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El año 2017, por generosa decisión de su hija Ana, Bonifacio Lázaro (Nazaré, Portugal, 1906- Madrid, 1999 ), pasa a ocupar lugar todavía más destacado en el Museo de Bellas Artes de Badajoz. Entre el rico legado del artista hispanoluso, cuyas obras se exhiben en centros tan notables como el Reina Sofía y la Academia de San Fernando, de Madrid, el lisboeta Museo del Chiado o el municipal de Setúbal (más el propio MUBA), figuraban 30 blocs de dibujos.
Según expresa en los preliminares del libro Mª. Teresa Rodríguez Prieto, directora del centro pacense receptor, se conservaban de modo devocional en carpetas encargadas por Ana para su óptima conservación.
María del Mar Lozano Bartolozzi, catedrática de Arte en la Universidad de la UEX, recientemente elegida académica de la Real de Extremadura, es la autora de este volumen, en el que se analiza la importancia de la donación y se reproducen sus principales contenidos. Son 430 los dibujos, pero hay que añadirles los sugestivos textos que el artista acostumbraba adjuntar. Si los primeros exhiben, en opinión de la autora, una reconocible “libertad, frescura y versatilidad a lo largo del trazo improvisado y experimental” (pág. 13), los segundos, de fuerte carga autobiográfica, ilustran bien sobre las propios concepciones estéticas e incluso sociales del pintor.
Volumen con casi trescientas páginas en formato mayor, responde perfectamente a las características de la colección Rescate en la que se incluye y de la que alcanza el nº 12.

Mª del Mar Lozano Bartolozzi, Una vida en cuadernos. Dibujos de Bonifacio Lázaro Lozano. Badajoz, Diputación, 2018

Dos grandes libros elegíacos permanecen en mi memoria entre las obras de los escritores extremeños contemporáneos: Visitación de la muerte, en el que Joaquín Calvo Flores nos conmovió con su duelo por la esposa fallecida en plena juventud, y La semilla en la nieve,ungido por las lágrimas de Ángel Campos Pámpano, también él prematuramente desaparecido, ante el cadáver de su madre. Con ellos conforma un trío desgarrador esta obra, de título “a lo Kundera” quizá no muy feliz, La insoportable soledad de yo no ser por culpa de tú no estar, poemario que el autor escribe tras la muerte de Antonia, la mujer de su vida.
Antonio Pacheco (Olivenza, 1955) se dio a conocer cuando obtuvo (1983) el Premio de Poesía que convocaba la Asociación de la Prensa de Badajoz con En la Ciudad del Agua. Poco después (1984) se le otorgaba el I Premio Constitución de Poesía por Tú para tristes momentos tristes. Desde entonces, ha ido publicando hasta una decena de libros, entre los que cabe recordar Estaciones para una ceremonia; Abril, impronta primavera y Madrugada de los ferrocarriles. El penúltimo, Solitaria rosa de tu aliento (2015), reincidía en la temática de los anteriores, que, según declaraciones propias, no era sino "amor de la memoria, amor de la nostalgia, de la experiencia o de lo desconocido. Pero siempre desde esa óptica", confesando que su mujer era su auténtica musa: "Es maravillosa desde que la conocí, cuando ella tenía 15 años. Nos hemos hecho el uno al otro".
Antonio Pacheco está incluido en Abierto al aire, pionera antología de poetas extremeños contemporáneos, así como en la Gran Enciclopedia de Extremadura. Sin embargo, no aparecen otros importantes trabajos que han venido publicándose sobre escritores extremeños en los lustros últimos. Suele suceder que en tales historias de la literatura, si bien “lo son todos los que están”, “no están todos los que son“ (algo que les ocurre también a poetas tan relevantes como Rafael R. Félix Morillón, Isabel Escudero, Pablo Jiménez, José María Bermejo, Ángel Sánchez Pascual o José Iglesias Benítez, por citar sólo las ausencias más llamativas). Fenómeno seguramente inevitable en cualquier antología, por más trabajada que haya sido, resulta extraño afecte incluso a quien ha ejercido toda su carrera profesional a orillas del Guadiana. En cualquier caso, Antonio Pacheco es un creador sólido, buen conocedor de la literatura, con confesadas preferencias por una larga nómina de autores que van de García Lorca, Salinas y César Vallejo a Antonio Gamoneda, sin excluir a su paisano y homónimo Manuel Pacheco.
Esta dolorida entrega se estructura en dos partes bien diferenciadas: “Diálogo a media voz” y “Monólogos del silencio”. Los poemas de la parte inicial están construidos en primera persona y constituyen un intento de establecer con la amada ausente el coloquio ya imposible. A ella se dirigen todos los versos, melancólicas evocaciones de vicisitudes gozosas compartidas durante seis lustros de convivencia, que el vacío por la pérdida y consecuente soledad transforman en dolor. Son composiciones de amplio alcance y estructura libre, de metro casi siempre corto, sostenidas con suaves asonancias. Abundan en imágenes espléndidas, muchas próximas al surrealismo.
Le siguen los monólogos, poemas más breves, algunos mínimos, de versos blancos, para mí no tan felices. El autor parece resignarse y se refugia en el lenguaje, también en los silencios, para encontrar cómo sobrevivir al cataclismo existencial que se le echó encima. Pero ni el pudor impide el lamento, ni la incineración, que las manos de ella continúen haciéndose sentir, dulce y consoladora. Concluye el libro con otro de sus poemas próximos al haiku: La eternidad/ en ti/apenas fue un instante.
Antonio Pacheco, La insoportable soledad de yo no ser por culpa de tú no estar. Badajoz, Fundación, CB, 2018

