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Con Los Baños del Pozo Azul, narración de 718 páginas (noticia histórica y bibliográfica incluidas), Sánchez Adalid vuelve, veinte años después, al tiempo y lugar –la Córdoba del siglo X- donde se desarrollaba El mozárabe, su primer gran éxito editorial. Más de un millón de ejemplares ha vendido dicha novela, a los que el autor extremeño (Villanueva de la Serena, 1962) suma numerosos títulos, uno al menos cada año, excelentemente acogidos por el público : Félix de Lusitania (2002), La tierra sin mal (2003), El cautivo (2004), La sublime puerta (2005), En compañía del sol (2006), El alma de la ciudad (2007), El caballero de Alcántara (2008), Los milagros del vino (2010), Galeón (2011), Alcazaba (2012), El camino mozárabe (2013), Treinta doblones de oro (2013), Y de repente, Teresa (2014), La Mediadora (2015), En tiempos del Papa sirio (2016).
Licenciado en Derecho Civil y Canónico, párroco de Mérida, profesor en las Escuelas Universitarias de Santa Ana (Almendralejo), patrono de la Fundación Paradigma, bibliotecario de la R. Academia de Extremadura, Sánchez Adalid es un trabajador infatigable, al que adornan condecoraciones y premios múltiples, como la Medalla de Extremadura (2009) o el Fernando Lara (2007) y el Alfonso X de novela histórica (2012).
Este es sin duda el género literario que prefiere. Lo cultiva procurando documentarse bien sobre la época que elige (con preferencia, aunque no exclusivamente, la andalusí altomedieval o el primer siglo de la conquista del Nuevo Mundo). Con el desarrollo de trama busca aproximar al gran público las circunstancias históricas y exhortarlo al cultivo de unos valores éticos que los personajes de cada obra protagonizan. Entre ellos suelen figurar los defensores del ecumenismo, la tolerancia, el irenismo, la generosidad, el respeto a los otros y la rectitud moral.
Modelo de tales virtudes, pese a las humanas debilidades, bien podría ser Sub Umm Wallad, “la señora de las señoras de Córdoba”, cuya presencia ya contemplábamos en El Mozárabe y aquí se erige en núcleo de la obra. Mujer admirable, relativamente bien conocida gracias a historiadores como Ibn Hayyan, R. Dozy, Lévy-Provençal, María Jesús Viguera Molins y, sobre todo, Manuela Marín, pocas vidas más “novelescas” que la suya. Natural, según las crónicas musulmanas, del país vasconavarro, la llevarán muy joven a la corte de los califas, convirtiéndose en esposa de Alhakén II, el segundo Omeya, y madre de Hishán II. Romperá con los esquemas tradicionales del palacio, haciéndose visible en todas las áreas: no se cubre el rostro, monta a caballo, se relaciona con el pueblo, asiste a las ceremonias públicas, trata con los visires, recibe embajadores, controla el tesoro dinástico… Auriola o Aurora, según también se la conoce, procura mantener siempre una independencia que quizás aprendería en su niñez cristiana.
Frente a las debilidades del heredero, se erige la poderosa figura de Almanzor, cuyo apetito de poder planean frenar los partidarios de Sub Umm, que viene manteniendo con el gran caudillo unas relaciones equívocas. Las vicisitudes de la conjura constituyen el núcleo del relato. Las tensiones sociopolíticas irán agravándose hasta la explosión insurreccional, que al fin las habilidades de la “jadiya” consiguen resolver, aunque sea a base de importantes cesiones. Casi todos pierden, pero también ganan.
Los Baños del Pozo Azul, un maravilloso hamán cordobés, se convierten en el epicentro de la narración (sin olvidar el Alcázar y Medina Azahara), del que se hacen magníficas descripciones. Pueblan los ambientes palaciegos, donde grandes y pequeñas personas dirimen sus pasiones más o menos relevantes, a menudo con unas buenas copas de vino, otros personajes secundarios, pero tan atractivos como el hermano de Sub, cadí de Badajoz; los jefes eunucos del harén califal; Abda, irritable vascona, una de las mujeres de Almanzor, o el joven poeta Farid. Este facilita al autor alternar los pasajes descriptivos (pocos) y los diálogos dominantes con los textos de casidas, proverbios, aforismos y otros productos de los diwanes andalusíes. La estructuración en breves capítulos (cien) contribuye a la agilidad de la lectura. Jesús Sánchez Adalid, Los baños del pozo azul. Madrid, HarperCollins Ibérica, 2018.

