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Alicia Merino nació en Valencia (1977), pero ha pasado la infancia y adolescencia en Retamal de Llerena, de donde es su familia y se declara natural. Licenciada en Filología Latina y Griega por la Universidad de Extremadura, obtuvo el doctorado en Ciencias de la Antigüedad por la de Alicante. Allí reside y ejerce como profesora de Lenguas Clásicas. Tiene publicados los libros Acuarela elemental (Madrid, 2010) y Odre de viento (Madrid, 2015) y El recinto del poema (2018).
El título nuevo, La cigüeña negra, que aparece en editorial de amplia difusión, nos encamina ya a un territorio específico, Extremadura. Aquí se la recibe y protege como una de las aves emblemáticas de nuestra enorme diversidad ornitológica. Más concretamente, la obra, prologada por Santiago López Moreda, catedrático de Filología Latina en la UEX, es un homenaje lírico a Retamal. Si se exceptúan un par de poemas que conducen a otros parajes también agrestes (Doñana), todos los demás aluden, de forma más o menos explícita, a calles, plazas, personajes, dehesas, florifauna, historia … de aquel pueblecito surextremeño. El entusiasmo y la admiración impregnan las estrofas.
Alicia Merino es consciente del reto que supone escribir sobre estos asuntos sin caer en trivialidades o tópicos al uso. Lo recuerda en la entradilla, tomada de las Geórgicas de Virgilio (libro III): No se me oculta cuán difícil empresa/es tratar en alto estilo/estas cosas tan humildes/y darles poético atavío;/pero una dulce afición me arrastra…/Pláceme ir a los collados… Ahora, oh venerada Pales,/ ahora es el tiempo de levantar la voz.
Formada en los clásicos grecolatinos, la autora alza la suya según los grandes modelos bucólicos de la Antigüedad. Composiciones dedicadas al tintero de la escuela infantil, la maestra que la dirigía (Doña Mari), la era próxima, los pájaros (calandria, perdiz, avutardas, espulgabueyes, grullas, tórtolas, palomas) y animales más frecuentes (ciervos, jabalíes, perros de rehala, caballos, humildes chicharras), fiestas populares (San Pedro, la gira de pascuas), usos y costumbres (matanza, pitarras, lances venatorios)… reciben cada uno el poema correspondiente. Concluye el dedicado a la cigüeña negra por azar entrevista en las aguas de un arroyo oculto.
La pluralidad de contenidos se corresponde con la diversidad de metros manejados. En algunas ocasiones, se recurre a los juegos gráficos, como en “Montanera”, cuya disposición viene a sugerir la caída de las bellotas desde las ramas a suelo. O “Flauta de Pan”, con espacios que aluden a las notas de la siringa.
Abundan los versos de arte mayor, por lo común libres y blancos, aunque a menudo nos encontramos con sorprendentes rimas, finales e incluso internas, y por lo común con un hipérbaton marcado. Su virtud para construir metáforas de varios tipos es bien perceptible, resalta el prologuista, con quien compartimos esta confesión: “Soy consciente de la inferioridad de mi prosa ante la poesía densa, fecunda en imágenes y figuras de este precioso libro, al que saludo con entusiasmo” (pág. 5).
Perfecta conocedora del lenguaje que utiliza, de raigambre agroganadera, Alicia Merino me hace recordar la pluma de otro paisano suyo, que también llevaba Retamal en las propias médulas. Me refiero Antonio Holgado Redondo (1934-1988), uno de los más distinguidos humanistas españoles de la pasada centuria. Premio Nacional de traducción por la que hizo de la Farsalia de Lucano, a él se deben otras magníficas versiones de poemas y tratados sobre Agricultura. Tengo la seguridad de que Alicia Merino ha recordado más de una vez al gran filólogo que, como ella, conocía a la perfección la flora y fauna de Las Arcas, el Guadámez o los Argallanes. Ambos demuestran idéntica maestría, también cariño, al nombrar cada uno de sus elementos. M.P.L. Alicia Merino Labrador, La cigüeña negra. Madrid, Ediciones Torremozas, 2019

Juan Calderón (Alburquerque, 1952) es otro componente de la intensa diáspora que fue despoblando Extremadura (aún prosigue la sangría) para enriquecer con sangre joven tierras más o menos lejanas. En la maleta se llevó paisajes, olores, amistades, heridas, gozos o sombras, recuerdos de infancia y juventud, que a menudo se sublevan en la memoria y le inundan los textos. Son muchos los ya publicados por este creador polifacético, que maneja con la misma soltura pinceles, teclas, tablas o vinilos. Residente en Madrid, entre sus obras literarias cabe recordar los poemarios Camino ancho, paso desolado; Eco de niño para voz de hombre, El destino nos ata y nos desata o Sirenas de pecho herido. Como narrador, sobresalen La noche que murió Paca la Tuerta, Veinte historias amables más un garbanzo negó y El cuento bajo la encina blanca. Bastantes de ellas las hemos reseñado en el periódico HOY.
