler se puede establecer un estremecedor paralelismo. Los ideales comunistas eran tan sublimes como desastrosa su plasmación práctica.
Serge, ante la llegada de los nazis, consigue huir y refugiarse en México, donde el corazón le fallaría. El régimen colaboracionista de Vichy impide que circule su novela, por entender que critica en exceso a un aliado de Alemania, Rusia (tras el pacto Stalin-Hitler). Medianoche en el siglo no reaparecerá hasta 1979 (París, Livre de Poche). La edición de Alianza, con frecuentes notas a pie de página puestas por el traductor (Ramón García), que no es la primera en castellano, facilita la lectura de un libro imprescindible.

Víctor Serge, Medianoche en el siglo. Madrid, Alianza, 2016.

 

 


 

279. Instituciones romanas

Manuel Pecellín Lancharro



Espido Freire (Bilbao, 1974), licenciada en Filología Inglesa y diplomada en Edición y Publicación de Textos por la Universidad de Deusto, irrumpió espectacularmente al obtener con sólo 25 años el Premio Planeta, concedido a su obra Melocotones helados, distinguida por  Qué Leer como la mejor novela española editada durante el año anterior. Poco antes, los libreros franceses galardonaron la primera obra de Espido, Irlanda, como libro  revelación extranjero. La escritora, cuya presencia es frecuente en prensa y TV, ha ido  dando a luz numerosos títulos, con notable aceptación de la crítica y traducciones a los idiomas más hablados. Uno de aquellos, Soria Moria, le supuso el XXXIX Premio Ateneo de Sevilla (Algaida, 2007).

Esta obra, cuyos protagonistas son dos  adolescentes de la burguesía inglesa (instalados en el Tenerife decimonónico y escapados a una tierra mítica de la tradición noruega) estaba en línea con otro texto de literatura juvenil publicado antes por la  bilbaína, La última batalla de Vincavec el bandido.

Si bien  Espido Freire ha manifestado alguna vez su escasa voluntad por la historia como fuente de inspiración,  El chico de la flecha se enmarca en  Emerita Augusta durante el imperio de Vespasiano. Es verdad que su argumento es fruto fantástico, pero nunca entra en confrontación con lo que de la época se conoce. Más aún, puede decirse que el texto es sobre todo una presentación para jóvenes estudiantes de las “instituciones romanas”: familia, ejército,  religión,  comercio, judicatura, administración, esclavitud, etc., así como de los usos y costumbres llevadas e impuestas por las poderosas legiones a todos los confines dominados. Que Freire (apellido con ineludibles ecos pedagógicos) elija para enmarcar su relato la entonces recién fundada Mérida, capital de la Lusitania, nos gusta, pero para esta narración lo mismo pudo fijarse en otras urbes pujantes, como Tarraco. Lisboa, Itálica o Córdoba.

Junto al espectacular puente sobre el Guadiana se asienta la familia de los Albius, patricios latifundistas, de la que forman parte el joven Marco, huérfano, y su tío Julio, el tutor. Son los dos protagonistas de la novela, adolescente atolondrado uno; modelo de serenidad y virtud el otro. En torno a ellos pululan pedagogos, libertos, amas, soldados, brujas, bandidos, servidores de posadas, termas, taberneros, gladiadores,  comerciantes…, toda la fauna, en fin, de una sociedad tan compleja (e injusta) como la creada por Roma.

Una ingenua aventura ideada por Marco y su joven esclavo Aselo va a desencadenar la trama. El final feliz, según corresponde al género, no por previsible resulta inverosímil.  Julio, legado de Roma, asume el papel de instruir a cuantos le rodean, especialmente a los dos pupilos, amo y esclavo, en los valores éticos que elevaron al mundo latino, vigentes hasta hoy. De ahí que el ilustre hombre incluso arriesgue vida y fortuna por salvar a un pequeño esclavo.

Para mejor conducirse en la lectura, sin tener que echar mano a Internet, numerosas notas a pie de página explican los abundantes términos latinos utilizados (en cursivas). Algún anacronismo (v.c., presentar el ajedrez en la Hispania del s. I) o imprecisión (“las mulas relinchan”) no son ni lunares en una prosa tan limpia, precisa y ágil como la de la obra.



Espido Freire, El chico de la flecha. Madrid, Anaya, 2016

 

 


 

278. Chimen Abramsky

Manuel Pecellín Lancharro


El año 2010 fallecía en Londres Chimen Abramsky, bibliófilo extraordinario. Con paciencia y conocimientos fuera de lo común, supo reunir dos colecciones imprescindibles para los estudiosos que se interesen por la historia del movimiento obrero inglés (con especial atención a Marx)  y la cultura judía. Como la del extremeño Antonio Rodríguez-Moñino, la biblioteca de aquel sabio, con no excesivos volúmenes, albergaba piezas únicas, joyas manuscritas o impresas casi imposibles de localizar en ninguna otra parte. Su casa londinense fue durante medio siglo una Meca para investigadores de medio mundo, que encontraban en Hillaway 5 st. no sólo la documentación anhelada, sino la abrumadora hospitalidad de los anfitriones, el casi omnisciente Chimen y su generosísima esposa, Miriam. La casa de los veinte mil libros, compuesta por un nieto de ambos, nos ilustra de forma amenísima sobre cómo fue constituyéndose aquel centro privado del saber y la amistad, por donde transitarían historiadores, archiveros, políticos, economistas y filósofos de talla internacional

Chimen nació cerca de Minsk (1916). Pasó a pronto a vivir en Moscú, donde su padre, un rabino famoso, Yehezkel Abramsky (morirá en Jerusalén el año 1976 como héroe nacional) se afanaba por defender las tradiciones judías entre los ímpetus revolucionarios, cosa que purgó durante un bienio en Siberia. Tras enormes vicisitudes, la familia consigue llegar a Inglaterra. Padre e hijo, conservador aquel, revolucionario éste,  van a seguir rutas distintas, aunque los vincularán siempre las raíces hebreas.

Chimen, que no fue a la escuela rusa, educado por tutores privados, nunca obtendría título académico, pero sí muy sólida formación, no del todo autodidacta. Su paso por el Pitman's College londinés, la London School of Economics y la Universidad de Hebrea de Jerusalén, interrumpido por la II Guerra Mundial, se la facilitaron. Políglota, comienza a trabajar en Shapiro, Valentine and Co, librería de viejo, casándose (1940) con la hermana del dueño, Miriam Nirenstein, también perteneciente a una familia de rabinos. No obstante, los dos se declaran pronto ateos e ingresan en el Partido Comunista Inglés, donde militarán muy activamente largos lustros. Chimen tardará mucho en pedir la baja, tras reconocer los crímenes de Stalin. No obstante, nunca renunció a su entusiasmo por el Materialismo histórico de Marx, aunque también fue creciendo paulatinamente en él la defensa de autores como Maimónides y Espinosa (judíos los dos) y las tesis liberales.

Lo que  no menguó nunca fue su afán por el trabajo y el amor a los libros viejos o singulares. Llegaría a convertirse en un tasador famoso, trabajando a comisión para firmas como Sotheby´s o la Valmadonna Trust Library. Gozaría fama de ser el máximo experto mundial en textos judíos. (¿ Y qué materia no ha sido abordada por algún hijo de Israel?).

Esto le abrió, si tardíamente, el umbral de la academia, ingresando (1965) como senior fellowship en el St Antony's College de Oxford, apoyado por influyentes amigos, deudores de sus préstamos intelectuales (Christopher Hill, Eric Hobsbawm, Edward Thompson, EH Carr e Isaiah Berlin, entre otros). Enseñó también Historia Judía en el University College London, que le nombró (1974) Goldsmid Professor  y director de su Departamento Hebreo.

Todas las universidades del ámbito anglosajón lo invitarían para impartir cursos o conferencias, más aún a partir de que publicase junto a Henry Collins la obra  Karl Marx and the British Labour Movement. (Dejaron sin concluir una biografía de Marx, para la que contaban con valiosos materiales de primera mano).

Sasha, el nieto mayor de nuestro hombre, se ha esforzado durante un lustro para escribir esta apasionante biografía. Supo recabar la ayuda inteligente de muchas personas (familiares, colegas, alumnos, amigos del gran hombre), que le completarían los saberes amasados por las largas estancias en el domicilio de sus muy queridos abuelos. Sólo así se explica el rigor, la calidez y el entusiasmo de una obra como ésta.



Sasha Abramsky, La casa de los veinte mil libros. Cáceres, Periférica, 2016

 


 

277. Acordes de una canción antigua

Manuel Pecellín Lancharro

La Editora Regional de Extremadura, que Eduardo Moga ha comenzado a dirigir con tan buen tino, nos  acaba de sorprender con Acordes de una antigua canción, un excelente poemario, de cuyo autor no teníamos noticias. Nacido en Fregenal de la Sierra (1952),  la vida de José Agudo ha transcurrido en Mallorca y Barcelona, ciudad donde actualmente reside. En la red hemos encontrado la entrevista que le hizo (15-II-2015) Carmen Tomás,  distinguiéndolo entre los  “escriptors del baix Llobregat”. Agudo le que confiesa sentirse herido por la “nostalgia mediterránea”, esa que Serrat cantó de forma inolvidable.

Manuel Rico lo llevó a su Antología de Poetas Catalanes en Castellano, titulada Por Vivir Aquí: Antología de Poetas Catalanes en Castellano (2003), prologada por Manuel Vázquez Montalbán. (Su caso me recuerda al grandísimo José María Valverde, quien, aunque nacido e incluso criado en Valencia de Alcántara, siempre prefirió se incluido entre los escritores de Cataluña, si bien,  aun siendo  políglota, escribía en castellano).

Agudo, con apellido tan surextremeño,  no es un novel en el mundo de las letras. Entre sus publicaciones se señalan títulos como  Naufragios (1992), Conciencia de mí mismo (1995), Dibujando la Rosa de los Vientos (1996), Hombre desnudo (2006) y Esta frágil cadencia (2008), libro éste con el que obtuvo el XXVIII Premio Hispanoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez. Que no es el único de sus galardones..

Entre los clásicos, se declara lector asiduo de  Manrique y Quevedo y de los contemporáneos admira sobre todo a Jaime Gil de Biedma, José Agustín y Caballero Bonald.

“Mi pulso poético tiende a la reflexión acerca de la vida y sus contornos, de los mínimos hechos cotidianos que pueden pasar desapercibidos, pero que analizados convenientemente suponen una carga emocional lo suficientemente importante como para tenerlos en cuenta y tratarlos poéticamente”, manifestaba en la entrevista que antes se citó.

Así se percibe en este libro, tan urbanita,  cuyos versos blancos y libres, con preferencia por los endecasílabos, llegan a lo más hondo por su perfección formal y las inquietudes que hacen compartir al lector. Escritos, real o figuradamente en octubre, se impregnan de  melancolía otoñal. Tópicos como la caída de las hojas, el mar al sin los ruidosos turistas, el frío que regresa, los charcos de la lluvia, la luz ya domesticada, las fantasmales neblinas, los pájaros erráticos del crepúsculo… se elevan a símbolos de la caducidad del existir, los  ineludibles estragos del tiempo, la conciencia de un yo que se extingue. El poema “Senectud” (pág. 45) lo resume perfectamente. Con todo, a pesar de los pasos fatigados, de las dudas que corroen a los dioses mismos (si es que existen), de que nos conducen como cantos rodados (Rolling Stones) rumbo a una orilla sin nada, reconforta la seguridad de que estuvimos aquí, junto a los otros, siquiera por un instante.


José Agudo, Acordes de una antigua canción. Mérida, ERE, 2016

 


 

276. La niña profeta

Manuel Pecellín Lancharro

 

A mitad de 1499, mientras los aires milenaristas azuzaban todo tipo de inquietudes, en la sede de la Inquisición de Toledo se abre causa contra una joven visionaria nacida en Herrera, proceso que pronto implicará a muchos de sus seguidores. Inés Esteban, con sólo doce años, criada en una familia de judeconversos  falsamente convertidos a la fe católica, vino a ser un fenómeno social en las poblaciones  de la “Real Dehesa de la Serena” para cuantos seguían fieles a la ley de Moisés incluso tras aceptar bautizarse (para eludir la expulsión decretada por los Reyes Católicos).

Su figura atrajo el interés de no pocos historiadores, entre ellos el inolvidable H. Beinart. El catedrático de la Universidad de Jerusalén, gran especialista en el estudio del mundo judeoespañol (recordamos bien su presencia en Hervás durante la celebración del ya lejano I Congreso sobre los Judíos en Extremadura) le dedicaría el estudio “Inés of Herrera. The Prophetes of Extremadura (en Giles, M. E, ed., Women in the Inquisition: Spain and the New World, Baltimore, Johns Hopkins Univesity Press, 1999).

Las actas del proceso levantado contra Inés no han podido aún ser localizadas, por lo que en realidad no se conoce bien cómo terminó. Sí  las de otros que el Santo Tribunal (por entonces todavía casi neófito, pero ya temible) tuvo como cómplices de la adolescente y a quienes ella, con sus visiones y profecías, reconfortó en sus esperanzas mesiánicas.  Los buenos oficios de Antonio Blázquez, también natural de Herrera y empleado en el Archivo  Histórico Nacional de Madrid, dieron a conocer los expedientes de varios de los autos de fe derivados de la causa seguida a la “Moza de Herrera” y sus acólitos. A las gestiones de búsqueda se sumó otro paisano, Desiderio Vaquerizo (n. 1959), catedrático de Arqueología en la Universidad de Córdoba.  Autor de otras novelas históricas (El árbol del pan, 2004; Callejón del lobo, 2006; Chocolate con veneno. 2009; El cerro de los cráneos, 2011 y Alfileres de cristal, 2013), vio pronto las enormes posibilidades literarias de esta figura adolescente, capaz de enfrentarse a las más duras persecuciones en defensa de sus ideales.

Combinando  lo históricamente comprobado con su fantasía creadora (gran acierto con el personaje Diego Martínez O.P. , fiscal inquisidor, hijo bastardo del Conde de Belalcázar, a la postre también convencido e incluso enamorado de la adolescente encausada), Vaquerizo construye una sólida y extensa narración (427 páginas). La dirige a evocar una historia terrible y, sobre todo, a poner de manifiesto la pésima opinión que le merece el Tribunal creado por los Reyes Católicos para reprimir “la herética pravedad” (y con ello sostener  los poderes del Altar y del Trono, tan bien avenidos). Se sirve sobre todo de una obra pionera y  mítica, Sanctae Inquisitionis Hispanicae artes… (Heidelberg, 1569), compuesta por el gran  Casiodoro de Reina (Montemolín, c. 1520) tras huir de Sevilla, huyendo de la Inquisición,  y refugiarse en territorios de la Reforma (donde tampoco lo tratarían precisamente con  mucho respeto).

El relato se sirve de las supuestas memorias que habría compuesto el joven dominico, también encarcelado por desobedecer al Inquisidor General Diego de Deza e incluso tramar la liberación de Inés. Se utiliza, no obstante, el castellano actual, por lo que surgen no pocos anacronismos (histeria, huracán, linchamiento…).  Un glosario de términos ayuda a mejor entender las costumbres y prácticas judías, tan presentes en estas páginas, muy esclarecedoras de lo que fue aquella pugna entre “cristianos nuevos” y “cristianos viejos”, cuyas víctimas fueron en resumen todos los españoles (unos más que otros, claro está).

Desiderio Vaquerizo Gil,  Inés de Herrera. La niña profeta. Córdoba, Ediciones El Almendro, 2016.

 


 

275. Lápices primos

Manuel Pecellín Lancharro

Quienes venimos de la piedra pulimentada neolítica (pizarra y pizarrín escolares), hemos asimilado  experiencias múltiples en el arte de la escritura. Desde aquellos humildes útiles, en alternancia con los plumines de acero al final de mangos  y los frágiles tinteros de anilina, a menudo derramada sobre el pupitre (¿quién tenía una estilográfica?),  amén de las febles tizas (¡las había de colores!), hasta la pantalla y el lápiz electrónico, hemos vivido descubrimientos impactantes. Para mí, niño rural, supuso toda una revelación descubrir aquella tarde de otoño cómo el Sr. Feliciano,  residente en Sevilla, de visita a Monesterio,  trazaba incansables renglones sin tener que acudir al tintero. Se llama bolígrafo, nos ilustró, y puede trazar miles de líneas sin alejarse del papel.

Aquello no era magia, sino ciencia. Lo que no puede decirse de las propuestas que Ramírez Lozano nos lanza en Lápices primos. La imaginación del extremeño realiza aquí otro tour de force, con ayuda de la  ilustradora Natalie Pudalov, que traduce a imágenes oníricas, en línea con las visiones de El Bosco, las intuiciones  surrealistas del escritor.

Asentado a orillas del Betis, que riega la Argónida de Caballero Bonald y ha visto sus caudales surcados por tartesios,  romanos, musulmanes, wikingos, genoveses y navegantes miles, hasta los yanquis de la VI Flota, la fantasía del autor no conoce fronteras. Merced a un discurso limítrofe entre el verso y la prosa poética, irá desgranando todo un cursillo de nuevas grafías, cada una más original que la anterior. Así, se nos induce a escribir con un peine (las palabras se trenzan mucho mejor, facilitando el poema); una caña de pescar (con la que obtener escamitas de sílabas de todos los colores); una corbata (la lengua del corazón); la humilde cerilla, capaz de meter fuego al discurso;  la espina de un pez volador, tan útil para enhebrar suspiros; el pico de un jilguero, cuya endiablada voracidad abruma a la razón; la pata de cualquier araña, experta en entretejer términos mágicos o la punta de una sombrilla, que incluso en invierno hace florecer vocablos inauditos. Por no decir linternas (iluminan el pensamiento), pinzas de tender (útiles para el decir cotidiano), llaves (las cerraduras han sido tinteros en vidas anteriores), gomas de borrar (imprescindibles en labores de lima, a la búsqueda de la desnudez), agujas de reloj (útiles para hacer ganchillo con las horas perdidas y tricotar poemas de segundos) o vulgares sacacorchos (que imponen trazos en espiral,  barrocos bucles expresivos, espuma de la imaginación desbordante).

¿No le convencen las propuestas de Ramírez Lozano, ni siquiera como las traduce plásticamente la Pudalov en este maravilloso álbum?  Quizá porque Vd. no se decir a sobrepasar las rutinas, el canon consabido, los juegos habituales. Atrévase (sapere aude, recomendaba  el Kant de la Ilustración) a descubrir otras posibilidades expresivas, a romper los moldes clásicos, a experimentar las enormes sugerencias que hasta el objeto más simple provoca con sólo mirarlo de modo distinto. Un mundo como el nuestro, tan cargado de imposiciones, seguridades (falsas), hábitos y decálogos (discutibles) se lo agradecerá.

Si lo desea, cabe esperar a la edición que se anuncia en gallego. Tal vez la lengua de las cantigas le resulte más convincente.


José Antonio Ramírez Lozano, Lápices primos. OQO editora. Galicia, 2016.


 

 

274. Cuerdos de Atar

Manuel Pecellín Lancharro

 

Sánchez Alcón (Guijo de Coria, 1967) enseña Filosofía en un Instituto de la Comunidad valenciana.  Pero sus intereses van mucho más allá de la docencia, al menos según los parámetros habituales.  Así, viene colaborando desde hace lustros con “Plena Inclusión”, grupo que apoya las actividades de personas intelectualmente discapacitadas. Es cofundador de la “Escuela de Pensamiento Libre”, donde personas “con retraso” enseñan a otras a razonar valiéndose del método Lipman (ver su ensayo Pensamiento libre, Pirámide, 2011). Al mismo tiempo, no descuida el trabajo de creación, según testimonian las novelas El telefonista pirado que desenterraba filósofos (Anaya, 1999), Las aventuras filosóficas de Toni Tonel (Aljibe, 2004) o El octavo maestro (Sapere Aude, 2016).

A este género pertenece su libro último. “Nargoniem” remite al estremecedor mundo de la locura, cuyos límites han sido tan variables en la historia: cada época ha tenido por dementes, enajenados, locos, orates, insensatos, idiotas, imbéciles, alienados, maníacos, atolondrados, chalados, desequilibrados, excéntricos, trastornados  (por no decir histéricos, esquizofrénicos,  psicópatas, paranoicos y otros cultismos) a personas cuya conducta no coincidía con los cánones de la época. Por supuesto, el tratamiento a que fueron sometidos ha ido variando sustancialmente. Dígalo Foucault en su impagable Historia de la locura (1961), citado aquí más de una vez. Como lo es otro clásico del género, La nave de los necios, publicada a finales del XV por Sebastián Brant, con célebre repercusiones entre los humanistas (Elogio de la locura, de Erasmo) y pintores (La nave de los locos, de El Bosco). Si esto se recuerda es porque también lo hace Sánchez Alcón. Por lo demás, la obra de Brant, cuyas hermosas xilografías se deben en buena parte a Durero,  no era  solo  una alegoría crítica contra la sociedad de su época y la Iglesia católica (a menudo presentada como “nave de salud”), sino clara alusión a una perversa costumbre, históricamente documentable: la de introducir a los enfermos mentales en navíos -¡qué bien si naufragaban!- por los cauces del Rin, el Ródano o el Danubio, alejándolos de la ciudadanía “cuerda”. Si realmente  existiese “Narraganiem”, el land utópico para los privados de razón, hasta allí los llevarían sus familiares y deudos, con el apoyo de los responsables políticos, tan diligentes en la defensa de la ciudadanía “normal”… y de su propio peculio.

Difícil concebir a nadie con mayor preocupación por el bienestar de la patria que el protagonista de la novela. Hijo de un cacique, terrateniente provinciano, a mitad de los cincuenta del pasado siglo, se elevará a puestos de máximo poder en la dictadura franquista.  Sus tremendas, criminales a veces, actuaciones, acordes con aquel régimen, rayan en la vesania. Para  referirlas, el autor se sirve de un viejo recurso, consagrado por Cervantes: el político deja sus memorias a quien las publicará, una vez él se haya suicidado, eso sí, tras cometer  (por mano ajena) asesinatos horrorosos. Él mismo es consciente de sus desequilibrios, cosa que, pintor amateur, lo induce a entablar  en distintos museos de Europa  diálogos surrealistas con hasta ocho orates célebres, consagrados por  los pinceles de Velázquez, Goya, Sorolla,  De Kooning, etc. Junto a las notas de su diario, los informes secretos que recaba de  oscuros súbditos  y los propios apuntes del narrador omnisciente (que declara no serlo: no consigue entender la conducta del hábil político), constituyen el material léxico de la novela. Combinarlo adecuadamente, a pesar de las numerosas caídas (repeticiones, fallos sintácticos y estilísticos numerosos) supone el gran mérito de Narragoniem, inquietante reflexión sobre la especie humana.

Chema Sánchez Alcón, Narragoniem. Aranjuez, Ediciones Atlantis, 2016

 

 


 

273. Anatomía de la rosa

Manuel Pecellín Lancharro


J.R. Jiménez  incluyó  en Piedra y cielo  uno de los poemas más lacónicos, citados y quizás peor comprendidos de la literatura española contemporánea, en el que se perciben ecos de la Oda 38 de Horacio:

¡No le toques ya más,

que así es la rosa!

El onubense, como el clásico latino demandaba así   la desnudez radical del verso (no el silencio de la crítica, que él ejerció a menudo de modo implacable). Comentando el famoso dístico, nuestro Nobel aclararía que formulaba su proposición  «después de haber tocado el poema hasta la rosa».

A Eduardo Moga (Barcelona, 1962) se le da como a nadie “la disección de la rosa” (crítica, en griego, tiene ese significado), ejercicio al que viene dedicándose desde hace lustros con singular maestría, metiéndose en los más variados jardines. Así lo demuestra este volumen con casi medio millar de páginas, prologado por Aurelio Major, una  antología de  hasta 60  disecciones que el autor fue desperdigando en numerosos medios, sobre papel u on line. La obra recoge sobre todo reseñas, pero también estudios, prólogos, notas de lecturas  y ensayos antes aparecidos en Letras Libres, Revista de Libros,  El Cuaderno,  Kafka, Siete de Siete,  Crítica, Nayagua, Quimera, Cuadernos Hispanoamericanos, Revista de Occidente, El Ciervo, Turia, Ínsula, etc.

Para tan prestigiosos medios ha escrito Moga en torno a buena parte de lo que en España fue publicándose durante el decenio último. Su antología constituye una auténtica historia de literatura contemporánea. Y lo es de calidad, por la excelente preparación del crítico y su acertado método.

Moga, licenciado en Derecho y Doctor en Filología,  es un creador  reconocido: premio Adonais 1995 con La luz oída, suyos son los poemarios Ángel mortal, El barro en la mirada, Unánime fuego, El corazón, la nada, La montaña hendida, las horas y los labios, Soliloquio para dos, Los haikús del tren, Cuerpo sin mí, Seis sextinas soeces, Bajo la piel, los días, El desierto verde, Insumisión, Décimas de fiebre y El corazón de la nada. Antología  poética (1994-2014). Ha traducido al castellano a  R. Llull, Faulkner, Rimbaud, Whitman, Bukowsky o R. Aldington, entre otros autores por los que confiesa sentir admiración.Tiene también dos tomos con ensayos, De asuntos literarios (2004) y Lecturas nómadas (2007) y editó varias antologías poéticas, entre ellas una dedicada a la poesía contemporánea en catalán (2014), Medio siglo de oro. Hoy dirige hoy la Editora Regional de Extremadura.

Aunque dotado de un notable sentido para el humor irónico, las críticas de Moga rara vez hieren la piel de nadie. Quizá porque, según recuerda el prologuista, sigue la sabia recomendación de Auden: “La única actitud sensata para un crítico es guardar silencio sobre las obras que juzga malas, al tiempo que promueve con vigor aquellas que juzga buenas”. Con esa directriz, en estas páginas los elogios se sobreponen a las censuras (no faltan). Por lo demás, a Moga le interesa de cada escritor  las dos cuestiones fundamentales: qué dice en la obra analizada (temas, asuntos, motivos, sugerencias e incluso silencios) y cómo lo dice (recursos estilísticos utilizados).

Sin descuidar las reediciones actualizadas, a ser posible con buenos estudios preliminares, de autores ya desaparecidos, Moga se interesa por quienes hoy siguen en la palestra literaria, a veces incluso casi recién llegadas a la misma. Entre aquellos, le ocupan nombres como los de María Zambrano, Julio Camba, García Lorca, Pío Baroja, Álvaro Cunqueiro, José Hierro, Vázquez Montalbán, Valente, Blas de Otero, José Agustín Goytisolo  o César González Ruano, a quien dedica dos corrosivos  artículos, espléndidos ambos (con inevitables repeticiones).

Antonio Gamoneda, Pablo García Baena, Caballero Bonald, Pere Ginferrer (a título doble), Juan Carlos Mestre, Jordi Doce, Javier Lostalé, Fernando Aramburu ,  Miguel Casado, Antonio Colina, Juan Antonio Masoliver, José Miguel Ullán, Jorge Rodríguez Padrón o Félix de Azúa son algunos de los poetas neosurrealistas, neobarrocos, simbolista, metafísicos, épicos, místicos y agitadores políticos aquí considerados.  Entre los extremeños que interesaron a Moga (no se olvide que su mujer es cacereña), figuran Álex Chico, Julio César Galán, José Antonio Llera, Mario Martín Gijón, Javier Pérez Walias, Basilio Sánchez y Álvaro Valverde.

En sus autopsias florales, al crítico le gustan de modo confeso quienes se atreven a desarticular el lenguaje (a tenor con el desbarajuste que la sociedad posmoderna exhibe); las rupturas de la palabra; las luxaciones fonéticas, gramaticales o sintácticas, con las implicaciones semánticas que inducen; la intertextualidad o la fusión de géneros y modelos artísticos. Mejor si cuantos se atreven a experimentar tales usos innovadores, aciertan a combinarlos con las grandes tradiciones clásicas: la atinada simbiosis de bodega y azotea, según metáfora feliz de Gerardo Diego.

Moga exhibe precisión de cirujano, derroche de recursos técnicos y prosa magnífica a la hora de componer sus análisis. En pocas ocasiones se aprende y disfruta tanto como con las lecturas aquí propuestas. Pronto aparecerá otra entrega sobre escritores Hispanoamericanos, propiciador como es del diálogo entre poetas de ambos continentes.

 

Eduardo Moga, La disección de la rosa. Mérida, ERE, 2015.

 


 

272. La presa

Manuel Pecellín Lancharro

Tan trágica como la del protagonista de La Presa, aunque por razones, muy diferentes,  fue la vida de Irėne Némirovsky. Natural de Kiev (1903), abandona la Rusia bolchevique para establecer en París (1919) con sus familiares, ricos banqueros judíos. No fue la suya una infancia feliz, como tampoco la del joven Daguerne, el personaje  de la narración, que tanto me recuerda al Julien Sorel  de Rojo y Negro, la gran obra de Stendhal. Políglota consumada, Némirovsky obtuvo la licenciatura en Letras por la Sorbonne, comenzando pronto precoz carrera literaria, hasta convertirse en figura reconocida de las letras galas. Escritores tan exigentes como Jean Cocteau o Paul  Morand no le escatimaron elogios.


No obstante, el régimen de Vichy le denegó repetidas veces la nacionalidad francesa. Casada con Michel Epstein, también judío,  su conversión al catolicismo  no impediría que fuese deportada (1942) a Auschwitz, junto con su esposo. Ella falleció de tifus; él murió en la cámara de gas. Dos hijas sobrevivieron gracias a la ayuda de personas valientes. Ambas conservarían inédita una novela de la  madre, Suite francesa. Publicada  en 2004, obtuvo un enorme éxito (fue Premio Renaudot a título póstumo, y el Libreros de Madrid 2016), siendo traducida a casi medio centenar de idiomas.        

La Presa (La proie) había visto la luz el año 1938. Por entonces, Francia sufre aún las consecuencias de la gran crisis económica desencadenada a partir de 1929 y sus políticos no parecen capaces afrontarlas. Más aún, según los pinta aquí Némirovsky, constituyen una casta egoísta, corrupta y de escasas virtudes intelectuales. Eso explica el triunfo, aunque sea coyuntural, de un hijo de la "banlieu" de París, guapo, extraordinariamente ambicioso y sin escrúpulos, dotado de una enorme sagacidad innata.

Con todo, lo mejor de la novela no es el retrato de aquella sociedad, ciega ante el peligro nazi, sino los análisis sicológicos de sus personajes, especialmente el de Jean-Luc Daguerne, todo un paradigma de la condición humana. Tal vez su trágico final, sin duda previsible, se produce injustamente cuando en aquel hombre egocėntrico e implacable, había comenzado a generarse otra conducta a partir de un nuevo amor, ahora mucho más limpio que el que antaño lo llevó a casarse con la hija (tan atractiva, cuanto ñoña) de un poderoso banquero en busca del trampolín sociopolítico.

La Presa no remite a la población reclusa, sino al cebo con el que los más espabilados engatusan a sus congéneres para utilizarlos en su propio beneficio. Aunque no siempre les salgan bien los cálculos y, a la postre, el suicidio se imponga como la salida única. Quizás ni eso sirva para detener a otros más jóvenes e igualmente depredadores. Dígalo, si no, el propio hermano menor de Daguerne. La vida continúa. Nadie aprende en cabeza ajena. Bien lo ejemplifica la obra de Némorovsky, cuyo ágil estilo sabe respetar el traductor, José Antonio Soriano Marco.



Irėne Némirovsky, La Presa. Barcelona, Salamandra, 2016

 


 

271. Crónica de Guadalupe

Manuel Pecellín Lancharro


A raíz del Capítulo General de la Orden Jerónima (1459), presidido por Alonso de Oropesa, se  dispuso la composición de las crónicas conventuales.  Según Wikipedia,  copiando la Historia de la orden de los Jerónimos (debo la advertencia a D. Antonio Ramiro, Caballero de Guadalupe), este  inteligente fraile, de origen judeoconverso, “escribió varios tratados que no llegaron a la imprenta y se conservan en el monasterio de Guadalupe. Un examen de su Lumen ad revelationem gentium, encargada por Enrique IV, de quien fue consejero, revela lo que es una defensa de la unidad de los cristianos viejos y nuevos mediante la figura del cuerpo místico de Cristo, en lo que se muestra a la vez paulino y preerasmista. Es quizás la apología de los conversos más importante del siglo xv, y la acabó en 1465. También escribió una Vida de san Juan Crisóstomo”.

El cordobés Alonso de la Rambla (+1484), monje durante casi medio siglo, fue comisionado para escribir la crónica del monasterio de Guadalupe. Con toda probabilidad  se le atribuye la autoría de esta Crónica vieja. Al original se le irían añadiendo   con el transcurso de los años numerosos apuntes en los márgenes, que sin duda lo enriquecen.

Así lo dice Arcángel Barrado (1907-1971), excelente historiador  que fue allí archivero y bibliotecario, ya servido por la Comunidad franciscana. Él dispuso en su día la transcripción del documento, dejándolo listo para imprenta (1956), sin que llegase a ver la luz. El manuscrito original,  forrado en piel negra veteada, con 64 folios de papel vegetal ordinario,  obraba en poder de Antonio Rodríguez-Moñino, quien lo cedería temporalmente a su buen amigo el  Dr. Barrado para estudio y posible edición. Se publica ahora, con estudio y notas a pie de página a cargo de Fr. Antonio Arévalo, guardián de aquel  Cenobio y director de su archivo, biblioteca y revista homónima. Presta así un gran servicio, facilitando a los lectores un texto que, limpio por él de erratas, resulta fuente impagable de noticias (históricas, religiosas, económicas, etnográficas), así como venero para los estudiosos de la diacronía de la lengua castellana.

Fray Alonso, a quien Barrado califica como “sujeto de toda confianza del Monasterio y persona hábil en política y diplomacia” (pág. 27),  aunque también “tenaz y rebelde a cualquier otro criterio que no coincidiera con el suyo” (pág. 28), prestaría grandes servicios a su comunidad, de cuyos entresijos, vicisitudes,  pleitos, hacienda y  vida interior estaba muy bien informado. Debió también servirse de códices anteriores, hoy perdidos.

Tras un breve prólogo, donde al autor busca ganarse crédito, la crónica abre con la “leyenda fundacional” (capts. I y II), pasando a describir  la llegada de la Orden Jerónima (capts. III, IV y V), “la qual por la gracia divinal oy floresce en España”.  En los capítulos siguientes se va dando a conocer quiénes fueron sus priores y los principales acontecimientos habidos bajo cada uno, amén de las  actuaciones de otros religiosos notables, algunos legos (tejedores, herreros, cirujanos, peleteros, zapateros, sastres…), importantes todos en Monasterio  tan dinámico.

La prosa de fray Alonso es extraordinariamente rica, llena de galanura, precisa y enjundiosa al referirse a asuntos anecdóticos o a  cuestiones de gran trascendencia para Guadalupe. Resulta un sugerente  presagio de los magníficos escritores que adornarán nuestro Siglo de Oro.  Voy a reproducir un pasaje elocuente:

“E como vido el prior (Gonzalo de Ocaña) que la fambre cresçia e padesçian los pobres de su pueblo, mandó traer la farina que estava en el monesterio, ca trigo no avia alguno en él, e fallose que avía farina p(ara) tres semanas, segund el gasto del monesterio. E  eaviendo mucha fianza en la bondad de N. Señor Dios e confiando de la procuración d la Virgen María, mandó massar tres vezes en la semana abundançia de panes, e mandó al mayordomo traer vacas, e ordenó que se diessen a todo pobre que lo quisiese, agora fuesse del pueblo o forastero, dos panes e un pedaço de vaca” (pág. 91).



Fr. Alonso de la Rambla, Crónica vieja del Monasterio de Guadalupe. Guadalupe, Comunidad franciscana, 2017

 


 

270. Tirso Lozano Rubio

Manuel Pecellín Lancharro

 

Rector del Seminario pacense, Francisco González Lozano (Don Benito, 1975) se doctoró el 2015 con la tesis Historia pedagógica del Seminario Conciliar de San Atón. 1851-1962, publicada el mismo año por la Fundación Caja Badajoz, entidad que también edita este su nuevo libro. Coautora del trabajo es la directora de la magnífica biblioteca que aquel centro posee, Guadalupe Pérez Ortiz, a cuya laboriosidad se debe un buen número de obras aparecidas en los tiempos últimos. Conocedores los dos de los fondos archivísticos diocesanos, vuelven a conjuntar sus afanes para enriquecer la historia de Iglesia extremeña.

Así lo han hecho con esta biografía de Tirso Lozano Rubio, otro de esos clérigos ilustrados que merecen figurar en una abundante nómina. Nacido dentro de familia humilde (Montánchez, 1865), se formaría durante casi tres lustros en el Seminario de Badajoz, donde ejercerá docencia (Sagradas Escrituras) y desempeñará el cargo de Prefecto de estudios. Completa los suyos haciendo doctorándose en Teología por la Universidad Pontificia de San Idelfonso y alcanzado la licenciatura en Derecho por la Universidad de Sevilla (1900).

No extraña que obtuviera, tras lucida oposición,  la plaza de Canónigo en la catedral pacense, ni que haya asumido otras altas responsabilidades, llegando a ser Presidente de la Caja de Ahorros de Badajoz. Administrador de la diócesis, Juez eclesiástico, Correspondiente de la R. Academia de Historia, vocal del Patronato del Museo Provincial de Badajoz,  miembro de la Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos de la provincia, socio de la R. Sociedad Extremeña de Amigos del País, colaborador de la excelente Revista de Extremadura y del Centro de Estudios Extremeños… Tirso Lozano aún encontrará tiempo para escribir un importante número de libros, casi todos editados en los talleres de Uceda Hermanos: Las armas de la dialéctica (1894), Historia de Montánchez (1894), Atlas geográfico-filosófico (1896),  Lexicon de sistemas filosóficos (1987), De historia de Badajoz: apéndice a la Historia del Dr. Mateos (Badajoz, Arqueros, 1930),  Historia de la fundación del convento de Religiosas Carmelitas de Badajoz (Arqueros, 1930) y el Suplemento a la Historia Eclesiástica de la ciudad de Badajoz, de Solano de Figueroa (Badajoz, Centro de Estudios Extremeños, 1935).

Los autores ofrecen la ficha bibliográfica de cada una de estas publicaciones, incluso de otros trabajos inéditos, así como la sinopsis, excesivamente concisa, de los mismos. Un análisis más extenso habría permitido conocer mejor las ideas principales que Tirso Lozano sustentaba en cuestiones de Filosofía, Teología, Biblia, Historia, etc., acaso también por dónde iban sus planteamientos políticos, sociales y económicos.

Bibliófilo tenaz, en la biblioteca  de este “sacerdote al servicio de la sociedad y de la Iglesia”, según se le distingue, figuraban obras de bien distinta temática, aunque sobresalen las de carácter religioso. El legado de las mismas, próximo al millar de volúmenes, se guarda hoy en la de la Sociedad Económica pacense. Guadalupe Pérez y Francisco González ofrecen un pulcro listado de títulos, libros y revistas,  año de publicación y autores, por orden alfabético de estos últimos. No deja de admirar que el buen canónigo contase entre sus lecturas escritos de hombres tan apartados de la ortodoxia vaticana  como  Nicolás Diaz y Pérez,  Roque Barcia,  Ernesto Renan,  Mario Roso de Luna,  Tomás Romero de Castilla, Emilio Zola,  o P. Kropotkine, uno de los padres del anarquismo y del que poseía Palabras de un rebelde.

Falleció en Badajoz el año 1938. No se dice cómo pudo afrontar los difíciles años de la República y del nuevo orden franquista.

Celso Morga Iruzubieta, arzobispo de Mérida-Badajoz, suscribe el prólogo.

 

Guadalupe Pérez Ortiz y Francisco González Lozano, Tirso Lozano Rubio. Badajoz, Fundación CB, 2016.

 


 

 

270. ¿Quién sabe leer?

Manuel Pecellín Lancharro

Profesor de Lengua y Literatura ya jubilado, doctor en Pedagogía, Benito Estrella (Higuera de la Serena, 1946) se distingue por sus esforzadas contribuciones para la renovación de la enseñanza en Extremadura, sobre todo a partir de las inolvidables “Escuelas de Veranos”, donde tantos centenares de docentes llegaríamos a participar.  Ha sido también Jefe de la Unidad de Programas en la Dirección P. de Badajoz; miembro del Forum Europeo de Administradores de la Educación y patrono de la Fundación “Juan Uña”  (nombre dado a dicho ente como homenaje al que fuese rector de la Institución Libre de Enseñanza, en cuyos principios se inspira).

La pedagogía y el lenguaje son las dos áreas predilectas del autor, que ha publicado asimismo los poemarios La soledad y el silencio, Libro de la memoria y el olvido, El lugar que cura (X Premio de Poesía García de la Huerta) e Izana, el Pájaro. De ellos se ocupó Virginie Jean en una tesis editada por la Sorbonne. Autor de la novela de carácter autobiográfico Valdargar (VI Premio a la Creación Literaria “La Serena”), suyas son las obras ensayísticas Un extraño en mi escuela… y Loa a la vieja pizarra, en las que se muestra muy crítico con las directrices pretendidamente renovadoras que durante los lustros últimos han ido proyectándose a partir de las Administraciones públicas en el campo de la educación (tantas veces para aburrimiento de maestros y alumnos) .

La Fundación Emmanuel Mounier, que ya le editase el último libro, saca ahora en su colección “Sinergia” este nuevo ensayo del extremeño. Estrella no oculta su empatía con las orientaciones de dicha  entidad, dirigida por Julia Pérez Ramírez y alentada por pensadores tan comprometidos como Carlos Díaz. (Precisamente de este filósofo han ido apareciendo en la misma serie trabajos tan reveladores como De la simple indignación a la democracia moral o Economía de mercado y enseñanza de Cristo, amén de monografías sobre Unamuno, Erasmo, Kierkegaard o Antonio Machado).

El mismo título recoge ya la tesis básica que nuclea la obra aquí presentada: “No vemos el mundo, lo leemos”. Recuerda inevitablemente otra de Galileo, si bien con distinta proyección. "La filosofía -decía Galileo (en Il Saggitario, 1963)- está escrita en ese grandísimo libro que contínuamete está abierto ante nuestros ojos (a saber, el universo), pero no puede entenderse si antes no se procura entender su lenguaje y conocer los caracteres en que está escrito. Este libro está escrito en lenguaje matemático, y sus caracteres son triángulos, círculos, etc”.

Buen lector de otros lenguajes como el bíblico, platónico,  místico sufí, taoísta o el poético en sus múltiples recreaciones, Estrella está lejos del reduccionismo consagrado por los neoposivistas o analistas lógicos.  Se sitúa más cerca del Wittgenstein de las Investigaciones lógicas que del célebre Tractatus (si bien el filósofo austríaco no es citado ni una sola vez, sorprendentemente, en un libro que exalta las relaciones entre lenguaje y pensamiento). Sí lo es en numerosas ocasiones I. Kant, quien ya en el siglo XVIII realizase la auténtica “revolución copernicana” en el campo epistemológico: es el sujeto, no el objeto, quien tiene la primacía en la ineludible complicidad del conocer. Son las “categoría” subjetivas aprióricas las que estructuran realmente el juicio, si bien no pueden operar al margen del aporte objetivo sin incurrir en sentencias vacías sobre un “Incognitum X”.

No existe, o no la podemos conocer, “realidad”  alguna al margen del sujeto. Es éste quien las constituye, según “lee” los contenidos sensoriales.  Pero para “leer” correctamente el mundo, “empalabrarlo” y “apalabrarlo”, la persona necesita una buena formación; adquirir habilidades y valores: interés, tradición, apertura, comprensión y apropiación son los más importantes. El ensayista expone el significado, génesis y desarrollo de los mismos, apelando con frecuencia a alegorías y otros recursos que toma de tanto de la literatura popular como de los grandes poetas, desde Homero hasta hoy mismo.

 

Benito Estrella, No vemos el mundo, lo leemos. Madrid, Fundación Emmanuel Mounier, 2016.


269. Historiadores en Llerena

Manuel Pecellín Lancharro

 

Para el mundo occidental, América incluida, el siglo XVIII supuso una ruptura clave: daba fin a lo que se conoce como historia moderna y origen a la época contemporánea. Terminó entonces el Ancien régime (adiferente ritmo, según los países), abriéndose paso un nuevo sistema de organización sociopolítica, basada fundamentalmente en la “soberanía popular”: el Poder reside en el Pueblo, que debe decidir libremente a sus representantes. Dos fenómenos, casi simultáneos, resultaron decisivos en dicha transformación: la revolución industrial (con el nacimiento de las clases capitalista y proletaria), más la Gran Revolución de 1789, con perceptibles repercusiones en los dos continentes, el Viejo y el Nuevo.

Como fermento ideológico fue difundiéndose durante toda la centuria la Ilustración (la Enciclopedia Francesa y las obras de los filósofos ingleses y alemanes contribuyeron de forma sustancial). I.Kant resume magistralmente las esencias del espíritu ilustrado en el famoso opúsculo Was is Aufklärung (en realidad, un trabajo para el periódico Berlinische Zeitung), donde propuso el conocido lema, enunciándolo en un latín que ya apenas se utilizaba: “Sapere aude”. Es decir,“atrévete a pensar”, por tu cuenta, como una persona adulta, abandonando la minoría de edad en que tantos tutores interesados buscan mantener a sus súbditos, impidiéndoles crecer.

A tan crítica centuria quisieron los organizadores de las XVI Jornadas de Historia en Llerena dedicar su siempre riguroso encuentro, esta vez bajo el lema “El siglo de las luces”. Sin duda, la causa fue rendir homenaje a un sobresaliente científico de la localidad, José de Hermosilla (1715-1776), en el tercer centenario de su nacimiento. El volumen de actas, publicación con 462 densas páginas, viene a confirmar que el simposio coordinado por los infatigables Felipe Lorenzana de la Puente y Francisco Mateos Ascacíbar, continúa en sus parámetros de rigor, originalidad e interés.

Lo abre, según costumbre, una conferencia-marco, la pronunciada por Carlos Martínez Shaw, catedrático de la UNED y miembro de la Real Academia de la Historia, quien desarrolló el tema del “despotismo

ilustrado” y sus repercusiones en España. La verdad es que dicha fórmula no deja de ser un oxímoron: ¿cómo pretender fundir el absolutismo con las ideas más progresistas?  ¿Podía resultar convincente su programa político de “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”, sin que los ímpetus revolucionarios dieran, antes o después, al traste con tan equívoco programa?

Ciertamente, las contradicciones, ideológicas y conductuales, abundaban también en la obra y personalidad de los grandes pensadores europeos, según se encarga de exponer Rafael Sampau con su provocador estudio “Algunos mitos y realidades de la Ilustración”, donde repasa muy críticamente las actuaciones de personajes como Montesquieu, Voltaire o Rousseau (el gran defensor de la educación natural, libre y respetuosa delos niños… que fue metiendo a todos sus hijos en la Maison des enfants trouvés, el hospicio galo).

Sobre José de Hermosilla, ingeniero y arquitecto de renombre nacional, con grandes obras en Madrid, se ocupan buena parte de los participantes en el congreso. Pedro Moleón expone la etapa formativa del llerenense en Roma (1746-1764), junto a otro grande, a menudo rival, Juan de Villanueva. José Miguel Cobos y José Ramón Vallejo resumen los contenidos matemáticos de la Architectura civil, obra de Hermosilla, según el manuscrito conservado en la Biblioteca Nacional. Las intervenciones del mismo para renovar la espléndida iglesia mayor de Llerena son analizadas por Mateos Ascacíbar y Ángel Hernández, en tanto Luis Garraín desentraña los contenidos e implicaciones del testamento que el sabio dejase.

Otros muchos trabajos encontrarán también lectores atentos, como los que suscriben Santiago Aragón (nobleza extremeña durante el XVIII), Manuel Maldonado (situación del concejo de Llerena) o Richard L. Kagan (las visiones del “otro” sobre las ciudades españolas).

 

Francisco Lorenzana de la Puente y Francisco Mateo Ascacíbar (coords.), El siglo de las Luces. III Centenario de José de Hermosilla (1715-1776). XVI Jornadas de Historia en Llerena. Llerena, Sociedad Extremeña de Historia, 2016

 

 


 

268. Baja conmigo al infierno

Manuel Pecellín Lancharro

 

Al detective Ciro Blume, metido ya en los sesenta, se le agudizan defectos y virtudes con el paso del tiempo, como a cualquier persona. Aunque nacido en Nueva York, apenas guarda memoria de la infancia junto a Brooklyn, acaso la melancolía de un perdido paraíso. Reside en Madrid, esforzándose por mantener sus aficiones gracias a los encargos que ocasionalmente le surgen a un investigador de refinadas costumbres. Gastrónomo empedernido, habitual en Lhardy, cafés, licorerías y clubs nocturnos, degusta con fruición los mejores platos, el whisky más añejo o los puros de mayor calidad. Incluso se hace atender por un mayordomo, excarcelario de lenguaje tan rudo como buen cocinero.

Para sostener tan alto tren de vida, el expolicía no puede permitirse demasiados escrúpulos. Lector empedernido, continúa fiel a Faulkner y Hemingway (“el escritor más sobrevalorado de la literatura moderna", pág. 127), aunque no desdeñe a ningún grande dentro de la novela negra. Tan amante de la “filosofía de tocador”, como de la “gramática parda”,  egotista absoluto,ha ido creciendo en posturas cínicas según aumenta su desconfianza ante el hombre contemporáneo (más aún si se trata de la clase política). Respecto a las mujeres, asume que se le considere paradigma del machismo nacional, tratando de conseguir los favores de las bellezas con las que se cruza, numerosas en esta bajada a los infiernos existentes en las entrañas mismas de lugares tan específicos como el propio Museo del Prado.

Así nos vuelve a presentar Antonio Civantos (Trujillo, 1949) al personaje que crease hace lustros y al que ha ido puliendo en sucesivas entregas. Obras como Ciro Blume, detective privado, La luz afilada de los diamantes, El asesino de Venecia o Yo, Hemingway , por recordar sólo algunos títulos del cacereño, que durante lustros ejerció como crítico gastronómico para la revista Claire, encuentran continuidad en esta novela policíaca donde lucen sus muchos conocimientos y habilidades narrativas.

Cierta mujer, tan hermosa como inteligente, encarga a Blume la búsqueda del marido que acaba de desaparecer sin dejar rastros, pese a que vive rodeado de cámaras y medidas de máxima seguridad. Tampoco se descubren motivos para la fuga voluntaria o la posible eliminación del sujeto, si bien las investigaciones (en ocasiones, con método brutales) de Ciro pondrán en evidencia que ninguno de los posibles protagonistas es tan inocente como en principio se juzga. Es lo típico del género: ir enredando  cada vez más la madeja hasta que algún  hilo suelto facilite al agudo sabueso  la solución de la urdimbre, sorprendiendo seguramente a los lectores. El novelista compone la trama sin ahorrar recursos. Digamos que por sus páginas discurren desde catedráticos de la Carlos III, periodistas, políticos o directores de la gran Pinacoteca española, hasta narcotraficantes, hampones y prostitutas de alto standing, todos relacionados con el hecho que se investiga. Incluso se guarda algún otro as, un exabrupto conductivo que lógicamente no desvelaré, aunque a la postre poco influye en la solución final.

Blume, tozudo reaccionario frente a las nuevas tecnologías (no tiene móvil, ni sabe cómo funcionan los ordenadores), irá relatando en primera personas las vicisitudes donde se ve inmerso sólo por la pasta, si bien no carece de un sentido del honor sui generis. Le gustan también los juegos de palabras, la ironía, el cine y la música, a todos los cuales apela con generosidad para componer su atractivo discurso. A Civantos, que tanta simpatía muestra con el personaje, cabe exigirle más atención a la hora de “reproducirlo” (por ejemplo, poner en cursivas los títulos de obras, películas o composiciones citadas; eliminar loísmos e impedir algunos error es gramaticales, como la confusión ocasional entre conjunciones causales e interrogativas).

Antonio Civantos, Baja conmigo al infierno. Barcelona, Avant Editorial, 2016

 

 


 

267. Manantial sereno

Manuel Pecellín Lancharro

 

Como tantos poetas por todos reconocidos en la Historia de la Literatura, desde el nebuloso Homero a Miguel Hernández o nuestros  Manuel Pacheco, Luis Álvarez Lencero, Félix Grande, José Antonio Zambrano y tantos otros, Plácido Ramírez no ha cursado estudios superiores, no ha pasado por la Universidad, no tiene graduación académica reconocida. Es, puede decirse, un escritor autodidacta, forjado a base de lecturas; participaciones en encuentros,  jornadas,  exposiciones, talleres, congresos, debates, tertulias (¡la pacense Página 72!), presentaciones de y sobre libros, colaboración en revistas literarias y otras actividades del género, donde es habitual su figura amable y humilde, con sempiterna sonrisa.

Nacido en Puebla de la Reina (1955), tuvo que emigrar con sólo ocho años a Madrid, donde estaba su padre, gravemente enfermo tras emigrar a Alemania. Hace el bachillerato en el I.T. Nazaret y comienza con quince años una larga carrera laboral, fundamentalmente como soldador. Miembro de CC.OO., fue uno de los delegados sindicalistas más jóvenes del país. Participa junto a  los militantes extremeños del “cinturón rojo” de la capital española (fundó la casa de Extremadura de Leganés), luchando por la democratización de España y la puesta al día del terruño nativo. A éste volvió el año 1983, afincándose en Badajoz. Desde entonces, no ha dejado de tomar parte en actividades culturales innúmeras, a la vez que ha ido forjando una obra poética cada día consistente, a pesar de sufrir dolorosas enfermedades.

Entre sus poemarios cabe recordar Vereda (1982), Añoranzas (1991),  Camino de luz, sombra y silencio (1994), Escritos al amor de la noche (1997), Al sur de la melancolía (2003), Ensayo de la metáfora (2006) y Diario azul del titiritero (2011). Con esta obra última se asienta la escritura, cada vez más acertada, del poeta, que ese mismo año obtuvo una beca de la creación literaria concedida por la Junta de Extremadura para el libro Este lugar al sol donde escribir, aún inédito.

Cuaderno de la luz dormida aparece con un amplio preliminar de Juanma Cardoso. El prologuista, que conoce bien al poeta, destaca los rasgos principales de su personalidad y los valores relevantes en este conjunto de 38 poemas, de concisa factura y versos libres (algunos asonantados). Vienen desde muy atrás, pulidos e incrementados desde que, llamándose Cuaderno de la ausencia, obtuvo en Barcelona (2006) el 2º Premio “José Agustín Goytisolo”  y, poco después, quedase entre los finalistas del Premio Ciudad de Badajoz el año 2008, al que se presentaron 232 originales. Cardoso insiste, y estoy muy conforme, en que la pluma de Ramírez, como la de D. Antonio Machado, se nutre en manantial sereno, sin gritos ni estridencias, incluso al incidir en las cuestiones más sangrantes, lo que no le resta un ápice de hondura. Y, si es cierto el apunte del prologuista sobre la claridad del lenguaje aquí utilizado, se puede discutir su insistencia en la “sencillez” del libro. Esa equívoca “naturalidad”  que se percibe en todas las composiciones es más bien fruto del trabajo, labor de lima, rumia lenta, que conduce a la depurar la expresión, sin caer forzosamente en forzados discursos crípticos. Pero la riqueza de imágenes, metáforas, sinestesias, alegorías, evocaciones, guiños, citas (J.A. Goytisolo, Caballero Bonald, Gonzalo Rojas, Carlos Bousoño) y, sobre todo, el bien cuidado ritmo que se perciben por doquier, no son fruto del azar, ni dádivas de las musas.

Con estilizados dibujos que suscriben Juan Fernández  Pinilla y Darío Domínguez, el libro es ante todo un canto a la amada, aunque no falten evocaciones infantiles, alusión a la diáspora migratoria o el eco del grito de los desamparados sociales. Si la poesía se realza cantando cosas humildes, según enseña en Los trabajos de Persiles y Segismunda el ahora tan recordado Cervantes, la de Ramírez Carrillo puede optar con todas las de la ley a tal distinción. Y lo bueno es que cada una de sus entregas mejora las anteriores.

 

Plácido Ramírez Carrillo, Cuaderno de la luz dormida. Madrid, Beturia, 2016.

 


 

266. Ars moriendi

Manuel Pecellín Lancharro

 

Pablo Jiménez (Navalmoral de la Mata, 1943) es un espíritu clásico. Lo saben cuantos conocen las predilecciones del creador en música, pintura o literatura, artes que de ningún modo le son ajenas. Su último poemario trae inmediatamente a la memoria un libro compuesto a finales de la Edad Media, del que se harían numerosísimas ediciones en toda Europa. Compuesto por un fraile,  aquel Ars moriendi   del siglo XIV proporcionaba al moribundo luces para bien digerir el trance último. Enseñándole que la muerte no es un mal definitivo, le procuraba remedios contra las tentaciones escatológicas, tales como la falta de fe, la desesperación, la impaciencia o el orgullo espiritual, adoctrinando también  a los familiares sobre el mejor comportamiento ante el lecho del casi difunto.

No busca tal fin el de Pablo Jiménez, aunque de alguna manera podría alinearse el extremeño entre los epígonos del dominico medieval. Abre su obra Javier Magano con un amplio preliminar, también de título latino, Vita mortales, mors vitalis. Este juego de palabras, apoyadas en el oxímoron, viene a recordar otro de Cioran, a quien los dos escritores, prologuista y  prologado, respetan: “Sólo fuera del paraíso hay destino”.

La obra se estructura en dos partes o cuadernos,  bien diferenciadas, cada una de ellas con ricas proliferaciones. La primera, “El ciego en su laberinto”, se subdivide a su vez en tres: “ars moriendi”, “prosas crepusculares” y “tres historias sagradas tras una introducción”. Entre los poemas de la inicial, todos de llamativa extensión, figuran “Residencia geriátrica”, cuyo sujeto lírico es un anciano con el pie ya en el estribo, y “Cumpleaños”, con el que el autor evoca un viaje a la Alta Extremadura donde el poeta vio la luz (¿también la última?). Verso y prosa alternan después, con similar perfección, la segunda más apta para evocaciones  telúricas, como: ”Y resucitan, nítidos en lo oscuro, aquellos pueblos, sus inviernos… Nieblas impenetrables que impedían el ascenso del humo y atosigaban ojos, zaguanes, doblados…Cestos de enea llenos a revenar de aceitunas verdinegras…” (pág. 53), siempre bajo los ojos vigilantes de la madre amorosa. Hasta culminar en la paráfrasis lírica, un punto burlona, de tres historias bíblicas terribles, relacionadas con la muerte: la de Caín y Abel; el sacrificio de Isaac, suspendido en el último instante, y el de la hija de Jefté, incomprensiblemente consumado.

El cuaderno segundo, “levedad de la síntesis”, lleva un inconfundible subtítulo: “33 sonetos ocasionales”. Según la acotación oportuna, los fue componiendo el poeta entre los años 1965-2011.  Han sido seleccionados entre los varios centenares que el autor ha escrito durante ese periodo, “las más de las veces sin otra pretensión que un mero ejercicio de adiestramiento en el dominio de la síntesis conceptual y en el rigor de la versificación y la cadencia”, se nos dice en los preliminares (pág. 87). Reconozcamos, dada la calidad del producto, que el aprendizaje fue sumamente fructífero. Cumplen a la perfección el consejo de Horacio, en la Epístola a los Pisones (y volvemos a lo del clasicismo de Jiménez, tan amante él de Garcilaso): Non satis est pulchra ese poemata; dulcia sunto/et quocumque volent animum auditoris agunto. (No basta con que sean bellos los poemas; han de ser atractivos y capaces de llevar el ánimo del oyente adonde quieran).

Dotado de una fuerte personalidad y honda cultura, espíritu libre y atrevido, iconoclasta en no pocas ocasiones, ética y estéticamente riguroso, Pablo Jiménez es un escritor que suscribe sin pretender epatarnos el vero de Vallejo: En suma, no poseo para expresar mi vida, sino mi muerte.

“Qui potest capere, capiat”. O, lo que es lo mismo, “ahí queda eso”.


Pablo Jiménez, Ars moriendi. Madrid, Beturia, 2015.

 


 

265. Pedro de Valencia

Manuel Pecellín Lancharro


A comienzos de los noventa del pasado siglo, se puso en marcha el rescate editorial de Pedro de Valencia (Zafra, 1555- Madrid, 1620), como parte de un ambicioso programa, universitario e interdisciplinar: permitir a los lectores contemporáneos el acceso a las grandes figuras del Humanismo renacentista español. Fue la apuesta de Gaspar Morocho, catedrático de Griego en la Universidad de León, que supo rodearse de excelentes colaboradores, colegas de claustro unos, reputados investigadores de otros centros los demás. Tras el fallecimiento prematuro del inolvidable Dr. Morocho (2002), tan vinculado afectiva e intelectualmente a Extremadura, los también profesores Jesús Paniagua Pérez y Jesús María Nieto Ibáñez han proseguido con toda fidelidad los proyectos de aquél. Son ya 38 los volúmenes que conforman la colección destinada a albergar textos y estudios del Humanismo hispano y, por lo que a Pedro de Valencia dice, finis coronat opus.

En efecto, con este volumen concluye la edición de las  Obras Completas del polifacético zafrense, una larga decena de quien en vida sólo vio publicada la famosa Academica, sive iudicium erga verum, especie de historia de la Filosofía, seguramente menos importante hoy que tantos trabajos  suyos de carácter sociopolítico. Numerado con el primero de nuestros dígitos, last but non least, este tomo  tiene un alcance propedéutico y, como tal, ha de convertirse en excelente ayuda para acceder al conocimiento del cultísimo segedano (jurista, traductor, hermeneuta bíblico, historiador, crítico, sociólogo avant lettre, filósofo, teólogo … y tantas cosas más).

Tras el saludo de los editores, nos encontramos con el preliminar que suscribe Juan Gil, maestro de maestros y cuya lectura es del todo recomendable. Con esa combinación típica de sabiduría y sencillez, va ponderando las grandes consecuciones intelectuales (también algunas sombras) del máximo discípulo de Arias Montano. La oposición que sentía a publicar sus propios escritos la atribuye Gil al temor de desencadenar enojosas y temibles polémicas, consciente como fue el de Zafra de que sus opiniones se separaban a menudo de las sostenidas por los más próximos al Poder (jesuitas incluidos). Gil encomia justamente el sentido común de Valencia al abordar tan lúcidamente asuntos como la brujería, la ociosidad de los nobles, la necesidad de tierras para los campesinos pobres, el excesivo número de clérigos y funcionarios, los defectos de la enseñanza universitaria, la expulsión de los moriscos (a la que se opuso), la mala administración, la intolerable subida del precio del trigo y de los impuestos reales, el despoblamiento de la metrópoli, las guerras injustificadas, etc., etc.

A continuación, Jesús Paradinas, que ha poco dio a luz el libro Humanidades y economía. El pensamiento socioeconómico de Pedro de Valencia (Huelva, Universidad, 2014), establece el listado de las obras que del extremeño se conservan manuscritas (ya prácticamente todas editadas), ordenándolas alfabéticamente e indica los lugares donde se guardan. Jesús M. Nieto Ibáñez concluye esta primera parte con la bibliografía sobre Pedro de Valencia.

Pero lo sustancial es la reproducción de los estudios que Gaspar Morocho, en cuyo homenaje se publica, fue escribiendo en torno a la personalidad y las enseñanzas del zafrense. Muchos de tales trabajos vieron la luz en Extremadura, hasta donde el comentarista se desplazaba con frecuencia para contribuir con su indiscutible sapiencia y bonhomía a cursos, congresos, jornadas, etc. centrados en los grandes humanistas naturales de nuestra Región. El periódico HOY (para el que compuso el nº 10 de la serie “Personajes Extremeños”);  la Revista de Estudios Extremeños  (donde tuve el honor de sacarle el artículo “El testamento de Pedro de Valencia, humanista y cronista de Indias”, 1988-I); los volúmenes de la R. Academia de Extremadura con las Actas de los Congresos sobre el Humanismo en Extremadura celebrados por dicha Institución (especial recuerdo aquí a sus principales organizadores, Mariano Encomienda y Manuel Terrón Albarrán) y, claro está, las aportaciones de Morocho a diferentes volúmenes de las Obras Completas del humanista, constituyen el grueso del libro.


Pedro de Valencia, Obras Completas, tomo I. Introducción general, fuentes y estudios. León, Universidad, 2015.

 


 

264. Cuaderno de la luz dormida

Manuel Pecellín Lancharro

Como tantos poetas por todos reconocidos en la Historia de la Literatura, desde el nebuloso Homero a Miguel Hernández o nuestros  Manuel Pacheco, Luis Álvarez Lencero, Félix Grande, José Antonio Zambrano y tantos otros, Plácido Ramírez no ha cursado estudios superiores, no ha pasado por la Universidad, no tiene graduación académica reconocida. Es, puede decirse, un escritor autodidacta, forjado a base de lecturas; participaciones en encuentros,  jornadas,  exposiciones, talleres, congresos, debates, tertulias (¡la pacense Página 72!), presentaciones de y sobre libros, colaboración en revistas literarias y otras actividades del género, donde es habitual su figura amable y humilde, con sempiterna sonrisa.

Nacido en Puebla de la Reina (1955), tuvo que emigrar con sólo ocho años a Madrid, donde estaba su padre, gravemente enfermo tras emigrar a Alemania. Hace el bachillerato en el I.T. Nazaret y comienza con quince años una larga carrera laboral, fundamentalmente como soldador. Miembro de CC.OO., fue uno de los delegados sindicalistas más jóvenes del país. Participa junto a  los militantes extremeños del “cinturón rojo” de la capital española (fundó la casa de Extremadura de Leganés), luchando por la democratización de España y la puesta al día del terruño nativo. A éste volvió el año 1983, afincándose en Badajoz. Desde entonces, no ha dejado de tomar parte en actividades culturales innúmeras, a la vez que ha ido forjando una obra poética cada día consistente, a pesar de sufrir dolorosas enfermedades.

Entre sus poemarios cabe recordar Vereda (1982), Añoranzas (1991),  Camino de luz, sombra y silencio (1994), Escritos al amor de la noche (1997), Al sur de la melancolía (2003), Ensayo de la metáfora (2006) y Diario azul del titiritero (2011). Con esta obra última se asienta la escritura, cada vez más acertada, del poeta, que ese mismo año obtuvo una beca de la creación literaria concedida por la Junta de Extremadura para el libro Este lugar al sol donde escribir, aún inédito.

Cuaderno de la luz dormida aparece con un amplio preliminar de Juanma Cardoso. El prologuista, que conoce bien al poeta, destaca los rasgos principales de su personalidad y los valores relevantes en este conjunto de 38 poemas, de concisa factura y versos libres (algunos asonantados). Vienen desde muy atrás, pulidos e incrementados desde que, llamándose Cuaderno de la ausencia, obtuvo en Barcelona (2006) el 2º Premio “José Agustín Goytisolo”  y, poco después, quedase entre los finalistas del Premio Ciudad de Badajoz el año 2008, al que se presentaron 232 originales. Cardoso insiste, y estoy muy conforme, en que la pluma de Ramírez, como la de D. Antonio Machado, se nutre en manantial sereno, sin gritos ni estridencias, incluso al incidir en las cuestiones más sangrantes, lo que no le resta un ápice de hondura. Y, si es cierto el apunte del prologuista sobre la claridad del lenguaje aquí utilizado, se puede discutir su insistencia en la “sencillez” del libro. Esa equívoca “naturalidad”  que se percibe en todas las composiciones es más bien fruto del trabajo, labor de lima, rumia lenta, que conduce a la depurar la expresión, sin caer forzosamente en forzados discursos crípticos. Pero la riqueza de imágenes, metáforas, sinestesias, alegorías, evocaciones, guiños, citas (J.A. Goytisolo, Caballero Bonald, Gonzalo Rojas, Carlos Bousoño) y, sobre todo, el bien cuidado ritmo que se perciben por doquier, no son fruto del azar, ni dádivas de las musas.

Con estilizados dibujos que suscriben Juan Fernández  Pinilla y Darío Domínguez, el libro es ante todo un canto a la amada, aunque no falten evocaciones infantiles, alusión a la diáspora migratoria o el eco del grito de los desamparados sociales. Si la poesía se realza cantando cosas humildes, según enseña en Los trabajos de Persiles y Segismunda el ahora tan recordado Cervantes, la de Ramírez Carrillo puede optar con todas las de la ley a tal distinción. Y lo bueno es que cada una de sus entregas mejora las anteriores.

Plácido Ramírez Carrillo, Cuaderno de la luz dormida. Madrid, Beturia, 2016.

 


 

263. Eulalia de Mérida

Manuel Pecellín Lancharro

Catedrático de Literatura, Serrano Carijo (Valladolid, 1942) ejerció la docencia, hasta su jubilación, en diferentes Institutos de Segunda Enseñanza.  Ha publicado un buen número de obras, entre las que cabe recordar Un paseo bajo la media luna. Almuñécar islámica (2007, 20013), La corte del Parnaso. Doce paseos literarios por Madrid (2007) o El humanismo en Andalucía (1492-1598) (2009). Como buen germanista, tiene en alemán, junto con Rolf Neuhaus , otros títulos sobre poetas españoles, con especial atención a los andalusíes.

Fue sin duda su estancia docente en Mérida lo que lo indujo a interesarse por la figura más famosa de la ciudad, la virgen Eulalia, joven patricia muerta  durante la dominación  romana (comienzos del siglo IV) y pronto convertida en uno de los grandes mitos del martirologio cristiano. El volumen a ella dedicado (362 páginas), con tanta documentación como lucidez y claridad expositiva, consta de dos partes: un estudio de los  principales textos que diferentes autores han ido componiendo a lo largo de los siglos con la santa (Eulalia, Olalla,  Oria, Eulária) como protagonista y la reedición crítica de todos ellos, vertidos al castellano los compuestos originariamente en latín. Federico García Lorca es la voz donde confluye esta tradición lírica, que en la pluma del andaluz alcanzará una de las máximas cumbres de la literatura. A él se le dedica lo sustancial del libro.

Es Prudencio quien inaugura la serie con el excelente Hymnus in honorem passionis Eulaliae Beatissimae Martyris (sea suyo o no el título). Serrano lo reproduce según la traducción realizada por A.M. Cayuela, jesuita que se propuso verter en endecasílabos blancos los pentásticos del de Calahorra. Sus dos largos centenares de versos se incluyen en el Peristéfanon , como un cálido  homenaje a “la que habla bien” (significado griego de “Eulalia”). Serrano lo tiene por un poema épico martirial, cuyos entresijos, recursos  e influencias literarias desmenuza sabiamente.

-El mismo tratamiento da a la Pasión de la santa y beatísima Eulalia, virgen y mártir de Cristo, torturada en la ciudad de Mérida bajo el legado de Calpurniano cuatro días antes de los idus de diciembre, redactada originalmente en latín el siglo VII y vertida al español por el propio Serrano.

-Fray Luis de Granada, que en sus días anduvo por Badajoz, dedicaría también a la mártir un atractivo texto en la obra De la introducción del símbolo de la fe, siendo la emeritense la protagonista del Aucto de Santa Eulalia. Este segundo se toma de la Colección de Autos, Farsas y Coloquios del Siglo XVI, preparada por Leo Rounet, si bien se la limpia de sus no escasos errores gramaticales y métricos.

Ahora bien, según dije, es Lorca quien ocupa la mayor parte del libro. Serrano, que recoge también ecos de la santita por tierras de Asturias (en bable)  o Cataluña (atención a la supuesta segunda mártir homónima) y de los numerosos escritores emeritenses con poemas a Santa Eulalia (ninguno como Rafael Rufino Félix), no oculta su admiración por el genial granadino. Estudia especialmente la génesis y alcances del Romancero gitano, la obra (“putrefacta”, según Dalí) donde Lorca incluye el “Poema de Santa Olalla”, aparecido antes exento en la Revista de Occidente (1928), de donde aquí se transcribe, anotando las futuras variantes de la edición princeps. El análisis que  se hace de estos 74 versos, cima de la poética lorquiana, es sencillamente magistral.

Dedicado a los alumnos del IES de Santa Eulalia de Mérida,  cierra el libro un conjunto de apéndices (10), el último con la selecta bibliografía.

 

Jesús Serrano Garijo, De vírgenes, verdugos y poetas. El martirio de Santa Eulalia de Prudencio a García Lorca. Granada, Editorial Alhulia, 2014.

 


 

262. Oeste de mi poesía

Manuel Pecellín Lancharro


Parafraseando a J. Ramón Jiménez (Ningún libro verdadero se ha escrito nunca “como libro”), Pureza advierte en la entradilla que tampoco este su discurso de ingreso en la R. Academia de Extremadura  se compuso originariamente como pieza oratoria. En efecto, y según  también decidieron otros que la han precedido (Eduardo Naranjo, Gerardo Ayala, Luis de Llera ), la autora ha escrito un auténtico ensayo, de donde extraería después la  alocución que dirigiese ante el largo centenar de personas concitadas en el Salón de Actos de dicha Institución para acompañar a la recipiendaria.  Habían sostenido su candidatura Miguel del Barco, Antonio Gallego  y Feliciano Correa. Es la tercera mujer elegida recientemente para formar parte de la Academia extremeña, junto con Carmen Fernández-Daza y María Jesús Viguera Molins. Políticos, familiares, paisanos, académ icos y, sobre todo, un notable número de poetas siguieron con perceptible admiración las profundas reflexiones de esta mujer menuda, dinámica y exigente.

Nacida en Moraleja, al oeste de la  Extremadura que Jálama distingue, Pureza Canelo irrumpió  muy joven en el panorama poético español al obtener el Premio Adonais 1970, galardón concedido tradicionalmente a poetas masculinos. Durante los años 1975-1983 dirige el  Departamento de Actividades Culturales Interfacultativas de la Universidad Autónoma de Madrid en la que crea el Club de Escritores Universitarios .  E1 1977 funda  en Moraleja el Aula de Cultura y Biblioteca Pública, que hoy luce su nombre. En 1975 obtuvo una Beca Juan March para la creación poética y en 1982 disfruta de una beca similar otorgada por el Ministerio de Cultura. Coordina en 1993 la celebración nacional del Medio Siglo de la Colección Adonais, así como el I Centenario del poeta Gerardo Diego en 1996. Ha sido galardonada con los premios de poesía «Juan Ramón Jiménez» (1980) del Instituto Nacional del Libro Español y «Ciudad de Salamanca» (1998). Ha sido traducida a varios idiomas y con amplitud al inglés y al alemán e incluida en destacadas antologías de ámbito nacional e internacional. Impulsora de colecciones poéticas desde mediados de los setenta, dedica un tiempo importante a la gestión de actividades en el ámbito de la comunidad científica y universitaria. Desde 1999 es Directora Gerente de la Fundación Gerardo Diego, que refundó ese mismo año junto con Elena Diego. En 2009 la Unión de Bibliófilos Extremeños le dedicó el Homenaje del Día del Bibliófilo en la ciudad de Almendralejo y con este motivo se publica en torno a su obra el volumen Esfera Poesía. Su libro Dulce nadie recibe el Premio de Poesía Francisco de Quevedo, de la Villa de Madrid 2009. En 2011 se le otorga el XV Premio de Poesía Ciudad de Torrevieja por A todo no lo amado.

Entre sus títulos más destacados figuran Celda verde (1971), Lugar común (1971, El barco de agua (1974), Habitable (Primera poética) (1979), Tendido verso (Segunda poética) (1986), Pasión inédita (1990), Moraleja (1995), No escribir (1999), Dulce nadie (2008), Poética y Poesía (2008), Cuatro poéticas (2011), A todo lo no amado (2011) y Oeste (2013).

Alguien que ha vivido por y para la poesía, tiene lógicamente mucho que decir sobre  el hecho literario. En su tan brillante como hondo discurso, la ya académica numeraria desarrolló las claves que definen su quehacer poético.  Oeste en mi poesía propone un lúcido recorrido a través de sus obras, bajo el prisma de poemas marcados por el signo de los propios orígenes: simbología del agro, biografía unida a la naturaleza, y en todo ello la reflexión metapoética con una lectura de la ruralidad desde el S. XXI, ajena completamente al neocostumbrismo. En el discurso fue  comentando una selección de textos poéticos que reflejan su historia humana, entrelazada al lugar de nacimiento y la influencia del medio, con un recordatorio a la cultura de costumbres y artes desaparecidas, y con suave guiño a la antropología, fuente de conocimiento. Este espacio de creación literaria está escasamente transitado en la poesía española contemporánea.

Le contestó Antonio Gallego, quien, con enorme erudición y absoluto conocimiento de la poesía de la ya numeraria, vino a confirmar la plena vinculación de la escritora con el  Oeste donde vio la primera luz. Para demostrarlo, hace  especial hincapié en algunos de los “poemas reversibles” de Pureza Canelo analizándolos con singular brillantez.

Completa la edición la bibliografía de  y sobre  la nueva académica, elaborada por José Manuel Fuentes.

 

Pureza Canelo, Oeste en mi poesía. Trujilllo, Real Academia de Extremadura, 2016

 


 

261. El cuento de la vida

Manuel Pecellín Lancharro

Con El cuento de la vida obtuvo su autor el XIX Premio de Novela Ciudad de Badajoz 2015. Catedrático de Literatura en Alicante, Fernando Villamía tiene otros importantes galardones (Hucha de Oro, Gabriel Miró, Max Aub) y fue el ganador del Felipe Trigo con la obra Judith y Holofernes (2008).

El diseño de Algaida luce en cubierta un sillón de interrogatorio, en cuyo respaldo  se distingue la esvástica nazi  y sobre el que irradia mortificante luz eléctrica. Se publica justo cuando los medios dan a conocer el éxito alcanzado estos meses por  la reaparición de Mein Kampf, cuya edición crítica (dos volúmenes con casi 2.000 páginas, a 59 euros), a cargo de un conjunto de investigadores dirigidos  por Christian Hartmann,  se ha erigido en todo un bestseller. Según se sabe, el texto reeditado por el Instituto de Historia Contemporánea de Munich, contiene el ideario político de Adolf  Hitler, quien lo compuso en una cárcel de Baviera y lo publicó el año 1924 . Se imprimieron hasta la caída del Reich 12 millones de ejemplares.

Antes de acometer la lectura de la obra premiada en Badajoz, tal vez convendría recordar la tesis sostenida por Hanna Arendt (Eichmann en Jerusalén. Un informe sobre la banalidad del mal, 1963): Según la filósofa judía, sorprendente amante de Heidegger, Adolf Eichmann no fue una persona de especial mala mala catadura anímica, sino el simple burócrata que llegó a ser figura destacada del Holocausto por realizar con celo y eficiencia lo que sus superiores le ordenasen.

De la obra que presentamos, una novela negra, el principal protagonista es Neumann Gottlob, antiguo hombre de confianza de Himmler, a quien sirvió como secretario personal, amén de haber militado en distintos lugares de los países invadidos por el III Reich durante, entre ellos Noruega. Allí montarían los nazis una de sus temibles experiencias, las Lebensborns , claves en este relato.

Pronto sabemos que el antiguo  Haupsturmführer  de las SS vive ahora en Madrid, bajo el nombre de Maier, un supuesto hombre de negocios austríaco. Aficionado a las ciencias ocultas, ha creado y dirige la Fundación Gnosis, donde posee un rico Museo de piezas singulares, como un clavo de la corona de Cristo y otros muchas de esta virtud. Guarda también sus antiguos uniformes militares y el anillo con la temible insignia Totenkopp.

Maier-Gottlob, que ahora se conduce como un ciudadano intachable, de refinada conducta, recluta y trabajan para él un conjunto de personas, a las que trata con gran miramiento. A todos ha hecho favores y le sirven incluso con veneración, pues lo ven como un hombre educado, generoso y sensible ante el dolor ajeno. Así, el filólogo, profesor  y guionista de TV, experto en esoterismo , empecinado en la búsqueda del Santo Grial, que asume el papel de narrador; el curtido guardaespaldas, a la postre inútil; un fotógrafo experto en retratar la muerte; la mujer de otro alemán, también exmiembro de las SS y, sobre todo, Ingrid Cornibé, hermosa mujer, prototipo de walkiria, pieza clave del libro.

Éste va adquiriendo el carácter de obra coral, al dedicarse, quizás en exceso, a recomponer la biografía de dichos personajes secundarios, lo que nos distrae del protagonista. Combina  éste sus actividades empresariales y aficiones gnósticas con el apoyo a  antiguos camaradas, ayudando organizaciones como ODESSA, facilitando el asentamiento en territorio español o pasando a Brasil y Argentina a tantas personas cómplices del  III Reich.

Pero un día, sorpresivamente, aparece asesinado en su oficina y en circunstancias en verdad horribles: vestido con el uniforme de las SS, sobre el que han pintado con sangre la esvástica y con los órganos genitales cortados y metidos en su propia boca.

Un policía español, merced a la  ayuda de su esposa, ciega clarividente, se encargará de ir eliminando  las sospechas – que en principio caen sobre los colaboradores todos - , hasta descubrir la persona que ha cometido tan horroroso crimen. Concluye con la amplia declaración de la mano asesina, refiriendo las razones que la indujeron al crimen.

Bien documentada y escrita en excelente prosa, la novela mantiene el interés de principio a fin.

 

Fernando Villamía, El cuento de la vida. Sevilla, Algaida, 2016.

 

 


 

260. Diseño de interiores

Manuel Pecellín Lancharro

Diseño de interiores (2014, 1ª) ha visto nuevamente luz, en Amargord, editorial madrileña muy significativa, tras poca feliz salida inicial, en la que se alteró notablemente los textos originales. Lleva prólogo de  Juan Ruiz de Torres (ingeniero, narrador, poeta y ensayista, ha poco fallecido), más un epílogo que suscribe Enrique Gracia Trinidad. El primero, que no oculta su admiración ante los aspectos surrealistas perceptibles en la entrega, proclama: “Todo el poemario es una maravillosa escapada al tenebroso, brillante, áspero, fantástico (porque todo eso puede serlo) mundo de la imagen construida, muchas veces “ex nihil”. Y desde esa dirección, conscientemente emprendida por Laura Olalla (Garlitos, 1959), el lector se ve asaltado a lo largo de todos los poemas, casi en cada línea, por la imaginación brillante de esta mujer, para quien la poesía —al menos en este ejercicio lírico— es un campo en el que el taumaturgo siembra palabras y espera que de ellas nazca, una vez fertilizadas por la imprescindible imaginación del lector, una concepción de la relación palabra-poema aún por estrenar".

Por su parte, Enrique Gracia, escritor igualmente polifacético, advierte sobre el camino de condensación creciente que, desde los poemas iniciales a los últimos, se perciben y manifiesta: “He visto en estas páginas amor y desamor, soledad y esperanza, la liturgia del tiempo y el ritual del abandono, la imaginación y la certeza y, sobre todo, la búsqueda esencial de la palabra. No hay mejores condimentos para cocinar el sortilegio de la poesía”.

Bien estructurada, la obra consta de tres partes: “Nada es cierto siempre”; “El mar me llama” y “Recepción en la embajada del Silencio”.  La tres, de aproximada extensión, se abre con la oportuna cita de Karla Widman (heterónimo de Olalla). Suya es la imploración a resistir frente las banalidades de la cultura contemporáneas, al vacío del espíritu que provocan, y abrirse a las llamadas  del amor auténtico.

Inaugura el libro un poema de amplio aliento, “ Entonces era niña…”, hermosísima evocación de los días infantiles en un medio rural, fácilmente identificable por rápidas pinceladas lingüísticas, sin detenerse en descripciones onerosas. A mitad, el verso que da título a esta parte: “Más nada es cierto siempre”, cargado de connotaciones filosóficas, o, si se quier, existenciales.

Siguen otros cuatro extensos poemas en los que, sin salirse de aquel discurso primitivo, se expresan emociones ya entonces intuidas, después desarrolladas con el curso de los años: dudas, amores, búsqueda de la palabra justa…

- “El mar me llama” consta de XXIII poemas, ya entenderán que por fuerza más cortos, en camino de la quintaesencia, la desnudez  y pureza juanramonianas, el silencio incluso. Principia con un poema dedicado al amor y donde sorprenden estos versos con excelentes imágenes y aliteraciones: “Me fabrico la casa con ladrillos de hiedra/para que el leve viento, el que avienta el invierno/fortalezca sus muros”. El tema amatorio deviene una constante, deslizándose hacia un erotismo cada vez más explícito:

“El temblor de dos cuerpos que extasían sus almas

Revelando su ciega capacidad de amar,

Se conjuga en lecho

Vulnerando el diseño de sus sábanas” .

 

Así comienza el poema III. O los versos del excelente VIII:

“Me vestiré de gala para anidar tu cuerpo.

Y en el nuevo misterio del crepúsculo

-llevo orquídeas  trenzadas de horizonte-

Abrazaré tu fuego con mi pezón altivo (pág. 42).

 

Son palabras en que una mujer, libre y sensible, convoca al amante, como la sulamita del Cantar de los Cantares:   “Perfumo el aire para recibirte”  (XXI).

Un amado al que tal vez atan otros compromisos, lo que la lleva a decir:

” en “Ráfaga       “Tu hogar aborta mi deseo”.

 

-La parte tercera y última, “Recepción en la embajada del silencio”,  prosigue el adelgazamiento de las composiciones. Son poemas de la soledad, tal vez el abandono, aunque no se renuncia a la memoria de los momentos felizmente compartidos. E incluso se alienta la esperanza de futuros encuentros: “Habítame” (pág. 71). Tal vez en esta parte final se localicen los poemas más logrados del libro, como éste:

 

“Hay átomos ocultos en el gris del verano,

Ceñidos a la leve tersura de mis dedos.

Que entreabren sus lágrimas

A la extensa terraza del crepúsculo “(pág, 68).

 

En resumen, una obra madura, honda, sentida,  bella y emocionante.

 

Laura Olalla, Diseño de interiores. Madrid, Amargord, 2015 2ª.

 

 


 

 

 

259. Viguera Molins en la Academia de la Historia

Manuel Pecellín Lancharro

El 28 de febrero de 2016 pronunciaba su discurso de ingreso en la R. Academia de la Historia María Jesús Viguera Molins. Su discurso de ingreso fue  contestado por Serafín Fanjul García, quien destacó justamente que la pieza de la recipiendaria “será por mucho tiempo vademécum y síntesis de la archivística arábiga de nuestro país, obra de consulta ineludible  y nueva guía de perplejos ante el trabajo en ella vertido y la exhaustividad conseguida en cuanto a fuentes y aparato bibliográfico”.

Las aseveraciones del gran arabista madrileño, catedrático de Literatura Árabe en la Universidad Autónoma de Madrid, autor de estudios fundamentales sobre Al-Andalus, no son sólo fruto de la admiración hacia su colega, sino reconocimiento de las extraordinarias labores realizadas por la doctora Viguera.

Aunque nacida en el Ferrol  (1945), esta catedrática de Estudios Árabes e Islámicos en la Complutense reconoce sus hondas vinculaciones con Extremadura, de cuya R. Academia ha sido nombrada también numeraria recientemente. “Me siento casi natural de Llerena”, ha manifestado repetidas veces, por razón de sus estancias en tan hermosa población, donde mantiene la casa  que heredó de su familia y reconocidas amistades.

El bagaje intelectual de esta mujer es extraordinario, galardonada con innumerables distinciones, resulta extraordinario . Es autora de más de cincuenta libros, entre los que los especialistas destacan Aragón musulmán (Zaragoza, 1988), El Collar de la Paloma de Ibn Hazm de Córdoba: prólogo y álbum (Madrid, 1997), Crónica del califa Abdarrahman an-Nasir entre los años 912 y 942 (Zaragoza, 1981), Los reinos de taifas de al-Andalus: almorávides y almohades. Siglos XI al XIII (Madrid, 1997), Los reinos de taifas y las invasiones magrebíes (Madrid, 1992), así como los volúmenes VIII-1, 2, 3 y 4 de laHistoria de España de Menéndez Pidal, amén de tres centenares de artículos y capítulos de obras colectivas.

El lector se abruma a poco de acceder a Los manuscritos árabes en España: su historia y la Historia. Estudio con 180   páginas, elaborado como base de su disertación académica iniciática, admira que alguien haya podido acumular tantos y tan profundos saberes sobre un tema de altísimas especialización. Casi ochocientas notas a pie de texto contribuyen a confirmar como la académica conoce de modo exhaustivo los materiales de los que ocupa y cuanta bibliografía, española o extranjera, existe en relación con en Al-Andalus. De todos los conservados (más de 5.500) se dan noticias sobre sus características codicológicas, contenidos, relaciones contextuales, lugar donde se guardan, historia bibliográfica, etc.

Por lo que dice relación con Extremadura, cabe destacar las referencias a Benito Arias Montano (el verdadero creador de la Biblioteca de El Escorial, donde más abundan tales manuscritos, algunos donados por el propio escriturista frexnense) y al ineludible bibliógrafo Antonio Rodríguez-Moñino, a veces bajo el seudónimo “C. Ron de la Bastida”. Por supuesto, al analizar los manuscritos aljamiados (lengua romance en escritura arábiga), Viguera se ocupa de los dos que se encontraran en Hornachos y pasaron a la BIEX (un texto anónimo con 106 folios, de temática religiosa y un cuaderno de ejercicios). De otro existente, al parecer, en una biblioteca particular de Coria, no alcanza mayores noticias.

 

María Jesús Viguera Molins, Los manuscritos árabes en España: su historia y la Historia.Madrid, Real Academia de la Historia, 2016.

 


 

259. Pedro de Valencia

Manuel Pecellín Lancharro


A comienzos de los noventa del pasado siglo, se puso en marcha el rescate editorial de Pedro de Valencia (Zafra, 1555- Madrid, 1620), como parte de un ambicioso programa, universitario e interdisciplinar: permitir a los lectores contemporáneos el acceso a las grandes figuras del Humanismo renacentista español. Fue la apuesta de Gaspar Morocho, catedrático de Griego en la Universidad de León, que supo rodearse de excelentes colaboradores, colegas de claustro unos, reputados investigadores de otros centros los demás. Tras el fallecimiento prematuro del inolvidable Dr. Morocho (2002), tan vinculado afectiva e intelectualmente a Extremadura, los también profesores Jesús Paniagua Pérez y Jesús María Nieto Ibáñez han proseguido con toda fidelidad los proyectos de aquél. Son ya 38 los volúmenes que conforman la colección destinada a albergar textos y estudios del Humanismo hispano y, por lo que a Pedro de Valencia dice, finis coronat opus.

En efecto, con este volumen concluye la edición de las  Obras Completas del polifacético zafrense, una larga decena de quien en vida sólo vio publicada la famosa Academica, sive iudicium erga verum, especie de historia de la Filosofía, seguramente menos importante hoy que tantos trabajos  suyos de carácter sociopolítico. Numerado con el primero de nuestros dígitos, last but non least, este tomo  tiene un alcance propedéutico y, como tal, ha de convertirse en excelente ayuda para acceder al conocimiento del cultísimo segedano (jurista, traductor, hermeneuta bíblico, historiador, crítico, sociólogo avant lettre, filósofo, teólogo … y tantas cosas más).

Tras el saludo de los editores, nos encontramos con el preliminar que suscribe Juan Gil, maestro de maestros y cuya lectura es del todo recomendable. Con esa combinación típica de sabiduría y sencillez, va ponderando las grandes consecuciones intelectuales (también algunas sombras) del máximo discípulo de Arias Montano. La oposición que sentía a publicar sus propios escritos la atribuye Gil al temor de desencadenar enojosas y temibles polémicas, consciente como fue el de Zafra de que sus opiniones se separaban a menudo de las sostenidas por los más próximos al Poder (jesuitas incluidos). Gil encomia justamente el sentido común de Valencia al abordar tan lúcidamente asuntos como la brujería, la ociosidad de los nobles, la necesidad de tierras para los campesinos pobres, el excesivo número de clérigos y funcionarios, los defectos de la enseñanza universitaria, la expulsión de los moriscos (a la que se opuso), la mala administración, la intolerable subida del precio del trigo y de los impuestos reales, el despoblamiento de la metrópoli, las guerras injustificadas, etc., etc.

A continuación, Jesús Paradinas, que ha poco dio a luz el libro Humanidades y economía. El pensamiento socioeconómico de Pedro de Valencia (Huelva, Universidad, 2014), establece el listado de las obras que del extremeño se conservan manuscritas (ya prácticamente todas editadas), ordenándolas alfabéticamente e indica los lugares donde se guardan. Jesús M. Nieto Ibáñez concluye esta primera parte con la bibliografía sobre Pedro de Valencia.

