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Heinrich Wilhelm von Kleist (1777-1811) constituye otro paradigma del escritor apenas reconocido en vida; silenciado mucho tiempo y, posteriormente, propuesto como uno de los más grandes de su lengua. Pese a tantas dificultades como hubo de sufrir durante su azarosa existencia, compuso una obra plural y extraordinaria (dramas, poemarios, novelas, ensayos, artículos), que él mismo mutiló lanzando al fuego parte de sus manuscritos poco antes de suicidarse.
“Nun, o Unsterblichkeit, bist du ganz mein” (Ahora, oh eternidad, eres completamente mía), el verso que adorna su epitafio, comenzó a adquirir sentido tras el pistoletazo fatal, para plenificarse a medida que su fama se acrecienta. Según muchos críticos y estudiosos, Kleist es uno de los máximos creadores del Romanticismo alemán, lo que es decir mucho teniendo en cuenta quienes figuran en tan preclara nómina: Goethe, Schiller, Novalis, los hermanos Grimm, Hölderlin, Heine, Hoffmann y otros genios conformadores de aquel movimiento “Sturm und Drang” (Tormenta e Ímpetu), al que también se adscribe Kleist, si bien él era consciente de sus personales características. Toda aquella pléyade, con las que tuvo relaciones más o menos amistosas (fue siempre muy retraído e incluso acomplejado), contextualizan las páginas de De tormenta, historia de mi alma.

Su autor, Agustín Muñoz Sanz (Valle de la Serena, 1953) es sobradamente conocido por los lectores de HOY, periódico donde colabora de forma habitual, y de cuantos muestran interés por la cultura e incluso la sanidad en Extremadura. Hombre también polifacético, como Kleist, médico prestigioso, profesor de la UEX, es autor de numerosos ensayos, libros de teatro, dramas y novelas, cuyos títulos son fáciles de localizar en Internet y lo erigen en uno de nuestros autores más fecundos.

Fascinado, según sus propias declaraciones, por la figura y escritos del alemán, ha querido meterse en la piel de tan extraordinario personaje a la búsqueda de las raíces hereditarias, factores familiares y ambientales, ideología, complejos, frustraciones, vicisitudes existenciales que conformaron aquel carácter irrepetible. Más aún, Agustín Muñoz proporciona la diagénesis, contenido y fortuna (escasa) de las principales creaciones de Kleist, con especial atención a las tragedias La familia Schroffenstein y Pentesilea; las comedias El cántaro roto y Anfitrión, y∫ la novela Michael Kohlhaas.

Como fórmula narrativa, el autor recurre al género (auto)biográfico, presentando el texto como una extensa epístola de doscientas páginas que Kleist se habría propuesto redactar horas antes de su suicidio. Estaríamos así ante las memorias compuestas por quien, luego de decidir quemar el diario mantenidos durante lustros, quiere recopilar los acontecimientos principales de su discurrir vital, desde la infancia hasta las horas últimas. Con todo, el discurso narrativo no es siempre un relato en primera persona, sino que el supuesto autor (Kleist) da con frecuencia entrada a diálogos cuya exactitud resulta sorprendente o inverosímil.

La prosa que Agustín Muñoz le presta es de extraordinaria calidad. Adicto a las frases cortas y precisas, en ocasiones, sobre todo al describir paisajes, el extremeño construye con abundancia singular alegorías y metáforas que lo aproximan al lenguaje poético. Lo que sabe combinar con frecuentes toques de humor y reflexiones filosóficas y metaliterarias. Fácil resulta percibir los esfuerzos que ha debido hacer para documentarse tan sólidamente sobre su “autobiografiado”.

Así nos regala un Kleist formidable, siempre dubitativo y pesimista, inquieto por la búsqueda de verdades sólidas (sus críticas a Kant resultan poco sólidas), contradictorio, ingenuo, asfixiado por la angustia, sexualmente indefinido, víctima de cefaleas y otras enfermedades, que lo alejan del destino familiar (decenas de altos militares prusianos entre los Kleist) por el de paseante rousseauniano y escritor sin éxito. Lo tuvo, sí, para convencer a una amiga, enferma de cáncer, para morir, él virgen, ella casada, juntos a orillas del Wansee, un hermoso lago berlinés. M.P.L. Agustín Muñoz Sanz, De tormenta, historia de mi alma. Mérida, De la Luna Libros, 2020.