Sillas invisibles, que prologa Javier Díaz Gil, escritor madrileño, toma título de una alegoría: los asientos de la mente donde reposan las vivencias más profundas. Ya se sabe, el cerebro, como un buen programa de ordenador, no borra; a lo sumo, inhibe, cubre o desplaza los contenidos grabados en sus engramas. Sólo se precisa la voz oportuna, consciente o inconsciente; la “mano de nieve” becqueriana; el despertador que voluntaria o involuntariamente actualiza ese depósito neuronal para volver a revivir sensaciones otrora experimentadas y nunca del todo perdidas.
De estructura cuadrangular, el libro se divide en cuatro partes: “Desde el embarcadero. Mientras llega la barca”, “A los que ya alcanzaron la otra orilla”, “Lugares y maletas” y “Con el dolor a cuestas”.
Jóvenes rotos en algún accidente estúpido, niños de secano, muchachas en flor, mujeres heridas por hambres nunca o mal satisfechas, parejas desencantadas… son los sujetos preferentemente evocados en la parte inicial.
La segunda recuerda a personas queridas que ya pisan otros horizontes: la amable telefonista del pueblo, cantantes, pintores o poetas fallecidos (Cecilia, Mallarmé, Aleixandre, Lola Santiago, Juan Ruiz de Torres, Frida Kahlo, Ramón Casañer) cuyas creaciones marcaron la sensibilidad del autor.
Pasa después a recrear imaginativamente los lugares que más le han conmovido: Alburquerque ( mundo de cal y cielo/donde tengo estuchada mi nacencia); el Valle del Jerte (De luz y verde explota el cerezal/a cada paso una canción de agua); Los Panjalos (Afuera los cerezos en hileras/montan su guardia verde y roja); Galicia (Más allá de los bosques/recita lastimeras letanía/una campana vieja como el mundo); la Alcarria, Cádiz, Guardamar, la Capadocia tura y, naturalmente, Madrid (Esta ciudad, rugido y dientes/me azota con su grito/. Llevo la dentellada del asfalto/desde las sienes hasta la huella).
Por último, el broche, con los poemas quizás más tiernos, como los que dedica a la mujer cuyo bolso roba alguien azotado por la hambruna; niños sin pan (En vuestros vientres secos/hizo su madriguera/el hambre con su séquito de espadas) o el desamparo de millones de personas en el África reseca.
Juan Calderón dista mucho de ser un revolucionario encendido, un insurrecto social o un populista demagogo. Pero sabe lo cómo sufren los más débiles y, aunque su temperamento artístico lo induzca más bien a los planteamientos, no puede menos de solidarizarse con quienes la suerte les fue esquiva y denunciar a los posibles culpables. Lo hace sin levantar mucho la voz, pero dejándose oír, porque también él tiene gotas de sangre jacobina (A. Machado).
Por lo demás, resultará evidente que con cada entrega va depurando más sus versos, blancos y libres, dotándoles de notable intensidad, desnudez y carga metafórica, sin permitirse decaimientos o facilidades empobrecedoras. “Se puede salvar el mundo, escribe el prologuista, escribiendo un poema, si el poema es capaz de conmover e implicar al lector”. Son muchos con esa virtud los aquí ofrecidos. M.P.L.
Juan Calderón Matador, Sillas invisibles. Madrid, Los libros del Mississippi, 2020.

Con esta obra, Ramírez Lozano (Nogales, 1950) obtuvo el XIII Premio de Poesía Fray Luis de León. Son ya casi incontables las veces que un libro del escritor extremeño luce la franja del galardón literario recibido. El jurado declaraba que se distinguía “por una imaginación desbordante vertida en un verso que maneja de forma original la imagen, generalmente de raíz surrealista. Y, al tiempo, imbricada en un pulso narrativo que vertebra los poemas y les sirve como pauta y asiento. En su conjunto reúne una serie de escenas y una galería de personajes harto curiosos, que amplían la mirada sobre el hombre”.
