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Entre los grandes protagonistas de las letras españolas que son orgullo para Extremadura, donde vieron la luz, resplandece por razones múltiples Bartolomé José Gallardo (Campanario, 1776 - Alcoy, 1852), quien nunca cortaría sus relaciones con la tierra patria. Baste una simple anécdota: meses antes de morir, nuestro rotundo anticlerical escribe a Diego del Rivero, sacerdote en Campanario, pidiéndole le haga llegar “una buena yunta de bueyes parejos” que el eximio bibliófilo pensaba emplear en La Alberquilla, dehesa adquirida por él (1836) próxima a Toledo y a donde trasladó su formidable biblioteca. En aquel rincón de La Serena buscó refugio más de una vez cuando se sentía en peligro y allí mantuvo amistades y familia fieles.
Quienes deseen conocer los rasgos fundamentales de tan soberbia personalidad; las múltiples vicisitudes que le tocó vivir, así como sus máximas aportaciones a la literatura hispana, disfrutarán leyendo estos Apuntes íntimos para una biografía de Don Bartolomé José Gallardo. Según sugiere el título, la obra se fundamenta sobre todo en textos privados (cartas, notas, apuntes), muchos de los cuales se reproducen. Eso facilita también degustar la magnífica prosa en que están compuestos, una de las más brillantes de la época, según demostrara en su día D. Ricardo Senabre. (Se ha normalizada la ingeniosa ortografía original). Menos valiosos son los poemas, también abundantemente recogidos. Un fallo de maquetación introduce repeticiones y errores de paginación en los cuadernillos finales.
Compuso el libro, tras varios decenios de investigación y estudio, José María Basanta Barro (Ferrol, 1923), profesor de Matemática en el Ramiro de Maeztu de Madrid. Casado con una hija del novelista Antonio Reyes Huertas, también de Campanario, esto lo indujo a interesarse por los temas extremeños. Su hijo Antonio Basanta Reyes se ha ocupado de esta edición, enriqueciéndola con un impresionante cúmulo de notas a pie de página. Antes de introducirse en la lectura, conviene leer el extenso prólogo de Bartolomé Díaz Díaz, socio fundador del Fondo Cultural Valeria y actual vicepresidente de esta asociación, que tanto ha servido para establecer la historia de Campanario. Se dedica el libro a los máximos investigadores de Gallardo, entre los que se cita a Pedro Sáinz Rodríguez, Antonio Rodríguez-Moñino y Alejandro Pérez Vidal, generosamente utilizados, con sus oportunas citas, por el autor.
Sin pretensiones de una exhaustividad imposible en tan compleja figura, destacaré lo que me parece más relevante del estudio. 1) La pasión por los libros que el futuro bibliotecario de las Cortes de Cádiz derrochaba desde sus estudios de Medicina en Salamanca, y hasta sus horas finales (muere pisteando viejas ediciones). Ni el exilio en Inglaterra, la cárcel o las reclusiones forzosas, la coyuntural etapa como diputado… lo frenarán. 2) El temperamento incandescente del hombre liberal (también republicano, tal vez masón), polemista incontenible, a quien cuadra como a ninguno el verso de Juvenal: “Acer, indomitus, libertatis magister”. 3) La falsedad de las acusaciones que como “bibliómano” hubo de sufrir (él tampoco se quedaba manco a la hora de empuñar su sarcástica pluma: díganlo, ejemplo entre miles, las ironías lanzadas contra Dono Cortés). 4) La delicadeza con que tan áspero carácter supo referirse a personas en principio poco amantes de su disolvente Diccionario crítico burlesco, tales como el obispo Tavira o su paisano P. Faustino Arévalo, otro bibliófilo genial, jesuita expulso, a quien honraría llamándole “patricio y amigo … cifra ciertamente rara de candor y saber”. 5) Por último, evocaré la mala suerte, por desgracia repetida en numerosos colegas de Gallardo, cuya biblioteca y trabajos inéditos pasaron, pues hijos no tuvo, al malhadado sobrino que destrozó un patrimonio intelectual irrepetible. Pecios del mismo quedarían al fin salvos en los cuatro valiosísimos volúmenes, póstumos, del Ensayo de una biblioteca española de libros raros y curiosos formado con los apuntamientos de Bartolomé José Gallardo, coordinados y aumentados por M. R. Zarco del Valle y J. Sancho Rayo. Antonio Basanta Reyes, Apuntes íntimos para una biografía de Don Bartolomé José Gallardo. Badajoz, Diputación/Campanario, Ayuntamiento, 2018.

