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José Luis Muñoz (Salamanca, 1951), hombre polifacético, es sobre todo novelista. Como tal, ha sido galardonado con muchos de los más importantes premiosos españoles: el Azorín, Tigre Juan, Café Gijón, Juan Rulfo, Francisco Pavón, Ignacio Aldecoa, Camilo José Cela e Ignacio Aldecoa. Obtuvo el Ciudad de Badajoz con El mal absoluto (Sevilla, Algaida, 2008), cuyo protagonista, Meissner, es un ex miembro de las SS, sección de la Calavera, encargado de seleccionar (trabajos forzados y gratuitos, prostíbulo, experimentos médicos, comandos de apoyo, crematorio…), cuando no de eliminar personalmente a los presos de Auschwitz. Publiqué su reseña en HOY y a mi blog del periódico la subí. También lo hice con otra novela de J. L. Muñoz, mucho más próxima a la que nos ocupa, Ascenso y caída de Humberto da Silva (Barcelona, Ediciones Carena, 2016). Enmarcada en Brasil, su personaje principal es un prometedor futbolista, a la postre “juguete roto” y contiene atractivas dosis de denuncia social (el sórdido submundo de las chabolas); etnología (ritos del candombé, la oxirá, mâe de santo, carnaval, etc., amén de los usos, costumbres y ritos futboleros), junto con reflexiones sobre la condición humana (banalidad de éxito y contundencia del fracaso). Viajero infatigable (véase su blog La soledad del corredor de fondo) el autor tiene publicadas otras novelas inspirándose en países tan distintos como México, Estados Unidos, Tailandia, Cuba o Venezuela. Si bien es considerado uno de los autores más distinguidos del panorama nacional como cultivador de “novela negra” (dirige la colección La Orilla Negra y el festival Black Mountain Bossost en el Val d´Aran), vuelve con frecuencia a narraciones inspiradas en rutas por diferentes países. El viaje infinito es como una recopilación literaria de todos los que ha hecho desde su adolescencia (Madrid) hasta fallecer octogenario (Polinesia) Roberto Luis Wilcox, trasunto en buena medida del narrador, si bien enriquecido con lógicas licencias literarias. El nombre puesto a su personaje es sin duda en honor de Robert Louis Stevenson (Edimburgo, 1850 - Vailima Upolu, Samoa Occidental, 1894), a quien los samonanos llamarían “Tusitalia” (“El contador de historias”). Su clásico En los mares del Sur es numerosas evocado en el libro, sobre todo a partir de la segundad mitad. Wilcox, de origen catalán y ascendencia inglesa, parece afectado por el “síndrome wanderlust”, o “dromomanía”, un deseo irrefrenable de conocer nuevos territorios y descubrir otras culturas. Aunque, realmente, lo que más lo motiva son los encuentros amorosos con mujeres, estables (esposa y dos amantes) u ocasionales. Cada uno de los 43 capítulos lleva el nombre de la pensión, hotel, residencia o bungalow donde tuvieron lugar, a través de medio mundo: España (¡Granada!), París, la Cerdaña, San Diego, Los Ángeles, Las Vegas, Tijuana, Nueva Delhi, Agra, Benarés, Hong Kong, Singapur, Yakarta, Bali, Lambasa, … hasta el “Rarotongan Resort” final, en los Mares del Sur, junto al jefe Amanaki y su oronda mujer, Aitutak. Vive allí un último romance, a la Gauguin, con la jovencísima Tapue, que le dará un hijo. Curiosamente, no falta (c.22) la visita a Badajoz, donde acude a dar una conferencia invitado por el concejal de cultura, con el que no simpatiza (“Tiene aspecto de conquistador de antaño: alto, recio, barbado, lo que contrasta con su hablar suave”, pág. 144). Hábilmente construida con variados recursos expresivos, que van alternándose, desde la narración en tercera persona a los diálogos, el monólogo interior, el relato en primera persona, los envíos epistolares, la novela se distingue sobre todo por sus abundantes apuntes de carácter etnográfico, según los territorios visitados (sobresalientes los de la cultura toraja) y por la total desinhibición a la hora de describir las escenas de sexo explícito. No se olvide que Muñoz obtuvo el premio 12º de La Sonrisa Vertical (Pubis de vello rojo. Barcelona, Tusquets, 1990). M.P. L. José Luis Muñoz, El viaje infinito. Tres Cantos (Madrid), Bohodón Ediciones, 2010.