Como las entregas anteriores, el último volumen de actas donde se recogen los trabajos defendidos durante las XVIII Jornadas de Historia en Llerena 2017, constituye una valiosísima aportación para el conocimiento de nuestro pasado. Así resulta no tanto por las colaboraciones aquí recogidas de las principales figuras invitadas (Christine Mazzoli-Guintard, Universidad de Nantes; Isabel Montes Romero-Camacho, Universidad de Sevilla, y Reyes Mates, Consejo Superior de Investigaciones Científicas), sino por otros estudios de autores con menos nombre, pero cuyo rigor intelectual queda patente.
La publicación se dedica a la memoria de Manuel Maldonado, del que hubiese resultado oportuno incluir la oportuna biobibliografía. Asiduo partícipe de estas Jornadas, el fallecido era natural de Trasierra (Badajoz) y, aunque fue catedrático de Biología en el Instituto “San Isidoro” de Sevilla, dedicó valiosos estudios a la Orden de Santiago y sus encomiendas, recogidos en diferentes publicaciones.
Estuvo centrada esta edición en ese singular fenómeno que durante siglos conocería España: la conjunción, más o menos armónica, de las tres grandes culturas monoteístas, tal como según cada época y lugares las encarnaran judíos, musulmanes y cristianos, asunto de indudable trascendencia y actualidad. En los territorios de Extremadura, los seguidores del Evangelio, el Corán y la Tora forzosamente tuvieron que confrontar secularmente fe, costumbres, lenguaje, conocimientos, leyes, gustos artísticos, saberes científicos y modos de vida propios, bajo distintas relaciones de poder, dando origen a muy destacadas personalidades, monumentos, obras literarias, etc. de cada progenie. Por razones múltiples, Llerena, con su pasado islámico, sede del Tribunal de la Inquisición y de una muy numerosa e influyente aljama judía, se erige en lugar privilegiado para acoger simposios de estudios interculturales. (Algo que también puede atribuirse a otras poblaciones coexistentes bajo la “sombra de Tentudía”, como Zafra, Segura de León o Fregenal de la Sierra). Señalaré los que más han suscitado mi atención, sin desmerecer del resto.
Rafael Caso Amador y José Ramón Vallejo Villalobos, manejándose, según costumbre, con materiales archivísticos de primera mano, nos delinean la figura de Melchor de los Reyes (1571-1603), un frexnense de origen judeocoverso pasado al Perú (1594). Miembro del linaje de los Paz, presente también en otras poblaciones del entorno, entre ellas Monesterio (donde aún pervive el apellido), el indiano haría fortuna dedicándose al comercio y la recaudación de tributos (contó también con un pequeño número de esclavos negros).
Catedrático de Latín, Andrés Oyola hizo su tesis doctoral sobre la obra De recta curandorum vulnerum, pionero tratado de medicina suscrito por Arce (Arceo), el traumatólogo junto al que Arias Montano se iniciara en las artes de curar. El autor relaciona a ambos con un médico de cámara de Felipe II, Fernando Mena, cuyas raíces étnicas se desconoce (aunque por la época funcionaban como sinónimos “galeno” y “judío”). Y aun se apunta a un cuarto discípulo de Hipócrates, Álvaro Núñez, este sí de indudable origen israelita.
Como lo era sin duda Israel Gabriel, un trujimán (intérprete, del árabe turjumin) nacido en Llerena, cuyo currículum establece Luis Garraín, reconocido estudioso, que tan bien conoce el mundo judeoconverso, quien a la vez especula sobre el posible autor del Alborayque, uno de los ensayos, con fuerte carga antisemita, que forman parte de la “Biblioteca de Barcarrota”. Escrito en la “Atenas de Extremadura”, núcleo del mudéjar, por alguien singularmente culto, velará su nombre por lógicas precauciones, más comprensibles en el marco histórico que el articulista describe, complementando las también documentadas páginas de Ángel Bernal Estévez sobre “Diversidad racial y multicultural. Vivir en Llerena a finales de la Edad Media”. Felipe Lorenzana de la Puente y Francisco Javier Mateos Ascacíbar (coords.), El legado de la España de las tres culturas. Llerena, Sociedad Extremeña de Historia, 2018.

