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Laura Olalla nació (1953) en Garlitos, corazón de la “Siberia extremeña”, donde pasó la niñez. Ya se sabe, la patria de cada persona es la infancia. Lo que se cumple también en esta escritora, pese a su indudable espíritu cosmopolita. Con sólo nueve años, tras el fallecimiento de su padre, se traslada a Madrid. Allí estudia y va abriéndose camino en el mundo de las letras y las artes plásticas. Estamos, pues, ante otro personaje de la cultura extremeña en el exilio, aunque su nombre, como el de bastantes más con la misma condición, no figure en el reciente volumen de tan evocador título, Diáspora, preparado por Víctor Peña Dacosta (Cáceres, Ediciones Liliputienses, 2019).
Olalla publicó su primer libro ya en plena madurez, Estirpe de Gacela (Madrid, Beturia, 1997), al que seguiría En un rincón cualquiera de la casa, distinguido con el Premio Guadalajara (Diputación, 1998). Antes obtuvo otros galardones notables, cono el Alcaraván (Cádiz, 1996) o el Dulcinea (Castilla-La Mancha, 1996). Repetiría fortuna con el Ciudad de Mérida 2000 por Laberinto del agua y el Fray de León (Ávila, 2001. Suyos son también los poemarios Fugitivas del mar (Madrid, Pigmalión, 2013) y Diseño de interiores (Ediciones Amargord, 2014). Poemas suyos han sido seleccionados para numerosas antologías este último decenio.
Laura Olalla, que ha sido gestora administrativa en el Ministerio de Educación, actriz de fotonovela, pintora y colaboradora de entidades solidarias como Proyecto Hombre (Madrid), Hermanas Trinitarias (Madrid) o Centro de Mayores Rivas-Vaciamadrid, es una mujer comprometida con los problemas sociales, singularmente sensible ante el sufrimiento de los más pobres y explícitamente abierta a las instancias transcendentales. Ha llevado también sus dibujos a numerosas exposiciones. De todo eso hay bien perceptibles rastros en Mi pluma en vigilia. Antonio Machado proclamaba en aquel tremendo 1937 español: "Para nosotros, defender y difundir la cultura es una misma cosa: aumentar en el mundo el humano tesoro de conciencia vigilante". Podría ser la idea inspiradora de este libro, que no se distingue precisamente por su unidad, pero incluye poemas de extraordinaria altura.
Tras un preámbulo, bien prescindible, de Hilario Martínez Nebreda, psicopedagogo de Educación Especial y escritor, sigue un extenso prólogo que suscribe Antonio Moreno Ayora, catedrático de Lengua y Literatura españolas. Sin entrar en muchas explicaciones técnicas, concluye diciendo que está convencido de hallarse “ante una poeta excelente, sensible como una hoja bajo el viento, emotiva como una mariposa transida de luz bajo el sol, solidaria como la yedra que se adhiere a la pared para protegerla”.
El poemario, que fue accésit del Premio Arte ahora (Málaga, 2019), se estructura en tres partes bien diferenciadas. La más notable desde el punto de vista formal, aunque para mí no la mejor, es la segunda, “Refugiados entre colinas de hombres”. Sorprendentemente, sus versos se publican trilingües, en castellano, inglés y árabe, ilustrados con dibujos del pintor palestino Imad Abu Shtayyah. Se inspiran en los campos de refugiados de Gaza y constituyen una encendida denuncia contra los responsables de la situación. Cabe destacar la elegía de Einas Khalil, la pequeña atropellada (octubre 2014) por un conductor israelí.
En la parte primera, la autora da curso a los ideales que le inspira la congregación religiosa Juventud Idente, “que se alimenta de esta filosofía que comulga con el amor a Cristo y, por ende, a cada uno de los seres humanos más desfavorecidos”, según aclara el apéndice de “agradecimientos”.
En la tercera, “La mujer que está aquí”, parece recoger materiales dispersos, algunos ya publicados (v.c., “A la ilusión que provoca el amor”, antología El amor es como el mar. Ed. Nueva Estrella, 2018), todos centrados en el propio sujeto lírico, y de diferente factura, incluso con algún juego gráfico, tipo caligrama. Dos de sus poemas sobresalen: “He visto”, de carácter anafórico, y “Yo soy como una casa” (pág. 95), magnífico autorretrato, que obtuvo en su día el premio “Ciudad de Alalpardo” (Madrid, 2004). Laura Olalla Olwid, Mi pluma en vigilia. Madrid, Nueva Estrella, 2019.