Pero lo sustancial es la reproducción de los estudios que Gaspar Morocho, en cuyo homenaje se publica, fue escribiendo en torno a la personalidad y las enseñanzas del zafrense. Muchos de tales trabajos vieron la luz en Extremadura, hasta donde el comentarista se desplazaba con frecuencia para contribuir con su indiscutible sapiencia y bonhomía a cursos, congresos, jornadas, etc. centrados en los grandes humanistas naturales de nuestra Región. El periódico HOY (para el que compuso el nº 10 de la serie “Personajes Extremeños”);  la Revista de Estudios Extremeños  (donde tuve el honor de sacarle el artículo “El testamento de Pedro de Valencia, humanista y cronista de Indias”, 1988-I); los volúmenes de la R. Academia de Extremadura con las Actas de los Congresos sobre el Humanismo en Extremadura celebrados por dicha Institución (especial recuerdo aquí a sus principales organizadores, Mariano Encomienda y Manuel Terrón Albarrán) y, claro está, las aportaciones de Morocho a diferentes volúmenes de las Obras Completas del humanista, constituyen el grueso del libro.



Pedro de Valencia, Obras Completas, tomo I. Introducción general, fuentes y estudios. León, Universidad, 2015.


 

258. Esta no es mi patria

Manuel Pecellín Lancharro

El de “Marquetalia” es uno de los nombre míticos entre los muchos que jalonan la historia guerrillera y contrarrevolucionaria de Latinoamérica, herida que no acaba de cicatrizar. Mucha es la sangre que ha ido derramándose en este municipio colombiano, capital de una “república independiente”, más simbólica que efectiva, escenario de muy numerosos enfrentamientos entre guerrilleros y militares. No es raro que el autor de este poemario lo califique en el subtítulo como “un pueblo que rabia”.

Natural de Don Benito (1959), sus padres llevaron a Flórez infante a vivir en Marquetalia, donde hizo los estudios primarios. Vuelto a Extremadura, inició aquí la carrera de Medicina, que terminó en Caldas de Manizales. Siempre ha combinado labores profesionales con la creación poética y la difusión cultural, tanto en su país de adopción, como en el nativo, donde ahora reside, tras un fructífero paso por Brasil y Colombia. Ha publicado numerosos libros de poesía, no pocos con importantes premios, a ambas orillas del Atlántico.

Aunque Marquetalia vio la luz hace ya tres lustros, por razones que desconocemos no ha podido difundirse hasta estos meses últimos. Según expresara José Antonio Gabriel y Galán en su inolvidable Un país como éste no es el mío(1978), refiriéndose al rechazo que le producían las circunstancias sociopolíticas españolas, Flórez manifiesta aquí el disgusto, el rechazo, incluso la angustia y el lamento dolorido ante la transformación del paraíso infantil en un Gólgota tan injusto como insufrible. Según el escritor extremeño, dolorosamente fallecido en plena madurez y a quien se cita en varias ocasiones, Flórez reconoce que sólo posee la palabra para combatir la barbarie, pero no está dispuesto a dimitir del compromiso que cree tener con su sufrida patria.

Lo ejerce dando voz en el  libro a los que ya no pueden hablar, nombrándoles con el punto de melancolía que la memoria guarda de los felices tiempos vividos. Estructurada en cuatro partes (El poeta en su estatura, El país del caos, El paraíso perdido, Destino), la obra se construye con poemas de amplio aliento, que paulatinamente van dejando lugar a composiciones cada vez más cortas, siempre en versos libres y todas con imágenes magníficas, amén de un ritmo musical que difícilmente decae. La misma calidad  literaria exhibe alguna muestra en prosa (el libro no está paginado).

Pese a los bien perceptibles valores estéticos, lo que más impresiona de Marquetalia es su carga ética: el grito, ocasionalmente rabioso hasta el exabrupto, ante el dolor infligido a las personas; la denuncia de la violencia, por más que pretenda justificarse con apelaciones utópicas; el desgarro frente al sufrimiento de los niños. (No sabría creer en Dios mientras vea  el dolor de los más pequeños, exclamaba Albert Camus). Y cómo añora su niñez andina el autor, aquellos días en los jardines incendiados del verano, sobre la hierba fresca de los potreros, antes de que Marquetalia se disfrazase de campanas y el revuelo de los ataúdes se impusiera en las calles.

Si bien reconoce que sigue siendo sólo “un poeta en su estatura” (este es el sintagma más repetido en el libro), el escritor no se amilanará ante los sembradores del odio, la furia de los proscritos o la dolorida elipsis de la pesadilla última. Llueve sobre Marquetalia y no siempre es agua lo que cae. A todos nos importa no se apague la vida en esos hombres a los que ronda la muerte.


Antonio María Flórez Rodríguez, Marquetalia (Un pueblo que rabia). Manizales, Universidad de Caldas, 2003/2015.

 


 

257. Poesía para el pobre, poesía necesaria

Manuel Pecellín Lancharro

El 13 de enero de 1935, meses antes de morir, cuando ya tenía en su haber una de las obras líricas más relevantes de toda la literatura contemporánea, Fernando Pessoa escribía a su amigo Adolfo Casais Monteiro: “Soy uno de los pocos poetas portugueses que no decretó su propia infalibilidad, ni toma cualquier crítica que se le haga, como un pecado de lesa divinidad” (En Obras Completas, I, edición de M. Ángel Viqueira, Barcelona, Ediciones 29, 1990, pág. 319).

Cuántas veces acuden a estas consideraciones del escritor luso ante la obstinada vanidad de otros colegas suyos, situados en las antípodas. Lo mismo que se agradece encontrarse a personas como el autor de La memoria encendida, libro capaz de reconciliarte con la humanidad y la literatura.

Del autor (Castuera, 1957), tan vinculado al grupo emeritense “Gallos quiebran albores”, hace Antonio Orihuela una magnífica presentación en el epílogo que pone a la obra antes citada. “No conozco un poeta más limpio, que este Eladio Méndez, más fino, más fraterno, más despierto a las mentiras del Estado y del Capital, un poeta más hecho en la casa de la memoria que él, más encendido allí que él, porque desde esa memoria, esa genealogía de la desposesión radical que significa haber interiorizada la herencia de los suyos, ha sabido desde allí crecer, no equivocarse, tener, desde niño, bien claro quién es el enemigo, con quien nos jugamos los cuartos”, escribe el profesor, ensayista y poeta onubense afincado en Extremadura. Lo proclama también Manuel González, con diferentes términos, en el sucinto prólogo.

Los poemas de Eladio Méndez denuncian la explotación de los niños (soldados, callejeros, indigentes…), la corrupción política, las pateras, el orgullo de los poderosos, la explotación de los trabajadores,  la amoralidad en los negocios, el hurto de la historia, las trampas legales y las bendiciones para consagrar todo esa putrefacción. Le gusta preguntarse, con B. Brecht, si no  hay manos humildes, anónimas, que construyen, conducen, curan, siembran y cosechan tras los grandes nombres.

Como Celaya,  Méndez nos apunta al pecho la pistola poética, a ver si consigue desterrar la abulia colectiva ante un mundo radicalmente injusto. A veces, el lenguaje se le atropella por la indignación e incurre  hasta en el exabrupto, alejándose de lo política y hasta líricamente correcto. Pero su poesía está más próxima del manantial sereno, de la palabra dura, pero contenida, que del grito rabioso.  Algún rasgo humorístico (véase lo que escribe acerca de su amigo Bakunin, personaje bien diferente al famoso anarquista ruso) acude a menudo para aliviar tensiones. Por lo demás, es sus versos, blancos y libres, no es difícil percibir imágenes espléndidas, confesiones como  “la precariedad ilusa/ de un párpado desnudo”  (pág. 30); “con precariedad habito/en los suburbios de la esperanza” ( pág. 35 );  “el transcurrir del tiempo/se mide con clepsidras de llanto” (pág. 75) o “un dolor cercano a nuestro pecho, un lirio encerrado en el ámbar del miedo” (pág. 79).

“Leo el incendio que traen estos poemas de Eladio Méndez y me reconozco en el poeta que escribe, en su orgullo proletario, en su extracción humilde y humillada, en su infancia de carencias que le doctoró para siempre en humanismo y solidaridad”, escribe Orihuela y lo suscribimos plenamente.

Eladio Méndez, La memoria encendida. Madrid, Amargord, 2016.

 


 

256. El poeta de la dulce memoria

Manuel Pecellín Lancharro

La muerte  de José Miguel Santiago Castelo (Granja de Torrehermosa 1948-Madrid, 2015) tuvo en toda la prensa nacional un eco abrumador, fundado sin duda en las calidades humanas, profesionales y literarias del fallecido. Nunca conocí nada semejante. El periódico ABC, la R. Academia de Extremadura, la Asociación de Escritores Extremeños, su municipio natal y otras entidades se distinguirían, junto a incontables amigos, en la evocación admirada y dolorida del finado. Póstuma, se publicaba La Sentencia, obra con la  que el autor obtuvo el XXV de Poesía Jaime Gil de Biedma; Juan Ricardo Montaña concitaba desde Villanueva en Aire por aire a casi una veintena de admiradores del formidable granjeño, cuyo musical Celia  llegaba a Madrid tras su paso Por Buenos Aires. Et sic de coeteris.

En esta línea hay que situar el libro que Ricardo Hernández (Santa Marta de los Barros, 1948) publicaba en los últimos días de 2015. Como en otros suyos (recordemos los que dedicó a los escritores extremeños enterrados fuera de España o el monográfico sobre Luis Álvarez Lencero), el reconocido bibliófilo amalgama apuntes biográficos del autor en cuestión, muestras literarias del mismo, estudios críticos y reseñas literarias de sus trabajos.

Tras el extenso preliminar, donde se anotan las vicisitudes existenciales más  significativas de Castelo (siempre con la tierra natal al fondo: como su admirado Pedro de Lorenzo jamás abandonó espiritualmente Extremadura, a la que tantos servicios prestase), se encuentra la sustancia: una antología bien espigada por el editor, que permite aproximarse cumplidamente a la humanidad de quien es retratado así: "Hombre de derechas y católico sin tapujos, jamás entró en luchas políticas y tribales o ejerció influencias perversas sobre las ideas religiosas de sus coetáneos, por muy estridentes o sectarias que fueran. Vivió y dejó vivir a los demás, con la gallardía y el respeto que todo ser viviente merece, lo que le acarreó ser querido y respetado por todos aquellos que le conocieron, le trataron y le quisieron". Son algunas de las virtudes que adornaron a  hombre tan poliédrico, un "anarquista de derechas" según lo definí hace seis lustros, no sin aceptación por su parte.

Era, sin duda, un poeta excelente, según resulta fácil percibir en los versos antologados. Se eligen de sus obras principales, tras breve introducción a cada una de las mismas: Tierra en la carne, Memorial de ausencias, La sierra desvelada, Cuaderno del verano, Siurell, Habaneras, Cuerpo cierto, Quilombo, La hermana muerta y Esta luz sin contornos. Seguramente por premuras editoriales se ha obviado La Sentencia.

Tras el capítulo necrológico, sigue un apéndice bibliográfico. La edición se enriquece con un rico aparato iconográfico, del que destaca la fotografía de Castelo junto a Fidel Castro en el Palacio de la Revolución cubana (1989), ambos sonriéndose con afectuosa complicidad.

 

Ricardo Hernández Megías, Santiago Castelo, el poeta de la dulce memoria.Torrejón de Ardoz, Círculo Extremeño, 2015

 


 

255. De cosas extremeñas

Manuel Pecellín Lancharro

Sancho y González vivió una época (1841-1917), cuando en Extremadura predominaban aún los rasgos de la cultura agroganadera, favorecidos por  la dedicación de la mayoría de sus habitantes  a las labores del campo;  situación periférica;  predominio del hábitat rural;carencia de industrias y comunicaciones con el exterior; profundo analfabetismo; pésima distribución de la riqueza; escaso peso de los grupos progresistas e indudable atraso . De algún modo, los más lúcidos intuían también que, dada la magnitud de lo que se conocía como “el problema social”, nuestra región podía convertirse en un peligroso polvorín si no se aplicaban los oportunos remedios.

Entre quienes lo detectaron figura nuestro autor, pese a su condición de sacerdote, dolido como estuvo siempre por el hambre que sufría  aquella enorme masa de jornaleros sin trabajo durante la mayor parte de los meses. A la vez, al buen canónigo le entusiasmaban los usos y costumbres tradicionales del agro extremeño; el carácter de su gente sencilla; las hablas locales; los dichos, refranes, leyendas, canciones y todo el riquísimo acervo de la literatura popular, que conocía como pocos.

Aunque profundamente vinculado a Higuera de Vargas (de donde fue párroco), hasta el punto de que se le creyó nacido en esta población de la raya hispanolusa, lo cierto es que vino al mundo en Barcarrota. Así lo ha demostrado Francisco Joaquín Pérez González, tan atento siempre a los asuntos del paisanaje. Es él quien ha conseguido que la obra del buen canónigo, publicada poco antes de morir, haya visto otra vez la luz. Lo hace con el mismo extenso prólogo que a la princeps le puso otro notable clérigo, Marcos Suárez Murillo (1880-1956), intelectual injustamente relegado, aunque la biblioteca de Almendralejo lleva su nombre. Pérez González adjunta también un  estudio preliminar, casi quinientas notas a pie de página (algunas erróneas y nos pocas prescindibles, mientras otros pasajes quedan sin la oportuna explicación), más el oportuno apéndice bibliográfico. El minucioso rastreo que realiza por cuantos nos hemos detenido en el estudio de los escritores extremeños, demuestra que el buen Sancho, pese a contar con sólo una obra publicada, no había pasado tan desapercibido.

Las teselas de esta colección de “estampas campesinas”  (hay también apuntes históricos) habían ido apareciendo en diferentes números de dos publicaciones con las que  el autorcolaboraba,  Archivo extremeño y Noticiero extremeño, periódico éste que tuvo entre sus directores a Antonio Reyes Huertas, Jesús Rincón Jiménez y José López Prudencio, hombres claves de nuestra incipiente literatura regional.  Las hay  realmente significativas, como las tituladas “La crisis obrera en Extremadura”, “El bellotero” o “Las cargas de leña”, duros cuadros sociológicos, que Sancho siempre aliviaba con su bohomía e innegable sentido del humor. Alguna pudo inspirar al propio Chamizo, como “La cabrita”, cuyo tema (la loba, muerta a navajazos por un pastor  para defender a la mujer querida)   es el mismo del de “La juerza d´un  queré”, poema que figura en El miajón de los castúos, por entonces en composición.

Muy adicto a la caza de la perdiz, practicada por  el clérigo  en los terrenos de “Higuerita” (qué hermosas descripciones de aquellos paisajes consigue), conocía como poco el riquísimo vocabulario, hasta entonces aún no perdido, del  dialecto local. (Eugenio Cortés  Gómez lo estudia en su ya lejana tesis El habla de Higuera de Vargas, 1979). Amigo de pastores (excelentes sus apuntes sobre trashumantes y cameranos), piconeros, serranos, cabreros, leñadores y tanta otra gente sencilla, Sancho sabía lo (poco) que se cocinaba en los hogares más humildes. A su entender, todo había empeorado a raíz de los procesos desamortizadores, al perder los vecinos los bienes comunes, dejándolos al albur de terratenientes absentistas y usureros sin escrúpulos. Como su admirado Gabriel y Galán, añoraba la época en que laboraban los pastores de su abuelo,  profundamente religiosos y solidarios entre sí, enfrentados a la `poderosa Mesta,  con un código ético ya irremediablemente perdido.

Pero no todo va a ser melancolía, lamento o denuncia. También hay artículos festivos, como los dedicados a las pacenses Ferias de San Juan; los jolgorios de la Semana Santa; lances venatorios; el relato de graciosas anécdotas e incluso ambiciosos planes para la mejora de la economía extremeña.

 

Francisco Javier Sancho y González, De cosas extremeñas y algo más. Badajoz, Diputación, 2016

 


 

254. Educación popular

Manuel Pecellín Lancharro


Educación Popular en la 2ª República. Las Misiones Pedagógicas en Extremadura 1932-1936, pese a su brevedad (136 págs., 20X13) presenta un sugerente cuadro de las actividades desarrolladas en nuestra región (Cáceres, sobre todo) por una de las instituciones republicanas que más prestigio se labrarían.

Creadas bajo los ideales de la Institución Libre de Enseñanza  en mayo de 1931,meses después de instaurarse el nuevo régimen, tan esperanzadoramente acogido, en su Patronato figuran desde el primer momento hombres como Manuel Bartolomé Cossío, su presidente, o Antonio Machado (que obtuvo permiso temporal del Ministerio de Instrucción Pública para dejar la docencia y así dedicarse a aquel "apostolado laico").

En un país con más de la mitad de sus habitantes analfabetos, resulta imposible establecer un régimen progresista. Los nuevos responsables políticos intuyen pronto la importancia de difundir la educación popular,  sembrando cultura por todos los rincones de España. "Hay que llevar a las gentes, con preferencias a los que habitan en localidades rurales, el aliento del progreso y los medios de participar en él, en sus estímulos morales y en los ejemplos del avance universal, de modo que los pueblos todos de España, aún los más apartados, participen en las ventajas y goces nobles, reservados a los centros urbanos", se leía en el prólogo de la Memoria del Patronato (1931-1933, pág. IX).

Con la colaboración de un conjunto de especialistas ("misioneros guías", "misioneros expertos" y "misiones estudiantes", según sus funciones), en sólo un lustro sembraron de  libros, bibliotecas, museos, teatros,  películas, coros, exposiciones pictóricas, audiciones musicales, charlas, comentarios sobre la Constitución, recolección de romances populares, etc. casi 7.000 pueblos.

Por lo que respecta a Extremadura, según el autor de este estudio, que se apoya en los documentos de dicho Patronato, las Misiones Pedagógicas desarrollaron diferentes actividades en Navas del Madroño, Garrovillas, Salorino, Herreruela, Piedras Albas, Herrera del Duque, Castilblanco, Valdecaballeros, Peloche, Fuenlabrada de los Montes, Siruela, Helechosa, Valencia de Alcántara, Montánchez, Albalá, Alburquerque, Cáceres, Jarandilla, Monroy, Navaconcejo, Navalmoral de la Mata, Valencia de Alcántara, Herrera de Alcántara, Membrío, El Pino, Las Huertas, Zarza de Montánchez, Salvatierra de Santiago, Sierra de Fuentes, Talaván, Monroy, Hinojal, Santiago del Campo, Casas del Castañar, Navaconcejo, Jerte, Piornal, El Cabrero, El Torno, Valdastilla, Cabezuela del Valle, Jarandilla de la Vera, Tejeda, Aldeanueva de la Vera, Guijo de Santa Bárbara, Robledillo de la Vera, Trujillo, Conquista de la Sierra, Santa Cruz de la Sierra, Puerto de Santa Cruz, Herguijuela, Ruanes, La Cumbre , Guadalupe, Escurial, San Pedro de Mérida, Valverde de Mérida, Torremejía,Zarza de Alange y Cañaveral.

Entre los personajes extremeños que colaboraron con las Misiones Pedagógicas, el autor localiza nombres como los de Juvenal de la Vega, Julián Rodríguez Polo, Miguel Orté, Antonio del Campo, Agustín Pérez Trujillo, José Aliseda Olivares, Anselmo Trejo, Marcelino García Hernández, Juan Bautista Rodríguez Arias, Carmen Muñoz Manzano, Antonio de la Cámara, Miguel Ortí Belmonte, Francisco  González y Guillermo Gómez de la Rúa.

Rodillo ha abierto una importante vía para  nuevas investigaciones a los investigadores que se interesan por la historia de la enseñanza en nuestra región.



Rodillo Cordero, Francisco Javier, Educación Popular en la 2ª República. Las Misiones Pedagógicas en Extremadura 1932-1936. S.L., autoedición, 2015.

 

 


 

253. Nietzsche

Manuel Pecellín Lancharro

Para conmemorar el 50 aniversario de la fundación, Alianza se ha propuesto reeditar una selección de su rico catálogo. Entre las obras seleccionadas figura la más conocida de F. Nietzsche, Así habló Zaratustra. Un libro para todos y para nadie. Andrés Sánchez Pascual ( Navalmoral de la Mata, 1936) hizo una muy celebrada versión del texto nietzscheano, al que puso también notable preliminar y, sobre todo, una formidable batería de notas a pie de página (casi seiscientas, ahora situadas como apéndice, lo que al menos a mí me hace la lectura más enojosa).

El catedrático extremeño,  a quien muy justamente el Gobierno Alemán premió en su día (1995) por las magníficas versiones que al castellano tiene hechas, nos permite acercarnos gozosa y compresivamente al célebre filósofo, lo más limpio posible de interesadas manipulaciones. Según se sabe, los escritos del iconoclasta pensador, fallecido joven (1844-1900) y con parte de sus creaciones inéditas, fueron retocados por familiares poco escrupulosos hasta el punto de hacerle decir cosas que nunca él había defendido (tesis próximas al ideario nacionalsocialista, construido bastante después de su fallecimiento). Por lo demás, quien eligió expresarse a través de metáforas, nunca es fácil de entender y abre puertas múltiples al hermeneuta de turno.

Sánchez Pascual se basa en los textos de Nietzsche, devueltos a su pureza primitiva merced a los trabajos de la crítica contemporánea, traduciéndolos directamente con una prosa de extraordinaria calidad. Resulta así comprensible el éxito de su versión, que él ha sabido ir retocando según avanzaban las investigaciones sobre el autor y, a la vez, recibía notas de sabios y cuidadosos lectores. Entre los mismos, agradece cuánto han contribuido a mejorar su trabajo las advertencias recibidas del chileno José Jara y del catalán Jordi Piguem.

Si el pensamiento de Descartes ha sido denominado “philosophie de la poêle” (filosofía de la estufa), porque al gran racionalista francés la alcanzó una gélida noche la génesis de la misma (cogito ergo sum), mientras se aliviaba al calor de aquel artefacto, bien podría titularse la de Así habló Zaratustra “filosofía del frío”. Tanto fue el que sufrió Nietzsche aquel invierno de 1883 mientras la daba a luz en medio de enormes penurias físicas (alejado de su patria, casi ciego, solitario, con mínimos recursos, insomnios, dolores de cabeza, etc.). Realmente, la génesis del gran libro fue lenta y su recepción, un auténtico fracaso, hasta tener a punto las cuatro partes que lo componen, simétricas con las cuatro ideas eje allí sustentadas: la muerte de Dios, la voluntad de poder, el superhombre y el eterno retorno. Como vehículo expresivo supremo, la alegoría de la metamorfosis: el camello se convertirá en león, para pasar a ser un niño, símbolo del hombre futuro (inocente, lúdico, amoral, feliz).

Sólo la generosa ayuda de siete personas concretas hizo posible el éxito posterior. Se considera hoy Así habló Zaratustra  una auténtica joya de la literatura alemana, como lo es la versión de la Biblia hecha por Lutero. Y no se evoca en vano al reformador protestante, pues la obra  que Nietzsche escribe tiene como contrapunto los Evangelios y él mismo gustaba presentarse (Ecce homo) como el Anticristo, capaz de demoler (Yo soy dinamita, Cómo filosofar a martillazos) las bases judeoplatónicas de la civilización occidental. Las anotaciones de Sánchez Pascual ponen en evidencia los múltiples guiños vetero y neotestamentarios que aquél desliza continuamente. Por lo demás, el Zaratustra contemporáneo no deja nunca de conmover  la ética y la estética de quien se le aproxima.

F. Nietzsche, Así habló Zaratustra. Madrid, Alianza, 2016.

 


 

 

252. La tierra que pisamos

Manuel Pecellín Lancharro


Jesús Carrasco, natural de Badajoz (1972) y residente en Sevilla desde el año 2005, produjo una auténtica conmoción literaria con su primera obra, Intemperie (2013). Vertida a una larga veintena de idiomas, la novela obtuvo rápido los mayores reconocimientos de lectores, críticos y estudiosos. Elegida como Libro del Año 2013 por El País y La Vanguardia; seleccionada por The Independent como uno de los mejores libros traducidos el 2014 en Inglaterra; Premio Libor del Año otorgado por el Gremio de Libreros de Madrid; Premio Cultura, Arte y Literatura de la Fundación de Estudios Rurales, el English PEN Award y el Prix Ulysses a la Mejor Primera Novela, quedó finalista en otros muchos, españoles y extranjeros (entre otros, el Dulce Chacón). Impresionaban la pulcritud de su prosa y el retrato ucrónico de ese mundo rural en trance de desaparición, con un protagonista que a mí me gusta contraponer al Alfanhuí de Sánchez Ferlosio, también ubicado en el terruño extremeño.
Más ambiciosa y compleja, también menos afortunada, nos ha pareció La tierra que pisamos. Aunque mantiene la calidad de estilo tan destacable en Intemperie, ni la estructura del discurso, ni el retrato de los personajes llegan a convencer plenamente. Enmarcada de modo explícito en el entorno de la Tierra de Barros (abundan los topónimos: Zafra, Santa Marta, Feria, Burguillos…), la narración transporta a un tiempo indefinible, acaso principios del XX. Entonces, Extremadura sería zona periférica de un Imperio (Reich) centro o norteeuropeo, cuya economía se nutre de la explotación de mano de obra esclavizada en ominosos campos concentracionarios (descritos aquí a imagen de los “Lagers” alemanes o el gulag soviético). Sometida al fin la zona por el ejército imperial, allí se implantan las fuerzas de ocupación, que la explotarán brutalmente, conduciendo en transportes horrorosos hasta los fríos bosques norteños a los trabajadores indígenas (entre ellos Leva, figura clave de la obra). Según hiciese Augusto con sus tropas eméritas, los también crueles y ya amortizados guerreros del Kaiser reciben colonias, que les cultivarán jornaleros locales.
Tal es el caso del feroz y ya inválido Iosif Holman, cuya mujer, la obra gran figura de la novela, irá refiriendo en primera persona las vicisitudes del relato. Ocasionalmente, el autor se permite conducir a los lectores a lugares como la plaza de toro de Badajoz (donde su propio abuelo fue asesinado por las fuerzas franquistas). Van a establecerse sorprendentes vínculos entre la poderosa dama forastera y el viejo campesino, vuelto a la tierra tras increíbles aventuras en un campo de concentración (lo salva, como al Pianista, el teniente Boom, un guardián misericordioso). La voz de la conciencia y la de la tierra que pisan, representadas por uno y otra, irán erigiéndose en los fundamentos simbólicos del libro. Ambas, con la desnudez, precisión y hermosas resonancias ancestrales que distinguen a Jesús Carrasco. Tal vez no resulten tan bien definidas como cabe exigir, pero, si en ocasiones confusos, no dejan de encogernos el corazón.
Licenciado en INEF, ha trabajado como publicista hasta poder dedicarse plenamente la literatura. (Para escribir esta novela ha contado con el apoyo de la Nederlands Letterenfons-Dutch Fundation for Literature). Pero, aunque inmerso desde hace lustros en un ambiente urbanita, la memoria del autor sigue impregnada de los paisajes, olores, tipos, flora (¡cuán presente la encina en estas páginas!), usos, costumbres, creencias, historias y palabras con que se troqueló en los primeros tiempos. Ahí encuentra un acervo impagable, manejado con enorme sabiduría, respeto y ternura, sin el menor tono localista, lo que produce que sus escritos resulten tan extremeños como universales.


Jesús Carrasco, La tierra que pisamos. Barcelona, Seix-Barral, 2016

 


 

 

251. Juguetes rotos

Manuel Pecellín Lancharro

Según la expresión que la literatura, el cine y los medios contemporáneos han hecho famosa, “juguetes rotos” son aquellos deportistas elevados a la cumbre de la celebridad y rápidamente, sin apenas tiempo para consolidarse, caídos de nuevo en el anonimato, cuando no en la miseria e incluso la abyección absolutas.  Tal sería el caso de Humberto da Silva dos Purísima Concepçio, el personaje principal de esta excelente novela, que no sin sólidas razones llegó a las finales del premio Fernando Lara.

Su autor, José Luis Muñoz (Salamanca, 1951), viajero infatigable, se ha venido inspirando en los países que frecuenta para escribir obras como La Frontera Sur (México), Lluvia de níquel (USA), Patpong (Tailandia), Llueve sobe La Habana (Cuba) o La cariqueña del Maní (Venezuela). Una visita a Salvador de Bahía, cálida urbe del Brasil más sensual y festivo, auténtico puzzle  de culturas indígenas, africanas y europeas, lo induce a componer esta narración, que tan bien retrata ese efervescente “melting pot”, crisol de razas, religiones y  etnias diferentes.

El protagonista de la narración asume referir en primera persona las vicisitudes autobiográficas que lo condujeron desde la favela inmunda a la cima de la sociedad, para volverlo a sumir bien pronto en el cañizo, la degradación  y la miseria originales. Sólo el éxito en un deporte como el fútbol permite al hijo del Angoleño (un negro borrachucio, perezoso, violador de su propia hija) escapar de la miseria y ascender  las cumbres de la fama nacional, hasta convertirse en el héroe momentáneo de Brasil.  Más dura será la caída, cuando, víctima de sus propios desmanes (el alcohol, el sexo y, sobre todo, la coca), el absoluto descontrol   le haga perder las cualidades que un día lo erigieron en ídolo del deporte nacional por excelencia, privándole de cuantas riquezas consideraba haber obtenido.

La novela tiene muy atractivas dosis de denuncia social (el sórdido submundo de las chabolas que constituyen Os Alagados); etnología (ritos del candombé, la oxirá, mâe de santo, carnaval, etc.,  amén de los usos, costumbres y ritos futboleros),  junto con los análisis de la condición humana (banalidad de éxito y contundencia del fracaso). En torno al héroe del  balón pululan personajes secundarios tan bien definidos como el entrenador alemán, “Herr” ; el señor Vasco, su vampiresco representante;  Bebeto, el rudo físico atleta que cuida la forma física de Humberto… a la vez que le proporciona , a precio de oro, las cada vez más imprescindibles dosis  de polvo blanco, o Jaidy, prostituta de insaciable sexualidad con quien el delantero establece desafortunado matrimonio. Ocasionalmente, el  autor hace intervenir a escritores deslumbrados por los chuts de Humberto, a quien se aproximan con admiración. Ninguno como el mismísimo Jorge Amado, para mí el mejor novelista contemporáneo en lengua portuguesa, quien habría dedicado una obra al sucesor de Pelé, (también presente en estas páginas).

Víctima ocasional, a la postre feliz, de un atraco que recuerda al que Sabina cantase en “Pacto entre caballeros”, el mago de la pelota no supera otros trances  y va convirtiéndose de modo acelerado en una piltrafa humana. Tras envenenar, accidentalmente, a su propia mujer, proporcionándole un filtro amoroso letal;  herido por duras lesiones,  sólo le queda el regreso a los orígenes.  Tan difícil resulta eludir el círculo que trazan los genes, las condiciones socioeconómicas y la pura mala cabeza.


José Luis Muñoz, Ascenso y caída de Humberto da Silva. Barcelona, Ediciones Carena, 2016.

 


 

 

 

250. Revista Española

Manuel Pecellín Lancharro

Corto fue el decurso editorial de la Revista Española. No obstante, ha quedado con todo merecimiento como un referente ineludible de nuestra literatura.  Sólo llegarían a publicarse seis números, en Madrid, entre los años 1953 y 1954. Un epílogo doloroso de la entrega  última aclaraba el ineludible cierre: “…Al cabo de un año de vida no se han conseguido más que veintisiete suscripciones, no se ha logrado vender más que ochenta ejemplares”.

Sin embargo, aquella publicación bimensual, de tan efímero discurrir, fue clave para el desarrollo de la denominada Generación de los 50. Allí se darían a conocer figuras tan distinguidas como Ignacio Aldecoa, Rafael  Sánchez  Ferlosio, Alfonso Sastre, Jesús Fernández Santos, Medardo Fraile, Carmen Martín Gaite, Josefina Rodríguez, Manuel  Sacristán , Víctor Sánchez de Zavala, Luis de Castresana, Antonio Pérez Gómez,  Castillo Puche, Gaya Nuño, Edmundo de  Ory, o Juan Benet, entre otras plumas más tarde consagradas, por no decir extranjeros como Fernando Namora, Cesare Zavattini  o Truman Capote.

Hemos de recordar que fue una iniciativa del extremeño Antonio Rodríguez-Moñino (1910-1970). Víctima de un interminable proceso de depuración política, privado de su cátedra de instituto,  se ganaba la vida como bibliotecario de la Lázaro Galdeano, sin interrumpir nunca sus labores investigadoras que lo encumbraron como el “Príncipe de los bibliógrafos españoles” (M. Bataillon). Su autoridad era máxima entre los escritores españoles e hispanistas extranjeros, a muchos de los cuales recibía y aconsejaba en tertulias de café como las  madrileñas del Lhardy, Gijón o Lyon, auténticas “universidades libres” donde D. Antonio, aún tan joven y ya tan ilustre, ejercía como infalible decano.

Gracias a sus buenas relaciones con la editorial Castalia, la Revista Española se imprimirá en la prestigiosa Tipografía Moderna de Valencia. Moñino le encarga la dirección a tres jóvenes, que rondan los veinticinco años, pero cuyas enormes potencialidades intuye: Ferlosio, Aldecoa y Sastre. Tanto ellos, como los futuros colaboradores, reconocerán que sin el mecenazgo del  extremeño, aquella aventura, tan importante pese a todo en sus respectivas carreras, no hubiera sido posible. (La costeará de su propio peculio).  “El gran acierto de Rodríguez-Moñino al fundar Revista Española – escribirá José Luis Cano- fue detectar, en un momento crítico de nuestra literatura, dónde se hallaban los talentos jóvenes, los valores que prometían, que tenían cosas que decir y sabían decirlas bien” (Ínsula, nº 287, octubre 1970, pág. 4).

En la Revista Española se puede consultar un acervo impagable de narraciones,  cuentos, teatro, ensayo y crítica (ausente casi por completo la poesía, a la que Moñino juzgó se le prestaba suficiente atención en otros medios). Sin embargo, dada su escasa difusión, nunca resultó fácil consultarla. De ahí la importancia que encierra esta reedición facsímil  de sus seis números, realizada al cuido de José Jurado Morales, que adjunta en cuadernillo exento un excelente estudio. La colaboración de la Consejería de Economía, Innovación y Ciencia de la Junta de Andalucía ha sido fundamental para este rescate.

Entre las 636 páginas que conforman los seis números de la revista (la suscripción anual importaba setenta pesetas), sólo hemos localizado la firma de un autor extremeño. Se trata de Alfonso Alabalá, que suscribe el relato “Marie” en la entrega última (pp. 560-576), cuyo protagonista es un piano parisino al que se presta voz para que narre en primera persona sus avatares hasta recalar en Madrid.

 

José Jurado Morales (ed.), Revista Española. Valencina de la Concepción (Sevilla), Ediciones Ulises, 2015.


 


 

249. Nemo

Manuel Pecellín Lancharro


Todo cuanto  se refiere (más bien poco)  en las 285 páginas, distribuidas en teselas (131) de esta densísima obra (casi no hay puntos), ocurre en una pequeña, provinciana ciudad. Nunca se la nombra, pero se recoge que tiene río, muralla y casonas; perviven aún los oficios tradicionales; todo el mundo se conoce  y en su plaza (anillo) los mozos continúan la añosa costumbre de comer juntos el “calbote”, suerte de comunión laica,  como un rito de amistad. El sitio más visitado (de “Murania”, sin duda) es la bodega, donde bajo la imperiosa mirada del mesonero se reúnen cada día los personajes secundarios de la novela,  tipos populares  que pueden simbolizar algunos de los defectos o virtudes características de la especie humana: el herrero, el ermitaño, el guardián de la casi derruida fortaleza, el carpintero, los dos mellizos,  el viejo lúcido, el borrachucio Fiat, el Papagallo (sic) y otros singulares especímenes.

En aquella tertulia etílica se bebe el vino de cosecha y se habla sobre lo que sucede (insignificancias) por los alrededores. Todo irá transformándose con la llegada de un forastero, cuya conducta desconcierta a la parroquia, muy especialmente por el rasgo más chocante: practica un absoluto silencio, negándose a hablar por mucho que se le provoque o incite. Carente de nombre, edad, oficio y pasado, busca allí refugio, tras prescindir, no se sabe por qué razones, de cualquier tipo de lenguaje, hablado, escrito e incluso gestual. Resulta imposible establecer con tan extraño personaje ningún género de comunicación, ni él la busca de los demás, si bien poco a poco va habituándose a compartir espacios comunes. No obstante, este Nemo (en latín “nadie) se convertirá en el factor clave de las metamorfosis que irán experimentado bastantes vecinos, hasta el punto de que varios de ellos, tan locuaces hasta entonces, se sumarán también a las “taciturnidades del labio”. Sólo la conmoción de Nemo ante una paloma herida o el desconsuelo de su llanto final, impensable en tal hombre, lo asimilan a los otros mortales.

De este singular proceso irá dando cuenta el escribano de la villa. Trasunto sin duda del propio autor, irá refiriendo en primera persona, cual narrador omnisciente,  hasta los más mínimos detalles, a la vez que añade referencias a acontecimientos  anteriores  similares (tremebundo el del predicador  suicida) o, convertido en filósofo, discurre una y otra vez (abundan las reiteraciones) sobre la vida y la muerte, la trascendencia, los factores determinantes de la conducta, la entidad y funcionamiento de las palabras y, cómo no,  los  límites del lenguaje. Asunto éste de antigua raigambre (recuérdese al viejo Gorgias afirmando que nada existe;  y, si existe, no lo podemos conocer; y, si lo conociéramos, no lo podríamos decir); fomentado por el spleen romántico y convertido en tema central de la filosofía  y la literatura contemporáneas, es seguramente el núcleo central de esta novela. Algunos poemitas ocasionales (más bien ripiosos) resumen las “senectas” (otro de los frecuentes neologismos del novelista, versado en latines y cultura bíblica).

Parece inútil a estas alturas un elogio del escritor, que viene recabando las calificaciones más altas de plumas como Luis Landero,  Sánchez Ferlosio, Ángel Harguindey, J.M. Pozuelos o Rafael Reig. (Por cierto, ésTe ha escrito que Hidalgo Bayal es el Nabokov extremeño”. No obstante, en Nemo (“Nimú”)  no se percibe la más mínima alusión al erotismo, resultando todos sus personajes absolutamente asexuados).

Hace casi seis  lustros, Ángel Campos me entregó un original que no dudé en llevar a imprenta. Fue así como saldría a luz la primera novela de este autor (n. Higuera de Albalat, 1950), Mísera fue señora la osadía. Cada uno de sus libros posteriores, y son numerosos, no han hecho sino confirmar lo que ya entonces se captaba y Ricardo Senabre consagrase en El Cultural de El Mundo: “Hora es ya de proclamar la excelencia de un autor que habría que situar en la primera línea de nuestros narradores actuales. En la línea de Julio Cortázar, Raymond Queneau, G. Cabrera Infante o Julián Ríos”. Magister dixit.



Gonzalo Hidalgo Bayal, Nemo. Barcelona, Tusquets, 2016.

 

 


 

248. El rumor de los muertos

Manuel Pecellín Lancharro


El novelista estadounidense H.P.Lovecraft (1890-1937), considerado uno de los maestros de la literatura de terror, fue quien introdujo en las letras contemporáneas la ficción de un grimonio (libro mágico) cuyo nombre se hará célebre: el “Nekronomicón” o “Libro de los muertos”, según su etimología griega. Otros autores del círculo lovecraftiano recurrirán también a esta obra fantástica, hasta el punto de que no faltarán investigadores dispuestos a descubrir si realmente ha existido una obra semejante, capaz de conmover radicalmente al osado lector. Se trataría de un texto escrito en el siglo IX por un santón musulmán (Abdul Hazred) en la Arabia Saudí al dictado de terribles fuerzas demoníacas,  tal vez antiguos dioses egipcios, que siempre pulularán sobre la obra, controlándola a su antojo. Repleta de sortilegios y fórmulas taumatúrgicas, puede generar horribles metamorfosis a quienes la ojeen, como devolver a la vida a cualquier muerto en cuyo favor se invoquen. Una apasionante carrera, entre reyes, inquisidores, bibliófilos y magnates, habría conducido al Nekronomicon por medio mundo, aunque hoy se le siga buscando afanosamente con las más variadas intenciones, desde servirse del mismo a lograr eliminarlo de la faz de la tierra.
Enrique Laso (Badajoz, 1972), quien se diera a conocer con la novela Desde el infierno, adaptada ha poco al cine (la película se presentó el 2014 en el Festival de Sitges), ha compuesto esta segunda tomando el misterioso manuscrito (se habría hecho una edición española de mínima tirada en el XVI) como núcleo de su apasionante relato. Poniéndolo en relación con el célebre y aún no inteligible “Manuscrito Voynich”, conservado en la Biblioteca Beinecke de libros raros de la Universidad de Yale (lugar relevante en la novela), el autor construye una trama de enorme interés en torno al esotérico volumen, en sus orígenes árabes Kitab Al-Aziz, o Libro del Rumor de los insectos nocturnos (símbolos de las fuerzas sobrenaturales destructivas).
Laso tiene la habilidad de descomponer la urdimbre narrativa en numerosos hilos, sin atenerse a la consecución espaciotemporal lógica, conduciéndonos  en un baile discontinuo desde los escritorios medievales (no se olvide El nombre de la Rosa, de Umberto Eco, ni la ficticia Poética II de Aristóteles) a la Feria de Frankfurt;  del desierto arábigo a la Constantinopla grecocristiana; desde un monasterio castellano, a la Escuela de Traductores de Toledo o las mansiones de gente como D. Álvaro de Luna, el valido afecto a la nigromancia, pasando por Londres, París, Japón , Berlín o  Madrid, lugares todos donde la búsqueda y posesión, más o menos duradera, del libro produce las más fantásticas transformaciones en quienes con él se relacionan, muertes y resurrecciones incluidas. Un periodista español, Sebastián Madrigal, personaje con escasas luces, más bien frívolo, se convertirá poco a poco en pieza básica de la investigación  bibliofílica, pagado por un inglés riquísimo: Henry Newman quiere conseguir, a toda costa, devolver a la existencia a su difunta esposa y sabe que los sortilegios contenidos en la obra se lo pueden permitir (ya se produjo en otros casos). Sus intereses chocarán con los de la Hermandad para el Triunfo de la Luz, cuyos socios, curas exorcistas, están dispuestos a cualquier cosa para destruir la demoníaca escritura e incluso a quienes con ella se relacionen.
En resumen, una obra realmente atractiva, con mucho de novela histórica y thriller, combinados con dosis de  sólida bibliografía .

Enrique Laso, El rumor de los muertos. Ediciones Planeta, Madrid, 2014.

 

 


 

247. Teoría y realidad de la Semana Santa

Manuel Pecellín Lancharro



Pertenece Antonio Núñez Cabezas de Herrera a ese curioso grupo de extremeños que se han distinguido como lúcidos intérpretes de las manifestaciones culturales andaluzas. Vienen a mi memoria escritores como los hermanos Pedro y Carlos Caba (Andalucía, su comunismo libertario y su cante jondo), Antonio y Florencio Zoido Naranjo (Doce teorías para Sevilla) , Juan José Poblador (Conil de la Frontera) o José Antonio Ramírez Lozano (Bata de cola), por no decir el mismo Félix Grande y sus ensayos sobre el flamenco.

La vez primera que encontré su nombre fue en el periódico pacense La Libertad, donde a lo largo de 1927 mantuvo interesantísima polémica con quien firmaba “Un bibliófilo extremeño”, el por entonces casi adolescente Antonio Rodríguez Moñino (que a partir de 1944 uniría con guión sus dos apellidos). Ambos discuten en torno a “la poesía del 27” (utilizando ya  esa categoría), mostrándose el primero más partidario que el segundo de lo que por entonces escribían los grandes de la época. Para ejemplificar cómo era aquella poética, el periódico de Badajoz publicaba el 4 de noviembre de ese año poemas de Dámaso Alonso, Alberti, Salinas, Gerardo Diego, Garfias, García Lorca y otros de la generación, ofreciendo así a los lectores extremeños una sorprendente y temprana antología.  Di cuenta de estos embates en mi artículo “Colaboraciones del joven Antonio Rodríguez-Moñino en la RCEEX”, que publiqué en el Boletín de la RAEX y está colgado en la red. (No se recogen estos artículos en el volumen que presentamos).

Antonio Núñez podía contraer sus apellidos como Núñez de Herrera, acaso por así parecer de familia más humilde. Nació en Campanario (1900), donde también viera la luz Antonio Reyes Huertas (1887), con quien coincidirá en la maestría para componer estampas populares, si bien de muy diferente inspiración: aquel fue pronto un republicano confeso, en tanto el segundo militaba en las filas del catolicismo más conservador.  Como funcionario del cuerpo de Telégrafos, Núñez pasa a residir desde 1916 en Sevilla, ciudad que llegaría a conocer perfectamente. Tras la declaración de la II República, se integra en las primeras corporaciones municipales de la, poniendo en marcha, como gran aficionado que era al periodismo, dos cabeceras, pronto fallidas: el semanario republicano Críticas y El Pueblo. Diario Republicano de Andalucía. Pero tal vez su proyecto más querido fue erigir la Hemeroteca municipal, organismo al que se vincula hasta el fin de sus días. Cortos fueron, pues una neumonía lo fulminó (1935) mientras veraneaba en El Algarve. 

Tuvo tiempo para escribir (Publicaciones Mediodía, 1934) un ensayo que los entendidos juzgan obra imprescindible, Sevilla. Teoría y realidad de la Semana Santa.Este estudio antropológica causó notable impacto, si bien el régimen nacido tras 1939  le impone una losa de silencio. Merced al empeño de sus familiares, será reeditado el 1981, 1993 y 2006. Reaparece ahora de manera mucho más ambiciosa. En efecto, el responsable de la edición ha ido recopilando y adjunta una enorme cantidad de materiales periodísticos que Núñez diese en numerosos medios (La Libertad, Heraldo de Madrid, El Noticiero Sevillano, La Gaceta Literaria, etc.,etc.) y sirven bien para entender la diagénesis del admirable libro. Como extremeños, aunque resulten un poco colaterales al tema principal, nos han interesado los textos que el autor (también crítico literario) dedica al triunfo en Sevilla de la pieza dramática de Chamizo, Las brujas.

Por otra parte,  el volumen (400 páginas) reproduce también como apéndice un “Cuaderno de poemas”, inédito hasta hoy,  compuesto por el de Campanario y que su familia supo conservar celosamente. David González lo califica como conjunto de “piezas breves, deudoras del gusto por Gustavo Adolfo Bécquer, de la influencia de Fernando Villalón, de la copla popular, y presenta llamativos ribetes de cierto imaginismo vanguardista”. Sin duda, están en líneas con la poética del 27, que Núñez había defendido frente al joven Moñino en el artículo antes citado.

Un cuadernillo de imágenes ofrece singulares fotografía del autor y sus amigos, entre ellas la tomada el 25 de abril de 1935 en la Venta de los Gatos, reunión organizada por la Tertulia del Arenal, donde también se distinguen personalidades como Manuel Chaves Nogales, Joaquín Romero Murube, Jorge Guillén y Federico García Lorca.

Antonio Núñez de Herrera, Sevilla. Teoría y realidad de la Semana Santa. Córdoba, Almuzara, 2015.

 


 

246. El incendio de las horas

Manuel Pecellín Lancharro

 

Natural de Salvaleón (1951), Doctora en Filología, Licenciada en Periodismo y Catedrática de Literatura, Juana Vázquez ha escrito ensayos (El Madrid de Carlos III, El costumbrismo español en el siglo XVIII, Zugazagoitia precursor de la novela social, San Juan de la Cruz, Las costumbres de la Ilustración, El Madrid cotidiano del siglo XVIII); novelas (Con olor a naftalina, Tú serás Virginia Woolf) y poemarios (Signos de sombra, En el conflicto del nombre, Nos+otros, Gramática de la Luna, Escombros de los días, Tiempo de caramelos). Ha ejercido la crítica literaria y el análisis sociológico en importantes medios nacionales (Diario 16, ABC, El País, Cuadernos del Sur y, por supuesto, en HOY), siendo frecuente su presencia en congresos, tertulias, mesas redondas, recitales y todo tipo de encuentros culturales. Colaboró asiduamente en Oeste Gallardo, el boletín de la Unión de Bibliófilos Extremeños, para el que llegaría a entrevistar a un gran número de los más importantes escritores nacionales. Alguna vez sugerí que, reuniendo dichas colaboraciones se tendría una muy enjundiosa Historia de la Literatura española contemporánea.

Lo primero que llama la atención de esta su nueva obra es la contundencia formal de la misma. Impresiona enfrentarse a esos dos largos millares de versos, distribuidos  en casi un centenar de poemas, todos los cuales guardan rigurosa unidad: la propia Juana Vázquez es el tema único. Mujer que venía acumulando multitud de horas semanales de aula, archivos, estrados, pupitres, ordenador y calle (sin olvidar las de mercado, cocina, cafés y tabernas), el reloj de la sangre parece exigirle un alto en tan frenética actividad. Y como, ante todo, se sabe “poeta por prescripción facultativa” (pág. 13), no puede menor de recurrir a la voz lírica para componer estas reflexiones sobre su propio yo y cuanto le está sucediendo. Es verdad que todo no va ser ese “yo, mí, me, conmigo” ahora casi ineludible, esforzándose a veces por percibir los ecos del mundanal ruido. Pero serán momentos coyunturales, para volver casi de inmediato al autoanálisis, la investigación de la propia intimidad, ese ego que todos hemos confirmando a lo largo de nuestra más o menos feliz existencia.

Sorprenderá que la autora se perciba una y otra vez como un sujeto sumido en la melancolía (el término más recurrente del texto), las dudas, la indolencia, el tedio, la autocompasión y demás sentimientos negativos. ¿Cómo convivir con esos estados psicológicos alguien que se reconoce “brusca reivindicativa insolente/descarada transgresora/políticamente incorrecta” (pág. 46), según los parámetros que han ido conformando su conducta? Desde luego, no será fácil convertir en Penélope a quien se intuye mucho más cercana a Ulises, "lujuriosamente viajera". La cafeína, el tabaco, el whisky, algún cubatita sola o acompañada, un paseo por ciertas calles de Madrid, ayudarán tal vez a restablecer los ánimos y resistir las lides de todo los días. Y, sin duda, tendrá siempre a mano la pasión por el lenguaje, el impulso irresistible de la palabra poética (la minúscula, por favor), que vuelve a suscitarse con entera pujanza incluso cuando se la pudo dar por definitivamente ensordecida, un bullicio desenfrenado  que se impone como el relámpago en el cielo.

Y es que Juana Vázquez confiesa: “No sé acompasarme a las horas de luz y oscuridad/ a lo vertical y horizontal/ pues no vivo/ Yo no vivo/. Mi vida la vive la errática y loca poesía” (pág. 115). ¿Quién querrá perderse confesiones como éstas?


Juana Vázquez Marín, El incendio de las horas. Madrid, Huerga&Fierro, 2015.

 


 

245. Las Hurdes

Manuel Pecellín Lancharro

 

Seguramente, ninguna otra comarca extremeña, y pocas más en la Piel de Toro, tienen rasgos identificadores tan definidos como Las Hurdes, Jurdes, as Hurdes o Hurdes, sin artículo ni aspiración fonética, según se la denomina. Con un territorio bien definido, usos y costumbres seculares, población que se autorreconoce en tanto miembros de una colectividad con rasgos propios, marcada por singular historia, no del todo conocida, el país hurdano y sus gentes han sufrido una auténtica “leyenda negra”, en cuyas antípodas parece hoy situada: de infierno a paraíso. Luis Buñuel, que con sus denostados fotogramas tanto contribuiría a difundir la degradante imagen de una “tierra sin pan”, debiera tener hoy otro documentalista homólogo que pasase un film contenidos como el de la webmancomunidadhurdes.org/index:
“Al norte de Extremadura, ya al límite de Salamanca, donde la provincia cacereña deja que su lisa meseta arrugue su frente y convierta la tierra en abruptas montañas, encontramos la comarca de Las Hurdes. Bañada por 5 ríos que dan nombre a sus valles, crean un magnífico ecosistema de hondonadas de espesa vegetación, combinación de pinos, antiguas madroñeras centenarias, castaños y olivos, que ejercen durante años de economía a sus habitantes. Y un monte bajo compuesto de brezo, romero, jara y cantueso del cual obtener productos apícolas de excelente calidad como la miel y el polen.
Éstos, junto con los que producen los huertos que visten las riberas de sus ríos, las pequeñas praderas que alimentan sus rebaños de cabras, y la abundante caza tanto mayor como menor existente en la zona, proporcionan los ingredientes necesarios para que la imaginación haga el efecto oportuno en la creación de una original y exquisita gastronomía. El cúmulo de una orografía montañosa y una constante presencia de agua que riega cada rincón, son los factores que trazan por las faldas de sus sierras, espectaculares meandros y erosionan con los años la negra pizarra con chorros de enérgicas corrientes que arrastran consigo la historia de sus hurdanos. Arquitectura, naturaleza, gastronomía, orografía, cultura y tradición, se funden como una única entidad de identificación de sus gentes. Un conjunto de emociones que este paraíso ofrece a todo aquel que pretende descubrirlo, con tantas variantes como gustos se hizo el hombre. Hacen de esta comarca una tierra ideal donde los sueños se pueden llegar a realizar”.
Fernando R. de la Flor, catedrático en la Universidad de Salamanca, que ya se aproximase a las Hurdes con otro libro (De las Batuecas a las Hurdes. Fragmentos de una historia mítica de Extremadura. Mérida, ERE, 1989 y 1999), vuelve a la misma por encargo de la Fundación Ortega Muñoz. Su nueva obra aparece en la colección “Territorios escritos”, que atinadamente coordina Antonio Franco, director del Museo Extremeño e Iberoamericano de Arte Contemporáneo (MEIAC). Objetivo primordial de la misma es que autores de conocida relevancia pongan por escrito sus experiencias sobre determinados lugares de Extremadura, a los que vienen invitados por algún tiempo. En dicha serie han aparecido obras tan importantes como El último lobo, del húngaro László Krasznahorkai o El reino de la fortuna, de alemán Peter Sloterdijk, texto sugestivamente implementado por Isidoro Reguera, catedrático de Filosofía en la UBEX, con su ensayo sobre Extremadura.
No desmerece de las mismas la del profesor salmantino. Lo primero que la distingue es su abrumadora documentación. En un apéndice de medio centenar de páginas se pasa revista a cuanto se ha escrito sobre las Hurdes. Una bibliografía tan abundante, testimonio de la atracción que viene ejerciendo desde épocas antiguas, sólo puede explicarse porque esta tierra es un auténtica “metáfora de España”, a saber, supone para la patria hispana lo que nuestro país para Europa: el territorio más pobre, occidental, al margen del progreso técnico, hambriento, atrasado, caciquil, periférico, “africano”, pero también el más puro, virgen, sin ruidos, incontaminado, el más propicio para soledades creativas, para el desarrollo del espíritu. Sin duda, la voz más escuchada es la de Maurice Legendre en su demoledor Viaje a las Hurdes. Tal vez se eche en falta el uso de fuentes “emic” (compuestas por los propios habitantes), digamos publicaciones periódicas como As-Hurdes.
En segundo lugar, llama la atención el lenguaje en que la obra está escrita, que realmente facilita poco su lectura, forzándola a convertirse en pieza para antropólogos.
Por otra parte, De la Flor analiza pormenorizadamente el proceso creativo de Buñuel en su famoso documental hurdano y añade datos como la fascinación por aquellas tierras que experimentase el equipo del cineasta aragonés y él mismo, que lo tenía tono dispuesto para comprarse una finca en Las Batuecas.
Por último, resaltaré la apuesta del ensayista a favor de un prometedor futuro para Hurdes, ese rincón con un nombre cuya etimología continúa misteriosa: “casa de piedra”, “río Jordán”, “cerdo” (así lo pretendió Sabino Arana, remitiéndose al vascuence, en un artículo que aquí no se cita), etc. etc. Nos hubiese encontrado leer cuáles son los factores determinantes que han roto la tradición maldita de aquel terruño, así como los que pueden ser definitivos para confirmar el brillante futuro que se le augura.

Fernando de la Flor, Las Hurdes, el texto del mundo. Badajoz, Fundación Ortega Muñoz, 2015.

 

 


 

 

244. Lucilio Vanini (1585-1619)

Manuel Pecellín Lancharro


El 9 de febrero de 1619 moría en Toulouse, alevosamente ejecutado, un joven filósofo que firmaba como Giulio Cesare Vanini o Pompeo Ugilio. El Parlamento de dicha ciudad francesa lo condenó a que le cortasen la lengua, le dieran garrote, lo  quemaran y arrojasen al viento sus cenizas, por “atéiste et blasphemateur du nom de Dieu”. Sostenía la acusación un poderoso noble, Francon, declarando ante el tribunal que Vanini “le había negado a menudo la existencia de Dios y se había mofado de los misterios de la fe cristiana”. Para nada le serviría al reo la confesión que hizo declarando su fe “en un solo Dios con tres personas, tal como la Iglesia lo proclama, y que la naturaleza misma prueba evidentemente que Dios existe”.

Vanini vivió una existencia bien azarosa. Natural de Taurisano (n. 1585), en la Puglia (Italia),  hijo de Beatriz López de Noguera, su familia tenía origen español.  Pronto obtuvo en Nápoles la licenciatura “in utroque iure” (en Derecho civil y canónico), si bien no iba a dedicarse a las leyes. Optó por profesar con los Carmelitas (la orden que ofrecía mayor margen de libertad intelectual), haciéndose sacerdote.  Después se dedicará, como tantos grandes del Renacimiento y el Barroco, a estudios múltiples, incluyendo la astronomía, la matemática y la medicina. Enfrentado a sus superiores y cada vez más crítico con la autoridad del Papa, Vanini viajará por media Europa a la búsqueda de quien pudiese asumir sus tesis y defenderlo. Padua, Venecia, Londres (donde se hizo durante algún tiempo anglicano, hasta romper con el poderoso e intolerante Primado de Inglaterra, Abbot), Bruselas, Ginebra, Lyon y Paris, son algunas de las ciudades a las que acudió, hasta decidir venirse a la entonces muy conservadora Toulouse.

Aunque este notable humanista escribió, al parecer, una larga docena de obras, solamente conservamos dos de su autoría, compuestas en latín y con bien diferente metodología, el Anfiteatro de la providencia eterna,  divino-mágico, cristiano-físico y astrológico-católico (Lyon, 1615), dedicada al español Francisco de Castro, y Sobre los admirables misterios de la naturaleza, reina y diosa de los mortales (París, 1616). Si no son del todo originales (cuenta con abundantes “préstamos” de otros pensadores clásicos y coetáneos), llevan sin duda su sello inconfundible.

Precisamente en la Sorbona de París se presentaba el año 1997, bajo la dirección de M. Pierre Magnard, una exhaustiva tesis, J.C, Vanini: Averroïsme de Padoue et pensé libertine (une philosophie de la crise á l´age baroque), publicada luego por el A.N.R.T (Taller Nacional de Reproducción de Tesis). Un jurado internacional le había concedido mención honorífica. El doctorando era Marcial Caballero, nacido y criado en Calera de León, estudiante que fue de humanidades y filosofía en el pacense seminario de San Atón, más tarde profesor  de la UNED y los Institutos San Isidro (Madrid), liceo español de París, Juan Ramón Jiménez (Casablanca) y Nª Srª del Pilar (Tetuán), hasta su reciente jubilación.

Es el libro que aconsejamos a quienes tengan interés por el intelectual quemado en Toulouse, como había ardido tres lustros antes  su admirado Giordano Bruno en una hoguera romana.  Furiosamente antiescolásticos los dos, tal vez la idea común de ambos más temible para los defensores del dogma procedía del maestro Pomponazzi: los fenómenos que se perciben (astrofísicos, sociales, psicológicos) han de ser atribuidos y explicados sin recurrir a fuerza alguna de carácter sobrenatural, sino exclusivamente en virtud de causas naturales. Lo que de ningún modo implica por fuerza una profesión de ateísmo. Vanini hasta llegaría a proponer nociones evolucionistas, haciendo provenir del mono al hombre (no para todas las razas). Sostuvo también, adelantándose nuevamente a la Modernidad, otra tesis poco grata a los detentadores del Poder en su época: es posible conformar una Ética laica, sin  tener que fundamentarlo sobre bases religiosas. Por desgracia, no  estaban sus tiempos para la tales ideas.

 

 

 


 

243. Zurbarán

Manuel Pecellín Lancharro

Este volumen con 318 páginas de gran formato  recoge las actas de las XV Jornadas de Historia de Fuente de Cantos. Celebradas en las fechas  7/8 noviembre 2014, tuvieron como núcleo temático la figura, obras y contexto de Zurbarán, el extraordinario pintor allí nacido, de cuya muerte se conmemoraba el 350 aniversario.

Antes de distinguir los trabajos más interesantes, entre los muchos que se incluyen, quiero destacar la altura de este simposio, mantenida indefectiblemente durante ya tres lustros. El compromiso de la Asociación Cultural Lucerna, con el apoyo del Ayuntamiento local, la Diputación pacense, el  IES Alba Plata y otras honorables  entidades, concitado por organizadores tan lúcidos como el profesor Felipe Lorenzana de la Puente y su tenaz equipo, hacen posible el pequeño milagro anual.

La estrella de esta convocatoria ha sido Odile Delenda, autoridad de máxima relevancia en los estudios del  artista homenajeado.  Es muy justo que la gran hispanista francesa  fuese nombrada esos días hija adoptiva del lugar, poco antes de que se inaugurase en el Museo Thyssen Bornemisza de  Madrid la gran exposición, por ella comisionada, “Zurbarán, una nueva mirada”, que tantos elogios ha cosechado. La profesora  de la Sorbonne destaca en su ponencia cómo el maestro pacense ha ido ganando reconocimiento entre los críticos a raíz de la exposición monográfica internacional (New York, París, Madrid) de los años 1987-1988; otras muestras posteriormente celebradas y  las nueva obras propias y de su obrador que se han localizado, junto con los hallazgos documentales habidos.  Los otros dos ponentes, Ignacio Cano Rivero (Museo de Bellas Artes de Sevilla) y Benito Navarrete Prieto (Universidad de Alcalá) confirman en su intervenciones la calidad de las pinturas zurbanarescas , cuyo creador tuvo una capacidad creadora hasta entonces desconocida, manifestada no sólo en sus célebres frailes, sino también en imágenes como las de las “vírgenes santas”, vestidas con el boato de las ricas damas de la época.

Felipe Lorenzana, que también suscribe una comunicación sobre cómo se trató en su pueblo la memoria de Zurbarán – auténtico diente de sierra-, lastrada por la escasez de recursos y la miopía de los regidores locales y provinciales, analiza en otra los vínculos familiares del pintor y las circunstancias socioeconómicas que se viven en España durante la primera  mitad del XVII.  Abunda en el asunto Antonio Manuel Barragán-Lancharro, que reconstruye la familia materna de Zurbarán merced a la partida matrimonial de sus padres , casados en Monesterio a principios de 1588, pieza localizada por el tozudo investigador hace ya tres lustros en el archivo parroquial de esta villa (hoy trasladado al de la Archidiócesis, en Badajoz, para tormento de los estudiosos locales).

Como lo es Andrés Oyola Fabián,  a quien felizmente en este caso no le hace falta. Catedrático de Latín, cronista de Segura de León y miembro c. de la R. Academia de Extremadura, se ha ocupado de un coetáneo del pintor, Juan Escobar del Corro (Fuente de Cantos, 1592-Córdoba, 1649), hasta ahora poco conocido, si bien existen referencias a sus obras mayores. Miembro del Consejo Supremo del Santo Oficio,  se ocuparía especialmente de la por entonces tan vívida cuestión  de la “pureza de sangre”. La abordaría sobre todo en su Tractatus Bipartitus de Puritate et Nobilitate probanda secundum Statuta S. Officii  Inquisitionis (1623). Oyola reproduce bilingüe, traducido por él, el prólogo. (No deja de resaltar la paradoja de que dicho Tratado se lo dedique  el autor a la Virgen María,  mujer judía por los cuatro costados).

No menos interés guardan otras comunicaciones, como las de Miguel del Barco sobre la música en la España de Zurbarán; Francisco J. Mateos Ascacíbar, que expone la labor de Arturo Gazul a favor del estudio del artista o Ángel Bernal Estévez/Manuel Molina Lavado, estudiosos del cuadro La huida a Egipto, conservado en la parroquia de Los Santos de Maimona, óleo tal vez de Zurbarán.



Felipe Lorenza de la Puente y Rogelio Segovia Sopo (coords.), Zurbarán, 1598-1664.Fuente de Cantos, Asociación Cultural Lucerna y otras, 2015.

 

 


 

 

242. El lado vacío del corazón

Manuel Pecellín Lancharro

Es tan extensa la sombra del Holocausto, la Shoah o eliminación de los judíos llevada a cabo por los nazis, que no dejan de sorprendernos una y otra vez nuevas noticias sobre aquella barbarie. Desde luego, sigue sin estar completa la lista de israelíes sacrificados en los campos de exterminio (casi siete millones). Pero hay que sumarles otros muchos cientos de miles pertenecientes a colectivos que, según los devotos del hoy en alza Mein Kampf, deberían desaparecer de la faz de la tierra para no impedir la implantación del único Reich salvífico, asentado sobre las esencias del espíritu ario: homosexuales, gitanos, minusválidos, enfermos mentales, testigos de Jehová, republicanos españoles, anarquistas , comunistas y demás especímenes desacordes con el supuesto patrón de la sublime gran raza, deberían ser sencillamente eliminados.
Pero se requería una gigantesca maquinaria, atendida por un gran número de cómplices, para localizar, detener, clasificar, conducir a los paredones de fusilamiento, horcas y cámaras de gas; a quemar después o enterrar a tantos millones de personas, extendidas por muy numerosos países controlados entonces por las milicias de Hitler (Alemania, sí, pero también Austria, Polonia, Hungría, Ucrania, Rumanía, Grecia, Italia, Checoslovaquia, Francia, Países Bajos, etc.). Sin duda, muchas de las personas que contribuyeron eficazmente a tamaña barbarie, lograrán después del derrumbe nacionalsocialista, sin arrepentirse jamás, camuflarse, sobrevivir con comodidad e incluso hacer gala de su nunca por ellos denostado antisemitismo.

Así resulta demostrado en esta novela de Erich Hackl, basada sobre hechos reales, las vicisitudes que hubo de sufrir la familia Salzmann (Die Familie Salzman. Erzählung aus unsere Mitte, según el título original), originaria de Estiria, cuyos miembros son obligados a distribuirse por la Europa central a consecuencias de las persecuciones que contra ellas van desencadenándose incluso mucho después de 1945. Compuesta en alemán hace un lustro, aparece ahora en castellano merced a la cuidadosa versión realizada por Richard Gross y a los buenos oficios de la editorial cacereña, que vuelve a demostrar tan buen criterio a la hora de enriquecer sus fondos.
El austríaco Erich Hackl (Steyr, 1954), licenciado en Filología Germánica e Hispánica, ha sido profesor de español en la Universidad de Viena. Autor muy reconocido, lo es de obras tan interesantes, vertidas a nuestra lengua, como Sara y Simón. Una historia sin fin (Galaxia Gutenberg, 1998), Adiós a Sidonie (Pre-Textos, 2002, La boda en Auschwitz (Destino, 2004) o Esbozo de un amor a primera vista (Laertes, 2010). En El lado vacío del corazón el nombre de la gran infamia es Ravensbrück, campo de concentración conocido como “el infierno de las mujeres”. Hasta allí conduce a Julianne Salzmann la Gestapo, que realmente a quien perseguía es al marido, destacado líder comunista refugiado en Francia. La pobre aguanta hasta poco antes de que lleguen los rusos (tampoco eran unos benditos, aficionados a robar y violar), cuando el tifus le impone  la cremación, ya cadáver. Los esfuerzos de su único hijo por recomponer la historia familiar constituyen la trama de la novela.


Hackl, Erich, El lado vacío del corazón. Cáceres, Periférica, 2015

 


 

241. Jornadas de Llerena

Manuel Pecellín Lancharro

Las XV Jornadas de Historia de Llerena 2014, que continúan celebrándose con la altura acostumbrada, versaron esta vez sobre la Inquisición, nada más propio tratándose de un sitio donde tuvo su sede extremeña el temible Tribunal.  No cabe sino felicitar a la comisión científica y a los coordinares del encuentro. Un volumen de actas con 400 páginas, de prietos cíceros y no fácil lectura, recoge las ponencias  y comunicaciones allí defendidas, todas extraordinariamente interesantes, por lo que me resulta imposible referirme a cada uno de tan documentados trabajos.

Los abre Jean Pierre de Dieu, profesor de la Universidad de Toulouse y uno de los máximos expertos en el tema, que ha estudiado en numerosas publicaciones desde que hiciese su tesis doctoral, dirigida por Bartolomé Benassar.  El historiador francés expone las similitudes y discrepancias fundamentales entre las tres inquisiciones modernas, desde los orígenes (1478): las de España, Portugal e Italia. Siempre apoyado en conocimientos abrumadores, sorprende no pocas veces por la originalidad de sus apuntes y en todo caso por el equilibrio de los análisis en torno a un asunto tan propicio para tópicos y acaloramientos. Delimitar el grupo de judeoconversos; desterrar las prácticas judías e incluso la memoria de haber pertenecido a tal etnia y contribuir a la unidad española, fueron las principales consecuencias de las actividades inquisitoriales. Sin duda, produjo también enormes “daños colaterales”.

Instituida por los Reyes Católicos, con anuencia de Roma, para reprimir la “herética pravedad”  (sobre todo en las familias conversas) y controlar las posibles venganzas surgidas entre los “cristianos viejos”, la Inquisición fue convirtiéndose en una maquinaria extraordinariamente compleja y de bien distinta conducta, no exenta de enormes paradojas,  a lo largo de sus casi cuatro siglos.

En Extremadura, donde no se puede hablar de procesos de brujería, persiguió a numerosos hombres y mujeres acusados de prácticas hechiceras, que basándose especialmente en el poder de la palabra y  de fórmulas supersticiosas, pretendían conseguir mágicamente curaciones, cosechas o amoríos favorables a quienes les pagaban, expone el profesor danés Gustav Hennigen.

Aunque los archivos del tribunal de Llerena se perdieron,  el del Consejo de la Suprema y General Inquisición (hoy en el Histórico Nacional de Madrid), guarda muy abundante documentación remitida desde Extremadura. Laura Lavado e Ignacio Panizo ofrecen un orden para manejarla como fecunda fuente que es para el conocimiento de las actividades procesales (pleitos, cárceles secretas, autos de fe, registros de presos y penitenciados, etc.).

A cargo, por lo común, de competentes juristas (a Diego de Deza, pintado por Zurbarán, lo estudia José Gámez), apoyada en diestros ayudantes (tales como el médico Francisco Arceo, que estudian José Cobos y J. Ramón Vallejo), la Inquisición controlaba minuciosamente todo el territorio nacional (bastante menos la América española). Lo demuestran actuaciones en Fregenal de la Sierra (Rafael Caso, Juan Luis Fornieles), Jerez de los Caballeros (Rogelio Segovia) o la propia Llerena (Luis Garraín, F. J. Mateos, Manuel Maldonado), por  no decir la tardía persecución, ya en el  XVIII,  contra judaizantes  ocultos en la Sierra de Gata (Carlos Fernández-Pacheco y Concepción Moya). Aún tuvo ánimos Francisco María Riesco para defender en las Cortes de Cádiz la conveniencia de mantener la  cada más impopular institución (Felipe Lorenza), definitivamente disuelta el año 1835, tras la muerte de Fernando VII.

La obra, que en la primera interior ofrece fotografías de los fallecidos Fernando Serrano Mangas, Francisco Tejada Vizuete y Antonio Carrasco García, tres  personas  hondamente comprometidas con el desarrollo de las Jornadas de Historia en Llerena, adjunta como epílogo una útil “relación de autores”, concisa sinopsis biobibliográfica de todos ellos.


Felipe Lorenzana y Fancisco Javier Mateos (coords.), Inquisición. XV Jornadas de Historia en Llerena. Llerena, Sociedad Extremeña de Historia, 2015

 


 

240. Manuel Neila

Manuel Pecellín Lancharro

Nacido en Hervás (1950), criado en Asturias y residente en Madrid, licenciado en Filología Románica, Neila ha ejercido como profesor, crítico literario, director de colecciones, periodista, traductor y otros oficios relacionados con la escritura. Dueño de una voz personal y libre, que algunos tienen como cautelosa y casi secreta (a mí no me lo parece tanto), es verdad que ama la desnudez en poesía y la concisión de la prosa, con manifiesto gusto por los aforismos. Lector preferente  de creadores como Vicente Aleixandre, Claudio Rodríguez, Eugénio de Andrade y Cristóbal Serra, sin abandonar nunca a los grandes románticos tipo Hölderlin o Novalis, Luis Alberto de Cuenca le reconoce en el prólogo que puso al libro del cacereño El camino original (Sevilla,  Renacimiento, 2014):

"Todo en él está hecho de observación de la naturaleza, de temblor delicado ante el paso del tiempo, de trazos y de signos sencillísimo que ocultan una rara sabiduría milenaria, de talento constructivo, de perfección métrica (sus haikus y sus tankas son, siempre, magistrales), del bisbiseo susurrante que caracteriza su dicción. Hay en él una clara voluntad de versificar a partir de lo mínimo, de lo elemental. Pero del montón de nada pasajera sobre el que levanta sus versos se alza una brisa redentora que calma la sed, vivifica el alma y depura la mente. A modo de vacuna, la poesía de Neila nos inyecta la dosis de melancolía necesaria para superar la tristeza. Y lo hace de un modo tan sutil, tan etéreo, tan exquisito que nos hace flotar, como en deliquio hipnótico, sobre las cosas de allá abajo, felizmente eclipsadas por la belleza de sus versos."

Con dedicación plena a la literatura, nuestro paisano nos regaló este 2015 ya  punto de desaparecer con tres obras que me place registrar aquí.

Pensamientos desmandados (Sevilla, La Isla de Siltolá) viene a ser una prolongación de otro libro suyo, que nosotros tuvimos el placer de reseñar, Pensamientos de intemperie (2012). Son un enjambre de aforismos – “Breverdad enunciado con donaire”, en  ingeniosa definición suya, - donde los neologismos alternan con apostillas a lugares comunes, frases encendidas compuestas  en diferentes  idiomas (latinas, inglesas, francesas, alemanas), dictados tópicos y comentarios a otros grandes del género (Epicuro, Nietzsche, Chamfort, Baudelaire). Se rinde homenaje explícito a Antonio Machado, “uno de los pocos autores españoles cuya escritura sigue hablándonos sin dogmatismo y con provecho”.

Clima de riesgo (Sevilla, Renacimiento) es una antología de anotaciones personales compuestas por el autor a lo largo de 2012. Ofrece apuntes de lecturas, comentarios a noticias de actualidad de fuerte carácter crítico, reflexiones filosóficas, obituarios (Tabuchi, Mingote, Szymborska, Carlos Fuente, Agustín García Calvo), descripciones paisajísticas, efemérides (1ª huelga de Asturias en época franquista), viajes (Soria) y, claro está, aforismos, siempre con la sombra de Machado como telón de fondo. Este profesor indignado, que detesta las contradicciones del hombre moderno y el sectarismo de las políticas educativas, constata la disolución del sujeto burgués sin que realmente se le haya sustituido con otro paradigma válido.

Por último,  El escritor y sus máscaras (Madrid, Pigmalion), que aparece en la colección “Extremadura”, fundada por Ricardo Hernández Basilio Rodríguez Cañada para los extremeños de la diáspora poco atendidos por las editoras institucionales. La obra lleva prólogo deRogelio Blanco Martínez. Recoge un conjunto de ensayos que antes vieron la luz en diferentes medios de alcance nacional, desde el ya lejano 1999 hasta 2008. Casi todos son estudios incisivos de grandes autores, entre los cuales Neila suele elegir sus libros autobiográficos (diarios, soliloquios, memorias). Se ocupa tanto de grandes maestros de la literatura universal , como de creadores contemporáneos, españoles muchos de éstos. Tales miradas poliédricas conforman un caleidoscopio sumamente atractivo y enriquecedor.

 


 

239. La Majona

Manuel Pecellín Lancharro

Hace pocas semanas, se anunciaba en HOY para dentro de pocos meses la apertura al público  de la villa romana de “La Majona”. Descubierta el año 1995, próxima a Don Benito, posee una importancia indudable. Tras lustros de desidia, el yacimiento parece al fin en vías de plena recuperación merced a las últimas disposiciones del Gobierno autonómico.  Además de pinturas murales  y hermosos mosaicos, allí se encontró un bello busto labrado en mármol de Estremoz, que enriquece hoy los ricas existencias del Museo Arqueológico de Badajoz.  Datado en el siglo III después de Cristo, podría ser la figura del  dueño de la villa, sin duda un poderoso terrateniente, aunque los expertos le encuentran parecido con los retratos juveniles  del emperador Marco Aurelio Severo Alejandro (222-235). 

En el mundo romano se inspira esta novela corta del  conocido escritor dombenitense (n. 1949), que viene cultivando varias disciplinas creativas, sobre todo el “libro objeto”, como Vberitas (1993), Amaltea (1994, Caligae (1995), Tierra de encinas (1996) , Sed de agua (1997) o Brisa de Alas (1998). Testimonio de su afición por la poesía visual- se le incluye en varias antologías del género- es el  volumen Voces y ecos (2003), compendio de lo que hasta entonces había creado, siendo incluido en la antología Poesía experimental Española (Calambur, 2012). Lo demuestran también las ilustraciones, inspiradas en la cultura latina, que enriquecen estas Nundinae.

Era éste el nombre de la jornada de descanso que cada ocho días acostumbraba a celebrarse en las poblaciones del Imperio, con carácter festivo y comercial. Una suerte de “mercadillo” sobresalía entre sus actividades lúdicas. El autor nos conduce rumbo al que tiene lugar cualquier semana en Éfeso. Hasta allí ha llegado Marco Ulpio Vero, para visitar a un matrimonio patricio amigo, Cayo y Casiedra, a los que lleva dos magníficos potros,  y coincidir con el séquito del emperador  (Marco Ulpio) Adriano, en visita a la  hermosa ciudad .

Nacido justamente en La Majona, el joven narrará en primera persona las vicisitudes del viaje, desde la Lusitania interior hasta las orillas del Egeo, con Cádiz, Roma y Atenas como etapas prominentes. A la vez, se permite la memoria de los años que estudiase en Emerita Augusta (donde obtuvo la toga virilis) o las excursiones por la cercana Metellinum (Medellín), sin olvidar los alegres días vividos en la villa propia. Si el padre procede de los soldados  de la Legión X Gemina, para los que se fundó Mérida, la madre pertenecía a una tribu de los iberos más comprometidos en la lucha contra Roma: sus antepasados vivieron, centurias antes, en las proximidades de un enorme palacio-santuario (Cancho Roano, se supone).

El novelista compone así un relato pleno de evocaciones, siempre verosímiles y respetuosas con el rigor histórico, incluso en detalles mínimos. No menos atrae la pulcritud de su prosa,  tan rica como concisa, con clara preferencia por el enunciado corto y el uso preciso de los términos, incluidas las frecuentes e inevitables expresiones en latín. Aunque resulte de interés para cualquiera, juzgo que la lectura de Nundinae posee singular valor didáctico, haciéndolo un libro especialmente apto para la enseñanza de las humanidades clásicas.



Juan Ricardo Montaña García, Nundinae. Don Benito, Ayuntamiento, 2015.

 


 

238. El placer de contemplar

Manuel Pecellín Lancharro

De cuantos goces aún nos resultan posibles, el placer de contemplar  el paisaje, especialmente en primavera y otoño,  es el más asequible, satisfactorio y completo, pues en él participan todos los sentido. Sólo hay que dejarse conducir por lo que la naturaleza pone ante nuestra vista, proclama  Joaquín Araújo, ese hombre, empeñado cada mañana en emboscarse, abrirse a los olores, colores y sonidos del hábitat rural,  permitir que los campos y bosques le besen los labios del espíritu., comulgar con gente como  el Einstein asombrado ante una simple brizna de hierba  tenida como el mayor de los prodigios.

Si Araújo escribe este auténtico tratado de mística profana con tanta autenticidad, es porque  viene practicando desde la juventud la admiración fervorosa ante el gran espectáculo de los entornos naturales, cuyos secretos bien conoce.  Autor de un largo centenar de libros e innumerables artículos, se vanagloria más por haber plantado hasta ahora 24.500 árboles, justo los días que lleva vividos. Primer español premiado con el GLOBAL 500 de la ONU, sólo él ha obtenido dos veces el Premio Nacional de Medio Ambiente, aparte otras muchos galardones relacionados con la defensa de la biodiversidad. Es Medalla de Oro de Extremadura y miembro de su R. Academia de las Letras y las Artes.

“Mantengo que contemplar el paso de la vida sobre la piel del mundo es no sólo sosegante y hasta divertido, también culto y, por supuesto, éticamente insuperable… también uno de los mayores placeres que se puedan experimenta”, proclama en los preludios de esta obra. Dividida en siete partes (número no casual), cada una de ellas está dedicada a algunos de sus mejores amigos, entre los que figuran poetas de tan general reconocimiento como Jorge Riechman (a quien se debe el magnífico prólogo), Antonio Colinas, Luis García Montero o Juan Carlos Mestre, junto con el pensador José Antonio Marina.

Y es que El placer de confesar rezuma poesía y carga filosófica. En sus páginas alternan los aforismos, cargados de las más hondas reflexiones, con poemas de diferente composición, entre las que sobresalen los haikus.  A través de los primeros, siempre sumamente  incisivos, va desarrollando sus intuiciones, dejándose caer como mansa lluvia, para concentrarlas de repente en la suprema brevedad de la celebrada estrofa japonesa.

Dominado por la pasión lingüística  tanto como  por la red de redes que el bosque se le antoja, Araújo se deleita con el uso de voces telúricas, términos  ancestrales (mieras, piornal, besana, chisporroteo, lontananza, humus, esfayadero, cachorra, cárabo), a los que exprime toda su carga semántica en la construcción de bellísimas imágenes, con singular atención a las sinestesias múltiples. Junto a ellos, surgen sin  sobresalto los neologismos (coaching, kegel, fenología, icástico/estocástico), útiles unos y otros para facilitar “atalantarse” según las ocasiones(la palabra “testigo” , la más significativa del escritor). 

Alguien capaz de percibir la sonrisa del aire entre los labios que las hojas del chopo se le figuran; cuyos tímpanos afinados son nidos de armonías y confiesa que la mejor almohada es el canto de las aves al amanecer, puede permitirse aleccionarnos sin caer en moralinas inhibidoras.  Sus proclamas contra el ruido, “la basura que no pesa”; las llamadas de atención ante un planeta al borde del abismo por la estupidez iconoclasta del hombre; el convencimiento de que ninguna de las redes sociales une a la trama de la vida como la  lenta contemplación de las luces de la dehesa, le surgen con la naturalidad de lo sinceramente practicado día tras día. Se agradece que nos facilite los caminos para obtener esas dieta visuales merced a una sabia, libre, solidaria contemplación.


Joaquín Araújo, El placer de contemplar. Barcelona, Eidtorial Carena, 2015


 

237. Sonetos satíricos

Manuel Pecellín Lancharro

Agustín Romero, nacido en Llerena, profesor jubilado, poeta y novelista (así como bloguero infatigable), lleva  lustros proclamando la insubordinación contra el Poder y quienes le sirven o lo aguantan sin rebelarse. Ese espíritu insurreccional, acorde con las convicciones ácratas que profesa, nutre la pluma del escritor, siempre presto a poner en solfa libros, declaraciones, discurso, programas, artículos o cualquier clase de manifiesto donde él crea percibir intereses espurios, aunque se articulen bajo el disfraz más sublime.

Si la denuncia la articula en versos, ateniéndose a una tradición literaria que el autor conoce como pocos, suele preferir el soneto para expresarla, si bien su rebelde efervescencia le hagan romper a menudo la normativa de tan exigente estrofa. Como se lleva por delante, cual recurso estilístico, cualquier imposición gramatical, sobre todo en aras de mantener los endecasílabos.

Esta  publicación, antología (132) de tantos otros “sonetos satíricos” como ha ido sembrando por numerosos medios, on line o sobre papel,  a partir del año 2000 hasta hoy, aparece en las “hediziones salbages, sal  (sociedad anónima libertaria)”. Así ha querido llamar a su propia empresa, manifestando ya con el nombre el nulo respeto que siente hacia todo tipo de imposición.

“La sátira no es ni la humillación, ni el desprecio o minusvaloración del ser humano. Es la burla de sus errores y, tal vez, terrores y horrores. De sus ignorancias, miedos y odios”, se justifica el poeta en un epílogo. Más aún, insiste, si se hace con ese humor que nos enseñaron tantos grandes críticos, desde el Arcipreste de Hita, hasta nuestros días, pasando por Cervantes, Quevedo, Góngora o Alberti.

Claro que una cosa es la intencionalidad del poeta y otra cómo puedan recibir sus versos los aludidos. Pocas son las autoridades políticas, sindicales, económicas, eclesiásticas, etc.,  de relieve nacional, y más singularmente autonómicas,  a los que no alcanzan los agudos dardos. Y si en alguna ocasión se les dirigen de modo implícito, las más les llegan con nombre expreso.  Se puede decir que, cuanto más altas responsabilidades han desempeñado en España o en Extremadura, determinadas personas, mayor cantidad de sátira soportan. Y como el poder ha estado repartido a diestra y siniestra, al menos para determinadas estructuras, también los mandobles se dirigen tanto a  las derechas como a las izquierdas que lo han detentado.

El lenguaje, tan políticamente incorrecto de estas composiciones, enriquece su capacidad irónica con recursos múltiples, entre los que figuran el uso de expresiones castizas  o escatológicas (al modo de nuestro B. J. Gallardo decimonónico o el actual fray Josepho), los neologismos de creación propia (tipo “rajoyería”, “votambra”, “putambre”) y los muy abundantes juegos de palabras (paranomásicos, muy especialmente).

Esta “mosca cojonera” (ver inicio del soneto 51), incordiante versión del tábano socrático, también ha recibido lo suyo. Basta repasar internet para comprobarlo. Y, si el libro se difunde más allá de los límites locales, habrá de disponerse a que le repliquen voces tal vez cargadas con el  mismo acíbar. Ojalá también el ingenio, jocundidad y cultura que caracterizan a este llerenense selvático, tan enemigo de inquisidores, caciques y déspotas, como de mariposones, borregos, bueyes y  demás especímenes de la mamandurria.


Agustín Romero Barroso, Sonetos satíricos. Llerena, hediziones salbages, sal, 2014.

 


 

236. Tratado de ignorancia

Manuel Pecellín Lancharro

José Luis Bernal (Cáceres, 1959) podría ser otro ejemplo de un paradigma repetido en la literatura contemporánea: el de los profesores que, dados pronto a la creación poética, van retirándose paulatinamente hacia el mundo de las investigaciones filológicas, el estudio crítico y  el análisis de obras ajenas, más silenciada la voz lírica  propia según se acrecienta su magisterio lingüístico. El actual Decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la UEX, reconocido experto en las investigaciones sobre la Vanguardia histórica y la Generación del 27, Premio Internacional de Investigación Gerardo Diego (2007), levantaba  pronto sólidas expectativas en el campo poético con dos libros Primavera invertida y El alba de las rosas, que fueron, respectivamente, Premio Constitución de Poesía (1983) y Premio Cáceres Patrimonio de la Humanidad (1989). Fue asimismo editor de diferente colecciones poéticas (Palinodia y Ediciones Norba 1004), además de dirigir la Revista de literatura Gálibo, donde tanto espacio ocuparían los versos.

Como su inolvidable amigo y mentor Juan Manuel Rozas, Bernal, que también sería un bibliófilo consumado (presidente de la UBEx durante un cuatrienio),  ha seguido siempre fiel a las Musas, aunque fuera de manera tácita. Rompe ahora el largo silencio con este poemario, que se publica  en la impagable “Luna de poniente”,  colección dirigida por Elías Moro y Marino González Moreno.

El título, “Tratado de la ignorancia”, nos sitúa ya en uno de los ámbitos europeos de mayor prosapia intelectual, el del quod nihil scitur  (Francisco Sánchez),o Que sais-je? (Montaigne) documentado hasta hoy bajo distintas fórmulas desde el “yo sé que no sé nada” socrático.

“He destinado algunos de mis trabajos al juicio”, proclama  el agudo jesuita Baltasar Gracián en su excelente Arte de ingenio, palabras que sirven de entradilla a este poemario. “He destinado algunos trabajos al juicio/, este se lo dedico a la ignorancia”, principia Bernal.

Pero la hay de dos géneros: la rayana con la estupidez cerril, desconocedora e ignorante de cuanto le rodea e incluso le atañe, y la del sabio verdadero, la del que, tras arduas fatigas intelectuales, reconoce y admite los límites del conocimiento.  Quizás nadie la expresó mejor que Nicolás de Cusa, en obra  con título paradójico, pero acertadísimo: De docta ignorantia.

Es a esta segunda a la que se adscribe, desentrañándonos , un hombre tan sabio como Bernal,  capaz e sobrevivir al pulso debilísimo del tiempo por encima de dudas, ilusiones recónditas, meditaciones silenciosas, cicatrices ocultas, llantos íntimos y tanteos a ciegas. En este decurso vital ocurre que se pierden certezas, rostros, citas, aniversarios,  agendas, lecturas e incluso  amigos. Aunque permanezcan el melancólico sentir, el espíritu libre, el afán de búsqueda, las vigilias lúcidas y el legado, tal vez inefable, pero indeleble, de lo vivido.  Y, cómo no, el verbo. “Solo recuerdo la emoción de las cosas y se me olvida todo lo demás; muchas son las lagunas de mi memoria”, son palabras que se atribuyen a Machado. La nuestra, esa capacidad de evocación, tan a menudo sostenida por una simple magdalena dentro de una taza de té (Proust), quedará permanentemente impregnada por estos poemas. Nos facilitarán situarnos “allí donde los inocentes nada piden,/comparten la pobreza perfumad/las sonrisas del hambre, con la muerte”.

Acorde con su carácter, tan mesurado en gestos y palabras, los poemas de este autor brotan siempre de manantial sereno. Y si tampoco a él le faltan gotas de sangre jacobina, nunca apela al grito o a la expresión abrupta. Su  voz rehúye  estridencias y desgarros, seguro de comprometer a los lectores por la honestidad que los versos trasmiten y la limpieza misma de la expresión.

José Luis Bernal Salga, Tratado de ignorancia. Mérida, De la luna libros, 2015.

 


 

235. La reina de los bucles de ceniza

Manuel Pecellín Lancharro

El retrato de “ la Reina de los Bucles de Ceniza”  preside el dormitorio común del albergue madrileño donde cada noche refugian sus miserias un pintoresco conjunto de hombre sin hogar, oficio, ni esperanzas. A uno de ellos se lo encargó dibujar el protagonista de esta novela, Lázaro del Carpio, auténtico trasunto de su homónimo de Tormes, aunque se presente con retoque modernos y hasta explícitamente nietzscheanos.(“A partir de ahora, exclama ante su troupe de harapientos, acepto la vida y la nada, y estoy por encima del bien y del mal. El mundo y de la vida carecen de sentido; sólo me importa el eterno retorno; no existe, ni el valor, solo la apariencia, la materia”, pág. 238).

Si hemos de atribuirle alguna verosimilitud al personaje, habrá que conocer de dónde procede, cómo llegó hasta las alcantarillas, qué metamorfosis ha sufrido alguien evidentemente culto para transformarse de camello en león, acaso también en niño o superhombre.

Se lo preguntan, atónitos, los componentes de este coro griego, doce apóstoles enardecidos tal vez por el alcohol o la heroína, como Elías el Tímido, Oso Cigarrero, Manuel Rojero “el cojo”, El Metadona o La Guindilla, la única mujer en la zarrapastrosa comunidad. De todos ellos irán deslizándose apuntes existenciales a lo largo del discurso, nunca atenido a las leyes de la cronología lógica. Aunque el más próximo a Lázaro, quien lo mejor lo entiende y sobrelleva, es sin duda Santiago Ovando, el pintor, su amigo y cómplice, persona también educada en otros medios antes del derrumbe vital hacia la cloaca. Es el artista quien recibe el precioso diario –pieza básica de la narración- donde aquel reconstruye su propia historia, desde la infancia rural al entorno urbano, sin omitir alusiones a sus antecedentes familiares y el accidente que provocó su derrumbe definitivo. No desvelaré la conclusión, auténtico canto de cisne, tan cómico como trágico, con versión actualizada del timo de la estampita y criminales negocios de mafia milanesa.