Es curioso que se deba a un extremeño, Pedro Caba Landa (1900-1992), el ensayo pionero sobre algo tan característico como lo tratado en Andalucía, su comunismo y su cante jondo (1933), mientras casi por la misma fecha (1935) otro hijo de Extremadura publicaba Sevilla: Teoría y realidad de la Semana Santa, original y valiente interpretación de tan complejo fenómeno. (Un extremeño, Antonio Zoido Naranjo, figura hoy entre los máximos conocedores de la cultura andalusí).
Estoy refiriéndome a Antonio Núñez (Cabezas de) Herrera, autor que está siendo rescatado de un injusto olvido. Si hace poco David González Romero hacía editar la obra antes referida, junto a otros muchos escritos sueltos del ensayista (Córdoba, Almuzara, 2015), él mismo, junto con César Rina y José María Rondón, son los responsables de este volumen con las obras completas (al menos, las localizadas tras tenaz búsqueda) de un hombre perfectamente encuadrable, por la calidad de su prosa vangaurdista, en la Generación del 27, a no pocos de cuyos miembros conoció y trató.
Antonio Núñez Herrera (solía abreviar así su segundo apellido) nació en Campanario (1900). Desde muy joven fue funcionario de Correos y Telégrafos, desempeñándose en distintas poblaciones hasta irse (1925) a Sevilla. Se enamoró de la ciudad. Hombre con ideales avanzados, forma parte de tertulias literarias progresistas (“Mediodía”, “Rincón de Trotsky”) y colabora con numerosos periódicos. Trabaja como secretario particular del primer alcalde republicano, Rodrigo Fernández; funda publicaciones afines, como El Pueblo. Diario Republicano de Andalucía; crea la Hemeroteca Municipal y se muestra incansable colaborador de todas las actividades culturales. La neumonía corta su hálito existencial mientras veraneaba en la playa lusa de Montegordo (1935). Cabe suponer, dada su trayectoria, que, de pervivir, le habría ocurrido lo que a otro alcalde extremeño de Sevilla, natural de Puebla de la Calzada, José González y Fernández de la Bandera, que gobernó el ayuntamiento hispalense entre 1931 y 1933 y fue fusilado el 10 de agosto de 1936.
La edición que presentamos y prologa David González Romero, incluye un extenso estudio preliminar suscrito por los tres editores; la biobibliografía del autor; un conjunto de ilustraciones fotográficas y los escritos del campaneriense. Figuran en estos estampas literarias (“fintas y teoremas”), artículos de alcance político, crónicas de espectáculos, reseñas bibliográficas, reportajes costumbristas, crónicas de acontecimientos, poemas, etc. Leídos desde Extremadura, nos interesan especialmente las reflexiones de Núñez en torno a la pintura de Antonio Juez, la crítica sobre la reposición en el teatro de Cervantes de Las Brujas de Luis Chamizo, una charla con Enrique Pérez Comendador, el informe sobre la línea telefónica Fregenal-Sevilla, el análisis de la poesía de Enrique Real Magdaleno y, muy especialmente, la larga polémica con el joven Antonio Rodríguez Moñino (aún se escribía así) sobre la poesía del 27.
