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EL JARDÍN DE ATRÁS
(Antonio López, 1969) Marzo: la luz dudosa,
el aire adormecido y la mirada presa
en un frutal de flor madrugadora,
ceniciento el terrazgo
y sus elementales esqueletos
en el hondo silencio de la espera...
¿Amanece? ¿Anochece?
Extramuros, el cielo
lila y gris acapara
la escasa luz que alienta en lo que vemos
y la acumula
en la chopera que verdece. Todo
dormita en la inminencia
de una primaveral metamorfosis. Bien, admirable Antonio;
pintado está por ti lo eterno del instante
y cuanto en él concluye: la finita
mirada en que nos vemos sin sabernos
tú y yo —razón de ser de lo acabado—.
Como supervivientes persuadidos
de nuestra propia muerte deberíamos
sacar un par de sillas
a este jardín de atrás y junto al muro
sentarnos a mirar lo que tus ojos vieron,
derivar las palabras que debieron decirse
pero faltó el valor y pronunciarlas
ahora, entre dos luces, tú y yo, desconociéndonos. Hablemos, por ejemplo, de la música.
Los pájaros, el tiempo
del trino, la memoria donde habita
la música... ¿Qué sabes más libre que la música?
No es materia ni vínculo,
con ella ni se escribe ni se pinta,
es abstracción, como lo amado al límite.
¿Física? ¿Metafísica? La música
en sí propia reside
y alberga su contrario más sentido y recóndito:
el silencio, que nunca está callado.
De ese hontanar procede, en él se vive,
de su alfaguara crece y desarrolla
su caudaloso discurrir y en él
finalmente reposa y se diluye.
¿Por qué, dime, el silencio en cuanto pintas?
¿Es porque amas la música? Los pájaros
del niño que asolaste ¿dónde trinan?
¿En qué rama de qué árbol
de qué cuadro te anidan y persisten?
¿Por cuáles alas
transita ese pintor que te recorre
en la encendida noche de tus ojos? Yo soy el ciego
espectador que mira y no comprende
y se refugia en las palabras. Tú,
con no menor ceguera, manipulas
la luz de tu mirada y la traicionas
en la especulación de las texturas
y el artificio de color.
Mas, como el arte es largo,
la vida en él acaba acomodándose. Y así, sin hacer ruido,
ni sinceros ni libres, recorremos
nuestro jardín de atrás hasta el momento
del crudo despertar y ¡zas!: los diosecillos
que fuimos se desinflan y un paisaje
sobreviene y nos toma y nos ubica
en el pais remoto de las alas
cuando pasó ya el tiempo de volar. Los pájaros que fuimos...
Un buen día
el agua torna al agua, el tiempo al tiempo,
el pintor al pintor y el poeta al abismo.
Al menos el color es asidero,
cercana calidez, caleidoscopio
de luciérnagas y fugacidades,
brillos en fin para la soledad.
Pero ¿qué es la palabra
sino figuración,
mentira,
piedra contra el vencido,
tronodelpoderoso,
condena del que nace condenado?
Y en su mejor versión, orfebre de los sueños,
¿qué palabra no labra su infortunio 
después de pronunciada,
agua llovida que un regato lleva
a la orfandad de los significados? Marzo: la luz dudosa,
el aire adormecido,
las mimosas del tiempo con su flor amarilla
que no pintaste pero están ahí...
¡Ah, qué inútil,
pintor de solitarias plenitudes,
ir desvelando enigmas
como quien abre puertas a la luz!
Sellada claridad y ancilar mano
urdirán tu ceguera y tu pintura
mientras detrás del alto
tapial de tu jardín la primavera
despereza sus ritos ancestrales. ¿La música, los pájaros?...
Tenemos
los dos la edad precisa para saber que no hay
otro jardín de atrás sino el que sigue
labrando la memoria. (de FIGURACIONES (cuadros de una exposición).