Lo confirma la lectura de estos versos, por lo demás muy en línea con la poética toda del autor. Los abre una cita de Santos Domínguez: Como si los dictara un sueño/desde un tiempo sin tiempo,/fragmentos subalternos, confluencias/memorias inveraces/que simula el recuerdo y ejecuta el fracaso (El viento sobre las aguas). Difícil proponer otras imágenes que las aquí expresadas por el escritor cacereño para caracterizar la escritura de Ramírez Lozano-
Se divide La sílaba de ónice –ya el título es toda una manifestación, uniendo palabra y piedra preciosa- en dos partes, “Fabulaciones” e “Invertebrados”, cerradas por un poema epilogal, acaso el mejor de todos, a los que de alguna manera resume.
Para fabular, el poeta extremeño ha demostrado siempre poseer extraordinarias virtudes. Personajes, territorios, acontecimientos, animales, olores y figuras que sólo en su fecunda imaginación existen, transitan por los versos con la asombrosa facilidad del realismo mágico. Este formidable derroche, tan inverosímil como atractivo, no se interrumpe en la parte segunda. Baste leer la primera estrofa del poema “El abuelo de Dios”: Dios tiene un abuelo aún más eterno/que se sabe el olvido, que perdió la memoria/, que anda por el mundo madrugando/y que lleva la cuenta de las hormigas muertas/y los lunares de las mariquitas.
Algunos especímenes aquí concitados resultarán reconocibles para los lectores habituales: el bultano de Erión (mamífero ciego que huía de los arqueros del rey Salmanasar); la voraca de Ur (que tomaba la forma de cuanto devoraba, dando cuerpo con su misma materia a los hombres que engullía); las monjas clarisas (dadas a ensartar con su aguja las minúsculas muertas de los abecedarios) o el mártir san Anilio, que te señala con el dedo el portón que da al Tíber, pero encamina a una alcoba de Praga.
Es cierto que en ocasiones surgen figuras localizables en los libros de historia, como el rey Mitrídates, Goya, Gandhi, Tina Turner, el mismísimo San Pedro). O lugares de la geografía real (Corfú, Marsella, Dachau, China, Judea, Ceilán, Namibia). Pero, según la misma pluralidad de nombres sugiere, nada se dice acorde con los parámetros espaciotemporales ni la verosimilitud lógica. Es todo un puro disfrute fantasmagórico, el juego creativo más libre, sustentado sobre un dominio excepcional del lenguaje, cuyas sílabas, sabiamente manejadas, son tan preciosas como el ónice.
Si la vaca cega (ciega) de Joan Maragall no olvida los senderos que conociese antes de la cruel pedrada, y se conduce como las demás, la vaca sola del poema último ignora la promesa de Dios/pero se deja, mansa/ordeñar por el ángel de la desolación/mientras camina lenta/arrastrando sus ubres, el hilo de su leche/sobre las matas verdes de ortiga y achicoria/sobre las tumbas negras que aguardan todavía/el vano despertar, el alba de la carne. M.P.L.
José A. Ramírez Lozano, La sílaba de ónice. Valladolid, Junta de Castilla y León, 2019.

Entre los aciertos de la Fundación CB, cabe señalar la aún joven colección “Personajes singulares”, dedicada a establecer la biografía de quienes se han distinguido por sus aportaciones culturales a la ciudad de Badajoz. En la misma han ido publicándose las de Tirso Lozano Rubio, José Antonio Marcos Blanco, Santiago Corchete, Francisco Rodríguez Arias, Félix Soto Mancera y Julio Cienfuegos. La última es la de Enrique Segura Otaño (Estella, 1882 -Badajoz, 1980), conocido en su día como el “decano de los escritores extremeños”.
Nieto del biografiado es el autor, que voluntariamente se impuso ese bien perceptible estilo familiar, no irreconciliable con la exactitud de los apuntes. No pocos los tomará de los que dejara el propio biografiado.
Por lo demás, a Manuel Iglesias (Badajoz, 1959) no le resultan noveles los avatares de la edición. Maestro nacional, miembro activo de la R. Sociedad de Amigos del País, músico amateur, gran aficionado al cante jondo, intérprete de guitarra, estudioso de la cultura romaní, con estancia en diferentes países, suyos son los libros Badajoz-ciudad flamenca. Su historia y protagonistas (Badajoz, Diputación, 2012) y La guitarra flamenca (Badajoz, Diputación, 2014).