En el magnífico plantel de enseñantes que fueron incorporándose a la recién creada Universidad de Extremadura, no pocos también generosos colaboradores de otras instituciones culturales de la Región (pienso, v.c., en el Centro de Estudios Extremeños y su Revista), muchos admirábamos y aprendíamos con el trato de Miguel A. Pérez Priego, maestro tan sabio como humilde. Pronto conocimos su predilección por un dramaturgo pacense, Bartolomé Torres Naharro (Torre de Miguel Sesmero, 1485-Badajoz ?-c, 1520), sobre el que tantas páginas ha escrito. Hoy se lo considera el máximo especialista.
Con ocasión del presunto quinto centenario de la muerte de dicho escritor (se ignoran el lugar y la fecha exacta), la ERE publica este volumen colectivo en homenaje al mismo y a su gran estudioso. Surge la obra de dos proyectos patrocinados por el Instituto de Teatro de Madrid en torno al Teatro Clásico Español. La coordina Julio Vélez Sáinz (Sevilla, 1974), titular de Literatura española en la Complutense madrileña y autor de numerosos trabajos sobre escritores de los siglos XV-XVI. Él suscribe la introducción y el epílogo, donde pondera el lugar que ocupa Torres Naharro en la dramaturgia española, desde los orígenes clásicos hasta la contemporaneidad.
Nacido en un territorio perteneciente a la Casa de Feria, el escritor pudo relacionarse otros escritores también ligados a tan poderoso señorío.
De los más importantes se ocupa aquí Miguel Á. Tejeiro, recopilando noticias que ya adelantase con dos obras claves, El teatro en Extremadura durante el siglo XVI (1997) y Mecenazgo y literatura en la Extremadura del Siglo de Oro (2009). El profesor de la UEX establece también interesantes hipótesis sobre la situación socioeconómica y cultural de la región durante la época renacentista, destacando la influencia que la Propalladia de Naharro tuvo en la dramática española anterior a Lope. Excelentes son así mismo sus apuntes sobre otro coetáneo, Diego Sánchez de Badajoz y su Recopilación en metro, un conjunto de veintiocho farsas que tantos estudios han merecido por parte de Pérez Priego. Alguien explicará alguna vez el papel determinante que las aljamas hebreas del Ducado tuvieron en el extraordinario desarrollo del mismo. Es seguro que muchos de los intelectuales aquí estudiados pertenecían a familias judeoconversas, nómina seguramente in crescendo según avancen las investigaciones.
Otro aspecto quizá menos reconocido, pero sin duda relevante, de Torres Naharro es su producción poética. La analiza Álvaro Bustos, profesor de la Complutense, ocupándose de las fuentes y valores que la distinguen. Lo compara con Juan del Encina y otros coetáneos, entre ellos Garci Sánchez de Badajoz, antes de establecer las características más notables del “cancionero” de Torres. Especial atención presta a su poema “Concilio de galanes y cortesanas de Roma”, versos sumamente críticos, coetáneos a las tesis de Lutero en Wittenberg, y que yo mismo acabo de elegir para mi antología Poesía social en Extremadura (Beturia, 2019).
Cabe destacar también el estudio, muy técnico, sobre las variantes que respecto a la prínceps de 1517 presenta la edición de la Propalladia de 1573 (Madrid, Pierres Cosin editor), que pudo eludir la prohibición lanzada contra la obra por el catálogo inquisitorial de 1559. Lo suscribe el propio M. Á. Pérez Priego.
No menos interés encierran otros apuntes que procuran describir el “entorno naharresco”, como los de Dong-Hee Chung (Universidad Nacional de Seoul), Teresa Rodríguez (Universidad Jean-Jaurès, de Toulouse) y Javier Espejo Saurós (Centro de Estudios Superiores del Renacimiento, de Tours).
Por último, Julio Vélez establece el lugar que, a su entender, ocupa Torres Naharro dentro del Teatro Clásico Español, sin omitir referencias a la escena contemporánea, y en apéndice final, compuesto junto con Miguel M. García-Bermejo Giner (Universidad de Salamanca), expone el cursus vitae et honorum de M. Á. Pérez Priego, a quien justamente señalan como “maestro de naharristas”. La relación de sus publicaciones selectas que se incluyen un largo centenar, lo justifica sobradamente. M.P.L. Julio Vélez Sáinz (ed.), Bartolomé de Torres Naharro: un extremeño en el renacimiento europeo. Mérida, ERE, 2019.