Isidro Timón es un nombre bien conocido entre los amantes del teatro. Natural de Cáceres, pero criado en Villanueva de la Vera, que él tiene por su pueblo, comenzó los estudios universitarios de Geografía e Historia, para terminar graduándose en Dirección Escénica y Dramaturgia (ESAD Extremadura).
Entre sus dedicaciones más destacadas cabe recordar que ha dirigido el Aula de Teatro de la UEX (1993-2000), el Consorcio Gran Teatro de Cáceres (2001-2012) y el Festival de Teatro Clásico de Cáceres. Ha sido también responsable de once ediciones del Festival Womad cacereño. En octubre de 2015 fundó, codirigiéndola desde entonces, la Maltravieso border scene, que acoge la Escuela de Artes Escénicas Maltravieso, la compañía Maltravieso Teatro y el Centro de Producción y Experiencias Escénicas Maltravieso. Creó y regentó en Cáceres "Por Ejemplo", mítico bar de los 80 en La Madrila. Tampoco le resultan ajenas áreas como el cortometraje de ficción y documental, la televisión y las artes plásticas.
Es autor dramático fecundo, con un amplio elenco de obras, originales o adaptaciones de grandes creadores, desde Eurípides (una versión de su Hipólito en la 64 edición del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida) o Sófocles (actualmente se representa en Perú Antígona. Siglo XXI) a Vaclav Havel, pasando por Cervantes y Shakespeare. Como narrador, lo que aquí nos interesa más, ha publicado Aquel día… Detroit (Letras Cascabeleras, 2014) y El sembrador de adoquines (Editora Regional de Extremadura, 2015).
ser-veleidades, con un título en minúsculas que inevitablemente evoca al Kundera de La insoportable levedad del ser, es un conjunto de diecisiete relatos cortos. Aunque se presenten subdivididos en dos partes, ni formal ni temáticamente se perciben entre ellos notables diferencias. Tal vez el más distinto (no el mejor) sea “Neandertart”, una combinación de prosa y poesía en homenaje a la cueva de Maltravieso, que tanto motiva al autor. Uno de sus dibujos protohistóricos, la mano con un dedo cercenado, fue elegido como símbolo por la Asociación de Escritores Extremeños.
“Las pinturas con manos sobre las paredes no manifiestan otra cosa que la necesidad del hombre, ya desde la prehistoria, por expresarse artísticamente. También el teatro comienza ahí, con las danzas rituales”, ha dicho nuestro dramaturgo en alguna ocasión. Más interesantes, desde el punto de vista literario, son otras entregas del libro, próximas al realismo social (“Viaje al agua”), melancólicas (“Volver”), fantásticas (“Blablacar”), rurales, (“Noche atrás”), urbanitas, (“Esencias”, “La cajera”), evocadoras (“Guchinni”), reflexivas (“Ese hombre”), ofimáticas (“Papelera de reciclaje”) o pedagógicas (“El orador”). El libro es un caleidoscopio de plurales elementos, cada uno con su propio carácter. Sus numerosas alusiones a paisajes, anécdotas, flora y fauna, vivencias regionales se refuerzan ocasionalmente con usos lingüísticos como el del verbo “quedar” en forma transitiva (adoptando el rol del joven amante cariñoso, para quedar boquiabierto al exmarido…, pág. 44), o la riqueza del campo semántico agroganadero (Junto a la puerta, en el suelo, colgadas, hay herramientas de labranza. Las miro, cojo la azada y un hacha, limpiaré los olivos de chupones y arreglaré las pozas alrededor de las higueras…, pág. 50). Lo que no impide la acertada aparición de expresiones pertenecientes a la informática o las comunicaciones audiovisuales, como frame a frame (pág. 22), Facebook (pág. 56), transfer ok (pág. 59), photocalls (pág. 60), etc. Tal vez el mejor símbolo de esta atinada simbiosis expresiva lo proporciona el propio autor cuando, al escribir sobre la seca, tanto dolor en la dehesa, imagina a los árboles fenecidos transformados en manos abiertas que gritan contra el cielo, aunque “solamente aquel alcornoque disponía de las oquedades necesarias para incrustar dos televisores de quince pulgadas en esos nudos vacíos, como viejas heridas abiertas “pág. 21). Seguramente, Vostell habría firmado con gusto esa perfomance entre sus barruecos graníticos.
