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El Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid inaugura de las mayores exposiciones dedicadas a Zurbarán, a partir de una mirada nueva. Odile Delenda y Mar Borobia, comisarias de la muestra, nos dan las claves para detenernos en diez de sus obras principales. La exposición llega a Madrid un año después de cumplirse el 350 aniversario de la muerte de Zurbarán, al que han rendido homenaje ya ciudades como Bruselas o Ferrara. Ahora es el Museo Thyssen-Bornemisza el que ofrece una nueva mirada sobre el pintor del Siglo de Oro, enfrentando sus obras a otras pintadas en su taller, y rescatando muchas de las que habitualmente están ubicadas en Estados Unidos y Europa. Es el caso de San Serapio, que viaja a España desde el museo Wadworth Atheneum de Connecticut. En total, más de 60 obras en una de las exposiciones más completas sobre el pintor, y cuyo precedente se remonta a 1988 y la exposición que le dedicó el Prado. De mano de las comisarias, nos tenemos en las obras más significativas. Aparición de la Virgen a San Pedro Nolasco, c. 1628-1630
Colección privada. Cortesía Galería Coatalem, París Esta obra, perteneciente a una serie para el convento de la Merced Calzada de Sevilla, es una de las más novedosas y bellas realizadas con motivo de la canonización de su fundador. El pintor destaca en la realización de este tipo de imágenes de jóvenes arrebatados en éxtasis. Como era habitual, Zurbarán se basó en la fuente literaria que le fue propuesta para crear una escena de la que no había precedente iconográfico alguno. El joven santo viste un amplio manto marrón con pesados pliegues y utiliza como modelo al mismo personaje de la Aparición del apóstol san Pedro a san Pedro Nolasco del Museo del Prado, pero con aspecto más juvenil. Posiblemente, se trata de Sebastián de Zurbarán, sobrino del pintor, que ingresó siendo aún adolescente en el convento de la Merced de Sevilla, donde profesó a los 17 años, en 1630. San Ambrosio, c. 1626-1627
Museo de Bellas Artes de Sevilla Como protagonista único está San Ambrosio (Tréveris, c. 339-Milán, 397), alto funcionario romano, que fue nombrado obispo de Milán, capital del imperio de Occidente, por aclamación popular cuando era todavía un simple catecúmeno. La obra ingresó en el Museo de Bellas Artes de Sevilla con el título de Santo Obispo, pero fue identificado gracias a la inscripción parcialmente borrada situada en la parte superior izquierda del cuadro. Es en estas grandes y expresivas figuras aisladas donde Zurbarán muestra sus mejores capacidades artísticas. Siluetas monumentales, impresionantes, emergen de un fondo oscuro iluminado desde la izquierda por una fuente de luz invisible. Esta iluminación a lo Caravaggio acentúa la increíble plasticidad de las formas. El rostro del santo, muy caracterizado, es el retrato de un hombre sumido en una intensa meditación. Las dotes de retratista del joven Zurbarán aparecen ya claramente definidas desde sus obras más tempranas.
San Serapio, 1628
Hartford, Wadsworth Atheneum Museum of Art, CT. The Ella Gallup Sumner and Mary Catlin Sumner Collection Fund. Colgado por las munecas y expirante, el San Serapio de Zurbarán no aparece con las tremendas llagas de su espantoso martirio. Al pintor nunca le gustó insistir en la representación horrenda de cualquier muerte violenta con sus detalles sangrientos, por lo que prefirió esconder el cuerpo del santo martirizado bajo el bellísimo hábito blanco de la Merced. Como un Cristo crucificado, la cabeza del ajusticiado cae sobre su hombro derecho con una logradísima expresión de abandono, de aceptación y de serenidad. Zurbarán consigue aquí reflejar con una rigurosa precisión anatómica y un increíble verismo al fraile mercedario a punto de morir, con sus ojos cerrados y su boca entreabierta. Llama poderosamente la atención la intensa expresión del humilde mártir que ha cumplido por fin su misión terrenal. San Francisco de pie, contemplando una calavera, c. 1633-1635
Saint Louis Art Museum Dispuesta de forma frontal, de pie, sosteniendo una calavera con las manos cruzadas y la cabeza inclinada hacia ella, esta pequena figura meditabunda es, a pesar de su pequeno tamano, una de las más impresionantes de entre las pintadas por Zurbarán sobre este tema. El San Francisco del Milwaukee Art Museum, de gran tamano, es una repetición autógrafa y ampliada del cuadrito del Museo de San Luis. En ambos lienzos los pliegues del sayal, realizados en la misma gama de colores pardos, caen verticales, escuetos. Los pies descalzos asoman por debajo del hábito y el izquierdo avanza en dirección al espectador. El rostro barbado apenas se adivina ensombrecido por el gesto cabizbajo del santo y el puntiagudo capirote. El peculiar formato del lienzo es similar al de las pinturas del único retablo pequeno del siglo XVII que todavía se conserva in situ en la iglesia de San Alberto. Adoración de los magos, c. 1638-1639