Con encomiable regularidad, continúan celebrándose en Llerena sus Jornadas Históricas, que ya alcanzan el significativo número de veinte. La feliz conjunción de instituciones públicas y civiles (Ayuntamiento de la localidad, Consejería de Cultura, Sociedad Extremeña de Historia, Caja Rural, Imprenta Grandizo), más el patrocinio de otras, y la colaboración de personalidades comprometidas en el empeño, con los profesores Felipe Lorenzana y F.J. Mateos al frente, explican este fenómeno cultural.
Las Actas de la penúltima edición se editan como homenaje al hispanista francés Bartolomé Bennassar (1929-2018), uno de los grandes investigadores que han venido participando en las Jornadas de Llerena. Falta una mínima presentación del personaje.
Las ponencias y comunicaciones de 2018, aquí recogidas, estuvieron dedicadas a un hijo preclaro de la ciudad (c. 1518-1554), Pedro Cieza de León. No todos los estudios versan sobre su figura y obra. En realidad, apenas media docena de ellos, entre los dieciocho que constituyen este volumen con 326 páginas. Serán, no obstante, los referidos en nuestra reseña.
Si bien todos los historiadores de América lo juzgan el príncipe de los cronistas de Indias, son bien pocos los datos firmes que del mismo se saben, casi todos sacados o deducidos de su magna obra, la Crómica del Perú, cuya fortuna editorial tampoco es fácil establecer. Concepción Bravo Guerrero, catedrática emérita de la Complutense, traza la trayectoria vital del autor, tan corra en años, destacando la metodología que el extremeño sigue para componerla basándole en sus propias experiencias por el Nuevo Mundo; los testimonios recabados de informantes, indígenas o españoles, y la consulta de los escritos que tuvo a su alcance. Se destaca el respetuoso interés que Cieza siempre mostró ante las maravillas naturales y la cultura del Imperio incaico, así como los apuntes críticos contra los abusos de los conquistadores.
Que era de linaje judeoconverso, como muchos otros paisanos decididos a emprender la aventura transoceánica, lo demuestra Luis G. Garraín, cronista de Llerena y sin duda el máximo conocedor de sus archivos. Cieza de León (el baile de apellidos fue frecuente en la época) pertenecía a la familia de los Cazalla, poderosa familia de origen hebreo, asentada junto a los umbrales mismos del Tribunal de la Inquisición de Extremadura. Garraín, que había publicado el estudio pionero “Los judíos conversos en la provincia de León del Maestrazgo de Santiago y el Obispado de Badajoz a finales del siglo XV” (REEX, 1996-III), sirviéndose de la relación de personas habilitadas por los Inquisidores tras el bautismo, previo pago de penas económicas, ofrece el árbol genealógico del cronista. En el mismo predominan los mercaderes, pero no faltan funcionarios, alcaldes, clérigos, arrendadores de alcabalas y algún otro escritor.
Amalia Iniesta Cámara, profesora de la Universidad de Buenos Aires y de la Complutense madrileña, se doctoró con la tesis El valor literario en la obra del Inca Garcilaso de la Vega. Aquí se ocupa de las relaciones que se pueden estimar entre los Comentarios Reales de éste y la Crónica de Cieza, sin duda utilizada ampliamente por el famoso mestizo (hijo de un capitán extremeño).
Por último, José Ramón Vallejo Villalobos y José M. Cobos Bueno, profesores de la UEX interesados en la historia de la ciencia, suscriben “Drogas vegetales en la obra Parte primera de la Crónica del Perú de Pedro Cieza de León”. Señalan la atención que el llerenense prestase a la medicina indígena, tan generosa en el uso curativo de determinadas plantas, unas mejor descritas por él que otras. M.P.L. Francisco Javier Mateos Ascacíbar y Felipe Lorenzana de la Puente (coords), España y América. Cultura y Colonización: V Centenario del nacimiento de Pedro Cieza de León, cronista de Indias (1518-1554). Llerena, Sociedad Extremeña de Historia, 2019.