Pero el meollo lo constituye el ensayo sobre la Semana Santa de Sevilla, compuesto con una prosa deslumbrante y con tanta agudeza como libertad de espíritu en aquel polvorín social que por entonces era la capital de Betis. “(La fiesta) acaba cuando el postrer nazareno se descalza las sandalias y las envuelve en el último número de El Socialista…El último nazareno sí tiene su historia y su filosofía. En pesados artículos doctrinales ha leído algo sobre Hegel. También sabe que existe la interpretación materialista de la Historia. Pero ahora no se trata de eso. No se trataba de Largo Caballero. Pero, ¡cuidado!, tampoco del Sumo Pontífice. Se trata de la Semana Santa. El último nazareno está contento. No siente haber hecho traición a nadie. Ni siquiera a la Segunda Internacional. Él es, primero, sevillano” (pág. 127). Este pasaje describe perfectamente el prisma interpretativo del extremeño, que deslumbrará, cuando lo descubren, a antropólogos como Isidoro Moreno, materialista respetuoso con la religiosidad popular (cfr. La Semana Santa de Sevilla: conformación, mixtificación y significaciones. Sevilla, Ayuntamiento, 1982). Fácil resulta solidarizarse con una madre guapa, transida por el dolor ante la muerte injusta que los poderosos desatan contra su joven, rebelde, soñador hijo, paradigma a menudo repetido en el pueblo llano.

Antonio Núñez de Herrera, Obra Completa. Sevilla, El Paseo Editorial/Universidad, 2018.

Juan Calderón vino al mundo (1952) en Alburquerque (“Encina blanca”, según la etimología popular). Allí vivió hasta 1975, cuando marchó a Madrid, donde reside, sin perder contacto con su pueblo. Persona de aguda sensibilidad, viene ejercitándose en diferentes áreas: música, teatro, pintura narrativa y animación sociocultural. Autor de numerosas publicaciones, entre las últimas cabe recordar los poemarios El destino nos ata y nos desata (2012) y Sirenas de pecho herido (2013), así como los relatos breves recogidos en Cuando duerme Guardamar (2015). Al decidirse ahora a publicar esta antología de narraciones cortas, compuestas desde 1968 a 2018, ha vuelto a recordar sus raíces titulándola El cuentista bajo la encina blanca. Lleva prólogo, fechado en Berlín, del escritor y crítico cubano Amir Valle, quien también ha querido conducir a los lectores hacia el territorio ancestral con el epígrafe “El juglar que observa la encina”.
No obstante, conviene advertir que de las casi cien composiciones antologadas en este volumen (325 páginas), bien pocas se desarrollan en Alburquerque, sino que se enmarcan en lugares lejanos, preferentemente Guardamar (municipio costero de Alicante) y Madrid, con excursiones a Murcia o Toledo. Son mucho más urbanitas que rurales. Todas, eso sí, se distinguen por la indeclinable voluntad de estilo, con una prosa excelente, en la que los recursos metafóricos sobresalen.
Muchas responden perfectamente a la categoría de “cuento”, aunque sea en un sentido amplio, construidas con derroche de imaginación y toques surrealistas, casi siempre finalizadas de modo sorpresivo. Otras, sin embargo, más aún en la segunda mitad, responden al espíritu militante del autor, abiertamente alineado en la defensa de los homosexuales frente a una sociedad impregnada de machismo. La carencia de orden cronológico en la estructuración de la antología impide seguir la posible evolución literaria e ideológica del autor. Sólo aparecen datados, sin disposición regula, los textos que en su día resultaron ganadores o finalistas de distintos concursos: Premio de Relatos “Librería Ulises, 2003; Certamen “Extremadura en la distancia” ; Premio Primavera 1993 (Alburquerque); Premio Microrrelatos del periódico Gente 2007; Premio certamen de narrativa “La Flauta Mágica” 1995; certamen de microcuentos Vallecas-Calle del Libro 2014; Certamen “Cartas de Amor-Galería Infantas” 2003; Concurso Literario de la Juventud. Badajoz, 1973 o Certamen “Más Cuentos que Calleja”, Cáceres 2006. Pero de la imensa mayoría no se nos dice cuándo fueron escritos, ni si estaban publicados o inéditos.
Sí vio en su día la luz El señorito Antonio (Vigo, Ediciones Cardeñoso, 2009), la más extensa de las que aquí se incluyen. En su día la calificamos como narración breve ubicada en la Extremadura de los años cuarenta del pasado siglo, auténtico drama rural, que no rehúye situaciones del más sangrante tremendismo.