Personaje sobresaliente de este libro plural, que tiene mucho de disquisición psicológica,  retrato sociológico, novela histórica e incluso thriller, es  la admirable abuela de Lázaro, Marina Alancastre, fallecida casi centenaria. La larga sombra de esta “reina de los bucles de ceniza”  constituye el telón de fondo de todo el relato. Procedente de familia con tradición liberal, tiene casa solariega en “Aldivieja”, falso topónimo de la Baja Extremadura.  Sus habitantes utilizan términos tan inconfundibles para nosotros como chinatos, repiones, ataharres, majanos, zangandón, repantigarse, jabados  y tantos otros de nuestra habla popular. Hasta allí nos conduce una y otra vez el Diario del nieto (compuesto en diferente grafía), merced al cual se dan conocer   las vicisitudes de la guerra civil, el maquis y la represión franquista, que talarán el frondoso árbol de esta saga extremeña entroncada con sangre lusa. Incluso podrán deslizarse a través de sus evocaciones historias tan tristes como las de las “Trece Rosas”,  grupo de jóvenes socialistas fusiladas en Madrid aquel horrible agosto de 1939.

La obra  forma parte de una trilogía, junto con El nieto de Vulcano y Vuelta a la libertad. Su autor, natural de La Morera, licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Complutense, que tiene otras obras publicadas, obtuvo el Premio de Novela Corta José Luis Coll 2009 con Lo que necesitas es amor, es dueño de una prosa excelente, donde sobresale la descripción de los paisajes, rurales y urbanos. Notable resulta también su hábil manejo de materiales múltiples: poetas contemporáneos (Machado y Lorca), refranes y dichos del folklore regional, canciones populares, etc.).

No dejan de sorprender, en escritor tan experto, algunas caídas, como ese  desconcertante “bis a bis” de la página 178; la supuesta “aurora boreal” (pág. 175) o esos fusilamientos de la plaza de toros de Badajoz “en agosto del treinta  y siete” (pág. 201), ocurridos justo un año antes.



Alonso Carretero Caballero, La Reina de los bucles de ceniza. Madrid, Letraclara, 2015.


 


 

234.Leyendas de Tartesos

Manuel Pecellín Lancharro

Todo lo relativo a Tartessos (significado del nombre, localización, posibles alusiones bíblicas o grecolatinas, escritura, historia, cultura) constituye aún un mundo tan atrayente como de dudosa interpretación. Más legendario, incluso mítico que bien documentado, esa civilización indígena suele ser situada en torno a la desembocadura de los dos grandes río sureños, el Guadiana y el Guadalquivir (no olvidar nunca Doñana), donde  existen multitud de restos arqueológicos que testimonian la presencia allí de los fenicios y otros colonizadores.

No es raro que a los andaluces les resulte especialmente atractiva la cultura tartésica, por orgullo propio, pues se habría extendido en torno a la mitad del primer milenio a.C. en buena parte de lo que hoy son sus provincias occidentales, bañadas por el Atlántico y el Mediterráneo, ricas en yacimientos mineros, muy aptas para la agroganadería y excelente situadas para el comercio internacional.

La propia Almuzara cuenta con numerosos títulos, como Las golondrinas de Tartessos (Ana María Vázquez Hoys), Tartessos desvelado (Araceli y Álvaro Fernández),  Viaje a Tartessos (Fernando Penco) y la reedición del ya clásico Tartessos de Schulten. Manuel Pimentel (Sevilla, 1961), que ya publicase aquí El librero dela Atlántida, nos conduce a aquel fantástico entorno con la recién aparecida Leyendas de Tartessos, significativamente subtitulada “Mitos, historias y leyendas de la primera civilización de Occidente”. Se trata de una obra de carácter literario, aunque se apoye en las referencias más rigurosas posibles; una texto de carácter iniciático para generar en el lector el interés, que no la formación estricta. El mismo prólogo resulta una confesión de partes.  Comienza así: “Tartessos es una civilizacoión que se oculta entre el mito y la historia, entre antiguas leyendas y el contraste con las evidencias arqueológicas ya descubiertas. Aún no existe un vivo debate científico sobre su realidad”.

Tal  vez contribuya a fomentarlo (muerto no está) la nueva publicación, dividida en doce capítulos. Los dos primeros aluden a la Atlántida, el misterioso continente hundido por las aguas oceánicas, que ya sedujo a Platón y cuyas huellas podrían rastrearse en las tierras más próximas, a saber,  las de Tartessos. Siguen después los dedicados a los “reyes” Gárgoris y Habidis, Gerión (cuyos bueyes habría robado Hércules, como las áureas frutas de las Hespérides, también sitas allí), Nórax y el gran Argantonio, acaso el menos desconocido.  Las páginas sobre Cancho Roano, el gran templo junto a nuestra actual Zalamea de la Serena, me parecen decepcionantes, escritas con un derroche de imaginación, sin apenas base en lo que los estudiosos han ido  descubriendo en aquel admirable santuario (¿tartésico?). El capítulo de Julio César es también puramente creativo. Sin duda, los más próximos a una relato histórico son los tres últimos, donde Pimentel nos presenta los afanes de Pelayo Quintero por sacar a luz el Gadir fenicio, así como las  frustradas labores del arqueólogo alemán Schulten – sin duda, el auténtico difusor del “topos” -  para descubrir la ciudad de Tartessos entre las marismas.  Cierra el libro la presentación del  célebre tesoro del Carambolo, el hallazgo hasta ahora más relevante,  en un cerro próximo a Sevilla, de lo que podrían ser joyas tartésicas

Manuel Pimentel, Leyendas de Tartessos. Córdoba, Almuzara, 2015.

 


 

 

233.Tierra Patria

Manuel Pecellín Lancharro

Fiel a la tierra patria (¿por qué no “matria”?), donde vino al mundo y reside se muestra en todas sus expresiones Isidoro Arroyo. Nacido en Navalvillar de Pela (1941, pueblo de marcada personalidad, aunque el desarrollo tecnocrático nos haga cada vez más uniformes, el autor sigue enamorado de aquel rincón extremeño, cuya historia, paisaje,  literatura  y medicina populares, usos y costumbres conoce perfectamente.  Sólo lo abandonaría,  de modo coyuntural y no ininterrumpido - para volver estaban las vacaciones o días de asueto - por razones de estudio (Magisterio en Badajoz); servicio militar (Base de Talavera)  docencia (corta estancia en Llera).  Pronto obtuvo plaza fija en Navalvillar y puede decirse que allí ha desarrollado toda su existencia.

Otros dos ilustres peleños tienen mucho que ver con este libro: Juan Moreno Aragoneses,  también escritor, que lo animó a publicarlo, y Basilio Rodríguez Cañada, hombre polifacético, que lo edita en Pigmalión, dentro de la  serie “Colección Extremadura”, codirigida por él y el no menos infatigable Ricardo Hernández Megías.

Según Arroyo declara en los preliminares, los  textos aquí recogidos, salvo los siete últimos, fueron viendo antes la luz, por entregas, como artículos de Báculo, periódico comarcal ya desaparecido donde él mantuvo la sección “Remanso”, título de este volumen recopilatorio.

Se trata de cuarenta  y dos composiciones, de similar extensión y modelo constructivo, aunque diferente temática. Abren con un texto en prosa y los concluye un poema de métrica distinta (sonetos, sobre todo) y correcta factura.  Por sus contenidos podrían reunirse en tres grupos: etnográficos, filosóficos y religiosos. Para mí, los de mayor impulso literario son los primeros. Arroyo conoce perfectamente las antiguos labores agroganaderas, pues él mismo trabajó en el campo de los doce a los diecisiete años, y las describe de la manera más vívida, con una competencia lingüística que hoy está al alcance de pocos. Los instrumentos, fases y  circunstancias de cada labor, casi siempre penosa desde el punto de vista físico (descuaje, arado, siembra, siega, saca, y limpia de las mieses;  vareo y recogida de la aceituna;  molida del fruto y obtención del aceite; plantación, riego y corte de los tomates, etc., etc.), son descritos con tanta exactitud, como respeto e incluso admiración hacia sus humildes trabajadores. El propio abuelo, tan amorosamente presentado en el capítulo XXXI, aparece como un paradigma de bonhomía. Así mismo, son de enorme interés los apuntes sobre las tradiciones locales, algunas tan curiosas como “el pelindongo” (cap. XXVII), que autor no duda denominar “joya folclórica”.

Él  reconoce, sin ocultar cuánto lo lamenta, el peligro de desaparición que corre esa cultura rural. Tal vez por eso se empeña con tanto cariño en presentarla a lectores formados ya con pantallas electrónicas, bien diferentes de las pizarras neolíticas de su escuela infantil. Si realmente todos los adelantos técnicos, capaces de reducir los duros esfuerzos, están haciéndonos mejores, a saber, más justos, honestos, libres y solidarios (acaso, ni siquiera más sabios), resulta cuestionable para Arroyo, hombre que no oculta su compromiso con la fe cristiana, confesada sin aspavientos ni complejos en numerosos pasajes.

El libro se ilustrada con bellos y muy apropiados dibujos de Juan Moreno Aragoneses y Antonio Gallego Cañamero, el pintor dombenitense ya desaparecido.

 

Isidoro Arroyo Masa, El remanso. Madrid, Pigmalión, 2015.

 


 

 

232. Entre luces y sombras
Manuel Pecellín Lancharro

Entre luces y sombras (en verdad, muchísimo más abundantes las segundas que las primeras) discurre la vida en aquella Extremadura de los años veinte y treinta del pasado siglo. El hambre corroe los estómagos de gran parte de su población, tradicionalmente sometida a las máximas carencias. (No ha y otros términos que visite con mayor frecuencia los textos literarios extremeños que el de “hambre” o sus sinónimos). Añádanse las lacras del analfabetismo (un 70% no sabe leer ni escribir), mortalidad infantil desmesurada, enfermedades crónicas, omnipresencia de los caciques, falta de infraestructuras sanitarias y docentes, pésima distribución de la tierra y el consecuente paro obrero,  una iglesia asustadiza cuando no cómplice,  como sus intelectuales y políticos (valgan las excepciones),  fuerzas armadas siempre al servicio del poder…, convertían a nuestra región en un valle de lágrimas y un polvorín social.  Las brasas que tantas injusticias enciendes, producen con facilidad devastadores incendios.

Es el mundo por donde discurre esta obra, una novela dedicada “a todos aquellos que padecieron en sus carnes la plaga del hambre, a todos los que convivieron  con el trabajo sin horarios para poder sobrevivir, a los que conocieron el significado de las desigualdades sociales llevadas al máximo extremo, a todos los que padecieron las injusticias y las consecuencias de la intolerancia, y a todos aquellos que pese a las trabas encontradas en su vida fueron fuertes y supieron abrirse camino afrontando los problemas con optimismo”.

Entre tales personas figuraron los ancestros de la autora, según se nos dice. Es la existencia de sus mayores, adecuadamente contextualizada, la que Manuela Villa se propuso reconstruir con esta extensa narración (358 páginas). El protagonismo lo soportan dos mujeres: Ja abuela de la autora y la señora en cuya casa sirve. Curiosamente, entre ambas “enemigas de clase” surge el aprecio e incluso la amistad, sostenidos largo tiempo por las cualidades  que a las dos adornan, junto con un hondo secreto al fin confesado por la rica dama a la doncella.  En torno a las mismas se mueven otros personajes, pertenecientes al proletariado o la patronal, cada vez más enfrentados. La  proclamación de la II República conmoverá hasta los cimientos aquella sociedad agroganadera, destrozadas las ilusiones de unos y convertidos en implacables verdugos los otros, tras  el triunfo del “movimiento nacional” de 1936, alcanzado con absoluta rapidez en el Sur de Badajoz, donde su ubica el relato (Fregenal de la Sierra-Higuera de la Sierra).

Se conduce éste a dos voces, expresadas en distintos caracteres: cursivas, para la de la narradora (con mínimas apariciones, breves apuntes contextualizadores) y caja normal para la de la Josefa, quien irá contando en primera persona las duras vicisitudes sufridas casi desde su infancia a la madurez, todas sobrellevadas con admirable espíritu, elegancia,  valentía, lucidez y generosidad sin límites.  Sólo la señora para quien trabaja puede comparársele.  En torno a las dos se urden y destejen los  enredos, trabajos, ocupaciones y distracciones típicas (matanza del cerdo, bodas, ferias, rezos…), cuya minuciosa descripción ocupa luengas páginas. Ocasionalmente, surge el habla dialectal de la época, según se da entrada a personajes humildes (porqueros, pastores, yunteros, hortelanos, lavanderas, vendedores ambulantes, etc.).  La autora declara en el epílogo su gratitud a cuantos le han ayudado a reconstruir aquella cultura ya casi laminada. No del todo,  pues ella misma conserva viejos hábitos expresivos, como el uso constante del verbo “quedar”  en forma transitiva  (pp. 15, 58, 129) o de palabras con todo el sabor  de un patrimonio lingüístico amasado durante centurias, que reaparecen espléndidas al evocar antiguos refranes,   antiguas recetas gastronómicas , juegos infantiles, faenas agrícolas o  leyendas y supersticiones  populares. Es verdad que alguna vez “se pierde el oremus” y Josefa habla de “papá y mamá”, “ hipótesis”, “estereotipos”, “subconsciente”, etc., expresiones impropias de los hábitos lingüísticos que parecerían corresponderle. En todo caso, la novela, si a estas alturas no es original,  nos resulta de enorme interés pos sus capacidades de evocación.

 

Manuela Villa Galván, Entre luces y sombras. Badajoz, autoedición, 2015.

 


 

 

231. Censura de libros
Manuel Pecellín Lancharro


El Poder (escribámoslo así, para abarcar las instancias de cualquier tipo que lo detentan) estuvo siempre especialmente interesado por asumir el control de las obras escritas, sabedor de la importancia que la literatura supone para el desarrollo y difusión de las ideas, acaso no siempre propicias para las intenciones de quienes mandan.  La relevancia de los textos se multiplicaría de forma exponencial desde que se crease la imprenta (si bien las copias manuscritas siguen jugando notable papel  a lo largo de los siglos XVI-XVII) . Desde entonces, la censura fue incrementando  poderoso tentáculos para impedir que no se publicase nada al margen de su control o incluso  para que, si por ventura impresos, pudiesen quedar fuera de circulación caso de ser tenidos como contrarios a las fuerzas dominantes.

Ningún instrumentos más eficaz en esta línea que los famosos Índices de libros prohibidos, reelaborados una y otra vez por la Iglesia católica cada poco tiempo a partir de la primera entrega, el Index de 1564 (Venecia, Paolo Manuzio), hasta épocas recientes (fue suspendido el año 1966). La romana Congregación del Índice, así como la Inquisición, fueron los principales valedores de este instrumento represivo, compuesto no siempre con la misma rigurosidad. (No es lo mismo u Diego de Deza que Arias Montano).

A las actuaciones de la censura inquisitorial durante nuestro Siglo de Oro está dedicada esta obra de Manuel Peña Díaz, auténtico especialista en el tema, sobre el que tiene publicadas numerosas investigaciones.  Lo más importante del libro son seguramente los apuntes sobre el sistema de la “expurgación”, auténtico triunfo de la “cultura del pacto”, en la que no siempre hemos sobresalido los españoles.  Ante la auténtica ruina que  para editores, libreros, autores, etc. produce la condena absoluta de una publicación, destinada  quedar incursa en los “infiernos” de las bibliotecas o destruida por el fuego (recuérdese el pasaje del Quijote, aquí analizado), se alcanza una solución intermedia (más apoyada por la propia Inquisición hispana que por Roma), el famoso “donec expurguetur”. Según esta calificación, determinados títulos (muchos), sometidos a censura previa o alcanzados por las delaciones ante el santo Tribunal, encuentran una vía para: eliminar los pasajes que la Inquisición considere peligrosos, tras lo cual pueden recibir el placet para su libre venta y lectura.

El mayor problema, también tratado ampliamente a lo largo de estas páginas, consistía en la escasa preparación intelectual que se les reconoce a los encargados de las fórmulas expurgatorias, tantas veces escandalosamente lentas y equívocas. Desde luego, según ha ocurrido hasta nuestros días, los interesados en la libre circulación de sus obras harán todo lo posible para poner arena en la maquinaria represiva de los Inquisidores.  Entre estos mismos, los hubo de muy distinto comportamiento a la hora de elaborar los respectivos índices y las consecuentes actuaciones. Sin duda, el fenómeno que mayores desajustes produjo fue el de la delación, muy practicado,  capaz de inducir dudas, temores y autocensura incluso en las personalidades más recias.  Fenómeno ineludible fueron las múltiples estrategias de lectura que irán apareciendo para eludir los impositivos inquisitoriales.  Bien las supieron utilizar, según aquí se demuestra, la astuta Teresa de Jesús o Miguel de Cervantes, tan habilidosos para encontrar cómplices (sobre todo, la primera) que facilitasen la libre marcha de sus escritos. También ayudaron sobremanera, según ocurriese con las obras de Erasmo y otras semejantes (v.c.,  las de los clásicos “obscenos”) , las traducciones “encráticas” de las mismas, realizadas de modo que oculten, silencien o reproduzca de modo eufemístico los pasajes peligrosos.

En resumen, un trabajo apasionante para introducirse en aquel mundo de las publicaciones a lo largo de los decenios con mayor brillo (y control) de nuestra literatura.


Manuel Peña Díaz, Escribir y prohibir. Inquisición y censura en los Siglos de Oro. Madrid, Cátedra, 2015.

 


 

230. Cuadernos de Çafra
Manuel Pecellín Lancharro

Coordinada por José María Moreno y Juan Carlos Rubio,  dos tenaces investigadores, Cuadernos de Çafra (guiño a la vieja grafía), es revista de periodicidad anual y unas 350 páginas. Viene editándola el Centro de Estudios del Estado de Feria (CEEF) y el Museo Santa Clara de Zafra (MSCZ), con el patrocinio del ayuntamiento segedano. El contenido principal de cada entrega lo constituyen los estudios expuestos durante las Jornadas de historia (en este caso la XIV y XV) que cada año se organizan, con participación de reconocidas personalidades.

Abre el número la necrológica de Fernando Serrano Mangas (1954-2015), “amigo sabio, maestro querido, bibliófilo e investigador incansable y persona excepcional”, cuyos méritos y obras principales se destacan. A continuación, se reproduce la conferencia de Enrique Cerrillo, donde se resume la Prehistoria (neolítico y calcolítico) del entorno zafrense. El profesor de la UEX ha tratado el tema en publicaciones anteriores, de las que se aquí se sirve, ayudándose también, según reconoce, de estudios  recientes suscritos por J. Jiménez, D. Muñoz, F. Vázquez, A. Domínguez, A. Prada, J.M. Murillo y Diego Peral, si bien reconoce que es aún mucho cuanto se ignora, sobre todo por falta de más investigaciones arqueológicas correctamente desarrolladas.

Otros aspectos del rico pasado de la ciudad se exponen en los artículos de Alonso Gómez Gallego (la música, con especial atención a los veinte cantorales conservados en la parroquia de la Candelaria); Román Hernández  Nieves (los retablos, sus autores y principales logros); José Antonio Torquemada (el ferrocarril; presiones populares para la formación del núcleo ferroviario, como fuente de prosperidad) y Joaquín Castillo (repercusiones en la zona del primer franquismo: desde 1939 a 1945, con los cambios que su astuto dirigente supo imprimirle). Concluye esta parte primera el esbozo biográfico de Antonio Chacón Cuesta, alcalde que fue de la villa, padre de las escritoras  gemelas, Dulce e Inma, así como de quien suscribe el sucinto apunte.

Extraordinario interés encierran las páginas (231-264) en que Esteban Mira relaciona los  muchos hombres y mujeres de la localidad (más de lo sospechado en principio) que pasaron a América, según consta en los registros de la Casa de la Contratación u otros documentos oficiales (lo que no agota el número de emigrados). El trabajo no se limita a una relación nominal, sino que en muchos casos se ofrecen informes acerca del destino, hacienda, cargos, nexos familiares, realizaciones y vicisitudes variadas de los personajes.

Tras los artículos de José Sierra Cortés (un análisis de Las Meninas de Velázquez); José Ignacio Clemente (el retablo del conventual de la Purísima Concepción de Fuente del Maestre) y José María Lama (biografía de Cesáreo Martín Somolinos, diputado republicano “cunero”, médico homeópata, elegido por Zafra en las elecciones de 1872 y 1873), se reproducen dos textos de indudable relevancia, conservados en el Archivo Histórico Nacional: el testamento de doña María Manuel, primera condesa de Feria (Zafra, 29 julio, 1474) y un codicilo (Zafra, 13 abril 1477) de la misma noble señora, unida en matrimonio a Lorenzo Suárez de Figueroa, segundo señor de Feria, con el que tuvo diez hijos . La transcripción, más el breve preliminar, se deben a Juan Carlos Rubio y José María Moreno. El alcance histórico, antropológico y lingüístico de tales escrituras queda patente desde sus primeras líneas.

Concluye este número XI con un bien nutrido apéndice bibliográfico, con reseñas que firman, entre otros, Juan García Gutiérrez, Carmen Fernández-Daza, José Ángel Carretero, Juan M. Valencia y Tomás García Muñoz.


José María Moreno González y Juan Carlos Rubio Masa, Cuadernos de Çafra, XI. Zafra, CEEF/MSCZ, 2015.

 


 

230. Ceguera óntica
Manuel Pecellín Lancharro
Un jurado presidido por Lorenzo Silva otorgaba el  VI Premio Abogados de novela 2015 a Jesús Sánchez Adalid (Don Benito-Villanueva de la Serena, 1962). El escritor extremeño cambió esta vez su línea habitual de trabajo para mejor adaptarse a la trayectoria del galardón que convoca el Consejo General de la Abogacía Española. Aprovechando sus conocimientos jurídicos (ha sido juez), optó por alejarse literariamente de épocas  y personajes remotos (mozárabes, conquistadores, caballeros alcantarinos, inquisidores o santas renacentistas) para abandonar esta vez la novela histórica y asumir un asunto novedoso en el campo de las leyes. Compuso así, al parecer con el mismo éxito, La mediadora, texto que sin embargo mantiene las características  ya clásicas en sus obras: máximo interés por el proceso narrativo, estructura sencilla, lenguaje cotidiano, personajes de escasa complicación psicológica,  referencias al  terruño, mínimos guiños culturales (los hay a la mística sufí, con la figura de Nasreddine, o al psicoanálisis) y final feliz.

El resultado puede ser discutible, sobre todo para los críticos exigentes, pero de indudable eficacia. Sánchez Adalid figura entre los escritores  españoles más vendidos y títulos suyos, según pude comprobar personalmente, lucen en las librerías de numerosos países hispanoamericanos.
También Mavi, exjuez cacereña, ha llegado a ser una novelista de éxito. El autor conoce bien las  vicisitudes que sufre el personaje (toda narración es en parte autobiográfica, se dice): carrera de presentaciones por doquier, presión de los medio, premura editorial para  extraerle nuevos originales, inquietud sobre las propias capacidades creadoras, abandono  forzado de los viejos amigos… Metida en torbellino tan absorbente, no extrañará que el matrimonio de “Laura White” (es su seudónimo) zozobre. Tampoco ayuda el carácter del marido, otro extremeño testarudo, capaz de jugarle alguna mala pasada. Resultan víctimas de esa “ceguera óntica” que con facilidad podemos padecer todos, “el oscurecimiento de la propia vida y la falta de luz” (pág. 229).
Es ahí donde aparece otra protagonista del relato, Marga, “la mediadora”. También licenciada en Leyes, descubre como disfruta mucho más esforzándose por conciliar partes en litigios que ganando pleitos a favor sólo de algunas. Para mejor servir a esta su auténtica vocación, sigue los cursos de la catedrática de Psicología catalana María Mut Abreu (otra mujer sabia de esta novela, con indudable marchamo femenino). Va enhebrándose así la trama, con abundantes feedbacks de la dorada juventud, vivida en la Facultad de Derecho de Cáceres. Las descripciones de la ciudad antigua, Patrimonio de la Humanidad, son excelentes, así como las del paisaje extremeño en primavera, y atestiguan las virtudes literarias de un autor al que no siempre se le percibe interesado en mantener esas cotas estéticas, más atento al atractivo de las historias personales o la vivacidad de los diálogos. Sin duda, sobresale también en el manejo del lenguaje, los hábitos y costumbres del “gremio de la justicia” (p.ag. 236) y reconoce en nota final la ayuda recibida de un grupo de abogados emeritenses para conseguir máxima verosimilitud en los planteamientos de “la mediadora”.
Por lo demás, aunque es cierto que el novelista rechaza una proyección moralizante, suscribimos las palabras de Jorge García en elimparcial.es (9.8.2015): “Con esta narración, Sánchez Adalid nos golpea en temas tan íntimos como la percepción del otro, la necesidad de valorar lo que realmente tiene importancia o vislumbrar lo positivo en momentos que cuesta encontrarlo. A fin de cuentas, se trata de que en nuestras vidas busquemos lo que prime la luz, que seamos capaces de ver y ser vistos por los que nos rodean, ya que eso es un síntoma de que suponemos algo para esa persona, siempre intentando huir de esa oscuridad que nos ciega a veces, que nos hace que busquemos donde sabemos a ciencia cierta que no vamos a encontrar. En esencia, caminar siempre viendo el camino que recorremos y a las personas con las que lo andamos”.

Jesús Sánchez Adalid, La Mediadora. Madrid, Martínez Roca, 2015


229. Prensa y política
Manuel Pecellín Lancharro


Nacida en Monesterio (1983), donde residió hasta salir para hacer sus estudios universitarios, Palmira Chavero cuenta ya con un importante curriculum. Doctorada en Ciencias de la Comunicación y Sociología  y Licenciada en Periodismo por la Complutense, donde ha impartido clases, es profesora de Ciencias Sociales la Universidad  de Quito. Colabora muy activamente con el GIGAPP (Grupo de Investigación en Gobierno, Administración y Políticas Públicas) y, pese a su juventud, ha participado en numerosos proyectos internacionales de su especialidad. Obtuvo el Premio Periodismo 8 de marzo (2008) y  el Premio Jóvenes Investigadores Joan Prats (2011). Coautora de una decena de libros, ha trabajado también para el Instituto Universitario de Investigación Ortega y Gasset.

Prensa y política en tiempo de crisis: estudio de la legislatura 2008-2011 , publicado  por el CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas) en su prestigiada colección de monografías, es fruto de la tesis doctoral hecha por la autora bajo la dirección de sus dos  maestros (“padres académicos” los llama ella), Fermín Bouza y Juan Jesús González. Constituye un muy documentado análisis de la prensa española durante la segunda legislatura de Rodríguez Zapatero, basado en más de 15.000 unidades informativas seleccionadas por Chavero de los ocho periódicos más influyentes, representativos del amplio mapa ideológico nacional. El País, ABC y El Mundo aportan la mayoría de los materiales. Además de ser los medios con mayor tirada y número de lectores (cosas diferentes), han jugado un papel determinante en la política del país: el primero, claramente defensor del PSOE; proclives a los intereses de la derecha los otros dos (aunque el segundo  haya estado abierto, en los terrenos culturales, a gente de izquierda, entre otras razones por decidida voluntad de quien durante varios lustros fue su vicedirector, el extremeño José Miguel Santiago Castelo, recién fallecido, director durante tres lustros de la R. Academia de Extremadura).

Entre las conclusiones que deduce la investigadora, quien desarrolla a la vez un amplio discurso teórico con generosa utilización de fuentes bibliográficas, españolas y extranjeras (de USA, sobre todo), cabe señalar las siguientes:

Ante la realidad ineludible de la crisis, el predominio en la prensa de las cuestiones  de los temas económicas resulta claramente hegemónico (muy por encima del terrorismo, la corrupción o las opciones independistas).

El lenguaje en que se expresan  los medios rezuma conflictividad (sólo parecen interesarles los enfrentamientos) y  negativismo (resaltando los defectos del contrario y ocultando los propios).

El sistema mediático español parece responder así al modelo de “pluralismo polarizado”, dominante en el Sur europeo.

De la triada tradicional –sistema político, medios de comunicación y ciudadanos -, estos últimos quedan claramente relegados al olvido. Predominan los intereses de los otros dos, si bien (y eso supone un fenómeno novedoso), los mass media van convirtiéndose de manera relevante en auténticos actores de la vida social, hasta el punto de imponer en no pocas ocasiones sus preferencias en la agenda política. El periódico sobrepasa a menudo la clásica función de mediador para convertirse en protagonista de la vida socioeconómica. De “perros guardianes” o “mediadores”, los periódicos pasan a ser poderosos actores políticos (rompiendo así el espíritu de la verdadera democracia: gobierno del pueblo).

Esta proyección mediática se incrementa en la medida en que periódicos, cadenas de TV, radios, revistas, etc., ediciones digitales incluidas, van pasando a pertenecer a auténticos holdings (aglomeración de sociedades financieras), no pocas veces en manos extranjeras (v.c. Berlusconi o Liberty).

Para ejemplificar sus tesis, Palmira estudia el tratamiento que los distintos periódicos han dado a asuntos como el pacto de Estado, las reformas del sistema de pensiones,  los recortes de los presupuestos, la actuación de las agencias de calificación, la reforma de la Constitución, la corrupción de los políticos, el fin del terrorismo o el adelanto electoral. Por todo ello, su estudio puede considerarse un auténtico tratado de la historia reciente de nuestro país.

Ante esta panorama, se explica el fulgurante ascenso de partidos como Podemos,  tan apoyado en las redes sociales, que cuenta con la desafección popular de la clase política o “casta” (aunque sus representantes adopten pronto los mismos vicios que tanto criticaran).

Por último, resaltaré la importancia que al  manejo interesado del lenguaje periodístico se atribuye en estas densas páginas, realmente nada fáciles de leer, sobre todo por sus abundantes tecnicismos,  ingleses casi todos.


Palmira Chavero, Prensa y política en tiempo de crisis: estudio de la legislatura 2008-2011. Madrid, CSI, 2015

228. Movimientos
Manuel Pecellín Lancharro

Con Farolillos (Vigo Ediciones Cardeñosa, 2012) ganó el XXIII Certamen  de Poesía “Hermanos Caba” 2011, que  se organiza en el municipio extremeño Arroyo de la Luz. Se trata de una plaquette en la que el versolibrismo se conjuga con las asonancias e incluso el soneto. Es un canto amoroso, encendida exaltación del cuerpo de la amada, que mantiene la dignidad de los “Breviarios” publicados por “Raíces de papel”.

Lienzo del bosque que espejea (Mislata, Ajuntament, 2014) obtuvo el XII Premio de Literatura Breve “Vila de Mislata”. Son siete las composiciones incluidos en esta delicada entrega. En sus versos, cargados de erotismo, se percibe la profunda identificación que el poeta siente con la naturaleza virgen, “donde hay duelos de alquitrán/ni ruidos que te aturdan”.

Líneas de expresión (Espiel, Ayuntamiento, 2015) le hizo ganar el XXII Premio de Poesía Acordes 2014. La obra se estructura en dos partes. La primera, que le da título, está escrita en versos blanco. La segunda, “Bótox lírico”, más breve, en prosa poética, si bien al final recupera de nuevo el verso libre.  Ambas parten del mismo ángulo vivencial: el mundo de la mujer, desde una conciencia femenina. Luce prólogo de Milagros Salvador, que resalta con tino el perfecto cierre de los poemas.

Por último, “Movimientos”, un extenso poema, incluido en el Cuaderno Literario que, con nombre tan de Cernuda, Habitando el olvido,  se publicó (Iniesta, 2015) para conmemorar la XXVI Feria del Libro en el Ayuntamiento conquense. Con estos versos había logrado el autor el 1ª Premio de Poesía del XXIV Certamen Literario que dicha entidad convoca. El poeta abandona aquí sus frecuentadas intimidades para abrirse al mundo, enfrentado líricamente las contradicciones de una sociedad donde aún cabe la esperanza.  M.P.L.
Andrés R. Blanco. Movimientos. Iniesta, 2015.

227. El obispo Galarza
Manuel Pecellín Lancharro
Entre los obispos con marchamo renacentista que ejercieron en las diócesis extremeñas durante el XVI, sobresale Pedro García de Galarza. Nacido en Bonilla de Huete (1538), ocupó la sede de Coria desde 1579 hasta su fallecimiento (1579). Mercedes Pulido y Cecilia Martín Pulido publicaron (2010) la biografía del prelado en la colección que el Ateneo de Cáceres creara, con la colaboración del periódico HOY, para dar a conocer los personajes de la ciudad.

Galarza fue un hombre de Felipe II, cuyo consejero fue y al que sirvió en no pocas misiones diplomáticas, especialmente las relacionadas con Portugal. Se había formado en la Universidad de Salamanca, donde desempeñó una cátedra de Filosofía. Como “doctore theologo” y “publico philosopho” se presenta en la portada de una de sus  obras, Evangelicarum institutionum libri octo  (Venecia, 1604), que dedicó al Rey prudente.

Al parecer, Galarza contó entre sus discípulos al mismo San Juan de la Cruz y mantuvo relaciones epistolares con el segedano Pedro de Valencia.  Habría de  probar sus habilidades para el gobierno, templanza, profundos saberes y fidelidad a Roma en el pleito que lo enfrentaría a las monjas de San Pablo (franciscanas) y Santa María de Jesús (jerónimas), dos conventos donde se recogían numerosas mujeres de las más relevantes familias cacereñas. Él mismo daría cuenta de esa larga lite (hasta cinco veces apelaron las religiosas) en la segunda de las obras que publicó y ahora se reedita merced a los buenos oficios de Manuel Maña, profesor de la UEX.

El libro apareció en Salamanca (1589) con dos versiones, una para los expertos; otra para el gran público: De clausura monialium controversia y  Sobre la clausura de las monjas, títulos que apuntaban directamente a la razón del enfrentamiento entre el pastor y sus profesas. Aquel quiso imponer en todos los conventos de la diócesis, según orden del Concilio de Trento, la prohibición de que, salvo en contadas excepciones y siempre con los permisos reglamentarios, las religiosas salieran de sus muros ni recibieran bajo los mismos visitas profanas. Sin duda, se renovaba la intención de reformar los hábitos disolutos que habían ido deslizándose, con grave peligro para la virtud de las “vírgenes del Señor”. Estas mujeres, entre las que las había de recia personalidad, esgrimen sólidos argumentos para el rechazo: costumbres antiguas; necesidades de salir para recabar auxilios económicos; imposición de prohibiciones nuevas, no existentes cuando ellas profesaron, etc. Galarza compuso su texto, concebido según las fórmulas escolásticas de la “disputatio”, para responder a las objeciones de las renuentes, amenazadas incluso con la excomunión. Más fortuna que con las afectadas tuvo ante los teólogos y juristas posteriores, que utilizarán las tesis del pastor extremeño. Hasta el mismo Azorín  se hace eco de la obra en el capítulo XLIII, “Monjas de Toledo”, de su libro Madrid.

Manuel Mañas recoge con su habitual rigor la historia, causas, circunstancias , contenidos principales y consecuencias de la polémica en el preliminar que pone a la edición crítica, donde reproduce facsímiles las dos entregas de Galarza (depurando erratas y adaptando la ortografía a las normas gramaticales vigentes). A la vez, adjunta una nueva traducción del opúsculo, hecha según los criterios filológicos actuales y generosamente anotada.

Aunque lo quisieron bastante más en Cáceres que en Coria, cuyos canónigos se consideraban preteridos, la capilla mayor de la catedral cauriense luce un hermoso sepulcro orante de Pedro García de Galarza.


Manuel Mañas Núñez, El obispo Galarza y las monjas de Cáceres: estudio y edición del libro De clausura monialium controversia. Cáceres, Univesidad, 2014.

227. Valencia
Manuel Pecellín Lancharro
José Luis Muñoz (Salamanca, 1951) es autor fecundo y plural, galardonado con numerosos e importantes premios (Tigre Juan, Azorín, Sonrisa Vertical, Camilo José Cela, Café Gijón), entre los que figura el Ciudad de Badajoz, que obtuvo el año 2007 con El mal absoluto, un trhiller que gira en torno al Holocausto. Aunque el género preferido de este castellano residente en Cataluña sea la novela negra, cultiva también las de carácter histórico, erótico, fantástico e incluso romántico.  A todos ellos hay aproximaciones en este conjunto de diecinueve narraciones cortas, a las que da título y principio “Marero”, galardonada con el Ignacio Aldecoa 2013. Son textos inéditos (algunos), ya publicados en obras colectivas (los más) o aparecidos en medios de marcada línea ((Interviú, Penthouse), con los que Muñoz colabora desde hace lustros.

Sus protagonistas son personajes de los más distintos ambientes (boxeadores, maras, toreros, expolicías, proxenetas, drogadictos, hampones), localizados en muy distintos lugares (Barcelona, Madrid, Valencia, Las Vegas, Sofía, París, Granada, Haití, India, Inglaterra), donde viven casi siempre al filo de la navaja. Ocasionalmente, se hace una ingeniosa recreación de algún libro famoso (Robinsón Crusoe), sin que falte el relato de carácter futurista (v.c., “Sed negra”, situada en Los Monegros).

Desenfadado, irónico, con permanente humor negro, el narrador  gusta conducir a los lectores hasta situaciones límites,  donde el supuesto “animal racional”  se comporta más bien como fiera salvaje, abandonándose a los instintos básicos, sin cortapisas morales.  Sus relatos se impregnan prácticamente todos de pólvora, sangre y semen, si bien exhiben la capacidad de sorprender con finales imprevistos. Como los que le esperan al periodista novel que se propuso entrevistar al jefe de la Mara Salvatrucha;  el actor italiano preferido por un dramaturgo gay; el boxeador que se rebela contra el proyecto de tongo; al émulo de Sherlock Holmes; el violador recalcitrante, cuyo enorme miembro acabará delatándolo; los pirómanos que se excitan con un edificio en llamas; el torero mujeriego; los fumadores clandestinos de  La Habana o el escritor vampirizado por el fantasma de turno.

Dueño de múltiples registros, el discurso narrativo de Muñoz se desarrolla con la misma facilidad en el soliloquio, el cuento, el relato en primera persona o el constructo omnisciente, sin perder nunca ese aire de familia que los distingue y hace tan atractivos.

José Luis Muñoz, Marero. Valencia, Ediciones Contrabando, 2015.

227. Náufragos
Manuel Pecellín Lancharro

Tenderloin es uno de los barrios más singulares de San Francisco, ciudad que ya de por sí cuenta con notas urbanas tan características. Conocido por sus numerosos teatros, parques multiuso, clubs, galerías alternativas, bares informales, centros de cultura y otros locales de diversión, en sus calles abundan también los drogadictos, personas sin hogar, indigentes, artistas bohemios, prostitutas, ladrones, narcos, inmigrantes latinos o asiáticos y delincuentes violentos, hasta el punto de que Tenderloin es el escenario de multitud de crímenes, habiéndose convertido en un área de dudosa, si no temible reputación. No faltan tampoco instituciones dedicadas a la ayuda de los marginales, generosamente mantenidas por las iglesias, grupos laicos o la propia comunidad.

En uno de tales centros benéficos comienza su colaboración, cada día más entregada, la protagonista de la novela, joven española llegada hasta allí con un pasado oscuro e irá narrando en primera persona sus avatares. Junto a este personaje concurre otra mujer madura, de más compleja personalidad, la increíble Emma, curtida como el más duro homeless y que conducirá a su pupila hasta el asesinato “terapéutico”, fórmula practicada por ella desde la juventud, sin caer nunca en manos de la policía, tal vez aliviada de que alguien le facilite la tarea y limpie de indeseables el entorno. En sus dos anteriores novelas, Más que cuerpos (2013) y Desde la eternidad (2014), reseñadas en este periódico, Susana Martín opta también por el protagonismo femenino, concediéndoselo a Annika Kaunda, atractiva agente de color afincada en Mérida, desde donde desarticula redes mafiosas. Ahora se sitúa al otro lado de la ley, sin perder fuerza narrativa. De hecho, Náufragos llegó dos finales, las del XXIV Premio Felipe Trigo y el Premio Literario La Trama/Aragón Negro, que organiza Ediciones B.

Conviene recordar que la autora ha sido Presidenta del Comité contra el Racismo, la Xenofobia y la Intolerancia, habiendo dirigido durante cuatro año el Instituto de la Juventud de Extremadura. Especializada en relaciones internacionales y derechos humanos, esta asesora jurídica sabe bien de lo que escribe y no oculta sus preferencias ideológicas. Lo vuelve a demostrar en este relato corto perfectamente articulada, cuyo tempus discursivo conduce con indudable maestría.

Presa al fin, por su excesiva solidaridad con la inasible Emma, que un día la salvó de ser violada, la española reconstruye desde la cárcel su periplo californiano, resolviendo al lector de modo paulatino los momentos de suspense en que la hábil narradora lo induce a recaer. El verano último, pasé en San Francisco un mes inolvidable. Las páginas del libro me han hecho recordar no pocas de las experiencias que allí tuve oportunidad de vivir. Según indicábamos en las novelas anteriores, la excesiva abundancia de leísmos supone un pequeño lunar en la bien cuidada prosa, Pone prólogo Víctor Guerrero Cabanillas, que no oculta su admiración por una escritora “comprometida con la realidad social de su tiempo, la situación de la mujer, las desigualdades sociales, la violencia indiscriminada, el poder y la dominación espurios”.

Susana Martín Gijón, Náufragos. Mérida, ERE, 2015.


226. Arroyo de San Serván
Manuel Pecellín Lancharro
En dos partes se estructura esta obra, que viene a incrementar el cada vez más rico fondo de historias locales de Extremadura: un estudio de la II República  y la guerra civil en Arroyo, junto con la memoria de la excavación de la fosa común de “El Valle”, donde fueron sepultadas ignominiosamente otras víctimas de la represión contra los republicanos. El libro lleva sendos prólogos, del presidente de la Diputación, Valentín Cortés Cabanillas, y del alcalde Juan Moreno Barroso, defensores ambos de incentivar las actuaciones favor de quienes padecieron violencias durante el Franquismo, según dispone  la “Ley de la Memoria Histórica” (52/2007, 26 de diciembre). Sobre la oportunidad de la misma insiste en los preliminares José Manuel Corbacho Palacios, presidente de ARMHEX (Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica de Extremadura), licenciado en Derecho y Ciencias Políticas, a quien en época ya lejana tuve como alumno. Socio destacado es el coordinador de la obra, Ángel Olmedo Alonso,  joven historiador que cuenta con numerosas publicaciones en torno al asunto. Silvia Herrero-Calleja y J. Antonio Aranda Cisneros han sido sus colaboradores.
Para escribir este libro se utilizan fuentes de hemerotecas y archivos por ellos examinadas, más la bibliografía oportuna, añadiendo las de carácter oral, recurso éste cuya importancia defendió Olmedo en una obra galardona con el Premio Barea 2009.  Las palabras de los familiares de los represaliados, aquí recogidas (pp. 231-262), resultan sencillamente conmovedoras como testimonio de un cúmulo  terrible de  humillaciones, hambres, desprecios y vejaciones de todo género.
Personaje principal del libro es sin duda Francisco García Sánchez, de quien se reproducen como entradilla estas esclarecedoras palabras del año 1924: “Vivo en un pueblo chico (donde) se medra por la intriga y con las inclinaciones de espina dorsal, y yo no fui templado en las serenas llanuras de Castilla para estos menesteres de esclavos. Soy tal vez un átomo en el espacio, pero con mi personalidad propia e inconfundible, bueno o malo, mi pensamiento no admite presiones ni influencias”. Este hombre libre (Medina del Campo, 1894), llegado desde Valladolid  a Arroyo para montar su farmacia, experimentará una rápida evolución. De mentalidad conservadora; cabo del somatén y defensor convencido de la Guardia Civil, termina siendo alcalde por el PSOE con la II República, acaso como reacción frente a los ominosos caciques de la localidad. Lo pagaría con la vida: fue a fusilado en la plaza pública el 3 de septiembre de 1936. Otros sesenta vecinos de Arroyo, donde los izquierdistas no quisieron acabar con ninguno de los contrarios, sufrirían la misma suerte. Desaparecido “a consecuencias de causas relacionadas con la guerra”, según el acta de defunción suscrita en el juzgado municipal, no se pudo localizar su cadáver, enterrado en una fosa común. Otra similar a la excavada por Almudena García-Rubio y Javier Iglesias-Bexiga, cuyas conclusiones se ilustran con un rico aparato gráfico.
Enriquecen el volumen, que adjunta también un CD,  el conjunto de hasta 334 notas a pie de página, concebidas de un modo didáctico para facilitar la lectura a cuantos deseen introducirse en las dolorosas vicisitudes de aquel periodo trascendental, si bien a la postre frustrado, en el devenir de nuestra nación. Según ocurriese en tantas otras poblaciones, las fuerzas oligárquicas triunfantes merced a la sublevación franquista, hicieron pagar muy cruelmente a los que habían osado subvertir, no sin errores y desmesuras, el secular estado  de opresión que el Pueblo sufría.


Ángel Olmedo Alonso (coord.), Arroyo de San Serván en el contexto de la II República y la represión franquista. Badajoz, Diputación, 2015.


225. Cuando duerme Guardamar
Manuel Pecellín Lancharro


Contra los prejuicios y complejos más arraigados en los ambientes sociales, de campo y de ciudad, suele esgrimir su pluma el autor de la obra. Lo hizo en otras anteriores, como La noche murió Paca la tuerta, El señorito Antonio o Veinte historias amables más un garbanzo negro (narrativa) y Ritos de la memoria, Eco de niño para voz de hombre o Sirenas de pecho herido (poesía), por recordar sólo algunos de sus títulos. Si se denuncian también otras injusticias (explotación laboral, xenofobia, etnocentrismo, vacuidad política, recortes económicos), Cuando duerme Guardamar se escribe fundamentalmente contra el maltrato que sufren (aún, pese a lo mucho avanzado) las personas homosexuales, consideradas enfermas o minusválidas – si no cosas peores -, aberración no pocas veces presente en la conciencia de las propias víctimas.

Se trata de un conjunto de treinta y seis narraciones cortas, a las que Antonio Álvarez Gil ha puesto un lúcido prólogo, fechado en Guardamar del Segura, población visitada con asiduidad por Juan calderón (Alburquerque, 1952). Aunque temáticamente unidas, se dividen en cuatro secciones con distinta estructura formal. “Playas de mar abierto” reúne ocho relatos, algunos bastante extensos, casi todos con un guiño último, para sorpresa de los lectores; me gustaría destacar el que titula “La pintada”, una alegato contra el antisemitismo todavía vigente entre los españoles, con presumible fundamento en experiencias vividas por el autor (como lo son otras piezas de este puzle literario). Son sólo tres las teselas allegadas en “Callejones de erotismo”, cuyo explícito alcance se desenvuelve con absoluto desenfado en la inicial, “Doris, Juan Manuel y el toro”. El siguiente capítulo, “Rincones oscuros de amor” (homenaje a Lorca), ofrece, según destaca atinadamente el prologuista, hasta once historias “cuyos protagonistas tienen en común el hecho de sufrir o haber sufrido la incomprensión, y hasta el desdén, de buena parte de las personas de su entorno social e incluso familiar”. Entre estas últimas, los hombres “muy machos” suelen ser los verdugos de los homosexuales (hasta de su propios hijos), amparados tal vez por quien menos cabría imaginar, por ejemplo, una abuela sabia y compasiva. Concluye la sección con “El señorito Antonio”, cacique que los lectores de Juan Calderón ya conocíamos, un monstruo destruido al fin por la víctima de sus incontables vejaciones. En “Ruta con baches” es donde, para mí, el escritor alcanza los mayores niveles; entre sus catorce piezas, concisas, desnudas, sugerentes, repletas de humor irónico, las hay magistrales, como “Escritora sin musa” (el hombre resulta un estorbo para el desarrollo de la mujer), “El discurso del candidato” (crítica del lenguaje vacío), “Quirófano” (crónica de una tremenda venganza), “La uña rota” (broma burlesca, y pícara) ; “Veinte cartas” (pleno de ternura y piedad) o “Complejos provincianos” (ingeniosa diatriba contra la estupidez de un alcalde prepotente).

Criado en su pueblo natal y residente en Madrid hasta jubilarse como bancario, Juan Calderón ha hecho incursiones por terrenos múltiples: pintura, cine, música, galerías de arte, teatro, promoción cultural, ediciones, etc., sin que su ímpetu creativo, con más o menos fortuna, parezca tener límites.Desenfadado, imaginativo, iconoclasta, rebelde y a la vez tolerante, con numerosas heridas que él mismo se encarga de no cerrar en falso, es sobre todo un excelente narrador, según demuestra de nuevo con este libro.

Juan Calderón Matador, Cuando duerme Guardamar. Vigo, Ediciones Cardeñoso, 2015.Contra los prejuicios y complejos más arraigados en los ambientes sociales, de campo y de ciudad, suele esgrimir su pluma el autor de la obra. Lo hizo en otras anteriores, como La noche murió Paca la tuerta, El señorito Antonio o Veinte historias amables más un garbanzo negro (narrativa) y Ritos de la memoria, Eco de niño para voz de hombre o Sirenas de pecho herido (poesía), por recordar sólo algunos de sus títulos. Si se denuncian también otras injusticias (explotación laboral, xenofobia, etnocentrismo, vacuidad política, recortes económicos), Cuando duerme Guardamar se escribe fundamentalmente contra el maltrato que sufren (aún, pese a lo mucho avanzado) las personas homosexuales, consideradas enfermas o minusválidas – si no cosas peores -, aberración no pocas veces presente en la conciencia de las propias víctimas.

Se trata de un conjunto de treinta y seis narraciones cortas, a las que Antonio Álvarez Gil ha puesto un lúcido prólogo, fechado en Guardamar del Segura, población visitada con asiduidad por Juan calderón (Alburquerque, 1952). Aunque temáticamente unidas, se dividen en cuatro secciones con distinta estructura formal. “Playas de mar abierto” reúne ocho relatos, algunos bastante extensos, casi todos con un guiño último, para sorpresa de los lectores; me gustaría destacar el que titula “La pintada”, una alegato contra el antisemitismo todavía vigente entre los españoles, con presumible fundamento en experiencias vividas por el autor (como lo son otras piezas de este puzle literario). Son sólo tres las teselas allegadas en “Callejones de erotismo”, cuyo explícito alcance se desenvuelve con absoluto desenfado en la inicial, “Doris, Juan Manuel y el toro”. El siguiente capítulo, “Rincones oscuros de amor” (homenaje a Lorca), ofrece, según destaca atinadamente el prologuista, hasta once historias “cuyos protagonistas tienen en común el hecho de sufrir o haber sufrido la incomprensión, y hasta el desdén, de buena parte de las personas de su entorno social e incluso familiar”. Entre estas últimas, los hombres “muy machos” suelen ser los verdugos de los homosexuales (hasta de su propios hijos), amparados tal vez por quien menos cabría imaginar, por ejemplo, una abuela sabia y compasiva. Concluye la sección con “El señorito Antonio”, cacique que los lectores de Juan Calderón ya conocíamos, un monstruo destruido al fin por la víctima de sus incontables vejaciones. En “Ruta con baches” es donde, para mí, el escritor alcanza los mayores niveles; entre sus catorce piezas, concisas, desnudas, sugerentes, repletas de humor irónico, las hay magistrales, como “Escritora sin musa” (el hombre resulta un estorbo para el desarrollo de la mujer), “El discurso del candidato” (crítica del lenguaje vacío), “Quirófano” (crónica de una tremenda venganza), “La uña rota” (broma burlesca, y pícara) ; “Veinte cartas” (pleno de ternura y piedad) o “Complejos provincianos” (ingeniosa diatriba contra la estupidez de un alcalde prepotente).

Criado en su pueblo natal y residente en Madrid hasta jubilarse como bancario, Juan Calderón ha hecho incursiones por terrenos múltiples: pintura, cine, música, galerías de arte, teatro, promoción cultural, ediciones, etc., sin que su ímpetu creativo, con más o menos fortuna, parezca tener límites.Desenfadado, imaginativo, iconoclasta, rebelde y a la vez tolerante, con numerosas heridas que él mismo se encarga de no cerrar en falso, es sobre todo un excelente narrador, según demuestra de nuevo con este libro.


Juan Calderón Matador, Cuando duerme Guardamar. Vigo, Ediciones Cardeñoso, 2015.

224. Una tirada de dados
Manuel Pecellín Lancharro
Nacido en Valencia (1951), Sánchez-Cutillas conoce la ciudad como la palma de su mano. Catedrático de historia, acumula también cuantiosos saberes sobre el pasado de su tierra, según quedará de manifiesto en las páginas de la obra con la que obtuvo el Premio Ciudad de Badajoz 2014, otro de los muchos galardones en su haber, tanto de novela (Ateneo de Valladolid, Gabriel Sijé, Cáceres, Ciudad de Irún) como de cuento (Alfonso Grosso, Caja España, Gabriel Miró, Ciudad de Alcalá).  Autor, pues, experimentado, ha elegido una fórmula clásica para componer Una tirada de dados, título que toma explícitamente de Mallarmé ("Un coup de dés jamais n´abolira le hasard”):  la noche de Difuntos, diez personajes concurren a singular tertulia, donde se  se les incita a componer respectivos relatos sobre la muerte. Quien triunfe en este “Decamerón”  al revés, obtendrá una dádiva extraordinaria. Apenas contarán con una hora para escribir, por lo que los textos resultan forzosamente sucintos. También desiguales, tanto desde el punto de vista temático como formal, acorde con la bien distinta personalidad de los supuestos autores.

Todos habrían participado, los días últimos, en un simposio sobre  “Tékne y Thánatos: la imagen de la muerte en el arte y la literatura” organizado por la Universidad levantina.  Allí los saluda Lubricán, sin duda el personaje más atractivo de la obra.  Hombre de edad indefinida, saberes enciclopédicos, memoria excelente e inquietante conducta, aunque anfitrión exquisito, se presenta como el actual responsable de la Academia de los Nocturnos, en cuya sede los invita a un suculento ágape nocturno con la sola condición (al parecer) de  escribir en torno a la Vieja Dama, respetando las normas de aquella institución, qué él se encarga de recordar y mantener. Se acogen a un viejo, pero rico caserón de la valenciana plaza de Cisneros, junto al palacio Cerveró.

Precisamente uno de los  contertulios irá narrando en primera persona cómo se desarrolla el singular encuentro , discurso interrumpido por la lectura de las composiciones redactadas en un clima cada vez con creciente tensión. Constituyen los dos planos de la novela, con distinto tratamiento gráfico cada uno (caja normal y cursivas). Entre todos elegirán los tres mejore relatos, reservándose Lubricán decidir el ganador y concederle el curiosísimo premio.

La fórmula permite al novelista discurrir por épocas, países y ambientes, todos evocados de modo convincente, aunque a él le interesa mucho más la fantasía que las referencias históricas.  Pintores flamencos o castellanos ( Brueghel, Memling, Velázquez), comerciantes genoveses, figuras famosas (Casanova, Carlos V), el orgulloso hidalgo preso de la Inquisición, humildes emigrantes, un mílite anónimo de las Cruzadas … irán refiriendo las experiencias vividas en sus días finales,  cómo reaccionan cuando ya se intuyen con el pie en el estribo.

Si la narración última proporciona la clave del libro, la más lograda de todas nos parece “La desconocida del Sena”. El autor elige aquí uno de los asuntos más frecuentados por todas las literaturas europeas contemporáneas (Rilke, Camus, Muschler, Nabokov, Blanchot, Aragon y tantos otros se inspiraron en la muerte de la joven ahogada,  de la que nada se sabe y cuya máscara mortuoria llegó a ser accesorio casi popular a principios del XX), para inventarle una vida tan poética como trágica. Pleno de imaginación,  intensidad, lirismo y precisión lingüística, superando a los demás en caracteres propios de todos ellos, testimonio perfectamente las enormes cualidades del novelista.


Luis del Romero Sánchez-Cutillas, Una tirada de dados. Sevilla, Algaida, 2015.

223. Nebreija
Manuel Pecellín Lancharro

A la muerte de Isabel la Católica ( noviembre 1504), el aún casi neófito -apenas contaba con dos decenios de existencia - pero ya muy temido Tribunal de la Inquisición poseía un poder extraordinario frente a la vida y hacienda de los españoles. Baste recordar, según se hace en este libro, el caso de Córdoba: allí  ardieron (diciembre de 1504 ) 107 infelices, por instigación de Diego Rodríguez Lucero, con apoyo del dominico Diego de Deza, Inquisidor general, y del propio rey Fernando, cuyo interés por servirse del Santo Oficio a nadie se le oculta.
Como nadie podía estar seguro de que no sería procesado ante tan duros jueces por los motivos más insospechables. Lo sufrió Antonio de Nebrija, a quien acusarán curiosamente de  ¡“gramático”! (otra de las puyas que los inquisidores lanzarán años después contra El Brocense).  En su propia defensa, el autor de la primera Gramática española, escrita se dice en Zalamea, donde el catedrático andaluz estaba al servicio del último maestre de Alcántara, Zúñiga y Pimentel, en cuyo palacio descansaron los Reyes Católicos durante quince en la Semana Santa de 1502.  Allí se compuso esta Antología del Gramático Antonio de Nebrija con ciertos pasajes de la Sagradas Escrituras expuestos no a la manera corriente. Si tan apasionante opúsculo vio la luz, en latín (Logroño, c. 1507) se debe a la voluntad del cardenal Cisneros, amigo y admirador de Nebrija, sustituto del Deza al frente de aquel Tribunal.
Los lectores contemporáneos tenemos ahora la fortuna de conocer tan significativo texto según la reedición aparecida en la impagable “Biblioteca Montaniana”, que dirige el catedrático extremeño José Luis Gómez Canseco. Se publica  bilingüe, bajo los auspicios de dos especialistas: Baldomero Macías Rosendo, a quien se debe la versión al castellano (fue Premio Nacional de Traducción 2007 por la que hiciera, junto con F. Navarro, del Libro de José o el lenguaje arcano, obra de Arias Montano ) y Pedro Martín Baños, autor del estudio preliminar.
Se trata de un trabajo introductorio absolutamente recomendable por su lucidez, valentía y, sobre todo, abrumadora documentación, que, según acostumbra, él mismo ha localizado en la bibliografía al uso y en investigaciones archivísticas de primera mano. Discípulo del gran Pedro Cátedra y profesor en el IES Carolina Coronado de Almendralejo, Pedro Martín ha venido a ser bien pronto un maestro más que respetable, capacitado para iluminar los puntos más oscuros; rellenar lagunas; contextualizar un libro o hacer  matizaciones críticas a consagrados investigadores (aquí, a todo un Marcel Bataillon).
Conducidos por él, resulta más fácil deducir qué buscaban en este caso los inquisidores: atemorizar a Nebrija, induciéndolo a no proseguir sus estudios filológicos para devolver a los textos bíblicos la limpieza perdida tras tantos siglos de copias equívocas, cuando no de interesadas interpolaciones; en el caso del Antiguo Testamento, nada mejor que la ayuda de los rabinos para recomponer “la verdad hebraica”,  proclamaba el sabio andaluz (de cuyo posible origen judeoconverso no hay pruebas ). La Inquisición quiso dejar dicha tarea a los teólogos, si bien, argumentaba Nebrija, casi ninguno sabe hebreo; pocos, griegos y casi todos usan un latín deficiente. Para colmo, están quemándose antiguos e imprescindibles códices.
Por lo demás, el sabio andaluz se declara dispuesto “ a borrar con lengua” cuanto ha escrito si se le demostrase incurso en herejía. Pero defiende con orgullo tanto su  su libertad, como la importancia de los estudios gramaticales para la oportuna hermenéutica de cualquier escritura, con argumentos que adelantan lo que el siglo XX consagrará como “filosofía del lenguaje”.  “Soy catedrático de gramática en la Universidad de Salamanca con facultad para debatir, disertar, discernir y juzgar acerca de los asuntos concernientes a mi profesión”, concluye la Antología. Muy cara habría de pagarse esta encendida defensa de la libertad de cátedra.


Antonio de Nebrija, Apología. Huelva, Universidad, 2015.

222. Arroyo
Manuel Pecellín Lancharro
Francisco Javier García (Arroyo de la Luz, 1963), doctor en Historia, es profesor del IES Bioclimático de Badajoz.  Entre sus publicaciones importa recordar dos libros, Manuel Gómez Cantos. Historia y memoria de un mando de la Guardia Civil (Cáceres, 2013) y Cartas y diarios desde las cárceles franquistas en Extremadura (Badajoz, 2014). Como otros trabajos del autor, ambas obras reflejan la mentalidad progresista del autor, por otra parte en absoluto proclive a interpretaciones maniqueas. Su bien demostrada interpretación del devenir histórico según claves nada sospechosas de conservadurismo constituyen el menor aval para esta nueva monografía, que ha querido dedicar a  un hombre de derechas, Juan Ramos Aparicio,  maestro y poeta también natural de Arroyo (1915-2009), población donde aquél figura como cronista oficial desde hace algunos meses.

Editada por la Asociación de Ciencias Sociales de Extremadura, su propósito es solventar el silencio, cuando no la injusta consideración que sobre esta interesante personalidad cacereña ha venido desplegándose. Sin incidir en posiciones hagiográficas, aunque no puede ocultar las simpatía que el biografiado le producen, el autor lleva a  feliz término la tarea. Así lo reconoce el prólogo de Julián Chaves Palacios, profesor de la Universidad de Extremadura bien conocido por sus trabajos sobre la “Memoria Histórica”.

La prolongada existencia de  este hombre muerto casi centenario permite al historiador reconstruir en torno a su figura el último siglo, pues no ha ahorrado esfuerzo para contextualizar debidamente, con generosa documentación, todas las etapas por las  que Aparicio transcurre: infancia y adolescencia en la villa natal, bajo el tutelaje de Florencio García Rubio; estudios de magisterio según los planes establecidos por la II República; participación  como soldado franquista en la contienda española 1936-39 (“una guerra fratricida y cruel, que nada resolvió”, según la calificara más tarde); ejercicio vocacional del magisterio en numerosas poblaciones, hasta afincarse definitivamente en la natal, donde se jubila y aún tiene tiempo para conocer la restauración de la democracia, todo ello sin dejar de escribir y colaborar en un enorme cúmulo de actividades culturales.

García Carrero tuvo a su disposición el archivo de este hombre,  radicalmente bueno al estilo machadiano, lo que le permite establecer las relaciones que lo ligaron en honda amistad con no pocos escritores de clara ideología izquierdista, como el filósofo y novelista Pedro Caba (también arroyano) o  el poeta Jesús Delgado Valhondo.  Aparicio mantuvo también  cordial correspondencia con  hombres de diferente ideología: Luis Romero Solano (exdiputado del PSOE, muerto en el exilio), Camilo José Cela,  José María Pemán,  José García Nieto,  Joaquín Parra González, Adolfo Maíllo, Fernando Bravo, Carlos Callejo, José Canal y un largo etcétera, de todos los cuales se ofrecen los oportunos apuntes biobiliográficos.

Colaborador habitual de la revista Alcántara  y el periódico Extremadura, Aparicio compuso una  abundante obra literaria, fundamentalmente lírica, no toda édita, que el autor se propone analizar en entregas posteriores. Sirve ésta para merecerle el aprecio de toda persona de bien, por lo mucho que laboró en beneficio de las poblaciones donde ejerció la docencia y muy especialmente en su patria chica.

Francisco Javier García Carrero, Arroyo, mi caro Arroyo. Cáceres, ACISE, 2015.

221. Educación y cultura en una villa nobiliaria: Zafra
Manuel Pecellín Lancharro
Aunque de corto término (en contraste con las villas santiaguistas próximas) y suelos pobres (tan distintos de las tierras de barro cercanas), Zafra llegó a ser ciudad clave en los territorios surextremeños. Estratégicamente situada (cerca de Sevilla, no lejos de Lisboa, sobre la Vía de la Plata), sus dinámicos pobladores, entre los que cuentan las fecundas aljamas de moriscos y judíos, sabrán encontrar fuentes de riqueza en la artesanía (cobre, cueros, libros) y sobre todo el comercio (la Feria es famosa desde la edad media) a nivel nacional e incluso internacional.  Sus potencialidades se multiplican cuando los muy poderosos señores de  la Casa de Feria (un estado dentro del Estado) deciden poner allí la sede, interesándose por crear en su entorno una auténtica corte renacentista. Con el descubrimiento del Nuevo Mundo, Zafra se convierte en la puerta de Extremadura hacia América (Esteban Mira dixit) y, aunque sufra con las expulsiones decretadas en 1492 y 1609,  amén de la guerra con Portugal, más otros desastres ecológicos, su demografía siguió aumentando hasta alcanzar casi los 5.000 habitantes a finales del periodo considerado en esta obra, los siglos XVI y XVII.  Sus iglesias y conventos estaban atendidos por abundante clerecía, entre las que hubo no pocos “Alumbrados”,  perseguidos por la Inquisición. En dicha época, algunos  zafrenses alcanzan lugar destacadísimo en el panorama cultural español: Cristóbal de Mesa, Rui López de Segura, los Ramírez de Prado, Hernando Machado, García de Silva y muy especialmente Pedro de Valencia, figura estelar de nuestro Humanismo.

No es raro que “Sevilla la chica”, según oímos llamarla desde pequeños, haya atraído la atención de una pléyades de investigadores. A Ángel Bernal, Rafael Caso, Fernando Cortés, Francisco Croche, Carmen Fernández-Daza, Juan García Gutiérrez, Fermín Mayorga, Fernando Mazo, Juan Carlos Rubio, Gaspar Morocho, Andrés Oyola, Jesús Paniagua, Rocío Periánez, Manuel Sánchez Gómez-Coronado y Francisco Tejada Vizuete,  junto al ya clásico Manuel Vivas Tabero, se le deben valiosos estudios. De ellos se reconoce deudor José María Moreno en este volumen de 600 páginas, si bien la parte básica del mismo, fruto de una tesis doctoral, se apoya sobre el fruto sus propias investigaciones en archivos de media España, muy especialmente el Histórico Municipal de Zafra, junto con otros locales (el de la parroquia de la Candelaria y el del convento de Santa Clara). Aun así,  no deja de lamentarse por no haber alcanzado todos los documentos precisos y advertir sobre la provisionalidad de ciertas afirmaciones. Ahora bien, juzga con razón que su tesis principal queda fehacientemente sostenida: “En Zafra se palpaban las mismas vivencias que aquellos lugares que se encontraban en permanente contacto con los principales centros de decisión política y económica “ (pág. 28).

Así lo demuestra, sin perder nunca el contexto nacional, en los apartados que, tras el capítulo introductorio, dedica a los cuatro ejes de la obra: educación, libreros, bibliotecas y lecturas. Expuestos con absolutas minuciosidad y riqueza de datos (pese a las lagunas que lamenta), el texto se hace en ocasiones hasta oneroso.  En este abrumador bosque de noticias, destacaré las más sobresalientes, algunas dadas ya a conocer en trabajos anteriores del autor. Zafra pudo tener Universidad en los albores de la época Moderna si el proyecto elaborado por Pedro de Valencia hubiese tenido mayor apoyo por parte de los Figueroa; tampoco cuajó la propuesta de un colegio-universidad lanzada por García de Salcedo. Los libreros de Zafra, muy bien relacionados con colegas de Sevilla, Madrid, El Escorial, Salamanca e incluso Amberes alcanzarían merecido renombre, con figuras tan relevantes como Alonso de Aguilar y Ambrosio de Salamanca.  Cuna de afamados bibliófilos, en Zafra hubo ricas bibliotecas, como las de la Casa de Feria o Iglesia de la Candelaria, más otras muchas conventuales y no pocas particulares. Entre éstas, sirva como modelo la del licenciado Gutiérrez del Berrio, con varios centenares de títulos. Por último, la actividad teatral fue siempre muy apreciada, con representaciones de especial atractivo durante las fiestas religiosas, más que ninguna las del Corpus Christi.  El Dr. Moreno adjunta muy rica información sobre los actores, compañías y obras pertinentes.

El libro, que prologa Carlos Martínez Shaw, nos parece un auténtico paradigma de historia local. Concluye con apéndices documentales y muy  útiles índices onomásticos. Se publica en la valiosa “Bibliotheca Montaniana”, dirigida por el catedrático extremeño Luis Gómez Canseco.


José María Moreno González, Educación y cultura en una villa nobiliaria: Zafra 1500-1700. Huelva, Universidad, 2014.



220. Tres hombres para tres ciudades
Manuel Pecellín Lancharro

Javier Divisa es el pseudónimo con el que irrumpe ambiciosamente en el mundo de las letras un joven escritor  extremeño,  buen conocedor de distintos países (Francia Inglaterra, India). Tiene estudios de letras; ha trabajado en oficios múltiples, desde  enseñante a camarero y por ahora se dedica a la "business moda".
Tres son las ciudades a las que el lector es convocado en esta obra novel, tan prometedora: Madrid, París y Nueva Delhi (la última, bastante menos atendida). Y tres son los personajes masculinos sobre los que bascula el relato: un treintañero que se esfuerza por enseñar literatura española a jóvenes bachilleres bastante conflictivos (tampoco él es un docente modélico); su padre, viudo, con el pie ya en el estribo, desencantado, sardónico e irreverente,  y un amigo común, otro navío ya casi roto, hombre  cosmopolita, de experiencias miles, casualmente radicado junto al Sena. El  profesor, cuyos afanes no parecen ir más allá de obtener sexo fácil de sus múltiples conocidas, irá narrando en  primera persona las aventuras donde se ve envuelto. En torno a él aparecen y desaparecen, sin mucha consistencia, novias o ligues ocasionales: Beatriz, la poetisa; Patricia, con visiones sobrenaturales; Carlota, socióloga; Sofía, prostituta colombiana, e incluso una ama de casa, María. Cada una le facilitará el acceso a los ambientes donde desarrollan sus actividades, por las que  el narrador fingirá interés con tal de conseguir lo único realmente atractivo para él. Bares, clubs y cines constituye su territorio predilecto (también las aulas, por razones laborales), aunque no le ilusionan). 
No obstante, no estamos ante un persona disoluta, sino más bien alguien incapaz de comprometerse en forma radical con ninguna idea, institución, grupo o proyecto. Helio, nombre al parecer frecuente en su familia, es un sol menor, amante de alumbrar sólo hacia sus intereses, aunque  pellizcos de generosidad se le escapen de vez en cuando, incluso malgrè lui, sobre todo frente a su áspero progenitor. Como Lázaro de Tormes, a quien recuerda a menudo,  el joven es un egoísta pleno, si bien resulta capaz de compartir cosas con otros quizá más necesitados. Por lo demás, insiste en hacer análisis, muy sui géneris, de cuanto ocurre en torno a él.
La obra está escrita con una prosa bien cuidada, en ocasiones brillante, de tono juvenil, desenfadado,  a la que sólo algunos decaimientos ocasionales, fáciles de subsanar, afean (v.c., esas cinco subordinadas de relativo en una misma oración, pág. 37).  De otro lado, la habilidad para describir ambientes y caracterizar personajes es muy apreciable. Me permito llamar la atención sobre esta nueva voz, que sin duda muy pronto volverá a sorprendernos con una segunda entrega.

Divisa, Javier, Tres hombres para tres ciudades. Madrid, Ediciones Amargord, 2013.

219. La poesía vista desde el espacio
Manuel Pecellín Lancharro

Natural de Cáceres (1976), la infancia de Eloy David  transcurrió en Jerez de la Frontera, desde donde se trasladó a Sevilla el año 1993.  Licenciado en Comunicación Audiovisual y estudiososo  de la Antropología, cuenta con numerosas obras publicadas. Entre sus libros de poesía figuran Chrauf (Ediciones de la Universidad de Sevilla, 1996), Miedo de ser escarcha (Qüasyeditorial, 2000, Premio Internacional Surcos), Asombros (César Sastre editor, colección Carne y Sueño, Sevilla, 2006; con imágenes de Miki Leal), Los huidos (ediciones 4 de Agosto, 2008), Para nombrar una ciudad (editorial Renacimiento, 2010), Lo que iba diciendo (ediciones Liliputienses, 2012) y Miedo de ser escarcha (edición actualizada) (Editora Regional de Extremadura, 2012).
Es autor también de los libros para niños Este loco mundo (17 cuentos) (Cambalache, Oviedo, 2010) y Cosas que sucedieron (o no) (Cambalache, Oviedo, 2013), ambos escritos junto a Miguel Ángel García Argüez y José María Gómez Valero y con ilustraciones de Amelia Celaya.
En Italia ha publicado el poemario Il desiderio è un ospite (Edizioni L´Arca Felice, Salerno, 2012; edición bilingüe, traducción de Lorenzo Mari y litografía de Marco Vecchio), y en este país ha sido antologado en la antología bilingüe Canto e demolizione. 8 poeti spagnoli contemponanei (Thauma edizioni, 2013).
Textos y poemas suyos han sido incluidos en diversas antologías, entre ellas: Voces del extremo (Fundación Juan Ramón Jiménez, en 2001 y 2002); Once inicial (Fundación Municipal de Cultura de Cádiz, 2002); No doblar las rodillas: siete proyectos críticos en la poesía española reciente (Universidad de Chile, Santiago de Chile, 2002); Poesía de la Conciencia (Zurgai, Bilbao, 2003); Sevilla: 24 poetas y 24 artistas (Imagoforum, Sevilla, 2004); Andalucía Poesía Joven (Editorial Plurabelle, Córdoba, España, 2004); Alzar el vuelo (Imagoforum, Sevilla, 2006); Literatura Joven de Andalucía (Punto de partida, UNAM, México DF, 2007); Poesía Viva de Andalucía (Universidad de Guadalajara, México, 2007); Once poetas críticos en la poesía española reciente (Baile del Sol, Tenerife, 2007), Poesía en español 2008 (Alhambra Publishing, Bélgica, 2007), Poesía y Capitalismo (Fundación Juan Ramón Jiménez, 2008), Aquí y ahora (Madrid, 2008) o La ciudad en llamas (Ed. Hesperya, Oviedo, 2011).
Sus poemas se incluyen también en libros colectivos como Miradas, ecos y reflejos (Cgt, 2004), Vida de perros (editorial Buscarini, La Rioja, 2007), Palabras que se mojan (Diputación de Sevilla, 2007), Lo que ha quedado del naranjo (Diputación de Málaga, 2009), El árbol talado que retoña (El Páramo, Córdoba, 2009) o Aldea Poética IV (Opera Prima, Madrid, 2009).
Tiene poemas  traducidos al catalán, al italiano, al francés y al portugués, habiendo obtenido los premios de poesía  Universidad de Sevilla 1995, Fernando Quiñones 1998, Surcos de poesía 2000, Creación Joven 2007  y III premio internacional de Francisco Villaespesa 2009.
La poesía vista desde el espacio, publicado por la animosa editorial emeritense, con la colaboración del Ayuntamiento de Almaraz, sale con la letra U en la colección "Luna de Poniente", un hito ya indiscutible de las letras extremeñas. Es una entrega extraordinariamente atractiva, cuya  parte I  evoca un viaje sideral hasta Venus en una astronave desde cuya cápsula de protección el piloto alude a las formidables experiencias vividas, entre ellas asistir al mismo Big  Bang. En la parte II,  mucho más extensa, nos ofrece sus reflexiones metaliterarias, con sabrosas disquisiciones sobre el oficio de poeta y la capacidad de un verso para conmover el mundo. Herido por "la fiebre del lenguaje", el creador se conduce como un reportero de guerra, en lucha permanente contra lo inefable. A la vez, se denuncia el discurso encubridor del Poder, mientras  se incita a decir no a las propuestas que nos lanza, advirtiendo para no de dejarse atrapar. La parte III y última está constituida por un breve poema, en el que se expresa la duda sobre las virtualidades de cuanto hasta allí se ha dicho.

Rodríguez, David Eloy, La poesía vista desde el espacio. Méida, De la luna libros, 2014.


218. Ángeles y demonios
Manuel Pecellín Lancharro


Nedim Gürsel, nacido (1951) en Gaziantep y formado en  Francia (la Sorbonne), donde reside desde 1980, autor con más de treinta obras, es uno de los escritores turcos (tiene también nacionalidad francesa) más  famosos,  distinguido con muy importantes galardones (Academia de la Lengua Turca, Legión de Honor, Pen Club o Premio Mediterráneo 2013). Opuesto a todo tipo de dictaduras, no extrañe que haya tenido problemas con los gobiernos de su país de origen, donde varios de sus libros sufrieron censura.
Se doctoró (1970) con una tesis sobre Luois Aragon y Nazim Hikmet.  A este gran poeta (Salónica, 1901-Moscú, 1963), políticamente tan comprometido y represaliado, volvería en Nâzim Hikmet ve Geleneksel Türk Yazisi (Nazim Hikmet y la literatura turca popular), convirtiéndolo en el protagonista de El Ángel rojo, cuyas páginas tanto espacio dedican a los tópicos y refranes del Bósforo.
Otro personaje de la novela, a la que da nombre con su seudónimo de soplón, es un turbio amigo íntimo de Hitmet,  Alí Albayrak, comunista sin fisuras y encargado de vigilar al gran hombre para la KGB, la Stasi o los propios militares turcos. El trío que sustenta el relato lo cierra el estudioso (trasunto en buena medida del propio Gürsel) que procura establecer la biografía del poeta, para lo que serán básicos los apuntes confidenciales de Ali, reproducidos in extenso.
El entorno donde se desarrollan los acontecimientos es Berlín y el marco histórico va desde finales de la I Guerra Mundial a la caída del ominoso Muro,  símbolo para el novelista del fracaso del Comunismo, ineludible por las contradicciones del sistema.  Como  trasfondo, los avatares del partido comunista turco, siempre a la escucha de las sugerencias (imposiciones, más bien) de los soviéticos, fenómeno por otra parte común en cualquier lugar del mundo, si se exceptúan la China de Mao o  la Albania de Enver Hoxha. Para que tal degradación funcionase resultaban imprescindibles los “apparátichs”, personas absolutamente entregadas al Partido, capaces de traicionar y conducir hasta el gulag o la muerte  incluso a sus propios familiares por obedecer las consignas, como Alí Albayrak, por otra parte un activo homosexual. Lo pagaría bien caro.
Obra de estructura compleja, valiente  y novedosa, con alusiones frecuentes a Kleist, Kafka, Rosa Luxemburgo, Neruda, Pasternak, Sartre y García Lorca, si en ella todo es ficción, excepto Nâzim Hitmek y los personajes históricos, según advierte la entradilla, lo cierto es que constituye una apasionada reflexión sobre el pasado de Europa, cuyos ecos aún cabe percibir.

Nedim Gürsel, El ángel rojo. Madrid, Alianza, 2014.

217. El Rey Felón
Manuel Pecellín Lancharro
A la conocida librería de viejo que los Miranda (tres generaciones del ramo) mantienen en Madrid, llegó el archivo de uno de los protagonistas de la primera mitad del XIX español, el emeritense José María Calatrava. Esta valiosa documentación pudo venir a la Biblioteca de Extremadura, vía fondos Clot-Manzanares, pero no hubo entendimiento económico sobre el posible contrato.  La compraría finalmente Pedro J.  Ramírez,  el autor de la obra aquí reseñada, un impresionante volumen con casi 1.200 páginas, cuyo núcleo lo constituyen los manuscritos del extremeño, generosamente utilizados. Según esa fusión de géneros hoy tan de moda, La desventura de la libertad tiene mucho de novela histórica, reportaje periodístico y ensayo filosófico, como le ocurre, mutatis mutandis, a los más conocidos trabajos de Javier Cercas.
Protagonista central del texto es José María Calatrava, en torno al cual pululan un gran conjunto de personajes coetáneos, muchos de ellos también extremeños (Fernández Golfín, Gómez Becerra,  Bartolomé J. Gallardo, José M. Quintana,  Manuel Godoy,  Pablo Montesinos o  Muñoz Torrero, éste injustamente desatendido aquí). Argüelles, Riego y Alcalá Galiano, constitucionalistas indefectibles,  son, entre los españoles, los que más espacio ocupan. El duque de Angulema, general del ejército francés enviado por la Europa absolutista para concluir con los "Cien mil hijos de San  Luis" el proyecto  liberal (1823), nos atrae por su complejidad ideológica como alguien más próximo al propio Calatrava que a Fernando VII, el "rey felón",  un prototipo de estupidez, cerrilidad, cinismo y astucia.
El marco histórico de la obra son los meses últimos del "Trienio Liberal". Calatrava, que había sufrido duro destierro en Melilla y cuyo hermano Diego fue fusilado por sus ideas antiabsolutistas,  se vio constreñido a aceptar la presidencia del último Gobierno liberal, con apoyo de la Masonería y la  reticente ayuda  de los Comuneros, otra de las sociedades secretas que pululaban en los inicios de la España decimonónica.  Si algo impresiona es el enfrentamiento de las "izquierdas", así como la  simpatía popular, que los frailes fomentan, a favor del Rey y contra los ideales ilustrados.
El autor, sirviéndose de exhaustiva bibliografía, con especial cuido de la prensa periódica (El Zurriago, la Gaceta de Madrid,  El Espectador), sin omitir fuentes francesas e inglesas, reconstruye de forma vívida aquel Cádiz donde por segunda vez se refugian los diputados de las Cortes españoles, llevándose al propio Rey, malgré lui, hasta que el ejército galo - esta vez sí - toma la heroica ciudad.
Calatrava consigue huir, vía Gibraltar, a Londres, mientras el Rey desencadena una terrible represión contra los constitucionalistas.  Quien tuvo el máximo poder gubernamental, el hombre libre y mesurado por antonomasia,  antiguo presidente de Gracia y Justicia, excelente parlamentario, se ganará durante un largo lustro la vida como zapatero remendón en los arrabales de Somer Town. Fallecido Fernando VII, volverá a recibir honores y cargos de relevancia suma. Pero eso es ya otra historia, que aquí no se contempla.  Entre puntadas y pespuntes, tiempo tendría de reflexionar  sobre las causas que dieron al traste con la empresa iniciada por la revolución de Riego, a la vez que se defendía de los injustos ataques que algunos de sus correligionarios le lanzaban. Especialmente difíciles de defender fueron sus decisiones en torno a  la suspensión de los derechos constitucionales, visto que  el ejercicio de   la libertad parece exigir límites rigurosos en épocas convulsas, como las del  segundo asedio gaditano. ¿Fue un acierto empecinarse en defender, contra vientos  y mareas, la mítica Constitución de 1812, o hubiese sido más sabio pacta con Angulema y los suyos una  "Carta" intermedia, aunque Fernando VII tampoco la hubiera aceptado? Resulta difícil aceptar que la política no es el arte de conseguir lo mejor, sino de acomodarse a lo posible, aunque eso exija la renuncia de los más queridos propósitos. Aunque tarde, Calatrava parece haberlo aceptado.
Entre las ricas fuentes consultadas por P.J. Ramírez, cabe destacar un buen conjunto de investigadores extremeños como Carmen Fernández-Daza, Fermín Mayorga, José María Lama, Juan Sánchez González o Teodoro Martín Martín.
Pedro J. Ramírez, La desventura de la libertad. José María Calatrava y la caída del régimen constitucional español en 1823. Madrid, La Esfera de los Libros, 2014.

216. El deber
Manuel Pecellín Lancharro
Periodista y escritor,  a Ludwig Winder (1889-1946) le tocó  sufrir las vicisitudes culturales y sociopolíticas de su época, marcada por reestructuración de Centro Europa, el  ascenso del III Reich y  el triunfo de la ideología nazi, con su feroz antisemitismo. Natural de Schaffa (Moravia),  educado dentro de una familia judía rigurosa, trabajó en Viena para el periódico liberal Die Zeit,  haciéndolo después en Praga para la editorial Deutsche Zeitung Bohemia. Desde sus obras iniciales (Die rasende Rotationsmaschine, 1917; Die juedische Orgel ,1922, y Hugo: Tragoedie eines Knaben (1924), se ocupó de los problemas que experimentaban los jóvenes judíos –sobre todos los del Este de Europa- para adaptarse a las exigencias de los tiempos modernos. Se interesó más tarde (Nachgeholten Freuden, 1927, Der Thronfolger ,1938) por la historia de la monarquía austríaca, dejando numerosos apuntes autobiográficos en Geschichte meines Vaters,  publicada póstumamente.
Su pertenencia al “Círculo de Praga”, junto a personalidades como Max Brod, Felix Weltsch, Johannes Urzidil u Oskar Baum, le ayudó a comprender la inminencia del holocausto y en 1939 huye a Inglaterra con su mujer e hija mayor . La más joven moriría en Bergen-Belsen el año 1945. Él fallecería un año después, no sin antes escribir Die November-wolke (1942),  una historia de exiliados en el Londres durante los bombardeos alemanes, y la que ahora publica Periférica,  El deber (1943). Calificada por Max Brod como una de las novelas antidictadura más eficaces, es la historia de la resistencia  desarrollada por los  checoslovacos contra los  crueles invasores nazis,  que tuvo su punto álgido cuando el dirigente de las tropas de ocupación, Reibahrd Heydrich, cayera asesinado en una calle de Praga (1942). La brutal represión condujo a los alemanes a destruir dos poblaciones checas, masacrando a sus habitantes, Lídice y Lezaki, que ellos consideraban cuna de partisanos.
El protagonista de la obra es Rada, a quien Winder va presentando como personaje de clara raíces kafkianas. También él experimentará  una honda  metamorfosis. Funcionario humilde y escrupuloso, su intachable conducta está siempre dirigida por el indefectible sentido del deber. Eso le lleva a trabajar en los servicios del ferrocarril que dirige  Fobich, un colaboracionista, conocido suyo, a quien de pequeño salvó de morir ahogado en el Moldava. Rada comienza a reunirse con los resistentes, proporcionándoles preciosa información  para los sabotajes, cuando estima obligación de conciencia oponerse a la Gestapo, que, por otra parte, conduce a Dachau a su único hijo, estudiante de medicina, para reprimir las protestas universitarias. Con el apoyo indefectible de la esposa, correrá la misma suerte que miles de compatriotas antinazis: el paredón.
Así pues, la novela discurre a dos planos: el psicológico y el histórico. Con el mismo interés que se sigue la transformación de Rada, desde simple oficinista a lúcido resistente, atrapan los razonamientos  de Fobich para justificar su colaboración con los alemanes o los planteamientos de Novák, el duro y a la vez comprensivo dirigente de la Resistencia. Por lo que al contexto atañe, no cabe duda de que Winder seguía conservando en el exilio inglés buenas fuentes de información, aunque pueden achacársele, según suele acontecer con la literatura “militante”, notas de ingenuidad (todos los checos son per se buenos) y maniqueísmo (todos los alemanes, salvo una mujer, son malos). El castellano de la traducción, realizada por Richard Gross, es excelente.

Ludwig Winder, El deber. Cáceres, Periférica, 2014

215. Asedio de Badajoz
Manuel Pecellín Lancharro
Alentadas por la conmemoración  del segundo centenario de Guerra de la Independencia  y las Cortes de Cádiz, se produjo en Extremadura un auténtico aluvión de publicaciones. Cosa lógica, considerando que nuestra región fue teatro de terribles batallas y el protagonismo de los diputados extremeños en los debates sobre la Constitución de 1812. A aquel rico conjunto de obras viene a sumarse este volumen con casi quinientas páginas, que facilita el acceso a importantes fuentes sobre el el asedio, captura y saqueo de Badajoz por parte del ejército angloportugués.  A través de las mismas, todas inglesas, podrán pecibirse, entre tantos horrores bélicos, la valentía de asaltantes y defensores (franceses), así como los sufrimientos de la población encerrada en aquellos muros  hasta entonces inexpugnables.
Gallardo Durán (Campanario, 1956) pertenece a ese admirable grupo de bibliógrafos naturales de La Serena, que además lleva el apellido del más distinguido, D. Bartolomé José, de todos los cultivadores de una ciencia tal vez ancilar, pero imprescindible para poner al alcance de los estudiosos los materiales de investigación. Es también autor de las siguientes publicaciones, todas enmarcadas en el mismo entorno espaciotemporal: La guerra de la Indepedencia: tropas británicas en La Serena y Vegas Altas en 1808, 1809 y 1812; Don  Benito, verano de 1812. Testimonio del capitán de infantería J.Patterson del Regimiento nº 50 de la 2ª División, y Reflejo de la batalla de Medellín en el diario español de Lady Holland.
Catedático de Inglés en el IES de su pueblo, cuenta con una rica base documental, extraída fundamentalmente de publicaciones británicas del XIX.  Para este libro, Gallardo selecciona lo que dice relación con lo ocurrido en la capital del Guadiana durante los días 12 de marzo al 15 de abril de 1812. A cada corpus de textos antologados, que se reproducen traducidos por él y con casi medio millar de notas explicativas, antepone enjundiosos  preliminares.Tres son los bloques bibliográficos: los "despachos" del general  Wellington, el diario del comandante Burgoyne y las memorias del capitán James MacCarthy, todos directamente implicados en los acontecimientos.
El jefe de las tropas aliadas contra las de Napoleón aparece como un estratega meticuloso, muy bien informado, despectivo hacia los soldados españoles y  con enorme interés para que los suyos se hallen bien provistos de munición y alimentos, lamentándose una y otra vez de no contar con especialistas para el asalto de murallas. Posee una visión de la guerra por toda le Península; no duda al exigir los máximos sacrificios y se esfuerza por reparar las exacciones que sufre la población civil. Apenas alude a las barbaridades cometidas en el Badajoz recién conquistado, aunque sabe bien la canalla (expresidiarios, borrachos, ladrones) que abunda en sus ejércitos.
Burgoyne  evoca  en sus memorias, con lenguaje castrense, el desarrollo de la  sangrienta batalla junto a los muros y torres del "castillo" pacense que, tras el fracasado asalto de 1811, lograron tomar por fin. Se trata de apuntes escritos en primera persona, seguramente al pie de los fosos.  Lleva una concisa introducción de Ian Fletcher. Más literario  resulta el de MacCarthy, que tan esforzado se mostró en la  preligrosísima escalada y toma de la alcazaba. Reconoce también la valentía y capacidad de los cuadros de Philippon, así como la implacable rapiña que los  vencedores hijos de la Gran Bretaña, ansiosos de botín,  desencadenaron contra una población indefensa. Una ciudad mátir, Badajoz, cuya toma fue clave para el desarrollo de la guerra.
Parte notable del volumen lo ocupan los perfiles biográficos que el autor  adjunta de los oficiales mencionados en el libro (cien páginas), así como el aparato bibliográfico (con páginas de internet incluidas) y un muy útil índice onomástico.

Gallardo Durán, José María, Abril 1812. Asedio y captura de Badajoz. Badajoz, Diputación, 2014

214. Fábula y memoria
Manuel Pecellín Lancharro
Caballero Bonald  (Jerez de la Frontera, 1926) es sin discusión una de las voces más notables del panorama literario español.  Durante  seis décadas, sus obras en prosa y poesía han venido marcadas por el reconocimiento general de críticos y lectores. Títulos como Ágata ojo de gato, Campo de Agramante, Descrédito del héroe, Manual de infractores, Laberinto de fortuna, Toda la noche oyeron pasar pájaros, Entreguerras o Memorias de poco tiempo constituyen referencias obligadas. Miembro destacado de la Generación de los 50, cuyas características sobresalen en él de modo bien perceptible, Caballero Bonald ha sabido labrarse un terreno propio, el mundo nutricio de “Argónida” (la marisma, algaida, marjales,  coto de Doñana arenales y légamos de su bahía natal,  con florifauna específica, cruce de tantas culturas), donde  él siempre reside sin dejar de ser ciudadano del mundo. Esta antología, en la que “Fábula y memoria” concurren como en los escritos todos del autor, testimonia adecuadamente sobre sus mayores logros. Mérito es también de la responsable de la selección, estudio y curiosa presentación de los textos.