Musée de Grenoble Casi todas las pinturas de la impresionante serie pintada por Zurbarán para la cartuja de Jerez de la Frontera, una de las mejores y más importantes de su producción, se han conservado, aunque el conjunto se halla disperso entre varios museos. Los cuatro principales lienzos del retablo mayor se conservan en el Musée de Grenoble: la Anunciación, la Adoración de los pastores fechada en 1638, la Circuncisión, fechada en 1639, y esta Adoración de los Magos, todas ellas de una impresionante solemnidad casi litúrgica. El cromatismo resplandeciente de las indumentarias y la perfección técnica de estos lienzos los sitúan entre lo mejor de la producción del maestro. Como la mayoría de los artistas contemporáneos, Zurbarán pinta a los reyes "vestidos con gala y autoridad", como recomendaba Pacheco. Zurbarán, como Velázquez, solo representa a uno de ellos como un anciano, el más sabio, el primero en entender la importancia de aquel nacimiento y por eso se arrodilla ante el Nino y junta las manos en actitud de adoración. Martirio de Santiago, c. 1636-1640
Museo del Prado, Madrid Recientemente restaurada, es una pintura de indudable calidad, firmada pero no fechada, que el maestro realizó en su etapa más brillante y fructífera, hacia 1636-1640. Una quietud misteriosa invade la composición, realizada a partir de dos estampas de la Vida de santa Catalina de Alejandría grabadas por Anton Wierix III (1596-1624). Otros detalles del cuadro, como la extraordinaria cabeza del perro o el judío de perfil a la derecha, derivan de modelos de Durero, pero Zurbarán interpreta esos grabados con su magistral habilidad para el colorido y su extraordinaria capacidad para reproducir las texturas de lo representado. El origen de este importante lienzo de composición monumental ha sido discutido. En la venta de la colección de Luis Felipe de Orleans en Londres en 1853 se especificaba que procedía "de un convento de Extremadura". San Francisco en meditación, 1639
The National Gallery, Londres. Legado por Major Charles Edmund Wedgwood, 1946 El "poverello de Asís", uno de los santos favoritos de la Reforma católica postridentina, fue el santo que Zurbarán pintó más veces a lo largo de su carrera. Son numerosas las representaciones de san Francisco con distintas iconografías: arrodillado en oración, en el milagro de la Porciúncula, durante la estigmatización o muerto según la visión del papa Nicolás V. Del santo en meditación existen muchas versiones, sobre todo si se consideran también las que presentan intervención del taller. Desde el punto de vista cromático, los pardos y los tonos tostados del santo destacan fuertemente iluminados contra un fondo sombrío con un paisaje crepuscular al fondo. Santa Apolonia, c. 1636-1640
Musée du Louvre, París Como las otras figuras de santas, a primera vista de aspecto muy humano, esta airosa jovencita con bellísimo atuendo perteneció al grupo de pinturas reunido por el mariscal Soult (1769-1851) en el depósito del Alcázar de Sevilla donde, en 1810, se hizo acopio de 999 lienzos procedentes del saqueo de las instituciones religiosas. La Santa Apolonia del Louvre es una figura delicadísima que mira directa pero fugazmente al espectador. Para representar a la santa Zurbarán pudo inspirarse en grabados flamencos del siglo XV, como la Santa Bárbara de Martin Schongauer (1435/40-1491), pero insuflándole una vitalidad peculiar. Su rostro no parece ser un retrato sino el reflejo de la belleza ideal: de forma ovalada, grandes ojos negros, boca pequeña y mejillas sonrosadas. Bodegón con cacharros, c. 1650-1655
MNAC. Museu Nacional d'Art de Catalunya, Barcelona. Legado de la colección Cambó En el siglo XVII la pintura de bodegones experimenta un importante auge en Espana. Considerado un género menor frente a la pintura religiosa, llama la atención de numerosos artistas, que se expresan de manera más libre en estas obras para clientes privados. Zurbarán no fue una excepción y, a pesar de que la mayoría de su obra es de temática religiosa, nos ha dejado algunos bodegones como este cuadro, del que existen dos ejemplares, este que se expone aquí y otro unos centímetros mayor (48 x 84 cm) propiedad del Museo del Prado. Lo que más llama la atención de este bodegón es la sobriedad y austeridad de la composición y de los elementos elegidos. Resulta extremadamente original que Zurbarán no haya pintado frutas, flores o algún tipo de vianda. Desposorios místicos de Santa Catalina de Alejandría, c. 1660-1662
Colección privada, Suiza Francisco de Zurbarán falleció en Madrid el 27 de agosto de 1664. Entre las pinturas que se conservaban en su obrador madrileno tras su muerte aparece un lienzo descrito de la siguiente manera: "Otra [hechura]nra Senora y el nino y Santa Catalina con marco". Su tamano mediano nos hace pensar que era un cuadro de devoción privada. Si se trata, como suponemos, del lienzo que se encontraba en el obrador madrileno de Zurbarán tras su muerte, seguramente no sería un encargo de algún comitente sino una obra de temática muy popular destinada a la venta directa. Esta imagen es absolutamente zurbaranesca, de delicada factura y tonalidades luminosas. La atmósfera del cuadro, tierna y poética, es típica de las últimas obras del artista, hacia 1660-1662.

