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Kessel, un especialista en siríaco de la Universidad Philipps de Marburgo, en Alemania, estaba sentado en la biblioteca del propietario del códice, un acaudalado coleccionista de material científico singular de Baltimore. En ese instante cayó en la cuenta de que hacía tan solo tres semanas, en una biblioteca de la Universidad de Harvard, había visto una página huérfana demasiado parecida a las del libro como para ser una coincidencia. El manuscrito que tenía entre sus manos contenía una traducción de un antiguo e influyente texto médico de Galeno de Pérgamo, un médico y filósofo grecorromano que murió en 200 d.C. Le faltaban páginas, y, de repente, Kessel estuvo seguro de que una de ellas se encontraba en Boston. El hallazgo de Kessel, en febrero de 2013, supuso el inicio de una persecución de las restantes páginas por todo el planeta, búsqueda que culminó en mayo con la digitalización de la última de ellas, redescubierta en París. El documento podría aportar nuevas perspectivas sobre las raíces de la medicina y la difusión de esa ciencia desconocida por el mundo antiguo Los estudiosos apenas han empezado a leer detenidamente el texto, la copia más antigua conocida del tratado de Galeno De los preparados y los poderes de los remedios simples, un documento que podría aportar nuevas perspectivas sobre las raíces de la medicina y la difusión de esa ciencia desconocida por el mundo antiguo. “Es importante en muchos sentidos”, señala Peter Promann, especialista en greco-árabe de la Universidad de Manchester que actualmente dirige un estudio del texto. El manuscrito que Kessel sostuvo aquel día era un palimpsesto: un texto antiguo cubierto por otro más reciente. Hace siglos esta era una práctica común, una forma medieval de reciclaje. En este caso, los escribas sirios del siglo XI habían raspado el texto médico de Galeno y habían escrito himnos religiosos sobre el pergamino. El libro de himnos es interesante en sí, pero por ahora es el texto original, prácticamente inapreciable a simple vista y conocido como texto subyacente, el que ha cautivado la imaginación de los estudiosos. Durante siglos, los Remedios simples de Galeno fueron de lectura obligada para los aspirantes a médicos, la suma del conocimiento antiguo sobre medicina, cuidados de los enfermos y plantas medicinales. Su autor describió una raíz que cura “la aspereza de la garganta” y recomendó la marihuana como un remedio para el dolor de oídos “que no produce flatulencia” (aunque “seca el esperma”). Gran parte del tratado acabó traduciéndose al siriaco, una variante del arameo empleada por las comunidades cristianas de Oriente Próximo. El texto subyacente del manuscrito de Baltimore, probablemente del siglo IX d.C., es una copia de la traducción siriaca, completada a su vez concienzudamente en el siglo VI d.C. por Sergio de Reshaina, un médico y sacerdote sirio. “Hoy día, traducir de una lengua a otra no parece nada especial, pero en aquella época era un gran logro”, destaca Kessel. “Había que crear el vocabulario, descubrir palabras siríacas que correspondieran al léxico médico griego”. Hacia el siglo VI, los cristianos de lengua siríaca se estaban extendiendo al este de Turquía por Siria, Irak e Irán y necesitaban traducciones de las obras científicas griegas, en parte para que sirviesen de apoyo a labores misioneras como mantener en funcionamiento los hospitales. El Palimpsesto Siríaco de Galeno encuadernado. / Cortesía del propietario. Los Remedios simples era una obra extensa, un tratado en 11 volúmenes. Las traducciones que hizo Sergio del texto de Galeno se copiaron y se volvieron a copiar durante siglos, y acabaron por convertirse en un vehículo que sirvió para trasladar la sabiduría médica de los antiguos griegos a las sociedades islámicas. Los textos siríacos eran mucho más fáciles de traducir al árabe que los griegos. A medida que la influencia musulmana creció en Oriente Próximo, la población cristiana disminuyó, y con ella el siríaco. “Las grandes culturas cristianas que lo usaban padecieron mucho”, afirma Columba Stewart, director del Museo y Biblioteca de Manuscritos Hill, de Collegeville, en Minnesota. “Cuando apareció la investigación moderna, estas antiguas culturas siríacas eran tan solo un vestigio de sus antecesoras, y a menudo estaban aisladas de la cultura occidental, de manera que no conocen mucho”.