Es sabido que la provincia de Badajoz experimenta durante la II República (1931-1936) un notable incremento de la conflictividad que desde decenios anteriores había surgido en Extremadura, vale decir en todas las zonas rurales de España. La prensa regional, cada medio desde su orientación ideológica, notificaba casi a diario un creciente cúmulo de manifestaciones, huelgas, enfrentamientos, robos, sabotajes, destrozos e incendios, talas de árboles, destrucción de cosechas, ataques entre personas y grupos, multas y encarcelamientos frecuentes, disparos contra las multitudes o las sonadas ocupaciones de tierras. El muy documentado estudio de Hortensia Méndez Mellado, Por la tierra y el trabajo. La conflictividad campesina en la provincia de Badajoz durante la II República (1931-1936), volumen con casi 500 páginas, galardonado con el Premio Arturo Barea 2018, ofrece una detallada nómina, pueblo por pueblo, a la vez que analiza los factores desencadenantes de aquella turbulenta situación.
Nacida en Cáceres (1948), ya jubilada de su trabajo para el INSS, doctorada en Historia y licenciada en Antropología, a Méndez le debemos estudios aparecido en obras colectivas, como “Extremadura y la guerra civil 70 años después de su final: 1939-2009” o “Renacer, una asociación de mujeres republicanas”. En ellos, como en el libro que presentamos, son manifiestas sus simpatías por las causas populares, lo que, creemos, no resta objetividad a sus exposiciones.
Según la autora, la raíz última de la conflictividad que se experimenta en ambas provincias es la injusta distribución de la tierra. La mayor parte de la misma están en manos de grandes latifundistas o ricos arrendatarios, pocos y unidos familiarmente, mientras el resto de la población (si se exceptúan los medianos y pequeños propietarios) sólo cuenta con su fuerza productiva, a saber, sus brazos, o, como mucho, algunas bestias y útiles para la labranza, según es el caso de los casi míticos “yunteros” (a la postre, los más activos en muchas reivindicaciones). Como el latifundio se explotaba según métodos arcaicos, con una agroganadería extensiva a espaldas de los avances modernos, las famosas dehesas resultan poco productivas. El paro obrero es un azote cruel en todas las poblaciones pacenses, grandes, pero dispersas, mal comunicadas, con mínimas condiciones de salubridad e ínfimos índices de alfabetización. El hambre arrasa, especialmente en determinadas épocas del año, más aún si se suma una mala cosecha. La emigración, salida tradicional, se contuvo en el periodo republicano, incrementándose el problema. La clase obrera se identifica cada vez más con organizaciones socialistas y anarquistas, entre las que adquirirán singular relevancia la FETE (Federación de los Trabajadores de la Tierra), perteneciente a la UGT.
El nuevo régimen republicano despertó extraordinarias expectativas entre las clases trabajadoras, sobre todo porque creyeron que sería posible, al fin, una reforma agraria capaz de permitir el acceso a la tierra y su laboreo. La lentitud, seguramente ineludible, de tan revolucionaria medida produjo exasperación y, pronto, la voluntad cada vez más extensa de tomarse las cosas (roturaciones de fincas) por iniciativa propia. Claro que ni los grandes propietarios, ni el Gobierno mismo, con sus fuerzas de orden, estaban dispuestos a facilitar la distribución de terrenos cultivables. Más bien lo boicotearon de múltiples modos. Tampoco la Iglesia apoyó las reivindicaciones populares, si bien el libro se abstiene de estudiar esta parcela de poder.
Sí lo hace, con especial detención, de acontecimientos como la huelga general campesina (1934), la huelga de mozos de mulas de Almendralejo (1936), el lok-out patronal de Montijo (1932) o la huelga general española (octubre 1934), que tan insolidaria fue con los intereses de las masas campesinas. Hortensia Méndez Mellado, Por la tierra y el trabajo. La conflictividad campesina en la provincia de Badajoz durante la II República (1931-1936). Badajoz, Diputación, 2018.