 

ULISES NO


Tras largo caminar
sin qué ni para qué, llegar a casa
y no llegar a puerto.
Ver
el pasillo en penumbra y sospechar
apariciones.
Afilar la vista
memorizando nombres,
saber los libros sin mirarlos.
Nunca
reir, apenas
leer. Y releer, releer siempre.
Desaprender los besos.
Apostatar de la literatura
como de religión.
Arrepentirme
de cegar devorando palimpsestos
y mágicos realismos del allende:
pornografías
de alquimia literaria donde reina el bostezo.
Abominar de los poetas,
insufrible legión que desconoce
la urdimbre del silencio y, necia, abunda como
bajo el mantillo del pinar los mízcalos.
Y bendecir a los piadosos dioses
por el seno materno Garcilaso
que atesora el sosiego y la palabra. Mis manos,
mis manos y las nubes. El alféizar
se acomoda al hastío y la mirada
vaga neutra esta tarde de mayo. El chaparrón
se anuncia y el ozono
perfuma y sustantiva la inminencia.
Hijas del aire y nosequé del vértigo,
urden las nubes sueños y desvelan
perfiles y retablos. El espacio que ocupo
me ocupa y encadena. Ni ventanas
ni puertas: el espacio —extraño fruto
que no fue flor y ya es maduro y nunca
deja de madurar y no se pudre—.
Alzo las manos a las nubes. Caben,
terribles, en mis manos que gobiernan
ahora la borrasca. ¿Son mis manos? Dejar a medias un poema inhóspito.
Acogerse al sofá. Cerrar los ojos.
Poner la nave al pairo y no pensar.
Desanidar nostalgias y penélopes.
Y destensar el arco. Y no mover un dedo.
Y que los pretendientes especulen
si el velo, si el ausente, si la mentida troya…
Toda vuelta es envés, mendaz todo retorno,
todo regreso en vano. El tiempo sabe
hacer bien su trabajo. Sólo importa
dormir. ¡Arriad las velas! Singladura
ajena a nuestro brazo ha de ser ésta
porque sólo el azar
conducirá la nave y nuestras almas
al puerto que le cuadre. Y dondequiera
que rinda su viaje la aventura
Ítaca allí será y allí la patria. Las nubes,
las negras nubes y mis manos. Caen
espaciadas y densas las primeras
gotas de lluvia.
Uno mis manos y las palmas suman
su calidez,
la misma calidez con que retuve
la mano de mi madre mientras iba
sorbiéndole la muerte
el desmayado aliento aquella noche
sofocante de agosto.
Huele la lluvia y me disuelvo en ella
y su aroma a mis labios se adhiere como un beso. Mirar cómo oscurece.
Acechar cualquier voz en lo negro. Sentirse
inocente de olvidos y memorias.
Y abandonarse
a las inciertas aguas de los ojos cerrados
navegando por no surcados mares
—antes y después náufrago— para, después de todo,
volver y no volver a la casa vacía
decidido a morir, a salvo ya
de estúpidos temores. (de DEDUCIDA MATERIA)