Lleva casi medio siglo Esteban Cortijo (Cañamero, Cáceres, 1952), licenciado en Ciencias de la Información, catedrático de Filosofía y ateneísta, tenazmente resuelto a rescatar para los lectores contemporáneos el pensamiento de Mario Roso de (Logrosán, 1872-Madrid, 1931). Víctima de una damnatio memoriae inquisitorial, los escritos de “El mago rojo de Logrosán”, según gustaba se le denominase, se habían convertido en joyas bibliográficas, sólo localizables por librerías de viejo (yo he comprado muchas en la madrileña Cuesta Moyano) o en las bibliotecas particulares de algunos admiradores irredentos.
A Cortijo se le deben múltiples estudios y la reedición de buena parte de las obras escritas por aquel simpático heterodoxo, entre ellas su tesis doctoral en Derecho (se licenció también en Ciencias), aparecida en la Revista de Estudios Extremeños, que por entonces (1985) yo dirigía. También tuve el honor de publicarle (Badajoz, Diputación, 1992), en la colección de “Personajes extremeños”, que había yo fundado con Bernardo V. Carande, la biografía Mario Roso de Luna, sumándome así al interés que entre muchos de nosotros había logrado suscitar Cortijo por su “alter ego”.
La nueva obra que ha tenido a bien dedicarle se publica en Delfos, “Ediciones de Sabiduría Ancestral”, dentro de la colección “Biblioteca Mario Roso de Luna” (émula de otra fundada por el Maestro, la “Biblioteca de las Maravillas”). Aquí se han reeditado títulos tan fundamentales para aproximarse al ideario rosoluliano como El tesoro de los lagos de Somiedo (Juan Cuento la relanzó en su día, 1980, y la andaluza editorial Renacimiento también la ha recogido); Hacia la gnosis, En el umbral del misterio, Wágner, mitólogo y ocultista (reeditada en 1987 por los Servicios de Publicaciones de la Diputación de Badajoz); De Sevilla al Yucatán, La ciencia hierática de los mayas, Simbología arcaica, El libro que mata a la muerte o libro de los jinas (el que más le gustaba a Roso); Simbología arcaica o Una mártir del siglo XIX: H.P. Blavatsky, donde el autor reivindica a la enigmática teósofa rusa que tan profundamente lo sedujo.
Hablando con Mario Roso de Luna consta de dos partes bien diferenciadas y de idéntica extensión. La primera, recoge una serie de estudios redactados por Cortijo para explicar cómo fue conformándose el pensamiento del genial hombre, a través de las distintas etapas por las que atravesó (científica o positivista, teosófíca y filosófica), aunque las tres permanecieron siempre entrecruzadas en su mente. Se abordan asimismo, nunca de manera dogmática, incluso dubitativa en bastantes puntos, cuestiones como la iniciación de Roso en la masonería andaluza; sus relaciones (casi inexistentes) con el krausismo y la Institución Libre de Enseñanza; los avatares del cacereño, nunca bien aceptado por la Universidad, la Iglesia católica … ni sus mismos colegas; los logros científicos que alcanzó como arqueólogo y astrónomo; el prestigio intelectual que, no obstante, obtuvo entre los coetáneos; la singularidad de su método expositivo (la analogía) y, muy especialmente, el meollo de los tres grandes núcleos de todos sus trabajos: la búsqueda de la verdad (concebida comoaletheia, o re-velación), el establecimiento de los nexos comunes que subyacen en todas las religiones y culturas, y la expansión de la fraternidad entre todos los hombres. Todo ello adobado con numerosas y sabrosísimas anécdotas, perfectamente contextualizadas.
La parte segunda viene a confirmar las interpretaciones que de Roso hace el ensayista. Para ello, en lugar de limitarse a citar los textos de un escritor tan prolífico y a menudo malinterpretado, construye un conjunto de cinco diálogos (Roso admiraba a Platón), en forma de otras tantas entrevista en las que Cortijo lo hace responder a las cuestiones más acuciantes para cuantos abordan los nada fáciles textos de aquel pensador, con tan plurales conocimientos: conciencia de comunidad entre las diferentes creencias religiosas; armonización de los descubrimientos empíricos o lógicomatemáticos con las ciencias ocultas; las razones por las que se dejó seducir ante las tesis teosóficas; el fundamento de las relaciones que tan agudamente establecía entre dioses, mitos, leyendas, topónimos y personajes de muy distintos pueblos o, en fin, las críticas y los sueños utópicos que para España sin olvidar a Extremadura, fue formulando Roso.
El autor es consciente de las dificultades que supone introducirse en los textos rosolulianos. No ha pretendido resolverlas todas. Lo que sí permite su obra es aproximarse más lúcidamente a aquellos atractivos ensayos, por lo demás compuestos todos con gran altura literaria. M.P.L. Esteban Cortijo Parralejo, Hablando con Mario Roso de Luna. Oviedo, Delfos, 2019, 164 págs.