He compartido claustro durante luengos lustros con el Dr. D. Ángel Zamoro y conozco bien sus valores humanos, virtudes pedagógicas y capacidad investigadora. Su carrera docente ha estado ligada al IES Zurbarán de Badajoz, sobre cuya historia ha compuesto numerosos estudios (aparte los libros de carácter didáctico, en ocasiones escritos con otros profesores del Departamento de Física y Química, como los inolvidables Pedro Álvarez Vivas y Juan Francisco Zamora, prematuramente fallecidos). Suyas son las obras Patrimonio histórico remanente del Instituto de Badajoz 1845-1962 (Badajoz, Diputación, 2010), Aproximación a las pérdidas instrumentales del Instituto de Badajoz 1845-1962 (Badajoz, Diputación, 2012) y Profesores de Física y Química del Instituto de Badajoz 1845-1962, Badajoz, Fundación CB, 2017.
Zamoro, ya jubilado de su cátedra, ha vuelto a ocuparse del único Instituto existente en la ciudad hasta 1962. Esta vez ha elegido el estudio de la presencia femenina, tardía y escasa durante tanto tiempo, en las aulas de tan importante institución.
La parte primera del libro, justo la mitad de las páginas, se dedican a explicar las razones de tamaña ausencia. El autor va describiendo la condición social de la mujer a lo largo de la historia, siempre subordinada al hombre, desde la Grecia clásica hasta la contemporaneidad. Apoyándose en una bibliografía selecta, el recorrido concluye reproduciendo un artículo publicado en la Crónica de Badajoz (23 octubre 1878), con firma ignota de J. F. y revelador título: “Pobre mujeres”.
La segunda parte analiza la legislación educativa española por lo que a la mujer respecta desde finales del XVIII hasta principios del XX, cuando, por fin, los bancos de nuestras aulas van repartiéndose entre los dos géneros, no sin tener que superar prejuicios y dificultades de toda clase.
La parte última de la obra recoge los setenta y cinco primeros expedientes de alumnas matriculadas en el Instituto de Badajoz desde 1878 a 1919, contenidos en un total de 12.000 alumnos. Antes de presentar a cada una de ellas, se ofrece un apunte sobre la primera que lo hizo en España, exactamente en el Instituto de Huelva. Se trata de Antonia Jesús Arrobas Pérez, natural de Talavera la Real (1858), junto a Badajoz, e hija de un carpintero. Zamoro apunta el papel que seguramente desempeñó en este logro un catedrático del centro, D. Joaquín Sama y Vinagre (San Vicente de Alcántara, 1840), filósofo krausista y futuro director pedagógico de la Institución Libre de Enseñanza.
Llama la atención en la nómina pacense, que inaugura Julia Carballo Rodríguez, la condición social de los padres. Aunque la mayoría son propietarios o profesionales de alta cualificación (médicos, abogados, veterinarios, militares, catedráticos), figuran también jornaleros (5), zapateros, (2), carpinteros (2) un albañil y hasta un sacristán.
Entre estas jóvenes pacenses pioneras se hallan algunas que desarrollarán carreras de repercusión nacional: Jacinta Landa Vaz, de ilustre progenie, pedagoga célebre, fundadora la Escuela Internacional y del Colegio Plurilingüe, muerta casi centenaria en el exilio de México; Luis y Julia Trigo Seco, hijas del novelista Felipe Trigo, pedíatra una, odontóloga otra más tarde, ambas con extraordinaria personalidad, o María Cerrato Cerrato Rodríguez quien, siendo ya maestra, logró matricularse en la Escuela de Veterinaria de Córdoba (eso sí, tras un permiso especial del Ministerio de Instrucción) alcanzando a ser la primera mujer veterinaria de España (1925). M.P.L. Ángel Zamoro Madera, Primeras presencias femeninas en el Instituto de Badajoz. Badajoz, Fundación CB, 2019.