Fuente: El Cultural

En 2009 la historiadora francesa Odile Delenda presentó en la Academia de Bellas Artes el primer volumen del catálogo razonado de Francisco de Zurbarán, un artista que lleva estudiando tres décadas. Al año siguiente se publicó el segundo volumen. Ya entonces hizo una tremenda purga del millar de obras que se atribuían al artista español: se fijó el corpus zurbaranesco en unas 280 pinturas. Más de 700, pues, perdían su autoría. Desde entonces han seguido apareciendo nuevas obras, lo que hace que Delenda cifre los auténticos zurbaranes en unos 300. Algunas de las más recientes atribuciones se incluyen en la nueva exposición del Museo Thyssen, «Zurbarán: una nueva mirada». «Pensé que había acabado mi carrera con el catálogo razonado, pero no ha sido así», bromea la comisaria de la exposición, que, junto con Mar Borobia, otra de las comisarias, recorren con ABC la muestra durante el montaje. «Recibo a la semana al menos noticias de un supuesto Zurbarán, pero tan solo uno de cada cien es auténtico». Es el caso de «Aparición de la Virgen a San Pedro Nolasco», fechado hacia 1628-1630. Pertenece a la serie que el pintor realizó para el convento de la Merced Calzada de Sevilla con motivo de la canonización de su fundador. Propiedad de una colección privada, es posible que acabe en el mercado, puesto a la venta por la galería Coatalem de París. Lo mismo que «La Virgen niña dormida» (hacia 1655), en manos de otra galería parisina, Canesso. De este tema cuelgan en las salas del Thyssen tres versiones. La mejor, una del Ermitage. La tercera es un préstamo del Metropolitan.
En una farmacia de Sevilla «Los desposorios místicos de santa Catalina de Alejandría» (1660-1662), de una colección privada suiza, cierra la exposición. Reapareció en 2001. Es la última atribución a Zurbarán llevada a cabo por Odile Delenda en 2012. Posiblemente, se trata de una de las pinturas que se conservaban en su obrador de Madrid cuando murió el 27 de agosto de 1664. Coincide, al menos, con la descripción de uno de sus cuadros que aparece en la testamentaría. No descarta Odile Delenda que sigan apareciendo obras del artista. Las ha encontrado en una iglesia de Normandía, en un castillo del Loira... y hasta en una farmacia de Sevilla. Seguimos visitando la muestra y surgen más obras que se han ido incorporado al catálogo de Zurbarán. Como un «San Antonio de Padua», descubierto en la iglesia de Saint-Romain de Etreham (a pocos kilómetros de la playa donde se produjo el Desembarco de Normandía) en muy mal estado de conservación. Tras su restauración se certificó que era una obra maestra del joven Zurbarán. Según Delenda, la procedencia de este cuadro sigue siendo una incógnita, aunque cree que pudo formar parte de la colección sevillana de Julian Williams, vicecónsul de Inglaterra, y que pudo llegar a esta iglesia como una donación del conde de Houdetot. Hay en la muestra más atribuciones recientes:«Huida a Egipto», del Seattle Art Museum; «San Francisco rezando en una gruta», del San Diego Museum of Art; «Cristo crucificado con San Juan, la Magdalena y la Virgen», de la colección Ivor Braka... Pero son muchas más las autorías retiradas. «Mucha gente me dice que por mi culpa su cuadro no es de Zurbarán», advierte Delenda. Viajan por primera vez a Madrid 23 de las 63 obras expuestas en el Thyssen. Es el caso de «San Francisco de pie contemplando una calavera», del Saint Louis Art Museum; y «San Blas», procedente de un museo de Bucarest. Ambos pertenecieron al retablo de la iglesia del colegio de san Alberto de los carmelitas descalzos de Sevilla.