Una lectura reveladora Se sabe poco de la historia del manuscrito de Baltimore, conocido oficialmente como Palimpsesto Siríaco de Galeno, desde su reutilización en el siglo XI hasta la década de 1920, cuando fue vendido a un coleccionista particular en Alemania. Posteriormente, el documento se volvió a perder de vista hasta 2002. Entonces un coleccionista lo adquirió en una venta privada. El comprador no ha sido identificado públicamente. En 2009, el Palimpsesto de Galeno se cedió en préstamo al Museo Walters de Arte para que un grupo de especialistas independiente tomase imágenes espectrales de sus páginas, para revelar el texto subyacente de Galeno que había sido borrado. Cada página se fotografía a altísima resolución con colores y configuraciones de luz variables que iluminan las tintas, los surcos de la escritura y el propio pergamino de diversas maneras. Los algoritmos informáticos aprovechan estas variaciones para obtener la máxima visibilidad del texto subyacente. Las imágenes resultantes se colgaron en Internet con una licencia de uso compartido creativo (creative commons), lo que significa que cualquiera puede utilizar libremente el material para fines no comerciales. Cuando las imágenes estuvieron en la Red, William Noel, conservador de manuscritos y libros raros del museo, empezó a organizar a los miembros de la diminuta comunidad académica dedicada el estudio de los textos científicos en siríaco para que investigasen el nuevo material. Muy pocos consejos de Galeno resistirían el escrutinio moderno Uno de ellos era Kessel, que se encontraba en Washington con una beca para la Biblioteca de Investigación Dumbarton Oaks de Harvard. Mike Toth, el ingeniero de sistemas que dirigió el trabajo de toma de imágenes, consiguió organizarlo todo para que pudiese ver el palimpsesto por sí mismo. “Ni siquiera podía imaginarme qué aspecto tendría”, recuerda Kessel. “Cuando vi el manuscrito tuve esa sensación de déjà vu, de que ya lo había visto. Y entonces recordé la página suelta de la biblioteca de Harvard”.
Llenar las lagunas Mediante el análisis del tamaño de las páginas, la escritura y otras características, así como del texto visible, Kessel pudo determinar que la página de Harvard, efectivamente, llenaba una de las lagunas del Palimpsesto de Galeno. Pero, al parecer, faltaban otras seis. El investigador se propuso encontrarlas. Empezó por una lista de 10 bibliotecas en las que se sabía que había documentos siríacos y peinó los catálogos disponibles en Internet para buscar pistas como las dimensiones correctas o vagas referencias al texto subyacente. En ocasiones se desplazó él mismo a las bibliotecas. Las buenas nuevas no tardaron en llegar. Kessel encontró una de las páginas que faltaban en un catálogo del Sagrado e Imperial Monasterio del Monte Sinaí trillado por Dios, más conocido como Monasterio de Santa Catalina en el desierto de Sinaí, en Egipto, que tiene la biblioteca en funcionamiento ininterrumpido más antigua del mundo. Otra página apareció en la Biblioteca Nacional de Francia en París. Y en la enorme biblioteca del Vaticano, en Roma, logró identificar las otras tres, con lo que el total sumaba seis. Se cree que la séptima página estaba en blanco y probablemente fue desechada.
Un vínculo fascinante Nadie sabía qué parte del tratado Remedios Simples estaba escondida en el palimpsesto. Aparte de esta, la única copia conocida se encuentra en la Biblioteca Británica en Londres e incluye únicamente los libros 6 a 8. Las traducciones de estos volúmenes finales de la serie son las más frecuentes, porque contienen más información específicamente médica, así como detalles acerca de las propiedades de las plantas. Pero a medida que sus estudios preliminares avanzaban, Kessel y sus compañeros detectaron algunas palabras de los libros 2 y 4 en una de las páginas sueltas. Los especialistas conocen el texto completo del tratado, pero solo a través de traducciones más recientes a otras lenguas diferentes del siríaco. “Fue algo absolutamente inesperado”, declaraba. Siam Bhayro, especialista en estudios paleojudaicos de la Universidad de Exeter, en Inglaterra, pensaba que Sergio tenía que haber traducido los primeros libros, pero hasta entonces no había pruebas. Cuando oyó que Kessel podría haber encontrado páginas de las traducciones tempranas “estuvo a punto de ponerse a bailar”, confiesa. Otro de los fascinantes descubrimientos de Kessel fue una nota en árabe en la primera página que indicaba que el manuscrito –por entonces un libro de himnos que ocultaba el texto de Galeno– había sido donado a los hermanos del monasterio del Sinaí, en referencia a Santa Catalina. Cómo salió del monasterio es algo que no está claro. Sobre todo a principios del siglo XX, algunos ejemplares de la biblioteca se tomaron legítimamente en préstamo, mientras que otros los robaron visitantes que esperaban venderlos en privado. El manuscrito era un palimpsesto: un texto