Carlos Díaz (Canaleja, Cuenca, 1944) es seguramente el filósofo contemporáneo español más fecundo, en cuyo haber figuran hasta tres centenares de libros propios y multitud de obras traducidas (de Hegel, Scheler, Marx, Bakunin, E. Stein, M. Buber, I. Levinas …y, naturalmente, su muy admirado E. Mounier). Catedrático de Instituto y Profesor titular, hoy emérito, de la Universidad Complutenses, ha recorrido infatigablemente el mundo hispano, difundiendo sus ideas en centros de enseñanza, asociaciones de todo tipo, congresos, reuniones militantes, escuelas de verano, retiros espirituales, jornadas de estudio y cualquier lugar de encuentros donde se le demande. Pasan de tres mil las conferencias que ha impartido, siempre de forma gratuita, y muchos centenares los artículos que ha dado a luz en toda clase de medios, desde sencillos boletines obreros hasta revistas de alta especialización (fue director, entre otras, de Communio). Testigo lúcido, cuando no partícipe directo, de la vida cultural española durante este medio siglo último, pocas voces como las suyas más dignas de ser escuchadas.
La escuchamos con la intensidad, desparpajo, lucidez, gallardía, humos y fundamentos lógicos habituales en este profesor a través de estas Memorias, cuyas páginas constituye un excelente epítome de lo mejor de Carlos Díaz, que conoce como pocos la Academia y la calle, las editoriales (desde aquella inolvidable ZYX) y las librerías de antiguo, los sindicatos y los partidos políticos, los periódicos y las tertulias. Advirtamos que no se trata estrictamente de un diario o autobiografía, sino más bien de unas “confesiones”, en las que se incluyen, ciertamente, referencias a los principales acontecimientos por el autor vividos, pero siempre acompañadas de reflexiones y apuntes filosóficos más o menos relacionados con las anécdotas referidas.
Durante la segunda mitad del siglo último, las corrientes de pensamiento occidental con más discípulos (también en nuestro país, aunque tardíamente) fueron la “filosofía del lenguaje” y el “positivismo lógico”, estrechamente relacionadas entre sí. B. Russell y el primer Wittgenstein fungen como los grandes maestros. Pocos libros más famosos que el único publicado por éste, el Tractatus. Según se sabe, allí se establecen límites – es decir, silencios absolutos – para todo lo que no pueda ser empíricamente verificable (asuntos de ética, estética o metafísica), imponiendo que ““Wovon man nicht sprechen kann, darüber muß man schweigen”: De lo que no se puede hablar, mejor es callarse.
Ninguna máxima resulta más incómoda e inasumible para Carlos Díaz, palabra y pluma siempre enhiestas contra los follones y malandrines (él cita continuamente a Cervantes y Unamuno), muchos nombrados y apellidos, que se refugian en la analítica torre de marfil, rehuyendo comprometerse con la realidad circundante…sobre todo si se desarrolla de acuerdo con sus propios intereses. Claro que quien lanzazos distribuye, ha de estar dispuesto a que le descarguen puyas y ballestas. Nunca veréis al autor amilanarse.
Para él, la ética, la moral, los valores, los códigos y criterios de conducta, constituyen el universo de discurso de donde no gusta salirse. Los aborda desde las enseñanzas que deduce de su propia fe en el Evangelio de Jesucristo, interpretado a la luz del Personalismo cristiano que aprendiera en E. Mounier. Prototipo del creyente de izquierdas, cultivador de las dos dimensiones humanas, la vertical (religiosa) y la horizontal (sociológica), a difundir los ideales del francés viene dedicándose Carlos Díaz, con el indefectible apoyo de su esposa Julia (hija de Teófilo Pérez Rey, hombre a quien admiré tanto, expresidente nacional de la HOAC). Para ello han creado el Instituto Mounier en cuantos lugares de España y Latinoamérica han podido.
De todos estos avatares dan pormenorizadas cuentas estas Memorias de un escritor transfronterizo, compuestas con asombroso dominio del lenguaje (¡cuántos neologismos, juegos de palabras, anfibologías, guiños culturales, oxímoros, alegorías, y otros recursos literarios!), junto con la oportuna constatación documental de las aserciones en suculentas citas a pie de página.
Aquí luce en toda su magnitud el pensador que tanto admiro: volcánico, inhábil para el rencor, sentimental y melancólico, cristiano y radicalmente anticapitalista, cultísimo, polémico, profético, pedagogo, debelador de molinos, incapaz de tragarse sapos, heterodoxo y valiente, desinteresado hasta el máximo. ¿“Voz que clama en el desierto, según se percibe, cada vez más, declara, este enfermizo de la “parresía”? (Consúltese el término en internet). Ignoro si su nueva obra (tiene otras veinte inéditas) alcanzará las multiediciones de tantas suyas. Lo seguro es que a nadie defraudará leerla. M.P.L. Carlos Díaz Hernández, Memorias de un escritor transfronterizo. Madrid, Fundación Emmanuel Mounier, 2019.