María José Flores Requejo (Burguillos del Cerro, 1963), doctora en Filología Hispánica, Titular de la “Catedra di Seconda Fascia” de Lengua y Traducción Española en la Facoltà di Lettere e Filosofia de la Università degli Studi dell’Aquila (Italia), conoce como pocos la obra del gaditano. De él se ocupó en “José Manuel Caballero Bonald: Pliegos de Cordel (1963) y Descrédito del héroe (1977); Dos momentos de un autor, dos momentos de la poesía española”, (Atti del Convegno AISPI Scrittori contro: modelli in discussione nelle letterature iberiche, Roma, Bulzoni Editore, 1996) ; “Las variantes de autor en la obra poética de José Manuel Caballero Bonald”, en Filologia dei testi a stampa (Area Iberica), al cuidado de Patrizia Botta, Módena, Mucchi Editori, 2005 Filologia dei Testi a Stampa, Simposio Internazionale, Università degli Studi di Pescara, 2003), habiéndole dedicado su tesis de doctorado, La obra poética de Caballero Bonald y sus variantes, Editora Regional de Extremadura-Universidad de Extremadura, Mérida-Cáceres, 1999).

Autora también de una obra poética importante (De tu nombre y la tierra, Noche oscura del alma, Oscuro acantilado, Nocturnos, El rostro de la piedra, Impura claridad, Poemas del cuerpo, Del animal y de su culpa, Antología Poética (1984-2003),Un animal rozado por el tiempo), la antóloga no oculta su admiración por  el andaluz, de quien destaca los rasgos siguientes: extraordinaria voluntad de estilo, influencias clásicas y surrealistas combinadas con las barroca e hispanoamericanas,  riqueza de lenguaje, oposición a todo encasillamiento ideológico o formal, pasión por el mestizaje, rechazo de las actitudes dogmáticas,  gusto por la provocación, simpatía hacia los infractores, compromiso (pese a todo) con la historia, ruptura de los límites entre géneros, culto a la verdad poética, lucidez y piedad ante sus contemporáneos, amor a la noche y sus entresijos. Son fáciles de percibir en las 300 páginas del volumen.

Dejándose conducir por sus personales, pero bien asentadas opciones, Flores confiesa que ha seleccionado los textos “que más me maravillan y emocionan” (pág. 28) y los dispone sin orden cronológico ni  referencias bibliográficas  (pueden localizarse en el índice), guiándose  sólo de una ilusión: que conformen como un único y gran poema, donde prosa y verso dialoguen en feliz coyunda. Sinceramente, creo que lo ha conseguido.

J.M. Caballero Bonald, Fábula y memoria: antología en prosa y verso. Madrid, Alianza, 2014.

213. El Rey Felón
Manuel Pecellín Lancharro

A la conocida librería de viejo que los Miranda (tres generaciones del ramo) mantienen en Madrid, llegó el archivo de uno de los protagonistas de la primera mitad del XIX español, el emeritense José María Calatrava. Esta valiosa documentación pudo venir a la Biblioteca de Extremadura, vía fondos Clot-Manzanares, pero no hubo entendimiento económico sobre el posible contrato.  La compraría finalmente Pedro J.  Ramírez,  el autor de la obra aquí reseñada, un impresionante volumen con casi 1.200 páginas, cuyo núcleo lo constituyen los manuscritos del extremeño, generosamente utilizados. Según esa fusión de géneros hoy tan de moda, La desventura de la libertad tiene mucho de novela histórica, reportaje periodístico y ensayo filosófico, como le ocurre, mutatis mutandis, a los más conocidos trabajos de Javier Cercas.
Protagonista central del texto es José María Calatrava, en torno al cual pululan un gran conjunto de personajes coetáneos, muchos de ellos también extremeños (Fernández Golfín, Gómez Becerra,  Bartolomé J. Gallardo, José M. Quintana,  Manuel Godoy,  Pablo Montesinos o  Muñoz Torrero, éste injustamente desatendido aquí). Argüelles, Riego y Alcalá Galiano, constitucionalistas indefectibles,  son, entre los españoles, los que más espacio ocupan. El duque de Angulema, general del ejército francés enviado por la Europa absolutista para concluir con los "Cien mil hijos de San  Luis" el proyecto  liberal (1823), nos atrae por su complejidad ideológica como alguien más próximo al propio Calatrava que a Fernando VII, el "rey felón",  un prototipo de estupidez, cerrilidad, cinismo y astucia.
El marco histórico de la obra son los meses últimos del "Trienio Liberal". Calatrava, que había sufrido duro destierro en Melilla y cuyo hermano Diego fue fusilado por sus ideas antiabsolutistas,  se vio constreñido a aceptar la presidencia del último Gobierno liberal, con apoyo de la Masonería y la  reticente ayuda  de los Comuneros, otra de las sociedades secretas que pululaban en los inicios de la España decimonónica.  Si algo impresiona es el enfrentamiento de las "izquierdas", así como la  simpatía popular, que los frailes fomentan, a favor del Rey y contra los ideales ilustrados.
El autor, sirviéndose de exhaustiva bibliografía, con especial cuido de la prensa periódica (El Zurriago,  la Gaceta de Madrid,  El Espectador), sin omitir fuentes francesas e inglesas, reconstruye de forma vívida aquel Cádiz donde por segunda vez se refugian los diputados de las Cortes españoles, llevándose al propio Rey, malgré lui, hasta que el ejército galo - esta vez sí - toma la heroica ciudad.
Calatrava consigue huir, vía Gibraltar, a Londres, mientras el Rey desencadena una terrible represión contra los constitucionalistas.  Quien tuvo el máximo poder gubernamental, el hombre libre y mesurado por antonomasia,  antiguo presidente de Gracia y Justicia, excelente parlamentario, se ganará durante un largo lustro la vida como zapatero remendón en los arrabales de Somer Town. Fallecido Fernando VII, volverá a recibir honores y cargos de relevancia suma. Pero eso es ya otra historia, que aquí no se contempla.  Entre puntadas y pespuntes, tiempo tendría de reflexionar  sobre las causas que dieron al traste con la empresa iniciada por la revolución de Riego, a la vez que se defendía de los injustos ataques que algunos de sus correligionarios le lanzaban. Especialmente difíciles de defender fueron sus decisiones en torno a  la suspensión de los derechos constitucionales, visto que  el ejercicio de   la libertad parece exigir límites rigurosos en épocas convulsas, como las del  segundo asedio gaditano. ¿Fue un acierto empecinarse en defender, contra vientos  y mareas, la mítica Constitución de 1812, o hubiese sido más sabio pacta con Angulema y los suyos una  "Carta" intermedia, aunque Fernando VII tampoco la hubiera aceptado? Resulta difícil aceptar que la política no es el arte de conseguir lo mejor, sino de acomodarse a lo posible, aunque eso exija la renuncia de los más queridos propósitos. Aunque tarde, Calatrava parece haberlo aceptado.
Entre las ricas fuentes consultadas por P.J. Ramírez, cabe destacar un buen conjunto de investigadores extremeños como Carmen Fernández-Daza, Fermín Mayorga, José María Lama, Juan Sánchez González o Teodoro Martín Martín.

Pedro J. Ramírez, La desventura de la libertad. José María Calatrava y la caída del régimen constitucional español en 1823. Madrid, La Esfera de los Libros, 2014.

212. Papa Francisco
Manuel Pecellín Lancharro

Cayó la sentencia como una guillotina. El diagnótisco no dejaba lugar a dudas. La muerte puso huevos en aquel enorme corpachón, cuyo amo sabía bien que para curar el cáncer no sirven las libélulas (Manuel Pacheco), ni tampoco las más modernas terapias, cuyos nombres hubo de aprender tardíamente. Se condolerá con amargura, según haría su paisano José Antonio Gabriel y Galán en ocasión semejante.

Buen vividor, católico y maldito, tuvo rápida conciencia del pronto final, aunque no dejara de rebelarse contra la parca hasta los últimos momentos. Consumido poco a poco por el cangrejo implacable, en la misma clínica donde hacía tres lustros su madre se había marchado definitivamente, recurrió a la escritura, alivio contra aquellos dolores casi insufribles. Nacen así los poemas de quien siempre anduvo a la búsqueda de la palabra exacta y ahora cada tarde ha de aprender vocablos ignotos (nefrostomía, neoplasia, hematuria, gammagrafía…), que no contribuyen sino a incrementar sus temores.

Va labrándose así, manuscrito con inconfundible caligrafía, un poemario repleto de angustias, esperanzas cada vez más remotas, ansias de vivir, nostalgias y melancolías. Un texto lírico donde sólo un par de veces localizo la palabra “Dios”  y cuyo aliento recuerda más el “sunt lacrimae rerum et mentem mortalia tangunt”  de Virgilio, o tal vez las trágicas lamentaciones del Cohelet hebreo. Sea como fuere, la belleza de estos versos escalofriantes convencerían “por unanimidad” al jurado del XXV premio  Gil de Biedma para atribuirle a José Miguel Santiago Castelo (Granja de Torrehermosa, 1948-Madrid, 2015) su último galardón literario, semanas después del adiós último.

Resulta difícil, imposible para quienes lo queríamos tanto, leer con un mínimo de serenidad este libro, no sé si el mejor del que con tanto tino dirigiera durante casi veinte años la Real Academia de Extremadura, pero ciertamente el más conmovedor de los suyos. Quien llevaba la tierra matria en la carne, aunque también mordido por el dulce veneno que da la cubanía, se vuelve una y otra vez a las nubes de la infancia, escapándose a los encinares y dehesas granjeños, los dulces juncos del Guadiana o el Zújar, su escuela de “los cagones”, para aliviar el envite diario del suplicio, el silencio de la noche helada, porque en su memoria el pueblo y la niñez jamás se fueron.

Cada poema, bien en métrica libre o apelando a las antiguas fórmulas (no faltan sonetos, romances, coplas, décimas, labrados con su habitual dominio), es una confesión de pesares crecientes, sustentados por quien ya apenas casi no se reconoce en el espejo. Sólo en ocasiones nos alivia la broma sobre la hermosa cabellera perdida por la quimio; la copla de la niña que sueña con trigales o la evocación de otros que adelantaron el camino (Leopoldo María Panero, Gastón Baquero, Emiliano Redondo “Nanín”).

No quería él que se le recordase, manifestaba en los días últimos, como el poeta de la muerte y el duelo. No ha de serlo para quienes conservamos testimonios miles sobre la jocundidad, la risa fácil, los besos cálidos, los ímpetus del bon vivant y mieux buvant, las permanentes ganas de jolgorio e  incluso el espíritu pagano de Castelo. Será mucho más arduo sustraerse, tras leer La sentencia, de no haber sabido aliviarle mejor de tanto sufrimiento.

José Miguel Santiago Castelo, La sentencia. Madrid, Visor Libros, 2015.

211. Papa Francisco
Manuel Pecellín Lancharro

Nacido en Segura de León, sacerdote y periodista  ya octogenario, ha tenido una intensa vida profesional, que él mismo resume así: "Curiosas y un tanto extrañas razones me hicieron presente en Madrid con nombramiento oficial firmado por el Cardenal Plá y Daniel, primado de España, dedicado ya a las tareas pastorales de Consiliario Nacional de Mujeres de Acción Católica, en tiempos ciertamente heroicos para el Catolicismo y las relaciones de su Jerarquía con el Gobierno. Expulsado del cargo, al igual que toda la cúpula nacional y diocesana de Acción Católica, a instancias del Gobierno y siendo el interlocutor e interventor por parte de la Jerarquía Don Casimiro Morcillo, Arzobispo de Madrid, me dediqué de lleno a las tareas de periodista-informador religioso en los diarios “Arriba”, “Pueblo” y “El Imparcial” a las órdenes de Jaime Capmany y Emilio Romero, colaborando frecuentemente en programas en “Radio Juventud”, “Hora 25” de la Ser, Radio Cadena Española, Radio Intercontinental, Sábado Gráfico y no pocas revistas y periódicos, haciendo uso reiterado del seudónimo “Erasmo". Mi trayectoria profesional como escritor-escribidor está resumida cabalmente en la edición de mis libros cuyos títulos son a día de hoy exactamente 85, con una media cada uno de ellos superior a las 250 páginas, sin necesidad de anotar que me proporcionaron no pocos dolores de cabeza, que hubieron de resolverse a mi favor con el paliativo de otros tantos procesos judiciales bien llevados profesionalmente por expertos tales como Gregorio Peces-Barba y Tomás de la Cuadra Salcedo".
Entre sus obras más representativas (sin olvidar las publicadas con José María Íñigo, dirigidas al  turismo cultural) recordamos títulos como Proceso a los Tribunales Eclesiásticos;  Divorciarse en España: mercado negro y corrupción”; “ “Mujer creciente: ¿pareja menguante?”; “La Iglesia, último bastión del machismo”; Proceso a la Justicia Española o Cartas provocadoras al Papa.
Aradillas aboga abiertamente por una renovación profunda de la Iglesia católica, que le devuelve su  desnudez original, descargándola de tantas adherencias espurias, debidas más a circunstancias históricas (y, por tanto, ya sentido) que a dogmas inamovibles. Con esos mismos parámetros se conduce en esta "autobiografía" de un Papa capaz de confirmarle en sus esperanzas. Por boca de tan sorprendente Pontífice se ilustra al lector sobre sus intenciones de comportarse según el modelo de Francisco de Asís, cuyo nombre habría adoptado intencionadamente. En nombre del "poverello" decide apostar por la pobreza, declararse pecador, renunciar a los símbolos de poder, abrirse a cuantos "florecillas" surjan por doquier (no forzosamente en los ámbitos clericales), admitir los propios errores y comportarse como "una persona normal", poner término al maltrato que la Iglesia infringe a las mujeres acabar con la "papalatría"  y volverse a un Jesús "descanonizado".
El Papa aquí recreado confiesa que le estorban las residencias áulicas, los confesonarios, las ceremonias y ornamentos ostentosos, el lenguaje machista, la jefatura de Estado y las supuestas santas cruzadas, por no decir otras conductas aún menos justificables.
Una redacción tal vez un punto acelerada ha permitido que se deslicen no pocas incorreciones en la prosa habitualmente pulcra y atractiva del autor.

Antonio Aradillas, Autobiografía soñada del Papa Francisco. Madrid, LiberFactory, 2013.

210. Trabalenguas
Manuel Pecellín Lancharro

Natural de Valdecaballeros (1958), doctor en Filología Hispánica, catedrático en el instituto de Herrera del Duque, director de la revista extremeña de folklore “Saber Popular”, cronista de su ciudad y premio “García Matos” a la investigación del folklore extremeño, Rodríguez Pastor cuenta con una importante obra édita, a la que se añade este volumen de 265 páginas. " Los trabalenguas son textos breves que contienen palabras de difícil pronunciación. Se usan como juego y se mantienen por tradición oral. Los recopiladores les han prestado escasa atención. En Extremadura no se había publicado hasta ahora ningún libro sobre el tema, pese a que los trabalenguas también forman parte del saber popular, como los cuentos o los juegos populares.
Por eso, se ha hemos querido por la geografía extremeña los trabalenguas que permanecen en la memoria colectiva de la gente, y hemos encontrado más de dos centenares y medio. Así, con esta publicación nos gustaría, por un lado, poner en valor los trabalenguas, rescatándolos del olvido editorial y, por otro, difundir entre los extremeños su propia tradición", declaran los editores. Rodríguez Pastor, que estima acertadamente los trabalenguas como una forma de literatura de tradición oral, ha recopilado aquí una valiosa colección, sirviéndose de tres fuentes: trabajos de campo en un largo centenar e pueblos;  el programa caminos de tinta y papel para el fomento de la lectura y la bibliografía extremeña. De la que ofrece un rico apéndice. Otra singularidad es que, entre los informantes, se ayudó también de portugueses o latinoamericanos afincados en Extremadura. M.P.L.


Juan Rodríguez Pastor, Trabalenguas extremeños. Badajoz, Diputación de Extremadura, 2015


209. El quijote en Extremadura
Manuel Pecellín Lancharro
Afortunadamente, en ocasiones no se cumplen los refranes pesimistas, por ejemplo aquel de que segundas partes nunca fueron buenas. A veces, lo son tanto, si no mejores que las primeras. Así sucedió con el Quijote, del que Cervantes publicase hace cuatro siglos, poco antes de morir, la continuación  completando entrega iniciada dos lustros antes.

La Biblioteca de Extremadura, dirigida por Joaquín González Manzanares, no quiso quedar al margen de la efemérides y, entre otros actos (exposición bibliográfica, muestra pictórica), dispuso la publicación de una obra donde se estudiasen la vigencia de la literatura cervantina y los pasajes en que el escritor hace referencia a Extremadura, sin desdeñar asuntos relacionados con la novela más famosa del mundo.

Hasta diecisiete estudiosos  colaboran en el presente volumen, ilustrado con las acuarelas de Luis Ledo. Un apéndice final recoge la biobibliografía de cada uno, entre los que figuran profesores, críticos, editores y archiveros, casi todos naturales de Extremadura o aquí residentes.

Tras la presentación (anónima), abre José Luis Álvarez Martínez con el artículo más extenso del libro, significativamente titulado “Escuchar a Cervantes”. Reproduce el texto que este catedrático, fecundo cervantista, publicase ha poco como preliminar del catálogo Visiones extremeñas del Quijote, exposición organizada por la Unión de Bibliófilos Extremeños (mayo 2015).

Exaltación del de Alcalá es también la que hace Federico Ortés Sánchez, entrevistado por Chus García.

Como contrapunto cabe leer las páginas que suscribe Francisco Calero. Catedrático emérito (Latín), autor del polémico libro El verdadero autor de los Quijotes de Cervantes y de Avellaneda (Madrid, BAC, 2015), resume aquí las razones por las que deduce lo fue realmente Luis Vives y en modo alguno “El manco de Lepanto”, ni mucho menos su falaz supuesto continuador. Precisamente de la rivalidad literaria establecida entre Cervantes y Avellaneda  (culpa del segundo) se ocupa más adelante Luis Gómez Canseco, que sirve cátedra en Huelva. A propósito de la figura de Lope Ruiz, cabrerizo extremeño, y de su pastora Torralba, expone como los dos rivales se sirven de los cuentos clásicos “del nunca acabar” para componer sus relatos.

(Ramírez Lozano llega a sostener, con su gracia habitual, que Cervantes es un invento de Don Quijote).

Juan Antonio Garrido Ardila, pacense, joven catedrático en la Universidad de Edimburgo, propone una interpretación romántica del Quijote, la más triste de todas las historias, más triste aún porque nos hace sonreír, según cantase Lord Byron en su poema “Don Juan”. El ensayista lo juzga como una trágica historia de amor, la que vive  un hombre dispuesto a sufrirlo todo por su dama, sin omitir elogios hacia la nobleza de espíritu y melancólico altruismo del hidalgo.

Es difícil encontrar un pensador moderno que no se ocupe alguna vez del Caballero de la Triste Figura. Lo hace Unamuno (a mí me encanta su Vida de Don Quijote y Sancho) y lo haría, cómo no, Ortega, polémico siempre con el rector salmantino. Luis de Llera, jubilado ya de su cátedra en Italia, sopesa el alcance de las Meditaciones del Quijote, obra del joven metafísico madrileño publicada por la Residencia de Estudiantes bajo la dirección de Juan Ramón Jiménez (aún eran amigos el filósofo y el poeta).

Hasta hoy, la única edición del Quijote hecha en Extremadura se debe a los afanes de José María Pagador. El periodista relata las peripecias que hubo de superar por ver atendido su empeño, que él culminó con otro trabajo de carácter propedéutico, un índice temático para orientarse en las posibles lecturas .

Miguel Ángel Tejeiro, profesor de la UEX, relaciona los lugares de Extremadura que aparecen en obras de Cervantes, como el Quijote,  La gitanilla, El trato de Argel,  El casamiento engañoso, El celoso extremeño y  sobre todo el Persiles, con sus referencias a Badajoz, Cáceres, Plasencia y Trujillo, amén de las muy conocidas descripciones de Guadalupe.

Por último, señalaré los apuntes de Michel Herbert,  Antonio Franco, Antonio Gómez, Manuel Simón Viola y Luis Ledo en torno a la ingente iconografía relacionada con el Quijote, ese tesoro de la lengua castellana, según lo definen Agustín Vivas y Aitana Martos en un artículo conjunto. Acervo a cuya degustación los jóvenes pueden ser acercados a través de la música contemporánea,  rock incluido, según la experiencia pedagógica graciosamente descrita por Enrique García Fuentes.

AA.VV., El Quijote en Extremadura. Badajoz, BIEX, 2015.

208. La batalla del siglo XI
Manuel Pecellín Lancharro

A finales de octubre de 1086, dos poderosos ejércitos se buscaron para trabar combate junto a las muros de Badajoz. La orilla derecha del Guadiana, por donde el Gévora le rinde generosos caudales (aún no se había edificado el puente de Palmas), fue testigo de la lucha. Hasta las proximidades de la ciudad (según otras veces ocurriría en la historia) llegaron dos ejércitos, cuyos líderes se proponían  el sometimiento, si no la destrucción, del enemigo.
Desde el Sur venían los musulmanes, liderados por Yusuf, el añoso caudillo almorávide, con sus tropas noveles en la Península y las de las débiles taifas que impetrasen el auxilio del guerrero norteafricano. Las del sevillano  Al-Mutamid, el granadino  Abd Allah   y los aftásidas badajoceños, mal avenidas entre sí y poco apreciadas por aquél, jugarán allí un rol menor.
Desde el Norte acuden las  huestes castellanoleonesas al mando de Alfonso VI, rey acostumbrado a vencer, con el recién conquistado Toledo y Coria como puntas de lanza contra el Islán. Su poderosos y temibles caballeros lorigados están seguros de vencer a los ligeros jinetes de la yihad. Pagarán por arrogantes.
Conocida como “Zalaca”, la que seguramente fue la batalla más importante  del siglo XI  de las sostenidas entre cristianos y musulmanes en  vieja piel de toro, resulta que siguen ignorándose multitud de circunstancias sobre tan importante acontecimiento, clave sin duda para el futuro del proceso más conocido como “Reconquista”. Ni siquiera se sabe el lugar exacto donde ocurrió, ni el origen del topónimo, carente de referencias históricas fiables o de posibles testimonios arqueológicos (restos de armas, cadáveres, etc.).
Desvelar en lo posible la génesis, desarrollo y consecuencias de aquel combate es el objetivo de este libro, más ensayo que estudio histórico, prologado por Francisco Dacoba Cerviño, general de brigada. Sus autores son dos militares, estudiosos del “arte de la guerra”, que buscan desentrañar los secretos de Zalaca a la luz de dos focos: las fuentes documentales (escasas, poco fiables, a menudo contradictorias) y sus propias deducciones, con  pura lógica,  a partir de las similitudes con otros hechos bélicos trascendentes, desde la antigüedad a épocas contemporáneas (Gaugamelas, Cannas, Hasting, Uclés, Las Navas de Tolosa, Agincourt, Waterloo, Balaklava o el Sinaí).
González Lanzarote (San Vicente de Alcántara, 1960) es teniente coronel de Infantería y está especializado en el estudio de tácticas militares. También es  el tema de preferente dedicación para González Madurga (Zaragoza, 1988), oficial de Artillería e ingeniero industrial.  Aplican sus muchos conocimientos profesionales a los datos obtenidos de las fuentes medievales, sobre todo las proporcionadas por las obras Abd-Allah,  R. Dozy, Huici Miranda, Ibn´Idari, Meneses Jiménez, Pacheco Paniagua y Terrón Albarrán, recogidas en el apéndice bibliográfico. A partir de ellos, ofrecen sus conclusiones sobre lo que debió  de ocurrir aquel sangriento día otoñal, sus antecedentes y consecuencias, cuantificando en lo posible  el número de combatientes y fallecidos, armas utilizadas, bagajes, itinerarios de ida y vuelta, etc. Cálculos sólidos los suyos, que ellos proponen con rigor no exento de humildad, en ocasiones entre excursos tal vez prescindibles y reiteraciones onerosas.
Zalaca constituye un mito de la historiografía árabe, mientras la cristiana optó por el silencio casi absoluto, testimonio infalible de quiénes se atribuyen la victoria. Realmente, la batalla en sí no fue tan sangrienta (Alfonso VI pudo huir y Yusuf renunció a perseguirlo), pero tuvo dos secuelas de gran peso para la historia de España: Supuso un secular parón a la reconquista (alentada por los aires de la I Cruzada; los anteriores éxitos y las parias impuestas), así como el fin de las taifas: los almorávides, mucho más puritanos y aguerridos, que volverían a pasar el Estrecho, terminarán con aquel mosaico de gobernantes “corruptos” para consolidar un imperio, a la postre también derruido pese a la llegada de otros refuerzos (almohades, benimerines, etc.).


José María González Lanzarote y Diego González Madurga, Zalaca. La batalla del siglo XI. Mérida, ERE, 2915

207. Cuando duerme Guardamar
Manuel Pecellín Lancharro

Contra los prejuicios y complejos más arraigados en los ambientes sociales, de campo y de ciudad, suele esgrimir su pluma el autor de la obra. Lo hizo en otras anteriores, como La noche murió Paca la tuerta, El señorito Antonio o Veinte historias amables más un garbanzo negro (narrativa) y Ritos de la memoria, Eco de niño para voz de hombre o Sirenas de pecho herido (poesía), por recordar sólo algunos de sus títulos. Si se denuncian también otras injusticias (explotación laboral, xenofobia, etnocentrismo, vacuidad política, recortes económicos), Cuando duerme Guardamar se escribe fundamentalmente contra el maltrato que sufren (aún, pese a lo mucho avanzado) las personas homosexuales, consideradas enfermas o minusválidas – si no cosas peores -, aberración no pocas veces presente en la conciencia de las propias víctimas.

Se trata de un conjunto de treinta y seis narraciones cortas, a las que Antonio Álvarez Gil ha puesto un lúcido prólogo, fechado en Guardamar del Segura, población visitada con asiduidad por Juan calderón (Alburquerque, 1952). Aunque temáticamente unidas, se dividen en cuatro secciones con distinta estructura formal. “Playas de mar abierto” reúne ocho relatos, algunos bastante extensos, casi todos con un guiño último, para sorpresa de los lectores; me gustaría destacar el que titula “La pintada”, una alegato contra el antisemitismo todavía vigente entre los españoles, con presumible fundamento en experiencias vividas por el autor (como lo son otras piezas de este puzle literario). Son sólo tres las teselas allegadas en “Callejones de erotismo”, cuyo explícito alcance se desenvuelve con absoluto desenfado en la inicial, “Doris, Juan Manuel y el toro”. El siguiente capítulo, “Rincones oscuros de amor” (homenaje a Lorca), ofrece, según destaca atinadamente el prologuista, hasta once historias “cuyos protagonistas tienen en común el hecho de sufrir o haber sufrido la incomprensión, y hasta el desdén, de buena parte de las personas de su entorno social e incluso familiar”. Entre estas últimas, los hombres “muy machos” suelen ser los verdugos de los homosexuales (hasta de su propios hijos), amparados tal vez por quien menos cabría imaginar, por ejemplo, una abuela sabia y compasiva. Concluye la sección con “El señorito Antonio”, cacique que los lectores de Juan Calderón ya conocíamos, un monstruo destruido al fin por la víctima de sus incontables vejaciones. En “Ruta con baches” es donde, para mí, el escritor alcanza los mayores niveles; entre sus catorce piezas, concisas, desnudas, sugerentes, repletas de humor irónico, las hay magistrales, como “Escritora sin musa” (el hombre resulta un estorbo para el desarrollo de la mujer), “El discurso del candidato” (crítica del lenguaje vacío), “Quirófano” (crónica de una tremenda venganza), “La uña rota” (broma burlesca, y pícara) ; “Veinte cartas” (pleno de ternura y piedad) o “Complejos provincianos” (ingeniosa diatriba contra la estupidez de un alcalde prepotente).

Criado en su pueblo natal y residente en Madrid hasta jubilarse como bancario, Juan Calderón ha hecho incursiones por terrenos múltiples: pintura, cine, música, galerías de arte, teatro, promoción cultural, ediciones, etc., sin que su ímpetu creativo, con más o menos fortuna, parezca tener límites.Desenfadado, imaginativo, iconoclasta, rebelde y a la vez tolerante, con numerosas heridas que él mismo se encarga de no cerrar en falso, es sobre todo un excelente narrador, según demuestra de nuevo con este libro.

Juan Calderón Matador, Cuando duerme Guardamar. Vigo, Ediciones Cardeñoso, 2015.Contra los prejuicios y complejos más arraigados en los ambientes sociales, de campo y de ciudad, suele esgrimir su pluma el autor de la obra. Lo hizo en otras anteriores, como La noche murió Paca la tuerta, El señorito Antonio o Veinte historias amables más un garbanzo negro (narrativa) y Ritos de la memoria, Eco de niño para voz de hombre o Sirenas de pecho herido (poesía), por recordar sólo algunos de sus títulos. Si se denuncian también otras injusticias (explotación laboral, xenofobia, etnocentrismo, vacuidad política, recortes económicos), Cuando duerme Guardamar se escribe fundamentalmente contra el maltrato que sufren (aún, pese a lo mucho avanzado) las personas homosexuales, consideradas enfermas o minusválidas – si no cosas peores -, aberración no pocas veces presente en la conciencia de las propias víctimas.

Se trata de un conjunto de treinta y seis narraciones cortas, a las que Antonio Álvarez Gil ha puesto un lúcido prólogo, fechado en Guardamar del Segura, población visitada con asiduidad por Juan calderón (Alburquerque, 1952). Aunque temáticamente unidas, se dividen en cuatro secciones con distinta estructura formal. “Playas de mar abierto” reúne ocho relatos, algunos bastante extensos, casi todos con un guiño último, para sorpresa de los lectores; me gustaría destacar el que titula “La pintada”, una alegato contra el antisemitismo todavía vigente entre los españoles, con presumible fundamento en experiencias vividas por el autor (como lo son otras piezas de este puzle literario). Son sólo tres las teselas allegadas en “Callejones de erotismo”, cuyo explícito alcance se desenvuelve con absoluto desenfado en la inicial, “Doris, Juan Manuel y el toro”. El siguiente capítulo, “Rincones oscuros de amor” (homenaje a Lorca), ofrece, según destaca atinadamente el prologuista, hasta once historias “cuyos protagonistas tienen en común el hecho de sufrir o haber sufrido la incomprensión, y hasta el desdén, de buena parte de las personas de su entorno social e incluso familiar”. Entre estas últimas, los hombres “muy machos” suelen ser los verdugos de los homosexuales (hasta de su propios hijos), amparados tal vez por quien menos cabría imaginar, por ejemplo, una abuela sabia y compasiva. Concluye la sección con “El señorito Antonio”, cacique que los lectores de Juan Calderón ya conocíamos, un monstruo destruido al fin por la víctima de sus incontables vejaciones. En “Ruta con baches” es donde, para mí, el escritor alcanza los mayores niveles; entre sus catorce piezas, concisas, desnudas, sugerentes, repletas de humor irónico, las hay magistrales, como “Escritora sin musa” (el hombre resulta un estorbo para el desarrollo de la mujer), “El discurso del candidato” (crítica del lenguaje vacío), “Quirófano” (crónica de una tremenda venganza), “La uña rota” (broma burlesca, y pícara) ; “Veinte cartas” (pleno de ternura y piedad) o “Complejos provincianos” (ingeniosa diatriba contra la estupidez de un alcalde prepotente).

Criado en su pueblo natal y residente en Madrid hasta jubilarse como bancario, Juan Calderón ha hecho incursiones por terrenos múltiples: pintura, cine, música, galerías de arte, teatro, promoción cultural, ediciones, etc., sin que su ímpetu creativo, con más o menos fortuna, parezca tener límites.Desenfadado, imaginativo, iconoclasta, rebelde y a la vez tolerante, con numerosas heridas que él mismo se encarga de no cerrar en falso, es sobre todo un excelente narrador, según demuestra de nuevo con este libro.


Juan Calderón Matador, Cuando duerme Guardamar. Vigo, Ediciones Cardeñoso, 2015.

206. El Seminario Conciliar de San Atón
Manuel Pecellín Lancharro

El Seminario de Badajoz se funda siguiendo las instrucciones de Trento (de ahí lo de “conciliar”) el año 1664, no sin alguna demora a causa de las dificultades sobrevenidas por la guerra contra Portugal y la escasa disposición del cabildo catedralicio. A partir de entonces se convertirá en un valioso referente de la cultura extremeña. Lo expresaba muy bien el Decreto 155/2013, por el que se le concedía la Medalla de la Comunidad: “…Es un centro formativo medio-superior que lleva impartiendo de forma ininterrumpida durante 350 años sus actividades docentes…Lo colegiales salidos de sus aulas, gracias a la sólida formación mora, intelectual y doctrinal proporcionada por el centro, contribuyeron a elevar el nivel cultural del pueblo extremeño a lo largo de los siglos”.

Existían dos obras fundamentales que lo demostraban, la pionera de Rubio Merino, El Seminario Conciliar de San Atón de Badajoz, 1664-1964 (Madrid, Maribel, 1964), y la de Mateo Blanco, El primer centro universitario de Extremadura. Badajoz 1793: Historia pedagógica del Seminario de San Atón (Cáceres, UEX, 1998). Complemento de las mismas es este volumen con 442 páginas (más un CD),  que prologa Guadalupe Pérez y cuyo autor tuvo la ventaja de manejar, aparte la bibliografía oportuna, el archivo de la Casa, una fuente tan abundante como poco atendida hasta hoy por los historiadores.

Francisco González Lozano (Don Benito, 1975), doctorado en Pedagogía con este estudio, es actualmente el rector de San Atón, donde también ejerce la docencia. No extrañará, pues, que su escritura rebose entusiasmo, sin detrimento de la rigurosidad exigible a este tipo de obras. El periodo que abarca la suya queda acotado por dos acontecimientos trascendentales para el devenir del Centro: El concordato entre el Gobierno de Isabel II (1851) con la Santa Sede y la convocatoria del Concilio Vaticano II (1962). Si aquel dejaba a los obispos de cada diócesis la regulación y el mantenimiento de sus propios seminarios, el segundo supondría un cambio  sensible de las directrices eclesiásticas. Por supuesto, durante esa larga centuria la historia de España conocerá extraordinarias transformaciones sociopolíticas y culturales, que habrían de repercutir por fuerzas en las instituciones pedagógicas,  religiosas incluidas. Las tiene en cuenta el autor, esforzándose por establecer e interpretar adecuadamente el contexto cambiante en que discurre la vida del Seminario.

Su tesis sobre la trayectoria del mismo es clara: “Ha jugado un papel crucial para el desarrollo de la cultura extremeña. Su influencia educativa, humanística y religiosa ha dejado una huella indeleble en la sociedad a la que sirvió como institución eclesial” (pág. 23). La demuestran argumentos incontestables relacionados con el número de alumnos, calidad de los profesores, régimen de vida, programaciones de estudios, materiales pedagógicos,  biblioteca, gabinetes de Ciencias Naturales  y Numismática, etc. del Seminario.

Recuérdese que allí estudiarían en ese siglo hasta 4.000 alumnos, casi todos procedentes de las clases más humildes. (Un solo dato: el 8.75% de los varones de la provincia de Badajoz en 1860 se formarían en dicho Centro). Entre sus catedráticos figurarán personalidades como Tomás Romero de Castilla, padre del krausismo extremeño o Ildefonso Serrano, el sabio de Segura, entre tantos hombres eminentes de los que aquí se da la biobibliografía (nómina no agotada, pues con gusto añadiríamos nombres como los de Carlos Nieto, el máximo conocedor de la Lengua Griega que he podido encontrar nunca).

Y no faltan las sorpresas. Si es lógico que las enseñanzas impartidas se adecuasen a los ideales del escolasticismo, entre los textos utilizados, de todos los cuales se hace relación, resulta que los seminaristas tuvieron para la asignatura de “Historia profana” el Compendio de la Historia universal compuesto por Fernando de Castro, figura clave del krausismo español. Y  en la de “Geografía” se impuso un manual de Verdejo Páez, que había escrito la obra La Inquisición por dentro, un drama de marcado carácter anticlerical. Cosas que pueden darse en mi tierra, según diría el bueno de Guareschi en su inefable Don Camilo.


Francisco González Lozano, Historia pedagógica del Seminario Conciliar de San Atón 1851-1962. Badajoz, Fundación Caja Badajoz, 2015.


205. Diccionario placentero
Manuel Pecellín Lancharro
Prosigue Periférica su inteligente política empresarial, que la ha situado entre las “pequeñas” editoriales españolas de mayor éxito. Otras firmas extremeñas del ramo parecen ir consolidándose día a día, como las Ediciones Liliputienses, De la luna libros, @becedario, Javier Martín Santos, Norbanova, El verano del cohete, Editamás, Letras cascabeleras, Aristas Martínez, Tecnigraf. EfeZeta, La rosa blanca, Filarias y un considerable conjunto, sin olvidar la ya casi clásica Beturia, ahora con nueva dirección. (Hace unos días, el MEC acaba de conceder el tercer premio como mejor libro editado durante  2014, sección bibliofilia,  al Atlas Medici de Lorenzo Possi. Piante d´Estremadura e di Catlagona, impreso por EfeZeta para 4Gatos bajo el cuido de Carlos/Rocío Sánchez Rubio e Isabel Testón Núñez, con apoyo de la Fundación Caja Badajoz).

La dirigida en Cáceres por Julián Rodríguez y Paca Flores pone en la calle un libro del profesor Scaraffia (Turín, 1950), fecundo ensayista del que hasta hoy solo estaba publicada en castellano una obra, el Diccionario del dandi  . También a modo de diccionario compuso I piaceri dei grandi, que el traductor (Francisco de Julio Carrobles)  ha preferido verter como “Los grandes placeres”. Orienta mejor el título italiano, pues lo que el ensayista se propone es  repasar aquellas cosas con cuyo disfrute han gozado los grandes, entendiendo por éstos, sobre todo, a los escritores contemporáneos, si bien hay alusiones a hombres y mujeres del cine, las artes e incluso la política.

Como profesor de Literatura Francesa en La Sapienza de Roma, Scaraffia se refiere fundamentalmente a poetas y novelistas galos, pero no faltan apuntes sobre sus compatriotas y otros de lengua inglesa, como los círculos de amistades de Virginia Woolf y Ernest Hemigway. (De lengua castellana, localizo a Jorge Luis Borges –un poema del argentino, “Los justos”, constituye la entradilla de la obra – y, aunque muy de paso, a Calderón, Gómez de la Serna y Vázquez Montalbán, más los pintores Picasso y Dalí).

Ordenadas alfabéticamente, aunque la lexicalización oportuna se ha alterado al traducirlos, se ofrecen  en otros tantos capítulos hasta 58 entradas. Constituyen el enorme abanico de elementos, comunes a todos los mortales, unos (comidas, bebidas, drogas, sexos, vestidos, perfumes); de especial interés otros, con el que los “grandes” han buscado divertirse (gatos, bicicletas, coches,  chocolate, espejos, trampantojos, flores, postales, fotografías, viejos papeles, maletas o un simple osito de peluche).

Realmente, el libro es un ensayo sobre la condición humana, si bien el autor se fija en personalidades que tantas veces se distinguen por sus rarezas, manías y complejos de todo tipo. Figuras recurrentes en estas páginas son Rousseau, Voltaire, Dumas,  Balzac, Zola, Baudelaire, Rimbaud, Anatole France, Proust, Gide y Camus, entre toda una legión de plumíferos. Impresiona el cúmulo de conocimientos que Scaraffia maneja, tanto en torno a la literatura occidental como sobre la biografía de su factores, principales y secundarios.

Doctorado en Filosofía con una tesis dedicada a la idea de felicidad en Diderot, el ensayista parece seguir el ejemplo de los “philosophes” franceses del XVIII, ilustrados y tolerantes,  ajenos al lenguaje  críptico de la “Academia”, más interesados por analizar críticamente y a cierta distancia la conducta de sus conciudadanos, que por las grandes cuestiones ontológicas o epistemológicas. Lo hace en ágil estilo, plagado de metáforas, con abundantes citas textuales , gusto por las paradojas, el ingenio y un humor nunca hiriente, que la prosa castellana no impide degustar. Algún pequeño se desliza (como  ciertos laísmos o  e ese molesto “envistió” de la pág. 168), fácilmente subsanables si se reeditara.

Giuseppe Scaraffia, Los grandes placeres. Cáceres, Periférica, 2015.

204. Odre de viento
Manuel Pecellín Lancharro
Aunque vino al mundo (1977) en Valencia, la autora tiene como patria chica un pueblecito extremeño, Retamal de Llerena. Allí residen sus familiares, con los que vivió infancia y adolescencia. Ya advertíamos a propósito de su primer poemario, Acuarela elemental (2010), hasta qué punto tiene Alicia Merino troquelada su sensibilidad por aquel  áspero y entrañable territorio. El Mediterráneo (y con él los mares), junto al cual puso morada, es su segunda fuente de inspiración. Una y otra entrevistas por el tamiz de la cultura clásica como doctora en  Latín y Griego,  idiomas que enseña en un Instituto de Alicante.

No extrañará que  Odre del viento se halle impregnado de alusiones  fundamentalmente homéricas, si bien no faltan guiños a otros muchos creadores de la Antigüedad. Ya el título avisa, tomado como está del libro X de Odisea, a la que pertenece el párrafo de la entradilla. Vale la pena reproducirlo, aunque lo haré por una  versión distinta a la aquí utilizada: “Me entregó un pellejo de buey de nueve años que él había desollado, y en él ató las sendas de mugidores vientos, pues el Crónida le había hecho despensero de vientos, para que amainara o impulsara al que quisiera. Sujetó el odre a la curvada nave con un brillante hilo de plata para que no escaparan ni un poco siquiera, y me envió a Céfiro para que soplara y condujera a las naves y a nosotros con ellas. Pero no iba a cumplirlo, pues nos vimos perdidos por nuestra estupidez”.

El deseo de volver junto a Penélope impulsa a Ulises a embarcarse nuevamente rumbo a Ítaca. Largo camino le queda aún, acechado por cíclopes, lestrigones o dioses  irritables, residentes tal vez  sólo en su propio espíritu (Kavafis).

También la escritora sabe de caminos múltiples, con aventuras y experiencias inolvidables, por bahías y emporios donde abundan perfumes delicados, voluptuosos aromas, y crecen el coral, la madreperlas, los tritones, las anémonas, las caracolas,  acaso al refugio de algún pecio o de la ladina almadraba. Ocasionalmente, los paisajes acuáticos la conducen también al mar verde de la cebada, las islas interiores con sus azules lígrimos o “la tierra adentro, en la extremeña casa” (pág. 37), los Argallanes vigilando las alturas. Dejará entonces el largo diálogo con Parténope, la sirenita fundadora de Nápoles a la que también Garcilaso concitó en su soneto XVI, para recuperar las argénteas raíces,  “su sobria belleza hidalga/su desnuda piedra amarga/ su cordel de nube blanca que acuna/a totémicos quercus de siglos de trashumancia” (pág. 68). Ataecina y Endovélico, nuestros dioses prerromanos, podrían entenderse bien con los del Olimpo, especialmente si utilizan el común código que recoge cardumen, escálamos, sínfisis, jibión, epilios o lames, por repetir algunos términos aquí utilizados.

No sé si aprobarían unánimes la métrica elegida.  Los poemas, casi todos de notable extensión, abren con versos blancos y libres, cuya musicalidad se funda en un hipérbaton de resonancias clásicas, para asumir pronto y mantener hasta el final las asonancias, incluso internas, que a veces llegan a las estrofas  monorrítmicas.  Arriesgado modelo estilístico, seguramente para fortalecer la aproximación con las liras y silvas del Renacimiento, tan caras a los estudiosos de la literatura clásica.  De cualquier modo, resulta obra importante, a la que Juan Francisco Mesa Sanz pone amplio prólogo e ilustra bellamente Mari Paz Pellín,  y no le faltan recursos experimentales (juegos gráficos, ausencia de signos de puntuación para que los lectores recreen el discurso poético según el personal oído, alternancia prosa-verso). Alicia Merino concibe el poema, según los casos,  como fruto maduro, mesa quirúrgica, estancia o pintura. Los lectores encontrarán la razón.


Alicia Merino, Odre de viento. Ediciones Torremozas, 2015.

204. Inés de Suárez
Manuel Pecellín Lancharro
Borja González (Badajoz, 1982) es otra de las jóvenes firmas llamadas a renovar el panorama literario extremeño. Ilustrador autodidacta, comenzó muy pronto a publicar en forma de fanzine (El Hombre Alto, Roland, Las aventuras de John Gummo, Teresa). Los años 2012-13 colaboró en varios cómics colectivos, como Apocalipsis según San Juan (EDT) y Putokrío (De Ponent). Coeditado por ERE y Dadá Ediciones, apareció (2012) su cómic La boca del lobo, una ficción sobre el pintor pacense Antonio Juez y Carolina Coronado. Poco después (2013), adapta el poema de Goethe El Rey de los Elfos para El Verano del Cohete, editorial que él dirige junto a Mayte Alvarado y Rui Díaz.

La personalidad de Inés Suárez (Plasencia 507 - Santiago, Chile, 1580), émula de los máximos personajes de la Conquista americana, atrae inevitablemente el interés de historiadores, cineastas, músicos y literatos. (Recordemos las novelas Doña Inés del alma mía, de Isabel Allende, o Ay mamá Inés, de Jorge Guzmán). Lo cierto es que de tan recia mujer, vinculada para siempre a la memoria de Pedro de Valdivia, es más cuanto se ignora de lo que se sabe. Al parecer, siendo una sencilla costurera, el año 1537 salió hacia las Indias en busca de su marido Juan de Málaga. Se une a las huestes españolas y, pronto viuda, contribuye con su enorme valor a consolidar el dominio hispano.

Combinando realidad contrastada y ficción verosímil, Borja elige los momentos sobresalientes de tan extraodinaria biografía para componer este comic, nº 5 de la colección "Extremeños en Iberoamérica-Historieta", de la editorial. Sus ágiles dibujos ilustran los momentos claves de la placentina por las rutas incaicas. El punto álgido lo alcanza cuando, en ausencia de Valdivia, ordena decapitar a los caciques presos, lo que produce la fugua de las tropas indígenas que sitiaban la recién fundada Santiago. Los apuntes finales dicen que la unión (duraba ya dos lustros) entre Pedro e Inés termina en 1548, por imposición del Virrey Pedro de la Gasca. La extremeña hubo de casarse con Rodrigo de Quiroga, permanciendo en Chile hasta el fallecimiento. Valdivia, su antiguo amante, murió en la guerra de Arauco. M.P.L.
González, Borja, Inés Suárez. Badajoz, CEXECI, 2015

203. Una mujer en el frente
Manuel Pecellín Lancharro
Las tropas alemanas que ocuparon Rumanía y Hungría (los dos países a los que Alaine Polcz siente pertenecer) se condujeron allí con la clásica brutalidad de todos los ejércitos invasores, aliados incluidos. Sus víctimas predilectas serán los patriotas rebeldes y la población judía, así como los dispuestos a jugarse la vida en ayuda a los hebreos, entre los que se contarán numerosos familiares y amigos de la autora citada. Peor aún fue cuando llegaron los rusos. Supuestos liberadores frente a la barbarie nazi, la soldadesca de Stalin verterá una cadena de horrores sobre los territorios antes invadidos por la Wehrmacht. La hoz y el martillo  no suponen ningún alivio de la esvástica. Lo sufrirán sobre todo las mujeres, de las que más de 200.000 serán salvajemente violadas por los soviéticos, con secuelas físicas y psicológicas terribles.

Lo fue Alaine Polcz, que a apenas contaba veinte años y tenía un espíritu tan sensible, como cultivado. En 1991, cuando los rusos comienzan a abandonar Hungría, se decidió a romper un silencio de casi medio siglo, publicando Una mujer en el frente. Constituye la desnuda memoria de lo que fue aquel periodo de la Segunda Guerra Mundial. Pocos textos pueden resultar tan conmovedores. “Este libro, confesaría la escritora, nació de una grabación. Una amiga tuvo una crisis matrimonial, y decidí contarle mi historia para consolarla. La grabé en una cinta, y se la entregué. Después de escucharlo todo me dijo: Sabes que tienes que publicarlo. Y así fue.” Para entonces, era una psiquiatra prestigiosa, casada en segundas nupcias con Miklós Mészöly, un escritor famoso.

Nacida (1922) en Kolozsvár, ciudad transilvana (hoy Rumanía, Cluj Napoca), de familia protestante y bien acomodada, se unió en matrimonio con solo diecinueve años a un hombre duro,  egoísta, al que  amó profundamente, pero nunca supo entenderla durante los siete años de convivencia. También estás páginas informan de sus nada fáciles relaciones, más problemáticas aún por las trágicas circunstancias bélicas. “Separados a la fuerza, Alaine pasa meses en el frente, ora presa de los alemanes, ora víctima de los rusos. Su marido la da por muerta, pero ella no se rinde, sobrevive a la violencia, las enfermedades y la indiferencia de sus queridos. Estas ganas de vivir, esta sinceridad que no conoce compromisos dan la fuerza conmovedora a sus memorias. Una mujer en el frente es el testimonio más valiente de la literatura húngara, y lo es doblemente porque nunca ha pretendido serlo”, resume una admiradora que la trató en Budapest, ya herida  del cáncer fatal (+ 2007).

Versionada por Eva Cserháti y Carmina Fenollosa Escuder, luce esta entradilla : “La guerra no es fácil. El matrimonio tampoco. Voy a intentar contarte cómo fue todo, porque tengo que contarlo al menos una vez”.  Según tantos novelistas sometidos a traumas  terribles, Polz lo hizo con la resolución, delicadeza y humanidad, que hacen del libro una obra inolvidable. Tuvo el horror impreso en el alma. Ni el hambre, la gonorrea, la peritonitis, los piojos, las heridas, un fusilamiento fingido e innumerables violaciones lograrían destruir su inmensa bondad. Constituye un testimonio impagable de cómo la especie humana, pese a tantas atrocidades, merece un punto de salvación. Siquiera sea merced a gente como Polcz y su admirable suegra, en tantas ocasiones aquí evocada con sumo cariño.

Alaine Polcz, Una mujer en el frente. Cáceres, Periférica, 2015.

202. Valientes Idiotas
Manuel Pecellín Lancharro
Según augurábamos al reseñar Tres hombres para tres ciudades, la obra primera del autor,  publicada en la misma editorial, éste nos proporcionaría pronto la segunda. Así ha sido, aunque con tiempo suficiente para adquirir un indudable mayor dominio de las labores literarias, lo que redunda perceptiblemente en beneficio de la nueva novela, escrita según los  mismos parámetros. El personaje principal sigue siendo Helio, profesor de literatura (ahora casi cuarentón) y analista psicosocial, según gusta presentarse, enamorado de la noche, el alcohol, la música y dos mujeres, María y Alicia, ambas de libres costumbres. Secundariamente, se aludirá también a otros ya conocidos, como el hindú Punnat Gullatti o el ingenioso Nicolás de Vinarés, superado en Valientes idiotas por Matusalén Santander, otro “puto loco” senior, iconoclasta con hondas heridas (muerte de un hijo pequeño), maestro del novelista en gramática parda, filosofía de la calle y degustación de alcoholes.

Esta crónica de la tragicomedia humana se desarrolla en Madrid, aunque el protagonista –trasunto en aspectos múltiples del autor- también se conduce algún tiempo con la misma facilidad por Londres, antes de volver definitivamente a las riberas del Manzanares, donde concluye el relato de forma parecida a los inicios. Helio es un espectador, tan irónico como participativo, de cuanto ocurre por los barrios madrileños (Malasaña, Chueca, Fuencarral, Salamanca), donde las fórmulas de la “movida” se renuevan constantemente. Demuestra conocerlas bien Javier Divisa, seudónimo de Javier Guerrero Rodríguez, nacido en Extremadura, buen conocedor de distintos países (Francia Inglaterra, India), con estudios de letras, quien ha trabajado en oficios múltiples, desde enseñante a camarero, y por ahora se dedica a la “business moda”. Ejerce como columnista de opinión en el periódico El Cotidiano; colabora habitualmente en varias revistas de Suramérica; ha escrito reseñas paraTarántula Cultura y mantiene un blog (janpath-broadway.blogspot.com.es).

De todo ese rico bagaje se nutre Valientes idiotas, cuyo título avisa ya sobre el carácter provocador del novelistas, molesto con tantos personajes como abundan en la España cañí, tal ese “cabrón que llega borracho a casa y le zurra a su mujer, un idiota que tira bengalas en el partido de fútbol o un cateto con dinero que esnifa cocaína y tiene una horrenda mesa con patas de elefante y un cuadro de Miró en el baño” (pág. 163). Helio, que tampoco olvida sus vivencias provincianas de los años infantiles, irá relatando en primera persona las vicisitudes experimentadas por las calles de Madrid (también de Londres, aunque esto más parece digresión), donde localiza mendigos, ladrones, camellos, actrices ajadas, chaperos, transformistas, engañabobos y toda una turba digna de nuestra mejor picaresca pasada por el crisol contemporáneo.  La capital “es una amalgama increíble (donde) un viejo afectado del siglo XVIII, una ecuatoriana metida dentro de Betty Boop, una vidente y un gitano rumano conviven en veinte metros. Luego, claro, el abismo de la especie humana” (pág. 39). Toda una tragicomedia que los programas televisivos ignoran de modo sistemático, mientras atontan al público con banalidades sin cuento, por lo que también reciben aquí irónicas críticas. Aún quedan, no obstante,  mujeres y hombres valientes, que buscan sobrevivir en la marea donde la crisis, la corrupción e ineptitud de los políticos, las propias contradicciones están a punto de rompernos.

A la actualidad del relato contribuye sustancialmente el discurso narrativo. El autor maneja con extraordinaria soltura esa jerga juvenil compuesta por  términos de la moda más “in”, el mundo del cine (porno incluido), canciones de culto, bares de alterne, tabernas confusas, encuentros ocasionales e Internet. En ese entorno globalizado predominan, claro está, los galicismos, mucho de los cuales se escriben graciosamente deformados, según la fonética popular (tipo “alouin” por “halloween”). Es el aire fresco que aporta una novela de enorme interés.


Divisa, Javier, Valientes idiotas. Madrid, Ediciones Amargord, 2015.

201. Arias Montano
Manuel Pecellín Lancharro

Los estudiosos de Arias Montano siempre pronunciarán con respeto el nombre de Aubrey Bell (1881-1950). Apasionado por España y Portugal, al gran hispanista inglés se le deben estudios definitivos sobre figuras, obras y escuelas literarias de ambos países, (especialmente del segundo, donde eligió residir por largo tiempo).  Su bibliografía al respecto es en verdad  impresionante. Escritores como Gil Vicente, Fernâo Lopes, Ferreira de Vasconcellos, Camôes, Eça de Queiroz o Damiâo de Góis fueron objeto de sus atenciones, junto con fray Luis de León, El Brocense, Baltasar Gracián o el escriturista de Fregenal.

Próxima ya la conmemoración del IV Centenario del nacimiento de Arias (c. 1525), en  la serie monográfica que auspicia la Hispanic  Society of America, saca la pequeña  biografía de Benito Arias Montano (Oxford University Press, 1922), que supuso el relanzamiento del genial renacentista español. La obra (apenas cien páginas en octavo) se nutre en dos fuentes: el trabajo de Tomás González de Carvajal, “Elogio histórico del Doctor Benito Arias Montano” (Memorias de la Real Academia de la Historia 7, 1832, pp. 1-199) y la “Correspondencia del Doctor Benito Arias Montano con Felipe II, el secretario Zayas y otros sujetos (sic), desde 1568 hasta 1580”, publicada en la Colección de documentos inéditos para la historia de España (vol. 41, 1862, pp. 127-418). Bell conocía también el estudio de R. Beer sobre las aportaciones de Montano a la Biblioteca de El Escorial, pero lamenta no haber podido hacerse con la obra pionera de  Carlos Doetsch, Benito Arias Montano; extractos de su vida (Madrid. Blass y Cía, 1920).

No obstante, logró una muy valiosa síntesis, de carácter divulgativo, pero rigurosa, que lógicamente ha sido superada por la multitud de investigaciones aparecidas después. Los esfuerzos de  Ben Rekers, Gaspar Morocho, Antonio Holgado, Melquíades Andrés, José Sánchez Lora, Juan Gil, José María Mestre, Violeta Pérez Custodio,  Natalio Fernández Marcos, Emilia  Fernández Tejero, Sylvaine Hänsel, Fernando Navarro Antolín,  Baldomero Macías Rosendo, Valentín Núñez , Sergio Fernández López, José Luis Gómez Canseco, Andrés Oyola y tantos otros montanistas ilustres  han hecho que, si bien aún queda terreno por desbrozar, la figura y obras del autor de la Políglota de Amberes nos resulten hoy mucho mejor conocidas.

Con todo, no parece inútil la reedición de Bell, ahora traducido al castellano por Eloy Navarro Domínguez, que adjunta un extenso preliminar sobre la biobibliografía del hispanista. Por otra parte, ha corregido erratas y transcripciones defectuosas de la edición inglesa. Los siete capítulos de la obra resumen bien lo que, cuando fue escrita, podía saberse de “El Jerónimo español”. Enamorado de la vida retirada, austero , bibliófilo empedernido, trabajador infatigable, honesto y pulcro, Bell no podía menos de identificarse  con alguien en quien veía esas virtudes elevadas casi hasta la heroicidad.

Aubrey F.G. Bell,  Benito Arias Montano. Huelva, Biblioteca Montaniana. Universidad, 2014.

200. El obispo Galarza
Manuel Pecellín Lancharro
Entre los obispos con marchamo renacentista que ejercieron en las diócesis extremeñas durante el XVI, sobresale Pedro García de Galarza. Nacido en Bonilla de Huete (1538), ocupó la sede de Coria desde 1579 hasta su fallecimiento (1579). Mercedes Pulido y Cecilia Martín Pulido publicaron (2010) la biografía del prelado en la colección que el Ateneo de Cáceres creara, con la colaboración del periódico HOY, para dar a conocer los personajes de la ciudad.

Galarza fue un hombre de Felipe II, cuyo consejero fue y al que sirvió en no pocas misiones diplomáticas, especialmente las relacionadas con Portugal. Se había formado en la Universidad de Salamanca, donde desempeñó una cátedra de Filosofía. Como “doctore theologo” y “publico philosopho” se presenta en la portada de una de sus  obras, Evangelicarum institutionum libri octo  (Venecia, 1604), que dedicó al Rey prudente.

Al parecer, Galarza contó entre sus discípulos al mismo San Juan de la Cruz y mantuvo relaciones epistolares con el segedano Pedro de Valencia.  Habría de  probar sus habilidades para el gobierno, templanza, profundos saberes y fidelidad a Roma en el pleito que lo enfrentaría a las monjas de San Pablo (franciscanas) y Santa María de Jesús (jerónimas), dos conventos donde se recogían numerosas mujeres de las más relevantes familias cacereñas. Él mismo daría cuenta de esa larga lite (hasta cinco veces apelaron las religiosas) en la segunda de las obras que publicó y ahora se reedita merced a los buenos oficios de Manuel Maña, profesor de la UEX.

El libro apareció en Salamanca (1589) con dos versiones, una para los expertos; otra para el gran público: De clausura monialium controversia y  Sobre la clausura de las monjas, títulos que apuntaban directamente a la razón del enfrentamiento entre el pastor y sus profesas. Aquel quiso imponer en todos los conventos de la diócesis, según orden del Concilio de Trento, la prohibición de que, salvo en contadas excepciones y siempre con los permisos reglamentarios, las religiosas salieran de sus muros ni recibieran bajo los mismos visitas profanas. Sin duda, se renovaba la intención de reformar los hábitos disolutos que habían ido deslizándose, con grave peligro para la virtud de las “vírgenes del Señor”. Estas mujeres, entre las que las había de recia personalidad, esgrimen sólidos argumentos para el rechazo: costumbres antiguas; necesidades de salir para recabar auxilios económicos; imposición de prohibiciones nuevas, no existentes cuando ellas profesaron, etc. Galarza compuso su texto, concebido según las fórmulas escolásticas de la “disputatio”, para responder a las objeciones de las renuentes, amenazadas incluso con la excomunión. Más fortuna que con las afectadas tuvo ante los teólogos y juristas posteriores, que utilizarán las tesis del pastor extremeño. Hasta el mismo Azorín  se hace eco de la obra en el capítulo XLIII, “Monjas de Toledo”, de su libro Madrid.

Manuel Mañas recoge con su habitual rigor la historia, causas, circunstancias , contenidos principales y consecuencias de la polémica en el preliminar que pone a la edición crítica, donde reproduce facsímiles las dos entregas de Galarza (depurando erratas y adaptando la ortografía a las normas gramaticales vigentes). A la vez, adjunta una nueva traducción del opúsculo, hecha según los criterios filológicos actuales y generosamente anotada.

Aunque lo quisieron bastante más en Cáceres que en Coria, cuyos canónigos se consideraban preteridos, la capilla mayor de la catedral cauriense luce un hermoso sepulcro orante de Pedro García de Galarza.


Manuel Mañas Núñez, El obispo Galarza y las monjas de Cáceres: estudio y edición del libro De clausura monialium controversia. Cáceres, Univesidad, 2014.

199. Hombres sin fronteras
Manuel Pecellín Lancharro
"Hombres sin frontera" no son precisamente para el autor los apátridas (constituirían un anacronismo para la época en que se sitúa la narración: el siglo XVII), sino personas que, sintiéndose patriotas  convencidos, se mostrarán capaces de anteponer el honor y respeto hacia el contrario más allá de los intereses nacionalistas. Así ocurre con Álvaro de Ovando, capitán (destituido) de los tercios españoles, y el teniente Mendoça Furtado, uno de los líderes de la insurrección lusa contra Felipe IV  a favor Joâo IV, Duque de Braganza. Víctima de las maquiavélicas artimañas del Conde Duque de Olivares, Ovando cae prisionero de Mendoça, que lo recluye en el castillo de Elvas. Se inicia allí una curiosa relación entre los dos jóvenes militares, en presencia de la tan hermosa como desgraciada Catalina de Silva, cuyos encantos seducen a los dos valientes soldados. El desenlace tiene su punto de suspense, que no desvelaremos.
Con esta obra ganaría Salvador Vaquero el V Certamen Literario Hispano-Luso de Novela Corta "José Antonio de Saravia"  2004, convocado en  Villanueva del Fresno Aparece publicada  dos lustros después en la colección "Vincapervinca" de la ERE,
Natural de Plasencia (1966), licenciado en Derecho y diplomado en Gestión Inmobiliaria, Vaquero ha trabajado como redactor en distintos diarios, y también como abogado y profesor. Actualmente, publica cada semana en el Periódico Extremadura la sección "Letras desnudas" en la que entrevista a otros escritores de raíces o arraigo extremeño, con el fin de difundir sus libros y darlos a conocer a los lectores. Tiene publicadas obras como  "El hombre olvidado", premio Cáceres de Novela Corta en 2012; "Aprendiz de hombre", becada por la Dirección General de Promoción Cultural del Gobierno extremeño en 2003; "La fuerza de las espigas" o "La leyenda de la guadaña oxidada".
Hombre sin fronteras puede calificarse como novela histórica, aunque con amplio margen para la imaginación. Sus casi cien páginas muestran las repercusiones, tan negativas para Extremadura, de la Guerra hispanoportuguesa que, al fin, terminaría con la independencia del país vecino, No obstante, el autor, de claras adhesiones lusófilas, sin desatender los aspectos históricos, opta atinadamente por los ficcionales (pero verosímiles). Construye así un relato emotivo, en el que los valores de la amistad, el honor y el amor adquieren primacía sobre los avatares bélicos o políticos. Escrita en una prosa bien cuidada, con un notable esfuerzo por respetar el habla de la época, algunas caídas (abundancia de leísmos, repetición de términos, dudosa puntuación en ciertos pasajes) constituyen pequeños lunares que no enturbian el resultado final. Un extenso apéndice bibliográfico aclara las abundantes lecturas hechas por el novelista para documentar el texto.

Vaquero, Salvador, Hombres sin fronteras. Mérida, ERE, 2014

198. El Sínodo de Badajoz
Manuel Pecellín Lancharro

Según recoge el colofón de Las constituciones del Sínodo celebrado en Badajoz por el obispo don Juan  Roco Campofrío. Año 1630, un volumen con 422 páginas, su autor fallecería poco después de corregir pruebas. Estamos, pues, ante un libro póstumo, aunque por razones de ordenamiento bibliográfico, la obra lleve la fecha de 2010. Francisco Tejada Vizuete (Granja de Torrehermosa, 1940 - Badajoz, 16 de mayo de 2014) me había contado en varias ocasiones la ilusión puesta en esta obra con la que muy razonadamente pensaba cumplimentar otras de las lagunas bibliográficas existentes en la historia de la ciudad y obispado de Badajoz, por decirlo con el título de Juan Solano de Figueroa, de quien el académico recién  fallecido  había hecho una excelente reedición crítica.
Roco fue obispo de Badajoz durante el lustro 1627-1631. Natural deAlcántara (1568), tras recibir el hábito en el convento de San Benito (1583) y doctorarse  en cánones por Salamanca (1592), se puso al servicio del cardenal Alberto, Archiduque de Austria. Con él estuvo en Portugal y Flandes, siendo presentado por Felipe IV como obispo de Zamora (1624), desde donde vino, vía Alburquerque,  a Badajoz. Pasaría después a Coria, falleciendo en Alcántara el año 1635.
De espíritu irenista, tuvo a bien convocar para su diócesis un nuevo Sínodo, que dio comienzos en enero de 1630. Las constituciones emanadas de tan importante encuentro tienen en cuenta, según era costumbre, otras anteriores, sobre todo las del gran Alonso Manrique (1501). Nunca habían visto la luz. Su manuscrito se halla en el Archivo Diocesano de Badajoz, aunque estuvo dispuesto para la imprenta. No pocos lo habían dado por inexistente o perdido. Se reeditan ahora merced a los buenos oficio del Dr. Vizuete, que transcribe fielmente el texto original, con algunas actualizaciones gráficas y adjunta oportunas notas explicativas a pie de página en los pasajes dudosos.
Eficaces herramientas para el gobierno diocesano, los sínodos constituyen una fuente impagable para historiadores, teólogos, antropólogos, lingüistas y cuantos se interesan por el estudio de las mentalidades. Lo es el de Roco, por razones múltiples revelador espejo de la sociedad extremeña durante el primer tercio del XVII. Sus páginas ilustran sobre cuestiones normativas, como el número y la preparación del clero parroquial; las celebraciones festivas religiosas (especialmente, la del Corpus);  la regulación de las labores productivas;  los diezmos;  las formas de testar; los libros sacramentales;  la acogida a sagrado de los presuntos culpables; la enseñanza de niños y jóvenes; la elección de las sepulturas; la tenaz supervivencia de prácticas una y otra prohibidas por las autoridades eclesiásticas (supersticiones, hechicerías, adivinanzas, desmanes en  el "toro de San Marcos", infracción del celibato clerical, abusos de los poderosos, prácticas simoníacas, usuras, y otros  pecados públicos, etc.).
En fin, todo lo que lógicamente puede deducirse de los debates y disposiciones para conseguir los objetivos que el prelado se proponía con aqul simposio en  el templo catedralicio: "comunicar, consultar, conferir y determinar las cosas tocantes al servicio de Dios, culto divino, reformación de costumbres, composición de pleitos y controversias y demás cosas tocantes a la buena administración de justicia y buen gobierno de este obispado y bien de sus iglesias y de los fieles cristianos".

Tejada Vizuete, Francisco, Las constituciones del Sínodo celebrado en Badajoz por el obispo don Juan Roco Campofrío,. Año 1630- Roma, Instituto Español de Historia Eclesiástica, 2010 (2014).

197. El profesor y la noche
Manuel Pecellín Lancharro
Hace días se produjo  el relevo en la dirección de  "Beturia". José Iglesias Benítez (Villalba de los Barros), cuyo nombre ha sido  durante lustros indisociable de esta editorial, ha encontrado quien lo sustituya. El profesor-poeta entrega responsabilidades a un profesor-ensayista, Jacinto Gil Sierra (n. Cheles), que desde el primer día viene dando testimonio de profunda dedicación. Justo en esta fase de sustituciones, la firma madrileño-extremeña acaba de sacar una nueva obra, fruto también de otro docente con aficiones literarias. Aparece en la colección "Campos de Ortiga", evidente guiño a Antonio Reyes Huertas, si bien entre el escritor de Campanario y Antonio Hernández Jiménez no existe similitud alguna. Más aún, seguramente el creador de La Sangre de la Raza , tan conservador  estética e ideológicamente, frunciría el entrecejo ante muchos pasajes de El profesor y la noche.
Nacido en Ceuta (1981), Antonio Hernández, novelista novel, pasó buena parte de su infancia por pueblos de Extremadura. Licenciado en Historia,  enseña en un Instituto de Madrid. Como lo hace el  joven protagonista de la obra, si bien éste se dedica a enseñar Matemáticas a los poco sumisos alumnos de un IES manchego. Lo hace sin gran entusiasmo, aunque procura cumplir decentemente. En torno a él se conducen, cada cual a su modo, otros protagonistas secundarios: compañeros, bedeles, camareras, policías de la población. Todos se verán enredados en los inexplicables crímenes nocturnos que se  comienzan a producir tras  la llegada del joven matemático para iniciar un curso repleto de vicisitudes.
A los entresijos del thriller, que se resolverá de modo imprevisible, se añaden dos tipos de consideraciones: las escasas atracciones ofrecidas a la juventud en un ambiente rural y, sobre todo, los apuntes en torno a la situación de la enseñanza secundaria, sometida a una dinámica preceptiva en la que cada ley u ordenamiento jurídico parece empeorar los anteriores. El claustro del Instituto, convertido en epicentro de  asesinatos desconcertantes, aparece mayoritariamente receloso de tantas disposiciones  gratuitas para la atención a la diversidad, el uso abusivo  e ingenuo de las nuevas tecnología en las aulas, las presiones de la Inspección, la lenidad de los métodos educativos, el cansancio de los profesores y la  falta de interés de los alumnos.
Personalidad contradictoria, con más heridas de las perceptibles a primera vista, nuestro hombre se compromete en las actividades pedagógicas, incluso extraescolares-  Funda  hasta un cineclub, aunque de no mucha aceptación. Fácil para el alcohol y el sexo libre, conoce  a un asesino a sueldo, personaje idóneo para complicar la urdimbre de la trama , pero no de muy convincente factura novelística. Al fin, dada la inutilidad de la policía, entre ambos se resolverán las muertes que durante todo un curso han turban la aburrida localidad.
Escrita con continuadas rupturas del decurso narrativo, con una prosa ágil y permanente recurso a la música de actualidad, así como de abundantes juegos gráficos, El profesor y la noche es una novela negra de original factura e indudable atractivo.

Hernández Jiménez, Antonio, El profesor y la noche. Madrid, Beturia, 2015

196. Bibliótafo
Manuel Pecellín Lancharro

Ese raro espécimen que constituyen los bibliófilos (amantes del libro, según la etimología griega del término), abarca distintas variedades, no todas bien conocidas. Las hay de más larga proyección histórica, como el bibliógrafo, que se ocupa de describir las características y contenidos de las obras; el bibliómano o ladrón de libros (Periférica tiene en su fondo editorial Los amores de un bibliómano, de Eugene Field); el bibliocasta, empeñado en destrozar escritos propios y ajenos (tal vez para componer con los retales algún inaudito volumen); el bibliófago, que se los come o el bibliodoro, cuya placer consiste en regalarlos. A tan curiosa ralea, capaz de combinar en un mismo sujeto distintas subespecies, vale añadir el bibliótafo o sepulturero de libros.
Tal es el protagonista de esta curiosa narración, no exenta de  fundamentos reales  y que ahora se publica en castellano, traducida por Ángeles de los Santos. Su autor, L. H. Vincent (1859-1941), tuvo sobradas virtudes para escribirla. Natural de Chicago, fue crítico, editor y profesor de Literatura en varia universidades estadounidenses. Entre sus numerosas publicaciones, cabe recordar un conjunto de ensayos sobre creadores tan relevantes como W. Irving, E. A. Poe, W. Whitman, R.L. Stevenson o J. Keats.
Según demuestra en el primer capítulo de esta obra, conocía el caso de un “bibliótafo”, que bien pudo servirle como  trasunto real  del protagonista. Se trata de Richard Heber (1773-1833), hombre apasionado por formar y  enriquecer una fantástica colección que llegaría a alcanzar los 150. 000 ejemplares. Infatigable hasta la muerte, ésta lo encontró catálogo en  mano, redactando la solicitud de nuevos títulos. Dueño de distintas bibliotecas donde albergar tan enorme depósito, fue alguien de reconocida generosidad: “el culto y curioso, ya sea rico o pobre, tiene acceso libre a mi biblioteca”, dice que fue para él norma de conducta. Pero su máximo placer consistía en llevar a un enorme almacén las piezas codiciadas, sobre todo si eran ediciones especiales (no necesariamente las primeras), “sepultándolas” allí, como en una gran tumba.
Así se conduce también el personaje central de esta novela corta (cien páginas), un cazalibros obseso, con enorme cultura, trabajador infatigable y gran sentido del humor. Al hilo de peripecias experimentadas por medio mundo, sobre todo en las librerías de antiguo y de lance, el lector va siendo placenteramente informado de cuanto hace referencia a las apreciadas frutas de Gutenberg. Tenía también otra singularidad: buscaba con la misma pasión el autógrafo de los grandes escritores, siempre que éstos se lo firmasen en obras propias (no en cuadernos, folios u otros soportes ocasionales).
En realidad, quien abruma con los conocimientos sobre libros, poesía, historia y otras ramas del saber es León H. Vincent, sin hacerse en modo alguno pesado. Algunas de las observaciones son realmente ingeniosas, como cuando describe al arquetipo del “depositario involuntario”  (pp. 78-81), la persona a quien otros le endosan un libro urgiéndole pronta lectura para obtener la opinión, tal vez la crítica o el apoyo (enfadándose quizá si no recibe del asaltado lo que de él esperaba).
No sé qué habría sido de figuras como Heber o su trasunto literario en los tiempos del ordenador, los catálogos por email, el libro electrónico, las bibliotecas virtuales o la nube informática.  Lo cierto es que la novela, publicada en 1898 (el año que da nombre a toda una generación hispana) e inédita hasta hoy en castellano, demuestra poseer suficientes virtudes para ser tenida como un pequeño gran clásico de las letras norteamericanas. (Y cuántas veces me ha traído a la memoria las figuras de grandes “bibliótafos” extremeños, como Arias Montano,  Bartolomé J. Gallardo , Vicente Barrantes,  A. Rodríguez-Moñino o Mariano Encomienda, constructores de  impagables “tumbas” de papel en El Escorial, La Alberquilla, Guadalupe, la madrileña calle San Justo o los sótanos de Santa Ana en Almendralejo ).

Leon H. Vincent, El bibliótafo. Cáceres, Periférica, 2015.


195. Poesía castellana
Manuel Pecellín Lancharro
En la inmensa obra de Arias Montano (1525-1598), cuantitativa y cualitativamente sin parangón, apenas ocupa lugar la lengua española. Siempre lamentaremos que la Biblia Políglota de Amberes, edición dirigida por el extremeño con encomiable  tino y no menor audacia, no incluya entre sus idiomas el castellano. (Será Casiodoro de Reina, nacido en Montemolín hacia 1523, quien realice la primera versión del Antiguo y Nuevo Testamento a nuestra lengua vernácula).
Si el de Fregenal fue pronto elogiado por sus cualidades para la creación, y hasta obtuvo alguno de lo máximo galardones de la época, sus magníficos versos estaban escritos casi todos en latín. Varias razones pueden explicar la preferencia hacia los clásicos que los humanistas europeo mostraban, con Erasmo al frente. (Se dice que el de Rotterdam abandonó el holandés incluso en la vida diaria, recuperándolo sólo a la hora de morir).
No obstante, Montano nos dejó varias composiciones poéticas en romance, suficientes para hacernos deplorar la escasez de las mismas. Las ha editado Ignacio García Aguilar, agrupándolas junto a las  de José de Sigüenza, discípulo predilecto del biblista, en una obra con 548 páginas que aparece, cómo no, en la ya impagable "Biblioteca Montaniana". La extensión del volumen se debe a los estudios que de los autores y sus respectivos poemas se adjuntan.
La poesía castellana de D. Benito, aparte algunos sonetos ocasionales (excelentes, por lo demás), se suscribe a su maravillosa Paráfrasis del Cantar de los Cantares en modo pastoril, que tanto entusiasmaría a figuras como Fray Luis de León o Francisco de Aldana, no sin levantar las sospechas de la  siempre vigilante Inquisición. Dicho trabajo, que permaneció manuscrito hasta  el siglo XX, ha sido objeto de numerosas reediciones contemporáneas (recordemos las de Rodríguez-Moñino, Abdón Moreno, Gómez Canseco/Núñez Rivera o Ricardo Cabezas de Herrera, la de este último preparada para la Unión de Bibliógrafos Extremeños). Sin duda, la de Ignacio García Aguilar, que añade un aparato crítico muy completo y se sirve de numerosos estudios sobre el particular, mejora las anteriores. Resalta especialmente la formalización textual que, a imagen de las églogas de Garcilaso, realiza el extremeño, situándolo así en la vanguardia lírica de su época.
José de Sigüenza, fraile de El Escorial, fue allí discípulo y, más tarde, seguidor fiel e incluso defensor acérrimo de Montano. Aunque más reconocido como historiador de su Orden, compuso también un notable  y variado corpus de poesía castellana. Sonetos (uno, "A la muerte del doctor Arias Montano, su maestro"), villancicos, canciones marianas, coplas religiosas, himnos, paráfrasis en verso a los salmos, elegías, romances, panegíricos y hasta traducciones rimadas de partes de la Eneida fueron saliendo de tan bien cortada pluma. Salvado a la postre por la propia Inquisición frente a asechanzas malévolas de sus compañeros Jerónimos, Sigüenza no oculta sus deudas con Montano (a quien literalmente copia en no pocas ocasiones).
Los apuntes del editor ayudarán a conocer  los intríngulis de  ambas poéticas, depurándolas de atribuciones equívocas y  bien contextualizadas en aquel polémico reinado de  Felipe II.

Arias Montano, Benito y Sigüenza, fray José de, Poesía castellana. Huelva, Universidad, 2014


194. Círculos
Manuel Pecellín Lancharro
Con esta obra obtuvo el escritor extremeño el Premio Leonor de Poesía 2014 que, convocado por la Diputación de Soria, alcanzaba ya su XXIII  convocatoria. No es la primera vez que Pablo Jiménez (Navalmoral de la Mata, 1943) resulta ganador en algún concurso literario importante, con la consiguiente edición de la obra premiada.  Ha ganado el Ciudad de Badajoz (Descripción del paisaje, 1981), Ciudad de Toledo (El hombre me concierne, 1985), Ciudad de Irún (Destiempos y  moradas, 1986) y Tardor (Figuraciones, 2012). Tiene también otros poemarios éditos, como La luz bajo el celemín (1978), Cáceres, o la piedra y otras soledades (1981), La voz de la ceniza (2004), Prosas para habitar la noche (2005) o Deducida materia (2013).
Los sintagmas titulares sugieren bien algunas de las constantes líricas que nutren la escritura de este hombre sensible, reflexivo, retraído y culto, que adora la música tanto como aborrece la algarabía : el territorio que troqueló su niñez,  las sugerencias de la luz, las levedades del ser,  la soledad ineludible del hombre, el paso del tiempo o la noche como alegoría simultánea de la libertad  (el censor de la conciencia duerme) y de la decadencia definitiva. A estos hay que añadir la pasión por la palabra creadora.
Bien se percibe en Círculos, un poemario de cuidada estructura, que parece compuesto con la clara conciencia de tener ya el pie en el estribo, por decirlo con palabras de Cervantes recordando una antigua copla y tan queridas para  Antonio Machado.
(Por cierto, del maestro andaluz se ofrece una hermosa paráfrasis en el poema B-d clave en la obra, donde leemos: "Ten dispuesto en la palma de la mano/el óbolo que paga/el verdadero y único viaje/y ve, desnudo, al muelle donde aguardan/quienes jamás traicionan las leyes de su oficio/tu perro fiel/ y el barquero que sabes).
Como al más humano  y profundo, pese a su aparente sencillez, de nuestros creadores contemporáneos, que evocaba poco antes de morir en Collioure los días azules y el sol de la infancia, también a Pablo Jiménez se le imponen los recuerdos de los primeros años mientras se halla inmerso en las más hondas cavilaciones. Dígalo el poema C-b, que ocupa el centro matemático del libro y cuya entradilla - Cum mortuis in lingua morta , de melómanas resonancias - constituye  una impresionante rememoración del paisaje originario, claramente reconocible en los campos de Arañuelo donde vio la luz.
Capaz de encendérseles aún los pulso ante la joven camarera que le sirve la última copa de la noche o derretirse de ternura escuchando la voz del nieto, tan emotiva tal vez como el Adagio de la 1ª Sinfonía de Johannes Brahms (¡qué maravillosa descripción de sus compases!), el poeta se agarra a la vida merced a las magistrales notas, como también lo consigue en su indefectible pelea con el lenguaje, las dos únicas pasiones realmente seguras.  Así, este hombre que ve a su padre según se mira en el espejo (nos parecemos más a nuestro progenitor según nos acercamos al final), amante como Cioran de las revelaciones proporcionadas por los insomnios, sigue fiel a la consigna:  "Sólo en negro y ángel/el poeta bucea en el abismo/vislumbra rostros, habla/con los dioses, descifra/mortalidades". 
Su verbo nos ayuda a aceptar, acaso entender mejor, los zarpazos de las horas: omnes feriunt, ultima necat.

Jiménez García, Pablo, Circulos, Soria, Diputación Provincial, 2015.

193. Arias Montano
Manuel Pecellín Lancharro

Vamos entendiendo mejor la inmensa celebridad  que en Europa tuvo Arias Montano, a medida que siguen reeditándose sus obras, oportunamente traducidas y anotadas. Para este recuperación del gran humanista extremeño han sido fundamentales las labores realizadas por la Universidad de León (larga mano del inolvidable Gaspar Morocho) con sus publicaciones  de y sobre los Humanistas españoles, así como la Universidad de Huelva. Aquí dirige el catedrático José Luis Gómez Canseco (n. Don Benito) la "Biblioteca Montaniana", en la que ya han visto la luz numerosos textos del escriturista frexnense.
Sin duda, el trabajo  por el que mayor  fama obtuvo fue por la edición de la maravillosa Biblia Poliglota de Amberes, también  conocida como Regia (fue Felipe II quien la pagó), de Plantino (que la imprimió en sus magníficos talleres) o de Montano, pues éste fue el artífice intelectual de la empresa, para muchos el mayor monumento filológico del siglo XVI.
Como se sabe, dicha obra consta de ocho volúmenes, nunca reeditados conjuntamente, aunque sí volvieron a ver la luz parte de ellos por separado. Los cinco primeros reproducen las Sagradas Escrituras, en diferentes idiomas: hebreo,  caldeo, siriaco, griego y latín (este último con doble versión: la Vulgata de San Jerónimo, oficial para Roma, y la de S. Pagnini, tenida como sospechosa).  En la fijación de sus textos colaborarían muchos de los mejores lingüistas europeos,   católicos  unos, próximos al protestantismo otros. Cuatro recogen los libros Veterotestamentarios; el quinto, los del Nuevo Testamento. Los tres tomos últimos conforman el "Apparatus", un impresionante conjunto de Gramáticas, Diccionarios, Glosas, Historias, etc., casi todos compuestos por Montano para que los estudiosos pudiesen interpretar correctamente las Sagradas Escrituras, orientándose según las interpretaciones fijadas por la tradición hebrea.
Estos tratados generarían la dura  oposición que la Políglota de Amberes iba a encontrar, acusada sobre todo de "judaizante" por muchos (impugnación en la que también pesaron intereses económicos, pues, tras el concilio de Trento, se impuso renovar todos los libros litúrgicos, un inmenso negocio editorial). El más polémico resultó el volumen octavo, donde Arias incluye hasta diez libros, entre ellos el más polémico, que él titulo El libro de José o Sobre el lenguaje oculto, con indudables resonancias de la cábala judía.
Excepto éste, que ya se publicó (2006) como obra exenta en la "Biblioteca Montaniana", los otros nueve que constituyen las "Antigüedades Hebraicas", conforman la impresionante entrega coeditada por el citado Dr. Gómez Canseco y el sapientísimo hebraísta Sergio Fernández López, con quienes colaboran expertos tan rigurosos como Baldomero Macías Rosendo, Fernando Navarro Antolín (premio nacional de traducción), Eulogio Baeza Angulo, Fuensanta Garrido Domené, José Solís de los Santo y Eulogio Baeza Angulo. Un equipo de absoluta garantía.
La obra (770 páginas gran formato) ofrece cinco partes fundamentales (que no únicas): la reproducción facsímil del texto montaniano; las transcripción latina del mismo; su versión al castellano; las notas a pie de página  y los oportunos estudios introductorios.
Resulta imposible encarecer  debidamente una publicación como ésta, que tantos esfuerzos ha debido comportar, pero que tantas satisfacciones ha de permitir a los admiradores del inagotable Arias Montano. Nuestra más cálida enhorabuena a sus artífices.

Arias Montano, Benito, Antigüedades Hebraicas. Huelva, Universidad, 2013.

192. Explicación de los árboles
Manuel Pecellín Lancharro
Daniel Faria (Baltar, 1971-Singeverga, 1998) es para muchos una de las voces más reconocidas de la poesía portuguesa de finales del XX (lo que no es poco decir), a pesar de que la muerte lo sorprendiese en plena juventud. Seminarista desde los doce años, cursó Teología en la Universidad Católica y Lenguas y Literaturas Modernas en la Universidad de Oporto. Ingresa (1997) como postulante en el monasterio benedictino de San Vengo da Vitòria y, poco después, apenas iniciado el noviciado en el de Singeverga, fallece por un accidente doméstico. No obstante, esta "especie de ángel herido en la raíz" (Marina) tuvo tiempo para escribir una muy apreciada trilogía: Explicaçao das Árvores e de Outros Animais (1998), Homes que sâo como Lugares mal Situados (1998) y Dos Liquidos (2000). Antes había publicado otras tres obras de juventud: Uma Cidade con Muralha (1992), Oxálida (1993) y A Casa dos Ceifeiros (1993). Las seis obras fueron incluidas en la edición de sus Poesías (2003), preparada por Vera Vouga, profesora de la Universidad de Oporto. Póstumo también ha aparecido (2008), con el título Auto -retrato do artista en quanto jovem, el discurso que pronunciase (1998) en la Asociación de Periodistas y Hombres de Letras de Oporto.

Luis María Marina ha preparado esta edición bilingüe de Explicación de los árboles y de otros animales, a las que antepone una amplia selección de las repuestas dadas por Faria, entrevistado por Francisco Mangas para el lisboeta Diário de Lisboa (23 junio 1998). Adjunta también breve pero iluminador epílogo. Se requiere sin duda sensibilidad tan afinada como la del poeta extremeño para traducir adecuadamente a un escritor de enorme profundidad y desnudez, místico e incluso misterioso. Gracias a la magnifica versión, sus versos alcanzan en castellano la misma brillantez que en la lengua original. Poeta de la luz (término recurrente en casi todas sus composiciones), con raíces rurales fecundas (barbechos, bueyes, árboles, pájaros, rastrojos quemados, lluvias, veredas, simientes, tallos, eras.. le proporcionan a menudo soporte para sus imágenes estilísticas), Farria sorprende y entusiasma. " Porque solo una mirada enfebrecida sueña con llegar al interior de la piedra y navegar por ríos de savia y sangre que dan acceso a los seres. Porque solo un ciego deslumbrado por la existencia es capaz de dotar a su lenguaje de la mística cotidiana. Porque solo una palabra despojada se atreve a respirar en el misterio del silencio", declara Luis María Marina.


Daniel Farria, Explicación de los árboles y de otros animales. Salamanca, Sígueme, 2014

191. Mad Men
Manuel Pecellín Lancharro
Dicen que la serie Mad Men, cuyas emisiones últimas se anunciaban hace días (para los episodios de la primera parte), ha cambiado el panorama de la televisión actual. Su impacto en críticos, guionistas, directores, artistas y público ha sido formidable pese a que, al menos en nuestro país, sólo pudo verse por cadenas de pago. Enmarcada en los Estados Unidos (Nueva York), durante los años sesenta de la centuria anterior, constituye un muy verídico testimonio gráfico de las luchas que hombres y, sobre todo, mujeres de gran personalidad desarrollaron por dar logro a sus objetivos profesionales y vitales.

“Más que un final, creo que Mad Mend es un clímax, la culminación de todo lo bueno que tiene esa forma de hacer televisión que da libertad total al creador cuando resulta que es alguien de un talento extraordinario”, declaraba en El País (10 mayo 2015) Isabel Vázquez.

La profesora extremeña (Badajoz, 1976) conoce bien el terreno. Ha sido guionista para FOX, Disney Channel, National Geographic, Canal Plus, TVE y Telecinco. Ha trabajado como analista de guiones de series para Fox International Channel y presentadora de televisión. Con muchos seguidores en la red (su blog:  @kubelick), acaba de publicar el ensayo Me llamo Peggy Olson, que se lee con el gusto de una excelente novela. Centrándose en la que ella juzga la auténtica heroína entre los “Mad men”, las personas dedicadas al mundo de la publicidad, repasa con lucidez lo más relevante de la que ya se juzga serie de culto. La autora se maneja en una prosa extraordinariamente viva, refrescante, precisa y a la vez juvenil, impregnada de humor irónico y numerosos hallazgos léxicos.  (Más ganaría sin el uso de expresiones tipo “es por eso que” y similares). Sus apuntes personales alternan con diálogos ficticios y la oportuna  reproducción de otros entresacados de los  ingeniosos guiones de los capítulos más relevantes.

El libro reconstruye las vicisitudes que afronta Peggy, una chica católica apenas practicante, más bien fea (con perdón), bondadosa, inteligente,  animosa, perfeccionista y tenaz en  la búsqueda constante de la excelencia, dedicada de forma exclusiva al trabajo, para ascender de simple oficinista a puestos de máximas responsabilidades, que por entonces parecían sólo disponibles para los varones, el excluyente club de la testosterona. Cuando lo logre, según suba en el escalafón,  demostrará que puede ser tan productiva, dura e implacable como ellos.

Vázquez va presentando progresivamente los episodios de aquella aventura existencial,  donde no faltan errores y caídas, en un libro que va exponiendo las relaciones de Peggy Olson con su trabajo (el mundo de los anuncios) , el sexo (con un embarazo “ignoto”  para ella hasta el parto mismo: lo menos convincente), las amistades, el resto de las mujeres (sólo la despampanante Joan Holloway sabe comprenderla y ayudarla) y la figura de Donald Draper, el poderoso director creativo, su jefe. La dialéctica desarrollada entre ambos  implacables caracteres constituye uno de los núcleos de la serie, con escenas definidas así : “Noventa segundos de boxeo y tres horas de análisis y aún no sabemos quién ganó” (pág. 153).

Cierra el libro el epílogo “La heroína de Madison Avenue” y un extenso apéndice que reproduce algunas de las frases más significativas pronunciadas por este magnífico personaje, que lo es no sólo por lo que representa, nos dice la escritora, sino también por la delicadeza y complicación con la que está tramada.