Hubo un tiempo en que los dioses nacían en Extremadura. Así lo proclaman el novelista García Serrano y, posteriormente, el Conde de los Canilleros, historiador, refiriéndose a los conquistadores del Nuevo Mundo. Aquella tremenda estirpe fue considerada por muchos pueblos indígenas como encarnación de seres superiores y, más allá del juicio que sus desorbitadas actuaciones nos puedan merecer, demostraron extraordinarias capacidades de valor, resistencia física, ingenio y desenvoltura para afrontar victoriosamente empresas cuasi sobrehumanas con medios mínimos. Caro lo pagarían casi todos ellos.
Junto a los nombres míticos de Hernán Cortés, Pizarro, Hernando de Soto, Orellana, Núñez de Balboa, Alvarado o Pedro de Valdivia, puede figurar el de Ñuflo de Chaves (1518-1568), si menos conocido, no inferior en empuje y entrega para el descubrimiento, conquista y colonización de nuevos territorios allende el Atlántico.
La obra que acaba de dedicarle su paisano Francisco Cillán, aunque no despeja todas las dudas que la biografía del personaje mantiene, permite una aproximación muy sustanciosa al mismo, sobre todo durante sus años americanos. Porque de la infancia y juventud bien poco se sabe. Ni siquiera es absolutamente seguro que naciera en Santa Cruz de la Sierra, pueblo del alfoz de Trujillo, o que se llamase “Ñuflo”, pues textos de la época a él referido recogen otras variantes nomínicas.
Hijo de familia hidalga (su hermano Diego fue confesor de Felipe II), con casa solariega en Trujillo y de buena instrucción, pasa a la América austral cuando el imperio incaico y sus enormes riquezas estaban ya en manos de los españoles. Pero quedaban aún muchas zonas periféricas por el Cono Sur sin conquistar, donde tal se encontraban fabulosos yacimientos de metales preciosos, llámense El Dorado, Sierra Rica, Sierra de la Plata o Cerro Rico, que a la postre se encarnarían en las inagotables minas del Potosí.
Don Ñuflo lo buscará afanosamente, bien al servicio de otros gobernadores, como Álvar Núñez Cabeza de Vaca o el vasco Martínez de Irala, bien por iniciativa propia, por latitudes que se corresponden con las actuales Argentina, Paraguay y Bolivia. El también extremeño Martín del Barco Centenera (n. Logrosán, 1535), tantas veces aquí citado, lo evoca a menudo en las octavas del poema histórico Argentina y conquista del Río de la Plata con otros acaecimientos de los reinos del Perú, Tucumán y el Estado del Brasil. Baste decir que D. Ñuflo, que al parecer hablaba el guaraní, recorrió muchos miles de leguas con sus menguadas tropas y fue el primero en ir desde el Atlántico al Pacífico superando ríos enormes, gigantescas montañas, pantanos inmensos y belicosas tribus, no pocas antropófagas, uno de cuyos miembros terminó al fin arrebatándole la vida con ruda maza.
El Dr. Cillán, autor de numerosas publicaciones, ofrece la relación más ajustada posible de cuanto llevó a cabo Chaves, resaltando la fundación (1561) de Santa Cruz de la Sierra, hoy gran ciudad de Bolivia (millón y medio de habitantes), bautizada como el pequeño rincón que lo viera nacer y que él poblaría llevándose desde Asunción, en impresionante “gran marcha”, buena parte de sus colonos. Ateniéndose a fuentes de la época y a historiadores posteriores, el autor compone a la vez un ambicioso marco del contexto dela conquista y colonización suramericanas. Francisco Cillán Cillán, Ñuflo de Chaves en la conquista de Bolivia Oriental. Cáceres, Diputación, 2018.