José Antonio Cáceres Peña (Zarza de Granadilla,1941) es un notable escritor cacereño, al que no se le ha hecho justicia en Extremadura hasta época reciente. Su nombre figuró durante la década 65-75 del siglo pasado entre los más celebrados cultivadores de la poesía concreta, objetiva, visual, plástica o cinética, según las distintas modalidades de esa literatura experimental. Más aún, fue el primer español que vio publicada en el extranjero una obra de este tipo, su Corriente alterna (Turín, 1975) y obtuvo reconocimiento de los máximos cultivadores de tan difícil modalidad (Julio Campal, Felipe Boso, Fernando Millán o Antonio Gómez, que lo recodaba en un artículo publicado el año 1999 por el Boletín de la R. Academia de Extremadura). Junto a ellos participó muy activamente en agrupaciones, congresos, revistas, muestras y obras colectivas, hasta que voluntariamente decidió emprender otras fórmulas creadoras.
No obstante, Cáceres ha sido poco apreciado entre nosotros. Repasando mis volúmenes de Bibliografía Extremeña, sólo localizo tres entradas a él referidas, sucintos apuntes en los que anoto la publicación de otras tantas obras suyas: El rostro ante el espejo (Zarza de Granadilla, Ayuntamiento, 2004), Elegías y envíos (1995-1996), (Madrid, Beturia, 2010) y Moradas (Mérida, ERE, 2011). Tampoco es mayor el espacio que le han concedido otros estudios dedicados a los escritores de la Región. A propósito de la segunda señalada, reseñé: “En este libro, que prologa lúcidamente la profesora Emilia Oliva, recoge (el autor) sus versos y prosemas del periodo acotado en el título. Las “elegías”, impregnadas de referencias al paisaje extremeño que ahora habita el escritor, tienen un fuerte aire melancólico y existencialista; en los ”envíos” sobresalen las reflexiones filosófica, más bien escépticas, alternadas con denuncias sociales. La obra es la fruta madura de alguien que ha vivido intensamente, buscando la verdad por rutas múltiples, sin haber renunciado a encontrarla, aunque sea en las soledades serranas” (Bibliografía extremeña 2010-2011, pág. 325). Felizmente, tras la publicación de este hermoso volumen, con casi 400 páginas, José Antonio Cáceres. La consciencia de ser, resultará imposible desconocer la figura y los trabajos de tan valioso creador. Lo han hecho posible dos personas: el tristemente desaparecido Antonio Franco Domínguez, que con su sensibilidad para las artes innovadoras supo traer al MEIAC los trabajos del cacereño (muchos se habían perdido definitivamente), a quien juzga en el prólogo como “uno de los poetas experimentales más sobresalientes de nuestro país”, y la profesora Emilia Oliva (Malpartida de Plasencia), sin duda la estudiosa que más ha hecho por difundir la rica producción de Cáceres. Fue ella quien coordinó la muestra organizada (2019) en el Museo Extremeño e Iberoamericano de Arte Contemporáneo, La conciencia del ser, donde se origina este libro-católogo. Y la que ha escrito la mayor parte de sus páginas, aunque también logró las colaboraciones de personalidades tan conocedoras de la poesía, la pintura y la experimentación poéticas, todas relacionadas amistosamente con Cáceres, como Fernando Millán, Jorge Urrutia, Elisabeth Slavkoff, Juan Luis Campos o “nuestro” Antonio Gómez, sin olvidar el excelente poema de Pablo Jiménez, cuyo retrato pintase su amigo un agosto de juventud compartida.
La sensibilidad, los saberes, las ideas y las habilidades de J, A. Cáceres se han forjado en múltiples fraguas: el seminario de Plasencia (7 cursos); universidad Complutense, donde se licencia en Románicas con tesis sobre el habla de su pueblo, dirigida por Zamora Vicente; pertenencia a N.O., grupo de poesía experimental; lector de español en el Magee University College de Londonderry (2 años) y en la universidad de Pisa (6 años); estancia en una comuna catalana, donde conoce al mítico Llum de la Selva y se interesa por las filosofías orientales; docencia en el Departamento de Italiano de la UEX (cinco años) y estancias posteriores en Segura de Toro, Zarza de Granadilla y Hervás. Recibió una beca a la creación literaria de la Consejería de Cultura de la Junta de Extremadura en 2001. Felipe Boso lo incluyó en la antología PRAX.
Cáceres+Asins+Molero+Castillejo+Viladot+Boso+Millán: 7 autores experimentales. La Pobla de Benifassà (Castellón): H. Jenninger, D.L. 2011.
De todo ello da muy documentado informe Emilia Oliva, a la vez que va analizando los textos y dibujos del poeta, generosamente reproducidos. Muchos estaban inéditos hasta ahora. Especial atención suscitan Autogestión (obra poética completa) y Fábula de don Facundo Jeremías que pasó por el mundo y murió de pulmonía, una novela visual que a mí me trae a la memoria el Diario de Laurentiho Agapito Agaputa, de otro iconoclasta, Manuel Pacheco. M.P.L. Emilia Oliva y otros, José Antonio Cáceres. La consciencia de ser. Mérida, Consejería de Cultura y otros, 2019.

