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José Miguel Santiago Castelo, in memoriam

Por: Efi Cubero

“Yo soy un gran rebelde, querida Efi. Siempre he sido un rebelde, siempre lo he sido, pese a que algunos no hayan sabido o tal vez no hayan querido verlo. Pero siempre he sido un provocador…”
Tan pagano unas veces, pero tan religioso…Ese sentido suyo de la trascendencia. La poliédrica luz señala espacios y a veces los perfila iluminando sombras. Sobre el prisma de espejos, el expresivo verbo y la emoción candente incendiando un paisaje que Castelo, José Miguel, conocen. Yo contemplaba al hombre y al poeta, -y se lo dije- igual que se contempla una ciudad, tal vez porque de pronto me acordé de esas letras sueltas que configuraban los personajes y las ciudades de la gran lisboeta Vieira da Silva, caracteres de máquinas de escribir como mosaicos, como fragmentaciones unidos sobre el todo de una obra con voluntad de permanencia. Yo contemplaba aquel día, al poeta, al amigo, en su verdad y su artificio, acodada en el pretil del mantel impoluto como se miran las aguas de un gran río aparentemente sosegado, escuchando en su discurrir, uno por uno, todos los sonidos que hasta entonces marcaron la desnudez del agua y su acompañamiento, todos los rumores que también cuartearon el limo de su fondo, todos los sedimentos que forjaron despacio la materia del sueño, los materiales pesados de acarreo, los pulidos guijarros sobre la sed de arcilla, la luz que reverbera sobre la superficie y las oscuridades donde pervive el grito del ahogado, su mordaza de agua, la transparencia siempre donde discurre el verbo que viene a ser la urdimbre del poema. ¿Y por qué no podemos haber sido formados tan sólo de fragmentos, conformar una obra entre el texto- tejido de la propia existencia los creadores, los inestables pero centrados seres que orillamos los filos del vacío, ese doble lugar de la creación desde donde se avista también la trascendencia y el misterio, la vida con la muerte, la memoria, el presente que da paso al futuro. El presente, que de sobras sabemos que no existe? Vuelvo ahora a pulsar el teclado del instante y constato que ya pasó ese escorzo, breve y preciso del rotar giróvago, cuando de nuevo me sumerjo en el intacto asombro de uno de los poemas. "YA NO HAY MIRADAS que devolver.
No queda luz para entornar los ojos.
Si acaso en la penumbra de la duda
atizar esas brasas que humeaban
por si aún es posible una candela." Pero la luz, ésta de ahora, que no oscurece nada, coloniza suave el vidrio de los ventanales filtrando las miradas, la ciudad despierta en sus arterias hace sentir su ritmo persistente detrás de las paredes de donde nos hallamos. Hay una mezcolanza de murmullos en torno a nuestra mesa, el tintineo de las cucharillas al mover el café, las voces que se afinan, el sonido de un móvil, o un rumor de vajillas que se van retirando lentamente, pasos amortiguados y elegancia en los gestos. Alguien lee mientras apura un digestivo, otros charlan como también nosotros en este mismo instante, otro comensal mira el reloj con aspecto cansado o con desgana, José Miguel y yo, en cambio, apuramos palabras argumentando pausas demoradas, no importa que el café se haya enfriado, son otras las razones sobre el humo de los aconteceres porque es muy poco el tiempo que nos une, solo el de la comida, pues el AVE que con premura de raíles, cubre con vuelo raso una corta distancia entre dos versos, o entre dos líneas que siempre en paralelo trazan rectas que alejan, que acercan infinitos. Es inflexible el tiempo en los andenes de las despedidas. La mirada se ha replegado ahora en interiores, en los pliegues cerrados del poeta tan celoso de sus intimidades. La luz que ciega y arde en la creación, se diluye en neblinas, pero queda un rescoldo al que avivar. Esa esperanza que no rinde del todo las banderas del sueño, la candela al socaire de un viento que la expanda y arde todo de nuevo en sus poemas y con igual premura. Aunque él persista en apagar las llamas se obstina en provocarlas, si no no escribiría con la misma pasión al menos eso pienso repasando sus versos de aparente desgana y calma tensa como esa espera eterna “al acecho de todo lo imposible” . Castelo sabe devolver en un trazo la intensidad de todo lo que hiere, de todo lo que importa, de todo lo que acecha…
¿Qué guardan esas cercas que aparecen hostiles y tan pétreas, vigilantes y estrechas, centinelas implacables del sendero…La libertad vigilada del camino como ese folio en blanco de búsqueda constante en pos de unas encinas que jamás aparecen o tal vez sí, pero siempre quizás como espejismos.
Camino; metáfora sin fin de los desiertos, de los íntimos pasos del exilio interior; de la escritura, ese lugar sin paz del trasterrado. "Sombra, FUERZA, pasión, quebrada tierra...
el paisaje es un viento sorprendido,
una marca sin nombre, un altibajo,
un verdugón de fuego paralelo
que sabe a tierra y tiene
nostalgia de la muerte en desamparo" (Los poemas que acompañan este texto pertenecen a Santiago Castelo.)

 

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