El maestro y su taller Otra novedad de esta muestra es que se dedica especial atención a los pintores que colaboraron con Zurbarán en su taller. No fueron demasiados. Aparecen nombres como Juan Luis Zambrano, los hermanos Francisco y Miguel Polanco, Ignacio de Ríes, Bernabé de Ayala y el Maestro de Besançon. Un caso especial es el de Juan de Zurbarán, segundo de los diez hijos del maestro (se casó tres veces) y discípulo aventajado. Fue un excelente pintor de bodegones. Su producción es muy escasa, y muy codiciada, porque falleció prematuramente a los 29 años. Se cree que hay pinceladas suyas en algunos de los cuadros de su padre.
El Museo Thyssen hace una revisión actualizada de la producción de Zurbarán En una sala de la muestra se confrontan obras de ambos. Un excepcional «Bodegón con cacharros», cedido por el MNAC; «Carnero con las patas atadas» y «Agnus Dei», todos ellos del padre, se miden con espléndidas naturalezas muertas de su hijo. Como «Peras en cuenco de porcelana», del Art Institute de Chicago. No es ésta una antológica exhaustiva de Zurbarán. Ya las hubo, y muy importantes, en el pasado. Como la que le dedicó el Prado en 1988. Diez años después hubo otra gran monográfica en Sevilla con motivo del IV centenario de su nacimiento. La muestra del Thyssen se ha planteado como una revisión actualizada, una puesta al día, de la producción de Zurbarán. Viajará en octubre, con algunas diferencias, al Museum Kunstpalast de Düsseldorf, que ha colaborado en el proyecto. Aunque la pintura religiosa es el eje central de su producción –apenas hizo retratos, pero hay buenos ejemplos en la muestra–, Zurbarán es mucho más que un pintor de monjes. Ha cargado con ese sambenito, lo mismo que Murillo como pintor niños y pajaritos. «Fue Murillo quien copió a Zurbarán y no al revés», puntualiza Delenda. Gran amigo de Velázquez, Zurbarán también participó en la decoración del Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro. Ambos estudiaron en Sevilla. El color albero de las paredes de la muestra es un guiño a esta ciudad donde Zurbarán –nacido en 1598 en Fuente de Cantos (Badajoz)– vivió gran parte de su vida.
Un pintor moderno Para Mar Borobia, las pinturas de Zurbarán «siguen hoy comunicando, te hablan... Eso me fascina de él. Se dice que sus pinturas son oscuras, pero es un gran colorista... Y también destacaría su modernidad». Odile Delenda se suma a todo ello:«Se decía que era un pintor torpe, que no tenía imaginación. No hay nada de cierto en ello». Subraya los detalles secundarios de sus composiciones que se tornan protagonistas de sus lienzos: las telas de las santas, los objetos cotidianos, los pies sucios del Cristo Crucificado... «Son pies de haber andado, de haber sufrido –dice Odile Delenda–. Sus Cristos, como los de Velázquez, no sangran mucho». Y una curiosidad: Zurbarán firma algunos de sus cuadros, como «San Serapio» y «San Francisco en meditación», en un papel pinchado en la pared. Entre las obras maestras presentes en la exposición, las comisarias destacan «San Serapio», pintado en sus años de juventud y el segundo firmado conocido. Ha sido cedido por el Wadsworth Atheneum Museum of Art. Solo se había visto una vez en España y fue hace 50 años. También, «La adoración de los Magos», del Museo de Grenoble;«El martirio de Santiago, del Prado, que ha sido restaurado;«San Francisco en meditación», de la National Gallery de Londres... Además de préstamos de grandes museos internacionales, también los hay de importantes colecciones privadas españolas(Abelló, Arango, Masaveu, Villar-Mir...) Muchos de ellos los adquirieron fuera de España.