También las hubo durante el Medievo en numerosos países. A impulsos de la Iglesia católica, bien apoyada por los poderes civiles y militares de la época (más los suyos propios), irían erigiéndose Inquisiciones (de “inquirir” = investigar) para combatir las enseñanzas heterodoxas y las conductas “depravadas”, opuestas a los dogmas vigentes y que iban alcanzando eco en capas sociales más o menos extensas. De ahí su peligrosidad respecto al orden establecido y los ataques que se desencadenarían, hasta fulminarlos, contra albigenses o cátaros provenzales, husitas centroeuropeos, lolardos ingleses o los propios templarios.
Aunque se puedan hacer referencias a las mismas, no son estas inquisiciones medievales las estudiadas en Fe y castigo, volumen con 414 densas páginas. Los autores de los 26 ensayos aquí reunidos se ocupan de las Inquisiciones católicas de España, Portugal y Roma (cada una con características singulares) que se fundaron y funcionarían durante la época Moderna. A la vez, como instituciones homólogas, estudian comparativamente las que fueron creándose en territorios donde triunfó la Reforma. Inquisición católica, pues, versus consistorio protestante (con el calvinista de Ginebra como máximo referente, pero sin olvidar la kirk o sesión escocesa, la kerkeraad holandesa, o el presbiterio alemán y otros similares).