antiguo cubierto por otro más reciente. Hace siglos esta era una práctica común, una forma medieval de reciclaje Actualmente, el equipo independiente de toma de imágenes está acabando el trabajo necesario para añadir las páginas redescubiertas a la colección digital. Pero traducir y estudiar el texto siríaco revelado por las imágenes llevará mucho más tiempo, tal vez cinco años como mínimo. La tarea está en curso en estos momentos gracias a una reciente subvención de 1,5 millones de dólares del Consejo de Investigación de Artes y Humanidades de Reino Unido. Los especialistas están ansiosos por comparar el material en siríaco con las copias existentes del tratado escritas en griego, toda ellas aparentemente varios siglos anteriores al Palimpsesto de Galeno y mucho menos fieles al original. A medida que los textos pasaban por diferentes sesiones de copia, iban experimentando cambios significativos. Un copista podía suprimir partes que no le pareciesen importantes o añadir otras basándose en nuevos conocimientos. Comparar el Palimpsesto de Galeno y la copia en siríaco de la Biblioteca Británica podría ofrecer una visión reveladora de la forma de tratar a los enfermos de los antiguos griegos y de cómo estos remedios se difundieron por Oriente Próximo. Guardar El texto recomendó la marihuana como un remedio para el dolor de oídos “que no produce flatulencia” (aunque “seca el esperma”) A pesar de los avances que hizo posibles, “según nuestro criterio, no todo es completamente científico”, puntualiza Petit. De hecho, muy pocos consejos de Galeno resistirían el escrutinio moderno. Igual que otros médicos de la Antigüedad, creía que la salud dependía del equilibrio de los cuatro “humores” del cuerpo, y recomendaba determinadas piedras por sus poderes purificadores. “El sistema de Galeno es un completo disparate”, remacha Bhayro. Aun así, era la mejor teoría disponible en una época en la que la idea en sí de la ciencia médica era relativamente nueva. “Cuando esté descifrado totalmente es probable que se convierta en un texto capital”, pronostica Pormann, de la Universidad de Manchester. “Tal vez descubramos cosas que ahora no podemos ni soñar”. Traducción de News Clips © 2015 New York Times News Service

El Congreso de los Diputados ha aprobado este jueves la Ley que concede la nacionalidad española a los sefardíes originarios de España. La norma posibilitará la adquisición de la nacionalidad española por los sefardíes descendientes de los judíos expulsados de España en el siglo XV, sin necesidad de que renuncien a su nacionalidad y sin exigencia de residencia en España. Los ministros de Justicia y de Exteriores, Rafael Catalá y José Manuel García-Margallo, respectivamente, han pedido la palabra en el pleno para asegurar que se trata de una decisión histórica "que repara una injusticia de hace 500 años". Esa concesión ha sido apoyada por todos los grupos parlamentarios, pero las críticas de la oposición han venido de la exclusión de otros colectivos como los ciudadanos del Sáhara. La ley establece un procedimiento de concesión de la nacionalidad española a través de la carta de naturaleza. Se considera que la condición de sefardí es, por sí misma, una circunstancia excepcional que permitiría la concesión de la nacionalidad española, se suprime la necesidad de residencia y los solicitantes no tendrán que renunciar a su nacionalidad anterior —como venía sucediendo hasta ahora— por razón de la especial vinculación con nuestros valores y cultura, equiparándolos a otros supuestos análogos, según el Ministerio de Justicia. Los interesados tendrán un plazo de hasta tres años, prorrogable por otro, para expresar su deseo de adquirir la nacionalidad española, a partir de la entrada en vigor de la Ley. La acreditación de su especial vinculación exigirá la superación de una prueba de evaluación de conocimientos de Lengua, Cultura y Costumbres Españolas, gestionada por el Instituto Cervantes. Los solicitantes provenientes de países de habla hispana quedarán exentos de la prueba de idioma y las gestiones pueden hacerse de forma electrónica. La concesión de la nacionalidad requiere el cumplimiento de dos requisitos: justificar la condición de sefardí y la especial vinculación con España. Fuente: El País

A expensas y en exclusiva para el Centro Extremeño de Estudios y Cooperación con Iberoamérica, que tiene la consideración de difundirlo por todos los Estados que comprenden la franja del golfo de México, hemos editado en fiel facsímile el primer dibujo de Norteamérica, realizado por el extremeño Alonso Álvarez de Pineda en 1519, custodiado en el Archivo General de Indias, y que se acompaña de un opúsculo en español e inglés a cargo del Dr. Enrique Sánchez Goyanes, patrono de la Fundación CEXECI.

Nos sentimos honrados de poder adjuntar la invitación para la presentación de este trabajo, el próximo día 16 de junio a las 18,00 h en Casa de América, en la Sala Machado de Assis.