Isabel Vázquez, Me llamo Peggy Olson. Barcelona, Ediciones B, 2015

190. Novela freudiana
Manuel Pecellín Lancharro

Hace dos años, saludábamos la publicación de La piel del camaleón (Arcopress, 2012), la primera novela de su autora. Nacida en Cáceres (1970), Regidor es licenciada en Derecho y máster en Psicosociología aplicada. Formadora ocupacional, trabaja como asesora jurídica y docente en proyectos de inserción sociolaboral. Datos que importan para mejor entender su escritura. Los protagonistas  de aquella entrega inicial son estudiantes universitarios, si bien la mayoría parecen preocuparse mucho más por conseguir las dosis diarias de droga y alcohol que por las asignaturas del curso. También lo son las de esta segunda entrega, mucho mejor estructurada y de mayor complejidad discursiva. Mantiene otras notas comunes, sobre todo  el apego a las jergas juveniles y sus desgarradas expresiones, a caballo entre lo escatológico, las deformaciones léxicas, el sexo provocador, las sustancias alucinógenas y los anglicismos de moda (aquí más atenuados). En ambas se rompe la cronología lógica de la narración y también siguen la abundante cosecha de leísmos, más algunas incorrecciones fácilmente eludibles (como “es por eso que”, “a grosso modo”, “a través suyo”, etc.).
Pero Ego y yo es obra excelente, cuyos valores le merecieron el XXX Premio Jaén de Novela. El título nos sitúa en la órbita freudiana. Según se sabe, el creador del psicoanálisis propone un triple nivel para el aparato psíquico, que él dividía en das Es, das Ich y das Über-Ich , vertidos generalmente al castellano como el ello, el yo y el superyó (o superego). Tales mecanismos de la personalidad, para los que no cabe separación física, funcionan sobre todo de manera inconsciente. Corresponden al primero las pulsiones instintivas; al tercero, las normas, reglas y prohibiciones culturales; el segundo trata de mediar entre aquellos, conciliándolos según diferentes mecanismos con el fin de satisfacer los deseos dentro de los marcos permisibles.
Tampoco es fácil distinguir a los dos personajes, innominados, de la novela. Aunque presenten caracteres antitéticos, son como las dos caras de un sujeto. La indistinción, favorecida por el anonimato, conduce junto a múltiples quid pro quo  hasta el  equívoco final: no sabremos quién habrá muerto a manos del otro, tan unidos se conducen desde instancias tan distintas. Ambos son igualmente jóvenes, viven en el mismo barrio y  se embarcan en aventuras comunes. Si bien  se comportan de modo diametralmente opuesto, se buscan una y otra vez, incapaces de estar uno  sin el otro, necesitándose, apoyándose, defendiéndose … y destruyéndose.
Estrechamente unido a la madre (complejo de Electra) el más débil, inseguro y sufridor (incluso fue sodomizado en el colegio), de muy escasa autoestima, será quien asuma el papel de narrador, con permanentes feedbacks. El más fuerte, bello y amoral, enfrentado a un padre suicida (complejo de Edipo), encarna bien el mundo de las pulsiones instintivas, comportándose como un auténtico torbellino, de imprevisibles consecuencias. Sólo cabe un  trágico desenlace para los dos íntimos amigos, tan plenamente identificados.
El núcleo de la obra consiste en el desarrollo de las complejas relaciones que ambos sujetos experimentan, adobadas con numerosos considerandos sobre cuestiones básicas de la Psicobiología. Pero sobresalen también por su calidad literaria los  momentos en que la atención se dirige al entorno paisajístico, urbano o, mejor aún rural, con brillantes descripciones.  ¿Cómo no destacar, ya casi al fin, el símil establecido entre la naturaleza de la encina y la del propio hombre, los dos marcados por la soledad absoluta en medio de la nada? Y podría decirse lo mismo al describir espléndidamente los secretos de un bosque, el encanto de la lluvia o el inquietante discurrir del río. En definitiva, una novela que confirma a su autora como espléndida realidad.

Yolanda Regidor, Ego y yo. Córdoba, Almuzara, 2014.


189. La Guerra Civil Española
Manuel Pecellín Lancharro
“Timeo hominem unius libri” (temo al hombre de un solo libro).  Esta aserto, comúnmente atribuido a Santo Tomas, sin que se lo haya localizado en las obras del Aquinate, vale bien para definir a Burnett Bolloten (1909-1987).  Y no en el sentido vulgar de la expresión: son temibles las personas que manejan sólo una obra, inevitablemente condicionadas en sus opiniones por la única fuente de consulta, sino en otro más profundo: quien dedicó con exclusividad todas sus energías al estudio de un tema exclusivo, resulta casi imposible de rebatir. Tal el es el caso del autor antes citado.

Corresponsal en España de la agencia United Press, el estallido de la sublevación militar (1936) lo sorprende en Barcelona. Desde entonces,  dedicaría afanosamente toda su existencia al estudio de nuestra guerra civil. Durante tres años dirige en el Institute for Hispanic and Luso-Brazilian Studies de la magnífica universidad de Stanford (California) el departamento allí fundado para investigar la contienda española, sobre la que llegó a reunir un impresionante fondo.  Millares de libros, periódicos, revistas,  reportajes, películas, manifiestos, discursos , declaraciones radiofónicas y documentos de cualquier género serán recogidos por Bolloten, que los complementará con multitud de entrevistas por él realizadas a innumerables contendientes, sobre todo a los que pudieron salvarse en el exilio americano,

Con tan abrumadores materiales compuso un libro, verdadera “work in progress”, de la que publicó hasta tres versiones, corregidas y aumentadas, con títulos diferentes, según los debates por ella levantados, más los frutos de su infatigable investigación.

No olvidaré el impacto que me produjo en la Universidad Complutense la lectura de la primera edición, The grand camouflage (Londres,  Hollis and Carter, 1961), que en los círculos de ZYZ, donde yo me movía, fue repetidamente comentada. Fraga Iribarne, a quien se le pueden negar otras virtudes, pero no la inteligencia ladina, comprendió pronto el alcance del subtítulo, “The Communisty Conspiracy in the Hispanic Civil War”, para poderla difundir como propaganda contra el Partido Comunista, la única fuerza organizada realmente operativa contra Franco en varios decenios, y dispuso (según hizo con otros textos “clandestinos”) una edición fraudulenta de la  obra, vertida al castellano, a la que el ministro gallego puso prólogo, cambiándole  arteramente el título.

Bolloten, a quien le llueven críticas por todas partes (muchos historiadores “de izquierda” no le perdonaban sus denuncias de la política de Stalin y los seguidores del dictador soviético en nuestro país,  Largo Caballero y más aún Negrín al frente), la hizo reeditar otras dos veces, primero como The Spanish Revolution (1977) y, por último, The Spanish Civil War. Revolution and Counterrevolution, ya póstuma (1989), publicada ese mismo año en Alianza, traducida por Belén Urrutia Domínguez.

Reaparece ahora, con nuevo estudio preliminar de George Esenwein. Se trata de un volumen de 1.078 páginas, repletas de anotaciones, a las que deben añadirse el espectacular apéndice bibliográfico y un índice analítico tan útil como extenso. Bolloten, quien define el régimen nacido del Frente Popular como la III República, defiende una tesis básica: a raíz de la rebelión franquista, la presión de las organizaciones populares (sobre todo la CNT, pero también la UGT) rompe con la legalidad republicana e impone en las zonas no sometidas a los militares rebeldes una auténtica revolución social de extraordinario alcance  (la mayor, tal vez, entre las conocidas). Para no “asustar” a los posibles aliados de la República, por lo demás bastante tibios, Stalin impuso poner freno a  la marea revolucionaria (de claro matiz anarquista) y desarrollar un  “gran camuflaje” de cuanto estaba realmente ocurriendo en todos los órdenes, (económico, político, cultural,  administrativo, educativo, jurídico, moral, artístico, religioso, etc., etc.): pese a las innegables alteraciones, la legalidad republicana seguiría vigente allí donde los “nacionales” aún no había impuesto la suya.

Los testimonios allegados por el autor son realmente difíciles de rebatir, pese a los contraargumentos de otros clásicos de nuestra historia contemporánea. Por eso, Bolloten resulta imprescindible.

Burnett Bolloten, La guerra civil española. Revolución y contrarrevolución. Madrid, Alianza, 2015.


188. Cárceles franquistas de Extremadura
Manuel Pecellín Lancharro
Según su partida de defunción, fue una hemorragia aguda lo que produjo la muerte de José Vera Murillo la madrugada del 4 de mayo de 1940 frente a las tapias del cementerio de Badajoz. Junto a él cayeron, afectados por idéntica enfermedad, otras nueve personas, recién sacadas de la cárcel.  Cinco eran también originarios de Campillo de Llerena y varios compartían el mismo apellido que “Chiquene”, como se conocía allí a nuestro hombre. Se ve que los glóbulos rojos de estos campillejos eran poco consistente. Aunque lo mismo podría decirse de varios centenares de paisanos suyos, hombres y mujeres de todas edades, que por entonces sufrirían tan fatales hemorragias en distintos lugares de la región. Al parecer, la pandemia estuvo espantosamente extendida y, por cierto, no afectaba sólo a los naturales de aquella población.
Francisco Javier García Carrero (Arroyo de la Luz, 1963) es uno de los historiadores que más vienen esforzándose por establecer las causas y consecuencias de la última guerra civil en Extremadura.  Miembro del GEHCEx y profesor del IES “Bioclimático” (Badajoz), tiene publicadas numerosas investigaciones en obras colectivas (v.c., El itinerario de la memoria, Madrid, 2013) y cuatro estudios monográficos (el último, la biografía Manuel Gómez Cantos. Historia y memoria de un mando de la Guardia Civil). Él mismo refiere el origen del libro que aquí se presenta: el trabajo de fin de curso que le presentase su alumna Isabel Holguera Vera.  El bisabuelo de la misma fue aquel hombre fallecido por la eufemística hemorragia. Sólo que antes de fenecer, Chiquene tuvo oportunidad de escribir cartas de despedida a la mujer e hijos, ingeniándoselas para hacerles llegar también el diario de sus últimos días en prisión. Guardados celosamente por los familiares (y ya en parte conocidos), esos documentos constituyen la base de la obra, amén de los expedientes carcelarios, que el autor ha podido localizar. Con el apoyo de la abundante bibliografía relacionada en el apéndice (echo en falta la obra de Mariano Cabanillas, Campillo de Llerena, raíces e historia. Badajoz, Diputación, 2005), reconstruye la vida del biografiado y, sobre todo, la terrible coyuntura histórica en que se desarrolló, hasta el trágico final, según el clima de represiones impuesto por el “Nuevo Estado”.
Hijo de un  humilde pastor, José Vera nace (1894) en Campillo de Llerena, recibiendo merced al empeño de la madre una formación sólida, la misma que el se esforzará hasta los últimos suspiros por trasmitir a los descendientes. Monta allí su propia barbería y, como miembro del PSOE y la UGT, se esfuerza para mejorar la durísima situación que sufre la clase trabajadora. Nunca se lo perdonarán, como tampoco que marchase voluntario para defender la República, en cuyo ejército llegó a capitán. Terminada la guerra y preso, se le encausa por apoyo a la rebelión (la cruel paradoja de los tribunales franquistas, radicalmente viciados en su constitución y funcionamiento) y corresponsable de las fatales hemorragias sufridas en Campillo (población de poco más de 2.000 habitantes, entonces) por setenta personas pertenecientes a las derechas, aquel verano de 1936. Si admite con orgullo el compromiso con la República, nunca aceptaría haber tomado parte en los fusilamientos. Hasta parece dudar de que se produjeran (cosa hoy constatada y recogida en estas páginas). Cabría esperar que se defendiese, al menos en los escritos privados, explicando qué ocurrió realmente y cuál fue su actitud, activa o pasiva, frente a la masacre (multiplicada después, obvia decirlo, con la llegada de las tropas “nacionales”). Pero, ¿cómo demandárselo a quien sabía inminente el horroroso “paseo”?

El volumen lleva  prólogo de Valentín Cortés, presidente de la Diputación pacense, y un epílogo de José Manuel Corbacho Palacios, presidente de la ARMHEX (Asociación para la Recuperación de la Memoria de Extremadura), entidad fundada el año 2002 y coeditora del libro.  En un anexo se reproducen tres largas y estremecedoras "cartas de despedida", aunque no el diario completo de Vera, tal vez por el mal estado de los originales.

Francisco Javier García Carrero, Cartas y diario desde las cárceles franquistas en Extremadura. (Consejo de guerra y fusilamiento de José Vera Murillo). Badajoz, ARMHEX/Diputación, 2014

187. Y de rrepente....
Manuel Pecellín Lancharro
La obra da principio con el relato de una cacería desarrollada en Illescas el año 1572. La protagonizan dos cetreros, señores de la nobleza, miembros ambos del Santo Oficio. Al parecer, habían intervenido en el proceso contra el arzobispo Carranza, cuyo fallecimiento (falso) se anuncia. Esto da pie a una larga digresión sobre las causas y consecuencias que originaron aquel alto atropello.
La excelente prosa del  inicio decae pronto, salvo en determinados pasajes,  porque, como en los otros libros suyos, al autor no parece preocuparle mucho el estilo literario, sino el vigor de la narración. Por lo demás, en un lúcido epílogo, declara cómo concibe el género, exponiendo las claves a las que se atiene para escribir las novelas históricas: oportuna documentación, imaginación controlada, verosimilitud y puesta al día de los temas elegidos.
Aunque centrado en la figura de Santa Teresa, el gran asunto del libro es la Inquisición, para quien la de Ávila  resultaría siempre sospechosa por su afán renovador, espiritualidad  mística, éxtasis, contemplaciones y seguramente orígenes judeoconversos. (Fue con toda probabilidad  Reginaldo Montano, seudónimo de Casiodoro de Reina , n. Montemolín, c. 1523,  el autor de la  Biblia del Oso - primera traducción completa al castellano del Antiguo y Nuevo Testamento- el primero tambien en poner por escrito las artimañas del temible Tribunal en un libro célebre , Artes de la Santa Inquisición Española, que sólo pudo publicar, en latín, fuera de España (Heidelberg, 1567) y del que existen reediciones contemporáneas).
El lenguaje de la novela  no pretende imitar el habla del XVI, pero la acertada selección de términos  consigue un discurso arcaico muy pertinente. Es tal vez el mayor acierto literario de la  obra. Fenómeno especialmente perceptible en algunos pasajes (descripciones de ágapes, mercados pueblerinos, mundo clerical y monjil, dependencias inquisitoriales) y sobre todo en los  extensos titulares de los libros que la componen (once), de clara resonancia cervantina.
Ya en la página cien (el libro alcanza las 570) se  aborda el problema de los "alumbrados". No resulta superfluo, pues como próxima a las tesis de dichos herejes se sospechará a la protagonista, que aún tardará en aparecer. Se percibe a los miembros de la Suprema muy preocupados ante un movimiento de raíces confusas y alcances peligrosos. Los responsables máximos del Tribunal se esfuerzan por entenderlo y no solamente para mejor reprimirlo. No les era fácil distinguir determinadas conductas de Teresa con las de otras religiosas apasionadas como Catalina de Cardona, la Beata de Piedrahita , sor Magdalena de la Cruz o María del Corro, también aquí presentes. "¿De dónde saldrá tanta loca, tanta ilusa, tanta iluminada?", pregunta ( pág, 114)  Diego de Espinosa, Inquisidor general, a su mano derecha, Rodrigo de Castro, personajes los dos secundarios, pero muy atractivos de la novela. Tienen que hilar fino (están muy lejos de ser zafios verdugos) para separar el trigo de la paja; la herejía,  del dogma; al bribón, del reformista honesto.
Ya casi a mitad del la obra hace su aparición Teresa, que desde su primer libro (manuscrito) parecía próxima a los alumbrados.  Ahora bien, antes de dar a conocer su vida, se nos contará  la de otros oficiales y teólogos de la Inquisición o con ellas relacionados, como los extremeños Alonso de la Fuente  (el dominico debelador de iluminados) o Luis María Monroy, antiguo militar. Será a través de interrogatorios y pesquisas varias inquisitoriales como se vaya recomponiendo la biografía de la futura santa. Su figura se nos aparece más bien al trasluz, contrapuesta en numerosas ocasiones a personalidades que le son poco simpáticas, como la princesa de Éboli o el mencionado   Rodrigo de Castro, consejero del santo Tribunal y pronto obispo de Zamora.
Tendrá también importantes valedores y, sobre todo, la atinada exégesis del teólogo Báñez; la compresión del dominico fray Tomás Vázquez y  la benevolencia del nuevo  gran Inquisidor, Gaspar de Quiroga. Teresa es un río limpio, será el dictamen último. De ahí, la sentencia absolutoria a un proceso cuyos orígenes, contexto , desarrollo y resolución constituyen el auténtico tema de la obra, a mi entender, la más conseguida de Sánchez Adalid, después de El Mozárabe. Una cuidadosa revisión habría evitado las frecuentes erratas que se deslizan, especialmente en los textos latinos.

Sánchez Adalid, Jesús, Y de repente, Teresa. Barcelona, Ediciones B, 2014 diciembre.

186. La maestra Annuzza
Manuel Pecellín Lancharro

El "verismo" es la versión italiana de la escuela realista. A esta corriente estética se adscribe Elvira Mancuso (1867-1958). Natural de  Catalsinetta, población donde discurre el relato, con un amplio curriculum docente, conocía como pocos aquella Sicilia pobre, ignorante y supersticiosa, donde los más débiles son duramente explotados, la iglesia católica continúa gozando de enorme influencia (véase el papel que el padre Francesco -un párroco digno- desarrolla en la narración) y las mujeres, sobre todo las más pobres, son sistemáticamente sometidas. Sólo a través de la cultura podría una joven  inteligente como Annuzza, haciéndose maestra, romper los prejuicios seculares que contra ella se erigen (pobre, hija de inclusera, sin padre reconocido). Aunque cuente con una belleza nada común y el apoyo de una madre increíblemente generosa y lúcida, la tía Calogera  (para mí, el personaje más logrado de la novela), todo su proyecto vital ha de venirse abajo. Sus propios defectos -Mancuso no halaga oídos- contribuyen a la tragedia. El "afán de los pobres", que tan bien recoge Landero, pocas veces culmina.
Enmarcada en el aquel Sur que tanto evoca al nuestro, durante los años ochenta del XIX, cuando la unificación del país estaba aún en mantillas (el mismo protagonista masculino, Pasquale, un joven de clase media, apenas entiende el idioma italiano), la obra es un excelente retrato social, que en algunas páginas nos recuerda al mejor Galdós.
Lo decimos no sólo por la capacidad de la autora para describir situaciones (qué bien presenta las ruindades de don Filippo, el concejal demócrata, tan hábil para embaucar al pueblo), sino por el análisis psicológico de los caracteres. La generosidad del ingenuo Pascuale, un novio sin compensaciones; la lucidez de Calogera, amasada en la artesa de los mayores sufrimientos;  el egoísmo de los parientes adinerados; la prudencia, pacata si se quiere, del cura; la frialdad de la institutriz que dirige los estudios de Annuza y, sobre todo, las  irreconciliables inquietudes  que agitan el ánimo de ambiciosa joven, están magníficamente desarrollados.
Mancuso, autora de esta única novela (publicó otros ensayos sobre la condición femenina), se refugia en el silencio cuando Mussolini llega al poder, dedicándose sólo a la enseñanza. Pero La maestra Annuzza no cayó en el olvido. Ítalo Calvino y Leopoldo Sciascia reconocieron la admiración que el texto les producía, esforzándose para que fuese reeditado. No cabe sino felicitarse que el buen tino de Periférica la saque a luz con la versión castellana de Francisco de Julio Carrobles. Es encomiable el esfuerzo del  traductor por mantener las características del habla en que se expresan  los personajes, casi todos humildes, muy amigos de acudir al refranero y dichos populares.
Mancuso, Elvira, La maestra Annuzza. Cáceres, Periférica, 2014.

185. Nueve poemas a Sofia
Manuel Pecellín Lancharro

Marina (1978) es diplomático y escritor. Licenciado en Derecho. Trabajó en la Embajada de España en México y  actualmente en la de Lisboa.  Suyos son los poemarios Lo que los dioses aman ( 2008), Continuo mudar  (2011) y  Materia de las  nubes (2014),  más un libro de crónicas sobre la ciudad de México, Limo y luz. Estampas luminosas de la ciudad de México ( 2012). Ha antologado y traducido al poeta luso Alberto de Lacerda (El encantamiento, Olifante, 2012) y hecho  las versiones de otros escritores portugueses, como Nuno Júdice (a quien rememora en la entrega que presentamos merced a “Meninha olhando para o rio”).  Poemas suyos han aparecido en diversas revistas y antologías en México y España. Ha colaborado en publicaciones periódicas como Clarín, revista de Nueva Literatura   y La Jornada Semanal y escribe regularmente en La Otra y la Revista UIC (Universidad Intercontinental de México). Actualmente dirige la serie "Letras Portuguesas", de la Editora Regional de Extremadura.
Aunque el propio autor presenta Nueve poemas a Sofía como una sencilla plaquette -volumen 53 de la colección "Papeles de Trasmoz"-  sus nueve composiciones pasan de cuatro centenares sus versos, escritos en Lisboa entre octubre 2012 y mayo 2014.  Se trata, pues, de un auténtico libro, en los que no faltan los recursos experimentales (el más llamativo, la total ausencia de signos de puntuación). La capital lisboeta, hermosamente evocada, sus plazas, hoteles, comercios, tantos rincones repletos de saudade y sobre todo esa  habitación 405 en planta cuarta planta del  hospital cerca del Tajo, forman el  escenario  donde discurre el asombro que aquí se evoca: la llegada al mundo de la hija primera.

A Sofía, con la añoranza del "tacto de sus tres sílabas de salitre" (pág. 32), concitará insistente la voz poética, que, no obstante, junto al gozo de la sangre acrecentada,  sufre también porque no quiere una "memoria blanca".  La alegría no puede hacerle olvidar las grandes tragedias del mundo todo. Digamos, por ejemplo,  las que simbolizan hiroshima, ettersberg, víznar (siempre con minúsculas) o esas cunetas que hay que abrir a dentelladas/para con su tierra cubrirnos los ateridos huesos (pág. 28). Sutilmente, de forma ocasional, pero perceptible, se deslizan también algunas huellas "de aquel niño triste que fui" (pág. 38), imágenes de una infancia siempre a punto de emergencia.
Cual otro árbol de Jesé, símbolo tan frecuentado en el vecino país, el poeta feliz reconoce acrecentada su genealogía, aunque le ternura del nuevo le asuste tanto como le ilusiona. No es precisamente un mundo ideal el que aguarda a Sofía, si bien ella podrá contar con el cielo protector de quien  ya comenzó a enseñarle cómo defenderse y sobrevivir con dignidad, tal Goytisolo a Julia.  Algún día  ella leerá su “Testamento”  (pp. 20-23), un poema magnífico, donde le adelanta las más sabias  luces , si bien no se  le oculta que, según bien avisase Freud,  el padre de forma ineludible quedará  resuelto en escombros.
Marina compone  siempre con voz serena incluso cuando aborda las cuestiones más trascendentales o construye atrevidas imágenes. Modula con asombrosa naturalidad el ritmo de sus versos, blancos y libres, haciendo cómplice al lector de las emociones que lo conmueven. Chica es la calandria y chico el ruiseñor/pero más dulce cantan que otra ave mayor, avisaba el maestro Juan Ruiz. Más valen supuestas plaquettes que farragosos constructos

Marina, Luis María, Nueve poemas a Sofía. Zaragoza, Olifante, 2014.

184. Pensamiento crítico
Manuel Pecellín Lancharro

Según  declara en su tremendo Ecce homo  el siempre provocador Nietzsche, los escépticos son "los únicos filósofos honorables". No es raro que Viñuela (n. Villafranca de los Barros, 1963), cuya reivindicación de la actividad y enseñanzas filosóficas continúa indefectible, apele a la escuela helenista encabezada por Pirrón de Elis (360-270 a.C.) a la hora de titular este nuevo libro. Como en otros anteriores, recopila aquí materiales múltiples: aforismos, discursos, comentarios sobre acontecimientos de actualidad (insurrección popular en Egipto, derogación de la doctrina Parot, aprobación de la LOMCE, vallas de Ceuta y Melilla, repudios de la "casta", cuantificaciones de la crisis, recortes en sanidad o educación), reseñas bibliográficas, "diálogos" con diferentes pensadores, vivos o difuntos (Camus, Cioran, Savater, Chomsky, Zizek, L. Boff, M. Sacristán, entre los contemporáneos), reflexiones  y debates, casi todos difundidos anteriormente en la página web filosofíadesdelatrinchera.blogia.com.
Pronto percibe el lector que estamos ante un escéptico muy especial, alguien cuyo autorretrato ideológico dice así:  "Cada día me escoro más hacia los ilustrados radicales, los verdaderos ilustrados: materialistas, ateos, laicos, anticlericales, defensores de la razón contra toda superstición, demócratas y defensores a ultranza de la igualdad, la libertad y la fraternidad, no sucedáneos" (pág. 68). He aquí toda una declaración de principios epistemológicos y éticos (non son los únicos que propone), para cuya defensa insta a las posturas más radicales, incluida la insubordinación civil.
Según la etimología griega de la palabra, que Ortega y Gasset recordó tan oportunamente, el escéptico es un "buscador", vale decir, quien desconfía  por principio de las tesis asentadas, los dogmas, las aserciones rotundas, y presenta enfoques distintos, nuevas  perspectivas, planteamientos innovadores, convencido de que la realidad, tan poliédrica, y la capacidad cognoscitiva del hombre, tan limitada, invalidan los enunciados apodícticos, las proposiciones indiscutibles.
Viñuela, que conoce bien la refutación del escepticismo o, si se quiere, la disolución del problema escéptico realizada por Wittgenstein (véase la obra de éste Sobre la certeza), coincide con el austríaco en el interés por el lenguaje. El extremeño desconfía, con muy buenas razones, del que utiliza el Poder (económico, político, científico, religioso y de cualquier género) para mantener a las personas en una, casi siempre culpable, permanente minoría de edad, por decirlo con palabras de Kant.  De ahí sus esfuerzos por deconstruir  tantos discursos, palabrería si se quiere,  bien  habituales en los medios, la academia,  el púlpito, la tribuna, las aulas, el ágora e incluso las barricadas.
No obstante,  quien se dice escéptico esperanzado y antirelativista rotundo, no oculta su convencimiento sobre determinada cuestiones, reiteradamente  recordadas con énfasis:
-No admite la separación entre ética y política.
-Esta segunda se hace en la calle (dada la corrupción del sistema de partidos).
-La filosofía debe tener puesto relevante en al enseñanza de nuestros jóvenes.
-El capitalismo es hoy un sistema en quiebra irrecuperable.
-Es imposible el crecimiento ilimitado.
-El pensamiento utópico se traduce siempre en tiranía.
-La historia carece de sentido intrínseco y determinado.
-Abandonar la teología y volver a los evangelios pude ser muy positivo.
-España no tuvo parte en la verdadera Ilustración.
-La tríada  libertad igualdad y fraternidad constituyen la base de la moralidad.
-El régimen franquista estuvo viciado desde sus orígenes.
-Las urnas no constituyen per se ninguna garantía democrática.
-Corremos inminente peligro de retroceder hasta una nueva Edad Media.
-Solamente la isegoría (libertad de expresión), la autonomía  y la isonomía (igualdad ante la ley) son los avales de la auténtica democracia (gobierno del pueblo).

Fragmentaria en su construcción, con lenguaje apasionado, reiterativa y coloquial en ocasiones, bien argumentada siempre, la obra del Dr. Viñuela confirma que los filósofos no deberían ser jamás considerados especie  en extinción: contribuyen como pocos a mantener la conciencia vigilante, allí donde Machado situaba  la cultura.

Juan Pedro Viñuela Rodríguez, Reflexiones de un escéptico. Villafranca de los Barros, autoedición, 2014.

183. Lirismo y barbarie
Manuel Pecellín Lancharro

Auschwitz-Birkeneau, el doble campo de exterminio levantado por los alemanes en Polonia como cabeza de un monstruoso sistema concentracionario, sigue siendo la vergüenza de Europa. Las recientes medidas adoptadas por un conjunto de países (no España) para mantener en pie cuanto queda de aquel horror, contribuirán a mantener la memoria histórica de algo que nunca debió aprobarse: el holocausto del pueblo judío y de quienes podrían estorbar (gitanos, homosexuales, minusválidos, comunistas) el proyecto imaginado por los nazis para salvar el mundo sobre los fundamentos de la raza aria.
A los abundantes testimonios compuestos por víctimas de aquel infierno, se sumó el de Odette Elina, que paso allí casi dos años, "sin flores, ni coronas",  sino más bien dolorida por el hambre, el frío, la enfermedad y brutalidades innúmeras, aunque se escapó de los hornos.
Nacida en París (1910), miembro de una familia hebrea acomodada, se adscribió joven al Partido Comunista francés. Pronto (1940) pasa a colaborar con la Resistencia, siendo detenida por la Gestapo (1944) y  deportada a Auschwitz. Sus padres y su hermano pequeño fueron gaseados, pero ella resistió hasta la llegada de los rusos (1945) y regresó a Francia, donde ejercía como secretaria del Comité Internacional de Auschwitz  entre 1957 y 1967. Murió el año 1991.
A propósito de  su obra Sans fleurs ni couronnes escribió A. Camus: "Cuando hayan cesado hasta los ecos, pues habrán muerto todos los testigos, cuando el olvido se apoderes, como suele, de la verdad, será necesario volver a documentos como éste". Ahí radica el gran valor de esta obra, que Periférica publicase  en castellano hace un lustro y vuelve a editar ahora. Con una prosa de extraordinaria desnudez, más a modo de apuntes que de texto perfecto, Odette se conducirá como una pintora expresionista para trazar un conmovedor retrato del lager donde la encerraran. No son menos turbadores los dibujos que enriquecen el pequeño volumen, trazados por ella misma. Puesto que la vesania de sus verdugos es ya lugar común, tal vez lo más llamativo de la obra sea el relato sobre el comportamiento sumamente egoísta de los propios encarcelados,  capaces de todo con tal de conseguir un mendrugo o un harapo extras, si bien la autora asume su defensa: "Con el paso del tiempo, comprendo mejor que la furiosa necesidad de sobrevivir haya podido convertir en malvados y en animales de rapiña a algunos seres humanos" (pág. 10).
La biografía de Odette Elina se recoge en un postfacio compuesto por Sylvie Jedynak, quien resalta cómo el texto refleja la barbarie nazi sin que el texto pierda su profundo lirismo. La traducción es de Luis Eduardo Rivera.

Elina, Odette, Sin flores ni coronas. Cáceres, Periférica, 2014

182. Dickens
Manuel Pecellín Lancharro
Con apenas 25 años, Dickens era el editor de la revista literaria Bentley´s  Miscellany.  Entre enero de 1837 y febrero de 1839, publicó allí numerosos textos, bajo el pseudónimo de "Boz". Diez años después de su muerte (+1880), fueron recogidos en un volumen póstumo, cuando el fenecido autor gozaba ya de general prestigio. Compuestas a la vez que su célebre novela Oliverio Twist, cuyos primeros capítulos aparecieron también en la mencionada revista, estas graciosísimas historias quedarían en segundo plano, aunque bien merecen una lectura sosegada.
Según recoge el título, las más relevantes narran los acontecimientos, relatados a modo de crónicas directas, que habrían tenido lugar durante las dos sesiones celebradas  en Mudfog  por la "Sociedad para el Avance de Todo".
Mudfog (Lodo_niebla) es una población imaginaria, próxima a Londres, a la que Dickens hace llegar los sabios más esperpénticos para debatir cuestiones de máxima actualidad. Un periodista (con caracteres autobiográficos) irá dando cuenta de los  histriónicos debates sostenidos en los correspondientes comités de zoología, botánica, anatomía, medicina, estadísticas, ingeniería mecánica y hasta el de "umbología y sosería",
Con típico humor inglés,  ridiculizando el argot de la prensa escrita, el joven autor se burla de las inquietudes intelectuales de aquellos sabios, más atentos a llenar la andorga que a encontrar remedio a los problemas de sus conciudadanos, heridos cruelmente por los tremendos desajustes socioeconómicos provocados por la revolución industrial. La constante ironía del supuesto redactor comienza ya con el nombre inglés que atribuye a los científicos congregados en Mudfog. Baste recordar el de los profesores Score (roncar), Doze (sestear), Whezy (resoplar), Grime (mugre), Drawley (cansino), Misty (difuso), Purblind (cegato), Rummun (bebedor de ron), Keth (verdugo) Buffer (torpe), Pumpkinskull (cabeza de calabaza), Flummer (insípido)  y otras eminencias similares. Ángeles de los Santos, que ha hecho una excelente traducción, explica en notas a pie de páginas estas y otras curiosidades.
Poco podría poderse esperar de tales eminencias. Sin embargo, en boca de algunos de ellos pone  el previsor Dickens,  ya a principios del siglo XIX, debates sobre cuestiones relacionadas con la inteligencia artificial, como una maquinita para robar bolsillos, policías y jueces robóticos, magistrados autómatas (no más insensibles que los actuales, se encarga de anotar), trenes portátiles, etc., etc.
En los siguientes artículos los hay bastantes más flojos, tales "Robert Bolton, el caballero con contactos en la prensa" o "Epístola familiar de un padre a su hijo de dos años y medio". Pero todos justifican que las clases humildes intuyesen pronto en Dickens a un defensor de los  más desafortunados. Según bien avisa la traductora en lúcido postfacio, estos textos anunciar las claves que marcarán la obra posterior de Dickens: "El compromiso social, la preocupación por los desfavorecidos y la crítica a las instituciones; de otro lado, el talento para la caracterización de personajes, la capacidad de observación de la realidad, la ironía, en sentido del humor, la tendencia a la exageración y al ´surrealismo`,  la utilización de elementos autobiográficos, la presencia de la ciudad  de Londres como un personaje más" (pp. 178-79). 
El joven Dickens, a menudo  sirviéndose del lenguaje alegórico, no ahorra puyas, amables pero turbadoras, contra la  Iglesia anglicana, el  Parlamento de la nación, la clase política,  los escritores consagrados, la prensa, la magistratura, la universidad y las empresas de un país, el suyo, que, pese a todo, destacaba entre los más avanzados de Europa.


Charles Dickens, Los papeles de Mudfog. Cáceres, Periférica, 2014.
181. Un arquitecto en la Academia
Manuel Pecellín Lancharro
He dicho numerosas veces mi admiración hacia los ensayos que sus autores escriben sobre los asuntos cuyas entretelas dominan. Nada más enjundioso que leer las consideraciones apoyadas en un largo ejercicio profesional, donde se nos descubren los secretos de cada oficio, la lucha tenaz por dominarlos, las vicisitudes sufridas en  el aprendizaje nunca completo, las ilusiones ante los éxitos y las mordeduras del fracaso.  A este respecto,  y sin salirme de Extremadura ni remitirme a épocas lejanas, se me vienen a la memoria trabajos de excelentes profesionales, como los de Benito Estrella (pedagogía), Juan García Gutiérrez (humanidades), Eduardo Naranjo (pintura), Artemio Baigorri (sociología), Antonio Gallego (música), Luis y Antonio Sáez Delgado (literatura), Agustín Muñoz Sanz (medicina),  Javier Marcos Arévalo (antropología), Luis García Iglesias (antigüedad grecolatina), Joaquín González Manzanares (bibliofilia), José María Álvarez  Martínez (mundo romano), Juan Serna Martín (agricultura ecológica), J.J. Barriga Bravo (periodismo),  Joaquín Araújo (naturaleza), Diego Hidalgo Schnur (orden mundial) o Luis de Llera Esteban (catolicismo), a los que  fácilmente podrían añadirse otros muchos nombres.
Entre ellos figura ya el de Gerardo Ayala, por las reflexiones contenidas en “Un arquitecto en la Academia”. Natural de Badajoz (1940), profesor  de  Proyectos durante tres lustros (1991-2005) en la Escuela Técnica Superior (E.T.S.) de Madrid y de la Univerisitá de la Sapienza (Roma),  docente invitado en bastantes más, ha desarrollado una extraordinaria carrera.  A él se deben, en cadena interminable, edificios como las sedes del  Banco Popular de Madrid y del periódico HOY, las Ciudades de la Justicia de Cádiz y Almería, el teatro del Rincón de la Victoria,  el Tribunal Supremo del Trabajo en Erfurt,  el Teatro Central de la Expo 92, la rehabilitación del palacio de Camarena (Cáceres), el Colegio Oficial de Arquitectura de Extremadura o el puente sobre el Guadiana de Villanueva de la Serena. Es también un pintor de calidad reconocida. Para su ingreso en la R. Academia de Extremadura (25 octubre 2014), compuso la obra que presentamos, donde desarrolla las directrices fundamentales por él seguidas en los trabajos arquitectónicos, reconociéndose alumno de Alejandro de la Sota y Javier Sáenz de Oíza (sin ocultar admiración por el extremeño Francisco Vaca Morales).
Ayala, que posee una muy saludable vena humorística y gran sentido crítico, va narrando con espíritu alegre muchas de las experiencias que le ayudaron a labrarse el código personal de su disciplina, resumida por él en estos tres ejes básicos:
1.- El contexto.  Ante todo, se impone conocer exhaustivamente el país, la ciudad, el entorno,  el clima, la historia, los usos y necesidades, la cultura  del sitio donde se va a construir.
2.- La disciplina, que impone las técnicas, soportes y materiales más oportunos, según el edificio trazado, sin desconocer la tradición ni los nuevos descubrimientos, procurando no mancillar la serenidad y la memoria de los destinatarios.
3. La actitud constante y emocionada,  la pasión por conseguir lo propuesto (enfrentándose acaso con intereses espurios, de carácter económico y político).
Al muy sabroso texto del recipiendario, sigue la no menos sugerente contestación que en nombre de la Academia desarrollara Eduardo Naranjo. El genial pintor de Monesterio (n. 1944)confesó que se reconoce en muchas de las tesis sostenidas por Ayala, cuyas virtudes estéticas elogia sin reservas, pues, dice, “se trata de un arquitecto de verdad, no un simple hacedor de edificios, sino alguien que se mueve por sentimientos y sensaciones de puro artista, un creador tan sincero y original como la persona que detrás de él se percibe”. La publicación se enriquece con numerosas ilustraciones dibujadas por el nuevo académico.

Gerardo Ayala Hernández, Un arquitecto en la Academia. Trujillo, R. Academia de Extremadura, 2014.

180. Judíos y españoles después de la expulsión
Manuel Pecellín Lancharro
“Nos volvemos a encontrar después de 500 años”  fue el saludo de Simon Peres, primer ministro de Israel, a Felipe González tras el tratado de relaciones plenas entre su país y España (La Haya, 17 enero 1986). Las dos naciones ponían oficialmente fin a un  doloroso litigio que se iniciase cuando los Reyes Católicos firmaran (1492) el tratado de expulsión de los judíos no dispuestos a recibir las aguas bautismales. Sobre los conversos, reales o simulados, entre los que figurarían muchos de nuestros escritores, artistas, prelados, políticos, comerciantes, banqueros  e incluso santos más célebres, la Inquisición se encargaría de extender sus poderosos y temibles tentáculos. Al fin, las comunidades israelitas quedan prácticamente eliminadas del territorio hispano. Desde la diáspora (Marruecos, Francia, Países Bajos,  repúblicas italianas, Balkanes, Turquía, Israel), los sefarditas, orgullosos de su origen, dueños de un rico legado cultural, dolidos por las afrentas y nostálgicos de la patria perdida, no cortarían nunca definitivamente el cordón umbilical.  Tampoco lo hizo España.  Siempre hubo redes,  acaso clandestinas, pero eficaces. Tampoco fueron olvidados en la Península ibérica, pese a los ramalazos antisemitas que a menudo  se expandieron aquí con apoyo de las fuerzas conservadoras,  si bien no pocos españoles juzgarán sumamente adecuada (especialmente en épocas de grandes desastres socioeconómicos) la aportación hebrea para salir de la crisis.

Mérito de esta obra –un volumen con más de 600 páginas- es delinear lo que han sido las relaciones hispano-judías desde el edicto de expulsión  (1492) hasta hoy.  La tesis principal, abrumadoramente argumentada, es que nunca se cortaron las relaciones entre los dos pueblos, si bien condicionadas por el contexto histórico de cada época y los prejuicios mantenidos en ambas partes, tal vez una curiosa manifestación del binomio amor-odio a gran escala. Ni los sefarditas dejaron nunca de interesarse por cuanto ocurría en la que siempre consideraron su patria de origen, ni España se abstuvo de ayudar a las familias de su diáspora israelí cuando lo necesitaron y le fue posible (quizá no  siempre todo lo deseable), pese a las dificultades de política exterior e interior.

Isidro González lleva más de seis lustros investigando el tema, sobre el que tiene publicadas multitud de obras: La cuestión judía y los orígenes del sionismo (1881-1905); España ante el problema judío; el retorno de los judíos; Las relaciones España-Israel y el conflicto de Oriente Medio; Los judíos y la Segunda República (1931-1939) y Los judíos y la guerra civil española. Es miembro del Comité Científico de la Cátedra Universitaria España-Israel y del Comité de expertos de las Naciones Unidas para el Estudio del Antisemitismo. Su autoridad está pues más que contrastada.

Capítulos especialmente interesantes de la obra son los dedicados a los momentos en que resulta más fácil la aproximación entre españoles y sefardíes, incluido la posible vuelta de los hijos de los desterrados (Cortes de Cádiz, primera y segunda República, III Reich, guerras entre israelíes y palestinos), así como a las personalidades más interesadas en el asunto (Castelar, Dr. Pulido, Madariaga,  Fernando de los Ríos, Juan Cárdenas, Areilza) y a los auténticos héroes en la lucha contra el holocausto (con Sanz Briz y otros diplomáticos a la cabeza).

Esforzándose por superar el enorme cúmulo de tópicos existentes y no incurrir nunca en actitudes maniqueas, procurando entender los acontecimientos a la luz de la documentación clásica y reciente (muchos archivos sólo en estos años pudieron ser consultados), el Dr. Isidro González ha hecho un trabajo rotundo.  Podrían haberse eliminado las numerosas repeticiones y, sobre todo, la  excesiva cantidad de erratas que lastran un texto apasionante.

Isidro González, Los judíos y España después de la expulsión. Córdoba, Almuzara, 2014.

179. Asedio y captura de Badajoz
Manuel Pecellín Lancharro
Alentadas por la conmemoración  del segundo centenario de Guerra de la Independencia  y las Cortes de Cádiz, se produjo en Extremadura un auténtico aluvión de publicaciones. Cosa lógica, considerando que nuestra región fue teatro de terribles batallas y el protagonismo de los diputados extremeños en los debates sobre la Constitución de 1812. A aquel rico conjunto de obras viene a sumarse este volumen con casi quinientas páginas, que facilita el acceso a importantes fuentes
sobre el el asedio, captura y saqueo de Badajoz por parte del ejército angloportugués.  A través de las mismas, todas inglesas, podrán pecibirse, entre tantos horrores bélicos, la valentía de asaltantes y defensores (franceses), así como los sufrimientos de la población encerrada en aquellos muros  hasta entonces inexpugnables.
Gallardo Durán (Campanario, 1956) pertenece a ese admirable grupo de bibliógrafos naturales de La Serena, que además lleva el apellido del más distinguido, D. Bartolomé José, de todos los cultivadores de una ciencia tal vez ancilar, pero imprescindible para poner al alcance de los estudiosos los materiales de investigación. Es también autor de las siguientes publicaciones, todas enmarcadas en el mismo entorno espaciotemporal: La guerra de la Indepedencia: tropas británicas en La Serena y Vegas Altas en 1808, 1809 y 1812; Don  Benito, verano de 1812. Testimonio del capitán de infantería J.Patterson del Regimiento nº 50 de la 2ª División, y Reflejo de la batalla de Medellín en el diario español de Lady Holland.
Catedático de Inglés en el IES de su pueblo, cuenta con una rica base documental, extraída fundamentalmente de publicaciones británicas del XIX.  Para este libro, Gallardo selecciona lo que dice relación con lo ocurrido en la capital del Guadiana durante los días 12 de marzo al 15 de abril de 1812. A cada corpus de textos antologados, que se reproducen traducidos por él y con casi medio millar de notas explicativas, antepone enjundiosos  preliminares.Tres son los bloques bibliográficos: los "despachos" del general  Wellington, el diario del comandante Burgoyne y las memorias del capitán James MacCarthy, todos directamente implicados en los acontecimientos.
El jefe de las tropas aliadas contra las de Napoleón aparece como un estratega meticuloso, muy bien informado, despectivo hacia los soldados españoles y  con enorme interés para que los suyos se hallen bien provistos de munición y alimentos, lamentándose una y otra vez de no contar con especialistas para el asalto de murallas. Posee una visión de la guerra por toda le Península; no duda al exigir los máximos sacrificios y se esfuerza por reparar las exacciones que sufre la población civil. Apenas alude a las barbaridades cometidas en el Badajoz recién conquistado, aunque sabe bien la canalla (expresidiarios, borrachos, ladrones) que abunda en sus ejércitos.
Burgoyne  evoca  en sus memorias, con lenguaje castrense, el desarrollo de la  sangrienta batalla junto a los muros y torres del "castillo" pacense que, tras el fracasado asalto de 1811, lograron tomar por fin. Se trata de apuntes escritos en primera persona, seguramente al pie de los fosos.  Lleva una concisa introducción de Ian Fletcher. Más literario  resulta el de MacCarthy, que tan esforzado se mostró en la  preligrosísima escalada y toma de la alcazaba. Reconoce también la valentía y capacidad de los cuadros de Philippon, así como la implacable rapiña que los  vencedores hijos de la Gran Bretaña, ansiosos de botín,  desencadenaron contra una población indefensa. Una ciudad mátir, Badajoz, cuya toma fue clave para el desarrollo de la guerra.
Parte notable del volumen lo ocupan los perfiles biográficos que el autor  adjunta de los oficiales mencionados en el libro (cien páginas), así como el aparato bibliográfico (con páginas de internet incluidas) y un muy útil índice onomástico.

Gallardo Durán, José María, Abril 1812. Asedio y captura de Badajoz. Badajoz, Diputación, 2014

178. Vera y Zúñiga
Manuel Pecellín Lancharro
Panfleto clandestino fue el que compuso e hizo editar en forma de dura epístola contra el papa Urbano VIII el extremeño Juan Antonio de Vera y Zúñiga (1583-1658). Más conocido como I Conde de la Roca, el ilustre emeritense la publicó en Venecia el año 1633, sin duda para defender los intereses de la corona española, que él creía amenazados por el indudable partidismo francés del Pontífice.  Lo firmaba Ludovico Zambecchari,  nombre bajo el que se ocultaba el del embajador de Felipe IV. Con encomiable valentía,  imputa al sucesor de Pedro incurrir  en los más graves desórdenes: nepotismo, simonía, venganzas personales, blandura e incluso complicidad con los herejes luteranos, enriquecimiento personal a costa de los bienes de la Iglesia, preocupación exclusiva por su salud e interesadas veleidades políticas.

Sólo un ejemplar se conservaba de este  apasionante opúsculo, impreso en lengua italiana  (aunque originariamente se redactase en español) y custodiado en la Biblioteca Marciana de Venecia (si bien se conocen varias copias manuscritas). Carmen Fernández-Daza, presidenta entonces de la Unión de Bibliófilos Extremeños, se propuso reeditar este modelo de literatura polémica en la “Biblioteca Menor de Autores Extremeños”, que ella había imaginado y quedó pronto truncada,  por razones de estrechez económica, tras breve andadura de solo cuatro títulos, el año 2005. Felizmente, sale ahora a la luz dentro de la colección “Rescate” de la Editora Regional de Extremadura, a cuyos responsables, especialmente  su directora, Rosa Lencero, la UBEx expresa honda gratitud.

Vertido al castellano por la doctora Fernández-Daza – sin duda la máxima experta en el personaje- ella misma le ha puesto un formidable estudio preliminar - y está dedicado a José Miguel Santiago Castelo, director de la R. Academia de Extremadura. Con más páginas que el opúsculo ahora rescatado, constituye imprescindible apoyo para orientarse en la lectura de esta tremenda invectiva antipapal, ambientada en la Guerra de los Treinta Años. Se adjunta también selecta bibliografía para los interesados en profundizar sobre el tema. Quien esto suscribe se limita a una breve presentación del libro, como responsable de la comisión gestora de la UBEx.

“Yo no pertenezco a nadie; he nacido en la Eutopía (sic) de Tomás Moro, me he alimentado de la República de Platón, y únicamente me considero apasionado por la Justicia, amante de la Religión Católica Romana que profeso y por la que daría y daré siempre el último aliento, como muy enemigo de los enemigos de Dios y sus fautores”. Así se presentaba  al concluir el texto  el Conde de la Roca, como para justificar su ácida pluma, consciente el autor de que prestaba un servicio al Rey y al Duque de Olivares, su  muy poderoso protector.  Personaje polifacético (noble, diplomático, político, publicista, militar y escritor fecundo), gran amigo de Quevedo, el Conde de la Roca, que una y otra vez suspira por poder afincarse en su Mérida natal, alejándose así del mundanal ruido,  constituye otro ejemplo paradigmático del “genio literario de Extremadura” (López Prudencio).

Juan Antonio de Vera y Zúñiga, Al Pío, al Grande, al Beatíssimo Papa Urbano VIII. Mérida, ERE, 2014.


177. España, el Atlántico y el Pacífico
Manuel Pecellín Lancharro
Con la coordinación de Felipe Lorenzana, cuidado  por Félix Iñesta (edición impresa) y Francisco Javier Mateos (edición digital), se publica este volumen de 428 páginas, que recoge los trabajos defendidos en las XIV Jornadas de Historia de Llerena. Resulta admirable la calidad que sigue manteniendo este  simposio. La convocatoria de 2013 tuvo por lema “España, el Atlántico y el Pacífico”, centrándose en la conmemoración del V centenario del descubrimiento de la Mar del Sur por Núñez de Balboa, si bien se aceptarían otras comunicaciones sobre Extremadura no relacionadas con dicha efemérides. Señalaré las más interesantes.

Tras el estudio de Antonio García-Abásolo (Universidad de Córdoba) en torno a las relaciones comerciales entre Acapulco y Filipinas, merced al famoso “galeón de Malina” (analizado después por José M. Herrera), con el papel predominante que los chinos llegarían a conseguir en estas transacciones hasta la expulsión (¡otra más!) de los “sangleys”, Carmen Mena (Universidad de Sevilla) expone el interés que para los españoles alcanzaron bien pronto las famosas pesquerías de perlas en los manglares panameños. Ya Núñez de Balboa vislumbró la importancia de aquellas tesoros frente a unos indios más interesados ante la carne de las ostras que sus excreciones ambarinas, seguros así de engañar a los conquistadores intercambiándoselas por auténticas baratijas (Bartolomé de Las Casas dixit). Y ello aunque se tratase de ejemplares como la célebre “Peregrina”, cuya novelesca historia aquí se dibuja.

Rafael Rodríguez-Ponga (Instituto Cervantes) recoge multitud de términos españoles  pertenecientes  a la cultura porcina y conservados en el chamorro, el idioma de las islas Marianas. Atribuye este fenómeno lingüístico a que fueron unos jesuitas extremeños, llegados desde Plasencia, quienes llevaron los cerdos hasta aquellos territorios. Precisamente de otro miembro de la Compañía, Manuel de Solórzano y Escobar (1649-1684), que también misionó allí, se ocupan Andrés Oyola y Manuel López Casquete. Nacido en Fregenal y asesinado por los chamorros insurrectos, al parecer dejó escrita una Descripción de las islas Marianas, costumbres de sus habitantes. Sus restos, considerados como reliquias, sufrirán una auténtica odisea, hasta hoy mismo. De otros religiosos extremeños en Filipinas se ocupa Carlos Villoria, quien nos ofrece breves datos de los PP. Agustinos Sebastián de Foronda (Badajoz, 1665) y Eusebio Polo Santa Ana (Brozas, 1719).  Ambos merecen figurar en la nómina de escritores de la Región, como autores que fueron de numerosas publicaciones religiosas y poéticas. No resultará rara la devoción a  la Virgen de Guadalupe , según expone Pablo Jesús Lorite, en las Islas Filipinas (donde también se practicó durante tres siglos la tauromaquia, como demuestra Francisco M. Arénaga).

Más atractiva aún es la figura de la llerenense Catalina de Bustamante. Pasada a América durante los primeros años de la conquista y estrechamente vinculada a la obra evangelizadora del franciscano Toribio de Benavente (el famoso “Motolinía”: pobrecito, en nathual, otro defensor de la población indígena), se la considera hoy  la primera gran educadora en el Nuevo Mundo. De ella se ocupa Julián Ruiz Banderas, más interesado en el contexto histórico que en el personaje mismo.

Francisco J. Gutiérrez establece la biografía básica de dos “peruleros” del s. XVII, el matrimonio formado por Gonzalo Cano Pulgarín (n. Azuaga) y María González Centeno (n. Zalamea de la Serena), que, vueltos a España y afincados en Sevilla, desarrollaron junto al Betis una intensa actividad comercial.

Menos fortuna tendrían José Sepúlveda, Diego Pacheco y Julián Olivares, destacados militares de la “Leal Legión Extremeña”, el regimiento constituido por el escocés John Downie durante la Guerra de la Independencia contra los franceses y destrozado tras la derrota de Ayacucho. Sobre ellos escribe Ignacio Pavón Soldevila (UEX) .

Aunque relacionados con otras situaciones, importa destacar la aportaciones de Ángel Bernal (“Posesiones, rentas y censos de propios, eclesiásticos y de la Orden en Llerena. 1494-1515"); Manuel Maldonado (“Estrategias de la oligarquía de Llerena en el gobierno del concejo y su hacienda durante el XVII”) y Francisco J. Mateos (“Nuevas aportaciones documentales sobre el urbanismo de la ciudad de Llerena y su historia”). Cierra el tomo Antonio M. Barragán-Lancharro, que relaciona la reglamentación para los primeros convenios colectivos en el campo extremeño aprobada  (1932) por los jurados mixtos de Olivenza y Don Benito.  A su entender, los sublevados franquistas respetarán básicamente aquellas disposiciones.


Félix Iñesta Mena y otros (coord.), España, el Atlántico y el Pacífico. Llerena, Sociedad Extremeña de Historia, 2014.

176. La biblioteca del seminario pacense
Manuel Pecellín Lancharro
Hace bien poco, la muerte se llevó al sacerdote  Francisco Tejada Vizuete (Granja de Torrehermosa, 1940), importante hombre de la cultura extremeña. Licenciado en Teología y Doctor en Historia del Arte, son muchas las áreas en las que deja constancia de sus infatigables labores: el archivo y el museo de la catedral pacense; el Centro Superior de Estudios Teológicos, afiliado a la Universidad de Salamanca; la secretaría de la Academia de Extremadura;  la Federación Extremeña de Folklore; la dirección de la revista Pax et Emerita; las reediciones de textos fundamentales para la historia de la Región (v.c., la Historia de la ciudad de Badajoz, de Solano de Figueroa) y numerosos libros sobre diferentes temas. Pero, entre tantas actividades, quizá la más ilusionante para él fue reorganizar la  biblioteca de San Atón, con la inestimable ayuda de quien hoy la dirige, Guadalupe Pérez, autora del libro aquí reseñado. Todavía tuvo tiempo el Dr. Tejada para presentar con enorme entusiasmo esta obra, poco antes de someterse a  su última y fatal operación.
Los fondos bibliográficos del Seminario de Badajoz, sustancialmente enriquecidos por Alonso Solís y Gragera (1783-1797) , Mateo Delgado Moreno (1902-1841), y Félix Soto Mancera  (1904-1910), prelados de la diócesis, alcanzan casi los 50.000 volúmenes.  Entre ellos sobresalen una decena de incunables; más de mil impresos durante el s. XVI en numerosos talleres españoles y europeos; la maravillosa Biblia Políglota de Amberes; numerosos escritos de Arias Montano y Erasmo ; no pocos incluidos en los múltiples Índices redactados por la Inquisición; textos krausistas  y publicaciones periódicas muy difíciles de localizar en otros lugares.
Según resalta en el prólogo Francisco González Lozano, Rector del Seminario, esta casa, justa merecedora de la Medalla de la Comunidad, ha ofrecido formación y enseñanza a lo largo de 350 años a muchos  miles de jóvenes, siendo su biblioteca -abierta siempre a consulta pública - instrumento no del todo bien utilizado. Desde ahora será mucho más fácil consultar sus contenidos. El trabajo de Guadalupe Pérez abarca solamente el fondo antiguo, es decir hasta finales del siglo XIX. Según ella misma destaca en la introducción técnica, entre los casi 7.000 títulos y 13.8000 ejemplares catalogados predominan los de carácter humanístico (teología, derecho, filosofía, literatura e historia), aunque caben todas las sorpresas, como ese conjunto de obras de Medicina, que al Dr. Abdón Moreno le entusiasman por la rareza de no pocas.
La publicación consta de dos tomos. El primero, de casi quinientas páginas, ofrece, tras unos apuntes sobre la historia del Seminario, los oportunos registros, alfabéticamente ordenados y distribuidos por materias, con el autor, título, pie de imprenta,  signatura, etc., de cada ejemplar. "Al encontrarse una gran parte de nuestros libros descritos en el Catálogo Colectivo del Patrimonio Bibliográfico Español, no hemos visto necesaria la descripción exhaustiva de cada registro y hemos desarrollado los datos fundamentales para la descripción de cada obra, obviando otros datos de carácter secundario, como pueden ser sus notas marginales o datos de propiedad", aclara Pérez Ortiz, que bien conoce la importancia ocasional de lo omitido. El tomo segundo recoge  variados índices: de autores y obras anónimas; de impresores, editores y libreros (hay nombres máximos de las gráficas europeas); el cronológico y el de materias.
En resumen, herramienta utilísima para manejarse en una de las bibliotecas fundamentales de Extremadura.

Guadalupe Pérez Ortiz, Catálogo del fondo antiguo de la biblioteca. 2 vols. Badajoz, Seminario Metropolitano de San Atón, 2014

175. Desde la eternidad
Manuel Pecellín Lancharro
Hace meses, saludábamos la publicación de  Más que cuerpos, novela policíaca enmarcada en Mérida, con proyecciones hacia otros lugares próximos  donde se desarrollan los acontecimientos narrados.  El protagonismo lo conduce Annika Kaunda, la joven agente de color y origen africano,  encargada de resolver  crímenes que llegan a destapar todo un entramado de trata de mujeres, narcotráfico, venta de medicamentos falsos, acoso laboral, desaparición de personas  y demás actuaciones ilícitas conexas.  Cuenta con la ayuda de Bruno,  periodista free-lance, primero amigo y pronto compañero sentimental. Por sus  páginas discurren empresarios corruptos, jóvenes extranjeras forzadas a prostituirse  en  pubs de carretera y  matones sin escrúpulo, que componen este rico caleidoscopio en alternancia  con homosexuales felices por haber salido del armario,  enfermos del SIDA, jóvenes parejas  a la búsqueda de un difícil entendimiento, algún policía prepotente, junto a otros personajes secundarios pero no irrelevantes.

Con parecidos mimbres se construye Desde la eternidad, más madura, mejor elaborada y con mayores dosis de suspense.  Según anotábamos en la reseña inicial,  Susana Martín Gijón (Sevilla, 1981) es asesora jurídica especializada en relaciones internacionales y derechos humanos. Dirigió durante cuatro años el Instituto de la Juventud de Extremadura  y ha sido Presidenta del Comité contra el racismo, la xenofobia y la intolerancia. Colabora en diversas plataformas nacionales e internacionales, entre ellas la directiva de la Coordinadora Española del Lobby Europeo de Mujeres y la Red de Mujeres Jóvenes Africanas y Españolas. Con este currículum se entenderá bien la carga sociológica que trasmite a sus novelas.

La policía emeritense está desconcertada ante los terribles acontecimientos que de pronto se desencadenan en la ciudad, tan orgullosa de su patrimonio histórico: atentado contra el Consejero de  Educación, responsable del programa “Emerita ludica”,  durante las celebraciones del Día de Extremadura; el asesinato del dueño de un spa construido en Calamonte  a la moda romana; la crucifixión del influyente responsable del proyecto “Mecenas”… Todos los crímenes  (¿de carácter político, ideológico, crematístico, simples  venganzas?) parecen tener un común denominador, con base en los monumentos  artísticos de la urbe  y  armas procedentes de la época antigua.  Bruno, a quien se le descubre una historia familiar relacionada con la mafia napolitana, la temible “camorra”,  y otra sociedad secreta, los “ab aeterno” (atención al título de la obra),  presta  nuevamente inestimables servicios a Annika para desenredar el ovillo.  Incluso llegará a salvarle la vida. El uso de las redes sociales, con su jerga informática, juega su papel. De forma colateral, se desarrolla la investigación sobre la trata de mujeres, con personajes ya conocidos por los lectores de Más que cuerpos, como  Alma, la atractiva bosnia. Todo irá resolviéndose merced a la habilidad de la policía y acaso  a una excesiva dosis de casualidades. Pero ya se dice que la realidad supera con mucho a la imaginación.

La posee en buenas dosis la novelista, por otro lado bien informada sobre los usos y costumbres del Imperio;  las fuerzas del orden; la realidad  sociocultural extremeña ;  los movimientos  migratorios y los problemas que la ya demasiado larga crisis viene provocando, sobre todo en los más jóvenes. De todo ello hay claras huellas en el libro, aunque éste pretende ser, y lo consigue, una novela clasificable dentro del género negro. Como en la anterior,  el abuso del leísmo supone una mácula para la ágil y cuidada prosa en que está escrita.


Susana Martín Gijón, Desde la eternidad. Sevilla, Anantes, 2014

174. El escritor en su paraiso
Manuel Pecellín Lancharro
Natural de Zaragoza (n. 1963) y catedrático de Literatura Hispanoamericana en Granada,  el autor ha impartido clases en numerosas otras Universidades, especialmente las de Delaware y Montclair State (USA). Entre sus obras cabe recordar Cómo trabajan los grandes maestros de la literatura (2002), junto con numerosos estudios sobre los escritores hispanoamericanos, cuyas biografías conoce a la perfección. No sólo la de ellos, sino también las de otros grandes maestros de la pluma, según demuestra este libro.

Lo abre un prólogo de Vargas Llosa, en la que el premio Nobel evoca cuán intensamente ha amado los libros y los lugares donde se guardan, catalogan, sirven y leen tan imprescindibles útiles de la cultura. Él mismo trabajó en la biblioteca del Club Nacional de Perú, donde pudo hacer descubrimientos que lo marcarían, como el de la larga veintena de tomos publicados en la colección “Les maîtres de l´amour”, dirigida por Apollinaire. Vivirá experiencias similares en la Nacional de Madrid y París, así como en la antigua British Library, a la vez que iba componiendo su novelística. Con él concluye también el volumen.

Son treinta los escritores concitados en estas páginas, donde se nos hace ver, por testimonios directos o indirectos,  las relaciones laborales que a lo largo de sus tantas veces muy agitadas vidas mantendrían con esos “paraísos”. Porque no otra cosa es para un creador tener a mano miles y miles de títulos que devorar. Se trata de figuras relevantes, pertenecientes a numerosos países y que así se  agrupan sin seguir orden cronológico, escuela, movimiento o generación. Según los casos, no solamente se analizan las vinculaciones de cada uno (casi siempre, de larga duración), con distintas bibliotecas (universitarias, estatales, municipales, áulicas, privadas, etc.), sino que se incluyen agudos análisis sobre la diagénesis, sentido y alcance de las propias creaciones. De ahí que  cabe clasificar El escritor en su paraíso  como género biográfico e historia de la literatura, si es que el primero no supone un aporte imprescindible para entender la segunda.

Obligado a elegir, me quedaría con los capítulos que se dedican al perseguido Reinaldo Arenas, Georges Bataille (“el bibliotecario perverso”), Jorge Luis Borges (“el escritor en su laberinto infinito”),  Robert  Burton (“ el saber enciclopédico y melancólico), Casanova (“seductor seducido por la palabra”), Solzhenitsyn (“un bibliotecario entre rejas”), Hölderlin (“el bibliotecario loco”), el inconmensurable Menéndez y Pelayo o Eugenio d’ Ors, pionero de las bibliotecas populares en su Cataluña natal.

Edén, refugio, taller, tertulia, incluso hogar fueron las casas de los libros para quienes los amaban con tanta pasión. Díganlo si no el extremeño Bartolomé José Gallardo,  activísimo bibliotecario de las Cortes de Cádiz,  a quien A. Esteban  califica como “el príncipe de los bibliófilos españoles”  (palabras que mucho recuerdan las dirigidas por Bataillon a Antonio Rodríguez-Moñino, personalidad  bien merecedora de haber aparecido en este estudio). O Benito Arias Montano, artífice de la magna biblioteca de El Escorial, que tal vez se lleva las páginas más flojas, redactadas sobre una bibliografía arcaica, con algún error de fechas y no pocas consideraciones más que discutibles sobre la casi inabordable producción del escriturario, teólogo y poeta frexnense.

Ángel Esteban, El escritor en su paraíso. Cáceres, Periférica, 2014.

173. La vieja pizarra
Manuel Pecellín Lancharro
Un ensayo sobre las tareas pedagógicas será siempre bienvenido, más aún si lo escribe alguien que dedicó toda su vida a la labor de la enseñanza. Si, además, lo adornan también la pasión por el lenguaje, típico de los poetas, miel sobre hojuelas.
Tal es el caso de Benito Estrella (n. Higuera de la Serena, 1946) quien aún continúa activo como profesor del Programa de Mayores de la UEX.
Maestro, doctor en Pedagogía, fue cofundador y presidente de la innovadora Escuela de Verano de Extremadura ; Jefe de la Unidad de Programas Educativos de Badajoz y ha ejercido la docencia en diferentes escuelas e institutos de la Región. Suyos son los poemarios La soledad y el silencio,  Libro de la memoria y el olvido, El lugar que cura e Izama, el Pájaro; la novela de carácter autobiográfico Valdargar y el ensayo Un extraño en mi escuela. Reflexiones sobre la crisis de la enseñanza en la sociedad de la información.
Vuelve a plantearse ahora el papel que pueden desempeñar las nuevas tecnologías en el aula, mostrándose muy desconfiado sobre el uso acrítico y hasta bobalicón de las mismas, por desgracia tan frecuente. Creer en que ordenadores, tabletas, pizarras y libros electrónicos van a conseguir sin más la mejora del rendimiento académico es una ingenuidad  (muchas veces interesadamente aireada por los políticos de turno). El autor no se opone por principio a la utilización de las mismas para facilitar el trabajo de los alumnos. Juzga sencillamente (y podría haberse apoyado en las pésimas calificaciones del Informe Pisa y otros similares  por lo que a España, más concretamente a Extremadura, atañe) que se necesitan otras  cosas más fundamentales si se quiere elevar la formación del alumnado.  Por ejemplo,  un buen profesorado , así como el cultivo de la escala de valores, frente al vacío axiológico hoy dominante en nuestra sociedad. Carlos Díaz y Antonio Rodríguez de las Heras, con quienes le une antigua amistad, proporcionan al autor las claves interpretativas, que él gusta presentar recurriendo a paradigmas literarios clásicos de distintas culturas, desde la grecolatina y judeocristiana a las asiáticas. El primero de dichos catedráticos es hombre fundamental en la Fundación Emmmanuel Mounier, donde el libro se publica y cuyo objeto es difundir las tesis del "Personalismo  comunitario" planteadas por el filósofo francés que le da nombre y al menos en parte aquí evocadas. "Desde mi punto de vista, concluye Estrella, las TIC (Tecnologías Información y Comunicación), hasta el momento, han aportado bien poco a la educación. Yo diría que, en general, más bien han supuesto un estorbo y un factor de distorsión y escapismo, añadiendo más problemas a los que ya tiene por sí misma la tarea educativa de hoy" (pág. 71).  Frente a tanto artilugio (caros y pronto obsolescentes), cabe añorar las antiguas pizarras (de piedra pulimentada, como en el neolítico), en torno a las cuales era tal vez más fácil el diálogo socrático, el fomento de la creatividad, la interacción profesor-alumnos, la economía de medios y otras virtudes imprescindibles".
Benito Estrella Pavo, Loa a la vieja pizarra. Madrid, Fundación Emmanuel Mounier, 2014

172. Poesía esencial
Manuel Pecellín Lancharro
Será siempre de agradecer una antología bien seleccionada, con iluminador estudio preliminar, que facilite seguir la escritura de un gran poeta, desde sus orígenes hasta los libros últimos.  Tal es el caso de la preparada por Tomás Sánchez Santiago, tan profundo conocedor de José Ángel Valente (Orense, 1929-Ginebra, 2000).  Desde luego, según reconoce con las oportunas citas de la introducción, mucho le  han servido las investigaciones realizadas por otros interesados en las obras del autor, sobre todo los apuntes de Andrés Sánchez Robayna, Fernando García Lara, Miguel Casado,  Claudio Rodríguez  Fer y José Manuel Diego, en cuya memoria se hace la edición.

A estas alturas, parece indiscutible que el creador orensano ha sido hombre clave de las letras españolas durante la segunda mitad del s. XX.  Atento siempre a cuanto ocurría a su alrededor (vivió en Orense, Madrid, Oxford, Ginebra, París y Almería), incluso a los problemas generales de sus coetáneos (japoneses de Hiroshima, indios de Brasil, pueblo de Israel, etc.), se mantuvo indefectiblemente libre de cualquier atadura que pudiera constreñirle el discurso... o el silencio. Cabe recordar que su cuento El uniforme del general lo condujo a un consejo de guerra acusado de ofender al ejército franquista (1972).

Cada vez más esencial, depurada y provocadora, la voz de Valente nos sigue conmoviendo. Interesado por la mística, sea la cábala, el sufismo, el taoísmo, el budismo zen y, cómo no, el cristianismo (especial atención a San Juan de la Cruz  y Miguel de Molino), corrientes en las que apreciaba el interés por los problemas de la inefabilidad,  los orígenes del ser, el misterio, los “armonicae mundi”,  el vacío, la nada y la muerte,   se opuso a ser encuadrado en grupo generacional o escuela alguna.  Prefería el “desierto”  a las camarillas, pesebres o estrados ostentosos. Tal vez por eso es más de todos que cualquier otro coetáneo suyo. Nunca ocultó, sin embargo, deudas con los más grandes de la tradición literaria, críticamente asumida, y muy singularmente con  María Zambrano.

Así se percibe en los poemas antologados en este volumen. ¿Cómo no conmoverse leyendo el homenaje a los maquis enterrados en el cementerio de Morette-Glières (con explícita mención a Félix Belloso Colmenar, de Hervás); el recreado “Dies irae”; la ridiculización de los “Procesos de Moscú” ; la prosa lírica de “Tres lecciones de tinieblas”, genial paráfrasis del alefato hebreo; las geniales interpretaciones del Sur andalusí o el haikú con el que se cierra el libro: “Cima del canto./El ruiseñor y tú/ya soy lo mismo”?

“Borrarse.
Solo en la ausencia de todo signo
se posa el dios”,
proponía el autor como norma máxima. Pero quedará indefectible en la memoria de cuantos lo lean.

José Ángel Valente, Antología poética. Madrid, Alianza editorial, 2014.

171. Mérida santiaguista
Manuel Pecellín Lancharro

Natural de Villanueva de Yeltes (1954), formado en la Universidad de Salamanca, Bernal vino muy joven a Extremadura, donde reside  y labora ininterrumpidamente desde entonces. Catedrático de Instituto, es autor de numerosas e importantes publicaciones  sobre el medievo  y la época moderna, con obras como  Vida campesina en Extremadura: Montemolín a comienzos de la Edad Moderna; Poblamiento, transformación y organización social del espacio extremeño (siglos XIII al XV); El concejo de Ciudad Rodrigo y su tierra durante el siglo XV o La encomienda de Los Santos en el tránsito del siglo XV al XVI.
Julián Clemente Ramos, catedrático de la UEX,  que prologa  este  Mérida, capital y encomienda de la Orden de Santiago (1490-1530), no deja de admirarse ante un trabajo tan fecundo, hecho al margen del recinto universitario pese a las limitadoras  exigencias de la enseñanza secundaria.
Este estudio monográfico se  apoya  sobre todo en las actas municipales y las de los visitadores santiaguistas, conservadas por el Archivo Municipal emeritense , amén de una muy completa bibliografía. Obsérvese que sus tres centenares de páginas llevan casi mil notas. Tiene un doble objetivo: dar a conocer cómo funcionaba tan importante concejo y la forma de relacionarse con la estructura superior a la que pertenecía, la poderosa Orden  militar, durante el periodo acotado, tránsito de la época medieval a la moderna, cuando estructuras económicas, políticas y jurídicas seculares fenecen para dejar paso a otras más acordes con los nuevos tiempos. El investigador estima haber  contribuido a resolver satisfactoriamente, al menos en parte, otra de las  lagunas que sigue presentando la historia de nuestras más importantes poblaciones.
Abre el libro el "diálogo con el medio", minucioso análisis del medio físico (un término de 1.950 km2), la propiedad de la tierra (notable patrimonio común, permanente deseo para los usurpadores : ejidos, pastizales, bosques, dehesas), y las formas como la  explotaban los vecinos (fiebre roturadora en esas décadas), de cuyos estratos y comportamientos sociales se dan cumplidas noticias (apuntes sobre las minorías religiosas y a la emigración hacia el Nuevo Mundo).
Se describen después el espacio urbano, edificios sacros o profanos, el funcionamiento de sus órganos principales y las condiciones socioeconómicas (abastecimientos, salubridad, organización administrativa, fiscalidad) del vecindario, una compleja maquinaria que las relaciones con la Orden santiaguista, omnipresente,  condicionan de modo sustancial. Incluso en los mínimos detalles de la vida cotidiana se dejaría sentir. Sin duda, es este un estudio que "se convertirá para el medievalismo extremeño en una imprescindible y reiterada herramienta de trabajo", según asevera el prologuista.

Bernal Estévez, Ángel, Mérida, capital y encomienda de la Orden de Santiago. Badajoz, Diputación, 2013.

170. La Guerra Civil en Mérida
Manuel Pecellín Lancharro

Un nuevo título, con prólogo de Alberto Oliart Saussol, se suma al creciente número de monografías que historian la guerra civil en un pueblo de Extremadura.  (Sobre la misma  ciudad se contaba ya con el estudio del doctor Juan Carlos López Díaz, Historia de la II República en Mérida. 2011, aquí también reconocido).
Aunque natural de Badajoz (1939), Fernando Delgado se vincularía pronto a Mérida, donde ejerció el magisterio combinándolo con dedicaciones culturales múltiples, entre las que destaca el periodismo.  Cronista oficial, entre sus obras cabe recordar Historia del Liceo de Mérida 1901-2001 y los dos tomos que componen susViejos escenarios emeritenses (2002, 2005).
Según él mismo declara, el origen de este nuevo trabajo radica en la conmoción que le supuso el descubrimiento de una fuente documental impresionante, hoy por desgracia desaparecida, según le comunicara Miguel Galán Velázquez. Éste  “era depositario de todos los documentos que su padre, médico que presenció y certificó los fusilamientos en las tapias del cementerio, había custodiado en su casa, luego de recuperarlos del Archivo Judicial de la cárcel, ubicado en la calle Portezuelas. En su calidad de médico de prisión, firmó miles de certificados de defunción, unas octavillas que celosamente guardaba en su despacho privado” (pág. 177).
Si se tiene en cuenta que muchas otras víctimas fueron ejecutadas sin certificado alguno, el número de las ocasionadas por la represión franquista en Mérida entre 1936-1944 sube a cifras próximas tal vez a las de Badajoz. A ellas hay que sumar las ejecuciones que antes realizaran  allí los republicanos: diez emeritenses y cinco personas foráneas, éstas mucho mejor conocidas, por razones obvias, (incluso Covarsí llega a pintar sus retratos póstumos ).
El autor ha dispuesto también de otro documento excepcional, el Diario de D. César Lozano, famoso párroco de Mérida,  “el cura de los ferroviarios”, que conoció como nadie los trágicos acontecimientos allí ocurridos.  Y no menos sustanciosas son las páginas manuscritas por José Manuel Romero Camacho, testigo de la tragedia, facilitadas al autor por los herederos.
Otras investigaciones en archivos municipales y familiares (como los de Francisco López de Ayala y Luis García de la Puente) le permiten localizar notables documentos, algunos de ellos  aquí reproducidos, como ese “Contrato para las labores de siega” (mayo 1936) o diferentes bandos  dirigidos a la población por Andrés Nieto Carmona, “buen alcalde, pero mal teniente coronel”. Utiliza asimismo un enorme cúmulo de historias orales, por él  pacientemente recabadas, más el apoyo de la abundante bibliografía sobre el tema,  todo lo cual asegura a Delgado la base de sus asertos, no pocas veces discrepantes de otros tradicionalmente sostenidos. Destacan los referidos al número de víctimas, las operaciones militares para la toma de la ciudad y los bombardeos de la misma por la aviación republicana, las recaudaciones para el frente franquista, los masones emeritenses o la vesania del sangriento Gómez Cantos. E impresionan incluso anécdotas como las de Benito, el churrero, que está a punto de ser fusilado porque tiene magulladuras en el hombro a causa de sus faenas, pero sospechoso así de haber disparado armas.
Hijo de madre monárquica y padre republicano (el poeta Jesús D. Valhondo), a quienes dedica la obra,  el escritor procura conducirse con todo respeto ante las personas implicadas, si bien son evidentes sus simpatías hacia la República. Por lo demás, reconoce la ayuda que le han prestado para componer su estudio  personas como José Luis de la Barrera, Mario Balanzategui, Abel Hernández y el historiador Francisco Espinosa.
Adornado con  generosas ilustraciones, en especial fotografías de la época, más un índice onomástico, no extrañe que fuese el más vendido  en Mérida durante  la Feria del Libro 2014. Más ganaría si su prosa no se precipitase a veces en confusos periodos.

Fernando Delgado Rodríguez, La guerra civil en Mérida. Mérida, Autoedición, 2014.

169. Fantasía alegórica
Manuel Pecellín Lancharro

Novela corta, que narra como si de un hecho confirmado por testigos solventes se tratase, la maravillosa metamorfosis acaecida a una dulce esposa inglesa, constituye un relato pleno de fantasía y significaciones. Según se ha dicho de otros  libros de su fecundo autor, no se trata de un texto fabuloso, pues oculta numerosas cargas de profundidad bajo capa ingenua. Al socaire de los cambios que dos esposos experimentan - físicas las de ellas; morales en ambos-  La dama que se transformó en zorro constituye una turbadora alegoría de la condición humana.  Por lo demás, las  propias vicisitudes existenciales del escritor no dejan de resonar en estas ingeniosas páginas.
Natural de Brighton (1892), Garnett, que moriría nonagenario (Montcup, Francia, 1981), tuvo una vida bien accidentada. Hijo de padres cultos, se une sentimentalmente al pintor Duncan Grant,  pacifista como él. Juntos trabajaron en una granja durante la I Guerra Mundial e ingresarían en el famoso "Grupo de Bloomsbury", cuyos distinguidos miembros (Virginia Woolf, G. Brenan, B. Russell, J.M. Keynes, Duncan Grant, Vanessa Bell et alii) no ocultaban el desprecio por la moral victoriana, la religión tradicional y la estética realista. Abre después una librería en el Soho. Adquiere pronta notoriedad merced a la obra que presentamos. La había ilustrado Rachel Alice Marshall, con quien se casa  y tuvo dos hijos. Bisexual confeso, obtuvo numerosos galardones literarios y no deja de sorprender a los amigos, desposando nuevamente, ya cincuentón, a una  veinteañera que  él conocía desde que nació. La ruptura del matrimonio - tuvieron cuatro hijas- lo conduce a pasar su últimos años en Francia, sin dejar de escribir.
Por factores inexplicables, como tantos hechos maravillosos que ocurren a menudo, la señora Tebrick, hermosa mujer, exquisitamente educada, se convirtió en zorra (no se olviden las connotaciones del término) poco después de casarse. Cierto es que de soltera se apellidaba "Fox" y que, siendo niña, según costumbre en la campiña inglesa del XIX, la habían sometido a la ceremonia del "blooding" (ritual de iniciación en el que se unta el rostro del novel con la sangre del zorro cazado, ilustra la traductora, Laura Salas Rodríguez). Pero nunca podrá entender el paciente, enamoradísimo esposo cambio tan tremendo. Como no oculta las ilusiones de que la cosa vuelva atrás.  Aunque la dama va desnaturalizándose rápidamente y se torna más zorruna cada día -, el señor Tebrick, un terrateniente conservador, rehace vida y hacienda para no perder de modo definitivo al animal que un día desposara.  Si su abnegada conducta comienza recibiendo algunas compensaciones, el otrora dulce animal va asilvestrándose irremisiblemente; desencadena pronto los ímpetus crueles, olores fétidos, modales egoístas y falaces, los  comportamientos antihumanos a los que su nuevo ser lo inducen. Su auténtico yo irá imponiéndose a los normas antaño adquiridas.
Pese a todo, aún roído por la angustia e incluso los celos, el marido,  sin importarle cuanto puedan decir los allegados, capaz incluso de admitir como propios a los cachorros que un día le presenta la zorra, estará dispuesto a recibirla  siempre en casa, de donde huye una y otra vez  al bosque en busca de libertad, hasta el trágico desenlace, no exento de romanticismo. Porque, aun sepultada en aquel cuerpo de bestia, cuyo carácter  él se esforzaba por entender y respetar, sigue amándola hasta el fin.
Según recuerda John Burnside en el postfacio adjunto, las historias  de transformaciones humanas en animales (imposible olvidar  la Metamorfosis de Kafka, pese a que las angustias del checo ante el absurdo no tengan lugar aquí), son un intento de conferir sentido al mundo, un universo en contante transformación. Por demás, como aclara el escritor mencionado, la novela de Garnet sirve para demostrar que "el amor realmente lo conquista todo, desde la diferencia entre las especies (se manifieste como se manifieste) hasta las destructivas costumbres de una sociedad educada y represiva en la que los burgueses se transforman en animales por no tener lo bastante de bestias".


David Garnett, La dama que se transformó en zorro. Cáceres, Periférica, 2014.

168. Meditaciones del Quijote
Manuel Pecellín Lancharro
Ortega y Gasset fue seguramente el intelectual español más respetado durante la primera mitad del siglo XX.  Solo Unamuno, con quien mantendría sonadas polémicas, puede disputarle el puesto.  Los dos pensadores se harían eco del aniversario de Don Quijote  para difundir sus propias ideas al reclamo de la obra cervantina. Si el impulsivo rector de la Universidad de Salamanca dio a luz (1905) su inquietante Vida de Don Quijote y Sancho, correspondiendo a  la parte primera de la mejor novela española y aun mundial, el  joven catedrático de la Complutense respondió a la segunda (1914) con sus Meditaciones del Quijote.  Existe sin duda un claro nexo ideológico, antagónico si se quiere, entre ambas publicaciones.

Puede decirse que con este ensayo de Ortega (“ciencia menos la prueba explícita”, según él lo define) se iniciaba una carrera filosófica desconocida en nuestros exhaustos lares. Admirablemente bien escrita, con prosa   deslumbrante, su primera edición, cuidada por el mismo Juan R. Jiménez,  aparece en las Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, el 1914, año que da nombre a toda una generación y vería el estallido de la Primera Guerra Mundial.  Ortega introdujo  después no pocas innovaciones en el texto a lo largo de las nueve ediciones que conoció en vida, a las que se debe añadir la incluida en sus Obras completas póstumas (2004-2010).

Por todo ello cabe celebrar la que ahora presentamos, críticamente preparada por Javier Zamora Bonilla.  Consta de dos volúmenes.  Uno reproduce facsímil la princeps de Madrid (dedicada entonces a Ramiro de Maeztu, lo que desaparecería posteriormente, por discrepancias entre los dos personajes).  El otro recoge un estudio preliminar,  suscrito por el Dr. Zamora, más el extenso “apéndice de variantes”, que ha preparado José Ramón Carrianzo Ruiz valiéndose del programa de cotejo electrónico Collate 2.O. desarrollado por Peter Robinson en la Universidad de Oxford.

Inútil encarecer a estas alturas la obra pionera del filósofo madrileño. Aunque Ortega la presentase como un trabajo no terminado (en realidad incluye sólo lo que él llama “meditación preliminar” y “meditación primera”, sin que hubiese nunca otras posteriores),  constituye todo un adelanto de lo que más tarde serían las ideas claves orteguianas.  Aquí se avanzan ya iluminadores apuntes sobre  el concepto de filosofía (“ la ciencia general del amor”), el perspectivismo, la razón vital, el célebre “yo soy yo y mi circunstancias, y si no la salvo a ella no me salgo yo “ (págs. 43-44),  la supervivencia de los mitos,  la noción de cultura,  el origen y alcance del género novelístico, las contraposiciones fenómeno/númeno o razón versus experiencia, y tantos otros puntos seminales del pensamiento orteguiano.

Pero, a mi entender, el valor máximo de la obra lo constituyen el cúmulo de apuntes que Ortega propone sobre el ser y la identidad de España como nación. Enfrentándose al tópico de nuestra raíces latinas, este hombre, con años de estudios en Alemania, exige atender más cumplidamente a la herencia germana que también tiene su peso en la Península desde los celtíberos y  las invasiones “bárbaras”. Ocurre que esta “tierra de los antepasados”, según Kant nos definía, viene olvidándose desdeñosamente de todo un hontanar riquísimo, tal vez el más apto para  la regeneración del país. A quienes escriben contra “las nieblas germánicas”, incapaces quizás por pereza del ejercicio filosófico que supone comprenderlas y se refugian en las supuestas “claridades mediterráneas” – tantas veces, simples fuegos de artificio-, Ortega propone atender también a aquel otro legado. En efecto, “Italia, Francia (y) España están  anegadas de sangre germánica. Somos razas esencialmente impuras” (pág. 98).

Son también de enorme interés los comentarios de Ortega sobre el propio Quijote (menos numerosos de los que el título parece inducir),  así como sobre algunos escritores coetáneos: Azorín, Unamuno o Baroja, con quien recuerda un viaje realizado por la Sierra de Gata (pág. 88).

José Ortega y Gasset, Meditaciones del Quijote. Madrid, Alianza Editorial, 2014

167. Punto de apoyo
Manuel Pecellín Lancharro

Nacida en Granja de Torrehermosa (1949), Efi Cubero se fu pronto a Cataluña. Allí realizó estudios; formó familia y fue haciéndose una voz importante en los campos de la creación y el ensayo, sin romper nunca sus raíces extremeñas. Incluso parece que, situada en ese doble territorio, el de los orígenes y la diáspora, sus versos se impregnan de modo creciente de la conciencia de la patria perdida, sobre todo el mundo rural de la infancia feliz junto a las senaras y los alcornocales.  Todo sin voces desgarradas ni alharacas estridentes, sino con el fino pespunteo de los espíritus pudorosamente melancólicos.

Fragmentos de exilio, Altano, Borrando Márgenes, La mirada en el limo, Estados sucesivos y el muy reciente Condición del extraño (La isla de Siltolá, 2014) son algunas de las obras que ha ido dando a luz, pausada y responsablemente. Punto de apoyo, donde no podía faltar un poema en homenaje a Arquímedes, prosigue la búsqueda de su autora , siempre deseosa de alcanzar "el íntimo equilibrio/del lenguaje que no admite jamás palabrería" (pág.16). Lo suyo es la celebración de la palabra exacta con el fin de expresar los contenidos de la memoria (el oro amontonado de las eras, el vaho que azulea los bancales de pizarra; los goterones que empapan las encinas; la ebriedad viva del descorche y la roja desnudez desprotegida de los alcornoques tras el hacha; los acordes y la mirada pacífica del  del trigo), sin dejar de atender la gris aleación de los asfaltos; el río con afluentes sinuosos que forma la ciudad donde resides; los rascacielos donde se agobia el sol.
Con esta dual sinfonía va componiendo  la obra,  con poemas de amplio alcances en versos blancos y libres, sin permitirse recursos fáciles ni decaimientos ocasionales.

Efi Cubero, Punto de Apoyo. Mérida, De la luna libros, 2014

166. Curso práctico de invisibilidad
Manuel Pecellín Lancharro

Cuando uno se encuentra con publicaciones como este pequeño libro, auténtica joya, no puede menos de evocar los versos del más famoso arcipreste de nuestra literatura:

Quiero abreviar, señores, esta predicación
porque siempre gusté de pequeño sermón
y de mujer pequeña y de breve razón,
pues lo poco y bien dicho queda en el corazón.

Según le ocurre al bueno de Juan Ruiz en su Elogio de la mujer chica, también a mí me gustaría componer un texto convincente para encomiar el valor de este volumen antológico, opúsculo de apenas cuarenta páginas en tamaño menor, que alguno podría clasificar como sencilla "plaquette". Pese a su brevedad, permite aproximarse a la escritura de uno de los creadores extremeños jóvenes más valiosos, abriendo el apetito de conocer su obra completa. Por lo demás, las austeras páginas no ofrecen información alguna sobre la biobibliografía del mismo, como si él hubiera optado por la invisibilidad que el título sugiere. Son cinco los lustros de creación poética aquí tan económicamente representados, los que van de 1998 a 2012, suficientes para confirmar la valía de este escritor.
A cuantos siguen las polifacéticas actividades de Cumbreño ( profesor, editor de las exquisitas Liliputienses -reincidencia en lo mínimo-, poeta, animador cultural, bloguero fecundo), nada voy a descubrirles. Sólo animarlos a mantener la paciencia hasta que puedan adquirir libros como éste (aún sigo esperando el ejemplar encargado hace meses en Universitas). Al fin he logrado leerlo en la tan magnífica como poco visitada Biblioteca de Extremadura (Javier, Rosario, gracias).
El autor, que gusta practicar la fusión de géneros hoy tan frecuente, abre con un conjunto de textos próximos al aforismo e incluso a la greguería. Son como relámpagos ingeniosos, donde brillan conceptos y enunciados verbales para "definir" líricamente los objetos más: la peonza, el lápiz, el dedal, la rueda, la cama o unos simples pendiente, que así recreados por la palabra.
Sigue, en contraposición con las elogiadas listas de "mis pequeños placeres", la nómina de "cosas que me sacan de quicio", tan sugerente como las que componen las "demoliciones". Después, un conjunto de magníficos poemas, como "Cadena de montaje", auténtica declaración metaliteraria.
Tras el apunte en prosa que da título a la antología, dedicado a A. Valverde, se recogen las composiciones más extensas, cuyos versos blancos, libres y de arte mayor seducen por su belleza formal y originalidad de los contenidos, que nos conducen con la misma frescura al mundo de los dibujos animados, las realidades virtuales o los juegos de niño . Concluye un texto de "Made in China", especie de microrrelato que evoca a la lúcida e interrogativa Irene, musa infantil del poeta.
Terminaré , según empezaba, con el Libro de Buen Amor:

" Es muy pequeño el grano de la buena pimienta,
pero más que la nuez reconforta y calienta".

Así le ocurre a este Curso práctico de invisibilidad.

José María Cumbreño, Curso práctico de invisibilidad (Poesía 1998-2012). Logroño, Ediciones del 4 de agosto, 2013.

165. Judíos en Hervás
Manuel Pecellín Lancharro

Marciano Martín, diplomado en Ciencias de la Información, es natural de Hervás (n. 1957),  la hermosa villa que pasa por haber tenido una gran aljama hebrea ("En Hervás, judíos los más", dice el tópico), aunque no fue la que contó con más familias israelíes entre las poblaciones de Extremadura. Nadie lo sabe mejor que  el autor -firma muchos de sus estudios como Marciano de Hervás - , atento a cuantas huellas judías puedan rastrearse en los archivos, usos y costumbres, arquitectura, toponimia o bibliografía. De sus numerosas publicaciones cabe destacar las siguientes obras:  Documentos para la Historia de los judíos de Coria y Granadilla (1999); Historia de los judíos de  Plasencia   y su tierra (2001); La vida en las tierras de Granadilla: romanos, judíos y cristianos (2003); Judíos y cristianos nuevos en la historia de Trujillo (2008); Abraham Zacuto, astrólogo de don Juan de Zúñiga (III Premio de Investigación y Divulgación Histórica "Pedro de Trejo", también publicada en Renacimiento, 2010) y La Capa de Elías: la asimilación de los cristianos nuevos de Hervás, que, galardonada con el Premio "Alconétar" de Historias Locales , apareció en la ERE, 2011.
Los datos obtenidos para esta última investigación proporcionan la trama para El libro verde, una novela histórica no sin apuntes picarescos, enmarcada en  Hervás, durante el s. XVII , reinando de Felipe IV, con la guerra de Portugal al fondo. (Exceptuemos la parte segunda, donde el protagonista se mueve por el sur de Extremadura y Sevilla, a impulsos  de la farándula). Según el II Libro de los Reyes  - hay muchas alusiones bíblicas en el texto- , el profeta Elías se detuvo cierta vez ante el Jordán y, enrollándose la capa, golpeó  las aguas del río hasta dividir en dos  su corriente. Como escindidas se encontraban en tantas poblaciones españolas la comunidad de los "cristianos viejos" y la constituida por los judeoconversos. Tras la expulsión ordenada por los Reyes Católicos, muchos hijos de Israel optaron por bautizarse y permanecer donde sus mayores venían residiendo, a veces desde tiempo inmemorial.  La Inquisición procesaría a millares de neófitos acusándolos de que permanecían fieles a la fe primitiva (a la vez que el temible Tribunal se apropiaba de ricas haciendas y quitaba de en medio a peligrosos competidores, mucho mejor preparados que sus convecinos para el comercio, la industria, la cultura e incluso la política modernas).
E íntimamente escindido vive López de Hontiveros, personaje no muy convincente  en torno al cual se nuclea el relato. Hijo de cristiano viejo y madre de etnia judía, posee una cultura extraordinaria, que no sabemos cómo adquirió. Conoce perfectamente la Biblia, los clásicos grecolatinos e incluso a los grandes escritores coetáneos, a todos los cuales cita de memoria, junto con numerosas composiciones de literatura popular.  Su existencia vacila entre los imperativos de Pedro y Saulo. Si el padre, que previsoramente se niega a circuncidarlo, lo impulsa a seguir el camino evangélico, ella se empecina en que guarde la ley de Moisés, como hacen otros familiares suyos. Problemas miles tendrá que sufrir si quiere conciliar las dos instancias. Y vencer las limitaciones de los "estatutos de sangre".
La división se percibe pen los hogares, plazas, iglesias e instituciones públicas de Hervás, alcanzando paladino retrato en las dos mayores cofradías lugareñas: la del Rosario, dominada mayoritariamente por los  rancios y orgullosos labradores, y la del Sacramento, donde sobresalen los mercaderes, a quienes no se les perdona su origen judío, por más asimilados que se encuentren y más sinceros sean en  el ejercicio de la fe católica. Solo la intervención de la autoridad, junto con las generosas aportaciones de hombres buenos reconocibles en ambas clases, impide muchas veces que la sangre llegue al río Ambroz. El libro verde, compuesto para difundir que son de etnia judía muchos más de cuantos lo reconocen, también contribuirá a la tolerancia.
La obra homónima  constituye un excelente testimonio de la época . Escrita como un libro de memorias, oculto y a la postre descubierto, manuscrito  que el autor daría ahora a luz tras algunas correcciones, combina la riqueza de lenguaje,  voluntariamente arcaico y el rigor histórico, con una farragosidad excesiva y claros desaciertos estilísticos, diálogos imposibles y discutible gracejo verbal.