PASA LA CAMARERA

Pasa la camarera,
breve y alada. Viene, va, recuenta
clientes, veladores,
memoriza pedidos. Hace
resbalar a su paso pensamientos, miradas.
Pone a danzar su pelo
al son del artificio de un ingrávido andar
que del pie a la cabeza la deifica y ondula;
su pelo: agavillado
y cautivo en su cinta de seda azul celeste
con tierno y exquisito desaliño.
Es inocente
como el pecado. Ahora
se detiene al extremo de la barra,
susurra al barman, ríen
tan próximos, desata
un huracán desde sus ojos únicos
que, sin mirarnos, nos anegan. Podría
derramarse la sombra con sus cristales últimos
sobre el vencido que en su mesa expira
de fiebre y de deseo;
podría
un cuchillo de fuego laminar
su corazón deshabitado;
podría
una gota de lluvia viniendo de esos labios
arrastrarle a qué mar.
¡Oh, naufragio, recíbeme,
apágame en tu cielo submarino,
sé mi broche de oro! No hay vilano
más leve que su cuerpo en esta tarde fría
ni sed más perentoria que mi sed.
Podría
morir sin más
sobre la taza de café,
expirar en la nieve de este mármol fingido,
en la embriaguez del vino que brota de sus ojos,
muchacha resplandor que vendrá, si la llamo,
que no vendrá por mucho que la llame.
Podría
matarme, si quisiera, con un gesto, con algo
así como un suspiro. De hecho
me está matando así, sin nada,
sin siquiera saber que está matándome,
que me acabo de ganas de licuarme
en la médula ígnea del volcán que gobierna. Ahora la mariposa, aleteando,
se desvanece tras el mostrador,
tras su coleta azul con su cinta de música.
Queda suspenso el bar como en una instantánea
y cae uno en la cuenta de que llegó la noche.
El solitario sabe que es momento
de hacer recuento de sus estadías,
de sus inútiles retornos,
sabe que tiene que pedir perdón
por todo, por haber vivido, por
haber sobrevivido, por su nombre
malgastado, por carecer de gracia. El sustituto de la camarera
sale ahora de dónde atándose el mandil
y presto a las demandas. Tan solícito.
Pero qué importan ya
la tarde y lo soñado.
Ella no volverá. Y aunque volviese.
¿Vuelve el tiempo del fuego,
el azar de abrasarse, la fiebre de vivir
hasta la extenuación de los confines?
Nunca. La boca que nos nombra sorbe
los regueros del éxtasis, amarra
los pies amantes con olvido y cepo. Que venga el mozo ya,
que retire mi taza y mi cadáver
mientras, conmigo a cuestas, me devuelvo
a la materna loba de la noche,
en busca de otro bar y otro espejismo
donde mentir que vivo todavía.
(de CÍRCULOS)

Quizás sea una galería de cadáveres,
pero hoy la vida tira de ti
y te ofrece sus labios porque la carne se transforme
en insólito misterio.
Mañana un mercado triste voceará mercancía
tan siniestra y  a precio de saldo, flores
y poemas. Entonces el corazón
se hallará dormido y solitario.
Pero hoy, calaveras más bellas
nunca vieras.  Jardín de jardines
a la sombra de las miradas que algún día no serán.
Arrebatado del miedo
por la gracia de esa corta eternidad,
aunque asumes  que un cadáver camina
entre cadáveres.
Asumes la humillación
después de la conquista.
Más perlas que tuvieras, más pagaras.
Y eres feliz ante la fuente del placer.
No hay más que esto. Te dice tu locura. “Fuera del Tiempo”. (Diputación de Huelva- 2008) Premio Fundación Odón Betanzos de poesía.


Salir muy de mañana, sin hacer ruido,
sin fumigar la casa con la palabra adiós.
Salir, retenido el misterio.
Mientras el perro se dejaba querer
por mi padre, lamiéndole la caricia,
revoloteando a su alrededor como un pájaro
sin alas.
Y mamá ocupaba su silueta en la cocina. Mejor será no pensar.
Mejor salir y aventarse como una semilla viajera.
Y no pensar.
No pensar en las escamas del otoño.
De este.
De todo el tiempo.
Tratar de serenar el corazón.
Intentar arrancarse el corazón. Todo se queda ahí, amontonado.
Confundido como muebles en un anticuario.
Para qué clasificar los recuerdos.
El antes y el después.
Morder ese polvo truculento.
Lesiones de la edad. No, mejor así; escapar.
Desgastado.
Contener el aliento.
Mudar la piel por adaptarla a otro paisaje. Que el cielo se desprenda de su carámbano. Mejor así. Sin besos.
Que se pudran los besos ya para siempre. Los tres tan solos, amalgamados.
Lo sagrado. La sentida familia.
Y por qué siento al huir que esto es el amor,
esa enorme palabra. “Despiece de la infancia”. Premio Ciudad de Ronda de poesía (Diputación de Málaga-2013).