Con el deseo de que esta iniciativa sea de su agrado, esperamos contar con su presencia.

Hace un año me enteré de que me iba a mudar a un pueblo español de 5.000 habitantes. Y después me enteré de que iba a ser la única extranjera. Lo recuerdo como si fuera ayer. Recuerdo comprobar mi email cada 10 minutos durante dos meses seguidos, esperando con impaciencia mi destino. El siguiente año de mi vida estaba por completo en las manos del gobierno español, y me parecía bien. De hecho, mejor que bien… ¿adónde me mandarían? ¿Sevilla? ¡¿Madrid?! ¡¿Barcelona?! Y entonces me llegó el email...
¡Fregenal de la ¿QUÉ?! SOCORRO. Resultados de Google: “Pueblo agrícola de 5.000 habitantes situado en la comunidad autónoma de Extremadura, España. Conocido por”... ¿su jamón? Lloré un poquito. Me cuestioné mis decisiones vitales. ¡¿En qué demonios me iba a meter?! Aquí estaba yo, una chica del área metropolitana de Nueva York. Una chica que había sido becaria en la empresa de medios de comunicación más grande de Nueva York (¡un saludo a Clear Channel!), había trabajado en el backstage de conciertos en el Madison Square Garden, había asistido a la fiesta de cumpleaños del hijo de Puff Diddy (si quieres reirte, mira el minuto 4:14 de este episodio de Super Sweet Sixteen...) y me iban a mandar a VILLAOVEJA. 8 meses después y aquí estoy, intentando no llorar mientras meto mi bol de gazpacho personalizado en la maleta, envuelvo con papel de periódico las manualidades que me han hecho mis alumnos, lleno a rebosar los bolsillos de la maleta de paquetes de jamón y rezo porque a los de aduanas no les entre hambre y decidan quedárselos (y no me sorprendería que lo hicieran. Un buen español NUNCA desperdicia la oportunidad de comer un poco de jamón gratis...) No solo he aprendido cómo es la vida en una cultura completamente distinta. He aprendido cosas sobre mí misma, sobre lo que realmente importa en la vida, y sobre las cosas de las que podría prescindir. Recuerdo justificarlo hace un año con “¡todo ocurre por alguna razón! El tipo de ahí arriba tiene que tener alguna razón...”. Pues si antes no creía en “el gran plan del Grandullón”, ahora sí. Me siento más que bendecida por haber tenido esta experiencia que ha cambiado mi vida, en la que me he sumergido en un mundo completamente opuesto al mío. Podría hablar horas y horas sobre lo increíble que ha sido mi estancia aquí, pero nadie tiene tiempo para eso. Así que he intentado condensar mi experiencia en una lista buena, bonita y a ritmo de ciudad.

9 maneras en las quemi pueblo ha cambiado pa’ siempre mi perspectiva sobre la vida

1. Saludar a desconocidos por la calle no da miedo En la ciudad tenemos la mala costumbre de evitar por todos los medios el contacto visual con los transeúntes. Cuando vamos por la acera, no tenemos visión periférica. Solo existes tú, lo que está justo delante de ti y los cordones de tus zapatos (a los que os miráis a los pies para no tropezaros... me declaro culpable). Llegamos incluso a mirar nuestros mensajes inexistentes en el móvil o a buscar en el bolso algo que no necesitamos. Todo para evitar un potencial segundo o dos de contacto visual. Bueno, ¿quieres saber qué pasa en un mundo en el que la gente intenta establecer contacto visual? Que dices... HOLA. Una locura, lo sé. Cuando llegué a Fregenal me confundía por qué todo el mundo me decía “hola”, “adiós” o “buenas” al pasar. ¿Me conocían todos? ¿Nos habían presentado sin darme cuenta? Estaba muy confusa, y quizá hasta me resultaba un poco inquietante. Ocho meses después, le digo “hola” a todo el que se me cruza. Como si es un abuelito con un bastón al que le falta un diente (hay muchos de esos aquí), o dos adolescentes cotilleando en español a la velocidad de la luz... les caerá un gran HOLA. ¡Y hasta una sonrisa! Porque ¿sabes qué? Sí que te alegra bastante el día.
2. Lo que sea que necesites AHORA puede esperar Los que somos de la acelerada Nueva York, si queremos algo AHORA, lo tenemos. Y si no... Bueno, mejor no te cruces con nosotros. Esa era la mentalidad tan impaciente que tenía hace tan solo 8 meses. Y fue una de las cosas que más me costó cambiar. Tanto si tardo unos dos días entre lavar y secar la ropa, como si el cajero decide ponerse al día con toda la vida de la clienta que va delante de mí, o si el camarero se olvida de mi existencia... lo que sea, lo conseguiré. Al final. La paciencia es realmente una virtud, y no vale la pena subir mis niveles de cortisona por conseguir nada 5 minutos antes.