La colección Los Galeotes pretende divulgar piezas menos conocidas de los grandes momentos de la literatura en español y, a su vez, aspira a convertirse en un complemento a las exposiciones producidas por el Instituto Cervantes. Esta colección inicia su andadura con el título Lorca, el poeta y su pueblo, volumen de Arturo Barea que nunca antes fue publicado en España y que ofrece una visión lúcida, entrañable y valiente del gran poeta andaluz.
De la presentación de este libro se encarga Ian Gibson, reconocido especialista y autor de uno de los prólogos del libro. De la edición de este libro se ha encargado Juan Marqués. Arturo Barea (Badajoz, 1897 - Faringdon, 1957) se ha convertido con el tiempo en uno de los narradores españoles exiliados más leídos y apreciados, gracias a su memorable trilogía autobiográfica La forja de un rebelde (1940-1945), una monumental novela-testimonio traducida a más de quince idiomas que ha hecho de Barea, un escritor mundialmente conocido, aunque al mismo tiempo nunca ha perdido cierto aura de escritor secreto. Autor de los volúmenes de cuentos Valor y miedo (1938), y el ya póstumo El centro de la pista (1960), o de la novela La raíz rota (1951), Barea escribió también pequeños ensayos (con la constante colaboración de su mujer, Ilsa Kulcsar), así como cientos de alocuciones para la BBC. Sus estudios sobre Unamuno (1951) o este Lorca, el poeta y su pueblo (1944), que ahora recuperamos, comparten con su narrativa una enorme perspicacia, una alegría literaria contagiosa, y la indiscutible calidad civil de sus reflexiones.