 

Tengo por libertad estas cadenas.
Tengo por libertad que tengo nudos
y un ancla ya oxidada para mi barco.
No hay otros cielos ni tierras, ni el espacio
reservado a todo hombre, ni el ángulo vital
de toda araña.
Llegado a este punto ni rezo ni comulgo
con la boca más blanca y más sedienta.
Rompo mis alas y desgasto mi tiempo.
Renuncio.
La gloria de vivir es un fruto podrido,
reducida a una apuesta con esos yacientes
que brindan por la noche con veneno.
No deseo los sueños ni este pálpito indigno
de saberme feliz si un pájaro
se acerca a defenderme, a traerme del viento
la garganta que aúlla y que refresca. No deseo
este absurdo que se complace en risas y en danzas
solitarias. Traicionado
me siento pues me ha crecido hierba en la mirada
y he de fingir que reniego del placer. Y he de llorar
sin alma y sin tristeza, con máscara de dolor
porque no duele.
Te apuesto mis recuerdos por tu ataúd sembrado
boca abajo, adentro, muy adentro,
sin salida, sin saliva, sin auxilio. Muy adentro.
De espaldas a la cruz
y a todas las montañas y a todos los caminos
y los ríos,
esos ríos que van sin detenerse,
desbordados de vida y de sangre
y de esperanzas.
Te apuesto mi estúpida pasión de payaso
fatigado,
con un destino muerto que no muere,
fantasma que a su pesar se rinde a la belleza. De: La Noche del Condenando (Vitruvio 2014)

 

Del poemario inédito La seca piel del musgo.
ANDARÉ AMAPOLAS Entre los barbechos o entre los trigales,
cubierto de noche o de amanecida;
entre las palabras o entre los silencios,
de cualquier manera, andaré amapolas. Sin saber del tiempo de los paraísos,
ni de despertares de lumbres o arenas.
Sin sentir regresos de espacios en sombras
ni entrar en los sueños de azules intensos. Buscaré destellos de flor de naranjos,
caricias de zarzas de moras silvestres,
sonrisas azules en verdes olivos
o abrazos de cardos entre pastizales. No queda otra cosa que seguir  viviendo,
que seguir luchando por una luz clara.
Entre las palabras o entre los silencios,
de cualquier manera, andaré amapolas.
INVERSIÓN Nos vamos quedando en diferentes
e indiferentes “buenos días”
susurrados sólo por costumbre
y en manos estrechadas cortésmente
que ni tan siquiera dejan  huella
de una sudoración cercana. Dejaron de crecer verdad y amor
y caminamos, confundidos por los brillos,
entre nieblas que distorsionan los tamaños. Es verdad que las crisis nos afectan.
Perdimos lo invertido en tolerancia
y bajan las acciones en criterio,
pero hoy no es día de mercado
y debes intentar asomarte a la emoción. ¡Cancela tus cuentas anteriores
e invierte en bonos de sonrisas!
POR DECIR ALGO Diré, por decir algo y desahogarme
que el grosor de mis venas ha cambiado
al ver que la tierra gemía y que el asco
rondaba los escombros de otra ciudad
destruida. Nada quedará mañana de lo que ahora veo.
Los cadáveres se entierran con su sangre y con sus heces
y los escombros vuelven a levantarse en el mismo lugar,
como si nada, como si nadie hubiese pasado por allí. Mañana volverán a decir, por decir algo,
que hay otro lugar que necesita
el rugido de los aviones, el olor de la pólvora,
la sangre corriendo por sus calles… Y callaremos como hoy y querré desahogarme
hasta que mis venas revienten y mi sangre
corra por las calles  entre los escombros de mi ciudad
destruida.