Es rasgo recurrente en Calderón, que a menudo se conduce hasta los espacios del “gore”, donde lo visceral y la violencia alcanzan límites máximos. Trastornos de la personalidad, brotes de locura, amores desgraciados, denuncias sarcásticas de la hipocresía, drogadicciones y crudo erotismo, junto a enormes cargas del más tierno sentimentalismo, nutren la mayoría de los relatos, algunos de extraordinaria concisión. También ese “despendole” conductista, no sin afanes de epatar, que hace bien juego con las desinhibiciones gay de muchos personajes, a veces a punto de auténticas astracanadas (cfr. “Han matado al príncipe”, pp. 144-147). En resumen, un libro que facilita el conocimiento de su autor, nos atrae a la defensa de sus causas y nos hace disfrutar como degustadores de buena literatura. Juan Calderón Matador, El cuentista bajo la encina blanca. Berlín, Ilíada Ediciones, 2018

El nombre de José María Lorite (Almendralejo, 1959) era habitual en aquel grupo de poetas extremeños que en los años últimos del franquismo y primeros de la transición hacia la democracia sembraron sus encendidos versos por tantos lugares de la región e incluso de ciudades como Madrid, Salamanca, Cádiz o Sevilla. Junto a las figuras consagradas de Manuel Pacheco, Jesús Delgado Valhondo o Luis Álvarez Lencero, aquellos jóvenes de la “Generación de 1975”, según algunos los denominaron, proclamaban sus ansias de libertad en tumultuosos recitales, a veces interferidos por las fuerzas del orden.
Entre esos juglares (Jaime Álvarez Buiza, Moisés Cayetano Rosado, José Antonio Zambrano, José Iglesias Benítez, Santiago Castelo, María Rosa Vicente, Luis Pastor, Pablo Guerrero y otros) solía figurar Lorite, que después, licenciado en Ciencias de la Información por la Complutense, habría de ejercitarse en actividades múltiples, siempre relacionados con la cultura. Como guionista de televisión, desde 2007 es coordinador de guiones para los programas del humorista José Mota, con el que obtuvo el Premio Ondas 2010 en la modalidad de entretenimiento.
Autor de dos poemarios, El hombre que me aloja (1984) y Las palabras del aire (1988), Lorite nunca ha abandonado la creación literaria, aunque fuese de modo ocasional y disperso. Así puede comprobarse con este volumen antológico, donde se reproducen los dos libros antes citados más un importante conjunto de poemas y relatos, muchos hasta ahora inéditos. José Mota le pone prólogo y José Iglesias Benítez adjunta amistoso preliminar rematado con un “manifiesto” que, en voz lírica, constituye un encendido alegato de las claves estéticas según las cuales se conduce el autor. Los suyos lucen como versos para ofrecerlos con la mano tendida/ y el corazón temblando al fondo de los ojos/.Versos para besar en la boca a la vida/y hacer que salten del labio los cerrojos.
Iglesias recurre en el preámbulo a los alejandrinos sin duda por enfatizar el apego de Lorite a la métrica tradicional, aunque se permita no pocas innovaciones sobre las estrofas clásicas. De todas, parece preferir la más difícil, el soneto, de los que aquí se recogen casi un centenar, todos cuidadosamente labrados, muchos con acrósticos más o menos felices. Títulos como “El jornalero”, “Poemas a pedradas”, “Mi tierra está sangrando atardeceres”, “La herida de la raza”, “El labrador”, “La viña” o “La tierra” ilustran bien sobre las inquietudes de quien proclama orgulloso: Yo no sé si mis versos son precisos/. Solo sé que yo sangro al escribirlos/y hay quien se emociona al escucharlos.
Por lo demás, tiene toda la razón Mota cuando sostiene que “43 Agostos es el amor, la añoranza y la identidad de quien escribe el nombre de su tierra, Extremadura, con el lápiz roto por el ahogo de la distancia y el paso de los años y cuyo latir del corazón se puede escuchar tras la negrita derramada en la tinta de cada verso” (pág. 13).
José María Lorite, 43 Agostos (poemas y relatos). Madrid, Beturia, 2018.

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