Fuente: ABC

Y el color se hizo. Escribe Odile Delenda, una de las dos comisarias de esta exposición, junto con Mar Borobia, que «no parece que hubiera antecedentes artísticos en la familia de Zurbarán. Según Palomino (1655-1726), Francisco había empezado a estudiar pintura con uno de los discípulos extremeños del “Divino Morales”, antes de ser enviado por su padre a Sevilla para que aprendiera allí el oficio de pintor». A juzgar por sus primeros trabajos, fue un alumno avezado. Coincidió en la capital andaluza con Juan de Roelas, Francisco Pacheco, Herrera el Viejo y Alonso Cano. Y con Diego Velázquez también. No fueron rivales, explica Delenda, como se ha transmitido erróneamente, sino amigos. Éste es uno de los sambenitos que «Zurbarán: una nueva mirada» pretende desterrar en su espectacular recorrido por el Museo Thyssen. Sesenta y tres obras, no hacen falta más, la mitad de ellas no vistas en Madrid o raramente expuestas, para dar fe de que el artista extremeño nacido en 1598 en Fuente de Cantos (sólo dos años antes que viniera al mundo el autor de «Las meninas») es bastante más que el pintor de monjes, capuchas, fondos oscuros y temáticas religiosas. El abanico se abre considerablemente para situarle como «un artista moderno, muy moderno, tremendamente colorista. Se le ha denominado el ‘‘caravaggio español’’, aunque no es así exactamente. De su mano se mostrará una pintura nueva, diferente, que va cambiando con el gusto, que cuida los detalles, mima las telas, por ejemplo, los paños, los adornos, cada ornamento. Hay luz en sus lienzos, mucha», asegura con entusiasmo la experta, una de las grandes expertas en la obra del pintor a quien define, también, como «obediente con sus encargos», pues sus clientes le decían qué querían y él ponía en marcha la maquinaria, es decir, a los artistas que trabajaban en su taller y le ayudaban: «Piensa que le podían encargar 21 o 23 cuadros de un convento para que los realizara en un año y era imposible que él solo los pudiera acabar», explica Delenda, quien define su estilo como «bastante marcado». Órdenes eclesiásticas masculinas Zurbarán trabajó no solamente para las órdenes religiosas, aunque sólo acapararon gran parte de su producción, «para las masculinas, pues las monjas no estaban acostumbradas a esa fortaleza tan marcada que exhibían las figuras de sus cuadros», señala. Recibió, no obstante, un buen número de encargos privados. La exposición se ha ordenado de manera cronológica; abarca así desde su periodo de juventud hasta la plena madurez de quien tuvo el don –Delenda dixit– de «sacralizar lo cotidiano». Mejor definición es imposible. En cada lienzo, casi en cada lienzo, se atisba un bodegón: una mesa con algunos objetos encima, como una pareja de peras que se sostienen en difícil equilibrio, un libro, un pequeño jarroncito con unas flores (en ese retrato de la Virgen niña en pleno sueño que es una delicia). Ordena los objetos y los arracima sin que le tiemble el pulso. Cada afirmación de la experta es asentida por Borobia, comisaria de Pintura Antigua del Museo Thyssen. Hay fondos imponentes, como el del poco conocido «San Juan Bautista», de 1659, óleo perteneciente a una colección privada cuyo paisaje, que divide un árbol en el centro, tiene más que ecos de Patinir en los intensos azules, que el artista había podido ver en la Corte, en las rocas escarpadas, también. Es de parada obligatoria. El foco de luz dibuja una perfecta figura del Bautista, que mira al cielo mientras su figura se recorta en el fondo, lo que se aprecia, por ejemplo, a la perfección en uno de los primeros cuadros que introducen la visita, en «La visión de San Pedro Nolasco» (1628-1630), en el que la figura literalmente recortada (como si de un