Oh, ¿me ha llovido en el pijama? Supongo que puedo esperar 4 días más...
3. Un horario fijo de comidas es lo mejor del mundo Y aquí, es el único horario que existe. Como te lo cuento, ¡las prioridades de la gente de aquí son las correctas! No, en serio. ¿Recuerdas cuando llevaba un mes aquí, que escribí aquel artículo sobre los horarios de las comidas y las siestas? En ese momento lo odiaba. No, lo despreciaba. Lo recuerdo como si fuera ayer -eran las 7.30 de la tarde y quería un bocadillo. Así que, como haría toda persona hambrienta con algo de lógica, fui a un restaurante y pedí un bocadillo. ¿Sabes lo que me dijeron? NO. No podía tener mi maldito bocadillo. EH PERDONA LA ÚLTIMA VEZ QUE LO MIRÉ ESPAÑA ERA UN PAÍS LIBRE. Bueno, lo es, mientras no intentes meterte con sus horarios de comidas. Porque las 7.30 es la hora “del café”, y con el café no hay bocadillos. Solo galletas. Espera a las 9.30, la hora de la cena, me dijo. Bueno, vale, si quieres ver desmayarse a una chica...
¡¿Las 7.30 de la tarde?! Supongo que me tendré que comer una galleta... Tardé unos siete de mis ocho meses aquí en comprenderlo. Pero he llegado a apreciarlo, e incluso ha llegado a gustarme. La hora de comer es tan estricta porque comer es una actividad que las personas hacen juntas. Es un momento para sentarse con las personas a las que quieres, compartir comida, conversación, y hacerlo de forma relajada. Y el horario no te deja otra opción que hacerlo. Lo que me lleva a...
4. Si compartes comida, no te morirás de hambre Como producto del mundo occidental que soy, era muy territorial con mi comida. Era como un animal en la selva; tocas lo que hay en mi plato, te arranco la mano de un mordisco. Y si es el mejor trozo, adiós a tu cabeza. Bueno, pues si quería hacer amigos, me di cuenta de que tenía que cambiar esta mentalidad. Y rápido... La cultura española de las “tapas” gira entorno a compartir. Por lo tanto, no hay ningún tipo de límites en cuanto a tocar el plato del otro. ¿Recuerdas cuando un camarero se comió un pescado de mi plato? Me quedé en shock total. Pero en realidad no está tan fuera de lugar en la cultura española. Compartir es querer, y la comida es un placer; así que compartir comida es un placer. ¿Y lo más increíble de todo? He llegado a creérmelo de verdad. Mi nivel de estrés ya no se dispara cuando te veo acercar la mano a mi plato. Así que, amigos americanos, buenas noticias... cuando vuelva a casa, podréis comer de mi plato. E incluso el mejor trozo. Mientras yo pueda coger el vuestro.
Eh perdona, creo que se te ha perdido una mano en mi plato... Muerdo
5. La diversión no acaba cuando cumples los 30. O tienes hijos El verano pasado, trabajé para una campaña de márketing estadounidense cuyo eslogan era “ya dormirás a los 30”. Era una marca de licor que promocionaba la idea de los 20 son para divertirte, y a los 30 acaba la diversión. Esta es básicamente nuestra mentalidad en Estados Unidos. Después de graduarme en la universidad, recuerdo estar sentada en el sofá de mi piso con mis 4 mejores amigos. Estábamos llorando a moco tendido, lamentándonos porque se nos acababa la diversión para siempre... LOL. ¡¡¡Teníamos 22 años!!! En EE.UU. tememos hacernos mayores porque con la edad llega la responsabilidad, más “reglas sociales”, y menos diversión. ¿Pero por qué tiene una que influir en la otra? En mi pueblo es todo lo contrario. De hecho, la gente más desmadrada que he conocido aquí tiene más de 40. ¿Y el rey de las fiestas? Tiene 50 años y tres hijos. Fuera prejuicios. La vida está para divertirse. ¡Y mi vida acaba de empezar!