Pesarán mucho los antecedentes familiares en la vida de nuestro hombre. Su padre fue militar durante tres decenios, con destacadas intervenciones en las guerras de África y contra las facciones carlistas por diversos lugares de la Península. Estudia como alumno externo de la Academia de Infantería toledana y, tras otros destinos, llega a Badajoz (1904), donde se afincará definitivamente para devenir uno de los intelectuales pacenses más destacados. Descubre pronto su vocación literaria, tanto crítica como creativa y editora, la célebre unidad entre las armas y las letras. La plaza contaba con un buen número de periódicos, en muchos de los cuales irá apareciendo su firma: Nuevo Diario de Badajoz, La Región Extremeña, El Heraldo de Badajoz, Noticiero Extremeño, La Libertad …. Y será un colaborador asiduo del HOY, desde que se fundase hasta que pudo sostener la pluma. Iglesias dedica todo un capítulo a los trabajos que allí suscribe, con la oportuna datación.
Enamorado de Portugal, Segura hizo numerosos viajes por el país vecino, sobre el que compuso numerosas páginas. Casa con Laurencia Covarsí Yustas, entroncando con una familia de pintores y cazadores famosos. Se hace buen amigo de poetas (Manuel Monterrey), ensayistas (López Prudencio), fotógrafos (Vidarte), novelistas (Reyes Huertas), historiadores (J. Rincón Jiménez), etnógrafos (J. Sancho González) o bibliógrafos tan reputados como A. Rodríguez-Moñino, junto a los cuales se propuso crear una Biblioteca de Autores Extremeños, a la postre frustrada.
Su primer libro lo sacó bajo el seudónimo de “Fabián Conde”: Amor entre ruinas (1926), novela que sirve de guion para la película Alma en escombros, dirigida por Florentino Hernández Girbal (1926). Le seguirían otros, entre ellos: Biografía de Eugenio Hermoso (1927), Vida de Eça de Queiroz (1945), Biografías (1951), Un montero genial. Biografía de A. Covarsí (1953), Ríos al mar (1956).
Son numerosos sus artículos en la Revista de Estudios Extremeños, editada desde 1927 por el Centro que contribuyó crear y que él mismo dirigiera desde 1957 a 1973.
El verano de 1936, Segura Otaño era Teniente Coronel de Infantería y Primer Jefe de la Caja de Reclutas en Badajoz. El autor ofrece algún apunte sobre los acontecimientos en que D. Enrique se vería implicado tras la sublevación franquista. Su actitud no agrada a los vencedores, aunque al parecer salvó la vida de los guardias civiles detenidos en la ciudad por los republicanos. Lo encarcelaron preventivamente en el fuerte de San Cristóbal (octubre 1936), donde, después de juzgarle (mayo 1938) y condenarlo a tres años más un día de prisión mayor, estuvo preso hasta que quedó en libertad provisional (marzo 1939).
Entre los hijos de nuestro personaje destacarán dos, que han dejado huella en cuantos tuvimos la fortuna de tratarlos: Esperanza, la creadora de la más célebre tertulia que ha habido en la ciudad, “Los Sabáticos”, y Enrique, catedrático con quien aprendieron lengua y literatura españolas varia generaciones de badajocenses. Ambos tendrán un día su oportuno biógrafo, tal vez el sobrino que hoy presentamos.
M.P.L. Manuel Iglesias Segura, Enrique Segura Otaño. La espada y la pluma. Badajoz, Fundación CB, 2019.

Una de las piezas literarias que más me han conmovido es el discurso de José Saramago ante la Academia Sueca al recibir el premio Nobel (1988). El gran novelista portugués, que un día nos hablase en el IES Zurbarán de Badajoz sobre sus orígenes campesinos (mayo 1994), tuvo a bien comenzar refiriendo la historia del abuelo Jerónimo. Aunque analfabeto, aquel hortelano, amante de dormir las siestas bajo la higuera, fue el hombre más sabio que había conocido. Entre las anécdotas admirables que del mismo refirió de aquel, una me sigue emocionándome: cuando supo que la muerte lo buscaba, se despidió de los árboles de su huerto uno por uno, abrazándolos y llorando porque sabía que no los volvería a ver.
Imagino a Joaquín Araújo haciendo algo similar. Aunque este madrileño (n. 1947), voluntariamente emboscado en Las Villuercas, lo tendrá difícil para decirle adiós a todos los suyos; él, convencido de que el árbol resulta nuestro benefactor máximo, se vanagloria de haber plantado tantos árboles como días lleva vividos, unos 25.000. Y de autoabastecerse con sus propios cultivos.