M.P.L. Isidro Timón, ser-veleidades. Mérida, De la luna libros 2020

Es Luis Sáez (Cáceres, 1966) uno de los ensayistas extremeños más fecundos y lúcidos. Entre tantos de los suyos, a mí sigue atrayéndome especialmente Animales melancólicos. La invención literaria de la identidad (2001), de clamoroso título , publicado en la ya desaparecida editorial Los libros del Oeste, que Pedro Almoril, Manuel Vicente González y Ángel Campos Pámpano (+) tan inteligentemente comandaban.
Un toque de melancolía impregna también las páginas Descubrimiento del continente negro, aparecido también en otra de esas empresas del libro mantenidas merced al empeño particular de algún iluminado, en este caso Marino González.
El autor propone aquí varias claves para revisar tres décadas del siglo último, las que transcurren entre 1950-1980. Y lo hace según le gusta, deteniéndose en los acontecimientos, personajes, publicaciones o anécdotas más significativas, a cada una de los cuales dedicará el correspondiente capítulo. Sin aparente relación entre sí, las teselas de ese mosaico expresionistas, piezas de un puzzle difícil de componer, van trabándose entre sí hasta configurar un atractivo patchwork históricoliterario, como aquellas “mantas sorianas” que para los fríos invernales con retazos multicolores tejían nuestras abuelas.
Durante el periodo acotado, el peso de la cultura soviética, en la URSS y países satélites, desempeñaba un papel predominante, y no sólo en las previsibles áreas sociopolíticas. A eso alude el primer ensayo, “Siete hermanas”, referido no a las conocidas playas inglesas (las “Seven Sisters” de Sussex), sino a los mazacotes arquitectónicos que, impuestos por Stalin, dominaban los cielos de Moscú (hoy compiten con otros rascacielos).
No faltarán artistas que van por libre, como Georges Remi (Hergé), el dibujante belga inmortalizado gracias a su inefable Tintín, o el escultor portugués F. Vilas Boas, un fenómeno del arte popular, evocados en “Actes Sud”.
Seguramente fueron la música popular y el comic otras de las vías de escape en aquellos decenios. Astor Piazzola, el cantante argentino, autor de creaciones que combinan las protestas sociales con las ingenuidades cuasi surrealistas de El eternauta, o su paisano Germán Oesterheld, guionista de historietas “desaparecido” por los militares. Los recuerda Luis Sáez con enorme respeto en su tercer ensayo.
Le sigue “Kampuchea”, nombre oficial de Camboya bajo la dictadura de Pol Pot y su guerrilla de los jemeres rojos —brazo armado del Partido Comunista de Kampuchea— que gobernaron el país entre 1975 y 1979, tras la guerra civil, recoge Wikipedia. A tan siniestro dirigente, poco podían importarle las octavillas que la joven Teresa escribe y difunde en los recovecos de la Complutense en el Madrid de la transición, sin conseguir interesar a los estudiantes. Tampoco los alemanes de la Baader-Meinhof, ni los italianos de las Brigadas Rojas, aunque con más repercusión social, consiguen sus objetivos. Es quizás el mejor de los ensayos.
El último, que da nombre al libro, apenas alude al interés que por los movimientos revolucionarios de África se experimentaba en la época. Su protagonista es otro de los dictadores más crueles que masacraron a su pueblo, hasta que él mismo (y su mujer) cayeron víctimas de los fusiles: el presidente de la República Socialista de Rumanía, cuyo nombre (N. Ceacescu) se oculta, seguramente como símbolo del desprecio que al narrador le merece.
Concluye Sáez con el epilogo “Una escisión”, donde expone los nexos que ligan sus relatos, atrayente “literatura de escombros” (H. Böll), que abordan sin complejos lo acaecido. Por fortuna, el “Ángel de la Historia” (Benjamin/Klee) puede encontrarse con un ángelus novus en cualquier insospechado rincón, digamos el Oeste extremeño. M.P.L. Luis Sáez Delgado, Descubrimiento del continente negro. Mérida, De la luna libros, 2020.

Como si un ángel es una conmovedora narración, que combina armónicamente instancias históricas, documentalistas y literarias en torno a la figura de la joven Gisela Tenenbaum, “desaparecida” entre San Juan y Mendoza el viernes santo 8 de abril de 1977. Con una fórmula similar a la que ha venido utilizando Javier Cerca en Soldados de Salamina, El impostor o El monarca de las sombras, Erik Hackl construye esta novela biográfica de enorme interés y perfectamente ambientada en una época dolorosa, y aún no tan lejana, de Argentina.