Aunque vino al mundo en Sevilla (1981), a Susana Martín Gijón se la tiene por escritora de Extremadura, donde ha sido Directora General del Instituto de la Juventud (2007-2011). Licenciada en Derecho, especialista en relaciones internacionales, ha presidido el Comité contra el Racismo, la Xenofobia y la Intolerancia. Ha coordinado el Área de Defensa de Derechos en Autismo España y ejerce como experta jurídica vinculada a las políticas sociales. Hace bien poco se ha puesto al frente de la Asociación de Escritores de Extremadura (AEX). Colabora en plataformas nacionales e internacionales como la Asociación por la Igualdad de Género en la Cultura Clásicas y Modernas y la Red de Mujeres Jóvenes Africanas y Españolas.
Este currículo facilita comprender que sus obras estén impregnadas de unos valores éticos inconfundibles, aunque, como todo buen escritor, su máximo compromiso sea con el lenguaje. Pero sus empatías están claras hacia los más débiles: mendigos, homeless, emigrantes, mujeres violentadas, obreros en paro, viejos sin familia, etc.
Martín Gijón ha ido consolidándose como una voz importante en el género de la novela negra o policíaca, al que pertenecen las obras que ha venido dando a luz con notable regularidad: Más que cuerpos (2013), Desde la eternidad (2014), Náufragos(2015), Vino y pólvora (2016), Pensión Salamanca (2016), Destino Gijón (2016) y Expediente Medellín 2017. Al mismo pertenece la que aquí se reseña.
La autora, capaz de introducirse como protagonista en algunos de sus textos, manejándose entre los límites de la realidad y la ficción, había creado dos personajes extraordinariamente atractivos: el periodista Bruno Scorza y, sobre todo, la oficial de policía Annika Kaunda. De origen africano, trabajaba ésta en la comisaría de Mérida, población por cuyos entornos discurren buena parte de las narraciones de Susana Martín.
No sucede así con Progenie, un thriller complejo y bien llevado en sus más de 400m páginas.
Aquí es otra figura femenina la que asume el protagonismo, Camino Vargas. Blanca, de fuerte carácter, próxima ya a la cincuentena, tras el tiroteo del inspector Arenas dirige el Grupo de Homicidios de Sevilla, ciudad donde se desarrollan los terribles asesinatos de mujeres solteras y embarazadas, aquel tórrido verano. Espíritu libre, “no quiere un hijo ni dos ni tres, como no quiere un marido ni un gato ni un perro. Quiere su tiempo para ella, quiere ser buena en su trabajo, que es su vocación; quiere dejar el mundo un poco mejor en la parte que le toca, la que ella eligió, la de retirar de la circulación a los indeseables que siegan la vida de otras personas” (pág. 189). Lo consigue. Con ayuda de inspectores sagaces, de ambos sexos, irá desmenuzando la horrible madeja, tras vencer múltiples rutas erróneas. Dos treinteañeras, decididas a ser mares sin un referente masculino, por donación de semen, aparecen muertas con extraños símbolos en sus cadáveres. Seguirán otros feminicidios.
El epicentro de la vorágine se localiza una clínica de reproducción asistida, junto al Guadalquivir. La dirige la megalómana doctora Matute Trigo (su padre fue un acérrimo antiabortista), una psicópata obstinada en manipular genes para conseguir eliminar las enfermedades hereditarias. Si no consigue los objetivos, por culpa de los embriones adulterados, puede ser tan peligrosa como quien la engendró. Cuenta con las complicidades de un dandy sin escrúpulos, aunque no consigue la de la muy atractiva recepcionista Nerea, Como fondo del relato, las voces en cursiva de dos amantes lesbianas, también deseosas de ser madres.
Compuesta en forma de mosaico, con hasta ciento trece teselas, la obra exhibe un gran dominio lingüístico. Los submundos de la policía, la medicina, los barrios marginales, las luchas pro igualdad de géneros, las comunicaciones informáticas… se describen con la jerga o el argot oportuno, en el que abundan los neologismos. La autora opta casi siempre por las frases cortas, las oraciones simples, blanqueadas con frecuentes toques de humor y el uso generoso del refranero popular.
Alegato feminista, sin duda, Progenie es además una novela de indudable proyección literaria.

Susana Martín Gijón, Progenie. Barcelona, Penguin Random House, 2020


Con el patrocinio de la
JUNTA DE EXTREMADURA
Consejería de Cultura e Igualdad


 

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