El rey de las fiestas, obviamente
6. No hace falta emborracharte para divertirte A lo mejor esto es por lo que los españoles pueden divertirse toda la vida. Me gradué en una de las universidades más fiesteras de EE.UU. La mentalidad era que si no podías beber, no salías. O chupitos o agua. Una noche de fiesta normal en América va así:
2 horas después... Chupitos de alcohol antes del partido. Cuando estás lo bastante borracho, ir a un bar. Beber más. Después, ir a la discoteca. Más chupitos. Al borde del desmayo. Triunfo. Ir a casa. MAL MAL MAL. GENTE. ¡¿QUÉ FUE DE DISFRUTAR DE LA COMPAÑÍA DE LOS DEMÁS?! En serio. La gente de mi pueblo bebe. Pero no para emborracharse. Para socializar. Y si pasa que te emborrachas, pues pasa. Pero a un ritmo natural y humano. Eso explica por qué la gente en EE.UU. dura hasta las 2 de la mañana, mientras que aquí la gente sale hasta el amanecer. ¿Y lo mejor? Puedes ver el amanecer con tus personas favoritas…
7. No hay nada más bonito en este mundo que una puesta de sol española Sin palabras.
8. El español es mucho más sincero Sí, he aprendido a hablar español con soltura. Pero lo que es mejor, he aprendido a hablar con sinceridad. No hay forma de andarse con rodeos en español. Un chico gordo es un chico gordo. No está un poco rellenito, está gordo y ya está. Lo sabe él, lo saben sus padres, y no pasa nada. Uno de mis alumnos respondió de verdad a “¿Cómo estás hoy?” con “Estoy gordo”. LOLOL. ¡Pero lo sabe! Y pasa lo mismo con los negros, que se llaman negros. No hay un nombre “políticamente correcto”, como “afroespañoles”. La gente aquí es sincera consigo misma, probablemente gracias a lo sensual del idioma. Deja de ir de puntillas culturales y simplemente dilo.
9. Lo que importa es la gente Hay nueve restaurantes, dos bares “guays” y dos tiendas de ropa en mi pueblo. No hay cines, ni centros comerciales, ni discotecas. Mi piso no tiene secadora, ni calefacción, ni aire acondicionado, ni horno. Y he pasado uno de los años más increíbles de mi vida. Una tarde de febrero, perdí mi cartera. En menos de 5 minutos desde que me di cuenta, el pueblo entero entró en alerta. Las madres de mis alumnos salieron pronto del trabajo para buscar por las calles, el director del colegio paró las clases para ejecutar una búsqueda y rescate, y la policía vino A MÍ. Tres meses después, todavía me paran desconocidos por la calle para preguntarme “¡Casie, hola! ¿Has encontrado tu cartera?” No, María, no he encontrado mi cartera, pero gracias por preguntar... Esta gente es increíble de verdad. Pero INCREÍBLE. Al ser del área metropolitana de Nueva York, estoy acostumbrada a que la gente viva por y para sí misma. Si perdiese la cartera en la Gran Manzana, me llevaría muchos “¡oh, vaya, pues qué mal!”. Mi mayor shock cultural en Fregenal fue la impresionante sensación de comunidad. La gente se preocupa de verdad por los demás. Nunca he conocido a gente tan acogedora, feliz y genuinamente atenta en mi vida. Conozco a la gente de esta comunidad desde hace 8 meses; la mitad de los cuales, podía comunicarme a duras penas. Aun así, siento como si tuviera 5.000 nuevos familiares hispanohablantes (cursi a más no poder, lo sé. ¡Pero es VERDAD!) He forjado amistades que sé que nunca olvidaré, con mayores y pequeños; un grupo increíble de 20 mejores amigos, una pareja de casados que regenta una piscifactoría, y un mejor amigo que ha sido mi Ángel los últimos 8 meses. Y resulta que se llama Ángel... ¿no es IRÓNICO? Ah, ¿y lo más loco de todo? Todos estos lazos que he formado han sido en español.
Podría seguir hablando horas y horas. Pero voy a acabar con este (ñoño) pensamiento final: La lección más importante que he aprendido es que la felicidad no tiene que ver con el dinero. No tiene que ver con el bar pijo o el restaurante de moda. Sino que está en la gente con la que la compartes. Está en la gente que se sienta a tu mesa. Dónde estéis no es tan importante. Gracias, Fregenal. Me has enseñado de qué va en realidad la vida y, por eso, TE QUIERO MUCHO. ¿Y en cuanto a Nueva York? ¡Allá voy! Señoras y señores, pueden esperar un post sobre el “choque cultural inverso” en cualquier momento...