collage se tratara) acapara la mirada de inmediato. Muy cerca cuelga otra obra muy poco conocida, de una belleza simple, detenida, con esa fortaleza que nombran las comisarias, «San Serapio» (1628). En 1988, la gran antológica celebrada en el Museo del Prado puso al día los estudios sobre el pintor, sin embargo, quedaban lagunas en lo tocante al taller, la datación de algunas piezas o incluso a momentos de su vida, aspectos que han podido conocerse gracias a las investigaciones que se han realizados desde entonces hasta hoy. La muestra citada era de arte mayor y no se podía dar un paso atrás, por tanto lo que ahora se ha hecho es «actualizar estos datos con la inclusión de pintores nuevos que se han ido incorporando, junto con un conjunto de obras maestras que se han conseguido en forma de préstamos» y que han llegado de colecciones particulares de Europa y América. Se ha realizado en colaboración con el Museum Kunstpalast de Düsseldorf. Junto a los lienzos encargados por las órdenes religiosas se pueden contemplar aquellos realizados para devoción privada, que ocupan una sala. Es, sin ir más lejos, su colección extraordinaria de santas, con bellos ropajes, ornadas con una vestimentas rica que nos parece chocante y que luce, lo mismo que el resto de las obras colgadas, en su máximo esplendor debido a la restauración realizada, lo que añade un «plus» a este encuentro pictórico. Ya no hay barnices amarillentos y se puede apreciar una calidad excepcional «y que a Zurbarán le gusta el color, que se atreve con una combinaciones bastante elegantes, modernas y atrevidas. Es un artista con invención. Y lo demuestra, por ejemplo, en la serie de San Pedro Nolasco: nunca se había pintado su vida y él lo hizo», dice Delenda. Entre los felices hallazgos nombra un «San Antonio de Padua» (1630-1635) que fue hallado en una iglesia de Normandía, que «estaba en un sitio rarísimo». Los cuadros que se exponen están firmados, lo que no es cosa baladí, «porque firmar, firmó poco, aunque su producción era alta, de ahí la necesidad de contar con sus ayudantes», a los que la exposición dedica una sala con sus nombres y apellidos. Es, pues, un reconocimiento para Bernabé de Ayala, Juan Luis Zambrano, Ignacio de Ríes y el Maestro de Besançon. La iluminación también es una pieza capital en «Una nueva mirada»: se ha cuidado al máximo e incluso se ha conseguido, comenta Borobia con orgullo, que ninguno de los marcos, a pesar de lo barroco de la mayoría de ellos, haga sombra en la tela. Para ambas especialistas, Zurbarán es un artista mayúsculo, «uno de los más grandes. ¿Cómo Velázquez? ¿Le supera? Y ahí es Odile Delenda quien con un gesto que lo dice todo deja claro que «Velázquez es Velázquez. No se le puede clasificar porque está por encima de todos. Están él y otros más, y después los grandes pintores, dentro de cuya categoría situaríamos a Zurbarán». La dedicación de Francisco de Zurbarán al paisaje en uno de los descubrimientos de esta muestra. No hay un cuadro dedicado ex profeso a un paisaje, pero gran parte de ellos contiene montañas escarpadas, ríos, árboles y arboledas, tierras y caminos que se repiten en un extremo del lienzo. En el caso de «Santa Lucía» (1660-1670), el fondo lo ocupa un paisaje con montaña y vegetación. En «San Francisco en meditación» (1639) observamos algo similar. Aquí, los árboles emergen por el margen izquierdo. Una luz ilumina el boscaje. Y vuelven a aparecer las montañas. Con una luz concentrada en el fondo tenemos «La Adoración de los Magos», de intensos celajes azules, o «El martirio de Santiago», donde vuelve a divisarse, por el margen izquierdo, un paisaje escarpado y montañoso. Y ese cielo, aquí más matizado, que acompaña bastantes de sus cuadros «de exterior».