Marciano Martín Manuel, El libro verde. Sevilla, Renacimiento, 2014

164. El camino original
Manuel Pecellín Lancharro
Nacido en Hervás (1950), villa que en la memoria colectiva ha quedado como asentamiento judío por excelencia, el autor tiene un curioso apellido. La de "Neila" es  la oración que concluye el día de Iom Kipur. "En esta hora se sella definitivamente el veredicto de los seres humanos. Esta última oración es recitada en medio de un profundo sentimiento de sobrecogimiento religioso, y en él se pide a Dios que nos aplique un buen veredicto. Se comienza a pronunciar esta oración en el momento en que el sol llega a los topes de los árboles, es decir, un poco antes de la puesta del sol. La oración de Neila concluye con la pronunciación del Shemá, la recitación de otros versículos adicionales y el toque del Shofar. El toque del Shofar constituye un signo de la partida de la Presencia Divina, y por esta razón es tocado al concluir este día santo", leemos en la www.judaismovirtual.com.
Luis Alberto de Cuenca, que suscribe el preliminar de este volumen antológico, donde el autor ofrece sus poemas predilectos escritos entre 1980-2012, subraya las características principales de la escritura de Neila: observación de la naturaleza, sensibilidad delicada ante el paso del tiempo, talento constructivo, sencillez de lenguaje, perfección métrica y toque melancólico.  Se perciben todas en los versos aquí seleccionados, donde tanta presencia ocupan los paisajes de Hervás (con sus castaños, cerezos,  viñedos,  higueras, olivos, roble, retamas, mimbreras, "gañafotes", nieves del Pinajarro) y la recuperación nostálgica de la niñez. Así ocurre tanto en los poemas de amplio aliento, como en la levedad de sus exquisitos haikus.
Neila, que estudió Filología Románica en la Universidad de Oviedo, se dio a conocer con Clamor de la inocencia (1978) y fue incluido por José Luis García Martín en la ya mítica antología Las voces y los ecos (1980). Pasa por ser escritor cauteloso y semisecreto, esencial,  que también ha cultivado la prosa aforística y las traducciones. Cuenta con una importante obra édita, más relevante por calidad que por el número de títulos. Entre sus publicaciones recientes cabe recordar El silencio roto (1998), Las palabras y los días (2000), Cantos de frontera (2003), Huésped de la vida (su poesía reunida 1980-2005) y Pensamiento de intemperie (2012), volumen de aforismos que ya tuve el honor de reseñar.
Equidistante de la antología poética y la poesía reunida, El camino original agrupa los poemas escritos durante poco más de tres décadas, en los que el autor todavía se reconoce, declara éste en nota bibliográfica final. También el lector percibe en los mismos ese nimbo trémulo donde Cernuda coloca la auténtica poesía.

Manuel Neila, El camino original. Sevilla, Renacimiento, 2014

163. Vaca de España
Manuel Pecellín Lancharro

Son innumerables los  escritores  que han recurrido al símil consagrado por Lorca en el célebre llanto a la muerte del amigo lidiador: "¡Oh blanco muro de España! ¡Oh negro toro de pena!". Lejos  siempre del espíritu elegíaco, el poeta extremeño ha preferido apelar a otro símil para referirse a nuestro país, evocándolo bajo la imagen de una vaca. Animal no menos feroz que el macho, aunque imposible para el toreo en plaza, funciona  más bien como símbolo del esperpento trágicocómico tantas veces desarrollado por los rincones de Iberia. La vaca española, bravía e iracunda a menudo, capaz también de tiernos y solidarios lametones, con generosas ubres, llena de mugidos polifónicos los extraordinarios poemas -conocidos unos; inéditos hasta ahora otros- con que Ramírez Lozano nos vuelve a regalar.
Natural de Nogales (1950) y residente en Sevilla, donde se ha jubilado como profesor de Literatura, son pocos los premios importantes de poesía y novela que no obran en su poder. Con más de setenta títulos ya publicados, su escritura es fácil de identificar por los singuales rasgos de estilo que la distinguen y ese mundo onírico (a caballo entre la sierra de  Monsalud y  el barrio deTriana), con  protagonistas allende las normas espaciotemporales, que pueblan la prosa y los versos -fácilmente transmutados los dos géneros- de tan divertido creador.
Según dice en nota preliminar, el libro recoge los poemas que participan "de esa visión solanesca, entre desgarrada e indulgente, de una España esperpéntica, patria de las catacumbas". Para más luz, siguen dos conocidos versos de todo un Antonio Molina, prototipo de la imagen folklórica y desgarrada del país: "Qué lejos te vas quedando/España de mi querer..".
Próximos a las letras del cante jondo son numerosos de los poemas aquí recogidos, modelos de  coplas y canciones que numerosas veces recuerdan al mejor Machado. (Incluso se incluye una paráfrasis, "La herencia de Don Guido", del famoso poema que  la música  de Serrat clavó definitivamente). Pero junto a las levedades de una "soleá", encontramos la sólida arquitectura de extensos diálogos líricos, en los que Miguel (de Mañara) se erige como personaje central, conversando con difuntos, pintores barrocos (Valdés Leal) o el propio escritor.
El libro se publica en la colección "Extraversos", que "pretende sacar a la luz poemarios de autores de hoy y que realizan una poesía de calidad, a la vez que cercana a cualquier público. Una poesía actual y con algo nuevo que transmitir, de poetas que llevan sus versos a todos aquellos espacios donde se los requiere,", según declaran los editores. Pocas veces atinarán mejor que con Ramírez Lozano.

Ramírez Lozano, José Antonio, Vaca de España. Sevilla, Guadalturia, 2014


162. Poesía habitable
Manuel Pecellín Lancharro

El nombre de Iglesias Benítez aparece de modo casi ineludible cuando se habla sobre cualquier actividad relacionada con Extremadura. Nacido en Villalba de los Barros, maestro  y licenciado en Geografía e Historia,  emigró a Madrid, donde ejerce la enseñanza, labor que combina con una incesante actividad en múltiples áreas culturales. Sus generosos compromisos con los Hogares Extremeños, UBEx, Gudalupex, AEEX o Beturia Ediciones - por nombrar sólo algunas de las entidades en las que participa - lo conducen a multitud de territorios, siempre admirado merced su bonhomía a toda prueba.
Aun así, ha encontrado tiempo para labrar una obra lírica importante, conformada hasta hoy por seis poemarios y numerosas publicaciones dispersas en revistas, periódicos, boletines trabajos colectivos e incluso hojas volanderas. Cuando el amor me llama (Madrid, 1984), En esta lenta soledad del día (Madrid, 1988), Clamor de la memoria (Madrid, 1998), Retablo de amor profano (Badajoz, 2003), Ritual de la inocencia (Madrid, 2005) y Revelaciones (Cáceres, AbeZetario, 2007) son los libros a los que pertenecen los poemas aquí seleccionados. Se añaden también otros hasta ahora desperdigados en páginas de casi imposible acceso.
El volumen lleva un amplio preliminar suscrito por Pablo Jiménez, el poeta, ensayista y músico moralo, excelente conocedor de la obra de Iglesias. La extensión del  prólogo proviene del estudio que se hace sobre la escritura del autor antologado y de cada de sus libros, amén las digresiones múltiples, todas interesantes pero quizás no imprescindibles aquí. Según el prologuista, dos rasgos distinguen la poética de su hermano-amigo: la búsqueda creciente de la desnudez expresiva y  la claridad que, pese al cada vez más depurado lenguaje, mantuvo desde los orígenes (tan próximo entonces a sus maestros: Miguel Hernández, Blas de Otero o Luis Álvarez Lencero), hasta épocas últimas (más próximo a Juan Ramón Jiménez, Cernuda, Pessoa,  Borges, M. Pacheco, Leopoldo M. Panero y otros también aquí reconocibles).  Son notas especialmente relevantes cuando se escriben composiciones de amplio aliento, según acostumbra el autor  (véanse poemas suyos como "Álvaro de Campos y Fernando Pessoa exponen a Ofélia de Queirós las opuestas razones de sus vidas", o "Justiniano en presencia de Procopio, evoca a Teodora, en un club de carretera", tan abundantes en Revelaciones).  Iglesias difícilmente se ciñe al poema corto, a veces reducido casi a la mínima expresión, al chispazo expresivo, por relampagueante que resulte. Sin embargo, cultiva también con acierto fórmulas tan breves como el haikús, de los que aquí se seleccionan algunos publicados por la ERE en la colección 3X3 (2013). Si bien no desdeña el verso blanco y libre, mostró siempre clara predilección por los serventesios alejandrinos, tan sonoros, y  los sonetos (de estos  últimos pasan de 70 los antologados, casi todos de impecable factura).
Si los paisajes y personajes extremeños, la historia y  problemas de la región, junto con la temática amorosa, resultan hegemónicos en las obras iniciales, Iglesias, sin renunciar a los mismos, ha ido abriendo cada vez más el abanico de sus intereses. Aunque se pueda decir que nada humano le es ajeno,  es fácil percibir una atención creciente a las intimidades del propio sujeto lírico e incluso el mundo de la trascendencia.
El volumen se publica en la colección que, al cuido de Basilio Rodríguez Cañada  y Ricardo Hernández Megías, ha reservado  la editorial madrileña para los creadores extremeños.

José Iglesias Benítez, La voz y el tiempo. Antología poética 1983-2013. Madrid, Pigmalión, 2014.

161. La representación política en el Antiguo Régimen
Manuel Pecellín Lancharro

Aunque cuenta con 1.550 páginas, este volumen recoge sólo en parte la tesis doctoral de su autor (2010), que promete incluir en otro lo referido a Extremadura, recortado aquí (aunque no faltan múltiples referencias a la Región). Lo prologa I.A.A. Thompson, miembro del tribunal académico que juzgó el trabajo, cuya calidad encomia en términos rotundos: "Tenemos ante nosotros una obra bien escrita, construida sobre una base bibliográfica y documental impresionante, obra original madura, equilibrada, juiciosa y siempre estimulante", concluye el profesor inglés.
El Dr. Lorenzana enseña en el IES de Fuente de Cantos y preside la Sociedad Extremeña de Historia, siendo autor de numerosas publicaciones. Ha coordinado también importantes obras colectivas, según podemos consultar en dialnet.rioja.es.
La obra viene a llenar una laguna bibliográfica, con un muy documentado estudio (más de dos mil notas a pie de página) de lo que fue la representación del Reino ante el monarca español durante el periodo comprendido entre 1665, cuando se aplazaron las Cortes convocadas para ese año, hasta 1834,  cuando fallecido Fernando VII, se restablecen las cámaras según el Estatuto Real..
"La representación política castellana a mediados del siglo XVII seguía teniendo en las Cortes, corporación compartida entre el Rey y el Reino, su plataforma de actuación más importante. Las últimas convocatorias de Felipe IV, la de 1655 y sobre todo la de 1660, mostraron una asamblea aún poderosa, si bien el discurso parlamentario daba síntomas de agotamiento. Tras la desconvocatoria d 1665, y hasta el final del Antiguo Régimen en 1834, el Reino como cuerpo político hubo de buscar vías alternativas de expresión y de comunicación con la parte del rey: la Diputación, la Sala de Millones y el circuito privilegiado de las ciudades con derecho a voto, incluyendo las aragonesas desde 1709, intentaron sustituir a las Cortes en un contexto político muy desfavorable a sus intereses. Las Cortes, o más bien la idea de Cortes, subsistieron: lo hicieron bajo mínimos, pero lo suficiente para trasmitir al liberalismo las tradiciones constitucionales del Reino y evitar así que la ruptura fuese demasiado traumática", leemos en la sinopsis editorial.

Felipe Lorenzana, La representación política en el Antiguo Régimen. Madrid, Congreso de los Diputados, 2013.

160. Libro de escorzos
Manuel Pecellín Lancharro

Es ya tópico en nuestra tierra reclamar atención hacia autores injustificadamente desatendidos. (Acaba de hacerlo Martín Gijón en la Revista de Estudios Extremeños 2013-III, disgustado por la escasa atención prestada a la poética de Pérez Walias). En ocasiones, es el propio cuasi ignorado autor quien protesta. Podría hacerlo con toda justicia Juan Quintana, cuya obra suelen ignoran estudiosos, antólogos y críticos, pese a constituir un muy valioso referente de la literatura escrita por extremeños. Natural de Villanueva de la Serena (1945), residió en Madrid de 1962 a 1981, años claves de las luchas contra el tardofranquismo y los esfuerzos por una transición convincente a la democracia. Se trasladó después a Migueláñez (Segovia), dedicado a la creación, con colaboraciones asiduas en publicaciones como La Estafeta Literaria o Cuadernos Hispanoamericanos, que dirigía su amigo Félix Grandes, donde suscribiría artículos en torno a algunos de sus autores más admirados: Juan Rulfo, Juan Carlos Onetti y Carlos Droguet, el chileno antipinochetista a quien le unión honda amistad.
Quintana obtuvo el premio Sitges de Poesía con Memorial del Noctámbulo (Barcelona, 1972) y el Cáceres de Novela Corta 1987 con Los Póstumos Ganados. Preparó para la inolvidable editorial ZYX una antología de otro amigo entrañable, Manuel Pacheco, Nunca se ha vivido como se muere ahora (Madrid, 1977), a la que puso prólogo Camilo J. Cela. Desde finales de 2009 reside en Llerena, desde donde nos llegó este Libro de escorzos, un poemario absolutamente recomendable.
Abre con un preliminar del mencionado Félix Grande, que no sé si llegó a verlo impreso. El escritor recién desaparecido, a cuya familia espiritual pertenece sin duda Quintana, uno y otro amantes del gran César Vallejo, sostiene que el sarcasmo es una forma viril de amargura; el verso, un bastión de la justicia y el candor; el posible exabrupto, una protesta ante la congoja de los hombres; el verso, un clamor por los "seres cálidos que tiritan de frío, que llenan las aceras de honra desde su soledad conjunta (...)un espeso mar humano que ocupa las calles y las noches, con mucho miedo y mucha cólera contra el la horrenda oligofrenia de tanto deshonor como ensucia a la vida maravillosa, con mucho amor por este presente castigado al que se le derrama el sufrimiento por su carita enjuta, y con muchísima nostalgia por un futuro sin malvados, sin satisfechos y sin cursis".
Es el universo de discurso en el que se mueven los poemas de Juan Quintana, en realidad quizá uno sólo desarrollado en todo el libro. Los juegos paronomásticos, las atrevidas sinestesias, las fusiones de términos, el polisíndeton, los neologismos y las metáforas de corte surrealista colman estos versos, siempre de arte mayor, blancos y libres, de donde se suprimen todos los signos de puntuación. La voz lírica de este "huraño vate suburbial", según gusta definirse, percute sin descanso para herir la sensibilidad del lector y forzarlo al compromiso cómplice.
Cierra la obra, con abundantes alusiones al paisaje extremeño, un epílogo donde se recogen cinco excelentes poemas de Manuel Pacheco dedicados a Quintana, entre los que figura un "insoneto", estrofa que el cantor del Rivillas cultivó generosamente.

Juan Quintana, Libro de escorzos. Badajoz, Diputación, 2013.

159. Guadalupe
Manuel Pecellín Lancharro

Fundada en 1916, mientras la Comunidad Franciscana se debatía por devolver al Santuario de las Villuercas parte al menos de su perdido esplendor, la revista "Guadalupe" mantiene casi un siglo después encomiable regularidad, no sin haber adaptado formato y contenidos a las exigencias del tiempo. Dirigida ahora, tras el inolvidable fr. Sebastián García, por Antonio Arévalo, prior también del cenobio mariano, consta de 40 páginas, bien maquetadas e impresas, con un grupo de  expertos colaboradores habituales.
Abre este número una décima con estrambote, compuesta por  Diego de Ocaña (c. 1570-1608), fraile jerónimo de Guadalupe enviado a Indias, quien no duda en hablar de la "nación extremeña" (hasta dos veces en la misma estrofa) y sostener que la Morenita es su "Matrona" (¡buen guiño para los animosos de "Guadalupex"!).

Tras varios apuntes anónimos sobre la devoción mariana en la Llerena medieval; la fiesta de "La Encamisá" de Torrejoncillo y la ermita portuguesa de Sagres dedicada a la Virgen de Guadalupe desde Enrique el Navegante (1394-1460), encontramos la pluma del director en "La jiguera", con razonables enojos contra la derogación de la "doctrina Parot" y la puesta en calle de decenas de terroristas nunca arrepentidos.
El joven Emmanuel R. Fernández suscribe la necrológica de Juan Gelman (1930-2014), el poeta argentino familiar de judíos ucranianos,  que se enroló en las Fuerzas Armadas Revolucionarias para combatir la dictadura peronista y hubo de exiliarse, dejando atrás hijo y nuera embarazada, hasta el indulto (1989) decretado por C. Medem, conmoviéndonos la búsqueda de su  nieta Andrea.

El P. Oterino narra las peripecias sufridas hasta localizar el Crucificado primitivo del extraordinario grupo escultórico  "Espasmo de la Virgen, san Juan y la Magdalena",  que labrara la gubia del flamenco Koeman (s. XVI) y salvase de los xilófagos el celo del buen fraile.
Manuel Herrera Vázquez, basándose en seis documentos de la época, ofrece una primera entrega sobre las actuaciones de la  neófita Inquisición (1485) en el entonces monasterio jerónimo, Comunidad que aún no aplicaba el "Estatuto de Limpieza de Sangre" para aceptar a sus miembros. Las actuaciones del temible Tribunal contra supuestos "judaizantes". Se reproduce  la carta que dirige el Inquisidor sevillano Francisco Sánchez de la Fuente dirige al prior Nuño de Arévalo  (2-III-1485) para entender contra los legos de la puebla guadalupana. El autor promete un  próximo libro.
No menos interesante resulta el artículo  del siempre bien informado Arturo Álvarez sobre los bienes de Hernán Cortés, según se deducen del inventario recogido en el volumen XXVII de las "Publicaciones del Archivo General de la Nación" (México, 1935),
Finalmente, quiero destacar otras tres colaboraciones: Elisa Rovira concluye sus trabajos en torno a los visitantes famosos  que han subido hasta Guadalupe, deteniéndose en la figura de Unamuno; Enrique Cordero continúa ocupándose de la música y tradiciones guadalupenses (en este caso, la matanza, el aguinaldo y las canciones navideñas), mientras Antonio Ramiro no deja de recoger en "Crónica de la Puebla" cuanto acontece por aquellos alrededores.

Arévalo, Antonio (dir.), Gudalupe, nº 837. Guadalupe, Ediciones Guadalupe, 2014

158. El resucitador
Manuel Pecellín Lancharro
El estadounidense Howard Phillips Lovecraft (Providence,1890- 1937) ha pasado a la historia como uno de los grandes innovadores en la literatura de terror, cuyas dosis incrementaba en sus escritos utilizando los descubrimientos de la época, sin omitir  la ciencia ficción. Así ocurre con esta novela corta. Su principal protagonista, Herbert West, es un médico muy bien formado, que desde los  años de Universidad sueña con conseguir el elixir de la vida, un producto inyectable en vena capaz de devolver la existencia a los fallecidos. Para lograrlo, necesita una serie de elementos imposibles de conseguir sin la complicidad de otro colega amigo, precisamente quien se encarga de narrar en primera persona las vicisitudes de los experimentos realizados por los dos durante tres largos lustros. Decidido a todo el primero, pudibundo el otro, aunque igualmente responsable de la infernal mecánica que desencadenan, ambos están dispuestos a infringir cualquier norma moral o jurídica para lograr su propósitos.
West, de enorme potencia intelectual pese a su físico feble, enemigo del viejo catedrático conservador, el Dr. Halsey,  parte de un tesis básica, mecanicista y atea: la vida nos es más que un feliz conjunción de fluidos, un proceso físico-químico que mantiene a los animales (también al hombre, por supuesto) hasta que  la armonía se descompone. Bastaría inocular al fallecido los productos oportunos para  resucitarlo, devolviéndole la perdida homeostasis. Claro que eso solo será posible contando con cadáveres muy frescos, sin pizca de putrefacción. Los galenos no dudará en adquirirlos con cualquier maña, robos en los cementerios incluidos, e incluso matando a los sujetos más idóneos (fuertes e inteligentes) para inyectarles sus productos. Excelente ocasión les presta al ofrecerse como cirujanos de  las tropas americanas desplazadas a  Europa durante la I Guerra Mundial.
Ahora bien, las reanimaciones no se producen según lo que calculan. Lovecraft derrocha ingenio literario para describir los monstruos nacidos de aquellas manipulaciones médicas, más  temibles si los propios taumaturgos no  acaban con ellos antes de que, según ocurre finalmente, el gran aprendiz de brujo resulte víctima de sus misma creación. Justa venganza contra quien había ido convirtiéndose en un galeno sin escrúpulos, que no duda en matar para reanimar y volver a matar.
La obra, escrita en los años veinte del pasado siglo (seguramente, la época más revolucionaria de la civilización europea), se publicó primero por entregas en una revista, lo que quizá condiciona su estructura en seis capítulos, cada uno de los cuales comienza resumiendo el anterior, una suerte de feedback nada desdeñable, donde el horror impera. La versión castellana se debe a Juan Cárdenas, que consigue una prosa limpia, que solamente incomoda alguna expresión tipo "es por ello que" (pág. 46).

H.P. Lovecraft, El resucitador. Cáceres, Periférica, 2014.

157. Para niños
Enrique García Fuentes
Agotado el estéril debate sobre si los niños ahora leen más que antes (porque se pasan el día enganchados a los móviles leyendo los mensajes que se envían por el whassap –o como se escriba- entre otras cosas), lo único que nos queda es que siga habiendo editoriales y colecciones que se preocupen por fomentar (y asentar) los hábitos de lectura entre la gente menuda. Lo que hoy traemos no viene de una editorial de aquí (aunque su competencia está demostrada ya desde hace muchos años), pero sí lo es el autor que firma esta entrega.

Las pocas veces que arrostro escribir algo acerca de la literatura infantil o juvenil (sintagma ya de por sí pésimo, pues aquí el adjetivo no hace sino menoscabar el significado del sustantivo) pongo por delante mi escasa preparación ante el asunto. Con todo, los que hayan leído alguno de mis comentarios de libros de este marco se habrán apercibido, cuando menos, del carácter entusiasta con que los acometo. Me pareció excelente la iniciativa de la Editora Regional de sacar y mantener una colección de este tipo (por cierto, aumentada ahora con una reciente entrega de la siempre interesante Ana Olivera, Ane y el lobo, magníficamente ilustrada por Maite Gaztelumendi) lo mismo que lamento el parón de los selenitas emeritenses en este campo (siempre es necesario algo más de Carmen Galán). Por eso recibo con entusiasmo este brevísimo pero encantador relato de un consumado especialista de la materia como es José Antonio Ramírez Lozano. Por una vez –que sepamos- no llega avalado por alguno de los múltiples premios que el autor extremeño está acostumbrado a obtener por cualquiera de sus obras, pertenezcan al género que sea, con lo cual nos eximimos de recuperar fichas tan sesudas como laudatorias glosando su trayectoria. Eso sí, habituados como estamos a situar al de Nogales en el ámbito de la literatura adulta, conviene no olvidar su más que avalada experiencia en este huerto ameno de la literatura para niños… y mayores. Porque, no lo demoremos más, La gotera de Marta es un hermoso libro, pletórico de poesía, que gustará tanto a unos como a otros. Tentado estoy de decir que casi más a los mayores, por aquella consideración tan poco sostenible de que la poesía es un terreno para experimentados; pero, precisamente, cuando nos damos cuenta de que Ramírez Lozano es capaz de encontrar el latido poético en las cosas más comunes es cuando asumimos que lo hace con la convicción absoluta de que cualquier niño es capaz de encontrar también esa otra perspectiva en las cosas que conforman su realidad. Dicho de otra manera, nuestro autor es capaz de encarar las cosas desde la mirada de un niño y eso, en literatura infantil, supone un amplio espacio de terreno ganado.

Marta es una niña que tiene un oído finísimo, tanto tanto que es capaz de sentir el movimiento de la luna por la noche y hasta de saber cuántas piezas de ropa se están lavando en la lavadora según esta suena. Una noche de lluvia será capaz de averiguar que las gotas provenientes de una gotera en el techo cuentan historias que varían según el recipiente que las recoge. No me digan que el asunto no es original, llamativo, sorprendente, capaz de atraer de por sí la imaginación menos pervertida. Además, las historias que nos desvela Marta están traspasadas por la flecha de la poesía más tierna y cálida, perfectamente fuera de la órbita de la siempre peligrosa cursilería en la que suele caer el poco avezado autor que confunde a los críos con retrasados. Por eso es tan difícil escribir para niños; por eso Ramírez Lozano supera, una vez más, con nota muy alta el cometido.

Redunda en su favor no escamotear la realidad en la trama. No tiene por qué ser aquella negra como en un relato dickensiano, pero no se oculta la mala situación económica familiar que rodea a la protagonista y, curiosamente, se parangona la (esperada) mejora de la misma con el definitivo acceso a la madurez de la protagonista. Como si la fantasía –la única que puede salvarnos cuando la realidad nos muerde- se convirtiera en algo de lo que forzosamente tenemos que prescindir cuando la vida real nos llama por nuestro nombre y ya no nos permite camuflarla con historias que nuestros sentidos recrean queriendo salir de ella.


José Antonio Ramírez Lozano, La gotera de Marta. Ilustraciones de Marta Fernández Balmaseda. Barcelona, Edebé, 2014.

156. Estilos matemáticos
Manuel Pecellín Lancharro

Natural de Cáceres (1939), hijo del escritor Pedro de Lorenzo, Javier se inclinaría por la Matemática y la Filosofía de la Ciencia, aunque también es licenciado en periodismo. Catedrático primero del  Instituto Ramiro de Maeztu de Madrid, lo será después en la Universidad de Valladolid, donde se jubiló. Autor de catorce libros y casi un centenar de ensayos, ha sido también cofundador de la revista Tercer Programa; del Instituto de Investigación sobre Ciencia y Tecnología (INVESCIT) en Valencia; de la Sociedad Española Leibniz. Entre sus libros cabe recordar Introducción al estilo matemático (Tecnos, 1971), Experiencias de la razón (Ed. Univ. Valladolid, 1992), La Matemática: de sus fundamentos y crisis (Tecnos, 1998), Poincaré: matemático visionario, politécnico escéptico (en esta editorial, 2009).
Vuelve a repasar los modelos matemáticos contemporáneos en esta obra, que sus editores resumen así: "Un cambio de siglo es momento propicio para, desde una mirada al pasado, esbozar un marco en el que se desarrolle una disciplina en el porvenir, en el futuro. El paso del siglo XIX al XX, como el que hemos vivido del XX al XXI, ha sido el momento en el que se han establecido unos Programas-marco que tratan de orientar el futuro, de ver el posible porvenir del Hacer matemático. Lo intentarán plasmar Poincaré y Hilbert, dos de los más grandes matemáticos de todos los tiempos. Dos Programas-marco que reflejan dos formas de trabajar la Matemática y que se manifestarán en estilos expresivos diferentes así como en distintas maneras de enlazar con las demás disciplinas. Si en la primera mitad del siglo XX el programa-marco hilbertiano toma el papel preponderante y obtiene su triunfo definitivo con el bourbakismo tras la segunda Guerra Mundial, en el último tercio del siglo se volverá a las ideas y al estilo querido por Poincaré. En este libro, tras esbozar un panorama del Hacer matemático en los últimos años del siglo XIX, en el que se produce una inversión con su ruptura epistemológica asociada y se pasa de un Hacer Figural a uno Global, se exponen las ideas que subyacen a los dos Programas-marco, a los enunciados por Poincaré y Hilbert. También hay una atención especial hacia unos matemáticos creadores que se mantienen entre dos aguas, a caballo entre las dos formas de hacer que determinan los programas-marco enunciados. Son los matemáticos de la Escuela de París y, más en particular, se exponen con algo más de detalle las ideas tanto de Borel como de Lebesgue, dos de los creadores del Análisis de variable real, entre otras contribuciones. En 1971 Javier de Lorenzo publicó Introducción al Estilo matemático. Obra que, junto a Introducción a la Teoría Intuitiva de conjuntos publicada al año siguiente, supuso una ruptura radical con la imagen formalista del Hacer matemático, la propiciada desde Hilbert y Bourbaki, en los medios académicos y profesionales. Una imagen que se imponía, incluso, en medios como el de la enseñanza elemental a través de la denominada  ´matemática moderna`".

Lorenzo, Javier de, Estilos matemáticos en los inicios del siglo XX. Tres Cantos, Nivola libros, 2014,



155. Relatos cortos
Manuel Pecellín Lancharro

Natural de Badajoz (1960), Alonso Ayala es licenciado en Ciencias Económicas y auditor de cuentas, presidente de Auren y del Instituto de Censores Jurados de Cuentas de España y profesor de Contabilidad en la Universidad de Alcalá de Henares. Fue también un participante activo de la movida madrileña con su grupo "Mario Tenia y los Solitarios". Autor de varias obras profesionales, esta es la primera que publica en el campo de la creación. Se trata de un conjunto de microrrelatos, que
prologa Eduardo Torres-Dulce Lifante, Fiscal General del Estado y miembro numerario del Opus Dei, quien percibe  agudamente las diversas fórmulas utilizadas en la construcción de  tan provocativo mosaico: con sorpresa final, vertiginosos desde el comienzo, pausados otros, sin intriga algunos, todos destacan por la finura psicológica en la presentación de los personajes y el control del discurso narrativo.
El autor explica así en el preliminar la estructura de la obra, donde dice haber conseguido dar curso libre a relatos que llevaba mucho tiempo recluidos en su propia intimidad: "Los cuentos (así los llama él) están agrupados por colores en cuatro capítulos (..). El gris contiene historias duras, relacionadas con la muerte o con un sufrimiento en el que no se atisba esperanza. El blanco reúne semblanzas, sueños, biografías imaginadas y reflexiones, marcados con el sello de un optimismo contenido. El rojo recoge relatos apasionados, salpicados en ocasiones con gotas de sexo, sangre o miedo. Por último, el azul lo conforman ocurrencias y humoradas".
Tómense estas indicaciones sólo a modo indicativo, pues en cualquiera de las cuatro partes se podrían encontrar relatos fácilmente incluibles en otra. Y en todas los hay de distinta factura: anécdotas personales referidas con gracia, relaciones de viajes (por Cuba, Perú, México,  Venezuela, Uruguay,  África, Portugal  o, ya en España, Galicia, Madrid y Extremadura), homenajes a algún autor predilecto (Jodorowsky,  H.G. Wells ), comentarios irónicos a ciertas noticias de prensa, denuncias de la doble moral y las desigualdades sociales o burla de los supuestos avances tecnocráticos . Pero los mejores son meras creaciones imaginativas, auténticos cuentos (eróticos, burlones, negros, etnográficos, etc. ) de finales inesperados, como "La dama del río", "Concierto sentido", "Mar urbano",  o esos "Marea negra" y "La escritora", realmente inquietantes.
Excelente conocedor del mundo de los negocios, la caza, la pesca y la música, cuyos léxicos domina, es comprensible que los personajes se muevan en dichos ámbitos. (La entrega última es una explícita evocación de la "movida madrileña", fundamentada en los títulos de las canciones de época).  Para quienes gusten compartir con este autor cosmopolita y, a la vez, terruñero, la admiración por las dehesas trujillanas, recomendaríamos relatos como "Perros y lobos" o "Destino".
Una mayor intensidad narrativa y la eliminación de laísmos y leísmos hubiesen mejorado su rica prosa.

Mario Alonso Ayala, Relatos liberados. Córdoba, Almuzara, 2013.

154. Los hombres de Cortés
Manuel Pecellín Lancharro
La bibliografía sobre Hernán Cortés resulta realmente abrumadora y no deja de incrementarse, en algunos casos con aportaciones tan llamativas y discutibles como la última de Christian Duverger (Crónica de la eternidad. ¿Quién escribió la "Historia verdadera de la conquista de la Nueva España"? México, Taurus, 2012) . Adelanto que la tesis del francés - el auténtico autor de dicha obra habría sido el mismo Cortés, pues Bernal Díaz del Castillo, a quien siempre se la atribuye, sería un analfabeto sin historia hasta fecha muy tardía, que habría prestado sólo el nombre a tan magnífica narración-  aquí desmontada.
Lo ha hecho María del Carmen Martínez, especialista en los estudios cortesianos, quien adelanta una investigación suya en curso sobre el conquistador extremeño.  Profesora en la Universidad de León, la realiza dentro de un proyecto que dirige con su habitual sapiencia el Dr. Jesús Paniagua Pérez. Su fruto más sustancioso es enriquecer el conocimiento que se tiene de lo que algunos ha llamado "la compañía de Cortés". La formaban los varios centenares de soldados, marinos,  artesanos, criados, sacerdotes y escribas (no eran funciones excluyentes) que salieron de Cuba bajo la dirección del de Medellín y pisaron por vez primera territorio continental, los arenales de Chalchiuhcuecan, donde, bien acogidos por los admirados indígenas, fundarían la ciudad de Veracruz. Decisión polémica la de poblar, por no estar claro si se contaba con el necesario permiso de Diego Velázquez. Con razón se les tendrá como los "primeros conquistadores", título que  pronto sería motivo de orgullo y base para la reclamación de interesadas mercedes ante la Corona.
La autora reconstruye aquellas actuaciones fundacionales;  expone la estrategia organizada por Cortés para justificarlas, siempre apoyándose en su indefectible afición a asentarlas por escrito; establece la secuencia cronológica de los acontecmientos (refutando no pocos lugares comunes)  y, sobre todo, identifica a los componentes de aquel belicoso grupo, donde figuraban personas de numerosas nacionalidades, entre las que lógicamente abundan las naturales de Extremadura. (Por cierto, a mí me encanta la advertencia, recogida por López de Gómara, que los partidarios de Velázquez le remiten advirtiéndole no se fíe de Cortés, porque "era extremeño, mañoso,altivo, amador de honras y hombre que se vengaría en aquello de lo pasado").
Martínez utiliza fundamentalmente un documento hasta ahora apenas explotado, que reconoce encontró Martínez Cabral (1989) y dio a conocer  M. Baracs (2005). Se trata de la Petición al cabildo de Veracruz, entidad recién instituida a impulso del propio Cortés, y que el procurador Álvarez Chico presentase en nombre de la comunidad (20 de junio de 1519), escindida entre partidarios de Velázquez y del extremeño, donde se solicita para éste, en una medida realmente revolucionaria, los cargos de capitán general y justicia mayor.
Este documento, que se guarda en el Archivo de Indias y aquí se reproduce facsímil, llevaba casi 400 rúbricas, algunas simples garabatos. Contrastándolo con otros, la investigadora establece la personalidad de cada uno de los firmantes, enriqueciendo así notablemente el "Diccionario de los conquistadores de México", hecho por Bernard Grunberg (2001), a la vez que da nuevas luces sobre  los inicios de aquella gesta y sus principales protagonistas.

Martínez Martínez, María del Carmen, Veracruz 1519. Los hombres de Cortés. León, Universidad, 2013.

153. La cópula
Manuel Pecellín Lancharro
Hijo de jornaleros, Rueda nació (1857) en  Benaque, una aldea de la Axarquía malagueña. Autodidacta,  aunque con abundantes lecturas, ejerció numerosas labores, hasta que pasó a la capital de España en la Gaceta de Madrid merced a los buenos oficios de Núñez de Arce. Volvería a Málaga, donde viviría modestamente, si bien ya era un escritor fecundo y  famoso. Allí murió el año 1933.
"Aunque de niño - según él mismo recuerda- en mi casa pobre yo no servía más que para vagar a todas horas por los campos, pretendiendo descifrar los profundos misterios y las grandes maravillas. Mi padre siempre me amparó por desgraciado y me tuvo un sitio en su corazón. Aprendí administración de las hormigas; música, oyendo los aguaceros; escultura buscando parecido a los seres en las líneas de las rocas; color, en la luz; poesía, en toda la naturaleza."
Justamente la Naturaleza forma parte de la tríada ontológica que constituye el Universo, derivada de Dios mismo, proclamó el "panenteísmo"  propuesto por Krause en su "racionalismo armónico". Bien se conoce el éxito que en nuestro país tendría dicha escuela filosófica. Si de manera difusa, las tesis krausistas alcanzaron entre nosotros extraordinaria influencia entre pensadores, sociólogos, políticos, escritores y, claro está, pedagogos. La In situación Libre de Enseñanza consagrará el contacto con la Naturaleza como uno de los principios didácticos fundamentales.
Creo que bajo ese prisma hay que leer La cópula,  obra cuya publicación (1906)  recordaba inevitablemente otras de Felipe Trigo, por entonces la gran figura de la novela erótica española y también próximo a la estética modernista que el de Málaga cultivase en prosa y verso.
Gómez Yebra, quien ya le puso una  breve introducción en la reedición  de Clan (Madrid, 2010), ha preparado ésta de Cátedra. El catedrático extremeño suscribe el extenso estudio preliminar (pp. 11-70) y pone tres centenares de notas al texto de Rueda (pp. 73-187), que se reproduce por la segunda edición (1908), con algunas modificaciones: se suprimen los  laudatorios "juicios de los contemporáneos"  y las notas biográficas; se moderniza la ortografía; se corrigen las erratas y desaparecen decenas de esas molestas comas que separaban sin sentido sujeto y predicado.
Rosalía, soñadora  joven andaluza, y el ya maduro David, un cíclope de origen mauritano, protagonizan la narración, culminada con la cópula carnal de ambos personajes. El autor, tan amante de los eufemismos,  la presenta como un episodio más de ese trascendentalismo cósmico que todo lo impregna, salva y justifica en orden a la reproducción de las especies. Gómez Yebra pone de relieve el sincretismo artístico y los numerosos recursos literarios que se utilizan en la obra, posible versión contemporánea de un cuento oriental.  A juicio de Guillermo Carnero, La cópula constituye "uno de los universos más extensos, variopintos y sorprendentes que pueda ofrecer la historia de las Letras españolas".

Salvador Rueda, La cópula. Madrid, Cátedra, 2014.

152. Veracruz 1519
Manuel Pecellín Lancharro
La bibliografía sobre Hernán Cortés resulta realmente abrumadora y no deja de incrementarse, en algunos casos con aportaciones tan llamativas y discutibles como la última de Christian Duverger (Crónica de la eternidad. ¿Quién escribió la "Historia verdadera de la conquista de la Nueva España"? México, Taurus, 2012) . Adelanto que la tesis del francés - el auténtico autor de dicha obra habría sido el mismo Cortés, pues Bernal Díaz del Castillo, a quien siempre se la atribuye, sería un analfabeto sin historia hasta fecha muy tardía, que habría prestado sólo el nombre a tan magnífica narración-  aquí desmontada.
Lo ha hecho María del Carmen Martínez, especialista en los estudios cortesianos, quien adelanta una investigación suya en curso sobre el conquistador extremeño.  Profesora en la Universidad de León, la realiza dentro de un proyecto que dirige con su habitual sapiencia el Dr. Jesús Paniagua Pérez. Su fruto más sustancioso es enriquecer el conocimiento que se tiene de lo que algunos ha llamado "la compañía de Cortés". La formaban los varios centenares de soldados, marinos,  artesanos, criados, sacerdotes y escribas (no eran funciones excluyentes) que salieron de Cuba bajo la dirección del de Medellín y pisaron por vez primera territorio continental, los arenales de Chalchiuhcuecan, donde, bien acogidos por los admirados indígenas, fundarían la ciudad de Veracruz. Decisión polémica la de poblar, por no estar claro si se contaba con el necesario permiso de Diego Velázquez. Con razón se les tendrá como los "primeros conquistadores", título que  pronto sería motivo de orgullo y base para la reclamación de interesadas mercedes ante la Corona.
La autora reconstruye aquellas actuaciones fundacionales;  expone la estrategia organizada por Cortés para justificarlas, siempre apoyándose en su indefectible afición a asentarlas por escrito; establece la secuencia cronológica de los acontecmientos (refutando no pocos lugares comunes)  y, sobre todo, identifica a los componentes de aquel belicoso grupo, donde figuraban personas de numerosas nacionalidades, entre las que lógicamente abundan las naturales de Extremadura. (Por cierto, a mí me encanta la advertencia, recogida por López de Gómara, que los partidarios de Velázquez le remiten advirtiéndole no se fíe de Cortés, porque "era extremeño, mañoso,altivo, amador de honras y hombre que se vengaría en aquello de lo pasado").
Martínez utiliza fundamentalmente un documento hasta ahora apenas explotado, que reconoce encontró Martínez Cabral (1989) y dio a conocer  M. Baracs (2005). Se trata de la Petición al cabildo de Veracruz, entidad recién instituida a impulso del propio Cortés, y que el procurador Álvarez Chico presentase en nombre de la comunidad (20 de junio de 1519), escindida entre partidarios de Velázquez y del extremeño, donde se solicita para éste, en una medida realmente revolucionaria, los cargos de capitán general y justicia mayor.
Este documento, que se guarda en el Archivo de Indias y aquí se reproduce facsímil, llevaba casi 400 rúbricas, algunas simples garabatos. Contrastándolo con otros, la investigadora establece la personalidad de cada uno de los firmantes, enriqueciendo así notablemente el "Diccionario de los conquistadores de México", hecho por Bernard Grunberg (2001), a la vez que da nuevas luces sobre  los inicios de aquella gesta y sus principales protagonistas.

Martínez Martínez, María del Carmen, Veracruz 1519. Los hombres de Cortés. León, Universidad, 2013.


151. Las Brujas de Zugarramurdi
Manuel Pecellín Lancharro
Hay un hecho histórico incontrovertible, que incluso los más acérrimos propagandistas de la "leyenda negra" española no pueden rechazar: la Inquisición hispana fue mucho más benévola con el fenómeno de la brujería que los tribunales civiles europeos. De hecho, nadie fue relajado al brazo secular por los inquisidores, como brujo/a, a partir de la segunda década del XVII, mientras que miles de hombres y, sobre todo, mujeres eran ejecutadas en Europa como reos de prácticas demoníacas. (Recomendamos la lectura del  bien documentado estudio de Barbero Richart "La represión de la brujería en Alemania", en Memorias de la Real  Academia de Extremadura, III. Trujillo).
Ahora bien, no siempre fue así, como demuestra lo ocurrido con las llamadas "brujas de Zugarramurdi" por el lugar  navarro de habla euskalduna donde surgió  el inquietante fenómeno, al que Álex de la Iglesia acaba de dedicar su última película. Mucho más ajustado a los hechos que el fin,  es el estudio de Mikel Azurmendi. El conocido antropólogo vasco, apoyándose en las investigaciones previas de Caro Baroja y las definitivas del danés G. Hennigsen (autor de El abogado de las brujas y The Salazar Documents), suscribe una relación de lo acontecido en aquellos valles pirenaicos, junto con el convincente análisis de las causas que lo provocaron, hasta culminar en el auto de fe de Logroño (noviembre 1610) donde arderían once  cristianos de origen humilde, produciendo una enorme convulsión social que  fue in crescendo cual una erupción incontenible y sólo el buen sentido de algunas autoridades religiosas alcanzarían a contener, por fortuna de forma definitiva.
Fueron cuatro las personalidades que contribuirían a  terminar con aquella "locura brujeril" desatada en territorio vascuence: Salazar, un honesto y valiente inquisidor, que se opuso a las manipulaciones de otros colegas, hasta conseguir que el Santo Tribunal dictase la oportuna retractación  pos las malas actuaciones practicadas, torturas incluidas,  y el "edicto de silencio" sobre las juntas diabólicas (sabbat o aquelarres, según el término interesadamente inventado) como explicación de los maleficios.  Vegas de Figueroa, obispo pamplonica, que se opuso a las decisiones del tribunal de Logroño y a la vesania del juez galo DeLancre, mucho más cruel que los inquisidores españoles, mientras apoyaba a sus clérigos "negacionistas" (los curas que negaban la existencia de brujos).  El jesuita Hernando de Solarte, que predicó en  las poblaciones pirenaicas afectadas y señaló pronto a la pobreza, la ignorancia y la dependencia social como factores desencadenantes del  fenómeno brujeril. Y, finalmente, el extremeño Pedro de Valencia quien, desde la lejanía,  conducido por su sentido común y muy escéptico con los relatos de los supuestos aquelarres y actuaciones demoníacas,  propondrá en su  "Discurso de  acerca de los cuentos de las brujas y cosas tocantes a magia", dirigido a la Inquisición, explicaciones basadas en factores naturales: sueños,  fantasía, hambre, drogas, locura o mala voluntad. Sus víctimas habrían de ser tratadas como personas  enfermas, más que como herejes o posesos.
Gracias a ellos, y seguramente a otros que quedarían en segundo plano, las hogueras judiciales para brujos/as se apagaron  pronto en España, aunque las heridas provocadas por las primeras actuaciones permanecerán largo tiempo. La obra de Azurmendi, compuesta con tanto rigor como amenidad, es un magnífico análisis de lo acontecido.

Azurmendi, Mikel, Las brujas de Zugarramurdi. Córdoba, Almuzara, 2013.


150. El criado que desubrió a Zervantes
Manuel Pecellín Lancharro
Escribir “Zervantes” no es en este caso una errata, sino  producto lógico de seguir la ingeniosa ortografía propuesta por Bartolomé José Gallardo. El gran bibliófilo extremeño es el personaje principal de esta novela histórica, que también tiene no poco de psicología,  espionaje, suspense e incluso metaliteratura. El de Campanario reparte protagonismo con su criado Matías Donoso, también nacido en aquel pueblo de la Serena. Los dos constituyen un dúo tan antitético, y tal vez  por lo mismo complementario, como el de Don Quijote y Sancho Panza, a quienes se recuerda aquí una y otra vez en virtud de los ecos cervantinos de la narración.
Jaime Aguilera (Villanueva del Trabuco, 1970), licenciado en Derecho y doctor en Filología Hispánica, quedó finalista con esta obra en el I Premio de Novela Histórica, sin duda merecidamente. Entusiasmado con la figura del gran bibliófilo extremeño, el autor compone la biografía del mismo durante la década más convulsa que le tocó vivir, desarrollando una enorme actividad: desde la llegada a Madrid de los ejércitos napoleónicos(1808), contra los que Gallardo combatirá  pese a su admiración por  los “philosophes” franceses, hasta el fracaso del Trienio Liberal  (1824) y las nuevas persecuciones de los liberales constitucionalistas. Cádiz, Londres, Madrid y Gibraltar (éste ya de forma indirecta), más inevitables alusiones al pueblo de origen, serán los escenarios de la narración.
Aguilera la  va construyendo con diferentes aportes, basados en la realidad unos, frutos de su imaginación otros, combinando así historia y literatura. Donoso, el supuesto fámulo, en quien el bibliófilo enciende la pasión cervantina, tras enseñarlo a leer, habría ido alternando sus servicios con la lectura del Quijote y la composición de unas memorias donde irá recogiendo las peripecias vividas junto a Gallardo.  Constituyen el eje del libro. La búsqueda de ese diario, más otras anécdotas y consideraciones del novelista (no siempre justificadas), aportan también sus mimbres.
Resulta tan divertido como ilustrador seguir a los dos personajes, el real y el imaginado, por el  Cádiz que el francés asediaba y donde se cuece “La Pepa”; aquel Londres repleto de exiliados españoles bien recibidos, en cuyo inagotable Museo encuentra el bibliógrafo su mejor paraíso; las logias  secretas de masones, comuneros o carbonarios, con sus ritos de iniciación notablemente expuestos, aptas para conspirar  frente a los poderes absolutos y favorecer a los  revolucionarios, o ese Gibraltar (ya únicamente Donoso), asilo más o menos acogedor de los perseguidos en España.
Aunque entusiasta de la Enciclopedia y enemigo acérrimo del Antiguo Régimen, polémico e iconoclasta irremediable, mujeriego y sin aliño, a Gallardo lo que más le conmueve es la pasión por los escritos, mejores cuanto más viejos. Sus máximos afanes, que logra trasmitir a Donoso, se dirigen a la implantación nacional de la “libropoesía”. En pro de ella está dispuesto a victimar tiempo, dinero, salud y amistades. Tanta pasión se centra sobre todo en Cervantes (perdón, Zervantes) y su inmortal Quijote, que Donoso va leyendo  y comentando paulatinamente. El extremeño sueña con hacer edición deslumbrante de la obra. Para ilustrarla demandará, sin lograrlo, la colaboración de su amigo Goya; un excelente editor inglés y los papeles encontrados en el Achivo de Indias, que supondrían una auténtica revolución para la biografía cervantina. Se constituyen también en elemento clave del relato, aunque se nos dirá en qué consiste su contenido.
Duro resulta seguir la ortografía gallardiana, que también sigue Donoso en su diario, pero tiene su sentido: identificar lexemas y grafemas castellanos, con la mayor economía posible. Más grave aún si, por lo que parecen precipitaciones en la escritura (especial mal uso de los relativos) y falta de corrección de pruebas (¡cuántas sílabas mal partidas!), las erratas proliferan en exceso. El buen lector sabrá excusarlo, por los atractivos de la narración.

Jaime Aguilera, El criado que descubrió a Zervantes. Ediciones Áltera, Barcelona, 2013


149. La noche del condenado
Manuel Pecellín Lancharro
Natural de Monesterio, Francisca Gata reside en Albacete, dedicada por completo a la creación literaria, en prosa y verso, con obras que están consolidándola como una voz absolutamente original. Entre sus títulos cabe recordar La celda del mar, El bar de los vagabundos, Fuera del tiempo, El felino dormido, Desterrados, Creación, Cine negro o Despiece de la infancia, obra ésta que recordábamos aquí hace escasos meses. La calidad de su escritura ha sido reconocida con la obtención de premios como el Paul Beckett, Ciega de Manzanares, Felipe Trigo, García Pavón o Ciudad de Ronda.
"La noche del condenado -proclaman acertadamente los editores- es casi un soliloquio entre el poeta y la muerte, la condena como metáfora de una sociedad y de una condición humana. Poesía siempre sutil, confesional y grave, Gata ha vuelto a escribir desde el interior de sí misma con una crudeza y una intensidad sorprendentes".
En efecto, el libro propone desde la apertura  y final del primer poema ("Si no viera la muerte en esos ojos/ Si no fuera un hombre detrás  de una lágrima") una desgarrada memoria sobre la condición humana tal como la autopercibe el sujeto lírico, sin concesiones ni consuelo. Sólo al final de la obra ("Soy yo quien paga con la vida todo el morir/aguardando de Dios la fe de erratas"), se abre una vía a la trascendencia, si no es pura retórica lo escrito.
Porque somos "solo una vida con resultado de muerte",  parafrasea a Heidegger la autora. También lo hace en numerosas momentos al Cernuda que anhelaba únicamente convertirse en piedra sepultada entre ortigas sobre la cual el viento pasee sus insomnios.
Los suyos nos los entrega Gata en estos versos turbadores, de amplio aliento, que a menudo se transforman en  versículos prolongados,  donde el repique inquietante de las anáforas percute una y otra vez. Al mismo tiempo, el cúmulo de imágenes, tan inesperadas como deslumbrantes, hace de cada poema una epifanía desgarradora.
Términos del mismo campo semántico (, patíbulo,  sudario, ataúd, tumba, osario, sepultura, epitafio, crepúsculo, noche, gangrena, lepra, difunto) inducen  insistentes a la misma fatal conclusión: "una sombra soy con arrugas de cadáver".
Con todo, preciso es vivir mientras dure la débil llama que un día se alumbró, apoyándose en la virtud del lenguaje,  sin olvidar nunca que "estoy más que perdido si duermo sin palabras". Es lo que mejor puede darnos la poesía.

Francisca Gata Amate, La noche del condenado. Madrid, Ediciones Vitruvio, 2014.



148. El habla de Almendralejo
Manuel Pecellín Lancharro

Hace ya casi sesenta años (1956), una filóloga recién licenciada por Salamanca, nacida en San Pedro de Ceque (Zamora) llegaba al Instituto de Almendralejo. Pronto se enamoró de sus gentes y paisajes, a los que quiso dedicar la tesis doctoral (1961), “El habla de Almendralejo . Contribución al vocabulario extremeño de la Comarca de barros”, dos volúmenes que han permanecido inéditos hasta ahora. Catedrática de Lengua y Literatura Españolas desde 1966, Matilde Martínez no ha abandonado el lugar de acogida, donde ha formado a miles de alumnos, sin desatender la generosa participación en numerosas actividades culturales. Otros investigadores (Miguel Becerra Pérez, Purificación Suárez Zarallo, Manuel Rodrigo Asensio) complementarán sus investigaciones.
El Centro de Iniciativas Turísticas de Almendralejo, que preside Antonio Díaz Rodríguez, con ayuda de la Diputación de Badajoz, ha conseguido publicar aquel trabajo de la entonces joven profesora. Y lo ha hecho con doble fórmula:
1) Un opúsculo con 74 páginas, en el que Antonio Salvador Plan, catedrático de la Universidad de Extremadura y experto dialectólogo, resume ponderativamente los dos volúmenes de la tesis. Se adjunta un muestra del folclore popular: canciones religiosas, romances (de moros y cautivos, satíricos, burlescos, históricos), cantares de gira y carnaval, dictados tópicos, etc., seleccionados de la rica cosecha que Matilde agavillase in situ merced a trabajos de campo y oportunos informantes.
2)Un CD donde se reproducen las páginas mecanografiadas de los dos tomos originales (con numerosos apuntes manuscritos de la propia autora). Próximo siempre a la metodología de Zamora Vicente en su clásico estudio sobre el habla de Mérida (lógicamente, hoy superada en no pocos aspectos), el primer volumen busca establecer los aspectos diferenciales de la fonética morfología ,sintaxis y “, sobre todo, el léxico de los hablantes comarcanos. El Dr. Salvador destaca las aportaciones de este estudio para la sociolingüística y la historia de la lengua, más aún considerando que en este medio siglo muchos de aquellos materiales salieron ya del uso habitual ante el empuje del español normativo.
El tomo segundo “analiza el léxico ofrecido ya en el primer volumen, pero en este caso por materias: fenómenos atmosféricos, agricultura, ganadería, fauna y flora. Léxico de oficios como la panadería, la construcción, la matanza, la vida familiar y social, la medicina popular, los nombres dados a las personas, los topónimos o los apodos y nombres en diminutivo”, resume Salvador Plan, quien encarece también el capítulo último, dedicado al folclore.
Entre las personas que han contribuido a la edición, Matilde Martínez señala de modo sobresaliente a Carmen Fernández-Daza. Se ha impreso en el recién inaugurado taller gráfico de Efezeta, a cuyos responsables rendimos desde aquí admiración.
y deseamos suerte.

Martínez Pérez, Matilde, El habla de Almendralejo. Almedralejo, CIT, 2013


147. Gerardo Diego
Manuel Pecellín Lancharro
Pureza Canelo, que tan acertadamente dirige la Fundación Gerardo Diego, y Elena, hija del poeta santanderino, han tenido parte fundamental en la edición de esta obra, preparada por Rosa Durán Navarro. Catedrática de la Universidad y gran especialista en Literatura Española de la Edad de Oro. Se ha ocupado, con general reconocimiento, de autores como nuestro Aldana, Luis Carrillo Sotomayor, Alfonso de Valdés (a quien atribuyó el Lazarillo de Tormes) o el propio Cervantes.  Seguramente era la persona más indicada para establecer la autoría, cuidar los facsímiles, transcribir,  anotar, valorar  y referir las peripecias bibliográficas de la "Fábula de Alfeo y Aretusa".
Diego localizó (1919) el manuscrito, bastante deteriorado, de este hermosísimo poema mitológico -una silva con casi mil versos-  en la Biblioteca de Menéndez Pelayo. Consciente de la valía del poema, hizo copia manual y un estudio  del mismo, aunque no los llegó a  publicar. El pronto catedrático de Instituto (lo será por  oposición meses después , ante un tribunal que presidía Emilia Pardo Bazán), no dudó en reconocer la pluma de Pedro Soto de Rojas (uno de los grandes seguidores de Góngora, que tanto lo seducían) tras aquellos heptasílabos y endecasílabos tan admirablemente labrados.
Lo confirma su editora, merced a un minucioso análisis comparativo de la pieza
Otro valor de este manuscrito autógrafo es que "no es una versión definitiva, sino una obra en marcha; podríamos calificarlo de taller del poeta. En él vemos palabras y versos tachados, sustituidos por otros que están al margen del texto; pero también variantes, distintas posibilidades y versos que seguramente pensó en añadir .. Se ve el poema creándose, imperfecto aún en el folio escrito" (pág. 22).
Ya  D. Gerardo en el estudio que no publicó, advertía sobre la importancia de las adiciones, enmiendas, tachaduras y anotaciones superpuestas al margen.
Por fortuna, el mimo de Elena Diego, más las buenas gestiones de los bibliotecarios de la Menéndez y Pelayo, han  hecho llegar a la investigadora catalana las dos piezas que parecían perdidas (la fábula de Rojas y el estudio de Gerardo). Se reproducen  aquí facsimilares, amén de la oportuna transcripción del primero.
El volumen hace el nº 5 de la colección "Bodega y azotea" (un guiño al santanderino del 27), dirigida por Pureza Canelo y Elena Diego bajo el cuido de Andrea Puente.

Navarro Durán, Rosa, Gerardo Diego y la Fábula de Alfeo y Aretusa de Pedro Soto de Rojas. Santander, Fundación Gerardo Diego, 2013.


146. La librería del convento alcantarino de San Benito
Manuel Pecellín Lancharro
El equipo formado por los historiadores José María López de Zuazo, Dionisio A. Martín Nieto y Bartolomé Miranda Díaz , que tan eficaz viene mostrándose, obtuvo el XV Premio de Investigación Bibliográfica "Bartolomé José Gallardo" (2012), convocado por la UBEx  y el ayuntamiento  de Campanario con la obra  La librería del convento de San Benito de la Orden de Alcántara. Librerías. Lectores y libros de un tesoro bibliográfico descompuesto. Se publica ahora en un volumen de 780 páginas, que nos permite conocer los libros acumulados en aquel cenobio extremeño de filiación cisterciense.
Casa matriz de la poderosa orden militar  que lleva su nombre, resulta lógico que allegase una rica colección de manuscritos, incunables y obras impresas a partir del siglo XV hasta su disolución en el XIX. Eran materiales imprescindibles para  la formación y divertimento de comunidad, los alumnos que allí estudiaban y sus profesores, sin omitir el colegio que los freyres mantenían en Salamanca e incluso el servicio a las poblaciones circundantes.
Los informes que al respecto  irían redactando los Visitadores  al realizar la oportuna inspección (inventarios de 1546, 1719 y 1743), así lo recogerían, a lo que se añaden  noticias procedentes de mandas y testamentos.
Contra cuanto se ha podido decir sobre la destrucción de esos fondos culturales a manos de los franceses  durante la Guerra de la Independencia , los autores la atribuyen a las medidas desamortizadoras  de 1835. Con todo, buena parte  de aquellos perviven en dos bibliotecas: la pública de Cáceres y otra  de esta ciudad, de carácter privado (los dueños prefieren permanecer anónimos). Pasan de 600 las obras conservadas, de las casi 2.000 que debieron constituir la biblioteca alcantarina, según se deducen de sus inventarios, aquí recogidos. (Falta identificar el conjunto de títulos).
Antes de reproducir  las partidas  asentadas - parte sustancial del trabajo-, los autores explican los programas educativos de la  poderosa Orden, entroncados en los planes de formación intelectual de los monjes del Císter, dentro de lo que fue el sistema educacional en la Castilla del XVI. Así mismo, ofrecen sabrosos apuntes sobre la librería alcantarina  y su devenir histórico como lugar físico, dentro de la espléndida  arquitectura de San Benito. Por último, incluyen un extenso capítulo sobre las bibliotecas particulares , más o menos ricas (casi siempre terminaban en la Casa) de algunosComendadores, procuradores, capellanes, prelados, inquisidores  y otros religiosos  vinculados a la Orden: Pedro de la Cueva, Luis de Villasayas, Claudio de Silly, Antonio de Xerez, Luis Bocanegra, Diego de Ovando, Miguel de Siles, Gregorio de la Serna o Pedro Ordóñez Flores.
Cada vez son más numerosas las investigaciones sobre los depósitos bibliográficos labor  fundamental para establecer el desarrollo de las mentalidades y que también depara otros importantes datos.  Entre los libros localizados, los hay muy importantes para la historia de Extremadura, no todas bien conocidas. Entre las que han desaparecido, podemos recordar no pocas  de  Petrarca, Boccaccio, Nicolás de Cusa,  Lorenzo Valla y prácticamente todas las de Erasmo, anotadas por los visitadores de modo singular (no eran sus apuntes fichas rigurosas), señal evidente de que poetas , filósofos y humanistas del Renacimiento fueron leídos bien pronto por estos lares. En la “corte literaria de Zalamea” , tan dependiente de la Orden, figuraron el astrólogo judío Abraham ben Samuel Zacuto, de quien los frailes tenían el Almanaque perpetuo, y Antonio de Nebrija, cuyos escritos todos también estuvieron en las estanterías de Alcántara.

López de Zuazo y Algar, José María; Martín Nieto, Dionisio Á, Miranda Díaz, Bartolomé, La librería del convento de San Benito de la Orden de Alcántara, un tesoro bibliográfico descompuesto... Mérida, ERE, 2013

145. Beatus Ille 2001
Manuel Pecellín Lancharro
Archivero-bibliotecario y cronista de Olivenza, miembro correspondiente de la R. Academia de Extremadura, animador de innumerables congresos, publicaciones, encuentros y debates relacionados con la Raya, a Luis Alfonso Limpo se le conoce más por sus estudios históricos, aunque nunca ha dejado la creación poética. Tan rigurosa en los ensayos, como burlona en el verso, su voz siempre tiene un carácter libre y personalísimo. Lo vuelve a demostrar con este poemario, cuyo título componen el famoso sintagma horaciano, vertido a todas las lenguas cultas, y un guiño digital a Kubrick (¿también a la novela de Muñoz Molina?).
Abre la obra una cita de fray Luis de León, ineludible entre los españoles que han abordado el tema de la “aurea mediocritas”, aunque el propio autor comience sus reflexiones preliminares preguntándose si el poeta del siglo XXI puede dejarse llevar lícitamente por su impulso interior y retirarse al disfrute de la Madre Naturaleza, alejado del “mundanal ruido”. Entre ambos impulsos, epicúreo y estocio a la vez, parece debatirse el escritor, que, pese a todo, más parece inclinarse por la denuncia irónica de cuanto no deja de observar en sus alrededores. Para exponer las contradicciones de la cultura neocapitalisma que nos envuelve y corrompe, Limpo ha optado por el soneto, la estrofa predominante en el libro. Los hay de muy distinta elaboración, desde los construidos según las normas clásicas, a otros que sólo se atienen al imperativo de los dos cuartetos y dos tercetos, aunque se salten todas las demás imposiciones preceptivas. Para concluir, el extenso epilogo final, que da nombre al poemario, recupera la lira, en memoria de quien se refugiase en el huerto salmantino para encontrar al fin el “locus amoenus” de la Flecha frente a envidiosos e inquisidores. Otras plumas admiradas – Cicerón, Montaigne, San Juan de la Cruz, Quevedo , Cernuda, Anthero de Quental, Borges, Vinicius de Moraes, Monterroso o los mismos Beatles , – serán también evocadas, en transliteraciones fáciles de localizar o mediante paráfrasis, retruécanos y otras figuras estilísticas.
Poemas como “El infierno de los plagiarios”, “El payador renegao”, “Salutación arribista”, “Glissando en petit comité”, “La troupe del gorila”, “Internacionalismo proletario”, “Erre que erre (irredentistas)”, “Día de Extremadura” o “Universitarios en pomposium” provocan risas y lágrimas, compasión y desprecio, rebeldía y escepticismo, a la vez que sincera admiración por su escritura, tan libre como inspirada.

Limpo Píriz, Luis Alfonso, Beatus ille 2001. Olivenza, autoedición, 2013

144. Jornadas de Fuente de Cantos
Manuel Pecellín Lancharro
Volumen con 354 páginas, recoge los trabajos expuestos durante la XIIIª celebración de las jornadas históricas que vienen organizándose con reconocido éxito en Fuente de Cantos.
La conferencia inaugural estuvo a cargo de José Antonio Agúndez, Director General de la Promoción Cultural, quien hizo una ajustada síntesis de las actividades celebradas en Extremadura para conmemorar el segundo centenario de la Constitución de 1812:  multitud de congresos, muestras, libros y  reediciones facsímiles para resaltar "una de las contribuciones de mayor resonancia que España haya legado a la cultura cívica, política y jurídica universal", según palabras del conferenciante, y en la que destacados extremeños desempeñarían  indiscutible protagonismo.
Así lo reconoce Manuel Moreno Alonso, profesor de Historia Contemporánea en la Universidad de Sevilla, autor del  estudio panorámico  "Extremadura en las Cortes de Cádiz". Más precisos son Luis Garraín y Felipe Lorenzana, quienes suscriben  un muy bien documentado estudio sobre Josef Casquete de Prado y Botello (Fuente de Cantos, 1756- Llerena, 1838). Este singular obispo, vinculado familiar y personalmente a la Orden de Santiago,  llegó a presidir las Cortes de Cádiz y, pese a  tener un ideario conservador (pero no  tan absolutista, ni servil como algunos historiadores han dicho), sancionaría la Constitución de las mismas emanada. Si no fue un defensor ferviente del código liberal,  según otras figuras eclesiásticas, tampoco se reveló como un prelado obstruccionista (que también los hubo). Ya en la ancianidad, fallecido Fernando VII, este hombre que controlaba su territorio con celo estricto, levanta la voz contra la ya inminente sublevación carlista, demandando no se encendiese la guerra civil,  "el mayor mal que puede sobrevenir a una nación".
Al mismo personaje dedican su no menos riguroso estudio Manuel López Fernández y Andrés Oyola Fabián. Buenos conocedores de la Baja Extremadura, exponen el papel desempeñado por Casquete en la vicaría de Tudía, que él administraba como responsable de la provincia santiaguista de León en nuestra región. Las revoluciones sociopolíticas que en España iban a experimentarse provocarán la extinción de dicho vicariato.
Juan Carlos Monterde estudia los pleitos territoriales desarrollados en buena parte de "las Cinco Villas Hermanas (Fuente de Cantos, Medina de las Torres, Monesterio, Calzadilla de los Barros y Montemolín), poseedoras de importantes latifundios,  mientras Fermín Mayorga expone distintas actuaciones de la Inquisión de Llerena por tales predios.  Apoyándose en las actas del temible Tribunal, recoge las actuaciones del Santo Oficio  en la zona, entre los siglos XVI-XVIII,  contra judaizantes, blasfemos, prostitutas, confesores solicitantes, clérigos  borrachos o desobedientes, asesinos, perjuros, adúlteros, hechiceras, bígamos y otras personas que se conducían al margen de las normas, a todos los cuales el autor califica como "herejes" (en realidad, ninguna lo era).
Finalmente, tras el  apunte en que Joaquín Castillo demuestra la capacidad política y de Godoy y su buen tacto para resolver (1804)  problemas sociales como el surgido en el señorío de Zafra, Antonio Manuel Barragán-Lancharro se ocupa de la Caja de Ahorros y Préstamos de Fuente de Cantos, la primera de las que se fundaron (1905) en la provincia pacense y cuyos  modélicosestatuto reproduce . El historiador resalta el importante papel que entidades como aquella desempeñerían, fomentado los créditos y seguros agrarios, combatiendo la usura y facilitando inversiones inteligentes.

Lorenzana de la Puente, Felipe (coord.), XIII Jornada de Historia de Fuente de Cantos. Asociación Culgural Lucerna y otras, 2013.

143. Despiece de la infancia
Manuel Pecellín Lancharro
Nacida en Monesterio, Fracisca Gata salió muy joven de Extremadura, hasta recabar en Albacete, donde reside. No obstante, como nueva comprobación de que los primeros años constituyen un periodo de edad definitivo para conformar el carácter, aquí está esta obra,  cuyos versos realizan  un despiece cuasi febril de su  infancia. Con ella obtuvo la autora el XIII Premio de Poesía Ciudad Ronda, Gata, que tambén ha sido galardonada en notables concursos de narración (entre ellos, el FelipTrigo de relato corto) se distingue sobre todo por la riqueza, impuetosidad y calidez del lenguaje., en ocasiones enfrentado a la normativa académica, lo que le proporciona magníficos hallazgos, especialmente  en su discuso poético. A ello une una enorme capacidad para construir imágenes de carácter surrealista,  tan abundantes en los poemas de este libro.
La niñez es rescatada verso a verso, que nos dicen de voces oscuras bajo el susurro del río; anécdotas al parecer simples (v.c., un paseo en la bicicleta que el padre conduce) pero inolvidables; intuiciones sobre el futuro; la táctil gracilidad de olivas y cerezas; los pálpitos tan díficiles de expresar, como ciertos; la corta estncia veraniega junto al mar lejano; la presencia indefectible de la madre.
La autora, que en su último libro, Cine negro (2012) mostraba la afición por este tipo de películas, regresa al mundo infantil, también frecuenta en el cuento El juicio del tiburón (2012). Una de las mayores cualidades del discurso literario es hacer al lector cómplice de la escritura, por empatías o tal vez fobias desatadas según se lee.  Así ocurre  aquí con cada peoma, seguramente de modo más fácil, pero no exclusivo,  a quienes vimos la luz y nos criamos en un entorno  agroganaderol. Esta vivencias, tan delicadamente evocados, son parecidas a las de tantas niños rurales en un entorno quizás ya desaparecido, pero que sigue en la memoria y la pluma de los grandes creadores.
Francisca Gata forma parte, por derecho propio, a ese magnífico grupo de poetisas extremeñas que en estos meses últimos nos han deparado tan valiosas obras. Digamos Pureza Canelo, Ada Salas, Efi Cubero, Emilia Oliva, Teresa Guzmán Carmona, Carmen Hernández Zurbano, María José Fernández Sánchez, Juana Vázquez Marín, Silvia Gallego o Ana María Reviriego,

Gata Amate, Francisca, Despiece de la infancia. Ronda, Ayuntamiento, 2013

143. Manuel Gómez Cantos
Manuel Pecellín Lancha
Nacido en Arroyo de la Luz (1963), profesor de Instituto y miembro del GEHCEx (Grupo de Estudios sobre la Historia Contemporánea de Extremadura), García  Carrero ha publicado numerosas colaboraciones en obras colectivas y tres monografías : II República y consecuencias de la Guerra Civil en Arroyo del Puerco;  Juan Luis Cordero, vida y obra (2005)  y La crisis de los treinta en Arroyo de la Luz, República, Guerra Civil y Primer Franquismo (2008). El año 2011 obtuvo el doctorado  con una tesis sobre la historia de la Guardia Civil en Extremadura, a la que pertenece el libro que ahora publica, "Manuel Gómez Cantos. Historia y memoria de un mando de la Guardia Civil",  un volumen de 288 densas páginas, biografía de uno de los militares franquistas más odiados.
"Personalidad violenta, despiadada y carente de todo tipo escrúpulos, un auténtico criminal, que murió en 1977, sin responder de sus crímenes y sus desmanes, que le hicieron tristemente famoso, hasta ocupar un funesto lugar en la historia de la represión franquista en Extremadura. Nombrar al que en 1936 era el sanguinario capitán de la Guardia Civil en Villanueva de la Serena (Badajoz), es aún hoy, 77 años después, sinónimo de muerte y miedo. Dejó una huella indeleble en los republicanos, a los que masacró inmisericordemente", enfatiza la sinopsis editorial.
No me caben dudas de que los primeros en mostrar desagrado, tal vez irritación, al oír el nombre de Manuel Gómez Cantos, Teniente Coronel de la Guardia Civil, son los propios miembros de la Benemérita. Según reconoce también el autor de esta biografía, la entidad que fundase el Duque de Ahumada ha sabido incardinarse en el régimen democrático hasta el punto de obtener un enorme prestigio social.  Si esto es así, se atribuye a que los dirigentes del Cuerpo, por no decir todos cuantos lo conforman, rechazan  sin discusión conductas como las del aquí biografiado. Más aún, han sabido facilitar al estudioso el acceso a los archivos militares para componer este auténtico "cuaderno de quejas" , tan bien documentado, por las actuaciones de quien nunca debió vestir el uniforme verde y el tricornio.
García Carrero ha realizado un enorme esfuerzo para documentarse cumplidamente, con la bibliografía (poca y dudosa) sobre el personaje e investigaciones propias en numerosos archivos. Esto le faculta para corregir numerosos errrores deslizados, en los que incurren multitud de historiadores, entre ellos algunos especialistas  tan conocidos como Paul Preston, Francisco Espinosa Maestre o el mismo Julián Chaves Palacios, director de su tesis doctoral y generoso prologuista del libro. A la vez, le permite que esta obra resulte un trabajo rotundo y difícilmente contestable,
Gómez Cantos (San Fernando, 1892), que pronto comenzó a recibir reprensiones por parte de Dirección General del  Cuerpo (entre otras causas, " por contraer deudas injustificadas"), dio testimonio de su personalidad violenta  y vengativa en cuantos lugares ejerció. Sus abusivas actuaciones se incremantarán a partir de 1936 con el triunfo de los militares  franquistas, a cuya sublevación se suma con una bien conocida actuación en Villanueva de la Serena. Tuvo siempre un poderoso valedor en Queipo de Llano, quien alentaba las represiones sangrientas del ya comandante andaluz, especialmente duras en Málaga, Cáceres y Badajoz, de todo lo cual el libro ofrece exhaustivos informes.
Tras 1939, siendo ya  teniente coronel,  adquirirá  un destacado protagonismo en la lucha contra la guerrilla extremeña. Los  excesos hasta con sus mismos hombres pondría punto final a tan vesánica carrera.  Cuando el 18 de abril de 1945 hizo fusilar en la plaza pública de Mesas de Ibor a tres guardias civiles tachándolos de "cobardía ante el enemigo", sus superiores juzgaron que había pasado todos los límites. Tuvo que sufrir un consejo de guerra y pasar unos meses en la cárcel, cluasurando así su carrera militar. Vivió hasta 1977.

Francisco Javier Carcía Carrero, Manuel Gómez Cantos. Historia y memoria de un mando de la Guardia Civil. Cáceres, UEX, 2013.

142. El jardín secreto
Manuel Pecellín Lancharro
A la hora de analizar este libro, se imponen algunos apuntes biográficos de la autora Frances Hodgson Burnett(Manchester,1849 –New York, 1924). La muerte temprana de su padre, rico joyero, arruinó la economía doméstica, teniendo que irse con la madre y hermanos a Estados Unidos (1865).  No obstante, la futura gran  novelista mantendría siempre el recuerdo del jardín familiar inglés como el  locus amoenus. Así quedará en bastantes de sus muy numerosas obras, y concretamente en la que presentamos.  Al principio, no lo pasaron bien en USA. Pero la joven, lectora voraz, comienza pronto a ganarse la vida publicando en prensa poemas y relatos cortos. Inicia así una carrera plagada de títulos y éxitos, tanto de crítica como de público. Adquiere especial renombre como escritora de literatura infantil, distinguiéndose por sus reivindicaciones de los derechos de autor. La teosofía, el espiritismo y, claro está, la jardinería atrajeron también su atención.

“Príncipes perdidos, niños en la extrema pobreza que heredan una gran fortuna, ricos y nobles que lo tienen todo, pero que han de descubrir aún qué es la amistad, el amor y la belleza de la vida, huérfanos que encuentran su familia en desconocidos; amores peligrosos  y desgraciados, y amores tan puros y luminosos que perduran más allá de la muerte; juramentos de lealtad que se mantienen frente a toda adversidad, rebeliones secretas contra gobiernos sanguinarios, batallas, misteriosas reuniones clandestinas, intriga, fantasmas, aventuras…Esa es la literatura de Frances Hodgson  Burnet”,  leemos en el preliminar de esta edición (pág. 9).

El Jardín Secreto es seguramente su obra más conocida, con numerosas adaptaciones para cine (ya desde la época muda), televisión y otros espectáculos. Obra clasificable como literatura juvenil, por la edad de los principales protagonistas, es considerada un clásico de la literatura inglesa, con versiones a  casi todas las lenguas. La que ahora nos ofrece Cátedra es realmente magnífica,  labor de Ana Belén Ramos. Singular esfuerzo ha tenido que realizar la traductora para transmitir el rasgo lingüístico más notable de la novela. Según su costumbre, Hodgson Burnett presenta a los personajes utilizando el habla del lugar y clase socioeconómica a la que pertenecen. En este caso, la curiosa manera de expresarse que tienen las amas de casa, criadas y trabajadores de Yorkshire, cuyos rasgos acabarán adoptando  incluso los jóvenes dueños. La editora altera  graciosamente la ortografía de numerosos términos o expresiones, marcados en cursiva, e introduce a menudo palabras obsoletas (se explican en un glosario final) para mejor reflejar la modalidad lingüística de aquel condado inglés.

Hasta allí conducen, desde la India donde naciera, a una  huérfana preadolescente, tan maleducada como sensible. La frialdad del tío que la acoge, un latifundista atrapado por otras frustraciones, contrasta con la cálida actitud de la familia de la sirvienta. Todo comienza a cambiar (realmente, estamos  ante una perfecta “Bildungsroman”) cuando la orgullosa niña conoce en la enorme mansión al simpático Dickon, un rapaz humilde, capaz de entenderse con los animales e incluso las plantas, y  otro a quien va a ir transformando como ella misma: el orgulloso primo Craven, un precoz “rajá”, enfermo psicológico, mimado hasta la exasperación, con berrinches incontrolables.

Los tres descubren en el enorme palacio un jardín al que todos tienen prohibido entrar desde la muerte del ama. El  petirrojo del viejo jardinero (¡qué atractivo personaje!) desempeña un papel fundamental en el hallazgo. Poco a poco, según van trabajando, los antes insufribles aristócratas se robustecen en cuerpo y espíritu, humanizándose, haciendo que todo cambie a su alrededor.

La novela, escribe Ana Belén Ramos en el estudio introductorio, implica “un importante mensaje ambiental en la que la metáfora del jardín se convierte en el espacio que nos enseña a ser nosotros mismos. El jardín está lleno de símbolos sobre la vida, la muerte, la enfermedad, la salud... y aporta una singular visión para que los jóvenes avancen por sus acompañar a nuestra juventud a reconsiderar la Tierra como un universo rico y lleno de enseñanzas para ser más humanos”.

Función terapéutica la del jardín para las dolencias tanto  físicas como psicológicas. El texto, en que la crítica ha localizado influencias de Cumbres borrascosas y Jane Eyre, y sin duda tiene grandes dosis de autobiografía, permite diferentes lecturas simbólicas. Todas llevarán a la misma conclusión: estamos ante una obra inolvidable.

Frances Hodgson Burnett, El jardín secreto. Madrid, Cátedra, 2013

141. Españolas del Nuevo Mundo
Manuel Pecellín Lancharro
Gómez-Lucena, antropóloga y diplomada en Biblioteconomía, es autora de novelas históricas (Expedición al Paraíso, 2004), un libro de viajes (Atardeceres sureños, mañanitas mexicanas, 2013) y el ensayo histórico La odisea de Cabeza de Vaca (2004). Con esta nueva obra se propone reparar el solipsismo de género en que incurren sistemáticamente los  descubridores, conquistadores, evangelizadores, funcionarios, archiveros y cronistas de Indias, para todos los cuales las mujeres resultan invisibles, o casi,  en la epopeya americana. Pese a tan contumaz silencio, explicable según la línea habitual de la literatura  misógena europea, la ensayista ha podido  recabar sólidos datos para construir esta colección de biografías espigando en las   narraciones, cartas e informes coloniales de cualquier tipo. Son 38 las españolas, de todas las clases sociales, entre las miles que, nacidas en la Penínsulas y trasladadas a América durante los siglos XVI-XVII, pasan ahora ante nosotros. (Se promete un próximo segundo volumen).
Según sus circunstancias personales, todas ellas "combatieron contra los indígenas, ayudaron a levantar ciudades, plantaron las primeras semillas europeas y fundaron hospitales y escuelas; las hubo virreinas y gobernadoras, místicas y letradas, pequeñas empresarias, costureras, criadas, prostitutas y maestras. Y cuando los hombres habían muerto o estaban malheridos, la mayoría de las españolas de este ensayo se vieron abocadas a ejercer de improvisadas capitanas, soldaderas o marineras",
Al componer estas biografías,  comenzando por un interesantísimo estudio preliminar, la autora reconstruye igualmente  las  duras peripecias del viaje a Indias, comenzando por los difíciles permisos para partir, así como las asechanzas  múltiples , tantas veces mortales, que esperaban allende el Océano. Lo seguro es que desde el primer viaje de Colón, un número creciente de mujeres se embarcaron hacia el Nuevo Mundo. Si al principio quizás no llegaban al 5% de hombres,  irán en aumento, hasta el punto de que durante el periodo 1564-1581 alcanzarían casi el 27%. Resulta imposible que, pese a tanto silencio injustificable, no dejasen huellas.
Abre la serie María Álvarez de Toledo, sobrina del gran Duque de Alba y esposa del hijo dócil y torpe del ilustre descubridor,  Diego Colón,  con quien engendraría siete hijos, por cuyos derechos luchará denodadamente desde América. La concluyen Mencía Sanabaria Calderón, natural de Medellín (c. 1534), miembro de una ilustre familia de conquistadores, y Catalina de Sotomayor, una de las primeras mujeres que llearon a México, donde casó  en primeras nupcias con Joan de Cáceres Delgado, militar de Hernán Cortés, y luego con Pero Méndez de Sotomayor, de quien también enviudaría.
Entre ellas figuran otras muchas naturales de Extremadura: Ana de Ayala, acompañante  por toda la expedición  del Amozanas a su esposo, Francisco de Orellana, a quien sobreviviría. La llerenense Francisca de Bustamante (n.1490), que bien puede ser considerada como la primera maetra de América.  La formidable Mencía Calderón, nacida en Medellín (c.1514), que , viuda, fue Adelantada del Río  de la Plata. La  valerosa cacereña Mencías de Nidos (c. 1516),inmortalizada por Ercilla en La Araucana. Aunque, tratándose de Chile, ninguna como la placentina Inés Suárez (c.1507), compañera de Valdivia, en la que se han inspirado no pocas obras de cine, literatura y música. Sabido es que Juana de Zúñiga, acaso bejarana, fue la segunda esposa de  Hernán Cortés, en cuyas huestes también figuraría la hermosa Beatriz Bermúdez de Velasco.  Por oponerse al sedicioso Gonzalo Pizarro fue ajusticiada la extremeña María Calderón (n. 1500) y se conoce que Isabel Contreras (Medellín, c. 1514) figuraba en la expediciòn de Sanabria al Río de la Plata, donde fue una de las pobladoras.  También Beatriz González, que ejerció como enfermera en la conquista de México, y  la encomendera Elvira Hermosilla fueron probablemente naturales de nuestra región.
Termina la obra con un capítulo dedicado a la cartografía del Nuevo Mundo, para mejor seguir las odiseas de esta mujeres, y un extenso apéndice bibliográfico.

Gómez-Lucena, Eloísa, Españolas del Nuevo Mundo. Ensayos biográficos. Madrid, Cátedra, 2013

140. Aforismos
Manuel Pecellín Lancharro
F. Nietzsche (1844-1900) es sin duda uno de los grandes inspiradores del pensamiento contemporáneo, junto con Marx y Freud . En torno a él se ha establecido una doble polémica, más allá de las posibles disputas sobre sus tesis, tan radicales: 1) Establecer la significación  exacta de cuanto enuncia, asunto difícil, si no imposible, tratándose de alguien que prefirió siempre la metáfora a los conceptos ; el discurso poético al científico; las sugerencias, polisemias e incluso paradojas, a las definiciones lógicas. Filólogo consumado, el alemán dominaba como pocos las funciones múltiples del lenguaje y pocas veces  eligió la puramente  denotativa. 2) El problema se agrava por una cuestión editorial: los escritos de Nietzsche, especialmente los póstumos, sufrieron la hoy  bien conocida manipulación de su hermana  Elisabeth y otros adláteres, que pretendieron acercar la obra del gran pensador al ideario nazi, destacando en aquella un antisemitismo sólo perceptible si se le hace suscribir frases nunca por él escritas. Baste recordar alguno de los ejemplos aducidos en sonada polémica por  Andrés Sánchez Pascual, a quien seguimos considerando  su mejor traductor castellano.  Nos recuerda, el catedrático extremeño que Nietzsche, refiriéndose a sus críticos, utiliza la expresión «Hunde-Zudringlichkeit» («impertinencia perruna»); la hermana cambió el sustantivo y publicó “Juden”, transformándola en «impertinencia judía». Peor aún es cambiar, según ocurriría con otro grosero desliz, “die Schlacht von Sedan» (La derrota de Sedán”, por  «die Schlecht-Juden» (“los judíos malos»).
Felizmente, tras los esfuerzos de Karl Schlecta, Colli-Montinari   (1967-68) y otros exégetas posteriores, incluidos hábiles grafólogos, hoy contamos con ediciones  fiables de las obras del filósofo alemán más provocador (“Yo soy dinamita”; “Cómo filosofar a martillazos”,  “El Anticristo”, “Consideraciones intempestivas”, etc., etc., por no citar sus títulos mayores).
Nietzsche era un apasionado de la escritura fragmentaria,  tan de moda hoy, aunque demandaría para ella lectores que tuviesen naturaleza de vaca, capaces de rumiar una y otra vez sus lacónicos enunciados.
Renacimiento reedita ahora esta antología  preparada, con sucinto prólogo y breves anotaciones, por Luis B. Pietrafesa hace casi medio siglo. El argentino reproduce los textos elegidos, sin depurar errores, según las Obras de Nietzsche que en 1932 publicase Manuel Aguilar, traducidas por Eduardo Ovejero y Maury. La  opción comporta los riesgos más arriba indicados y forzosamente desconoce los textos de Nietzsche dados a luz  por primera vez tras dicha fecha.
El volumen lleva un muy interesante estudio preliminar de Manuel Neila, quien incide en la importancia concedida por Nietzsche al lenguaje. El escritor extremeño (Hervás, 1950), responsable de la serie “A la Mínima”, conocedor de la problemática que en torno a aquél se ha originado, propone las claves para mejor conducirse en este bosque de aforismos, muchas veces repetidos literalmente. Buena guía es también la estructura del volumen, pues los textos espigados se disponen temáticamente en orden alfabético, según indica el índice adjunto, en torno a los grandes asuntos nietzscheanos: amor, civilización, consuelo, democracia, Dios, filósofos, (super)hombre, igualdad, judío, libertad, matrimonio, mujer, moral o vida son tal vez las entradas más sugerentes. Esto facilita también una "lectura fragmentaria", según intereses o inquietudes, seguros de que el "pensamiento circular"  del autor -uno de los mása brillantes en lengua alemana -  nos conduce a encontrarnos de cualquier modo con sus ideas-clave. M.P.L.


Friedrich Nietzsche, Aforismos. Sevilla, Renacimiento, 2013.


139. Allá, en los Balkanes
Manuel Pecellín Lancharro

En la época en que comienza esta historia quedaban todavía gentes de otro tiempo que eran partidarios de la idea, y de la quimera, de que en los Balkanes había un gran país, un país unido y cohesionado, en otra Europa. Así lo proclama el autor de esta compleja narración casi al final de la misma (pág. 427), no sin advertir que tras lo sucedido años antes, ya no era posible recomponer aquella valiosa amalgama de culturas. Acaso, reformar algunas pequeñas cosas en línea con su tesis: la antigua cohesión no era fruto de métodos coercitivos, sino de una competencia constituida a lo largo de muchas generaciones. Eso se llama fe en un pueblo, la misma que mantiene, pese a todo, el grupo de personas atraídas a “La noche del Morava” – nombre de una embarcación anclada en las orillas del viejo río balkánico – por el dueño de la nao. Se trata de un experto autor, ya  cansado de escribir. Durante la velada nocturna que durará el relato, quiere referirle a sus amigos y una enigmática mujer las peripecias por él vividas en un viaje circular, odisea de carácter iniciático, con principio y fin en Porodin (ya en caracteres latinos, no ciríilos, irritantes para otros) a orillas del afluente del Danubio, tal vez Kosovo, encarnación de la estragada Serbia. Otros lugares simbólicos, como la Numancia española destruida por los romanos tras heroica resistencia, o una Samarcanda onírica, aparecerán en este alucinador periplo, que transcurre por los Balkanes, la Península ibérica, Austria y Alemania, hasta regresar a los orígenes.

El narrador es un álter ego del propio Peter Handke quien, según su costumbre,  y ayudándose de otro relator intermedio, irá combinando en el texto reflexiones metaliterarias, descripciones paisajísticas y apuntes filosóficos sobre soledad el sentido de la historia y de la muerte; las relaciones hombre-mujer, especialmente problemáticas tratándose de un escritor; la psicología de las poblaciones; los recuerdos infantiles; los nacionalismos exacerbados; el ruido y sus víctimas; la crueldad estúpida (peor  la infantil) o  las  paradojas de la política europea. Todo ello sin ocultar sus propias dudas, sueños y frustraciones, dejándose atraer en numerosas ocasiones , seguramente las más brillantes, por esa pulsión lingüística que remite a las raíces del surrealismo.

Natural (n. 1942) de Griffen, en la región fronteriza de Carintia, con hondas raíces familiares eslovenas, Handke reside en Francia y tiene una obra tan plural (novela, teatro, poesía, ensayo, periodismo, guiones de cine, traducción) como reconocida. No obstante, a este austríaco rebelde, iconoclasta e incómodo, muchos no le perdonan (v.c., las editoriales británicas rehúsan publicarle) la obstinada defensa de la antigua Yugoslavia o sus polémicas declaraciones sobre dirigentes como Milosević.

Autor de otros libros que conviene recordar ahora : Un viaje de invierno a los ríos Danubio, Save, Morava y Drina, o justicia para Serbia (1996) Die Kuckucke von Velika Hoca ( 2009), o Immer noch Stur (drama sobre la lucha de los partisanos eslovenos contra Hitler y sus cómplices croatas), Handke ha vuelto a escribir una magnífica novela, en la que no oculta sus opciones vitales, si bien atemperadas por la sabiduría y la piedad hacia los hombres  allegadas con el transcurso de los años. La noche del Morava (Die morawische Nacht, 2008), excelentemente traducida por Eustaquio Barjau, es un texto personalísimo, no sé si con excesivas digresiones, cargado de  sutiles sugerencias y multitud de juegos de lenguaje, escrito con una singular técnica de alejamiento, que nunca distancia al lector, por alguien que gusta parafrasear el adagio clásico y defender “ut poesis, prosa”. Constituye ante todo un  emotivo canto a los Balkanes (palabra maldita para muchos) cuyo futuro podría no ser tan triste como algunos presagiaron.