(Artículo originalmente publicado en A Wandering Casiedilla y visto en Menéame. Traducción de Eva Millán)

¿Estás escribiendo? «Mucho». Entonces mucho quería decir deprisa. Santiago Castelo no sabía cuánto le quedaba, ni cuándo se ejecutaría la sentencia que eligió como título y argumento del que iba a ser su último poemario, una despedida del mundo y la carne, comestible o tangible. Premiada ayer con el Jaime Gil de Biedma, uno de los más prestigiosos en lengua castellana en la categoría de poesía, el libro póstumo de Castelo aúna la frialdad y el ardor que, sin atemperar, hielo y fuego, exige la narración de una autoagonía, escrita en el último borde de la vida y en la soledad a la que obliga una etapa contra el reloj, bajo una lluvia que no deja ver las señales que indican lo que queda para llegar. Entonces mucho quería decir deprisa y todas las metas eran volantes. «La sentencia» fue de las últimas obras en llegar a la Diputación de Segovia a finales de marzo. Apuró el plazo de presentación y hasta el último momento estuvo Castello, fallecido hace ahora dos semanas, retocando y corrigiendo los manuscritos de un auto judicial cuya exposición de hechos había elaborado a lo largo de los últimos doce meses, algunos de ellos, heladores, escritos entre fiebres, en la cama del mismo hospital en el que murió. Sabía que los setecientos versos exigidos en las bases del premio eran muchos, demasiados para un cuerpo devorado por el cáncer y, más aún, para una mente sometida al cruce de considerandos. De su sentencia, Castelo solo tenía claro el fallo: la ley de Dios la conocía, pero era de Letras demasiado puras como para cuadrar el tiempo y la biología. «Según amanezca. A ver mañana cómo me levanto», decía. Con «La hermana muerta» (2011), el periodista extremeño preparó el terreno y cavó su propia tumba. El llanto por los miembros de su familia, desaparecidos casi de un día para otro y en una secuencia insoportable, lo habilitó para enfrentarse con serenidad a su propio final y sacar el mejor partido literario de una angustia que se tragaba y se le hacía nudos. Era comilón, de digestiones asistidas con aguardiente, pero para las penas terminó por hacerse rumiante. Sobre el papel, lágrimas; al margen, silencio.
La aceptación Fragmentado por los latidos, vertido a borbotones, medido con la precisión de quien ha firmado algunos de los sonetos más hermosos de las últimas décadas, «La sentencia» es un relato sobre la aceptación. No es un vulgar manual de autoayuda para salir adelante, según se sale de la Feria del Libro, sino una guía para ir bastante más allá. Castelo se aplicó el cuento de la Madre Maravillas –«Lo que Dios quiera, cuando Dios quiera, como Dios quiera»– y se sombreó la mirada para observar de cerca lo que pocos se atreven a mirar. «Toda la vida escribiendo versos sobre el gozo carnal, la sensorialidad y la pasión de vivir, y resulta ahora que me van a recordar como el poeta del duelo y la muerte, qué le vamos a hacer», se quejaba a última hora Santiago Castelo, cuyo removido «Quilombo» (2008) siempre consideró su obra más representativa. En «La sentencia» aparecen episodios como el del diagnóstico que desencadena su trama, el de las pruebas a las que el autor era sometido de forma cíclica o, más pegado al cuerpo, el de la caída del cabello que provoca la quimioterapia. Una zarzuela se ponía Castelo en el iPod para distraerse, con un tarareo y una evasiva percusión dactilar de acompañamiento, mientras le inyectaban los antineoplásicos. Luego, cuando tocaba, se afeitaba la cabeza en la barbería en la que se arreglan los hipsters del Dos de Mayo. «Estoy a la última, qué te crees», soltaba Castelo con una risotada desafiante. Estaba en las últimas y a la última. Estaba. Ni siquiera el escenario oncológico en el que se desarrolla la acción e inacción de «La sentencia» –de cristal, niquelado, aséptico, entubado; muy lejos de su paisaje extremeño, que vuelve a asomar en este último acto– consigue evitar que José Miguel Santiago Castelo exprese su quebranto y su esperanza a través de las formas y los dejes clásicos y cálidos que definen su obra, ajena al canon de consumo y maldita para los que a ciegas siguen al dictado las directrices de quienes marcan el nuevo índice cultural. Premiado y enterrado, casi todo Castelo está por descubrir. No son los poemas que contiene «La sentencia» los últimos textos del malogrado poeta. La Semana Santa, como gran parte de los últimos meses, entre idas y venidas, la pasó en el hospital, junto a los suyos y cerca de su crucifijo, su libro de oraciones y la Virgen enmarcada que una buena tarde le llevaron Catalina y Soledad. También tenía el móvil a mano. Si aceptamos la correspondencia de los autores del siglo XX como parte de su producción literaria, sería menester, quizá también imposible, recopilar los mensajes de whatsapp, algunos sobrecogedores, que Castelo enviaba de vez en cuando, cuando todo ya estaba escrito.