Es muy posible que al autor (Steyr, 1954) lo indujesen para escribir esta obra el origen austríaco de la protagonista, así como los valores morales que trascienden de esta etopeya (descripción de rasgos morales de una persona, como es el carácter, cualidades, virtudes y costumbres de una persona). Especializado en Filología Germánica e Hispánica, lector algún tiempo en la Complutense madrileña, buen conocedor de los países latinoamericanos, entre las obras de E. Hackl figuran diferentes antologías sobre la sublevación de los obreros austríacos (1934), la Guerra civil española (1936-39) y los pueblos indígenas de Guatemala. Publicó con Hans Landauer el Diccionario de los voluntarios austriacos en la España republicana 1936-1939 y suyos son varios estudios sobre los presos españoles en Mauthausen.
En distintos campos de concentración perdieron la vida numerosos familiares de Gisele por pertenecer a la etnia judía. Algunos escaparon milagrosamente del de Buchenwald. Sus abuelos evitarían el holocausto largándose a tiempo de Viena para recalar en Bolivia, aunque finalmente elegirían Buenos Aires primero, Mendoza después, como su nueva patria. Nunca abandonaron sus ideales próximos al socialismo. De todo ello va dándose en la obra cumplida información, a la vez que se reconstruye la infancia, adolescencia y juventud de la biografiada.
Conjugando alternativamente apuntes sobre la familia Tenenbaum, la situación del país durante los años setenta de la pasada centuria, el peronismo, el brote del Movimiento Montonero y las actuaciones de la temible Junta Militar, en un discurso que no se atiene al orden cronológico, sino que funciona con feedbacks continuos, se urde un relato cuya lectura cuesta interrumpir.
También los padres de Gisela (Gisi para los amigos; Valentina como nombre de guerra, en homenaje a la cosmonauta rusa) aparece como personas extraordinarias. Los dos consiguen doctorarse en Medicina ya bien mayores, combinando oficios diferentes y estudios, sin perder su conciencia de clase. Siempre próximos a los más humildes, acogedores y solidarios, llegarán a jugársela por atender incluso a los guerrilleros heridos por las pistolas de los soldados, policías y paramilitares comandados por Videla. Nunca dejaron de confiar en la hija, que desde muy pronto sobresale entre sus compañeros. Gisi obtuvo las mejores notas; se llevó todas las condecoraciones académicas e incluso fue campeona de natación (obtuvo varios récords y premios internacionales). La verdad es que el biógrafo roza a veces la hagiografía.
El sentido de la responsabilidad y los ánimos de su novio, Alfredo Escámez, con quien estudia en la Universidad Tecnológica Nacional, la inducen con sólo veinte años a convertirse en “Montonera”. Los dirigentes del golpe de estado de 1976 se mostrarán implacables contra la militancia izquierdista, más aún si son partidarios de la lucha armada, según ocurrió con parte de la izquierda juvenil del partido peronista. ¿Por qué coge un fusil alguien de carácter tan pacífico, dulce, amistoso e incluso tímido como se nos presenta a la protagonista?
No se sabe con exactitud. Ni por qué no se dio a la fuga antes de que la detuviesen. Como tampoco dónde yacen ella y los 30.000 muertos, victimas del terrorismo de estado durante aquel “Proceso de Reorganización Nacional” - menudo eufemismo-, sin tener en cuenta las torturas, violaciones, robos de infantes, cárceles, exilios forzosos que destrozaron el país.
Raquel García Borsani, natural de Uruguay (n.1958) y profesora en Alemania ha hecho la versión a un castellano hermoso que, sin duda voluntariamente, ha querido impregnar de americanismos. Sobre todo en los testimonios orales dialogados, abundan los términos, giros y expresiones porteñas que a menudo imponen recurrir al diccionario. Erich Hackl, Como si un ángel. Cáceres, Periférica, 2019.