El amor que este relevante miembro de la R. Academia de Extremadura les profesa rebosa en todas las páginas de su obra, donosamente titulada con un escorzo del antiguo refrán: Los árboles enseñarán a ver el bosque, cuyo prólogo suscribe Manuel Rivas. El gallego evoca el pasaje de la Odisea, donde se nos narra como el anciano rey Laertes reconoce a su hijo Ulises, ausente durante veinte años, cuando éste le recuerda con exactitud que el padre le había asignado en el huerto familiar justo trece perales, diez manzanos, cuarenta higueras y cincuenta linios de cepas.
“Trémulo de emoción, en la llanura, un árbol solo”, concluye uno de sus más bellos poemarios Jesús D. Valhondo. Hombre tan comunicativo, así se sentía el escritor en los tiempos finales. El árbol casi nunca es individuo, sostiene Araújo: su impulso radical es ser con los suyos, transformarse en bosque, generar comunicación con los congéneres. Sólo algunas circunstancias excepcionalmente negativas se lo pueden impedir. Wenceslao Fernández Flórez lo presentaba de modo admirable en El bosque animado, novela que los de mi curso leímos en cuarto de bachillerato. Lo hacen también El otros creadores, sin duda más conocidos, que van citándose en esta obra repleta de poesía: César Vallejo, Rilke, Pessoa, Novalis, Neruda, Miguel Hernández, Aleixandre, Seferis, Clara Janés, E. Dickinson, A. Gamoneda y muchos más.
Porque si algo distinguen los textos del autor es que sabe combinar instancias múltiples: el rigor científico, las reflexiones ensayísticas, los apuntes históricos y una extraordinaria imaginación para construir metáforas y prosopopeyas “arbóreas”-
Su gusto por el lenguaje lo induce a jugar con las palabras, excavar en las raíces etimológicas de los términos forestales (a veces, partiendo desde el ¡sánscrito!) y configurar neologismos con pleno significado, como “solitariar” (tendencia a perderse en sus soledades rústicas. “Extremadura o la soledad”, escribía Pedro de Lorenzo); “lentear” (ir a contracorriente de las prisas), “maderamienta” (útiles de madera) y tantos otros. No lo es exactamente, sino una vieja reliquia léxica, el término que más le gusta de todos: “atalantar”, con que saluda y despide a los interlocutores, aprendido de Bernabé, solitario cabrero de Castañar de Ibor. “Que la vida te atalante”, vale decir, te serene, calme, tranquilice, obsequie, cuide y satisfaga.
Fray Luis de León, otro enamorado de la vida retirada, tal vez por los zarpazos que hubo de sufrir, soñaba con dormirse A la sombra tendido/de hiedra y lauro eterno coronado/puesto el atento oído/ al son dulce acordado/del plectro sabiamente meneado.
Araújo decidió desde muy joven abandonar las convulsiones de su Madrid para afincarse en un rincón cacereño. Mucho ha trabajado, comprendido y enseñado desde entonces. La madurez de este naturalista excepcional, pedagogo y poeta, que tan bien sabe unir teoría y praxis ecológicas, luce en cada página de su nuevo libro. Con la misma sencillez que aduce datos y cifras botánicas, edafológicas o ambientales, compone versos (preferentemente haikus) en homenaje a la arboleda. A todos nos animará para mejor entender la simbiosis de los elementos básicos y alentarnos en su defensa. En ello nos va la Vida.
Desde la internet de sus raíces hasta el abanico-laboratorio de las hojas, el árbol, y por extensión el bosque, del que en definitiva descendemos, es un tesoro; quemarlos, la mayor tragedia; ponerlos a crecer y cuidarles la salud (¡la “seca”!), una obligación ineludible. Cerezos del Jerte, laurisilvas del Garajoay, robles de Muniellos, hayas de Irati, sabinas de Calatañazor, arboleda de Cantolobos, pinos de Valsain, loreras cacereñas, alcornocales de la Almoraima, olivos de Jaén, encinares adehesados…tienen en Araújo su máximo valedor. M.P.L. Joaquín Araújo Ponciano, Los árboles te enseñarán a ver el bosque. Barcelona, Planeta, 2020.