Un temblor estremecedor
No hubo discusión, ni debate, ayer en Segovia. No fue unánime el fallo del premio Gil de Biezma, sino por aclamación. Uno tras otro, los miembros del jurado reconocieron el valor de «La sentencia», poemario que ya en la selección del prejurado había cautivado a los encargados de elaborar la lista corta del premio. «El vientre de la ballena», del novelista Andrés Barba, se hizo con el accésit, pero «La sentencia» de Castelo no tuvo rival.
Gonzalo Santoja, coordinador del premio, destacó la «ejemplaridad de un poeta que se despide con sosiego, con un temple admirable», y el «temblor estremecedor» que provoca el poemario póstumo de Castelo. «El autor domina la técnica del verso, pero la pone al servicio de la emoción y la verdad». «Es un regalo que un poeta como Santiago Castelo se despida de la vida y los lectores a través de este libro.
Para Juan Manuel de Prada, Castelo no obtuvo en vida el reconocimiento que merecía por sus formas tradicionales y su visión del mundo. «Sufrió una condena en vida», una condena «a la nada que ha sido revocada con este premio». «Allá donde esté, sin subjuntivo, no hay duda de que lo habrá disfrutado».

Fuente: ABC

El periodista y columnista Manuel Mira, revela en su última novela, ‘El olivo que no ardió en Salónica’ (La Esfera de los Libros) la historia desconocida de uno de los empresarios “más importantes” de la historia de España, el padre del imperio Danone, el judío sefardí Isaac Carasso, a través del cual, trata de mostrar la importancia que tuvieron los sefardíes para la cultura y la economía española. “Este libro es imprescindible ahora mismo en España para entender hasta qué extremo los sefardíes fueron importantes para la economía y la cultura de España”, ha asegurado este miércoles Mira en la presentación de la novela en Madrid. Además, la obra se publica en el marco de la tramitación del proyecto de ley para conceder la nacionalidad española a los sefardíes, una norma que, a su parecer, “hace justicia” a los más de dos millones de descendientes de judíos españoles que hay en el mundo, unos 70.000 de ellos en España. La novela cuenta la historia “épica” de Isaac Carasso, un descendiente de judíos españoles de principios del siglo XX en Salónica –donde la mitad de los habitantes eran judíos– que, en medio de tantas guerras –italo-turca, la primera y segunda guerra balcánica, la Revolución de los Jóvenes Turcos–, en 1913 decide emigrar junto a su familia a España. Tras un largo viaje, en el que recalaron en Suiza, en 1917 llegan a Barcelona y se instalan en un piso del barrio del Raval, donde logra fabricar un yogurt con propiedades medicinales, creando así en 1919 la empresa Danone. Sin embargo, la familia Carasso se instala en España en un momento convulso. En 1923 se produce el golpe militar de Primo de Rivera, en 1931 se proclama la II República y en 1936 estalla la Guerra Civil Española, circunstancias que obligan a Carasso a huir de España hacia Francia, país donde edificará el imperio Danone. Mira asegura sentirse orgulloso de esta novela por esa “obsesión emotiva” que siempre ha sentido por los sefardíes. Para este escritor, la expulsión de los judíos de España en 1492 fue “uno de los errores históricos más grandes cometidos en la historia española”. Por ello, uno de los pilares sobre los que el autor construye su obra es el “filosefardismo”, una corriente que nace a principios del siglo pasado de la mano de Ángel Pulido, un senador vitalicio de Salamanca que durante un viaje a los Balcanes se encontró a judíos sefardíes hablando español. Cuando regresó a España, se lo contó al Rey y a los políticos, que se dieron cuenta de la importancia que tenía el país cinco siglos después para aquellos descendientes de judíos españoles. El filosefardismo fue respaldado rápidamente por intelectuales como Pérez Galdós, Canalejas y por el mismo Rey Alfonso XIII. “Hasta Manuel Azaña era filosefardita”, asegura. DOS NIETOS DEL IMPERIO DANONE La información pública sobre el protagonista de este libro, según explica su autor, era tan escasa que podría ocupar una página. Por ello, ha tenido que realizar una investigación durante dos años en los cuales ha llegado a contactar con dos nietos de Carasso. Uno de ellos le aseguraba que aunque su pasaporte es francés, su corazón es español. “La melancolía –afirma Carasso– es una de las partes sustanciales del ADN de los sefardíes”. En cuanto al título de la novela, ‘El olivo que no ardió en Salónica’, Mira ha explicado que hace referencia al incendio voraz que destruyó dos terceras partes de Salónica. La historia cuenta que en el jardín de la casa de la calle ancha donde residía Isaac Carasso había un olivo y fue el único que no ardió en aquel incendio, un “simbolismo” con el que el periodista quiere reflejar que “los judíos sefardíes, a pesar de la humillación y el sufrimiento, siguen en pie”.

 

Fuente: Europa Press

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