CEMENTERIO ALEMÁN (YUSTE) I
1945
In balance with this life, this death.
[W. B. Yeats]
Ahí las tenéis, miradlas: son las arteras armas de la noche,
apacientan la anchura de la nieve
y el cristal apagado de una campana fría. Son los trenes que silban –tan negros- por el sueño,
y es el olor violento del barro y su horizonte
helado en el que cantan las bocas de los muertos
sus canciones de escarcha que hieren los oídos. Son, mirad, estos hombres, hundidos o tocados
en un juego siniestro de naves por la sangre,
de aviones incendiados en el fondo de un bosque. Cuando flotan las luces tras la niebla,
cuando pisan su sombra y la sombra les muerde
con sus dientes de hielo, con sus desolaciones. II
2005
The years to come seemed waste of breath.
[W. B. Yeats]
De seis en fondo ahora, la formación de cruces
insiste en recordar al caminante
la estirpe de estas muertes militares,
la raíz malograda que se pudrió en sus tumbas. Cae el hielo de la tarde como antes vuestros cuerpos,
como cayó la tierra sobre vuestras canciones,
como han ido cayendo las hojas de estos robles
hasta dejar ausente su esqueleto de acero. Con la anónima nieve de la muerte,
sobre vuestra tristeza ha crecido la hierba
y esa hierba persiste verdemente
en el sueño invertido de vuestro escalofrío,
en vuestro duro nombre de muertos extranjeros
y en el asombro sepia de vuestra adolescencia. Habíais dejado apenas el mundo de los juegos
para seguir jugando con torpe ardor de guerra.
Para acabar así, convertida ya en mueca
la risa irresponsable que se heló entre las nubes
o devolvió desnuda la crueldad del océano. Para acabar aquí,
lejos de vuestra casa y de su sombra íntima. Aquí, donde conviven la pena y la vergüenza
y la costumbre junta el horror y el silencio
en el último espasmo que heló vuestra mirada
azul y fría y extraña, vuestra última sorpresa
al contemplar de pronto la muerte cara a cara,
tan extraña como estos olivos contra el cielo. Y ahora estáis en la muerte y seguís sin saberlo.
Lo sabe el caminante cabizbajo
que mira conmovido vuestras tumbas
y contempla el sendero que él también cruzará
otra tarde de hielo, sin hierba, pensativo. En un rincón del tiempo se acumulan las zarzas
que acabarán ardiendo en una hoguera fría
con los huesos más tristes de la historia. Y la tierra os ha dado no tan solo reposo:
os da una dignidad que en vida no tuvisteis,
la dignidad del muerto en un bosque extranjero.
Porque para la muerte todo suelo es extraño
y un hombre es extranjero en cualquier cementerio
que visiten sus ojos pensativos.
Un hombre es extranjero
en cualquier cementerio en que repose. ( De Las sílabas del tiempo. Nausicaa. Murcia, 2007. Segunda edición en La Isla de Siltolá. Sevilla, 2013)
MONJE A LA ORILLA DEL MAR Todo es frágil aquí, todo es niebla de asombro
bajo el silencio blanco de la nieve
o en el abismo azul de los acantilados. Como un pájaro herido,
la lluvia se ha posado mansamente
en la orilla del mar.
Su música de sombra silenciosa
desciende blanda y tibia
a la arena sin pájaros. Desciende blanda y tibia
desde este cielo turbio al turbio mar sin peces
y allí se desdibuja,
se disuelve en el agua
de otro mar más profundo sin temblor ni oleaje. En la precaria orilla, sobre una leve duna
soy un cuerpo en penumbra, una interrogativa
silueta que contempla el horizonte incierto,
perplejo frente al mar vacío de veleros. Y pienso en el desorden nevado de la muerte. (De "Plaza de la Palabra", Editora Regional de Extremadura. Mérida, 2011) CREPÚSCULO ESPAÑOL DE CASANOVA
Cae la tarde amarilla, se va precipitando                                                                                                             la sombra tras las copas espesas de los pinos.
Y estos paisajes hondos, este otoño de viñas,                                                                                               me hablan muy lentamente del final de la hoguera,                                                                                         de estas brasas que huelen a una dulce tristeza.
Me consuela la calma que tiene el campo ahora.
Me miro en el silencio interior del crepúsculo
y en el agua del río,
en el agua que corre somera y transitoria,
oigo hablar a los muertos que fueron mis amigos. El final de la tarde, con esta luz serena,
con esta mansedumbre de las convalecencias,
me entrega su piedad a la hora del espanto. A esta edad la Fortuna ya no mira a los hombres:
mi equipaje es un hueco, un baúl de extravío,
lo que saldan las horas, un bagaje de humo
que pesa más ahora que cuando estaba lleno. Mira otra vez. Quizá
solo es esto la vida:
Un túmulo de arena al sur de la ventisca,
la estatua indiferente en donde posa un pájaro
su frágil tiempo de aire,
la sombra del caballo contra un muro de agua. Sí. Quizá los minutos, como las caracolas,
son huellas de cristal sobre la nube,
el péndulo marino que duerme en las campanas. Tal vez la vida sea más un lugar que un tiempo.
Un lugar que confunde la máscara y la piedra,
la vigilia y la lluvia, los días y los nombres
en la hora de la esfinge y las inundaciones. Tal vez la vida es esto:
la voluntad de nieve que hay en las pesadillas,
el espíritu áspero de una emulsión de lodo,
un incendio que sube por el acantilado,
cenizas y pavesas sobre las olas verdes,
la confusa blancura de las constelaciones. Quizá sólo sea eso lo que la vida quiere:
fluir y atravesarte
como un inconsistente apócrifo del viento. Mis ojos sólo miran el lugar de su ausencia. ( De Las sílabas del tiempo. Nausicaa. Murcia, 2007. Segunda edición en La Isla de Siltolá. Sevilla, 2013)