Fuente: La Razón

El escritor, e histórico periodista de ABC, Santiago Castelo (1948-2015), fallecido el pasado 29 de mayo, ha ganado el XXV Premio Internacional de Poesía Jaime Gil de Biedma, dotado con 13.000 euros, con la obra titulada «La sentencia», que comienza cuando le anuncian que padece cáncer. El coordinador del galardón, Gonzalo Santonja, ha catalogado el poemario ganador como «estremecedor y desagarrador, no sólo porque se trate de una crónica ejemplar del avance de su enfermedad terminal, sino porque enmarca la muerte con sosiego, valor y temple». El escritor Juan Manuel de Prada, amigo de Santiago Castelo desde hace veinte años, a quien conoció en el diario ABC, ha definido al autor como un hombre «extraordinariamente vitalista, de profundas creencias religiosas, que no ha tenido éxito por estar fuera de modas, un monárquico que se definía como anarquista de derechas». De Prada ha recordado que Castelo sostenía que «era el gran maldito», porque le había tocado vivir una estética cultural que no rimaba con su forma de ver el mundo y ha insistido en que su libro «es grande, no sólo porque cuenta la agonía con una mirada herida pero tranquila, sino también por cómo contemplaba la vida». El accésit, dotado con 2.000 euros, ha recaído en el novelista y ensayista Andrés Barba (Madrid, 1975), por «El vientre de la ballena» que, según Santonja, tiene puntos de contacto y también grandes diferencias con el poemario de Castelo. De acuerdo con el coordinador del galardón, que promueve la Diputación de Segovia, Barba realiza una crónica vital de su padre en un libro que «es de nostalgia y celebración, donde la vida se impone a la muerte». El presidente del jurado y en funciones de la Diputación de Segovia, Francisco Vázquez, se ha referido a los cinco lustros que cumple el premio en memoria de quien, en su opinión, «vivió y amó» la tierra segoviana, hasta el punto de que quiso que sus restos mortales descansaran en Nava de la Asunción, donde se retirada a descansar. Al galardón, considerado como uno de los más importantes de poesía en lengua castellana, han llegado a la final doce obras procedentes de España, Argentina, México y Cuba de un total de 938 presentadas desde 36 países. Entre el elenco de ganadores del Gil de Biedma figuran Luis Javier Moreno, José Pérez Olivares, Juan Carlos Pérez Mestre, Antonio Hernández, Santiago Sylvester, Concha García, Esperanza Ortega Martínez, Diego Jesús Jiménez, José Luis Puerto y Fernando Quiñones.

Guente: ABC

4 GATOS ,  editorial pacense que cuenta ya  con casi un decenio de historia, se acaba de apuntar un gran éxito.  Su especialidad es sobre todo la cartografía militar manuscrita, con obras en ocasiones de gran formato. El Ministerio de Educación acaba de conceder el tercer premio 2015 al libro mejor editado, en el apartado de Bibliofilia, a El Atlas Medici de Lorenzo Possi,1687: plante d´Estremadura e di Catalogna, obra editada por 4Gatos e impresa en los talleres de EfeZeta (Badajoz), todo un hito para nosotros. El volumen tiene el patrocinio de la Fundación Cultural Caja Badajoz.