Tantos las de una como las de otras confesiones tenían una función principal: conducir a sus fieles por el camino correcto, según lo entendían los responsables máximos: convencerlos, ayudarlos u obligarlos para que se alejasen de las tentaciones desviacionistas y, en último término, castigar las conductas incorrectas.

Es la tesis que sostienen esta amplia veintena de estudiosos, autores ellos mismos de importantes obras sobre el tema, coordinados para la edición española (me gusta más su título inglés: Judging Faith, Punishing Sin. Inquisitions and Consistories in the Early Modern Wolrd) por Doris Moreno Martínez, profesora de la Universidad Autónoma de Barcelona, que a su vez suscribe la introducción y uno de los artículos más breves, pero más “cálidos” del volumen.

Es la única firma española de un valioso elenco de grandes especialistas, entre los que sobresalen los vinculados a prestigiosas universidades suizas, inglesas y americanas. Quizás esto explique, dicho sea con todo respeto, ciertas lagunas o algún repetido error (las reiteraciones, inevitablemente, abundan en estas obras colectivas) , como atribuir a Antonio del Corro la autoría que hoy se le reconoce a Casiodoro de Reina de un libro clave y pionero, las Sanctae Inquisitionis Hispanicae Artes (Heidelberg, 1567). O ni siquiera mencionar, cuando se habla de las persecuciones contra las brujas, al extremeño Pedro de Valencia, cuyo Discurso acerca de los cuentos de las brujas y cosas tocantes a la magia (1610) fue decisivo para que la Inquisición española actuase con las mujeres de ello acusadas mucho más benévolamente que otros tribunales europeos.

Haciendo gala de su dominio sobre la bibliografía más actual (el apéndice de títulos consultados resulta abrumador), más el uso, en muchas ocasiones promovido por ellos mismos, de fuentes documentales inéditas, los ensayistas proponen nuevas interpretaciones del fenómeno inquisitorial, matizando e incluso debatiendo otras más tradicionales, sobre todo en los historiadores anglosajones. Llaman especialmente la atención los apuntes en torno a asuntos como:

  • La voluntad de negociación que los responsables de aquellas instituciones represivas mantuvieron siempre ante los reos, sin duda con el fin de obtener la “confesión” más o menos espontánea de los delitos y el oportuno arrepentimiento (lo que no excluía, en el caso de la Inquisición, el recurso a la tortura, si excepcional y médicamente controlada).
  • El papel positivo que los abogados defensores supieron desempeñar incluso en las causas más comprometidas (pese a que, en el caso de la Inquisición, los pagaba este tribunal y a los estrictos secretos de sumario).
  • La importancia del laicado en las labores del consistorio, así como su celo por mantener la paz de la comunidad y la ayuda a los más pobres.
  • La activa participación de los acusados, mujeres incluidas, a la hora de defenderse, haciendo uso ante los tribunales religiosos de hábiles estrategias,
  • La problematicidad que encierra la lectura de los documentos emanados de los mismos; la riqueza etnográfica que aportan y los frecuentes e interesados enfrentamientos con los tribunales civiles.
  • La relevancia que en aquella “estrategia del miedo” tuvo lo que se ha dado en llamar la “Inquisición difusa”, que alcanzaba incluso los rincones más recónditos.
  • Finalmente, lo que Doris Moreno subraya: “la herejía y el crimen que implicaba la ausencia de disciplina en el mundo católico, igual que sucedía en el mundo protestante, eran sinónimos; sin embargo, las consecuencias en uno y otro mundo eran muy diferentes” (pág. 195). Baste recordar los temibles “autos de fe”.

Tal vez sea uno de los factores claves para entender la idiosincrasia característica de países pertenecientes a uno u otro ámbito. M.P.L.