Epifanías es el nuevo libro de J.A. Ramírez Lozano (Nogales, 1950), sin duda el escritor extremeño más fecundo, ya con casi un centenar de obras en su haber. Si muchas de ellas se publicaron a impulso del correspondiente premio recibido (pocos entre los importantes del panorama literario español le faltan por conseguir), en este caso aparece en la prestigiosa colección de poesía sostenida por Pre-Textos (aunque la obra ha sido beneficiada con una de las ayudas a la Edición que la Junta de Extremadura convoca).
El título corresponde muy bien al contenido. En primer lugar, porque, según la etimología griega del término, “epifanía” viene a significar “manifestación, “aparición”, “desvelación” de algo que estaba oculto. Así ocurre con los versos de cualquier poeta auténtico: abren al lector mundos nuevos, perspectivas antes ignoradas, por más próximas a nosotros que se ubiquen. Si la función poética es creadora (poieo), es porque genera luces, imágenes, sentimientos e incluso ideas que sorprenden por su novedad. Baste introducirse en los primeros poemas para vernos conducidos junto a arcángeles que cuidan ocas, vírgenes que asisten a los gatos heridos por los tranvías, escorpiones danzantes al son del bambú, tábanos enamoradizos cual galanes o gigantes con peces en las venas. Son ejemplos de esa iconografía fantástica de la que se nutre Ramírez Lozano con suprema naturalidad.
Por otra parte, “epifanía” ha ido adquiriendo en la cultura de Occidente connotaciones que remiten al mundo de lo sagrado. Es el nombre para una de las grandes fiestas de la liturgia cristiana (los Reyes Magos, que descubren al Niño Jesús merced al brillo de la estrella). El ámbito de lo sacro, de la religiosidad (más pagana que trascendente, desde luego), de los retablos y procesiones, de las sacristías y conventos, de leyendas áureas y mitos, de canónigos ilusos y rezadoras beatíficas, de misas pontificales y coros catedralicios, es preferentemente seleccionado por nuestro autor para ubicar a sus personajes. De ese trasfondo, más cercano a lo onírico, lo surreal, que a lo empíricamente verificable, tan bien conocido por el escritor desde su adolescencia, y para el que el entorno andaluz presta singulares motivaciones, se nutre.
Y no se le busquen intencionalidades más allá del puro divertimento literario, los juegos de lenguaje, la fabulación ensoñadora, que domina como pocos. No son de Ramírez Lozano la crítica social, ni la pretensión moralizadora, ni las reflexiones existencialistas, ni la confrontación ideológica, ni siquiera el análisis de los sentimientos íntimos, aunque de todo ello puedan localizarse trazos en alguno de sus poemas.
No obstante, esta escritura atrae por la misma fuerza del verbo exquisitamente manejado, la sugerencia de imágenes sorprendentes, incluso ese toque de ingenua inocencia repartidos con generosidad. Este licenciado en Filología, profesor ya jubilado de Lengua y Literatura, tan amante de la cultura italiana del Renacimiento, continúa situándose junto al maestro de gay-saber/aprendiz de ruiseñor, sonriéndose ante los envarados dictámenes de colegas pretendidamente más sabios y profundos (también mucho más aburridos).
A quien opte por refrescar neuronas, deleitarse con versos siempre imprevisibles, romper las ataduras lógico-positivas e introducirse en territorios continuamente renovados, se le abren todas las celosías con poemas como “Maneras de pelar una manzana según el canónigo Juan de Mena” (paráfrasis de la burla que de Ortega y Gasset Luis Martín Santo hizo en Tiempo de silencio ); “Fábula de la paloma que anidaba en los sepulcros”; “Defensa de la cigarra” o “Fábula del alfayate que hacía pasar los camellos por el ojo de su aguja” (evidente guiño neotestamentario).
Es lógico que Epifanía concluya con “La tentación de Baltasar”: ni las amenazas de (la reina de Saba, ni todo el oro del orbe, impedirán que el buen Mago esconda bajo la arena el himno de los sueños, la mirra de sus sílabas, la avaricia de las constelaciones y salve así al hombre. José Antonio Ramírez Lozano, Epifanías. Valencia, Pre-Textos, 2018