José Luis Muñoz (Salamanca, 1951), hombre polifacético, es sobre todo novelista. Como tal, ha sido galardonado con muchos de los más importantes premiosos españoles: el Azorín, Tigre Juan, Café Gijón, Juan Rulfo, Francisco Pavón, Ignacio Aldecoa, Camilo José Cela e Ignacio Aldecoa. Obtuvo el Ciudad de Badajoz con El mal absoluto (Sevilla, Algaida, 2008), cuyo protagonista, Meissner, es un ex miembro de las SS, sección de la Calavera, encargado de seleccionar (trabajos forzados y gratuitos, prostíbulo, experimentos médicos, comandos de apoyo, crematorio…), cuando no de eliminar personalmente a los presos de Auschwitz. Publiqué su reseña en HOY y a mi blog del periódico la subí. También lo hice con otra novela de J. L. Muñoz, mucho más próxima a la que nos ocupa, Ascenso y caída de Humberto da Silva (Barcelona, Ediciones Carena, 2016). Enmarcada en Brasil, su personaje principal es un prometedor futbolista, a la postre “juguete roto” y contiene atractivas dosis de denuncia social (el sórdido submundo de las chabolas); etnología (ritos del candombé, la oxirá, mâe de santo, carnaval, etc., amén de los usos, costumbres y ritos futboleros), junto con reflexiones sobre la condición humana (banalidad de éxito y contundencia del fracaso). Viajero infatigable (véase su blog La soledad del corredor de fondo) el autor tiene publicadas otras novelas inspirándose en países tan distintos como México, Estados Unidos, Tailandia, Cuba o Venezuela. Si bien es considerado uno de los autores más distinguidos del panorama nacional como cultivador de “novela negra” (dirige la colección La Orilla Negra y el festival Black Mountain Bossost en el Val d´Aran), vuelve con frecuencia a narraciones inspiradas en rutas por diferentes países. El viaje infinito es como una recopilación literaria de todos los que ha hecho desde su adolescencia (Madrid) hasta fallecer octogenario (Polinesia) Roberto Luis Wilcox, trasunto en buena medida del narrador, si bien enriquecido con lógicas licencias literarias. El nombre puesto a su personaje es sin duda en honor de Robert Louis Stevenson (Edimburgo, 1850 - Vailima Upolu, Samoa Occidental, 1894), a quien los samonanos llamarían “Tusitalia” (“El contador de historias”). Su clásico En los mares del Sur es numerosas evocado en el libro, sobre todo a partir de la segundad mitad. Wilcox, de origen catalán y ascendencia inglesa, parece afectado por el “síndrome wanderlust”, o “dromomanía”, un deseo irrefrenable de conocer nuevos territorios y descubrir otras culturas. Aunque, realmente, lo que más lo motiva son los encuentros amorosos con mujeres, estables (esposa y dos amantes) u ocasionales. Cada uno de los 43 capítulos lleva el nombre de la pensión, hotel, residencia o bungalow donde tuvieron lugar, a través de medio mundo: España (¡Granada!), París, la Cerdaña, San Diego, Los Ángeles, Las Vegas, Tijuana, Nueva Delhi, Agra, Benarés, Hong Kong, Singapur, Yakarta, Bali, Lambasa, … hasta el “Rarotongan Resort” final, en los Mares del Sur, junto al jefe Amanaki y su oronda mujer, Aitutak. Vive allí un último romance, a la Gauguin, con la jovencísima Tapue, que le dará un hijo. Curiosamente, no falta (c.22) la visita a Badajoz, donde acude a dar una conferencia invitado por el concejal de cultura, con el que no simpatiza (“Tiene aspecto de conquistador de antaño: alto, recio, barbado, lo que contrasta con su hablar suave”, pág. 144). Hábilmente construida con variados recursos expresivos, que van alternándose, desde la narración en tercera persona a los diálogos, el monólogo interior, el relato en primera persona, los envíos epistolares, la novela se distingue sobre todo por sus abundantes apuntes de carácter etnográfico, según los territorios visitados (sobresalientes los de la cultura toraja) y por la total desinhibición a la hora de describir las escenas de sexo explícito. No se olvide que Muñoz obtuvo el premio 12º de La Sonrisa Vertical (Pubis de vello rojo. Barcelona, Tusquets, 1990). M.P. L. José Luis Muñoz, El viaje infinito. Tres Cantos (Madrid), Bohodón Ediciones, 2010.

Lleva casi medio siglo Esteban Cortijo (Cañamero, Cáceres, 1952), licenciado en Ciencias de la Información, catedrático de Filosofía y ateneísta, tenazmente resuelto a rescatar para los lectores contemporáneos el pensamiento de Mario Roso de (Logrosán, 1872-Madrid, 1931). Víctima de una damnatio memoriae inquisitorial, los escritos de “El mago rojo de Logrosán”, según gustaba se le denominase, se habían convertido en joyas bibliográficas, sólo localizables por librerías de viejo (yo he comprado muchas en la madrileña Cuesta Moyano) o en las bibliotecas particulares de algunos admiradores irredentos.