Charles H. Parker y Gretchen Starr-LeBeau (edis.), Fe y castigo. Inquisiciones y consistorios calvinistas en el mundo moderno. Madrid, Cátedra, 2020

Evaristo Pimienta (n. 1957) es natural de Oliva de la Frontera, en la Raya sur de Extremadura, pueblecito agroganadero próximo al mítico Barrancos, su homólogo portugués donde el teniente Antonio Augusto de Seixas salvara del paredón a centenares de republicanos españoles Entre ambas poblaciones hubo siempre el comercio fronterizo clásico, amén del contrabando para los más atrevidos. Pimienta ha venido dedicándose profesionalmente al mundo de la caza, como delegado comercial de empresas armamentísticas y gestor cinegético, amén de cultivar con pasión las artes venatorias.
Son datos personales que han sido muy útiles al autor de Infortunio. Tierra, sudor y sangre. El protagonista de la novela, un joven curtido, excelente conocedor de la naturaleza medioambiental, decide abandonar Madrid tras una corta estancia capitalina, y volverse al pueblo, que aún sigue anclado en condiciones socioculturales propias del primer franquismo: dominado por un cacique, cuyo hijo es aún más estúpido y cruel; con la clase obrera asustadiza, mayoritariamente analfabeta y mal pagada, bajo la constante amenaza del parto, sólo los más próximos al poder (el médico, el cura, los guardiaciviles, algún mamporrero), en aquella Oliva casi aislada del resto, con costumbres y habla tradicionales, no resulta fácil vivir.
Lo intentará según mejor sabe Bartolo, que se nos antoja un tipo intermedio entre el Juan Lobón de Luis Berenguer y el Pascual Duarte de Cela. Excelente conocedor de la flora-fauna medioambientales; habilidoso con la escopeta, los lazos o las trampas; duro y fuerte como los chaparros; sin grandes escrúpulos, que le frenen sus impulsos destructores, puede ser tan fiel y generoso ante los suyos (gran figura la abuela materna), como implacable frente los adversarios. En un guiño final, que no desvelaré, aunque el lector quizá lo adivina bien pronto, se descubren las claves seguramente genéticas de su conducta.
“Eran tiempos de caciques que no trataban a los hombres como personas. Hombres pobres y analfabetos, llenos de odio y resentimiento, que se sometían con servilismo al escarnio de sus dominadores. Campos llenos de gente de mal vivir. Caminos transitados por campesinos con ropas remendadas, cargados al hombro con hachas y azadones. Paisanos empapados en sudor que se aseaban y afeitaban por semanas…Esposos con familias cargadas de hijos hambrientos…”, adelanta el novelista en el proemio.
Hemos leído muchas veces retratos similares de aquella España rural, violentada, pobre y sufrida, con cadáveres en todos los armarios (por no decir cunetas o fosas), que parecía no poder superar los parámetros del Felipe Trigo de Jarrapellejos o El médico rural. No dejarán de conmovernos, pese a las reiteraciones, probablemente más a cuantos alcanzamos a conocer aquel país de atrasos, pobrezas y desdichas miles.
Tal vez le sobran a Infortunio una excesiva acumulación de situaciones abusivas, que a veces rozan lo inverosímil hasta en aquellas duras circunstancias de la posguerra, o la presentación de ritos tan contados como el de la matanza del cerdo. Por el contrario, sobresalen las descripciones paisajísticas, para las que el escritor se sirve de sus conocimientos exhaustivos sobre la dehesa, los arroyos y riveras, las montañas y bosques surextremeños, amorosamente presentados. Combina con habilidad los tecnicismos del experto y los recursos expresivos del habla popular de la época. Un glosario de términos (lusismos no pocos), adjunto como apéndice, facilita la comprensión. M.P. L. Evaristo Pimienta Serrano, Infortunio. Tierra, sudor y sangre. Tres Cantos (Madrid), Bohodón Ediciones, 2020.