Peter Handke, La noche del Morava. Madrid, Alianza, 2013.


138. Bibliómano
Manuel Pecellín Lancharro
Un bibliómano, según sugiere la etimología griega de los  dos términos que componen la palabra, es el que está afectado por la manía de los libros, caído en  la enfermedad (contagiosa e incurable) del librorum bacillus, adquirida tal vez en la adolescencia e incrementada con el paso del tiempo.  El bibliómano es un bibliófilo intensivo, en quien pueden concurrir agravantes: la “cataloguitis” , el “exlibrismo”, el “grangerismo” (práctica de ilustrar libros con imágenes tomadas de otros), la“polifilia”  (gusto por muchas cosas), la “camitis” (leer acostado) e incluso la misoginia (al menos en épocas anteriores). No forzosamente, aunque ayuda mucho por motivos que Field explica con humor inglés, pueden adjuntarse la pronta calvicie y la afición a la pesca.
Todo ello padece, y en grandes dosis,  el protagonista de Los amores de un bibliómano, quien por fortuna no adolece de la cleptomanía también achacada a sus homólogos.
El autor de este relato, Eugene Field (Saint Luis, 1850-Chicago, 1895), conoce bien el mundo  que retrata. Poniéndolo en boca de alguien llegado ya a la senectud, refiere en primera persona los orígenes, desarrollo, vicisitudes y situación de la dolencia que sufre , haciendo un derroche de cultura “libresca”. Por las páginas de la novela discurren, sabiamente traídos, impresores,  encuadernadores, ilustradores, bibliotecarios, libreros,  anticuarios, críticos y  claro está, escritores más o menos célebres en la historia de la literatura.
La obra es ante todo un canto al libro, cuyas virtudes se elogian en pasajes tan sugestivos como éste, en realidad una recreación de otro contenido en el Codex Miscellaneus (s. XIII): “Risa para mis momentos alegres, distracción para mis preocupaciones, consuelo para mis pesares, charla ociosa para mis momentos de mayor pereza, lágrimas para mis penas, consejo para mis dudas y seguridad contra mis miedos. Todo esto me dan mis libros, con una prontitud y certeza y una alegría que son más que humanas. Por eso yo no sería humano si no amara a estos amigos y no sintiera eterna gratitud hacia ellos” (pág. 81).
Hasta cuando  si se equivocan (“aliquando bonus dormitat Homerus) pueden resultar deliciosos, según demuestra el autor recordando graciosísimas erratas, deslices  tipográficos que se harían célebres, como el de la Biblia Wicked (Pícara), que omite el adverbio “no” en el séptimo mandamiento (en el original sin no more frente a sin on more). O el de Rabelais, cuando  escribe (¿sin intención?) “âne” (asno) en vez de “âme” (alma). Por no citar un suelto del diario de Berlín donde se puso que Bismark buscaba establecer relaciones honradas y sinceras con todas las “Mädchen” (chicas) en vez de “Machten” (potencias europeas). (Por cierto, en un periódico de Extremadura,  a mitad del XX,  para enfatizar el enfado de las mujeres, en vez de decir que estaban con el “ceño” fruncido,  el diablo de la imprenta  trastocó la primera vocal  pro proximidad con la segunda, no sin el inevitable escándalo de los lectores).
No resultan menos divertidos los apuntes de la obra sobre  el trascendental papel de los monjes medievales para la transmisión de la cultura grecolatina; el refinado gusto de los  célebres impresores, por ejemplo la familia Ezelvir; la bibliofilia de algunos grandes políticos, v.c.  Gladstone y Napoleón o la ingeniosa caracterización de los libreros.
Tan convincente resulta  el buen Field, que, terminada la lectura, se siente uno inclinado a repetir con él “La oración del bibliómano” (pág. 200):
“Pero si, oh Señor, te place/mantenerme en el camino de la tentación,/con humildad ruego ser/especialmente tentado hoy/. Que mi tentación sea un libro/que pueda comprar, guardar y conservar,/ y que, cuando otros lo vean/ se lamenten al saber/que lo conseguí a buen precio”.
Eugene Field, Los amores de un bibliómano. Cáceres, Periférica, 2013.

137. Jornadas de Historia en Almendralejo
Manuel Pecellín Lancharro

Son 472 las páginas en gran formato que ofrece este volumen, donde se reproducen las ponencias y comunicaciones defendidas durante las IV Jornadas de Historia de Almendralejo y Tierra de Barros (9-10 noviembre 2012). Según imponía la efemérides, la Constitución de 1812 y sus circunstancias fueron el tema nuclear del simposio, en que participaron distinguidos investigadores.

Abre el volumen un documentadísimo trabajo de Carmen Fernández-Daza sobre Fernández Golfín, en el que desvela las actividades insurgentes del coronel extremeño contra el reinstaurado absolutismo (1823), con muy original estudio del exilio que el militar hubo de sufrir en Tánger, Lisboa y Gibraltar, asunto apenas conocido, hasta su fusilamiento junto a Torrijos (1831). (Teodoro Martín y Juan Carlos Monterde analizarán más adelante su labor parlamentaria en el Trienio revolucionario).

Por su parte, Francisco Zarandieta, basándose en un rico acervo epistolar (549 cartas), establece las relaciones que Manuel Martínez de Tejada (Aldeanueva de Cameros, 1721-Zafra, 1802) y su hijo Manuel María (Zafra, 1771-1849) sostendrían con los titulares del Marquesado de la Encomienda, insitución de enorme relevancia para el devenir de Almendralejo.

No se reproduce la exposición asignada a Manuel Aragón, magistrado del Tribunal Constitucional sobre la Constitución de 1812, por lo que el libro da paso a las veinte comunicaciones. Entre las mismas, todas interesantes – y no es tópico -, distinguiré por fuerza sólo algunas.

Laureano Becerra da un ejemplo de historia local, analizando la situación de Villalba de los Barros durante el periodo fernandino (1814-1833). Analiza asuntos como la absolución Papal a los eclesiásticos que tomaron las armas contra Napoleón; los franceses muertos en la villa; el debate sobre las tierras de baldío; los expedientes para constituir la Milicia Nacional o el listado de los soldados realistas de la población.

Tras el apunte, por desgracia muy lacónico, de Ignacio Fernández, director de la “Cambridge School of English”, sobre un tema tan poco conocido como las repercusiones que la Constitución de 1812 produjo en el mundo anglosajón a través de los visitantes extranjeros de la época, el profesor Javier Guajardo-Fernando aborda un tema de su especialidad: las concepciones filosóficas de Muñoz Torrero, pensador que supo conciliar las ideas liberales con su indudable catolicismos, las tesis más progresistas en el momento con el uso de las viejas categorías escolásticas.

No fue el único presbítero de la época que aceptó las ideas más avanzadas. Lo demuestra Víctor Guerrero con la figura del sacerdote almendralejense Juan García, traductor de El Contrato social y El Emilio de Rousseau , así como de los Diálogos de L´ A.B.C. de Voltaire.

Por último, last but not least, señalaré las intervenciones de Isabel Collado (situación de la enseñanza), Esteban Mira (Expósitos en Tierra de Barros), José María Moreno (Los intentos populares por conseguir tierras labrantías) y Modesto M. Rangel (El Tratado de la felicidad, de Julián de Luna, abuelo de Roso).

AA. VV., Actas de las IV Jornadas de Historia de Almendralejo y Tierra de Barros. Almendralejo, Asociación Histórica, 2013


 

136. Epigrafía árabe
Manuel Pecellín Lancharro

Profesora en la Universidad de Málaga, Martínez Núñez hace en esta  corta publicación un brillante estudio de las antiguas inscripciones árabes  que guarda el  Museo pacense sito en el bello palacio del Conde de la Roca, dominando la espléndida Alcazaba. No son muchas las piezas, reconoce la autora, pero hay entre las mismas algunas de gran valor histórico.Casi  todas  son de carácter funerario; están escritas en estelas o lápidas rectangulares de mármol o pizarra, aunque no falten otros soportes. Se reproducen fotografiadas y se adjunta  el texto original, con la correspondiente versión castellana y  el oportuno estudio sobre su procedencia y relevancia.

Sin duda, dos son las más importantes y conocidas. Se trata de sendos epitafios: el del Hayih Sabür, primer soberano independiente de Badajoz, y el de al-Mansür I, primer soberano de la taifa aftasí. Atrae también la atención la lápida de un desconocido asesinado por los almorávides el 1145, así como la del alfaquí muerto con ocasión de un ataque cristiano a Badajoz el año 1161.

La generosidad del joven Antonio Rodríguez-Moñino (aún se firmaba sin guión) hizo llegar al Museo otras dos piezas el año 1941: un anillo sello de plata (silgo IX), procedente de Mérida, y un broche de bronce sobredorado (c. s.  XIV), con el lema nazarí "la felicidad procede de Dios". M.P.L.

María Antonia Martínez Núñez, Epigrafía árabe del Museo Arqueológico Provincia de Badajoz Badajoz, Museo Arqueológico, 2013


 

135. Elegía de Yuste
Manuel Pecellín Lancharro

Prosigue el autor (Nogales, 1950) su carrera de éxitos en cuantos concursos participa. Cuenta en su haber con muchos de los premios más deseados que se fallan  en territorio español.  Eso quiere decir que muchos de los mejores poetas españoles han distinguido al menos alguna vez al  extremeño.  A su casi interminable nómina viene a sumarse el VII Ciudad de Pamplona, que obtuvo con Elegía de Yuste. Lo convoca el Ateneo de Navarra  y se falló en junio de 2013. El jurado destacó en sus declaraciones que la obra, inspirada en un hecho histórico,  tiene formato impecable, manufactura muy cuidada  y un ritmo sostenido.

Según el título sugiere, recrea los últimos días de Carlos V en el Monasterio jerónimo que eligió para morir. La parte primera del libro (para nosotros, la mejor)  la compone un único poema , donde el Emperador es concitado a recordar los grandes momentos de su vida, dichosos o infelices, muchos de ellos trascendentales para Europa. Concluye parafraseando a Fray Luis de León (Tengo conmigo aquí, sembarado en la ladera,/un huerto de soldados rubios como mi estirpe").

Son los que yacen en el Cementreio Alemán próximo y a ellos está dedicada la parte segunda, un conjunto de poemas que evocan a personales reales o ficiticios, venidos a España con el lábaro de sus cruces (gamadas) para fenecer jóvenes junto a la tumbra del gran César.

Por último, se establece un diálogo lírico entre Carlos y su  esposa, la emperatriz Isabel,de Portugal, fallecida en plena juventud. La muerte exige también su protagonismo en el coloquio, al que se suma una voz coral como recurso clásico. Lo concluye el propio autor con unos versos de carácter metaliterario que asimila el poema a los cipos históricos, inútiles  quizás ambos para impedir la labor devastadora del tiempo. M.P.L.

José Antonio Ramírez Lozano, Elegía de Yuste. Salamanca, CELYA, 2013

 


 

135. Pero no se dobla...
Manuel Pecellín Lancharro

Fue en una edición de amigos (2001),  con muy corta tirada (300 ejemplares), la vez primera que vio luz esta obra, escrita quizás un lustro antes, lo que acaso provoca la confusión de fechas en las palabras preliminares que el autor pone a este segunda. Se trata de la biografía novelesca de un personaje imaginario, realmente atractivo, aunque de dudosa verosimilitud. Enrique Sánchez de León (Badajoz, 1934) lo hace el protagonista en este relato complejo, que tiene más de estudio histórico, ensayo sociopolítico e incluso antropología, que de literatura.

Trasunto en buen grado del propio autor, Quico Cortés, regionalista confeso, curtido y amable, un punto utópico, decide convocar en Mérida una jornada de reflexión, forzosamente clandestina, a los más conspicuos paisanos de su época con el fin de establecer entre todos el programa de acción que saque a Extremadura de sus seculares carencias. Tampoco el país pasaba entonces por los mejores momentos. El escritor nos retrotrae a 1829, cuando España continúa bajo la férula absolutista de Fernando  VII, contumaz en perseguir a los defensores de la “Pepa”, la constitución liberal de 1812 para cuyo éxito fue clave el papel de los diputados extremeños.

Generoso y pacífico anfitrión, Cortés consigue reunir a representantes de todo el arco parlamentario. Otra cosa es lograr que, como hijos de una tierra extremada, respeten turnos de intervenciones, escuchen y dialoguen civilizadamente, razonen en vez de agredir y estén más proclives al bien común que al particular.

Desde luego, ni el moderador más templado habría tenido fácil conducir una mesa donde se sentasen  el generalísimo Manuel Godoy, el bibliógrafo y polemista Bartolomé J. Gallardo, el cura  progresista Muñoz Torrero, el tecnócrata Bravo Murillo, el militroncho liberal (sic) Fernández Golfín, el poeta romántico Espronceda, el reformista José María Calatrava, el obispo ambiguo e inquisidor Casquete de Prado y el ultraconservador Donoso Cortés. Más complicado será aún el encuentro si, según ocurre en la segunda jornada, se suman otros personajes muy secundarios, que Sánchez de León concita de entre sus propios coetáneos. No sólo no lograrán establecer un programa de mínimos, sino ni siquiera ponerse de acuerdo sobre los rasgos o caracteres (geográficos, históricos, etnográficos, políticos… o de cualquier orden) aptos para identificar a Extremadura como región, definir su personalidad, rastreándolos desde la Lusitania hasta hoy. Romanización,  Islam Reconquista y Órdenes Militares, Guadalupe, Conquista y colonización americanas, Guerras contra Portugal, Guerra de la Independencia, liberalismo constitucional... serán fenómenos analizados desde diferentes posiciones.

En verdad, el auténtico protagonista de la obra es ese narrador omnisciente, que apenas permite respiro a los demás. Abruma al lector con datos, nombres, fechas y consideraciones personales, casi todas nimbadas de un hondo pesimismo sobre el carácter de los extremeños y, en consecuencia, su futuro.

Abre el libro una larga  e iluminadora entrevista-prólogo (pp. 9-20) que José Julián Barriga Bravo mantiene con el escritor. Éste ha tenido el acierto de sustituir el “castúo” de la primera edición por el castellano, si bien ha querido mantener el habla dialectal en la dedicatoria, que comienza así: “A todos los ringaoh, loh marruñoh, lo´hagachaoh, lo´jaroneh, lo´hapergollaoh, loh cagarracheh, loh concalecioh, lo. Handarrioh, loh carajamandogah, loh somioh”, etc. Sin duda, mejor dejarlo.

Enrique Sánchez de Léon, …Pero no se dobla (o la biografía de Quico Cortés). Madrid, Beturia, 2013.


 

 

134. Luchas en La Raya
Manuel Pecellín Lancharro

Un jurado presidido por Martínez de Pisón, en el que figuraban entre otros Eustaquio Sánchez Salor y Antonio Salvador Plans, catedráticos de la UEX, concedió el XXXVII Premio de Novela Corta 2012 de Cáceres a Salvador Vaquero. Natural de Plasencia (1966) y licenciado en Derecho, Vaquero es autor de otras dos novelas, Aprendiz de hombre (2003) y La fuerza de las espigas (2005), así como de La leyenda de la guadaña oxidada (2006), un libro de relatos cortos. Ha sido ganador en numerosos certámenes de cuentos, lo que confirma sus preferencias por la narración breve.
No lo es del todo El hombre olvidado, novela histórica que con sus casi doscientas páginas se sitúa en los límites.

Aunque bien documentada (Vaqueros adjunta un nutrido epígrafe bibliográfico), prevalece en la misma lo literario: personajes  y anécdotas verosímiles, pero irreales;  amores inventados y sobre todo un evidente gusto por el lenguaje, perceptible sobre todo en la cuidada morosidad de las descripciones paisajísticas.

Se  sitúa en la zona fronteriza entre España y Portugal durante la primavera/verano de 1644, poco después del inicio de la guerra que el país luso desencadenó para independizarse del primero. Como en tantas ocasiones, la región extremeña fue escenario principal de las luchas, con desastrosas consecuencias para la región.

Según  debió de ocurrir entonces, los contendientes enfrentados en estas páginas se atacan con extraordinaria ferocidad y sin el menor respeto a los antiguos códigos de honor. Incendios,  saqueos , violaciones, asesinatos de la población civil, remate de los heridos y demás vesanias se repiten por los dos ejércitos, cuyos jefes, salvo alguna excepción, se odian, desprecian, engañan e incumplen los acuerdos. Como trasfondo, la política inconsistente de Felipe IV, apoyado en el Conde de Olivares, y las maquinaciones de la Inquisición contra alumbrados, iluminados y otros herejes o incomprendidos.

Entre todos los protagonistas (líderes guerreros, políticos, gobernadores, religiosos, damas de alta alcurnia, campesinos, rameras, pobres combatientes, monjas tal vez "endemoniadas"), sobresale la figura de Juan Calabazas, el famoso  bufón del  Rey, a quien éste envía hasta la incendiada frontera con una alta y peligrosa misión. Los avatares de la misma constituyen el núcleo narrativo. Lejos  de la estupidez atribuida al "bobo de Coria", o de la  imbecilidad con que Velázquez pintara a "Calabacillas", el enano de Vaquero (ya lo presentó en El aprendiz de hombre) es sin duda el más inteligente de los personajes de la novela. Por su parte, el  comandante de Elvas Joâo Mendonça y el capitán español Álvaro de Ovando, también figuras sobresalientes,y muy atractivas, imaginadas por el autor,  no sé si con base histórica, encarnarían los modelos, tan escasos, de militares respetuosos con el enemigo. Por desgracia, no serían sus nobles conductas las que marcarán el imaginario colectivo de ambos pueblos.

Salvador Vaquero, El hombre olvidado. Cáceres, I.C.El Brocense, 2013.

 


 

133. Extremadura: Tierra de Brujas
Manuel Pecellín Lancharro

Con título intencionadamente provocador, Fermín Mayor recoge en este nuevo libro un abundante conjunto de textos tomados de procesos inquistoriales contra mujeres extremeñas. Casi todos pertenecen a finales del XVIII, aunque también  los hay  de épocas anteriores, como el muy interesante incoado a una adolescente judía, nacida en Herrera del Duque, cuyo delito único era intentar fortalecer en la fe mosaica a sus familiares y amigos conversos con la ilusión del futuro Mesías (c. 1500).

Ni ella, ni la mayoría de las mujeres aquí relacionadas, fueron brujas, por ambiguo que resulte este término. Bien sabido es que el temible Tribunal de la Fe español, asentado para Exremadura en Llerena, fue mucho más benévolo  con aquellas que otras instancias jurídicas europeas. El autor reconoce que, a lo largo de más de tres siglos, no pronunció sentencia de muerte contra ninguna de las mismas, si bien no pocas sufrirían penas como embargo de bienes, azotes o destierro de sus localidades. Recordemos la "doctrina" asentada por Pedro de Valencia en su célebre Discurso de Pedro de Valencia acerca de los cuentos de las brujas y cosas tocantes a magia, dirigido al Ilmo. Sr. D. Bernardo de Sandoval y Rojas, donde se reduce el mundo brujeril a conductas fácilmente explicables por factores naturales. Otra cosa es que la fantasía, el miedo, el interés, la imaginación, las pócimas dopantes, la enfermedad mental, la tortura misma  u otros elementos plagasen los relatos. Caro Baroja  ya lo explicó definitivamente.

Los textos de las actas aquí reproducidos en cursiva  (los comentarios del autor, superfluamente reiterativos, están en caja baja) aluden a mujeres de bien distinta clase y condición: curanderas, comadres, saludadoras, alcahuetas, adivinas, rezadoras, hechiceras, monjas ilusas o solicitadas, beatas pícaras, veoras, etc., de las que no faltarían prácticamente en ninguna localidad, serán procesadas, casi siempre por delación de familiares o vecinos.  Advirtamos lo que Norma Blázquez, profesora de la UNAMN, explica en El retorno de las brujas y que, no es solamente válido para la época medieval, pues los arquetipos culturales peviven durante siglos: Fueron mujeres con conocimientos específicos en alquimia, con los que elaboraban recetas de perfumería y cosmética. Desarrollaron técnicas de destilación, extracción y sublimación. Eran parteras, alquimistas, perfumistas, nodrizas o cocineras que tenían conocimiento en campos como la anatomía, la botánica, la sexualidad, el amor o la reproducción, y que prestaban un importante servicio a la comunidad. Conocían mucho de plantas, animales y minerales, y creaban recetas para curar, lo cual fue interpretado por los grupos dominantes del medievo como un poder del Diablo. Fueron perseguidasporque las elites eclesiásticas, políticas y económicas, que se consolidaban en aquellos tiempos, comenzaron a desarrollar un modelo social muy masculino y consideraban que el saber que las mujeres tenían, especialmente en sexualidad y reproducción, representaba una amenaza.

La cuestión podía complicárselas si, según ocurre a veces, se provocan sospechas de herejía luterana, complicidad con judeoconversos o moriscos rebeldes, sacrilegios, abusos en los sacramentos de la confesión o eucaristía, etc.

Los lugares con mayor número de mujeres encausadas serían Plasencia, Zafra y , sobre todo, Jerez de los Caballeros, al que el autor llama enfáticamene "el Pueblo de las Brujas", según se deduce del "autillo" celebrado en la Inquisición de Llerena el año 1637 contra 22 mujeres jerezanas y un hombre (ver pp.153-160). Es muy curioso que el ensalmo propuesto por una de ellas para atraer a los varones  incluya "la oración de San Erasmo", cuyo texto se reproduce.

Fermín Mayorga, Extremadura: Tierra de Brujas. Don Benito, Grupo de Estudios de las Vegas Altas, 2013.

 


 

132. Condición de extraño
Manuel Pecellín Lancharro

La escritora extremeña (Granja de Torrehermosa, 1949), afincada desde joven en Cataluña,  sabe bien en qué consiste la "condición del extraño", como ella misma tal vez se siente en la tierra donde la nacieron (aunque nunca olvida las raíces) y en la de acogida (pese a su fecunda inserción en la cultura catalana). Tal vez por eso abre  su nuevo libro con cita de A. Camus, uno de los analistas más agudos de la "extrañeidad" (recuérdese, v.c., su relato La mujer adúltera).
Exquisitamente impreso, lleva un  muy amplio estudio preliminar de Jesús Moreno Sanz (Cáceres, 1949) , sin duda el ensayista español que mejor conoce la obra de María Zambrano. A enseñanzas de la filósofa malagueña se recurre aquí más de una vez, por las resonancias que de ellas percibe el prologuista en los poemas de Efi Cubero, tan enamorada también de la "razón poética" y la búsqueda de lo radical  como explicación de su propia escritura.
"A contracorriente de toda la pasarela cultural de vanidades, se diría que con voluntad de mantenerse en cierta penumbra, Efi Cubero ha venido cultivando desde hace largos años una escritura plural - crítica literaria y de arte, ensayo, narraciones breves, variados prólogos a libros de narrativa, prosa poética o lítica, múltiples entrevistas a notables escritores o artistas, de entre los que cabe señalar en especial a J.M. Valverde, A. Sánchez Pascual, J.A. Goytisolo, Javier Cercas, Dulce Chacón, Luis Pastor o Joan Brossa-; pluralidad de escritura que semeja un delta que converge hacia el mar de una integridad poética, en la que prima una muy singular y específica esencialización de la plabara, caracterizada siempre tanto por una penetrante mirada como por una sobria contención que huye de toda gestualidad estilística enfática". Así comienza Moreno Sanz su lúcido prólogo, en el que va desentrañando los libros anteriores de la de Granja, apoyándose a menudo en los análisis que de los mismos hiciese Simón Viola en el prólogo a Borrando márgenes (2005), para adentrarse de modo singular en Condición del extraño, que toma titulo precisamente del segundo poema.
Adentrándose con valentía en "el mar interior de la conciencia", donde sobrevive todo un acervo de emociones plurales, acaso con especial relevancia de las nacidas durante la infancia y adolescencia del sujeto (lo que resulta indiscutible en la parte tercera y última del libro), la autora construye un cálido discurso lírico con versos casi siempre libres, aunque no falten algunos asonantadas y hasta un soneto. Mujer que brinda por los extraños (pág. 82), rinde homenaje a otros que tanto sabían de soledad (Nietzsche, Wittgenstein, Miguel Hernánde,.Heidegger, Juan Ramón Jiménez), contraponiendo a menudo urbe y  pueblo, mientras describe sus visitas a grandes ciudades (Florencia, París) o al rincón natal.  Pero ella reconoce que "es extranjera en los entornos, variados y dispersos" (pág. 126). Sólo parece seducirla  la pasión por el lenguaje, siendo el término "palabra" el más recurrente en todos los poemas. No obstante, resulta significativo que la obra concluya con el denominado "Jara", acaso porque sabe y declara que,  al fin y a cabo, en su búsqueda del lenguaje puro, de lo sustancial frente a lo efímero,  "respiras por las venas de la secreta voz/que te dictó  por siempre la tierra y sus verdades".
Efi Cubero, Condición del extraño. Sevilla, Siltolá, 2013

 


 

131. Semblanza del II marqués de Monsalud
Manuel Pecellín Lancharro

Son ya siete las obras publicadas por Luis Maestre Álvarez, todas relacionadas con Almendralejo. Por dos personajes allí nacidos se ha interesado  especialmente:  Espronceda y Juan Nieto Aguilar, II Marqués de Monsalud , también VII Marqués de Villamarín.  (Por cierto entre el padre del poeta  y el ilustrado noble hubo una honda amistad. Como amigos suyos serían los abuelos de Carolina Coronado). Aunque , según resalta el prologuista, Francisco La Moneda Diaz,  Monsalud fue uno de los hombres que más lucharon a principios del XIX para hacer posible el sueño español de un país libre y soberano, no ha merecido hasta hoy la debida atención de los historiadores. El trabajo de Maestre, un volumen con más de cuatrocientas páginas, le hace justicia.

El investigador, que también aporta interesantes referencias sobre otros miembros de la familia en este "recorrtido por el Marquesado",  se  sirve fundamentalmente de los datos que recabó  en el Archivo Histórico Nacional de Toledo,  el Militar de Segovia, el Alcázar de Sevilla , la abadía de Montserrat y la biblioteca de Santa Ana (Almendralejo).

Nacido (1769) y criado en Almendralejo, donde hallará su fin (1851), de padres muy ricos,  Juan Nieto se dedicó desde joven a la carrera militar. La llegada de las tropas napoleónicas lo sorprende en su villa natal.  La Guerra de la Independencia le deparará un indiscutible protagonismo. Fue él quien el 14  de mayo de 1808 promulgó  la orden del levantamiento en Extremadura contra los invasores franceses y costeó con su propio peculio el regimiento de caballería "Carabineros de María Luisa", más tarde denominado Húsares de Extremadura. No ahorró  esfuerzos en la lucha contra los invasores. Fue presidente de la Junta Suprema de nuestra región y, como tal, responsable máximo de las numerosas operaciones militares, las guerrilleras incluidas,  aquí realizadas. Excelente organizador, puso siempre su rico patrimonio a disposición de los patriotas. De todo ello se da muy cumplida información en el libro.

El Marqués, aunque reconocido constitucionalista, es llamado a Madrid (1814) por Fernando VII, quien lo confirma como Mariscal de Campo.  Lo eligen también académico de la de San Fernando y presidente del Tribunal Supremo de Guerra. Se incorpora muy pronto a la R. Sociedad Económica de Badajoz, con la que se comprometió intensamente.

Los mayores problemas le llegarían a partir de 1823, desmoronado el Trienio Liberal. Sufriría prisión   durante casi un lustro y vejaciones múltiples "por haberse metido contra la Real Persona durante su permanencia en Cádiz, en la aciaga época del gobierno constitucional". Ya libre, se afinca en Almendralejo, aunque se le impidió reintegrarse a la milicia. Sólo a partir de 1834, fallecido ya Fernando VII, comienza su rehabilitación, rechazando algunos honores por no querer salir de su pueblo. Sí aceptaría ser Capitán General de Extremadura, seguramente por mejor combatir los embates del carlismo. Aún tuvo ocasión de prestar múltiples servicios a sus conciudadanos, como salvaguardar para el patrimonio patrio el célebre ·"Disco de Teodosio", joya que varios obreros encontrasen cerca del arroyo Hernina.

Luis Maestre Álvarez, Semblanzas del II Maraqués de Monsalud. Almendralejo, autoedición, 2013.

 


 

 

130. El secreto del naúfrago
Manuel Pecellín Lancharro

José Luis Muñoz (Salamanca, 1951),  cuya calidad avalan algunos de los premios literarios más prestigiosos del país (Azorín, Tigre Juan, Camilo José Cela, Sonrisa Vertical), ha cultivado preferentemente la novela negra.  En dicha modalidad se incluyen casi una veintena de obras suyas (El cadáver bajo el jardín, La casa del sueño, Último caso del inspector Rodríguez Pachón, El corazón de Yacaré, Muerte por muerte, Llueve sobre La Habana, etc.).  Sin descuidar la novela erótica (Pubis de vello rojo, El sabor de su piel) y la fantástica (Los ojos ajenos, Serás gaviota, La invasión de los fotofóbicos), parece preferir últimamente, a tono con un auténtico boom mundial, la histórica. Obtuvo el XI Premio Ciudad de Badajoz  2007 merced a una de este género, El mal absoluto,  tremendo relato sobre la barbarie nazi, el holocausto y la sutil venganza de una víctima judía.

Y en la historia ha ido a inspirarse otra vez el escritor, que vive retirado junto al Pirineo, dedicándose con exclusividad a la escritura y promoción de sus libros. El secreto del náufrago tiene como protagonistas a Colón, la esposa portuguesa del genovés, Filipa Moniz de Perestrello, hija de expertos nautas, y al marino naufragado  que  los dos acogen en su casa de Porto Santo, islita próxima a Madeira. Allí vivió unos años el célebre futuro descubridor de América, cada vez más convencido de que era posible encontrar una ruta marítima por el Oeste hasta las Indias.  Lo suyo no era locura, ni  irresponsable frivolidad.  Sus intuiciones se fundaban en la redondez de la tierra (hacer el camino inverso a Marco Polo hasta los mismos lugares);  algunos testimonios escritos (desde Aristóteles a Toscanelli) y, sobre todo, los informes que supo recabar de viejos marineros, más la observación directa de múltiples testimonios encontrados en las playas lusas: cadáveres de personas con rasgos no europeos,  cañas gigantes y ramas de árboles  aquí desconocidos,  canoas hechas de troncos vaciados, etc.

Colón sólo vive con la fiebre de organizar una expedición hacia ese Nuevo Mundo, que intuye asequible. El náufrago, gallego de origen, le dará noticias muy exactas sobre aquel continente, pues hasta allí habría llegado en una fracasada expedición. Más aún, en aquel paraíso terrenal – así se lo describe a sus amables anfitriones – había residido largo tiempo con otros compatriotas hasta que la nostalgia y una terrible enfermedad (la sífilis) lo inducen a emprender el regreso.  Antes de morir, dotado de una sorprendente memoria,  referirá a Colón, con todo detalle,  usos y costumbres, formas de organización,  condiciones geográficas, incluso  los nombres aborígenes de islas, dioses,  tribus, caciques y plantas de aquellos territorios ultramarinos. Menos convincente aún resulta el idilio amoroso que  surge entre el  pobre náufrago y la desatendida esposa de un Colón putañero,  hábil marino  (habría ido hasta Islandia) ,  pirata en el Mediterráneo, antiguo tratante de negros  después, ahora comerciante de azúcar, obsesivamente  dedicado a difundir  y encontrar patronazgo para  sus intuiciones descubridoras (e interesadas).

Muñoz concluye con esta obra su trilogía sobre el Descubrimiento. Lo hace con cuidadosa información, plausible verosimilitud y una prosa bien tallada,  concisa, plena de recursos plásticos, donde la oración simple prevalece sobre las subordinaciones,  los diálogos están muy bien construidos y la lectura engancha de principio a fin.

Ernesto Pérez Zúñiga, El secreto del naúfrago. Madird: Serbal, 2013.

 


 

129. El trino del diablo
Manuel Pecellín Lancharro  

Pérez Zúñiga  (Madrid, 1971) ha escrito una extraordinaria novela histórica, con la que obtuvo el XXIV Premio Torrente Ballester, inspirándose en la biografía de Giuseppe Tartini  (1692-1770), uno de los músicos más importante del Barroco, si bien no muy conocido. Con sabia mezcla de verdades históricas, leyendas y fantasías, el autor va reconstruyendo la vida y obras del célebre violinista, que también hizo excursiones por la astronomía, la filosofía platónica y las ciencias ocultas, amén de haber sido un temible espadachín durante su turbulenta juventud. (Recuérdese que en algunos de sus textos, aunque aquí no se recoja, ya aparece más de una vez el término “romántico”).

La novela funciona a dos bandas: por una parte, el texto de las memorias que Tartini se habría propuesto escribir, con el pie ya en el estribo, sirviéndose de la mano zurda, paralizada la otra por la gangrena que muy pronto lo llevará a la tumba. La otra es como una voz en off, que sirve de contrapunto, como la de un narrador omnisciente (el demonio acaso) dispuesta a matizar, enriquecer e incluso desmentir la narración autobiográfica. Adviértase que el personaje no se reduce a poner por escrito las múltiples peripecias de su azarosa vida, sino a buscar una explicación de cuanto le ocurre y entender los secretos todos de la música.

La que él compone e interpreta, se originaba en sus percepciones sensoriales más simples, cuya dinámica persigue captar y comunicar  a través de las partituras y del violín. Tartini está permanentemente abierto al discurso sensible de los árboles, ríos,  trigales, olas marítimas, vientos, tempestades y cualquier fenómeno natural.

De todo el proceso creativo se irá dando cuenta minuciosa a través de un relato donde, junto a las vicisitudes experimentadas durante una larga existencia, se recogen numerosas reflexiones sobre los acontecimientos coetáneos, filosofemas más o menos originales y citas de sus escritores preferidos (Petrarca y Tasso).

Pérez Zúñiga, que ha hecho un enorme trabajo de documentación previo, recompone de modo magistral los ambientes, usos  y costumbres, personajes de la época, modas, atuendos , ambientes, fiestas (¡el carnaval!) de las ciudades en las que el músico nació, fue formándose,  tuvo actuaciones o se afincó definitivamente: Pirano,  Capodistria, Ancona,  Asís, Venecia, Praga y, sobre todo, Padua, donde será durante casi medio siglo primer violinista de la Capella Antoniana (reconstruida tras un feroz incendio que él habría involuntariamente provocado).

Negándose a seguir la carrera eclesiástica que sus padres le habían dispuesto, a Tartini lo inicia en el  arte de la espada un soldado andaluz,  Juan Mendoza, quien recuerda al capitán Alatriste de Pérez Reverte, como el mercenario que le da muerte (y la recibirá de un Tartini vengador), Nicolò Tamaro, evoca a Gualterio Malatesta. Pronto, no obstante,  el músico trocará el acero por el arco, obstinándose en ser el mejor violinista, sobre todo tras escuchar una interpretación del gran Veracini, primero rival y a la postre amigo.

Cada día más empecinado en alcanzar la excelencia,  arde, se consume por ser el mejor; dispuesto a prescindir de cuantas cosas podrían distraerlo, cayendo y levantándose, llegará a ser tenido como el número uno y hasta su escuela paduana vendrán a formarse discípulos de todos los lugares.  Por lo demás, supo unir sabiamente teoría y práctica musicales. La Sonata del Diablo será su pieza más conocida. (Se la puede oír en YouTube)

El autor, a veces con digresiones excesivas, que alargan la novela hasta casi un medio millar de páginas, nos irá presentando también a toda una legión de lutiers, instrumentistas, mecenas,  damas, prostitutas,  inquisidores,  astrónomos, autoridades civiles y religiosas – históricos muchos, inventados los memos – con los que Tartini tuvo relaciones, no siempre amistosas. Ninguno como Antonio Vandini, el gran violonchelista boloñés, figura antitética al primero, cuya misma casa (e incluso esposa) compartiría los lustros últimos.

Pérez Zúñiga no es ajeno a la creación poética (cabe recordar sus libros Cuadernos del hábito oscuro o Calles para un pez luna, con el que obtuvo el Premio de Arte Joven de la Comunidad de Madrid). Tal vez eso ayude a explicar las calidades de su excelente prosa, tan rica en términos, como repleta de metáforas y otros recursos estilísticos acertados (v.c., el uso del polisíndeton para describir un loco baile carnavalesco). En resumen, una novela histórica que bien cumple con  los requerimientos del rigor científico y la fantasía literaria.2013.

Ernesto Pérez Zúñiga, La fuga del maestre Tartini. Madrid, Alianza, 2013.

 


 

128. Voces airadas
Manuel Pecellín Lancharro         

Airadas fueron haciéndose, antes o después, las voces que conformaron la Generación del 27, orgullo de las letras  castellanas. Si uno de los rasgos que caracterizaron, al menos en los orígenes, tan brillante pléyade fue el culto por la “poesía pura”,  los escritores que la conforman fueron abriéndose a la realidad circundante hasta el punto de recoger en su versos el drama sociopolítico del  país. Aquellos brillantes defensores del arte por el arte, el non serviam, la escritura deshumanizada que decía Ortega,  terminarán heridos por las catástrofes  de todo género que arrumbarán pronto las ilusiones populares nacidas con el régimen republicano, radicalmente barrido tras al sublevación de los militares.

Es la tesis sostenida y bien argumentada por el profesor Cano Ballesta (Rincón de Beniscornia, Murcia, 1932), uno de los grandes expertos en literatura española contemporánea. Reconocido hispanista, que ha hecho su carrera en las mejores universidades norteamericanas (Yale, Boston, Pittsburhg y Virginia, entre otras), se fundamenta en sólidos textos, a veces de muy reciente localización, para documentar sus afirmaciones.

Abre el libro un lúcido preliminar, significativamente titulado “La politización de las letras”. Contra los estudios que aún insisten en presentar la del 27 como una generación esteticista, apolítica, interesada sólo ante las creaciones de carácter lúdico e intrascendente, jovial e incluso frívola,  cultivadora de un “arte nuevo” para  élites y cuyo objetivo máximo es la búsqueda de la belleza,  Cano insiste en resaltar “la otra cara “, mostrando hasta qué punto llegarían a impregnarse de “ser y tiempo”  aquellos formidables poetas.

Quizás haya sido Moreno Villa, sostiene el estudioso, quien ha creado una obra lírica más condicionada por la tragedia del 36, las angustias de la derrota y el largo destierro que hubo de sufrir.  Libros suyos como Caramba (1931), Puentes que no acaban (1933), Salón sin muros (1936), los “romances de guerra” o La música que llevaba (1949), aquí analizados, no dejan lugar a dudas.

Más sosegado, al parecer atento sólo a las invenciones mecánicas, (“el resoplido de una máquina contiene más belleza que la batalla de Samotracia en el Partenón”, epataba su admirado Marinetti), Pedro Salinas irá impregnándose de angustia según percibe el peligro de la política de “no intervención” de las democracias occidentales o el triunfo  de Franco. Contra  éste  y sus generales escribirá sonetos indignados. Su pluma crece en indignación cuando percibe los estragos de las bombas atómicas .

El mismo Jorge Guillén, paradigma de la poesía pura y ahistórica,  al que se le reprochaban silencios injustificables y mínima sensibilidad social, iría aproximándose a la estética machadiana hasta convertirse, ya desde USA, en “el gran poeta de la guerra fría”, conmocionado por Vietnam, la discriminación de los negros y el discurrir de la dictadura franquista.

Quien nunca dio lugar a sospechas fue Emilio Prados, tal vez y más pronto y profundamente comprometido de los de su generación. Modelo de inquietud social y alineamiento con la clase obrera, figura con Alberti (se reproduce el incendiario  “Romance de los campesinos de Zorita”, escrito por el gaditano) entre los que antes abandonaran el marfil de corte ultraísta por el barro de la lucha proletaria. Si se adscribe temprano al surrealismo, fue  por concebir que dicho movimiento suponía en verdad una revolución, y no sólo de tipo estético. Obras suyas como Calendario incompleto del pan y del pescado (1933) , Llanto de octubre (1934), La voz cautiva (1933-34) se impregnan de compromiso político, línea que se agudizará durante la contienda y el exilio.

“La voz lírica de Federico García Lorca no sólo sabe adoptar en ciertos momentos un tono de solidaridad con los más necesitados y plantearse profundos problemas humanos, sociales y políticos, sino que también se vuelve a veces ronca y airada y se expresa en un lenguaje irracional y en una sintaxis insólita”, escribe el ensayista al comenzar su apunte  “El lirismo y la rebelión” sobre el genial granadino (pág. 95, desarrollándolo  después cumplidamente.

Aunque Aleixandre decide no incluir en sus Obras Completas algunos poemas que compuso en la guerra civil, publicados estaban, por ejemplo “El fusilado”. Y en su inolvidable Sombra del Paraíso (1944) fácil resulta percibir, junto al canto de júbilo ante la naturaleza pura, la protesta por un presente imperfecto e injusto.

Como produjo auténtica conmoción  el mismo año Dámaso Alonso con Hijos de la ira, grito clamoroso en aquel Madrid repleto de cadáveres.

La angustia desgarrada de Desolación de la quimera y otros trabajos de Cernuda son un lugar común,  melancólico y  tierno tantas veces, quizás nunca perdida su juvenil adhesión al surrealismo revolucionario.

¿Y qué decir de Luis Buñuel, airado fogonero de la subversión total, azuzando sin respiro a sus amistades, en especial a  Dalí y Lorca?

Cierra la obra un apéndice sobre  la influencia del cubismo en Manual de espumas, al vez el poemario con mayor carga vanguardista de Gerardo Diego, revisión de otro trabajo que ya publicase el autor (1997).


Juan Cano Ballesta, Voces airadas. La otra cara de la Generación del 27. Madrid, Cátedra, 2013.


 

127. De la vida a la teoría
Manuel Pecellín Lancharro                                                                      

Juan García (n. 1933),catedrático de latín ya jubilado, miembro correspondiente de la Academia de Extremadura, encarna a la perfección el modelo del humanista. Como él mismo ha investigado, nuestra Comunidad ha dado a luz una pléyade de tales estudiosos, entre los que sobresale la generación renacentista formada por Arias Montano, El Brocense, Casiodoro de Reina, Pedro de Valencia y tantos otros ilustres cultivadores de las letras todas. Con notables seguidores durante los siglos siguientes, los tiempos últimos verían aparecer la personalidad de Antonio Holgado Redondo, arrebatado por las parcas en plena producción. Precisamente a él se dedica el capítulo VII del libro (pp. 149-187), que incluye una oda sáfica, en latín y castellano, compuesta en homenaje a quien fuese Premio Nacional de Traducción por la magnífica que de la Farsalia de Lucano hiciera.
La obra contiene casi dos docenas de ensayos que, dispersos por numerosas publicaciones no siempre fáciles de localizar (revistas Índice, Encontros/Encuentros, El Urogallo, Alor Novísimo, Intramuros, sin olvidar la más accesible Revista de Estudios Extremeños) constituyen una valiosa propedéutica a las disciplinas humanísticas. En realidad, se trata de una segunda edición, corregida y aumentada (no es tópico). Algunas novedades son: la distinta estructura del volumen, ahora subdividido en diez capitulos, más un epílogo; la sustitución de no pocos trabajos por otros quizá más pertinentes; el cambio en algunos títulos; la inclusión de notas a pie de página con citas en griego y las modificaciones ocasionales de otros textos. Se mejora, pues, la de 2001 (Mérida, ERE).
Los ensayos aquí recogidos podrían dividirse en dos grandes series: los que ensayan interpretaciones, más o menos canónicas, de los poetas más leídos por el estudioso ( el Arias Montano latino, Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez, Miguel Hernández o Luis Álvarez Lencero) y aquellos en los que propone sus propias ideas en torno a cuestiones varias: las características de la cosmovisión propuesta por el Barroco o los lugares comunes recurrentes en la tradición literaria (el río, el rincón, el viento, la utopía, el amor, la muerte), sin excluir los apuntes de alcance filosófico .
Como sugiere el título, en el libro se entrecruzan la experiencia vital del autor y la enseñanza libresca, en un proceso según el cual esa experiencia vivida viene a derivar en teoría (término griego que significa "explicación"). Y no se olvide que no hay nada más práctico que una buena teoría, enfatizaba el muy pragmático Lenin hacia 1918.

Juan García Gutiérrez, De la vida a la teoría (artículos y ensayos). Palibrio, Bloomington, 2013

 


 

126. El abuelo
Manuel Pecellín Lancharro                                                                      

La profesora Amor del Olmo, que dirige la Revista de Estudios Galdosianos (ya en la veintena de números) es la responsable de esta edición de El abuelo, obra de Pérez Galdós. Gran especialista en el  creador canario, a quien considera autor fundamental de las letras castellanas y el único entre los canónicos apto para todos los lectores, le ha puesto un preliminar de cien páginas, donde no solamente analiza la obra reeditada, sino todo el opus galdosiano. Menos interesantes resultan el casi centenar de notas explicativas, muchas realmente superfluas. (¿Es preciso interrumpir la lectura para aclarar el significado de expresiones como  “todo el monte es orégano”, “echar una arenga”, “ no caerá otra breva”, “fueron interno”, “agarrarse a un clavo ardiendo”, “la sin hueso” y otras similares?).

Escrita un año antes de que estallara el desastre colonial y la conmoción de todo el país, factores sin duda claves para entender la Generación del 98, esta novela dialogada tiene mucho de cuadro sociológico, sin que le falten apuntes autobiográficos, del regeneracionista militante que fue siempre Don Benito. El conde de Albrit, empecinado en salvaguardar su honor concebido según las antiguas tradiciones, torre caída de rancio tronco aristocrático, podría ser perfectamente el símbolo de aquella decadente España decimonónica, que sin embargo no había perdido del todo el pulso. Aún conservaba  el viejo noble – regresado de América sin los soñados tesoros- energías para emprenderla a bastonazos con follones y malandrines, incluso cuando llevasen hábitos  o clerical tonsura. Formidable protagonista de un drama familiar a la postre felizmente resuelto, parece ya imposible imaginarlo si no es bajo la figura que  Fernando Fernán Gómez le prestase en el microfilm.

Aunque suele olvidarse, Galdós fue también un dramaturgo de éxito.  Estaba convencido de que el teatro permite a los autores percibir más próximo e influir más fácilmente en el público, cosa fundamental para un regeneracionista como él, empeñado en promover cambios sociales a través de la pluma. Como, por otra parte, no consideraba inamovible la tradicional división de los géneros literarios, se dispuso a fundir los dos que frecuentaba más y componer una novela dialogada, El abuelo, fenómeno por lo demás –proclama en el prólogo – que tiene un antecedente extraordinario. Las acotaciones, mucho más amplias aquí que en las piezas representables, cumplen igualmente un papel fundamental.

Junto al agónico conde, otros personajes secundarios alcanzan también singular relevancia:  Las dos nietas, Nell y Dolly, que encarnan la antítesis entre herencia genética y cultura recibida; Don Pío, el pobre maestro, tan diferente a los de la Institución Libre de Enseñanza, que Galdós admirase; el obeso párroco o el astuto prior de Zaratán, con los que alguien tan anticlerical como el autor no hace excesiva sangre. El médico de la aldea, alguien bien distinto al “médico rural” de su coetáneo Felipe Trigo, al que sí podría compararse Galdós en la creación de Lucrecia (atención al nombre, que nada es gratuito en el muy experto escritor),  “la extranjera”,  condesa viuda de Laín, adúltera y generosa, personaje femenino tan libre como sensible : Senén, el trepa  insaciable; el alcalde del lugar y su mujer, que ofician de brutos o la pareja de antiguos colonos,  paradigmas de una nueva clase social, devenidos por su astucia (e ingratitud) dueños de tantas posesiones del quijotesco Albrit,  ya un anciano casi ciego (¡a sus sesenta años!) que ahora ha de acogerse a su poco generosa hospitalidad.

Los clásicos nunca mueren. Galdós lo es, por derecho propio, y en El abuelo, que se llevó pronto a escena (1904) con enorme éxito, alcanza una de sus cimas.

Benito Pérez Galdós, El abuelo. Cátedra, Madrid, 2013.

 

125. Historia eclesiástica de la çiudad y obispado de Badajoz
Manuel Pecellín Lancharro

Para bien y para mal, esta obra de Solano del Figueroa (1610-1684), el muy culto canónigo penitenciario de la seo pacense, ha tenido un gran peso en la historiografía extremeña. El autor resulta fiable cuando utiliza la abundante documentación del archivo catedralicio, de la que supo servirse para sus propósitos. No obstante, empeñado en retrotraer la antigüedad del obispado de Badajoz hasta la época mozárabe, creó , fundándose en los falsos cronicones, una serie de falacias que llegarían a ser de común aceptación hasta épocas recientes.

Conservada manuscrita hasta entonces, el recién creado Centro de Estudios Extremeños, hizo una edición de la misma en siete pequeños volúmenes (1929- 1935) , hoy auténticas rarezas. Mucho más importante es la que acaba de aparecer a cargo del dr.Tejada Vizuete (Granja de Torrehermosa, 1940), quien no solo nos ofrece una nueva transcripción del texto (678 páginas), sino que le adjunta un excelente estudio preliminar (CXIV pp.) y más de 2.000 notas aclaratorias. Sirven las mismas para localizar los documentos citados por Solano; pondera la bibliografía de que se sirvió y se comentan cuantas cuestiones pueden ser ahora mejor precisadas o, por el contrario, han de ser puestas en entredicho, cuando no sencillamente rechazadas, a la luz de los nuevos estudios históricos sobre el pasado pacense.

Siguiendo lo que ya documentase Terrón Albarrán, Tejada deja sin base alguna tanto a la pretendida hipótesis de una Diócesis pacense primitiva y luego mozárabe de Badajoz, como a la de la relación generadora entre la desaparecida Diócesis emeritense y aquellas otras, pues demuestra que no se fundó hasta el siglo XIII, tras la conquista de la ciudad. Esto le obliga a establecer un nuevo episcopologio y depura las largas listas de un santoral diocesano que el autor de esta Historia eclesiástica plagó de ficciones. El editor ha ñadido también 38 páginas a triple columna, en las que se recoge un pormenorizado índice acumulado (onomástico, toponímico y topográfico).

Con su carácterística precocidad, el aún casi adolescente Rodríguez Moñino dedicaba (1927) un pionero estudio a Solano, que el eximio bibliófilo retocó años después (1930). No obstante, sólo ahora, tras las más minuciosas investigaciones hechas por Tejada en archivos como el catedralicio de Badajoz y el Secreto Vaticano, junto con los fondos de la Biblioteca de San Atón, podemos calibrar y discernir bien las cuestiones historiadas por Solano. Según se sabe, no se redujo éste a las estrictamente eclesiásicas, como podria sugerir el título de su obra, sino a cuantos fenómenos dicen relación con el devenir de los pueblos, los económicos, politicos, culturales, bélicos e incluso los geográficos y naturales . De ahí que sus textos, leídos con la oportuna lucidez, constituyen una extraordinaria fuente de conocimientos.

Solano de Figueroa, Historia eclesiástica de la çiudad y obispado de Badajoz. Badajoz, Diputación, 2013.

 

124. La representación popular
Manuel Pecellín Lancharro

La representación popular. Historia y problemática actual y otros estudios sobre Extremadura , volumen con 462 páginas, recoge los trabajos defendidos durante las XIII Jornadas de Historia de Llerena 2012, otra de las muchas con extraordinaria calidad que vienen celebrándose en nuestra región (como las de Fuente de Cantos, Campo de Arañuelo,  Badajoz, Montijo, Cáceres, Los Santos de Maimona, la Serena-Siberia y  bastantes más). Es comprensible que, inspiradas en el segundo Centenario de la Constitución de Cádiz, defensora de la soberanía popular como máxima norma legislativa, tuvieran el lema que recoge el título.

Tras los textos  de José Ignacio Fortea (Universidad de Cantabria), "Representación y representados en la España del Antiguo Régimen"; José Varela (Universidad Rey Juan Carlos), "Los señores del poder y la democracia en España: entre la exclusión y la integración") ; Ignacio Ramonet (Universidad Denis-Diderot, París-VII),  "La Europa de la austeridad: un nuevo ´Despotismo ilustrado" y José Tomás Saracho, "La participación popular en las ciudades de las provincias romanas de Hispania", siguen una veintena de trabajos referidos a Extremadura.

Es lógico que abunden los referidos a Llerena,  donde se organiza el  simposio, población cargada de historia, sede   de la banca Fugger, apoyo  fundamental para Carlos I, y de la Inquisición de Extremadura. Precisamente sobre el establecimiento allí del temibleTribunal  se ocupan Luis Garraín y Rafael Caso.Estos   dos sólidos investigadores de historia local, demuestran que Alonso de Cárdenas, maestre de la orden de Santiago, y el poderoso  Luis Zapata presionaron ante los Reyes Católicos para establecer en Llerena el Santo Oficio. Sirviéndose del Edicto de Gracia de 1485, conservado en el Archivo Histórico Nacional (acaso el más antiguo de la Inquisición llerenense), demuestran la importancia de aquella  Institución para la Baja Extremadura.  Por su parte, Manuel Maldonado documenta hasta qué punto pesaba la oligarquía caciquil,  contra los intereses populares, durante el tiempo de los Austrias, en los pueblos santiaguistas de la zona (Casas de Rerina, Reina, Guadalcanal, Trasierra y la propia Llerena).  Que no faltó allí el fenómeno esclavista vuelve a demostrarlo Rocío Periáñez, fundamentándose  ahora en los libros bautismales de las parroquias  llerenenses Santa María de la Granada y Santiago. Por último, Andrés Oyola, siempre sólido y fundamentado en documentos archivísticos, se ocupa del papel que en los siglos XVI-XVII desarrolló Llerena como centro de arte, ejemplificándolo con la figura del retablista Diego de Dueñas.

Se reproducen otras muchas comunicaciones destacables.Cabe señalar las de A. Manuel Barragán-Lancharro, iluminador estudio sobre la reforma constitucional , a la postre furstrada, que el extremeño Bravo Murillo propuso (1852) a la Constitución de 1845, entonces vigente.
Felicitamos al equipo organizador de este simposio, que tan diligentement dirige

Felipe Lorenza, autor él mismo de un estudio sobre las valiosas aportaciones realizadas a las de Cádiz l por  las entonces aún vigentes Cortes de Castilla y  Navarra.

Lorenzana de la Puente, Felipe y Ascacibar, J. Mateos (coord.), La representación popular... Llerena, Sociedad Extemeña de Historia, 2013.

 

123. Los turistas
Manuel Pecellín Lancharro

Todos conservamos en la memoria, seguramente potenciadas por el cine, aquellas imágines de los añosos caserones británicos, que Dickens poblase de muchachitos indefensos bajo la férula de tutores crueles e insensibles, cuando no raros y grotescos. En una de aquellas frías mansiones inglesas, que funciona como hospital psiquiátrico para niños huérfanos , sitúa Rui Díaz la narración, la primera de las suyas publicada (si se exceptúan los relatos aparecidos en revistas como Luar o Callema, fanzines y cómics), obra suficiente para considerarlo voz madura y prometedora. Natural de Badajoz (1982), filólogo y músico, enseña lengua y literatura castellana en un Instituto de la provincia.

Dos son los protagonistas de este sobrecogedor texto: el adulto que rige la institución y cuyo nombre se oculta, denominándolo significativamente "El Monstruo", arquetipo de los adultos, y el leader de la grey infantil, quien va narrando en primera persona las vicisitudes sufridas hasta la rebelión final. El autor maneja perfectamente los hilos del discurso para ir creando un clima de miedos, odios y terror , nutrido con los horrores que irán sufriendo los pocos servidores de la casa, algún profesor y el personal subalterno, desaparecidos de manera sospechosa en escasos días, y las siete criaturas sometidas al puño implacable del Monstruo, capaz incluso de mutilarlos físicamente.

Además de su poder omnímodo, aquel obseso de la higiene cuenta con una facilidad increíble para construir historias, con las que seduce a aquellos espíritus infantiles, salvo al rebelde, capaz de deconstruir el discurso embaucador, se nutra éste en las historias fantásticas, más o menos corregidas, de los hermanos Grimm, Perrault, la literatura hindú o José Luis Borges. Él se niega a salir sólo imaginativamente de aquellos fríos muros como turista ideal, según les propone el gran enemigo. Busca, y nada lo detendrá hasta encontrarla, la liberación definitiva. Le costará convencer a sus colegas para que luchen juntos, pero al fin, antes de que el Monstruo los devore, encuentran el modo de destruir a la bestia. El mundo de los niños, aunque débiles y enfermos, puede acabar con el de los mayores.

Ana Sender (Terrassa, 1978), diseñadora de amplio currículo profesional, ilustra con ingeniosos dibujos ( a veces recuerdan al Bosco) las páginas de la novela, que también se ennoblece merced a la maquetación y el diseño exquisitos creados por Mayte Alvarado para la joven editorial.

Rui Díaz, Los turistas. Badajoz, El verano del cohete, 2013.

 


 

 

122. A fugitivas sombras
Manuel Pecellín Lancharro

Natural de Garlitos (1953) y residente en Madrid desde temprana edad, a Laura Olalla, que ya había obtenido otros premios literarios notables, se le concedió el Ciudad de Mérida 2000 por su poemario Laberinto de agua. Suyos son también Estirpe de gacela  y En un rincón cualquiera de la casa. Con Fugitivas del mar, libro que prologa generosamente Emilio Porta y lleva un epílogo de José Iglesias Benítez, Olwid (según gusta firmar los cuadros, pues no le es ajena el arte de la pintura) insiste en sus temas habituales: evocaciones de una infancia con la poderosa figura materna,  el mar como símbolo multisignificante, la dulce melancolía y, sobre todo,  el culto a la palabra.

Es sin duda esa pasión por el lenguaje poético, insistentemente requerido,  lo que distingue la obra. Compuesta en versos blancos y libres, casi todos de arte mayor, se inicia y acaba con sendos apuntes en prosa . Tanto en estos como en los poemas todos Olalla consigue hermosas imágenes, dada su bien perceptible capacidad para las metáforas: “se despeina la noche con su azote de viento” (p. 22); “… un preciso enjambre de abejas/me acorrala el tiempo en su secreto” (p. 27); “cansadas hojas/yacen en el umbral de un viejo lienzo” (p. 30); “herida la palabra/bajo redes de miedo que mutilan los labios” (p. 36) podrían ser algunos ejemplos.

En ocasiones, el vendaval lingüístico resulta abrumador y a uno se le ocurre, como a Mairena, recordar que, por encima de los eventos consuetudinarios que suceden en la rúa,sería preferible optar por el simple lo que sucede en la calle.

Olalla Olwid abraza con ternura los trasgos que le han tocado en suerte, dándole amoroso cobijo  a tantas fugitivas sombras, según cantara el clásico en inolvidable soneto. Compartiéndolas, el lector agradece que se le facilite así identificar, acaso dar el nombre exacto, a los de cada uno.

Laura Olalla, Fugitivas del mar. Madrid, Pigmalión/Beturia, 2013.

 


 

121. No a la iglesia del Amén
Manuel Pecellín Lancharro

Con más de ochenta obras publicadas, casi tantas como años vividos, al sacerdote y periodista extremeño (n. Segura de León), residente en Madrid, se le nota cada vez más firmen en la defensa de sus ideales. Pasan éstos por demandar profundas reformas en la iglesia católica, a la que pertenece con todo convencimiento, aunque sin perder el sentido, incluso el deber, de la denuncia profética. Aradillas se esfuerza siempre por distinguir entre el trigo y la paja; el dogma y la opinión; lo fundado evangélicamente, de lo que sólo es fruto coyuntaral de circunstancias históricas. Por otra parte, como hombre dedicado al ejercicio de la pluma y la palabra, conoce bien la importancia del lenguaje: rehúye del suyo  las estridencias (no las provocaciones)  y le duele que en el mundo eclesiástico se multipliquen las voces, expresiones, gestos ,símbolos y rituales arcaicos, inasumibles por la sociedad moderna.

Por ejemplo, la recurrencia del "amén", término que, según el autor, podría resumir la actitud  sistemáticamente forzada por la Jerarquía a sus fieles, incapacitados para opinar y, menos, defender otras ideas que las impuestas por el magisterio oficial. Como las que Aradillas ha ido formándose sobre asuntos capitales: celibato opcional del clero,  supresión de la curia vaticana,  opción preferente por los pobres del mundo,  participación del Pueblo en la elección de los obispos,   lucha sin cuartel contra la pederastia,  respeto a Lutero y sus propuestas,alternativas penitenciales a la confesión ,  nueva moral sexual, apertura ecuménica a otras religiones, liturgias menos aburridas, depuración del santoral cristiano, abandono de los sígnos de poder (palacios, mitras, tiaras,  jefatura estatal, fórmulas mayestáticas) y un largo etcétera. Aunque el centro de sus consideraciones viene ocupándolo desde hace mucho (recordemos obras como "La iglesia, último bastión del machismo", "Mujer creeciente, ¿pareja menguante?", Mujer en la Iglesia: la rebelión pendiente", o los continuos  apuntes en su blog de internet) la  real igualación de los dos sexos en todo lo relacionado con la estructura eclesiástica. Pocas cosas juzga tan precisas como el acceso de la mujer al ministerio, en absoluta igualdad con el hombre.

Sobre todos estos puntos Aradilla va deslizando, con ágil pluma, un conjunto de interrogantes, reflexiones  y sugerencias , que, según recoge el título, ha querido dirigir explícitamente  al nuevo Papa, un pontífice tal vez capaz de emprender las tan difíciles como indeclinables reformas. En ocasiones, aunque no es amigo de ejemplificar con datos personales concretos, lo hace sin morderse la lengua, como al pedir la renuncia de Rouco Valera o la eliminación de los privilegios concedidos al Opus, los Kikos, Comunión y Liberación y otras asociaciones similares.

Admirador confeso de Erasmo (de cuya pensamiento incluye una apretada síntesis), Aradillas prosigue incansable sus labores "pro Ecclesia reformanda"..

Antonio Aradillas, No a la Iglesia del Amén. Madrid, Liber Factory, 2013

 


 

120. Historia de Llerena II
Manuel Pecellín Lancharro

Catedrático de Filosofía y abogado, Martín Burgueño continúa escribiendo su peculiar historia de la villa que lo vio nacer, población de enorme importancia en el devenir de Extremadura. Allí editó durante años, junto con Agustín Romero, la inolvidable revista "Torre Túrdula", donde los dos profesores y amigos publicarían excelentes trabajos, algunos antecesores de estas páginas.

El volumen, segunda entrega de una obra que puede prolongarse mientres dure la vida del autor, tiene dos partes bien diferenciadas. En la primera se reproduce y comenta un documento no por poco conocido menos importante. Se trata de la enjundiosa contestación que sobre Llerena formulase (1827) José Pascua lTejada , antiguo responsable de la Contaduría del lugar, al "Interrogatorio de la Capitanía General de Extremadura" , formulado por José San Juan. La historia de este ilustador documento , hoy rescatado para el archvo de donde no debió salir, es curiosa y tal vez paradigmática : "El viaje de ida tomó billete de unas manos desaprensivas que lo birlaron sin miramientos ni contemplaciones en una acción tan anónima como furtiva. Después de haber estado dormitando un tiempo en el caserón de un más que culto, curioso por la historia local de la ciudad, fue sisado de aquel reducto por unos utópicos perillanes que lo revendieron por cuatro cuartos. Fue así como el Interrogatorio recaló en la capital de las Andalucías, en una tienda de libros de viejo. Por pago de su convenido precio, pudo ser rescatado y de nuevo depositado en el archivo donde se guardan otros de sus iguales". Esta cita ilustra sobre el lenguaje del estudioso, que denuncia las numerosas tropelías cometidas contra el patrimonio cultural llerenense, pero se guarda los detalles, en ocasiones con guiños que seguramente solo sus paisanos saben interpretar,

Así se percibe en la parte segunda de la obra, sobre todo cuando se expone el "affaire Caturla", que rastrea la irresponsable venta de los Zurbaranes, orgullo del rincón surextremeño donde se afincase por no pocos años el célebre pintor.

Otras cuestiones tratadas están referidas fundamentalmente al estudio de los abundantes monumentos arquitectónicos que, en desigual estado de conservación, allí se localizan: palacio de la Inquisición, iglesias de la Granada y Santiago, conventos (hasta ocho hubo en Llerena), ermitas, hospitales, cárceles, escuelas y otros establecimientos públicos.

Las invectivas de las Cortes de Cádiz contra el Tribunal de la Inquisición; los desastres de la Guerra de la Indepedencia contra los franceses y las medidas desamortizadoas desarrolladas durante el siglo XIX darían al traste con el esplendor de la ciudad. El libro permite seguir con detalles ese proceso de deterioro incontenible, siempre según las singulares perspectivas adoptadas por Burgueño. El índice onomástico facilita la localización de los personajes comprometidos en estas "historias menores", como él las ha calificado.

Ilustra la portada, que ha diseñado A. López Viñas un cuadro anónimo de Nuestra Señora de la Soledad (s. XVII), mientras la contracubierta luce un hermoso paisaje urbano de Gucemas, el excelente pintor también nacido en la antigua sede inquisitorial.

Manuel Martín Burgueño, Historia de Llerena, II. Llerena, autoedición, 2013

 


 

 

119. MÁS QUE CUERPOS
Manuel Pecellín Lancharro

No deja de resultar sorprendente la publicación de una novela policíaca enmarcada en Mérida, con proyecciones hacia Badajoz , Montijo y Villanueva de la Serena, lugares donde se desarrollan los acontecimientos narrados. Como exótica es la protagonista, Annika Kaunda, la joven agente de color y origen africano,  encargada de resolver los crímenes que llegan a destapar todo un entramado de trata de mujeres, narcotráfico, venta de medicamentos falsos, acoso laboral, desaparición de personas  y demás actuaciones ilícitas conexas.

La autora, Susana Martín Gijón (Sevilla, 1981) es asesora jurídica especializada en relaciones internacionales y derechos humanos. Dirigió durante cuatro años el Instituto de la Juventud de Extremadura  y ha sido Presidenta del Comité contra el racismo, la xenofobia y la intolerancia. Colabora en diversas plataformas nacionales e internacionales, entre ellas la directiva de la Coordinadora Española del Lobby Europeo de Mujeres y la Red de Mujeres Jóvenes Africanas y Españolas. Con este curriculum se entenderá bien la carga sociológica que ha dado a la novela, dedicada explícitamente a las mujeres feministas .

Por sus casi quinientas páginas discurren empresarios corruptos, jóvenes extranjeras forzadas a prostituirse  en  pubs de carretera y  matones sin escrúpulo, que componen este rico caleidoscopio en alternancia  con homosexuales felices por haber salido del armario,  enfermos del SIDA, jóvenes parejas  a la búsqueda de un difícil entendimiento, algún policía prepotente, junto a otros personajes secundarios pero no irrelevantes. Entre éstos, cabe destacar a Bruno, el periodista amigo de Annika, que se implicará hasta correr grave riesgo de muerte, y Paquita, anciana viuda, a través de cuyas eovaciones biográficas va deslizándose en este  libro coral  apuntes de  la "memoria histórica". El asesinato de Sara, presumiblemente a mano de su compañero, desencadena la investigación que, a la postre, dará al traste con las múltiples corruptelas. Si las actuaciones policíacas se cuentan con excesiva ingenuidad, la denuncia de tantas situaciones inadmisibles se hace de modo convincemente, por lo que la obra interesa más como retrato sociológico que como género negro. Escrita en estilo  ágil y pulcro, mejorable con la eliminación de los leísmos y el uso de las comas para marcar los vocativos, no le faltan multitud de referencias a los usos y costumbres de Extremadura,  especialmente los gastronómicos, sin caer en localismos trasnochados. "Más que cuerpos", obra con la que Susana Martín inicia su carrera literaria, hace concebir las mejores esperanzas sobre el éxito de la misma.

Susana Martín Gijón, Más que cuerpos. Sevilla, Anantes, 2013

 


 

118. LUIS ÁLVAREZ LENCERO, DESDE LA MEMORIA
Manuel Pecellín Lancharro

Ricardo Hernández (Santa Marta de los Barros, 1948) continúa sus valiosas labores para establecer la biobibliografía de los escritores extremeños contemporáneos, a muchos de los cuales ha conocido personalmente. Entre sus  libros cabe recordar  Breve epistolario de don Antonio Rodríguez-Moñino (2011), Poetas de la Extremadura exterior (2010) y los tres volúmenes dedicados a los autores de la región que yacen en cementerios de toda España (2004-2012).
Con éste vuelve a ocuparse de alguien al que se aproximó en Mi reencuentro con la obra de Luis Álvarez Lencero. Estudio, introducción y notas al poemario inédito "El corazón al hombro"(Beturia, 2009). En torno  a la vida y obras del notable poeta y escultor pacense han ido deslizándose numerosas imprecisiones, que él mismo contribuiría a difundir, sin duda de forma interesada y a tantos nos han confundido. Hernández se ha esforzado por poner el orden oportuno, aunque siguen existiendo no pocas lagunas sobre la aventura existencial de un hombre de carácter tan volcánico, inseguro  y contradictorio como fue Luis, componente de  aquel "triángulo poético" que conformase con sus amigos Jesús Delgado Valhondo y Manuel Pacheco.  Son muy numerosas las referencias a tales miembros de la famosa tríada, aunque al último de los nombrados no se le trate con toda la consideración debida.

Sin duda, la base  del estudio lo constituye la  extensa entrevista que el autor mantuviese con Carmen Gómez del Villar Caballero de León, la única esposa oficial entre las mujeres con las que Lencero conviviera. Reproducida íntegramente, constituye una demoledora confesión sobre los orígenes sociales, conducta, actividad creadora e ideas sociopolíticas del biografiado. En contraposición cabe leer los testimonios de varios amigos a los que aquí se convoca: Francisco Lebrato, Alejandro García Galán, Diego Blázquez, Juan M. Tena y otros, que trataron muy de cerca a Lencero, antes y después del cáncer definitivo.  El prólogo puesto por José Iglesias Benítez y el epílogo de Pablo Jiménez García, también poetas, aportan diferentes pinceladadas a la plural composición.

Los lectores podrán seguir el recorrido biobliográfico  de un personaje singular en las letras extremeñas, a la vez que consultan los numerosos versos antolagados de cada una de las obras de Lencero, cuya génesis, avatares (problemas en ocasiones con la censura franquista) y características literarias van estableciéndose progresivamente. La consulta de otras publicaciones en torno al tema, aparecidas en los lustros últimos, habría enriquecido aún más el estudio.

Consta este de casi quinientas páginas y constituye la primera entrega de la colección que Pigmalión abre, "una nueva ventana que, con el nombre de ´Extremadura` alcance la difusión de aquellos trabajos de autores extremeños o sobre Extremadura, realizados principalmente por extremeños de la diáspora y que, por distintas y a veces interesadas razones, no tienen cabida en las publicaciones oficiales, o en aquellas otras editorales que a este menester se dedican", según declaran sus directores, Basilio Rodríguez Cañada y el propio Ricardo Hernández.

Ricardo Hernández Megías, Luis Álvarez Lencero, desde la memoria. Madrid, Pigmalión, 2013


 

117. WELLINGTON Y LA CONTRAREVOLUCIÓN EN ESPAÑA
Manuel Pecellín Lancharro

Arthur Wellesley (Dublín, 1769-Walmer, 1852), más conocido como duque de Wellington, es uno de los prohombres ingleses más famosos. Aunque también desempeñó, durante una larga vida, importantes cargos públicos (fue dos veces Primer Ministro del Reino Unido), su fama se debe sin duda a los éxitos logrados frente a los ejércitos napoleónicos, culminados con el triunfo en Waterloo. En la Península llegó  a gozar de un renombre extraordinario como supremo de las fuerzas anglolusoespañolas aunadas en la Guerra de la Independencia contra los franceses. Galdós se refiere a él en “La batalla de Arapiles”, no sin un punto de ironía,  como “aquel gran personaje, a quien todos los españoles considerábamos entonces poco menos que un dios”.

Menos conocidas son las actuaciones de este militar para impedir que la Constitución de Cádiz  triunfara y acabase definitivamente con el absolutismo borbónico. Hombre de ideas conservadoras, apoyaría con su enorme  peso las actuaciones antiliberales de un Fernando VII tan deseado como vengativo. Sin el apoyo del inglés, el “rey felón” habría tenido mucho más difícil restablecer y consolidar la política del Antiguo Régimen, desencadenando depuraciones, arrestos,  castigos, cárceles, expropiaciones, exilios y todo género de represión contra los constitucionalistas.

Es la tesis argumentada en la obra “Wellington y la contrarrevolución en España”, donde Alberto Castilla se propuso llevar a cabo la “desheroización” (suyo es el neologismo) de quien tantos honores acumula. El autor, que cuenta con una larga trayectoria docente  en España, Estados Unidos y América Latina, tiene entre sus numerosas publicaciones el libro Carolina Coronado de Perry. También en el nuevo se encontrarán referencias múltiples a Extremadura:  el papel fundamental de los Diputados de nuestra Provincia en la Constitución de  1812 y que nuestro territorio fuese marco relevante de los enfrentamientos bélicos a los largo de la devastadora contienda.

Aunque Wellington pareció aceptar la obra de las Cortes de Cádiz (incluso él mismo llegaría a proclamar la Constitución en Madrid y otras ciudades ), era radicalmente contrario a los grandes principios que la inspiraban, concentrados en el de la “soberanía popular”. Algo lógico en un tory admirador de la oligarquía aristocrática y latifundista inglesa, asustada además por los excesos de la Revolución de 1789 . “Mientras España esté gobernada por principios republicanos, no podemos confiar en ninguna mejora permanente”, llegó a escribir a lord Bathurst (pág. 33), al mismo tiempo que le manifestaba su oposición a que se aboliese la Inquisición. Añádase la poca estima en que Wellington tuvo a los españoles y, sobre todo, a los dirigentes de nuestro país. Así se comprende los términos un despacho que  en octubre de 1813 envió a su hermano, el embajador de Inglaterra :” Está claro que si no derribamos a la democracia de Cádiz, la causa está perdida” (pág. 37).  Él jugará un papel imprescindible en el auténtico golpe militar que, meses después, daría Fernando VII, eliminado el régimen constitucional y desencadenando los más duros castigos contra los liberales.  De todo ello proporciona el estudio sólidas pruebas.  Ya Pérez Galdós, con el fino olfato de los escritores, adelantaría en “La batalla de Arapiles” (Episodios Nacionales): “El señor Lord no es muy amigo de la Constitución de Cádiz”.

Concluye la obra  con una “Addenda: España y Portugal hacia la federación ibérica”, texto revisado de la conferencia que Castilla pronunciase en las IX Jornadas de la cultura de la República (Madrid, Universidad Autónoma, 14 abril 2011). Tal vez no resulte del todo lógica su inclusión aquí, pero constituye un excelente repaso de las razones esgrimidas por los partidarios de incrementar la unión entre las naciones ibéricas (cosa a la que siempre se opuso Inglaterra y, claro está, el duque de Wellington).

Alberto Castilla, Wellington y la contrarrevolución en España. Mérida, ERE, 2013

 


 

116. ESTA LUZ SIN CONTORNO
Manuel Simón Viola

Nacido en Granja de Torrehermosa en 1948, Santiago Castelo es autor de una extensa trayectoria poética, a caballo entre dos centurias, que arranca con Tierra en la carne (1976) y llega hasta poemarios como Quilombo (2008) y La hermana muerta (2011). Una visión panorámica sobre estas obras permitiría clasificar los poemarios en dos grupos, según recojan los textos escritos en un periodo de tiempo determinado, abiertos, por ello, a una pluralidad de temas y motivos (Tierra en la carne, Siurell), o sean libros “monográficos” centrados en un motivo nuclear que está en el origen de la obra y en la que esta cobra su sentido más profundo (la religiosidad íntima de La sierra desvelada, la poesía de San Juan de la Cruz en Al aire de su vuelo, el amor y sus emociones concéntricas en Cuerpo cierto).

Si La hermana muerta, en que esa pérdida traumática llamaba por una asociación emotiva a otras pérdidas, pertenecía a este segundo grupo, Esta luz sin contorno, que ahora publica De la Luna libros, es un poemario diverso que agrupa las composiciones en dos bloques muy contrastados. “Poemillas para las noches de agosto” consta de diez poemas breves (o diez fragmentos de un único poema extenso), que parecen haber surgido de un único impulso lírico, situados todos en las horas de la noche. En versos blancos o con esporádicas asonancias, los textos van hilvanando una meditación sobre el peso de los recuerdos, los destellos luminosos de la lejana niñez (“Quiero volver a ser niño de nuevo”), la impresión de declive y la amenaza de la muerte (ante la cual el poeta levanta la consigna de un autor predilecto, Pedro de Lorenzo, “Ni la llamo ni la temo). Con un tono melancólico, pero sin lamentos estridentes, los poemas van ensartando las emociones que fluyen del silencio nocturno y de la soledad: esperanza, amor, desamparo, memoria, misterio y muerte (significativamente situada en el cierre del bloque), para concluir, como reza la cita inicial de Gil de Biedma “que la vida / todavía es posible, por lo visto”).

“Memorias y otras melancolías” reúne, en marcado contraste con el bloque anterior, composiciones de muy diversa índole, pero que desarrollan motivos poéticos presentes en  libros anteriores. Tal vez los que conserven un tono más vitalista sean las estampas viajeras, como “Nostalgia de Buenos Aires”, “Tchaikovski en el San Carlos” (de Nápoles) o “Añoviejo romano”, todos ellos de metros amplios y abundantes referencias culturales. La amistad es otro de los temas recurrentes en su trayectoria y en este poemario hay una nutrida muestra: “Juegos” (a Luis Landero), “A vueltas con Alicia” (Alicia Alonso, bailarina cubana), “A Manolo Pecellín, desde el adarve de Trujillo”, “Tientos para Alejandro García Galán”, “La magia de Juan Valdés”, “Romance de Miguel de Tena” (con una marcada influencia de Manuel Machado), o “Soneto a manera de prólogo a Juana Vázquez”.

La religiosidad, otro motivo presente en casi todos sus poemarios, se vierte en composiciones de perfil muy distinto: de un lado, poemas de una notable altura retórica, auténticas oraciones en verso, a la Virgen de la Victoria o a la Virgen de Guadalupe; de otro, los villancicos, de tono y metros populares, como el “Villancico del molinero”, el de la “estrella caminera” o el “Romance casi villancico de la calle Gregorio Armeno de Nápoles”, repletos de ingenuidad y de humor, en los que adivinamos esa nostalgia de la infancia contemplada desde el presente como una Arcadia feliz en que aún no han penetrado el dolor y la muerte.

Esta luz sin contorno es un libro creado por un hombre consciente de que su “agenda es un huerto de cruces”, que mira a un sol de ocaso que sabe próxima la noche. En Como disponga el olvido, una antología de 1986 preparada por Juan Manuel Rozas, el editor afirmaba que la poesía de Castelo es una oda que se resuelve a menudo en elegía. En los últimos poemarios, marcados por un repertorio de pérdidas, lo elegíaco ha ganado resueltamente la batalla, un sentimiento solo atemperado por el propio ejercicio de la escritura, por la búsqueda de la precisión entre dudas (entre la certeza y el extravío, entre la risa y la pena, entre el sol y el escalofrío), por el hallazgo de unos “versos sueltos / que nos salven la vida”.  Manuel Simón Viola

Santiago Castelo,  Esta luz sin contorno. Mérida, De  la Luna libros, 2013, 58 págs.

 


 

115. ALFILERES DE CRISTAL
Manuel Pecellín Lancharro

Nacido en Herrera del Duque (1959), Desiderio Vaquerizo es profesor de Arqueología  en la Universidad. Aparte de importantes estudios como historiador (recomiendo vivamente su trabajo sobre el aceite en la  Hispania antigua, Boletín de la R. Academia de Extremadura, 2011), cuenta ya con una notable producción literaria. Títulos como El árbol del pan (2004) o El cerro de los cráneos (2011), clasificables como novelas históricas, testifican la calidad de su escritura. Más interesantes aún son las tres que conforman la trilogía conformada por Callejón del lobo (2004), Chocolate con veneno (2009) y Alfileres de cristal, las tres en la editorial  Berenice,  sobre la situación femenina en los medios rurales de España   mediado el siglo XX. Según exhiben tantos naturales de la Siberia extremeña, el autor es un entusiasta (no acrítico) de una zona que posee tan marcadas características geográficas, socioculturales e históricas. De todo ese  acervo etnográfico llevará Vaquerizo abundantes testimonios  a sus obras, que,  sin embargo,  están muy lejos de limitarse a la recreación de paisajes idílicos, escenarios folclóricos, ágapes o suculentos  o tiernas composiciones  rurales. Por el contrario, sus novelas pertenecen más bien al género policíaco (el inspector  Calatrava, un atractivo detective, ha de resolver los crímenes ocultos), aunque valgan más por el retrato psicológico de los protagonistas, sobre todo los femeninos.

Igual que en las anteriores, el personaje central de ésta es una mujer hecha a sí misma, que ha triunfando pese a las circunstancias más adversas y , transgrediendo cualquier código, es capaz de ponerse el mundo por montera, sin olvidarse de sus humildes orígenes ni dejar de proteger a los menos favorecidos, y vengar agravios adolescentes de  los clásicos caciques. Así es  la antaño famosa vedette Penélope Montes (guiño a Homero y Serrat), ya herida por inmisericorde cáncer, cuyos zarpazos últimos trata de aguantar retirándose a su predio de Los Alcornocales, donde vino al mundo,  y en torno a la cual va urdiéndose una trama tan atractiva como increíble. “Fue una mujer libre, que no tuvo reparos en utilizar el sexo como reclamo efectivo de libidinosos, a los que, a cambio de disfrutar de sus encantos, vaciaba la cartera o sacaba un papel de protagonista. Una mujer que se autocalificaba de fulana con el fin de castigarse por su moral disoluta, pero que en realidad se burló del mundo con todas las de la ley, vendiendo al mejor postor lo que fue siempre su mercancía más famosa: ella misma” (pág. 23)., adelanta pronto el novelista.

Merced a las oportunas evocaciones irá reconstruyendo las enjundiosas peripecias de una biografía que va a cerrarse antes de lo previsto y no por culpa de la enfermedad.  Antes, la antigua hetaira se propuso  remediar algunos de sus máximos errores, organizando una “última cena” donde están todas las claves del drama.

Vaquerizo afina más cada vez su prosa,  que se hace especialmente atractiva en las descripciones del paisaje y paisanaje típicos de la Siberia, sin omitir el recurso al habla dialectal cuando presenta personajes populares. También llaman la atención los recursos lingüísticos utilizados, próximos a la jerga juvenil más desgarrada y provocativa al describir determinados ambientes.  Y no renuncia a su ya conocido amor por ese inagotable fontanal discursivo que constituye el refranero español, tan bien conservado en las pequeñas poblaciones de Extremadura.  Construye así un texto complejo, con guiños múltiples, a veces previsibles, pero siempre eficaces.

Desidero Vaquerizo, Alfileres de cristal. Editorial Berenice, Córdoba, 2013.

 


 

114. OFFICIUM VISITATIONIS...
Manuel Pecellín Lancharro

Llama profundamente la atención de los historiadores de la imprenta española  un dato irrebatible: sólo seis lustros después de que Gutenberg lo inventase, ya funcionaba en la lejana Coria tan maravilloso invento. Al parecer, fue por voluntad del prelado de la diócesis, D. Pedro Jiménez, quien, al ser nombrado obispo de dicha ciudad, se llevó  consigo a Bartolomé de Lila.  Las habilidades de este impresor flamenco harían que allí viese la luz, el año 1489,  el  libro Blasón general y nobleza del universo, obra de Pedro de Gracia Dei, un gallego que fue “rey de armas” de los Reyes Católicos.  Antonio Rodríguez Moñino reseñó este incunable con el nº 1 entre los extremeños (cfr.  La imprenta en Extremadura, Badajoz, 1945).  Siglos después, dicha obra, convertida ya en joya bibliográfica,  fue reeditada facsímil (Madrid, 1882) por Pascual de Gayangos, quien le puso un extenso y hoy discutible preliminar.   Su corta tirada (102 ejemplares) volvería a hacerla pronto casi ilocalizable. Recién fundada la Unión de Bibliófilos Extremeños (UBEx), y merced al empeño de Mariano Encomienda, la obra volvió a imprimirse (Badajoz, 1993), reproduciéndose la edición de Gayangos.

Justo Vila, director entonces de la Biblioteca de Extremadura, tuvo noticias de otro incunable impreso también en Coria por las mismas fechas que el Blasón  y conservado, parcialmente,  en la Bodleian Library de Oxford.  La UBEx  realizó las gestiones para  facilitar a los lectores contemporáneos, lo que ahora se cumple ahora con sello compartido por la Editora  Regional de Extremadura,  este Officium Visitationis Beatae Mariae Virginis, instituido  en su día por el Papa Sixto IV. Aparece al cuidado de Pedro Martín Baños, merced a cuya sapiencia y generosa constancia el nuevo volumen tiene unas características especiales.  Discípulo de Pedro Cátedra, el joven profesor, experto latinista (véase su webCorpus Nebrissense), ha realizado  excelentemente estas labores: reconstruir el original completo de la obra, no sin arduas pesquisas; verterla al castellano en una impecable traducción, con el  texto latino en las páginas pares y el español en las impares  ; adjuntarle un muy documentado estudio preliminar, identificando las numerosas fuentes bíblicas, patrísticas y teológicas que en el Officium se insertan,  y sugerir a los talleres gráficos las oportunas advertencias para el facsímil de las hojas  originales conservadas. (Lástima que vaya a aparecer entre los trabajos finales de Indugrafic,  firma que de modo tan sustancial ha venido contribuyendo a resolver una de las seculares  carencias extremeñas).

El texto recuperado posee una importancia  histórica,  bibliográfica, literaria filológica y teológica indudable. Suscribimos plenamente lo que ha escrito  en su blog  (jmvalerus) José Miguel Valero,  profesor de filología en la Universidad de Salamanca y a la sazón presidente del prestigioso SEMYR (Seminario de Estudios Medievales y Renacentistas) de dicha institución:

“El lector descubrirá que, lejos de la supuesta aridez de la liturgia cristiana (que es siempre un prejuicio), se oculta un caudal poético y expresivo de calado que convendría frecuentar. Ediciones como esta ponen a disposición del interesado todos los elementos para facilitar la comprensión y la lectura de un grupo de textos, como son los oficios, que resultan difíciles de comprender fuera de su marco y su uso. Cualquier cuestión urgente sobre el texto como tal y sobre su producción impresa en particular queda resuelta en una introducción breve pero enjundiosa, escrita en un estilo realmente limpio y atractivo que, por desgracia, circula cada vez menos, incluso entre especialistas de filología e historia literaria”.

Pedro Marín Baños  (ed.), Officium Visitationis Beatae Mariae Virginis. Badajoz, Unión de Bibliófilos Extremeños/Editora Regional de Extremadura, 2013.

 


113. SIRENAS DE PECHO HERIDO
Manuel Pecellín Lancharro

Juan Calderón (Alburquerque, 1952), es hombre polifacético (poeta,narrador, dramaturgo, músico, pintor, actor, galerista, director de revista digital), al que ningún fenómeno artístico le es ajeno. Autor de numerosas publicaciones, ofrece en esta última entrega, prologada por Milagros Salvador, cuatro extensos poemas que, aunque  nacidos de impulsos diferentes, guardan indiscutible unidad. Abre con " Los Vientos y la guerra", ganador del XVIII Certamen de Poesía Villa de El Escorial, 2009. Estructurado a su vez  en once compoisiciones  , sus hermosos heptasílabos blancos son, en palabras previas del escritor, un homenaje a la mujer, tantas veces víctimas de violencias insufribles. Incluso una sirena puede resultar con el pecho herido por el desdén del nauta inconsitente.

Pasándose a nuevas formas métricas, sigue "Tiempos de Inquisición", con evocaciones magas, brujas, heréticas y otros ejemplos de féminas tan temidas como odiadas, objetos que han sido de persecucione múltiples. Acaso, sólo las sirenas evitarán al inquisidor de turno.
En " La sirena y el hombre de cristal" , cargada de simbolismo, se buscan y proponen vías soteriológicas, espacios para las libertades: el mar, las nubes, los astros, el mundo de ángeles, la música y  el amor.

Por último, "La sirena y el marinero" trae a la agradecida memoria felices encuentros amorosos, con sirenas incréibles en lugares cargados de nostalgia: algún viaje marino, aquella placita sevillana, las nieblas del Támesis, los muelles de Barfcelona o el Malecón habanero.

Calderón persigue siempre con sus versos, no sin frutos palpables,  trasmitir a los lectores el temblor, la perspectiva ilimitada, la estela honda que, según María Zambrano (Filosofía y poesía) deja tras de sí el  poema auténtico. M.P.L.,

Calderón Matador, Juan, Sirenas de pecho herido. Madrid, Huerga y Fierro, 2013.

 


112. LA CRÍTICA DE ARTE
Manuel Pecellín Lancharro

Antonio Zoido (Zafra, 1913-Badajoz, 2000), Académico que fue de la Real de Extremadura, gozó en vida de general reconocimieto por su desbordante bonhomía. Sin embargo, entre  múltiples dedicaciones (profesor, inspector de enseñanza, alcalde de su pueblo, poeta, novelista, dramaturgo y ensayista) desarrolló preferentemente la crítica de arte y literatura, sobre todo en el periódico HOY.  Hombre de gran formación y honda sensibilidad, distinguía pronto las voces de los ecos, la paja del trigo, aunque gustó siempre pecar antes de generoso que de cicatero. Zoido poseía un código lingüístico muy particular, barroco y  difuso, en cuyas circunvalaciones expresivas se refugiaba no pocas veces para no provocar heridas o desánimos cuando  hubo de enfrentarse a obras que no eran de su total aprobación. Gracias a esta bien cortada pluma, muchos creadores lograrían ver roto el muro del silencio.

Por iniciativa de Román Hernández Nieves, director del Museo pacense de Bellas Artes, se reproducen facsímiles,  con preliminar suyo y en dos volúmenes,  todos los textos de crítica de arte (más de mil) que Antonio Zoido publicase entre los años 1975-2000.

Versan casi todas sobre pintura, aunque no faltan las dedicadas a escultura,  orfebrería, cerámica, artesanía o acontecimientos relacionados con las artes plásticas (v.c. las bienales extremeñas),  no pocos  de los cuales Zoido supo alentar y mantener generosamente.

Esta ingente recopilación permite un interesante repaso sobre lo que  que ya es historia del arte en nuestra Comunidad. Pasan de mil los creadores aquí atendidos, entre los cuales figuran también artistas foráneos que expusieron sus obras en Extremadura. Como es lógico, sobresalen las páginas dedicadas a las grandes figuras:  Timoteo  Pérez Rubio, Adelardo Covarsí,  Eugenio Hermoso,  Juan de Ávalos, Bonifacio Lázaro,  Pérez Muñoz,  Jaime de Jaraíz, Eduardo Acosta,  Guillermo Silveira, Narbón, Francisco Pedraja, Ortega Muñoz,  Gerardo Ayala,  Vaquero Poblador, Eduardo Naranjo o Juan Barjola, su buen amigo, cuya estética iconoclasta defendió desde el primer momento.  Lo mismo hará también con otros creadores más jóvenes e innovadores, como Fernández de Molina, Luis Costillo, Manuela Castaño, Pérez Espacio o el mismo Toto Estirado, a quien trataría con sutil delicadeza.  Un índice onomástico permite localizar fácilmente a cada artista.

La crítica de Zoido, en opinión de Román Hernández, fue "justa con todos los artistas, los espacios expositivos e instituciones promotoras de las exposiciones, crítica desinteresada y libre de compromisos, generosa e imparcial, ineligente e inteligible, técnica pero sencilla, amable casi siempre y severa en ocasiones". El lector podrá comprobarlo.


Antonio Zoido Díaz La crítica de arte, 2 vols. Badajoz, Museo Provincial de Bellas Artes, 2013.