A Cortijo se le deben múltiples estudios y la reedición de buena parte de las obras escritas por aquel simpático heterodoxo, entre ellas su tesis doctoral en Derecho (se licenció también en Ciencias), aparecida en la Revista de Estudios Extremeños, que por entonces (1985) yo dirigía. También tuve el honor de publicarle (Badajoz, Diputación, 1992), en la colección de “Personajes extremeños”, que había yo fundado con Bernardo V. Carande, la biografía Mario Roso de Luna, sumándome así al interés que entre muchos de nosotros había logrado suscitar Cortijo por su “alter ego”.
La nueva obra que ha tenido a bien dedicarle se publica en Delfos, “Ediciones de Sabiduría Ancestral”, dentro de la colección “Biblioteca Mario Roso de Luna” (émula de otra fundada por el Maestro, la “Biblioteca de las Maravillas”). Aquí se han reeditado títulos tan fundamentales para aproximarse al ideario rosoluliano como El tesoro de los lagos de Somiedo (Juan Cuento la relanzó en su día, 1980, y la andaluza editorial Renacimiento también la ha recogido); Hacia la gnosis, En el umbral del misterio, Wágner, mitólogo y ocultista (reeditada en 1987 por los Servicios de Publicaciones de la Diputación de Badajoz); De Sevilla al Yucatán, La ciencia hierática de los mayas, Simbología arcaica, El libro que mata a la muerte o libro de los jinas (el que más le gustaba a Roso); Simbología arcaica o Una mártir del siglo XIX: H.P. Blavatsky, donde el autor reivindica a la enigmática teósofa rusa que tan profundamente lo sedujo.
Hablando con Mario Roso de Luna consta de dos partes bien diferenciadas y de idéntica extensión. La primera, recoge una serie de estudios redactados por Cortijo para explicar cómo fue conformándose el pensamiento del genial hombre, a través de las distintas etapas por las que atravesó (científica o positivista, teosófíca y filosófica), aunque las tres permanecieron siempre entrecruzadas en su mente. Se abordan asimismo, nunca de manera dogmática, incluso dubitativa en bastantes puntos, cuestiones como la iniciación de Roso en la masonería andaluza; sus relaciones (casi inexistentes) con el krausismo y la Institución Libre de Enseñanza; los avatares del cacereño, nunca bien aceptado por la Universidad, la Iglesia católica … ni sus mismos colegas; los logros científicos que alcanzó como arqueólogo y astrónomo; el prestigio intelectual que, no obstante, obtuvo entre los coetáneos; la singularidad de su método expositivo (la analogía) y, muy especialmente, el meollo de los tres grandes núcleos de todos sus trabajos: la búsqueda de la verdad (concebida comoaletheia, o re-velación), el establecimiento de los nexos comunes que subyacen en todas las religiones y culturas, y la expansión de la fraternidad entre todos los hombres. Todo ello adobado con numerosas y sabrosísimas anécdotas, perfectamente contextualizadas.
La parte segunda viene a confirmar las interpretaciones que de Roso hace el ensayista. Para ello, en lugar de limitarse a citar los textos de un escritor tan prolífico y a menudo malinterpretado, construye un conjunto de cinco diálogos (Roso admiraba a Platón), en forma de otras tantas entrevista en las que Cortijo lo hace responder a las cuestiones más acuciantes para cuantos abordan los nada fáciles textos de aquel pensador, con tan plurales conocimientos: conciencia de comunidad entre las diferentes creencias religiosas; armonización de los descubrimientos empíricos o lógicomatemáticos con las ciencias ocultas; las razones por las que se dejó seducir ante las tesis teosóficas; el fundamento de las relaciones que tan agudamente establecía entre dioses, mitos, leyendas, topónimos y personajes de muy distintos pueblos o, en fin, las críticas y los sueños utópicos que para España sin olvidar a Extremadura, fue formulando Roso.
El autor es consciente de las dificultades que supone introducirse en los textos rosolulianos. No ha pretendido resolverlas todas. Lo que sí permite su obra es aproximarse más lúcidamente a aquellos atractivos ensayos, por lo demás compuestos todos con gran altura literaria. M.P.L. Esteban Cortijo Parralejo, Hablando con Mario Roso de Luna. Oviedo, Delfos, 2019, 164 págs.

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