La adelfa es quizás el arbusto dominante en las orillas de todas las corrientes de agua que surcan el territorio extremeño, desde los humildes arroyos a los grandes ríos. Planta ornamental por excelencia, ha ido extendiéndose como ornato en calles, plazas, jardines y autopistas, con la particularidad de que sus componentes tóxicos la hacen inmune al diente de los animales. Ahora dicen que uno de aquellos podría ser útil en farmacopea, la “oleandrina” (el término nos remite al portugués “loendro”, más próximo al nombre científico de la planta, nerium oleander, que el español, procedente del andalusí addifla y éste del griego Daphne). Fácil resulta contemplarla florida durante los más rigurosos estíos en las riberas del Guadiana, Caya o Gévora, por nombrar sólo algunos de los cursos “rayanos”, que nos unen y separan de Portugal, fronterizos por razones históricas y no geográficas. Las poblaciones limítrofes de uno y otro país establecieron multitud de puentes a lo largo de sus riberas, a veces, todo hay que decirlo, con intenciones más bien belicosas que pacíficas. De cualquier forma, “tender puentes” quedará en el lenguaje común como símbolo de entendimiento y buen trato entre vecinos.
José Márquez Franco (Jerez de los Caballeros, 1949) acierta plenamente con el título que decidió poner a su obra, dada la intencionalidad de la misma: poner de manifiesto los muchos caracteres comunes que, dentro de sus idiosincrasias respectivas, distinguen a lusos y españoles. Pese a tantos enfrenamientos históricos, no es del todo verdad que hayan sido dos pueblos “a costas voltadas” (de espaldas), según la dolorosa expresión. Comenzando por un nexo fundamental, los idiomas respectivos (castellano y portugués son dos lenguas hermanas, repetía Pessoa), numerosos lazos han tejiendo una red fortísima entre las dos naciones, especialmente sensible en las poblaciones colindantes, como puede percibir quien compare Galicia y los distritos lusos aledaños, o Extremadura y el Alentejo : matrimonios mixtos, intercambios comerciales (dentro o al margen de la ley), prestaciones de apoyos mutuos, trabajadores del corcho o la siega que van y vienen, rebaños que no reconocen mojones (tampoco, ¡ay!, los fuegos), participación en festejos populares, usos y costumbres parecidas, tradiciones e imaginario compartidos, hambres y miserias cercanas, amén, sin duda, la fe católica dominante.
De todo ello hay manifestaciones múltiples en la obra que comentamos. Bien lo resalta en su cálido prólogo la doctora Carmen Araya Iglesias.
José Márquez ha ejercido como profesor de Historia y cuenta con publicaciones de diferente género: estudios, ensayos, poesía y dramas. Entre sus libros últimos cabe recordar Interior de un jardín (2013) y Aixa, luz del Templo (2015), siendo coautor de El último templario de Jerez (2019).
El puente entre las adelfas, con ocho relatos y 300 páginas justas, constituye un conjunto que responde al subtítulo, ”cuentos e historias de historias de la Raya”, aunque contiene también piezas que escaparían a estas clasificaciones.
Todas tienen en común el marco espaciotemporal: los territorios rayanos de la Baja y Extremadura y sus correspondientes en el vecino país durante los decenios siguientes a la guerra civil española, aún con claros ecos de la misma. Abundan los topónimos ficticios, sobre todo cuando se alude a poblaciones extremeñas, apareciendo señaladas explícitamente las del Alentejo o el Algarve.
Voy a referirme solo a tres de las composiciones aquí agavilladas, sin desmerecer en absoluto de las otras. “El fantástico viaje de María de Sousa”, una de las más extensa, podría competir perfectamente con las mejores del realismo mágico. Esta sapientísima mujer afincada en la finca extremeña La Jarana, pero nacida en Sâo Pedro do Corval, realizará por las nubes, a la vista de todos, un fantástico viaje, haciendo florecer la comarca. Le acompañan multitudes enfervorecidas, que recuerdan las de Fátima. No falta imaginación en “Los libros perdidos”, también de carácter internacional e inspirada en un hecho desgraciadamente histórico: la venta de su maravillosa biblioteca que el Marqués de Jerez, acuciado por deudas de juego, realizase a Mr. Huntington y hoy forman parte sustancial de la de la Hispanic Society de Nueva York. Por último, “El Médico del Aire”, un relato extenso, con humor próximo al astracán, que se desarrolla fundamentalmente en Lisboa, aunque con protagonista español (ridículo, pero simpático a fuerza de esperpéntico). M.P. L.
José Márquez Franco, El puente entre las adelfas (A ponte entre os loendros). Badajoz, Tecnigraf, 2019.

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