 

CAMPOS DE SEPTIEMBRE

Se conocen las cosas porque se ha formado parte de ellas y ellas han
formado parte de uno.

(A. Rupérez) Es frío el encinar, junio lejano
sobre el caudal sonoro del silencio.
Siempre amé estos rastrojos amarillos
donde suenan ausencias como espigas.
Siempre amé estos barbechos soñolientos
abrasados de luz y amapolía,
rendición del trigal decapitado,
firme y lento anticipo del otoño.
El lento cangilón grita más fuerte,
se afana por tocar con sus gemidos
la soledad abrupta de los cerros,
el cansancio abismal de las estrellas
que nunca más veremos, bien lo sabes,
más allá de los sueños abdicados.
Y no escucho vibrar la trasparencia
que en lo más alto es filo de la luz.
Escucho, sí, el llanto de la lluvia
oscura en las raíces de la tierra,
en un hondo lamento que conozco.
Enfrente del arroyo, los almendros
ofreciendo su vuelo de ala blanca,
dejándose matar en cada fruto.
Como en ellos, el tiempo de mi vida
sucede en la sazón de los olvidos,
aferrado al peciolo de septiembre,
mostrando mi esqueleto de cal parda,
mi entera pertenencia a estos canchales
que huelen a niñez y cielos claros.
Podría ser la luz de Piedras Albas
llenando la orfandad de los vencejos.

 

LA CASA Pasa por nuestra casa alguna vez,
dedica un recuerdo al tiempo cuando estábamos todavía todos.
Pero no te entretengas demasiado.

(Mario Luci) Soy  Rodríguez desde una madrugada
del Cáceres pardal de los cuarenta.
Dos sábanas de tela cenicienta
redenta en alcanfor y repasada
abrigaron mi carne amoratada,
palpitante humedad por donde alienta
la sangre su ambición de vuelo, cuenta
primera de una luz hacia la nada.
Sesenta años después, cuando repasa
la vida los contornos del olvido,
disfrazado de mí, de tanto huido,
me quemo en la corteza de mi brasa.
El tiempo ha sido tiempo, y ha cumplido.
La casa ya no está. Yo soy la casa.

 