Justo cuando comenzaba el invierno 2018, aparecía este nuevo libro de Juana Vázquez, autora polifacética, a tono con sus propias inclinaciones y multidisciplinares estudios. Nacida en Salvaleón (1951), donde tuvo una infancia feliz, es doctora en Filología Hispánica y licenciada en Ciencias de la Información por la Complutense. Ha ejercido la docencia como catedrática de instituto y profesora de la Universidad Autónoma y la de Alcalá, combinándola con colaboraciones en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas y numerosos medios (Diario 16, ABC, El Mundo, Ínsula, Cuadernos Hispanoamericanos, Cuadernos del Sur, El País), donde ha ejercido la crítica literaria. Extraordinarias fueron las entrevistas que para Oeste Gallardo (publicación periódica mantenida por la UBEx y el HOY) hizo a los mejores escritores españoles, textos cuyo conjunto constituye una auténtica Historia de nuestra literatura contemporánea.
La producción de Vázquez Marín se divide en tres grandes áreas: el ensayo histórico, con títulos como El Madrid de Carlos III, El costumbrismo español del siglo XVIII, Zugazagoitia precursor de la novela social o El Madrid cotidiano del siglo XVIII; los poemarios Signos de sombra, El confín del nombre, Nos+otros, Yo oscura, Gramática de luna, El incendio de las horas, Escombros de los días, Tiempo de caramelos, más las novelas Con olor a naftalina y Tú serás Virginia Woolf.
Al género narrativo pertenece Personajes de invierno, novela enmarcada en el Madrid actual, donde sus protagonistas viven unos meses angustiosos, marcados por las tristes experiencias que los hacen sufrir y los condicionan profundamente. Son dos los personajes sobre quienes se sustenta el relato: Thays, el joven holandés llegado desde Amsterdan con un oscuro pasado y enormes traumas, cuyas claves no se desvelarán hasta las páginas últimas y que trabaja en una internacional haciendo proyectos de consultoría, y Virginia, atractiva treinteañera, melancólica, profesora universitaria y periodistas, de origen extremeño, recién divorciada de un marido aborreciblemente (como lo fue su propio padre), a menudo deprimida.
El discurso se estructura merced a las voces de uno y otra, que en primera persona van asumiéndola sin solución de continuidad, alternándose con la de la narradora omnisciente, más los abundantes diálogos.
Casi todo discurre en un bar de la periferia madrileña, epicentro del barrio, cálido y acogedor, aunque algo cutre, que llega a adquirir importancia fundamental en el relato. El Murgo funciona como lugar de encuentro, ocasionales o permanentes, tertulia y casi hogar para todo tipo de parroquianos que por allí discurren, entre ellos las figuras centrales de la novela. Los camareros derrochan simpatía y, claro está, sirven productos preferentemente de Extremadura. Entre las paredes, acaso poco cuidadas, de Murgo se repetirán, con generosas libaciones, los encuentros entre Thays y Virginia (ambos juegan al ajedrez), sin que la tela de araña amorosa, tejida fundamental por la segunda, llegue a fructificar por culpa de muy íntimas contradicciones.
Llamativa es también la alternancia, según los pasajes pertinentes, de prosa casi poética, muy cuidada, con el habla coloquial, los lugares comunes, el refranero e incluso las jergas juveniles o barriobajeras (las expresiones más vulgares suelen parecer en cursivas). Ese caleidoscopio lingüístico se corresponde bien y da verosimilitud a la compleja fauna visitante de Murgo.
Resulta desconcertante el singular uso de las comas, más aún si pueden soportar alcance semántico. (No es lo mismo escribir “dame la mano (,) preciosa”, según el signo de puntuación esté o no ausente después del sintagma imperativo y antes del vocativo. En fin, se supone que el lector también contribuirá, atrapado sin duda por esta apasionante historia de dos personalidades tan distintas, la del holandés y la extremeña. “Atrévete a degustarla” (sapere aude), sería nuestro consejo kantiano, a tono con el nombre de la editorial asturiana.

Juana Vázquez Marín, Personajes de invierno. Oviedo, Sapere Aude, 2018.

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Con el patrocinio de la
JUNTA DE EXTREMADURA
Consejería de Cultura e Igualdad


 

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