Hay acontecimientos históricos que prosiguen indelebles en la memoria de todos a cuantos nos tocó vivirlos de una u otra manera. Entre la lista de tales hitos, figura el golpe protagonizado por el teniente coronel Tejero aquel 23 de febrero de 1981. Otra cosa es que hayamos podido conocer los intríngulis de aquella peligrosísima trama, según adelantase uno de sus principales fautores, el teniente general Milans del Bosch: “la verdad nunca se sabrá”, declaraba en la vista del juicio al que se le sometería.
Pero la verdad, recuerda el autor de esta obra, citando a Ortega y Gasset, no es un punto de llegada definitivo, que puede conquistarse de modo absoluto. Es más bien un logro paciente de nuevas perspectivas, el fruto de felices aproximaciones alcanzadas tras laboriosas búsquedas, lo que al científico le induce a proseguir en sus tareas.
Es lo que viene haciendo de modo ejemplar el doctor Alfonso Pinilla García (Montijo, 1976), profesor de Historia Contemporánea en la UEX para llevar la luz al 23-F: los personajes que lo organizaron y ejecutaron; los posibles factores y circunstancias desencadenantes; las actitudes que aquella tarde/noche mantuvieron militares en activo o jubilados, políticos, periodistas, servicios secretos, potencias extranjeras… y el mismo Rey Juan Carlos. Cabe recordar aquí algunas de sus obras anteriores del investigador extremeño: Del atentado de Carrero Blanco al golpe de Tejero (2003), La transición de papel (2008), La legalización del PCE. La Historia no contada (2017) y, lógicamente, El laberinto del 23-F. Lo posible, lo probable y lo imprevisto en la trama del golpe (2010).
¿Por qué esta nueva publicación? Por dos razones fundamentales: porque la historiografía sobre tan inquietante asunto ha ido incrementándose de forma sustancial, desvelando áreas ocultas (véase el rico apéndice bibliográfico) y porque Alfonso Pinilla ha tenido acceso a fuentes documentales, manuscritas o mecanografiadas, inéditas hasta ahora. Se las reproduce fasímiles en las páginas finales. Se trata del archivo de José Juste, el general que entonces mandaba la División Acorazada Brunete, la más poderosa del Ejército español y de cuyo comportamiento (al fin no salió de los cuarteles) dependía el fracaso o el éxito de aquel “golpe de timón” urdido por el general Armada y sus cómplices.
Reconoce el historiador que aún siguen existiendo zonas oscuras, sobre las cuales, sin embargo, se atreve a sugerir determinadas hipótesis explicativas, con el correspondiente argumentario. A la vez, las tesis que en torno al golpe, sus orígenes, desarrollo, vicisitudes y parón definitivo se aceptan como bien establecidas. Especial atención reciben los personajes más comprometidos: Armada, el hábil urdidor del tinglado, siempre desde una supuesta fidelidad a la Corona; Tejero, que desencadena, de forma grosera, y a la postre frustrada el “Supuesto Anticonstitucional Máximo” (a partir de la toma del Congreso); su mentor, Milán del Bosh, el único capitán general que sacó los tanques a la vía pública; el propio Juste, que a punto estaría de hacerlo en Madrid y, cómo no, Juan Carlos I, “El rey de cristal” , quien más o menos informado e incluso consentidor de los detalles del operativo, finalmente reacciona hasta el punto de que “logró parar el golpe y enquistarlo en el Palacio de las Cortes y en Valencia” (pág. 102).
Sabrosas son también las anotaciones sobre otros personajes tal vez secundarios, pero claramente comprometidos, como el coronel San Martín, el extremeño Pardo Zancada (quizás el asaltante más coherente) o el comandante José Luis Cortina, un hábil espía.
Alfonso Pinilla, tan riguroso en el manejo de los datos, es también dueño de una excelente prosa. Su voluntad de estilo, patente en los estudios de historia, es la misma que lo induce a ensayar también obras de creación como testimonian sus novelas Historia del silencio (2013) y El misterio de Montijo (2018). Por eso Golpe de timón se lee con el mismo placer que un texto literario. M.P. L

Alfonso Pinilla García, Golpe de timón. España: desde la dimisión de Suárez al 23-F. Granada, Editorial Comares, 2020


Con el patrocinio de la
JUNTA DE EXTREMADURA
Consejería de Cultura e Igualdad


 

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