 

111. ALFILERES DE CRISTAL
Manuel Pecellín Lancharro

Nacido en Herrera del Duque (1959), Desiderio Vaquerizo es profesor de Arqueología en la Universidad. Aparte de importantes estudios como historiador (recomiendo vivamente su trabajo sobre el aceite en la  Hispania antigua, Boletín de la R. Academia de Extremadura, 2011), cuenta ya con una notable producción literaria. Títulos como El árbol del pan (2004) o El cerro de los cráneos (2011), clasificables como novelas históricas, testifican la calidad de su escritura. Más interesantes aún son las tres que conforman la trilogía conformada por Callejón del lobo (2004), Chocolate con veneno (2009) y Alfileres de cristal, las tres en la editorial  Berenice,  sobre la situación femenina en los medios rurales de España   mediado el siglo XX. Según exhiben tantos naturales de la Siberia extremeña, el autor es un entusiasta (no acrítico) de una zona que posee tan marcadas características geográficas, socioculturales e históricas. De todo ese  acervo etnográfico llevará Vaquerizo abundantes testimonios  a sus obras, que,  sin embargo,  están muy lejos de limitarse a la recreación de paisajes idílicos, escenarios folclóricos, ágapes o suculentos  o tiernas composiciones  rurales. Por el contrario, sus novelas pertenecen más bien al género policíaco (el inspector  Calatrava, un atractivo detective, ha de resolver los crímenes ocultos), aunque valgan más por el retrato psicológico de los protagonistas, sobre todo los femeninos.

Igual que en las anteriores, el personaje central de ésta es una mujer hecha a sí misma, que ha triunfando pese a las circunstancias más adversas y , transgrediendo cualquier código, es capaz de ponerse el mundo por montera, sin olvidarse de sus humildes orígenes ni dejar de proteger a los menos favorecidos, y vengar agravios adolescentes de  los clásicos caciques. Así es  la antaño famosa vedette Penélope Montes (guiño a Homero y Serrat), ya herida por inmisericorde cáncer, cuyos zarpazos últimos trata de aguantar retirándose a su predio de Los Alcornocales, donde vino al mundo,  y en torno a la cual va urdiéndose una trama tan atractiva como increíble. “Fue una mujer libre, que no tuvo reparos en utilizar el sexo como reclamo efectivo de libidinosos, a los que, a cambio de disfrutar de sus encantos, vaciaba la cartera o sacaba un papel de protagonista. Una mujer que se autocalificaba de fulana con el fin de castigarse por su moral disoluta, pero que en realidad se burló del mundo con todas las de la ley, vendiendo al mejor postor lo que fue siempre su mercancía más famosa: ella misma” (pág. 23)., adelanta pronto el novelista.

Merced a las oportunas evocaciones irá reconstruyendo las enjundiosas peripecias de una biografía que va a cerrarse antes de lo previsto y no por culpa de la enfermedad.  Antes, la antigua hetaira se propuso  remediar algunos de sus máximos errores, organizando una “última cena” donde están todas las claves del drama.

Vaquerizo afina más cada vez su prosa,  que se hace especialmente atractiva en las descripciones del paisaje y paisanaje típicos de la Siberia, sin omitir el recurso al habla dialectal cuando presenta personajes populares. También llaman la atención los recursos lingüísticos utilizados, próximos a la jerga juvenil más desgarrada y provocativa al describir determinados ambientes.  Y no renuncia a su ya conocido amor por ese inagotable fontanal discursivo que constituye el refranero español, tan bien conservado en las pequeñas poblaciones de Extremadura.  Construye así un texto complejo, con guiños múltiples, a veces previsibles, pero siempre eficaces.

Desidero Vaquerizo, Alfileres de cristal. Editorial Berenice, Córdoba, 2013.


 

110. SI MAÑANA MUERO
Manuel Pecellín Lancharro

Eugenio Fuentes (Montehermoso, 1958), escritor cada día más consolidado, Premio Extremadura a la Creación, ha venido a publicar casi simultáneamente dos obras, cada una dentro los géneros que más cultiva: el ensayo Literatura del dolor, poética de la bondad (Mérida, ERE) y la novela que aquí presentamos. Si  aquel constituye un conjunto de lúcidas reflexiones sobre el género negro (especialidad del autor) y algunos de sus máximos creadores, la segunda se encuadra  más bien en la modalidad de novela histórica. El autor opta esta vez por olvidarse del detective Ricardo Cupido y nos  conduce a la última guerra civil española. La verdad, lo preferimos resolviendo crimenes ocultos que contando masacres bien conocidas, aunque la obra se adorne con todos los recursos de un excelente escritor.
El comienzo, redactado en primera persona, no puede ser más impactante, con personajes de rotundos gestos, según parecía demandarlo el clima de Madrid tras la rebelión franquista. Un sueño apocalíptico de Rubén, el joven pintor gallego que narra sus vicisitudes con los pinceles, presagia las  inminentes catástrofes. Aunque no tiene ideas políticas definidas, ni pertenece a partido alguno, decide alistarse en los cuadros milicianos. Como la hace Marta, con su viola.
También a los pueblos llegan las noticias de la sublevación militar. Así ocurre en Breda, junto a la Raya con Portugal,  en el suroeste cacereño, el lugar ficticio  creado por Fuentes, como  la Muralia de Bayal o el Monsalud de Ramírez Lozano. Duras son las condiciones que los campesinos  (extremeños) vienen allí sufriendo, sin que la República las haya solventado. No obstante, están dispuestos a defenderla, enfrentándose a militares y falangistas, a los que comanda un general que es tratado por el  narrador de modo inmisericorde (pp. 64-66). Contarán con la ayuda  que les trae desde Madrid Guedea,  comandante de milicias, que ha elaborado un plan para detener  todavía en Extremadura al que parece imbatible columna, responsable de matanzas de civiles como la de  Badajoz. El pintor y la violista, combatientes improvisados, llegan también y los hospedan en un curioso lugar, el mausoleo que De las Hoces, rico aristócrata,  construye en memoria de su joven mujer. Allí  figuran  dos bodegones que compró al artista poco antes de estallar la guerra.
Pronto se oirán en la dehesa, huertos y olivares - magníficamente descritos-  el tronar de los fusiles. Ahora bien, el relato bélico se interrumpe a menudo con evocaciones de la infancia de algún personaje, cuya memoria describe la lucha de viejos trabajadores con las innovaciones mecánicas; la llegada de la electricidad a Breda;  el desarrollo de las ideas progresistas; la implantación de la República,  el nacimiento de la Falange (muy bien explicada, con el relato de la visita que José hizo a Cáceres), etc. Ahora se enfrentan a muerte partidarios de unos y otros ideales. Entre la milicia paisana, sobresale la figura de Viriato, émulo del pastor lusitano homónimo. Y, en medio de los horrores de la guerra,  en el duro Frente de Extremadura, va confirmándose el amor entre los dos jóvenes artistas, que a su modo siguen cultivando la pintura y la música en aquel pueblo rodeado. Al fin, lo toman las fuerzas nacionalistas, mejor armadas , organizadas y dirigidas.  El mausoleo será el bastión último. Después, la muerte o las humillaciones públicas de los vencidos. Incluso Ugarte, el jefe de centurias, comprenderá que "no era eso" por lo que se sublevó, horrorizado él mismo por la vesania del cura manco y vengativo. Otros personajes secundarios no resultan menos atrayentes  como el portugués Joâo,  capaz de conducir su locomotora hasta Breda por vías imposibles para salvar a la novia. El amor en los tiempos del cólera no siempre triunfa.
Creo que la parte tercera y última añade poco, con esa ridícula visita del Caudillo cazador, aunque sirva para resituar a Marta en el exilio de Toulouse, casada con un francés, pero  aún sensible a la llamada de los antiguos compañeros de utopía.

Eugenio Fuentes, Si mañana muero. Barcelona, Tusquets, 2013


 

110. ESTA LUZ SIN CONTORNO
Manuel Sión Viola

Nacido en Granja de Torrehermosa en 1948, Santiago Castelo es autor de una extensa trayectoria poética, a caballo entre dos centurias, que arranca con Tierra en la carne (1976) y llega hasta poemarios como Quilombo (2008) y La hermana muerta (2011). Una visión panorámica sobre estas obras permitiría clasificar los poemarios en dos grupos, según recojan los textos escritos en un periodo de tiempo determinado, abiertos, por ello, a una pluralidad de temas y motivos (Tierra en la carne, Siurell), o sean libros “monográficos” centrados en un motivo nuclear que está en el origen de la obra y en la que esta cobra su sentido más profundo (la religiosidad íntima de La sierra desvelada, la poesía de San Juan de la Cruz en Al aire de su vuelo, el amor y sus emociones concéntricas en Cuerpo cierto).

Si La hermana muerta, en que esa pérdida traumática llamaba por una asociación emotiva a otras pérdidas, pertenecía a este segundo grupo, Esta luz sin contorno, que ahora publica De la Luna libros, es un poemario diverso que agrupa las composiciones en dos bloques muy contrastados. “Poemillas para las noches de agosto” consta de diez poemas breves (o diez fragmentos de un único poema extenso), que parecen haber surgido de un único impulso lírico, situados todos en las horas de la noche. En versos blancos o con esporádicas asonancias, los textos van hilvanando una meditación sobre el peso de los recuerdos, los destellos luminosos de la lejana niñez (“Quiero volver a ser niño de nuevo”), la impresión de declive y la amenaza de la muerte (ante la cual el poeta levanta la consigna de un autor predilecto, Pedro de Lorenzo, “Ni la llamo ni la temo). Con un tono melancólico, pero sin lamentos estridentes, los poemas van ensartando las emociones que fluyen del silencio nocturno y de la soledad: esperanza, amor, desamparo, memoria, misterio y muerte (significativamente situada en el cierre del bloque), para concluir, como reza la cita inicial de Gil de Biedma “que la vida / todavía es posible, por lo visto”).

“Memorias y otras melancolías” reúne, en marcado contraste con el bloque anterior, composiciones de muy diversa índole, pero que desarrollan motivos poéticos presentes en  libros anteriores. Tal vez los que conserven un tono más vitalista sean las estampas viajeras, como “Nostalgia de Buenos Aires”, “Tchaikovski en el San Carlos” (de Nápoles) o “Añoviejo romano”, todos ellos de metros amplios y abundantes referencias culturales. La amistad es otro de los temas recurrentes en su trayectoria y en este poemario hay una nutrida muestra: “Juegos” (a Luis Landero), “A vueltas con Alicia” (Alicia Alonso, bailarina cubana), “A Manolo Pecellín, desde el adarve de Trujillo”, “Tientos para Alejandro García Galán”, “La magia de Juan Valdés”, “Romance de Miguel de Tena” (con una marcada influencia de Manuel Machado), o “Soneto a manera de prólogo a Juana Vázquez”.

La religiosidad, otro motivo presente en casi todos sus poemarios, se vierte en composiciones de perfil muy distinto: de un lado, poemas de una notable altura retórica, auténticas oraciones en verso, a la Virgen de la Victoria o a la Virgen de Guadalupe; de otro, los villancicos, de tono y metros populares, como el “Villancico del molinero”, el de la “estrella caminera” o el “Romance casi villancico de la calle Gregorio Armeno de Nápoles”, repletos de ingenuidad y de humor, en los que adivinamos esa nostalgia de la infancia contemplada desde el presente como una Arcadia feliz en que aún no han penetrado el dolor y la muerte.

Esta luz sin contorno es un libro creado por un hombre consciente de que su “agenda es un huerto de cruces”, que mira a un sol de ocaso que sabe próxima la noche. En Como disponga el olvido, una antología de 1986 preparada por Juan Manuel Rozas, el editor afirmaba que la poesía de Castelo es una oda que se resuelve a menudo en elegía. En los últimos poemarios, marcados por un repertorio de pérdidas, lo elegíaco ha ganado resueltamente la batalla, un sentimiento solo atemperado por el propio ejercicio de la escritura, por la búsqueda de la precisión entre dudas (entre la certeza y el extravío, entre la risa y la pena, entre el sol y el escalofrío), por el hallazgo de unos “versos sueltos / que nos salven la vida”.


Santiago Castelo: Esta luz sin contorno. Mérida, De  la Luna libros, 2013.


 

109. OFFICIVM VISITATIONIS
Manuel Pecellín Lancharro

Gran especialista en la obra de Nebrija (recuerdo su elegante sitio web, Corpus Nebrissense), fino latinista, amigo de toda curiosidad bibliográfica y hombre en extremo generoso, no se me ocurre persona mejor, Pedro Martín Baños, en la que se hubiera podido depositar el encargo de editar y esclarecer uno de los pocos impresos incunables extremeños que hasta nosotros han llegado. Se trata de un texto, el Officium Visitationis Beatae Mariae Virginis, que, como el propio Martín Baños subraya desde el inicio de su impecable introducción, es de gran interés histórico y bibliográfico. Por no hablar, claro está, de su importancia para la liturgia y la historia eclesiástica, que averiguará cualquiera que lea el texto latino o la pulcra traducción que ha preparado su editor.

El lector que se atreva con el texto descubrirá que, lejos de la supuesta aridez de la liturgia cristiana (que es siempre un prejuicio), se oculta un caudal poético y expresivo de calado que convendría frecuentar. Ediciones como esta ponen a disposición del interesado todos los elementos para facilitar la comprensión y la lectura de un grupo de textos, como son los oficios, que resultan difíciles de comprender fuera de su marco y su uso. Cualquier cuestión urgente sobre el texto como tal y sobre su producción impresa en particular queda resuelta en una introducción breve pero enjundiosa, escrita en un estilo realmente limpio y atractivo que, por desgracia, circula cada vez menos, incluso entre especialistas de filología e historia literaria.

El texto latino ha sido cuidadosamente editado en forma comparada, y yo diría que crítica (aunque la loable prudencia del editor no hace acompañar este adjetivo a su edición) con aquellos otros textos que forman su contorno especializado. Incluye, además, identificación de numerosas fuentes bíblicas, patrísticas y teológicas que en el Officium se insertan. El texto latino se encuentra en las páginas pares y la traducción castellana en las impares, lo que facilita grandemente el salto de uno a otro: de nuevo la prudencia gobierna la traducción, que siendo fresca y sabrosa no se permite veleidades innecesarias. Finaliza el libro con un facsímile en blanco y negro que procede del original a dos tintas de la Bodleian Library (Oxford), Inc. b. S97.1 (5). A cada hoja del facsímil acompaña una regleta milimetrada para facilitar la reflexión y el estudio sobre las proporciones del incunable y ser de mayor utilidad así a los estudiosos de la tipografía.

Se trata, en suma, de una edición exquisitamente cuidada por Pedro Martín Baños que, como siempre, no ha regateado ni esfuerzos ni seriedad científica en su trabajo.

El Officivm Visitationis Beatae Mariae Virginis de Sixto IV [Coria, Bartolomé de Lila, ca. 1489], edición crítica y facsímile del incunable al cuidado de Pedro Martín Baños, Badajoz,Unión de Bibliófilos Extremeños – Editora Regional de Extremadura, 2013.


 

108. EL FIN DE UNA EXPEDICIÓN SIDERAL
Manuel Pecellín Lancharro

Nacido en Badajoz en 1963, Enrique García Fuentes es doctor en Filología Española por la Universidad de Extremadura, profesor de enseñanza media y codirector del aula literaria Díez-Canedo. Como investigador, su interés se ha dirigido hacia la poesía y la narrativa, nacional y regional, del siglo XX y, de modo más específico, hacia la novela y el relato de humor cultivados en España durante los años veinte y treinta. A sus ensayos sobre Gerardo Diego, Jardiel Poncela, Juan José Domenchina (una de cuyas novelas, La túnica de Neso, editó), se suman otras siete ediciones realizadas para la colección “Grandes Novelas Humorísticas” de la editorial Biblioteca Nueva. Nadie, por tanto, más adecuado que él para preparar la edición de esta novela descatalogada de Benigno Bejarano Cordero (Alburquerque, 1900), El fin de una expedición sideral (Viaje a Marte), un encargo, como recuerda, del anterior director de la Editora Regional, Luis Sáez Delgado, que ahora publica la Editora Regional de Extremadura.

A pesar de la penumbra a la que se vieron condenados los intelectuales españoles de izquierda tras la guerra civil, García Fuentes logra reunir los datos suficientes como para reconstruir una vida signada por un final trágico. Exiliado en París durante la dictadura de Primo de Rivera, Benigno Bejarano regresa a Madrid en 1931 para proseguir su labor como escritor (artículos y ensayos en Solidaridad Obrera y Cultura libertaria, novelas), participa activamente en la guerra civil desde una posición anarcosindicalista y se exilia en 1939 a Francia. Detenido y encarcelado por la Gestapo, el escritor fue asignado a grupos de trabajos forzados. Tras percatarse de su precaria salud, los nazis acabaron con su vida (“Murió gaseado por los nazis en un camión fantasma en el verano de 1944”).

Como autor de ficción, su primera novela fue precisamente la que ahora se recupera. Bajo el título Diario de un loco, la narración se publicó en la revista Lecturas entre febrero y octubre de 1929 con ilustraciones de Serra Massana (colaborador de cómics como TBO, Chicos o Flechas y Pelayos). Con numerosas modificaciones y bajo el título definitivo la obra aparece en Barcelona en 1932.

La trama de la novela arranca en el momento en que el narrador y protagonista, Ruperto Ortiz, un español residente en París, recibe la visita de un extravagante científico que le explica con todo pormenor la posibilidad de viajar a Marte. Por circunstancias azarosas, otros dos científicos (y el mayordomo del protagonista) se embarcarán en esta enloquecida aventura que les llevará a un planeta habitado no muy distinto a la tierra. Hasta aquí, la novela desarrolla un argumento de ciencia ficción heredero de novelas como De la tierra a la luna de Julio Verne o El hombre en la luna, una novela muy anterior (apareció en 1638), compuesta por el clérigo inglés Francis Godwin, cuyo protagonista, como en la de Bejarano, es español (los marcianos recuerdan su visita). Pero el desarrollo posterior de la trama, como señala acertadamente el editor, desperdicia las posibilidades que la idea inicial llevaba inseminadas y a pesar de que toda la novela puede entenderse como una parodia de la literatura de folletín (con alguna observación inteligente: “-¿Dónde estoy? –preguntó maquinalmente. No le hice caso, es claro. Esa pregunta ya se sabe que forma parte del síncope”), lo cierto es que recae en sus mismas soluciones para mostrar la burda conclusión de que en todas partes cuecen las mismas habas: la infidelidad de la reina del planeta, una corrida de toros en homenaje a los visitantes (con otra observación lúcida: “en la Tierra es más fácil indultar a un toro que a un reo”), una historia de amor no correspondido que enloquece al científico…

A pesar de lo dicho, no es en modo alguno un proyecto baldío. La novela, con todas sus recaídas argumentales, se sostiene en un estilo cuidado, con un marcado sentido del humor, y su cuidadosísima edición contribuye al conocimiento de figuras postergadas de ese brillante periodo literario conocido como la “edad de plata”.

Benigno Bejarano: El fin de una expedición sideral (viaje a Marte). Mérida, Editora Regional de Extremadura, Col. Rescate, 2013. Edición y estudio de Enrique García Fuentes


 

107. RODRÍGUEZ MOÑINO
Manuel Pecellín Lancharro

Víctor Infantes, que tantos buenos amigos y admiradores cuenta en Extremadura, era seguramente la persona más indicada para preparar esta obra, un cálido homenaje a D. Antonio Rodríguez-Moñino. De los centenares de estudios que el bibliófilo de Calzadilla dio a luz, el catedrático de la Complutense ha seleccionado cinco para componer este volumen antológico, poniéndoles un extenso e iluminador preliminar donde resume y explica la importancia de cada pieza. Merced a las mismas (según hiciese con otros trabajos suyos), Moñino no solo proporcionó a los historiadores de la literatura castellana información sobre autores, obras  o ediciones hasta entonces desconocidos, sino que a menudo obligó a cambiar interpretaciones  sobre los mismos que parecían consagradas e intocables. Llamativo es que las tesis críticamente establecidas por D. Antonio siguen vigentes hoy.
Abre el revolucionario apunte «El primer manuscrito del Amadís de Gaula, noticia bibliográfica» (1956), que, partiendo de un feliz hallazgo,  supuso un antes y un después en la polémica en los debates sobre dicha novela de caballería.

Sigue la sapientísima «Construcción crítica y realidad histórica en la poesía española de los siglos XVI y XVII» (1965), con prólogo de Marcel Bataillon, que insiste en proclamar al extremeño  "principe de los bibliógrafos" (pág. 49).

Anque así lo dijera el gran hispanista francés, como lo pensaban tantos otros, la Academia España se cerraba a Moñino, sin duda por imposiciones espurias. Ingresó al fin (1968), cuando ya las Parcas estaban próximas,  y aquí se reproduce su extraordinario discurso, que versó sobre Poesía y cancioneros (Siglo XVI), uno de sus temas de investigación preferido. Le sigue otra, tan original y reveladora, «Sobre poetas hispanoamericanos de la época virreinal (Con un ejemplo: Martín de León» (1968), iniciada con un preliminar firmado en la Universidad de Berkeley y  que aún conmueve: "Yo he procurado trabajar siempre con el máximo rigor, con la exigencia mayor a que alcanzan mis posibilidades. Y casi siempre, después de imprimir el fruto de meses o de años de tarea dura, donde más creía haber puesto mis cinco sentidos, surge para castigar vanidades si las hubiera o para patentizar la flaqueza del esfuerzo hecho, el punto fatal: una descripción, no se sabe por qué, incompleta, unos versos cuyo comienzo no se llevó al índice, una localización errónea" (pp. 227-228).

Cierra el volumen la reproducción del casi centenar y medio de páginas que el extremeño  puso como Introducción al ya mítico  Diccionario bibliográfico de pliegos sueltos poéticos (siglo XVI), publicado el mismo año de su muerte (1970),  obra que más tarde completarían, actualizándola,  Víctor Infantes y Arthur Askins (Editorial Castalia y Editora Regional de Extremadura, 1977).


Antonio Rodríguez-Moñino, Estudios y ensayos de literatura hispánica de los Siglos de Oro. Edición a cargo de Víctor Infantes. Cáceres, Genueve Ediciones, 2012.


 

107. FELICES E INOCENTES
Manuel Pecellín Lancharro

Nacido en Navalmoral de la Mata (1943) y formado en el seminario de Plasencia, donde estudió Humanidades y Filosofía, Jiménez marchó joven a Madrid, donde ha trabajado como administrativo de  banca hasta su jubilación.  Hizo también Solfeo y Piano en el Conservatorio madrileño, siendo la música una constante ent oda su creación poética. Tiene publicadas las obras La luz bajo el celemín (1978), Cáceres o la piedra y otras soledades(1981), Descripción de un paisaje (Premio de Poesía Ciudad de Badajoz, 1982), El hombre me concierne (Premio de Poesía Ciudad de Toledo,  1985), Destiempos y moradas (Premio de Poesía Ciudad de Irún 1987), La voz de la ceniza (2004), Prosas para habitar la noche (2005) y Figuraciones (Premio Tardor, 2012).En  Deducida materia vuelve a los territorios de la infancia, con ese aire melancólico de quien evoca tiempos originarios, cuando aún era posible la inocencia. Refugiándose en los acarreos de la memoria, evocará nostálgicamente, ayudándose acaso de alguna añosa fotografía, la vieja casa familiar, el abuelo desaparecido recién iniciadas las vacaciones estivales, aquel amor de adolescencia. Entre los que le faltan, un recuerdo conmovedor para su hermano Antonio, el catedrático de Filosofía experto en Krausismo, que también se marchó inesperadamente un verano. No faltarán versos de denuncia políticosocial, aunque se enuncie ésta de modo solapado, como "Variaciones" (pp. 38-41), extenso poema de idudable connotación antifranquista.

Jiménez  prefiere las composiciones de amplio aliento, en las que  gusta utilizar recursos musicales, con clara preferencia por el ritornello, el pizzicato, la reiteración del leit-motiv, las variaciones insistentes  y otros similares. En ocasiones funde los géneros con atractiva "versiprosa", como la dedicada (pp.46-48) a  Aayat Al-Qormozi, la joven mulsumana torturada por  escribir unos versos supuestamente revolucionarios.

El poeta ama los neologismos y las imágenes que se nutren en la mitología clásica. Incide una y otra vez en términos aptos para sugerir el contrapunto de lo habitual, lo contrario del tópico (v.c., "desamor", "deshabitación", "desmemoria"),  creando, si no encuentra la palabra, constructos homólogos, como "no palabra", "no lugar", "lo vivido malvivido", "el no soñado",  "malpaís" y otros similares). Ocasionalmente, como en "Obstinación de Lázaro" (pp.13-15) no le importa recurrir al habla dialectal para un mejor enmarque del protagonista.

Este solitario que duda y añora, deseoso de dormir por si acontece el ángel, crítico y desencantando (no del todo), que abomina de los poetas y sigue uncido al verso, conoce bien las claves para seducir al lector  y no soltarlo hasta el último hemistiquio.

Pablo Jiménez, Deducida materia. Madrid, Beturia, 2013


 

107. YO HEMINGWAY
Manuel Pecellín Lancharro

Ernest Hemingway (Oak Park, 1899-Katchum, 1961) ha sido uno de los escritores contemporáneos  con mayor reconocimiento, aunque no le han faltado críticos implacables.  Galardones como el Pulitzer y el Nobel,  obtenidos poco antes del escopetazo último, incrementarían la popularidad  de quien llevaba decenios en la cresta de la ola. Pocos autores más mediáticos que el novelista estadounidense, cuya fama se ocupó él mismo de  mantener por múltiples medios.  Al éxito  justificable  de Adiós a las armas, Fiesta, Por quién doblan las campanas o el escalofriante El viejo y el mar  y muchos de sus cuentos (más las versiones cinematográficas de los mismos), hay que añadir otros factores mediáticos:  la amistad proclamada  de Hemingway , no exenta de fricciones, con  célebres  colegas (Fitzgerald, Gertrude Stein,  Dos Passos, Faulkner, Ezra Pound, Joyce) , astros del celuloide (Gary Cooper, Marlene Dietrich, Ava Gardner)  toreros (Nicanor Villalta, Antonio Ordóñez, Dominguín) ; sus hazañas bélicas, venatorias , sanferminescas  e incluso eróticas y etílicas, aireadas en los grandes periódicos y hasta el apoyo por él prestado a la II República española,  el régimen stalinista, la Resistencia francesa  y la revolución cubana  - al menos, antes de negarse a seguir siendo el clásico “compañero de viaje” - ,  elevaron su  celebridad  a límites increíbles.

Antonio Civantos (Trujillo, 1949) figura seguramente  entre los lectores más  tenaces de todo Hemingway y de cuanto sobre éste se ha  escrito. Autor experimentado (suyas son las obras La cocina sentimental, Ciro Blume.., La luz afilada de los diamantes, Quappi de rosa, Mientras la noche termina, Hotel París, El asesino de Venecia), columnista de la agencia Fax Press, ABC y otros,  impresiona la extraordinaria cantidad de conocimientos que maneja  un  acervo de saberes imposible de acumular sino tras muchas décadas de dedicación. Pero lo que habría podido convertirse en sesuda tesis doctoral  o ingente volumen  de investigaciones plurales, pasa a ser  obra de creación merced a la fantasía del novelista  trujillano. Su texto  nace  y se estructura como  el conjunto de confesiones que el propio Hemingway  va realizando al autor, sometido al papel de simple notario, a lo largo de una noche, tiempo suficiente para repasar  la vida entera del único protagonista. Personaje poliédrico, contradictorio, misógino, donjuanesco, maníaco depresivo, gorrón, celoso, solidario,  valiente, bisexual , ahora más lúcido  y mejor informado que durante su estancia en la tierra, irá desgranando en primera persona toda su trama existencia, con las inhibiciones y desgarrones lingüísticos habituales en su discurso coloquial . Es el recurso utilizado por el novelista para referir  las circunstancias familiares, culturales  sociopolíticas que conformaron la  personalidad de aquel creador  tan irreverente como iconoclasta.  Otros dos puntos serán así abordados al socaire de la supuesta confesión: la diagénesis de cada una de las obras de Hemingway, póstumas incluidas, y  el análisis de los defectos que los críticos literarios, algunos realmente feroces, han lanzado contra las mismas.

Según cabía esperar, dadas las relaciones de Hemingway con nuestro país,  sobresalen las páginas que se dedican a España y muy especialmente a dos temas: el mundo de los toros y la guerra civil, sobre todo el Madrid sitiado. Sin duda, son bastante más polémicas las opiniones que  en torno a los orígenes, desarrollo  y resolución de la tragedia 1936-1939 el novelista pone en boca del  suicida declarante,  regresado de ultratumba ya converso, arrepentido  de no pocas actuaciones  y con las ventajas que da conocer  a posteriori  las consecuencias históricas. (Lo mismo vale decir sobre su visión “actual” de la Rusia soviética o la Cuba castrista, si bien más fáciles de compartir en ambos casos).

Novela con excelente ritmo y rica prosa, bien estructurada,  es una auténtica lección de literatura.


Antonio Civantos, Yo, Hemingway. Confesiones desde el otro lado. Barcelona, Laertes Ediciones , 2012


 

106. SABIDURÍA POPULAR
Manuel Pecellín Lancharro

Juan de Mal Lara (Sevilla, 1525 c.- 1571) es otro de los no bien conocidos escritores en los que tanto abunda el Renacimiento hispano. Entre  las muchas obras que dio a luz este coetáneo de Arias Montano, perdidas casi todas, sobresale la publicada en la capital del Betis –la ciudad española con mayor dinamismo de la época – el año 1568, con el curioso título de “La Philosophia vulgar”. Aquel volumen, anunciado como la primera parte de una obra que nunca se completó, contenía nada menos que mil refranes, con las correspondientes glosas  o explicaciones, no pocas muy extensas, de cada uno. El interés del autor por ellos estribaba en que, según el inquieto andaluz,  españolísimo, misógino y antisemita confeso,  estas fórmulas expresivas, de fácil recordación, constituyen el fruto de la sabiduría popular, un saber excelente, equiparable a los mejores productos de la filosofía clásica.

Sin embargo, eran sólo la décima parte de la enorme cosecha reunida por Mal Lara desde que, estudiante en la universidad salmantina, se aficionase al mundo de la paremiología sin duda incitado por su maestro,  el Comendador Hernán Núñez, quien había dado a imprenta  el libro Romances o proverbios en romance. Con sus glosas…, que el sevillano seguirá muy cerca.  Adagios, dictados tópicos,  proverbios, expresiones populares,  citas  grecolatinas, refranes estrictamente dichos constituyen un patrimonio de incalculable valor, pese a la humildad con que se presentan, sostuvo Mal Lara.

Ahora bien, la gran figura que admiran  todos los atraídos por ellos fue Erasmo de Rotterdam, el gran teórico de esta modalidad literaria. La presencia del humanista holandés es bien perceptible en las páginas del andaluz, lo que ha bastado para distinguirle como uno de los seguidores españoles del flamenco. Así ha venido haciéndose, sobre todo tras los estudios de Marcel Bataillon y Américo Castro.

Lo niegan rotundamente los responsables de esta nueva edición, Inoria Pepe Sarno y José-María Reyes Cano, orgullosos de haber dado la primera realmente crítica, depurada y completa tras la princeps. Según ellos, Mal Lara fue solo un erasmista metodológico, pues  indudablemente siguió el tratamiento que a los refranes daba el de Rotterdam, pero en modo alguno se adscribe a las tesis reformadoras del mismo, sino más bien a la Contrarreforma proyectada por  Trento. Como rechazan (Bernal Rodríguez, 1982, y otros) a quienes insisten en los problemas de Mal Lara con la Inquisición española. Su admiración hacia procesados como Constantino de la Fuente, así como la denuncia de los vicios clericales, los abusos de los poderosos, la escasez económica de los humildes,  la inútil frivolidad de los nobles ante la hambruna del pueblo (“vergüenza grande de señores que crían grandes exércitos de galgos, podencos, sabuesos, açores, girifaltes, rocines caçadores, bestias de mil maneras, pág. 527),  la crueldad de la fiesta de toros,  etc., aparecen a menudo en estas glosas.  De no atribuirlo a la influencia de Erasmo, habría que apelar – y aquí no se hace- al peso de los teólogos españoles pretidentinos empeñados en una reforma de la Iglesia católica antes de la ruptura luterana.

Por lo demás,  la labor de Inoria Pepe y José-María Sarno, sostenida durante un lustro infatigable, es digna del máximo aprecio. Baste recordar las casi cinco mil notas a pie de página que han puesto al volumen, junto con los índices añadidos. Facilitan así la localización de las fuentes, aclarar la multitud de referencias, entender en suma un texto tan rico como el de Mal Lara. Pese a todo, se deslizan algunos lapsus, erratas o errores, tales como confundir  “dechados” por “dictados“ (pág, 50), “acerbo” con “acervo” (pág. 58), “estraer” por “extraer” (pág. 99), “cuañada” por “acuñada” (pág. 171) y otros similares, inducidos tal vez por el trato con la ortografía original del texto. Son lunares mínimo que no empecen la importancia de una obra interesantísima desde el punto de vista literario, lingüístico, histórico,  filosófico y etnográfico.

Juan de Mal  Lara, La Philophia vulgar. Madrid, Cátedra, 2013.


 

105. MATRIZ DESPOSEÍDA
Manuel Pecellín Lancharro

Es  muy de agradecer una Antología como ésta, tan oportuna para calibrar por dónde discurren las últimas voces de la poesía en Extremadura, según reza el  subtítulo. Se mantiene  el ya habitual  sintagma locativo, que permite eludir otras connotaciones, aunque de los autores seleccionados, nacidos todos en la región, la mitad viven fuera  -"matriz desposeída"-  (más o menos, como ocurre con los naturales de esta  Comunidad, otra vez en trance de diáspora por culpa de la crisis).

La selección corre a cargo de dos solventes profesores: Mario Martín Gijón (Villanueva de la Serena, 1979), que enseña en la Universidad de Extremadura, y Rafael Morales Barba (Madrid, 1958), que lo hace en la Autónoma madrileña. Ambos cuentan con importantes obras de creación y de investigación

El libro ofrece un estudio preliminar donde se señalan los rasgos característicos de cada poeta; y, claro está, los versos que a cada uno de ellos representan, precedidos de un breve apunte biobibliográfico. Los doce nacieron después de 1970, año que funciona como umbral diferencial, un poco caprichosamente, pero algún término había que decidir.   Casi todos son  licenciados en Filología. Según los antólogos, otro rasgo distinttivo de todos ellos es que continúan situándose preferentemente en un modelo de poesía reflexiva y de indagación del lenguaje, a tono con lo que hicieran  sus paisanos de la generación anterio  (Ángel Campos Pámpano,, Álvaro Valverde, Santos Domínguez, Adala Salas, Basilio Sánchez, Diego Doncel, Antonio Méndez Rubio y, algo más distantes, Pureza Canelo y José Antonio Zambrano),  cuyo trato, amistad r y magisterio reconocen.. En estos creadores, hoy en torno a la cuarentena, "sigue dominando una preocupación por el lenguaje vertido hacia lo esencial y fragmentario, con ocasionales derivas postmodernas hacia el aforismo o el juego conceptual" (pág. 8).

Los poetas aquí antologados son : Javier Rodríguez Marcos (Nuñomoral, 1970), residente en Madrid, donde trabaja como redactor de cultura del diario El Pais.  José Antonio Llera (Badajoz, 1971), profesor de la Universidad Complutense.  José María Cumbreño (Cáceres, 1972), profesor en un Instituto de Mérida. Antonio Reseco, nacido en Villanueva de la Resena (1973), donde reside y dirige la editorial Littera Libros. Daniel Casado Porras (Trujillo, 1955). Mario Lourteau (Torrejoncillo, 1976), profesor de Inglés en el Colegio Español de Rabat. Elena García de Paredes (Don Benito, 1976), profesora de enseñanza secundaria y la única mujer aquí presente. Julio César Galán (Cácrees, 1978), lector en la Universidad de Argel. José Manuel Díez (Zafra, 1978), intérprete en el grupo musical "El desván del duende"; Álex Chico (Plasencia, 1980), profesor en un instituto de Prat. Luis Darío (Badajoz, 1980) y Urbano Pérez Sánchez (Hervás, 1981), cuyas profesiones no se indican. Si es cierto que no están todos los buenos  poetas extremeños, lo son todos los que están. Con eso basta.


Martín Gijón, Mario y Morales Barba, Rafael, Matriz desposeída. Cáceres, Diputación, 2013.


 

104. LA MESTA EN LA HISTORIA DE EXTREMADURA
Manuel Pecellín Lancharro

Natural de Bélmez (1941), Estepa  reside desde 1973 en Badajoz, a cuyo Batallón de Ingenieros vino destinado.  Aparte sus labores profesionales y docentes, se interesó   por la historia de La Mesta, estudios  a los se ha dedicado con tenacidad a partir de 1982.  A la misma dedicó los libros Las grandes cañadas extremeñas (2001) y La rebeldía del Corregidor de Badajoz, Don Diego de Zúñiga  (2007), aparecidos ambos en Universitas Editorial Más ambicioso es este nuevo trabajo,  que  repasa la historia de las relaciones entre la poderosa sociedad de ganaderos trashumante con Extremadura, hasta donde traerían cada otoño la mayoría de sus rebaños merinos para llevárselos a los pastos del norte con la proximidad del verano.  Así  se hizo, siguiendo una práctica procedente de la antigüedad, a lo largo de  los seis siglos que duró aquella Hermandad de pastores, nacida en el siglo XIII y definitivamente abolida el año 1836. Demasiado tiempo como para establecer tesis monolíticas  o maniqueas sobre lo que supusieron sus actividades, privilegiadas de forma sistemática por la Corona, para los territorios ocupados. Contra lo que fue la tesis más extendida en la región, sobre todo a partir del famoso pleito que Vicente Paíno , apoyado por Campomanes, sostuvo en nombre de la provincia de Extremadura (s. XVIII)  frente a la Mesta,  acusándola de los males socioeconómicos aquí padecidos y pidiendo al Rey  su disolución, el autor sostiene  lo contrario: la trashumancia organizada fue mucho más beneficiosa que dañina. Permitió aprovechar  terrenos improductivos para otras labores;  abrió y mantuvo una formidable red de cañadas, puentes, abrevaderos, etc.; enseñó técnicas para mejorar  la ganadería y el negocio de las lanas; fomentó  la compraventa de otros productos (quesos, cueros, medicinas, ropas); enriqueció el patrimonio etnográfico y colaboró con cuanto pechaba a las diferentes poblaciones en el desarrollo de las mismas. Sirviéndose de documentación localizada en archivos (Histórico Nacional de Madrid, Simanca y Toledo;  R. Academia de la Historia; Obispados de El Burgo de Osma y Badajoz; Catedral pacense; Ayuntamiento  e Histórico Provincial de Badajoz), Estepa busca demostrar las buenas relaciones sostenidas entre mesteños y naturales, con beneficio mutuo, pese a los numerosos enfrentamientos surgidos por razones varias.

Para mejor comprender esta historia, sin duda dialéctica, el investigador dedica no pocas páginas a mostrar  la compleja estructura de la organización mesteña, con las cuatro diferentes “cuadrillas” (las de Soria,  Cuenca, Segovia y León);  sus normas de funcionamiento y conducta;   modos de impartir y recabar justicia; número de los animales  que llegó a poseer (casi cinco millones);  importancia para la economía nacional  y  cómo procuró ir adaptándose, sin perder de vista los intereses propios, a los cambios ineludibles. Y ello sin que falten generosos apuntes de historia para contextualizarlo debidamente. Concluye exculpando a La Mesta, pues, según contraargumentaban  sus propios jueces  a  Paíno,  “el problema extremeño tenía sus raíces en el interior de Extremadura” (pág . 183). Fueron las oligarquías locales, más los grandes terratenientes absentistas,  quienes más lucharon para impedir una reforma agraria capaz de proporcionar a los pobres terrenos de cultivo.  Por lo demás,  prefirieron  siempre ser  cómodos rentistas en inmensos latifundios antes que empresarios emprendedores.  Prueba  es que “una vez desaparecida la organización trashumante, las carencias estructurales endémicas y la postración socioeconómica de la región continuaron hasta bien pasada la mitad del siglo XX”. Casi la mitad del libro lo constituyen los apéndices, que recogen, total o parcialmente,  importantes documentos.  Destacan las disposiciones de los Reyes Católicos (máximos protectores de los mesteños); los pleitos contra las ciudades de Mérida y Badajoz, que requisaban (1509)  a los trashumantes toros para las capeas;  las lites de Cáceres p en defensa  de sus montes;  la r nómina  de cuantos componían el archivo mesteño de Villanueva de la Serena (hoy, en el Histórico Nacional) y  todos los  relacionados con el origen, desarrollo y resolución del célebre “Memorial Ajustado” entre la Mesta y la ciudades extremeñas (1783).

Juan Estepa García, La Mesta en la Historia de Extremadura. Badajoz, autoedición, 2012.


 

103. AMANATES EN EL TIEMPO DE LA INFAMIA
Manuel Pecellín Lancharro

Diego Doncel  (Malpartida, Cáceres, 1964), profesor de literatura española, se dio a conocer como poeta, irrumpiendo con El único umbral, que fue Premio Adonais 1990. A este poemario  le siguieron Una sombra que pasa  (1996), En ningún paraíso (Premio Gil de Biedma 2005) y Porno ficción (Premio Ciudad de Burgo, 2010).  Doncel, que también ha ejercido la crítica literaria en distintos medios de alcance nacional y fue cofundador de la ya mítica Espacio/Espaço Escrito, parece en los tiempos últimos más inclinado a la novela. Suyas son El ángulo  de los secretos femeninos y Mujeres que dicen adiós con la mano.   Amantes en los tiempos del cólera fue galardonada con el Premio Café Gijón 2012, en cuyo jurado  figuraban Rosa Regás,  Mercedes Monmany, Marcos Giralt Torrente, José María Guelbenzu y Antonio Colinas.  Este último ha confesado que uno de los mayores atractivos de la obra es el cuidadoso tratamiento del  lenguaje, fenómeno habitual  en los poetas que se deciden por  la prosa.

Otro rasgo perceptible desde el inicio  en la novela es el que el mismo autor gusta destacar como  nota  ineludible de la  narrativa contemporánea: lo que tradicionalmente se llamaba “compromiso”,  opuesta  al “arte por el arte”, sin que eso suponga en modo alguno merma de la calidad estilística exigible a toda obra de creación. Justamente los estudiosos señalan que buena parte de los novelistas actuales se ocupan en sus obras de la crisis generalizada  (política, económica,  ética y estética) donde nos hemos visto inmerso durante los años últimos.  La novela de Diego Doncel se retrotrae a otros no menos difíciles,   finales de los treinta  del pasado siglo. Para entonces, nazis , fascistas y estalinistas dominaban  la mayor parte de Europa, forzando sutil o imperativamente no sólo a sus secuaces, más o menos convictos y confesos, sino incluso a cineastas, escritores,   bailarines,  músicos, pintores,  empresarios, arquitectos, médicos m, matemáticos, físicos, químicos, etc. para que silenciasen cualquier crítica al Poder y hasta lo sirvieran como cómplices nada inocentes. Ya se encargarían las terribles maquinarias (Gestapo, KGB and Cía) de eliminar cualquier posible disidencia.

Es la época elegida por Diego Doncel para ambientar su relato. Protagonista del mismo son dos jóvenes  que van a vivir una intensa historia de amor, triunfante pese a cuanto les tocará sufrir: Maríe Gisèle, primera figura del Ballet de la Ópera de  París, y Robert Hesse, un importante científico alemán relacionado con los terribles  experimentos  del Tercer Reich, pronto  consciente y  opuesto a   conseguir  a cualquier coste la pureza de la raza aria.  El autor, que se ha documentado muy cumplidamente sobre aquel tiempo infame,  describe y denuncia  las barbaridades de la guerra química,  manipulaciones genéticas, biomedicina sin escrúpulos   y demás vesanias  cometidas en campos de concentración especializados. Ambos amantes  se verán envueltos en un torbellino, a menudo mortal,  que agitan tanto los  agentes  hitlerianos como los servicios secretos de las potencias aliadas, deseosos de conducir hasta sus países a los grandes investigadores de la penicilina, el átomo o los genes.  Al fondo de la obra resuenan los tambores de la guerra civil española y los de la contienda mundial inminente.

Doncel  se propuso un texto de fácil de lectura, con notables juegos gráficos, estructurado de forma cinematográfica en rápidos sketch,  piezas de un puzle por los que transitan rápidos los personajes comprometidos en la acción,  históricos  unos, entes de ficción otros. Entre los primeros, se localizan con facilidad toda una serie de grandes de la época: Sartre, Breton, Saint-Exupéry, Malraux, Picasso,  Alexis Carrel, Simone de Beauvoir,  Ehrenburg, , Gide, etc. Por no decir Hitler, Göring, Himmler, Mussolini o August Hirt, el profesor de anatomía  y oficial de las SS, tristemente famoso por sus  criminales experimentos  en Naztweiler. (Uno de los capítulos de la obra lleva el nombre de tan horroroso  lugar).  Sólo en el Norte de África , temporalmente al  margen de  los conflictos, encontrarán Gisèle y Robert, tras vicisitudes miles, el lugar para vivir sin opresiones.

Diego Doncel, Amantes en el tiempo de la infamia. Siruela, Madrid, 2013.


 

102. LAS RAZONES ÉTICAS DEL REALISMO
Manuel Pecellín Lancharro

Entre las muchas empresas culturales alentadas por D.Antonio Rodríguez-Moñino, infatigable incluso en los periodos más difíciles de su vida, figura la creación de la Revista Española. Pese al poco tiempo de recorrido que tuvo (1953-54), esta publicación fue fundamental para infundir nuevos aires a la literatura española de la época. José Jurado Morales, profesor de la Universidad de Cádiz, realiza un minucioso estudio de los seis números aparecidos. Como es de justicia, comienza con el reconocimiento de las gestiones realizadas por el gran bibliófilo extremeño, a quien dedica el primer capítulo del volumen. Lo escribe sirviéndose fundamentalmente del monográfico que le dedicase la Revista de Estudios Extremeños (1968-III) y de la biografía compuesta por Rafael Rodríguez-Moñino (La vida y la obra del bibliófilo y bibliógrafo extremeño D. Antonio Rodríguez Moñino. Madrid/Mérida, Beturia/ERE, 2000).

Según la sinopsis editorial, "Las razones éticas del realismo tiene por objeto primero la reconstrucción de la corta vida de Revista Española, una publicación alentada por Antonio Rodríguez-Moñino entre 1953 y 1954 y dirigida por Ignacio Aldecoa, Alfonso Sastre y Rafael Sánchez Ferlosio en la que se da cita buena parte del llamado grupo madrileño de narradores del medio siglo: Carmen Martín Gaite, Josefina Rodríguez, José María de Quinto, Medardo Fraile, además de los citados responsables y otros más tan notorios como Carlos Edmundo de Ory, Juan Benet, Manuel Sacristán o José Luis Castillo Puche. En este sentido, se analizan sus contenidos (cuentos, piezas teatrales, ensayos y críticas) de acuerdo con la situación histórica y las tendencias literarias del primer lustro de los años cincuenta a fin de alcanzar algunas conclusiones que permitan valorar su aportación al conjunto de la literatura y la cultura españolas de posguerra. Entre ellas, hay dos notas que resaltan: su acogida del neorrealismo y su apuesta por el cuento. No obstante, este libro pretende ir más allá, de modo que, sobre la base de ese análisis textual, se indaga en el perfil ideológico de los que alientan la revista y en el marco sociológico y cultural de su tiempo con el propósito último de plantear las razones éticas que llevan a los escritores del medio siglo a cultivar una escritura de signo realista y testimonial que logre dar salida a la desazón que les produce la situación política que comparten. En consecuencia, este estudio puede ayudar a completar el conocimiento de la literatura española de posguerra y, en particular, de los cambios que se ponen en marcha en los años cincuenta".

Jurado Morales, José: Las razones éticas del realismo. Revista Española (1953-1954) en la literatura del Medio Siglo. Sevilla, Renacimiento, 2012.


 

101. LA MESTA EN EXTREMADURA
Manuel Pecellín Lancharro

Natural de Bélmez (1941), Estepa reside desde 1973 en Badajoz, a cuyo Batallón de Ingenieros vino destinado. Aparte sus labores profesionales y docentes, se interesó por la historia de La Mesta, estudios a los que se ha dedicado con tenacidad a partir de 1982. A la misma dedicó los libros Las grandes cañadas extremeñas (2001) y La rebeldía del Corregidor de Badajoz, Don Diego de Zúñiga (2007), aparecidos ambos en Universitas Editorial. Más ambicioso es este nuevo trabajo, que repasa la historia de las relaciones entre la poderosa sociedad de ganaderos trashumante con Extremadura, hasta donde traerían cada otoño la mayoría de sus rebaños merinos para llevárselos a los pastos del norte con la proximidad del verano. Así se hizo, siguiendo una práctica procedente de la antigüedad, a lo largo de los seis siglos que duró aquella Hermandad de pastores, nacida en el siglo XIII y definitivamente abolida el año 1836. Demasiado tiempo como para establecer tesis monolíticas o maniqueas sobre lo que supusieron sus actividades, privilegiadas de forma sistemática por la Corona, para los territorios ocupados. Contra lo que fue la tesis más extendida en la región, sobre todo a partir del famoso pleito que Vicente Paíno , apoyado por Campomanes, sostuvo en nombre de la provincia de Extremadura (s. XVIII) frente a la Mesta, acusándola de los males socioeconómicos aquí padecidos y pidiendo al Rey su disolución, el autor sostiene lo contrario: la trashumancia organizada fue mucho más beneficiosa que dañina. Permitió aprovechar terrenos improductivos para otras labores; abrió y mantuvo una formidable red de cañadas, puentes, abrevaderos, etc.; enseñó técnicas para mejorar la ganadería y el negocio de las lanas ; fomentó la compraventa de otros productos (quesos, cueros, medicinas , ropas); enriqueció el patrimonio etnográfico y colaboró con cuanto pechaba a las diferentes poblaciones en el desarrollo de las mismas. Sirviéndose de documentación localizada en archivos (Histórico Nacional de Madrid, Simanca y Toledo; R. Academia de la Historia; Obispados de El Burgo de Osma y Badajoz; Catedral pacense; Ayuntamiento e Histórico Provincial de Badajoz), Estepa busca demostrar las buenas relaciones sostenidas entre mesteños y naturales, con beneficio mutuo, pese a los numerosos enfrentamientos surgidos por razones varias Para mejor comprender esta historia, sin duda dialéctica, e investigador dedica no pocas páginas a mostrar la compleja estructura de la organización mesteña, con las cuatro diferentes “cuadrillas” (las de Soria, Cuenca, Segovia y León); sus normas de funcionamiento y conducta; modos de impartir y recabar justicia; número de los animales que llegó a poseer (casi cinco millones); importancia para la economía nacional y cómo procuró ir adaptándose, sin  perder de vista los intereses propios, a los cambios ineludibles. Y ello sin que falten generosos apuntes de historia para contextualizarlo debidamente. Concluye exculpando a La Mesta, pues, según contraargumentaban sus propios jueces a Paíno, “el problema extremeño tenía sus raíces en el interior de Extremadura” (pág . 183). Fueron las oligarquías locales, más los grandes terratenientes absentistas, quienes más lucharon para impedir una reforma  agraria capaz de proporcionar a los pobres terrenos de cultivo. Por lo demás, prefirieron siempre ser cómodos rentistas en inmensos latifundios
antes que empresarios emprendedores. Prueba es que “una vez desaparecida la organización trashumante, las carencias estructurales endémicas y la postración socioeconómica de la región continuaron hasta bien pasada la mitad del siglo XX”. Casi la mitad del libro lo constituyen los apéndices, que recogen, total o parcialmente, importantes documentos. Destacan las disposiciones de los Reyes Católicos (máximos protectores de los mesteños); los pleitos contra las ciudades de Mérida y Badajoz, que requisaban (1509) a los trashumantes toros para las capeas; las lites de Cáceres p en defensa de sus montes; la nómina de cuantos componían el archivo mesteño de Villanueva de la Serena (hoy, en el Histórico Nacional) y todos los relacionados con el origen, desarrollo y resolución del célebre “Memorial Ajustado” entre la Mesta y la ciudades extremeñas (1783).

Juan Estepa García, La Mesta en la Historia de Extremadura. Badajoz, autoedición, 2012.


 

100. ¿LEYENDA O REALIDAD?
Manuel Pecellín Lancharro

Tres rasgos concurren en el autor de esta obra, sobre cuya influencia en la misma no caben dudas. Agustín Muñoz Sanz dirige la Unidad de Patología Infecciosa del Hospital Infanta Cristina de Badajoz y es profesor de Patología Infecciosa en la Facultad de Medicina de la Universidad extremeña. Tiene, pues, acreditados conocimientos, y así se percibe a lo largo de todas las páginas, para abordar el asunto clave: el papel que las enfermedades contagiosas desarrollarían en el Nuevo Mundo durante el periodo acotado por el título. De otra parte, cuenta con una extensa producción literaria, donde figuran novelas (O Yacoy, 1994; Venturas y desventuras de un pícaro sueco, 1997; Aunque soberanos los empeños, 2000), relatos (La Dehesa de los Bidasoa, 1992), libros de viaje (En busca de Ítaca: un periplo de conocimiento interior, 1992), memorias (Diario de invierno, 2003), cuentos (Cuentos extremeños de hoy, 1994) y ensayos (Los hospitales docentes de Guadalupe…). Finalmente, es un conocido articulista (HOY, El Periódico de Extremadura , ABC, El Mundo, Tiempo, La Gazetilla de la UBEx), órganos de expresión en los que no rehúye abordar galanamente, con independencia y buenas razones, los asuntos más polémicos.

Así lo hace aquí, enfrentándose a uno de los puntos básicos que constituyen la famosa “leyenda negra” levantada durante el XVI contra el Imperio español por sus poderosos enemigos: el cataclismo demográfico, con enormes pérdidas – a veces absoluta- de la población indígena en los territorios del Nuevo Mundo descubiertos, colonizados y evangelizados por los españoles sería achacable fundamentalmente a los malos tratos que impusieron a los indios. La cruz y la espada, ayuntándose contra aquellos benditos, tan felices antes de Colón, no sólo los explotaron inmisericordemente, sino que terminarían exterminándolos. Textos como la Brevíssima relación de la destruyción de las Indias, de Las Casas, o las terribles imágenes que grabó De Bry, difundieron por doquier la versión del genocidio.

Muñoz Sanz, que insiste en definir su obra como un ensayo, reconociendo la complejidad del fenómeno y la falta de datos definitivos (pese a las aportaciones de los estudios genéticos actuales), se adscribe a los defensores de otras teorías. Acepta la realidad del terrible mazazo demográfico, aunque reconoce que aún no es posible cuantificar el número de habitantes en los diferentes territorios a la llegada de los españoles. Y no discute las crueldades cometidas por éstos, en línea con las acusaciones lascasianas, si bien recuerda que también hubo leyes reales protectoras de los Indios (otra cosa es como se aplicaban) y no poco defensores de los pueblos conquistados. Incluso se hace eco de auténticas calumnias, como decir que el P. Francisco de Vitoria llegó a dudar de que los Indios tenían alma. Ahora bien, fueron las enfermedades infecciosas las que muy rápidamente contagiarían a los naturales, carentes de factores de inmunidad, acabando de modo masivo con ellos. Pudieron conjugarse de modo coyuntural otros elementos destructivos, materiales o psicológicos (volcanes, terremotos, sequías, hambrunas, alcoholismo, suicidios colectivos), pero la causa de tantos millones de muertes hay que imputárselas sobre todo a la gripe, la viruela, el sarampión, la peste, el tifus o el paludismo. Estos males, cuya sintomatología, curso y propagación se van describiendo minuciosamente, llegaron al Nuevo Mundo, donde eran desconocidos, en los reservorios que suponían los hombres y animales (cerdos y aves de forma especial) llegados a terrenos hasta entonces vírgenes y sin defensa contra dichos azotes, rompiendo con facilidad la “barrera de especies” y generando la catástrofe ecológica. Se recuerda que ni los esclavos negros, ni los mismos españoles, mejor inmunizados, las sufrieron de igual forma, como tampoco se produjo ese desastre ecológico en las Filipinas.
Fueron los virus, no las armas, los culpables de aquel choque brutal y devastador, sostiene el ensayista, aunque acepta que el debate sigue abierto. Él, según hiciese su admirado José de Acosta en la Historia natural y moral de las Indias, se conforma con haber contribuido críticamente a enriquecer la comprensión de la misma e interesar a futuros estudiosos. Creo que lo consigue con amplitud.

Agustín Muñoz Sanz, La leyenda negra. Historia natural y moral de una catástrofe ecológica (1492-1592). Mérida, ERE, 2012


 

99. PAX ET EMERITA
Manuel Pecellín Lancharro

Medio millar de páginas tiene este número 8 de la Revista de Teología y Humanidades que cada año edita la archidiócesis Mérida-Badajoz. Recogen una amplia docena de artículos pertenecientes a las secciones de teología, pastoral, catequética, patrimonio cultural, filosofía, música, arqueología, historia y recuperación bibliográfica. Abre con un amplio estudio de Luis García Iglesias, tan documentado y original como todos los suyos. El excatedrático de Autónoma madrileña y académico de la R. de Extremadura, ofrece una aproximación a la Cristología que Ignacio de Loyola desarrollara en sus famosos Ejercicios Espirituales. Pero quizá lo más interesante (y discutible) del extenso artículo sea la digresión que, como apéndice, el sabio estudioso suscribe sobre la Teología de la Liberación, sin duda porque ha sido cultivada por notables Jesuitas, v.c. los conocidos PP. Ignacio Ellacuría o Jon Sobrino. García Iglesias se opone con rotundidad a sus tesis. Como lo hace frente a las de Marx y las concreciones sociopolíticas de sus seguidores – partidos políticos, sindicatos o gobiernos – , de las que, según Iglesias, no se ha derivado nada realmente positivo. El director de la Revista, miembro también de la Academia de Extremadura, suscribe dos trabajos. En el primero analiza la función primordialmente evangelizadora que los bienes eclesiásticos deben cumplir. Tan rico patrimonio, formado a través de una presencia mantenida en lugares múltiples durante siglo, debería servir ante todo para el progreso del mundo al que la Iglesia predica el reino de Dios. (En esa línea discurre también el estudio de Andrés Oyola, catedrático de Latín y académico correspondiente, sobre las piezas, aquí reproducidas, mostradas en la exposición que la parroquia de Segura organizase el año 2005). Constituyen la segunda entrega de Vizuete unos interesantísimos apuntes sobre Lorenzo Suárez de Figueroa, el poderoso caballero renacentista cuya lauda orna el claustro de la catedral pacense, y su mujer, la noble Isabel de Aguilar. El autor corrige las numerosas imprecisiones deslizadas en torno a los miembros de esta familia (a la que perteneció Garcilaso de la Vega). Antonio Gallego, catedrático del Conservatorio de Madrid, miembro de las Academias de San Fernando y de Extremadura, pulcro investigador, desarrolla una línea de trabajo muy frecuentada por él: la presencia de la música en las obras literarias. Esta vez la escudriña la Historia del famoso predicador fray Gerundio de Campazas, alias Zote, que su autor, el P. Isla, jesuita expulso, vería incluida en el índice de Libros prohibidos. Gallego ha localizado entre sus páginas un centenar de alusiones a la música (desde la antigüedad clásica y bíblica a la época moderna). El análisis de tales citas permite rastrear la historia del “arte de los sonidos” y, sobre todo, entender qué pensaba el satírico novelista sobre la música que por entonces se practicaba tanto en los lugares sacros como en los profanos. Por último, el también académico José María Álvarez Martínez, director del Museo Nacional de Arte Romano, dedica breves pero sustanciosas páginas al que en Mérida conocen como “Hornito” de Santa Eulalia, remodelado hace ahora cuatro siglos (1612). Recuerda que el Consistorio de la ciudad compró una serie de elementos arquitectónicos de origen romano , algunos de un templo dedicado a Marte , para reconstruir el oratorio erigido donde, según la tradición, habría sido quemada Santa Eulalia. Realiza después un fino análisis de la construcción, con su célebre (aunque poco informativo) epígrafe: “Estas piedras de mármol se hallaron labradas de las ruinas de la ciudad”. Por último, recordaré que se reproducen facsímiles cuatro folletos del siglo XVII sobre la guerra hispanolusa (1640-16668), conservados en la rica biblioteca del Seminario de San Atón. Tres están en portugués. Impresos en Lisboa los años 1641, 1642 y 1661, respectivamente, informan sobre distintas acciones bélicas en los territorios rayanos (Valverde, Elvas, Villar del Rey, Badajoz). El otro, un cuadernillo de sólo cuatro páginas, que vio la luz en Sevilla, lleva este curioso título: “Relación, en que se declara la trayción que dos sargentos de diferentes naciones avian maquinado hazer en la Ciudad de Badajoz, entragando aquella Plaça y su castillo a los Portugueses el domingo 7  de abril de este año de 1652″.

Francisco Tejada Vizuete (dir.), Pax et Emerita. Badajoz, Archidiócesis Mérida-Badajoz, 2012


 

98. EL CONTRO DE LAS ÓRDENES MILITARES
Manuel Pecellín Lancharro

Profesor universitario en Sevilla, el joven Bartolomé Miranda, hasta hace bien poco presidente de la UBEx,  es uno de los investigadores más tenaces de la historia de Extremadura. Nacido en Campanario, patria chica del mayor de los bibliófilos españoles, cuyo nombre lleva, dentro de una familia donde abundan los amantes del libro, el autor de esta obra cuenta ya con numerosas publicaciones. Entre las mismas cabe recordar títulos como La Tierra de Magacela entre la Edad Media y la Modernidad (2006, 2ª), donde estudia las Ordenanzas (1499) de dicha población, célebre por su pasado islámico; Pleito por los pastos y aguas de La Serena (2003), un análisis de la situación de dicha comarca tras haber pasado (1494) el Maestrazgo de la Orden de Alcántara a los Reyes Católicos; Reprobación y persecución de las costumbres moriscas: el caso de Magacela (2005) o  El patrimonio artístico de Valencia de Alcántara (siglos XIII-XIX), compuesto junto otro de los más fecundos historiadores extremeños, Dionisio Á. Martín Nieto, curiosamente también vinculado a Campanario. Los dos son auténticas ratas de  los archivos españoles y sus labores nos han facilitado fuentes  documentales hasta ahora desconocidas o prácticamente inaccesibles.

Así ocurre con este nuevo trabajo, que dedica a la Castuera de los siglos XVI-XVII  y  ha querido intitular “radiografía histórica a través de los visitadores de la Orden de Alcántara".  Según se sabe, era costumbre que dicha  poderosa institución, como otras homólogas, enviase con frecuencia delegados a  sus respectivas poblaciones para controlarlas.  Estos “visitadores”, por lo común altamente cualificados,  se ocupaban de revisar minuciosamente la situación económica, social y espiritual  de cada sitio, advirtiendo los problemas existentes y ordenando los oportunos remedios. De lo todo lo observado  y dispuesto dejaban  relación escrita. Miranda ha conseguido localizar, y aquí se reproducen, los textos de dos “visitas” realizadas a la villa de Castuera por Juan Vázquez de Acuña (1567) y Diego de Vera y Alburquerque (1674). De  los dos expertos “freires”, nada venales, entroncados con poderosos caballeros de la nobleza castellana, se adjunta el correspondiente estudio biográfico. Sirviéndose de lo que escribieron como testigos oculares (por desgracia, las respectivas relaciones no están del todo completas), amén de otras fuentes manuscritas localizadas en archivos privados, el autor compone la iluminadora radiografía. Su mayor interés consiste en que, pese a tratarse de un estudio local, permite transferir las oportunas consideraciones a tantos otros lugares análogos de la España barroca.

Recordemos que los visitadores de la Orden, ayudándose de diputados locales comprometidos por juramento, se informaban sobre “el modo de elección de los oficios públicos; las rentas, bienes y cuentas del concejo; la existencia y conservación de las fuentes y pocos, etc. Todo esto se ponían por escrito y, a continuación, se tomaba nota de los mandatos que el visitador consideraba oportunos para remediar o mejorar cualquier deficiencia” (pág. 32). Asentada en la enorme “Dehesa de la Serena”, donde los mesteños tenían intereses de primera magnitud, a menudo antagónicos; con ricos  bienes comunales  cuya armónica explotación generaba continuos pleitos entre diferentes instancias;  sometida a pechos, diezmos, primicias y alcabalas múltiples;  hogar de clanes poderosos y nada condescendientes ante el bien común;  con vecinos capaces de recurrir a la más fina picaresca; enfrentada a poblaciones limítrofes... Castuera  se nos va desnudando en estos atractivos pasajes, que además  proporcionan todo un banquete léxico. ¿Quién sabe hoy qué designan términos como alcofar,  alfamar,  almártaga,  alquicel  o alumbre, por reducirme al inicio del glosario que aquí se encuentra? La obra, que obtuvo el XI Premio a la Investigación de la Serena, está prologada por  Luis Corral Val, miembro del equipo de historiadores para la publicación de la Colección Diplomática Medieval de la Orden de Alcántara (Fundación San Benito de Alcántara-Universidad Complutense).


Bartolomé Miranda Díaz: La villa de Castuera (siglos XVI y XVII). Radiografía histórica a través de los visitadores de la Orden de Alcántara. Badajoz: CEDER La Serena - Diputación de Badajoz, 2013.


 

97. OESTE
Manuel Pecellín Lancharro

Pureza Canelo  (Moraleja, 1946) es una de las voces singulares del panorama poético español. Desde que, muy  joven irrumpiese en el mismo con la obtención del Adonais, sus poemarios (Celda verde, 1971;  Lugar común, 1971; El barco de agua, 1974; Habitable ,1979; Tendido verso,  1986; Moraleja, 1995; No escribir, 1999; Dulce nadie, 2008; Poética y poesía, 2008; A todo lo no amado, 2011; Cuatro poéticas, 2011) no han hecho sino afinar más cada vez  los registros de esta  extremeña apasionada al máximo con el quehacer poético.  Directora del Departamento  de Actividades Culturales de la Universidad Autónoma de Madrid  durante 1975-1983; gerente de la Fundación Gerardo Diego desde 1999; galardonada con múltiples premios (Juan Ramón Jiménez, Instituto Nacional del Libro Español, Ciudad de Salamanca, Francisco de Quevedo) y traducída a idiomas varios, Pureza Canelo sigue asombrosamente  fiel a sus raíces.

En el volumen colectivo Esfera Poesía (Badajoz, UBEx, 2009), publicado con ocasión del homenaje que le dedicara la Unión de Bibliófilos Extremeños, los numerosos colaboradores (José Luis Bernal, Guillermo Carnero, F.J. Díez  de Revenga, , Ricardo Senabre,  José María  Bermejo, Ada Salas, et alii) señalaron por unanimidad las características principales de la poesía de Canelo:  escritura como resistencia, compromiso con el lenguaje, desnudez, búsqueda de la palabra esencial, enraizamiento , rigor expresivo,  interés metalingüístico, fractura de la sintaxis,  gusto por el monólogo interior, presencia  del entorno familiar,  autocrítica permanente, humildad y apertura  a las nuevas llamadas del tiempo implacable.

Son las mismas, acaso más agudas, que se perciben en esta  última entrega, "un libro que llamo mi Oeste. Arrastro bocado perturbador y hermoso, como ese tenue acordeón que pasa por tu puerta en la madrugada y acompaña. Duermevela hace su capilla en los ángulos posibles de resurrección", según lo ha presentado la autora.  Una vez más, Canelo se pone a escribir a la sombra de Jálama, la cima con la que mantiene pacto íntimo, el faro múltiple que  ilumina su ser rural, ayudándole a ver  y decir de modo imprevisible, como nadie lo hizo hasta ahora,  la amargura de los huertos abandonados, los ardores de la siesta,   las paredes sedadas con hiedra trepadora, los simples corrales, la troje del refugio infantil, la arcilla de los cacharros domésticos, los bucles de la avena,  una higuera tullida,  el sofoco de las jaras, el rojizo alcornoque recién descorchado, los surcos que sueñan con el sembrador , el verdinal junto al puente,  y  tantos lugares  de la tierra donde se ha nacido y por  cuyos cauces la  piel del poema se hace accesible.

En esta ocasión, momento desmayado para recordar, herida por la nostalgia , la escritora cacereña, galardonada el 2008 con la Medalla de Extremadura como justo reconocimiento a su obra literaria, ha optado (no es la primera vez que lo hace)  por el poema en prosa, sin dimitir en ningún momento de la autoexigencia  expresiva que siempre se impuso.  Son textos de distinta extensión, algunos sorprendentemente concisos, como el  podría ser el que titula  "Pastos", con sólo dos líneas, repletas de connotaciones; "Adelanto del otoño, manjar de planeta: olor a paja y tierra mojadas.  Grandeza de los pastos, hermano horizonte", capaz de competir con un óleo  expresionista.  Antes habremos leído "La señal", para mí uno de los mejores prosemas, inspirado en la lucha del trillo de sílex  sobre la parva, cuando  fue  "aquella niña que desmenuzó brillos del suelo subida  a la oración dando vueltas en su oeste superlativo" (pág. 41).

Recuperación  del territorio originario - ejercicio en el que cada día nos sorprenden incluso poetas que antes parecían preferir otros horizontes -, la obra de Pureza Canelo, creada en el rojizo atardecer de humo rural y ceguera cambiante, testimonia que la naturaleza puede seguir enamorando en paralelo con nuestra propia insignificancia. Seguirá siendo así, incluso  cuando la mano de la escritora y los ojos del  conmovido lector abandonen definitivamente el pulso.

Pureza Canelo, Oeste. Valencia - Mérida: Pre-Textos y Editora Regional de Extremadura, 2013.


 

96. VOLVER A EXTREMADURA
Manuel Pecellín Lancharro

Aunque también conocido como Siglo de la  Razón, de la Revolución (francesa),  de las  Luces  y de la Enciclopedia  - denominaciones todas concomitantes -, el XVIII fue para  Europa el Siglo de la Ilustración. Nadie definió mejor este movimiento que un coetáneo entusiasta del mismo, Manuel Kant. Según el filósofo alemán, una persona ilustrada es la que se atreve a pensar por su propia cuenta, habiendo alcanzado la mayoría de edad psíquica (algo que no todos alcanzan, optando cobarde y perezosamente por permanecer bajo tutores). "Sapere aude", es decir, atrévete a degustar por ti mismo los asuntos, sería el lema del ilustrado.

Uno de sus seguidores españoles (hubo aquí bastantes más de lo que la historiografía clásica reconoció) fue Antonio Ponz Piquer (Castellón, 1725-1792). Este abate  levantino recogió el fruto de sus observaciones en los dieciocho volúmenes  del famoso  "Viage de España".  El octavo, correspondiente a Extremadura, lo reeditó Universitas (Badajoz, 2000) en dos tomitos.

Esta es la obra que tomó como guía para la suya otra personalidad ilustrada, José María Peña (Llerena, 1939), sin olvidar las orientaciones que también dejó, ya en el siglo XX,  el ilustrado Luis Bello, atento sobre todo al estado de las escuelas españolas. Subdirector General en distintos Ministerios hasta su jubilación el año 2004, el llerenense es otros de esos extremeños arrastrados a la diáspora, pero que nunca ha perdido su pasión por la tierra natal, cuyas viisitudes sociopolíticas, económicas y culturales nunca ha dejado de seguir desde la distancia.  Lo saben bien cuantos han seguido sus colaboraciones en HOY.  Lo confirman rotundamente estas  350 páginas. Las ha ido escribiendo in situ , ya septuageniario, a raíz de diferentes excursiones por Extremadura realizadas tras las rutas de Ponz. Su objetivo básico fue contrastar hasta qué punto continúan vigentes  o han sido superadas las observaciones que  el clérigo castellonés anotó. Para ello, reproduce los textos de Ponz sobre los múltiples pueblos, caminos, paisajes, posadas, monumentos, etc.  visitados y los apostilla oportunamente, más de una vez apoyándose igualmente  en otros autores que le son queridos. Sobre todo a partir de la primera mitad, las citas se nos antojan sobradas y se prefiere la escritura del autor, a quien uno querría menos pudoroso, más atrevido a la hora de describir situaciones conflictivas y proponer remedios.

Sin seguir una metodología rigurosa, dejándose llevar por las emociones o el imperativo de circunstancias no previstas, según supuso también para Ponz el periplo extremeño, Peña se detiene más en determinados lugares que en otros acaso de mayor importancia;  recuerda  en ocasiones, silencias otras,  los nombres de los hijos ilustres; anota las heridas sangrantes de la emigración; le admiran  los vestigios de la  arquitectura vernácula más que la monumental; escucha y  recoge, no siempre crédulo, los testimonios de la gente humilde; se entusiasma con el espectáculo de las dehesas, parques naturales y montes casi vírgenes.  Reconoce los avances alcanzados, los signos de la modernidad  (la obra se escirbió antes de "la crisis del ladrillo"), sin dejar de establecer la "crítica de corte y alabanza de aldea",  o, si  se quiere, la atracción de las "slow cities, aquí  forzosamente abundantes . Según ya proclamase Ponz, Extremadura sigue siendo una gran desconocida. Obras como la de Peña contribuyen a descubrir sus innumerables encantos.

Peña Vázquez, José María, Volver a Extremadura. Madrid, Beturia, 2013. Aunque también conocido como Siglo de la  Razón, de la Revolución (francesa),  de las  Luces  y de la Enciclopedia  - denominaciones todas concomitantes -, el XVIII fue para  Europa el Siglo de la Ilustración. Nadie definió mejor este movimiento que un coetáneo entusiasta del mismo, Manuel Kant. Según el filósofo alemán, una persona ilustrada es la que se atreve a pensar por su propia cuenta, habiendo alcanzado la mayoría de edad psíquica (algo que no todos alcanzan, optando cobarde y perezosamente por permanecer bajo tutores). "Sapere aude", es decir, atrévete a degustar por ti mismo los asuntos, sería el lema del ilustrado.
Uno de sus seguidores españoles (hubo aquí bastantes más de lo que la historiografía clásica reconoció) fue Antonio Ponz Piquer (Castellón, 1725-1792). Este abate  levantino recogió el fruto de sus observaciones en los dieciocho volúmenes  del famoso  "Viage de España".  El octavo, correspondiente a Extremadura, lo reeditó Universitas (Badajoz, 2000) en dos tomitos.

Esta es la obra que tomó como guía para la suya otra personalidad ilustrada, José María Peña (Llerena, 1939), sin olvidar las orientaciones que también dejó, ya en el siglo XX,  el ilustrado Luis Bello, atento sobre todo al estado de las escuelas españolas. Subdirector General en distintos Ministerios hasta su jubilación el año 2004, el llerenense es otros de esos extremeños arrastrados a la diáspora, pero que nunca ha perdido su pasión por la tierra natal, cuyas viisitudes sociopolíticas, económicas y culturales nunca ha dejado de seguir desde la distancia.  Lo saben bien cuantos han seguido sus colaboraciones en HOY.  Lo confirman rotundamente estas  350 páginas. Las ha ido escribiendo in situ , ya septuageniario, a raíz de diferentes excursiones por Extremadura realizadas tras las rutas de Ponz. Su objetivo básico fue contrastar hasta qué punto continúan vigentes  o han sido superadas las observaciones que  el clérigo castellonés anotó. Para ello, reproduce los textos de Ponz sobre los múltiples pueblos, caminos, paisajes, posadas, monumentos, etc.  visitados y los apostilla oportunamente, más de una vez apoyándose igualmente  en otros autores que le son queridos. Sobre todo a partir de la primera mitad, las citas se nos antojan sobradas y se prefiere la escritura del autor, a quien uno querría menos pudoroso, más atrevido a la hora de describir situaciones conflictivas y proponer remedios.

Sin seguir una metodología rigurosa, dejándose llevar por las emociones o el imperativo de circunstancias no previstas, según supuso también para Ponz el periplo extremeño, Peña se detiene más en determinados lugares que en otros acaso de mayor importancia;  recuerda  en ocasiones, silencias otras,  los nombres de los hijos ilustres; anota las heridas sangrantes de la emigración; le admiran  los vestigios de la  arquitectura vernácula más que la monumental; escucha y  recoge, no siempre crédulo, los testimonios de la gente humilde; se entusiasma con el espectáculo de las dehesas, parques naturales y montes casi vírgenes.  Reconoce los avances alcanzados, los signos de la modernidad  (la obra se escirbió antes de "la crisis del ladrillo"), sin dejar de establecer la "crítica de corte y alabanza de aldea",  o, si  se quiere, la atracción de las "slow cities, aquí  forzosamente abundantes . Según ya proclamase Ponz, Extremadura sigue siendo una gran desconocida. Obras como la de Peña contribuyen a descubrir sus innumerables encantos.

Peña Vázquez, José María, Volver a Extremadura. Madrid, Beturia, 2013




95. UN LUGAR PARA NADIE
Manuel Pecellín Lancharro

Natural de Plasencia (n.1980) y residente en Barcelona, donde trabaja  como profesor de Instituto, Álex Chico es licenciado en Filología Hispánica, DEA en Literatura Española y codirector de la Revista de Humanidades Kafka, publicación digital muy recomendable. Ha ejercido la crítica literaria en medios prestigiosos, como Ínsula, Revista de Letras y El Libris. Tiene publicados La tristeza del eco (ERE, 2008), Dimensión de a frontera (La Isla de Siltolá, 2011) y las plaquettes Escritura, Nuevo alzado de la rui-na y Las esquinas del mar Un lugar para hace la letra J de la colección codirigida por Elías Moro y Marino González Montero, una referencia ya ineludible para los estudios de la literatura hecha en Extremadura. Con su nuevo libro, el autor confirma la calidad de su joven y ya madura voz. Construido con poemas de amplio aliento y verso libre (son ocasonales los breves, más un par de textos en  prosa lírica), Chico da cauce a las emociones que le conmovieran en lugares específicosde Francia, Italia o Cataluña, rincones también transitados por autores, poetas, pinto res y cineastas, especialmente aprciados por él: Nimes, Paris, Vaucluse, el Sorgue  (Fonollosa, René Char, Camus, Beckett); Ischia, Nápoles, Roma (Auden,  Eduardo Moga,  Truman Capote, Yeats, Moravia) y, sobre todo, la barcelonesa calle Menorca (Basiiio Sánchez, Javier Pérez Andújar), repleta para él de evocaciones.

Hay tantas formas de observar el mundo y dar cuenta de las percepciones en cada momento y lugar nacidas,  como personas.  La sensibilidad del poeta y su dominio del lenguaje, capaz de ver lo que los demás no captan y expresarlo como nadie dijera, converten su testimonio en especialmente atractivo. Por algo los auténticos.  son "especie única" (Unamuno). Así ocurre con estos poemas, escritos como fe de vida.

Entrevistado por Iván Humanes (Revista de Letras, 6-02-13) a propósito de esta obra, el autor extremeño responde: "Un lugar para nadie es, al final, el lugar de la escritura. Pensemos en nuestros espacios de escritura, en lo que ocurre cuando estamos en ellos. El acto de escribir es solitario, sin embargo pocas veces se convocan a tantos seres. Invisibles, memorizados, intuidos. La soledad, por eso, nunca podrá existir para un escritor. La ficción le acompañará siempre". Es una suerte que los lectores podamos también compartir de alguna manera esos territorios.

Álex Chico, Un lugar para nadie. Mérida, De la luna libros, 2013.


 

94. ELLA. ENSAYO FILOSÓFICO SOBRE LA SOLEDAD
Manuel Pecellín Lancharro

Cuando la Filosofía corre el riesgo de ser la  la gran damnificada de la reforma educativa que prepara el ministro Wert (parece como si la vieja dama, fomentadora de la conciencia crítica, desagradase lo mismo a las autoproclamadas izquierdas y derechas españolas, dado el tratamiento que le asignan), se publican  en Extremadura dos ensayos filosóficos. Uno lo suscribe Tirso Baeza, profesor de la cosa en Cáceres, que hizo su tesis doctoral sobre el polifacético José María Valverde, famoso catedrático de Estética,  y ahora resume sus principales conclusiones en este libro publicado por la ERE. Del otro, Ella, nos ocupamos aquí.

Lo edita el Ateneo cacereño, cuyas actividades cada curso nos admiran más, en colaboración con la Universidad de Extremadura. En aquella institución funciona un Seminario de Filosofía. Al frente del mismo ha estado durante el lustro último Antonio Salido Fernández, el autor de esta obra.  Lleva prólogo de Esteban Cortijo, que resalta el carácter dialógico de la misma, pues mantiene  (sólo en parte, que a menudo no elude formalismos academicistas) el tono coloquial de las conversaciones con los contertulios, donde se halla su génesis. Se intuye que a Salido, como a su admirado Kant,  más que enseñar

Filosofía, le interesa enseñar a filosofar, si es que lo segundo puede hacerse seriamente sin conocer bien la Historia de dicho saber. (Él demuestra dominarla).  En cualquier caso, este libro, si bien hace un estudio de los  pensadores relevantes, desde los orígenes hasta hoy, dista mucho de parecerse a obras tipo El mundo de Sofía  "No hay aquí didáctica, formación filosófica, moraleja, bondad o maldad, sólo búsqueda: la mía. Sólo una obsesió. Ella" (pág. 19),  dvierte pronto el autor. Lo que a él le pre-ocupa es la situación que padecemos,  tras la fracasada experiencia de la cultura postmoderna . Por más que Nietzsche y, mucho más próximo, Foucault - los dos grandes inspiradores de estas páginas  - ya anunciasen la imposibilidad de establecer una base sólida, lo humano continúa siendo pura ficción. No hay posibilidad de fundamentarlo, pese al pavor que la hondura abisal de lo a-humano produce. Bajo ese prisma ( el de los intentos a la postre inútiles, si no es para los intereses del Poder ) , va recorriendo el ensayista la historia.  La razón, la sustancia, Dios (Salido siempre lo escribe con minúscula), la ciencia,  el espíritu, la moral, la economía, la revolución social, el arte, el lenguaje...que los más señalados pensadores  han ido erigiendo como base de sus repectivos sistemas filosóficos, no son más que "caretas" consecutivas, llamadas cada uno a ser vaciadas por la de más reciente invención.

Hasta concluir, propone Salido, en que el estado inevitabe de nuestros ías es la nihilidad frente a cualquier "subiectum" posible. Ya anunciaba en los preliminares que las suyas iban a ser  página de fracaso y, llegados al final de ellas, de renuncia y frustración ( p. 17). Ésa es la radical soledad que recoge el subtítulo: el hombre es un individuo ónticamente solo, aunque, como este Yo-Soledad resulta insufrible, para "tirar p´adelante"  (pág. 101) y sobrevivir se vea inducido a sueños consoladores,  Como el de creer que aún es posible
el humanismo.

Antonio Salido Fernández: Ella. Ensayo filosófico sobre la soledad. Cáceres, Ateneo/UEX, 2012.


 

92. BÓVEDA Y ESTRIBO
Manuel Pecellín Lancharro

Hace dos largos lustros que el poeta extremeño (Cáceres, 1946) no publica ningún libro nuevo. A partir de 2002, sólo ha facilitado varias antologías de sus escritos anteriores (Cuando llegue el olvido, las oscuras brasas, Notas a pie de vida),  aunque tenemos el placer de contar con la edición de sus Obras Completas (2006), en volumen prologado por Miguel Ángel Lama. Bóveda y Estribo  es también una entrega de carácter antológico, si bien a los versos elegidos libremente por Rafael Guillén se suma un conjunto de diez poemas hasta ahora inéditos, muestra de que el escritor se mantenía silencioso, pero no inactivo.

Según sus propias declaraciones, Rodríguez Búrdalo concibe el quehacer poético "como razón de vida y como intento de explicar lo inexplicable del ser transitivo que somos, criatura para pasar que busca en la belleza redención de ese destino inexorable". De ahí el carácter autobiográfico que ineludiblemente impregna su escritura lírica, bien que vocaciones existenciales distan mucho de ser un aséptica memoria de lo vivido. Impregnado de melancolía, herido por el discurrir impenitente de las horas (omnes feriunt; ultima necat) el poeta busca siquiera este refugio en los momentos, personas, circunstancias que de algún modo marcaron su vida, tal vez ya durante la infancia o la adolescencia. Licenciado en derecho y profesor de la materia, general de división de la Guardia Civil y lector empedernido de los más grandes (la obra se introduce  con entradillas de Luis Cernuda, W.B. Yeats y José Ángel Valente), resulta fácil imaginar el enorme cúmulo de vivencias que nutren la pluma de un hombre por otra parte tan próximo  a los amigos, como sensible al dolor ajeno, el paisaje y las llamadas de un territorio nunca olvidado.

De los poemas que el antólogo elige cabe recordar tres pertenecientes al libro Al sur de las estrellas ( Madrid, Beturia, 1991), homenaje al Cáceres natal; "El alba", cálida evocación de un encuentro erótico, "Las tórtolas",  magnífica recreación de los veranos tórridos de la adolescencia ,  y "El tuétano del tiempo", que rezuma mística terrenal y panenteísmo cósmico. De los más recientes distinguiría "Si vis pacem", con sus insistencia sobre la fugacidad de cuanto nos habita. Rafael Guillén se duele en los preliminares de haberse visto obligado, por razones lógicas,  a dejar fuera de la pequeña antología (100 páginas)  tantos otros con los que también se sentía plenamente identificado. Sírvale de consuelo que atinó en sus opciones para hacernos llegar nítida la voz  lúcida, amorosa,  serena,  nostálgica y desnuda  de Rodríguez Búrdalo.

Rodríguez Búrdalo, Juan Carlos: Bóveda y estribo. Almería: Instituto de Estudios Almerienses,2012.

 


 

91. AJUDA
Manuel Pecellín Lancharro

Aún recuerdo con emoción la visita que hicimos un grupo de participantes en los Encuentros/Encontros de Ajuda (1985). Al frente, administrando los asombros, el maestro de historiadores D. Ramón Carande, ya por entonces nonagenario, pero  aún con asombradas facultades mentales y físicas. Ante aquellos muñones de argamasa mordidos por la pólvora, el imprevisible Guadiana lamiendo las sólidas bases del puente bajo los arcos rotos,  era fácil percibir el aura de una historia grandiosa y trágica a la vez. Hemos repetido las visitas, en diferentes épocas del año, a tan fantástica como sobrecogedora arquitectura derruida por imperativos estratégicos, sin poder evitar las más  hondas emociones. Bien lo entenderán quienes lo hagan tras haber saboreados la formidable obra que Luis Alfonso Limpo acaba de publicar sobre Ajuda, cálido homenaje a José Antonio Fernández Ordóñez, el gran paladín de su posible restauración, aunque no siempre comparta el autor las tesis todas de aquel ingeniero y humanista, catedrático en la madrileña Escuela de Caminos., buen amigo de Ramón Rocha,  casi perpetuo alcalde de Olivenza y contumaz alentador de aproximaciones entre los dos países rayanos.  Nadie como Limpo para componer un texto tan contundente, en cuya elaboración ha invertido lustros. Natural de Olivenza (1958), donde reside tras sus estudios universitarios en Barcelona, Luis Alfonso lleva toda su vida dedicado a conocer mejor y entablar diálogos fecundos entre la cultura española y portuguesa, sin ocultar discrepancias con las tesis "nacionalistas" ocasionalmente dominantes a uno y otro lado de la frontera. Podríamos recordar aquí su compromiso con los antes mencionados Encontros de Ajuda, el Centro de Estudios Agostinho da Silva, la revista Encuentros/Encontros, el Fondo Bibliográfico Portugués o el Fondo de Estudios Ibéricos.

Este volumen, con 362 páginas de gran formato y generosas ilustraciones, magníficamente impreso por Indugrafic, constituye un exhaustivo estudio del malogrado Puente de Olivença, nombre sustituido  después por el de la ermita aledaña, dedicada a la Virgen de Ajuda. Limpo desmenuza la historia de la gigantesca construcción manuelina; establece sus características técnicas y lo compara con los homólogos de España y Europa, en un extraordinario ejercicio de contextualización socioeconómica, política y artística. Entre las muchas ideas desarrolladas en tan sugerente ensayo (por tal lo juzga el propio autor), destaca sobre todas la que el propio subtítulo recoge: Ajuda debe ser considerado como el último puente-fortaleza del Antiguo Continente. Así fue concebido y a tal fin se subordinaron sus características originales (¡y el trágico final!).  Lo que el rey D. Manuel se propuso, al ordenar construirlo a expensas de todo el país luso, no fue sino reforzar el enclave portugués de Olivenza, auténtica punta de lanza frente a los territorios de Castilla (en especial, Extremadura). El destino del poderoso constructo era fundamentalmente bélico, aunque facilitase también operaciones de tránsito y comercio entre ambas orillas. De ahí sus rasgos arcaizantes, si bien cuenta con otros renacentistas. (Idéntico fin, sólo que al revés, inspiraría a su antagonista, el de Palmas en Badajoz): facilitar el paso de las tropas hacia las tierras enemigas. Cuando las españolas comandadas por el Marqués de Bay, durante la Guerra de Sucesión, lo vuelen (1709), Olivenza quedará sin mayor interés estratégico y , cual naranja madura, caerá fácilmente en poder de Godoy, reintegrándose a sus orígenes castellanos.

Prologada con brillantez por Antonio Sáenz de Miera, director de la Fundación San Benito de Alcántara, la obra de Luis Alfonso Limpo nos parece un estudio modélico que cumple con creces las exigencias metodológicas de la historia local con las demandas de una investigación globalizadora. Sin olvidar las calidades literarias que el autor, también poeta, sabe poner en su escritura.

Luis Alfonso Limpo, Ajuda. Último puente-fortaleza de Europa. Badajoz,Diputación y otras, 2012.

 


 

90. PANORÁMICA DE LA POESÍA EN EXTREMADURA

Manuel Pecellín Lancharro

Catedrático de literatura, el Dr. Antonio Salguero es seguramente uno de los profesores que más atención presta y mejor conoce la literatura que se ha hecho en nuestra región. Sobre dicho tema tiene publicadas distintitas obras, entre las que sobresalen las referidas a Jesús Delgado Valhondo, autor a quien dedicase su tesis (Cáceres, Universidad de Extremadura, 1999) y cuya poesía completa se ocupó de editar en tres volúmenes (Mérida, ERE, 2003).

Este nuevo trabajo suyo, concebido como una “Antología del siglo I al XXI”, según se titula, pretender ser “un recorrido cronológico por la historia lírica de Extremadura, con el objetivo de seleccionar una amplia muestra de poemas de  poetas nacidos dentro del espacio geográfico que hoy se denomina Extremadura”, declara el autor en los preliminares (pág. 19). Para tal fin, se fija en 44 escritores, de cada uno de los cuales ofrece seis poemas, debidamente anotados. Como Toda selección, especialmente cuando ha de hacerse entre nombres contemporáneos, por fortuna abundantes, resulta discutible y disgustará a más de uno. Por poner algunos ejemplos, no es fácil entender que, frente a otros coetáneos elegidos, se oculten nombres como los de Agustín Villar, Ángel Sánchez Pascual , Efi Cubero o José Antonio Ramírez Lozano, por referirme sólo a lo que el estudioso denomina Poesía de la Transición (1970-1980).

Planteada con claro afán pedagógico, la antología se atiene a un esquema de trabajo bien definido: contextualización histórica del autor, análisis de sus características y muestras de su quehacer poético. Salguero, según hiciese Rodríguez Moñino en la ya mítica Historia Literaria de Extremadura, se retrotrae hasta los primeros textos (latinos y griegos)  localizados por la epigrafía, para, sin omitir los arábigos y medievales, llegar a los más recientes.

Resulta difícil justificar las razones por las que el antólogo ha  preferido silenciar las fuentes bibliográficas de donde toma los poemas que reproduce (o a quiénes se deben las traducciones utilizadas).

Alguna imprecisión histórica es también perceptible, aunque ninguna tan ingenua como volver a la jamás localizada “lápida del obispo Daniel” (que se dice “el único escrito mozárabe extremeño”, pág. 27), un supuesto texto latino, que nadie ha podido ver, inventado muy probablemente por Solano de Figueroa, según las sólidas demostraciones de Terrón Albarrán y Tejada Vizuete.

Son pequeños lunares en una obra muy trabajada, de suma utilidad para docentes y alumnos, que podrán enriquecer conocimientos con la generosa bibliografía aportada en el apéndice oportuno.

Salguero Carvajal, Antonio: Panorámica de la poesía en Extremadura. Badajoz, Fundación Jesús Delgado Valhondo, 2012.

 


 

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