Inauguración de la Iberian Pork Parade

Los porqueros más sabios y veteranos distinguen a sus guarros a kilómetros. Les cuesta encontrar dos iguales en una misma piara. El altivo, el lento, el que anda sin levantar las pezuñas del suelo... Con la Iberian ocurre algo parecido. Entre los 43 que se plantaron ayer en la céntrica plaza de San Atón no hay dos parecidos.
En esta particular dehesa de cemento pasta Spiderham, Ferrucerdo, Trotamundo Pig, Love Story o Cubicerdo. Cada uno con su propia personalidad, ahora falta por ver las preferencias de los visitantes y quién acabará protagonizando más 'selfiecerdos' a lo largo de este mes en el centro de Badajoz. Aunque la inauguración oficial fue a las diez, desde primera hora de la mañana se podía ver a escolares fotografiando a las esculturas en su camino al colegio. Por lo visto en las primeras horas, la Iberian se va a convertir en lo más retratado de este mes.
Fragoso recordó que Badajoz es la segunda ciudad con más dehesa en su término municipal
Cada figura lleva una placa con un código bidi para ver la explicación del artista A la particular piara le dio ayer la bienvenida el alcalde en funciones de Badajoz, Francisco Javier Fragoso. Pocas ciudades pueden presumir de ejercer como segunda del mundo con más dehesa en su término municipal y Fragoso reivindicó el papel de Badajoz como hábitat natural del ibérico. Pero la relación entre la Iberian y Badajoz no se limita sólo al entorno, la gastronomía y el comercio tejen los otros dos resortes que sustentan este vínculo. Junio es un mes importante para Badajoz. Con el Contempopránea de este fin de semana y la próxima feria de San Juan a la vista, la exposición añade un atractivo para que el comercio gane visitantes en la época prerebajas. «Tener esto aquí nos permite cumplir con estos tres objetivos, reivindicarnos como capital mundial de la dehesa, potenciar la oferta gastronómica y dar atractivo al comercio del centro», recordó el alcalde. Fragoso agradeció también a las empresas patrocinadoras de cada cochino su participación y aclaró que uno de los dos que ha patrocinado el Ayuntamiento, el que ha pintado la cantante Bebe, se sorteará para ayudar con la recaudación a Cáritas. El coordinador artístico de la Iberian, José Manuel Gamero Gil, dio las gracias por el derroche de imaginación a los artistas y su implicación desinteresada en el proyecto. «El cerdo ibérico y el arte extremeño forman ya una seña de identidad que podemos exportar al resto de España». Autores que ahora trabajan en Londres, Belfast, Barcelona o Palencia se sumaron, lo que evidencia la variedad artística que nutre la exposición. Gamero alabó la maestría del escultor Luis Martínez Giraldo para moldear la figura que ha servido de lienzo para el resto. «Todo el mundo ve reflejado nuestra tierra en este cerdo tan real». La gran valía de la exposición para el coordinador artístico reside precisamente en la pluralidad de estilos y la capacidad para aglutinar a todas las artes plásticas. Desde fotógrafos, grafiteros o tatuadores a diseñadores o ilustradores. «Estamos rodeados de personas en nuestra región que están desarrollando un proyecto y un estilo de vida que necesitamos. Una empresa necesita a un creativo para que le diseñe su logo, un particular necesita igualmente revestir de belleza su casa con obras de arte». Didáctico La Iberian no se limita a plantar en una plaza los 43 cochinos de fibra de vidrio decorados, esconde también un discurso muy didáctico. Cada figura lleva incorporada una placa con un código bidi y basta con acercar el móvil para ver el vídeo del autor explicando el cómo y el por qué de su creación. Ramón de Arcos, por ejemplo, habló de la explosión de colorido que aporta la Iberian al público. «Unir propuestas tan distintas y variadas le da envergadura al proyecto». Pero en ese abanico de propuestas, entiende De Arcos, se mantiene como hilo conductor la dignificación del ibérico. El montaje de San Atón sirve también para unir al mundo rural y al urbano, cada vez más lejanos, a juicio del pintor. «La complicidad entre el arte urbano, la gastronomía y la producción agraria siempre aporta resultados muy interesantes». Su propuesta, un cerdo con la dehesa reflejada, nació de tres ideas complementarias hasta decantar por la más sencilla. Quería que bastara un golpe de vista en la calle para llamar la atención. «Se trata de que se entienda a primera vista, sin necesidad de tener que plantarte delante para interpretar lo que quieres decir». La dehesa y la naturaleza estaban presente en las tres ideas. Barajó desechar las encinas y fijarse en las aves que pasan por el campo a modo de huella, pero finalmente retomó la opción de convertir la escultura comprada por la Diputación de Badajoz en un encinar porque ofrece un mensaje más directo. «El verde como mensaje natural tiene mucha fuerza». Si Ramón de Arcos se ha fijado en el campo y en el ecosistema propio del cerdo, Jorge Juan Espino ha recorrido el camino contrario y ha puesto al suyo en un contexto tan ajeno como el de un desguace. Con un guiño a su patrocinador, Desguace Bru, ha metalizado su escultura desguazándola por piezas. Espino ha plasmado toda su creatividad sobre la escultura de Luis Martínez Giraldo con tonos metálicos. Le dio un tratamiento de hierro y la revistió con pintura para que pareciera remachado en metal. Ayer, con Ferrucerdo -el nombre que le ha dado a su escultura- en la plaza, muchos visitantes le preguntaban por el metal con el que lo había forrado. Espino no se cansó de explicar que todo era pintura. Uno de los grandes alicientes de ayer fue precisamente la interacción entre público, patrocinadores y artistas. «Me parece una iniciativa fantástica, llama la atención, identifica bastante con Extremadura y mucha gente pone de su parte. El empresario pone el dinero, nosotros ponemos la imaginación, que no suele valer para mucho y es una manera de que valga para algo. En tiempos de crisis hay que tener imaginación». Ricardo Virgilio y su mujer, Teresa Pons, les pilló de sorpresa. De ruta por Extremadura, se llevan a Tarragona una colección de fotos de cerdos pintados en Badajoz. Incluso tienen su preferido. El marido prefiere a Spiderham, el cerdo superhéroe de Fermín Solís, aunque la señora es más del amoroso de Raimundo Silva, el nombre bajo el que se esconde el diseñador gráfico Afrancesado.

Fuente: HOY

Congreso XV

1 Cartel XIV Jornadas Hernan Cortes

Abierta la inscripción para el congreso Frey Nicolás de Ovando: el extremeño que organizó el Nuevo Mundo

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