Francisco Castañar (Villanueva de la Vera, 1945), doctor en Letras Hispánicas con la tesis El compromiso en la novela española de la II República (Siglo XXI, 1992) y catedrático de Lengua y Literatura, ha desarrollado casi toda su vida profesional en el IES de Arenas de San Pedro. Autor de numerosas publicaciones, destacan entre las mismas las que ha dedicado a los dos fenómenos culturales que distinguen la historia de su pueblo natal: la fiesta del Peropalo y la fundación de la “Iglesia cristiana liberal de Villanueva de la Vera”. Si propuso un análisis antropológico excelente en El Peropalo, un carnaval de la España Mágica (Mérida, ERE, 1986, 1ª), no menos valioso es el estudio recién publicado sobre el fundador de aquella curiosísima institución parroquial. Nos referimos al sacerdote José García Mora (Plasencia, 1829-1910).
Más conocido como “El cura Mora”, fue Paul Drochon quien nos puso en su pista con el trabajo “Un curé ´libéral` sous la révolution de 1868” (1970). Se han ocupado de tan atrayente personaje otros autores, como Diego Blázquez Yáñez, J.M. Cobos/J.M. Vaquero y José Antonio Sánchez de la Calle, recogidos en la bibliografía. Yo mismo incluí al polémico párroco en la Gran Enciclopedia de Extremadura y publiqué su “Discurso a los seminaristas”, en Silva homenaje a Mariano Encomienda (Almendralejo, Centro Universitario Santa, 2009). Todo ha quedado asumido y superado con la entrega de Castañar, un volumen de 420 páginas que él presenta como “opus minus”, prometiendo otra segunda aún más desarrollada.
El autor establece la biobibliografía de Mora, clérigo bien formado y de fácil pluma; analiza el contenido de sus obras más importantes (El poder temporal del Papa y la sociedad europea, 1862; La verdad religiosa o exposición histórica, filosófica, moral y social de las doctrinas del catecismo católico en paralelo con las del protestantismo y el filosofismo, 1864; El principio de autoridad vindicado…, 1865; Los huérfanos de Extremadura: novela religiosa, política y moral, 1865; Diario de un párroco de aldea, 1865; Consideraciones sociales y políticas sobre las antiguas Cortes y Hermandades de Castilla, 1865, y Oración fúnebre por los mártires de la libertad…, 1868, amén de su periódico Los Neos sin careta); trata de deducir las causas que conducen a Mora desde sus iniciales actitudes e ideales conservadores a los abiertamente revolucionarios (tanto en lo civil como en religioso) y expone la bases teológicas y principales realizaciones de aquella “iglesia cristiana -liberal”, que, en cisma con el Obispado placentino, el cura Mora, suspenso a divinis, estableció en el hermoso pueblo verato. Castañar siempre busca fundamentarse en fuentes primarias (el archivo de Mora se guarda en la Biblioteca de Extremadura). Presenta sus conclusiones enmarcándolas en el contexto nacional (a veces, incluso con exceso de datos generales), acorde con la proyección que siempre quiso dar el biografiado a sus escritos y actuaciones.
No es figura exclusiva en la historia de Extremadura durante el siglo XIX, donde otros clérigos se situarán también junto a los más avanzados de su época. Ahí están Muñoz Torrero, José Segundo Flórez o lo profesores s krausistas del Seminario pacense de San Atón.
Pero ninguno llegaría a los radicales planteamientos de Mora en su segunda fase, a partir de 1865 y en ebullición tras la “Gloriosa” (1868). Recordemos sus críticas contra los trabucaires curas carlistas y los obispos que los apoyaban; la defensa del compromiso temporal de los sacerdotes; la demanda para éstos del celibato libre y el sustento con el propio trabajo; eliminación de los aranceles eclesiásticos, bulas, petitorios y similares; la búsqueda de la pureza evangélica; la vuelta al cristianismo primitivo y la proximidad a los más pobres; el apoyo a la República y el sufragio universal; lucha contra el caciquismo; mejora de las escuelas; la constitución, en fin, de una Iglesia libre, dentro de un estado libre.
La inmensa mayoría del pueblo se alineó con él, aunque la cosas terminarían mal, como ocurrió con otras experiencias similares de la época y la propia I República. No obstante, valió la pena intentarlo. Sin duda, hubo de dejar semilla …y las mejoras materiales que Mora, “procurador síndico” (concejal), consiguió para su pueblo.

Fulgencio Castañar, El cura Mora. Un sacerdote liberal y republicano en la España del siglo XIX. Cáceres, Ediciones Veragredos, 2018.


Con el patrocinio de la
JUNTA DE EXTREMADURA
Consejería de Cultura, Turismo y Deporte


 

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