EL VIAJE Yo sé que la memoria tiene nieve.
Allí distingo milenios de esfuerzo
reiterando cavernas y altiplanos,
infinitas pisadas en zigzag
al encuentro del Tiempo, ese ladrón
disfrazado de máscaras y rostros
que miente en el oído latitudes
donde habita el tatuaje de lo eterno.
Los pasos se suceden como surcos,
como desfiles de procesionarias
que el silencio de la nieve ilumina.
Son las horas profundas de la noche
y el destino pesa en el corazón.
Porque entonces la vida es sólo niebla,
honda duda entre miedos y silencios
que se pierde en el pulso y chapotea
brazadas impotentes, como larvas
en un charco de agua turbia
donde acecha lo incierto del abismo.
Es tan larga la noche de los tiempos,
el frío de los siglos, las estrellas
vacilantes encima de los hombres
que se doblan heridos por su aliento;
tan ajado el pellejo de los sueños,
que lo vamos mudando como sapos
que respiran del barro la penumbra
en su espalda cargada como un llanto.
Así nos sucedemos, largo viaje
reptando soledades bajo el cielo,
apurando el taller de las edades;
solar del universo peregrino,
trecho a trecho,
cumbre a cumbre,
dios a dios,
voz del mundo
el eco de apagados plenilunios.
Suma soy de mis rostros anteriores.

 

 

CABALLO He pasado la noche junto al abrevadero
acechando al caballo con el que un día habré
de entrar en Materón después de la batalla. El mío es un caballo aún sin nombre que ignora
la codicia terrible de su propia belleza.
La noche lo confunde con su vasta heredad,
ese oscuro dominio que los dioses acotan
para que los mortales jamás puedan hurtarles
las criaturas celestes, hijas sólo del sueño
de su divinidad, impuro por ajeno. Pero sé que vendrá. Los dioses le impusieron
la sed como un absurdo y cruel sometimiento
y eso lo hará más débil a la ocasión furtiva.
Él no sabe que existe porque la noche enturbia
las aguas en que abreva y lo entraña en sus sombras,
carnazón de la hulla, grupa fría del alba.
Sin embargo yo sé que basta una palabra
para que un potro cobre conciencia de su estirpe
de lumbre y le arrebate su perfil a la nada. El hombre que bautiza con su nombre un caballo
lo hace suyo al instante y no habrá ya enemigo
que lo monte si antes no le arranca sus sílabas. He pasado otra noche junto al abrevadero
acechando el barrunto de su trote, aguardando
lo mismo que un cuatrero el resuello caliente
de su ansiedad, el roce tan tierno de sus belfos
con el agua. Y en vano, toda la noche en vano. Cuántas veces el alba traicionó mi ambición
mostrándome mi reino de Corambo arrasado
por las guerras absurdas que yo mismo declaro
contra mí combatiendo mis huestes con el tiempo
para aplazar así un día la victoria. Yo sé que no entraré jamás en Materón
sin mi caballo y sigo por eso procurándole
valor al enemigo, cobardía a mis tropas.
Materón ha caído cien veces bajo el yugo
de mi mano y cien veces renuncié a su bandera. Un caballo está hecho de su propio deseo
como el mar de la oscura posesión de su abismo.
La palabra lo hará tan cierto como el sueño
maldito de la muerte. La sed es mi aliada. Aguantaré por eso otra noche en mi empeño
y al alba será mío, mucho más que mi sangre.
Esa mañana mismo entraré en Materón
aunque ya nadie quede que celebre mi triunfo
y mi caballo cruce solitario sus puertas
sometiendo las sombras, ajeno a la victoria.
De  Corambo, 2007
DEIDAD Hay un dios más allá de tu Dios mismo
que abunda en su deidad
con dejarse en olvido, su abandono.
Con arroparse con su transparencia. No preguntes por él.
Ni siquiera su nombre
diré por no enturbiarlo. Templo es el aire de su don, amigo,
y basta respirar para adorarlo,
el salmo de tu aliento. Y estamos ya con él, estando solo.
Y el está con nosotros en su ausencia.
De Copa de sombras 2009    CAJA Toda mi herencia es una
caja azul de galletas. Dentro nada. Ver plegarse el cartón.
Verle ganar así un espacio al mundo
estando, como está,
ya el aire repartido
y guardar para mí- oh mi tesoro-
esa nada pequeña
con sabor a vainilla
que se basta en su olor, ya sin galletas,
para probar la dicha,
la clara sensación
de que lo que no está se torna a veces
cierto como su ausencia. Yo la quiero vacía.
Para ti el pan, su miga, la flor dulce
del azúcar tostado. La nada mi avaricia.
De Raiz de la materia 2011

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