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La séptima edición de las Jornadas de Historia de Almendralejo y Tierra de Barros, que tendrán lugar del 6 al 8 de noviembre, analizará en profundidad los aspectos más destacados de la historia de la enseñanza en la comarca, con un reconocimiento especial a dos figuras del gremio como fueron Matilde Martínez Pérez, profesora de Lengua Castellana y Literatura en los institutos Carolina Coronado y Santiago Apóstol, y tristemente fallecida hace unos meses; y José Luis Mesías, doctor en Ciencias Químicas y profesor de las escuelas universitarias Santa Ana, de cuyo fallecimiento se cumple este 2015 un cuarto de siglo. El presidente de la Asociación Histórica y cronista oficial de Almendralejo, Francisco Zarandieta, explicó que habrá ponencias para analizar las tres etapas de la enseñanza: Primaria, Secundaria y universitaria. Antes de las jornadas, el martes 27, se presentarán las actas de la sexta edición e inaugurará una exposición por los 50 años que el Santa Ana lleva lleva enseñando. CONTENIDO Las jornadas contarán con especialistas que hablarán, entre los aspectos más destacados, de cuándo acabó en Almendralejo el analfabetismo, cómo era la enseñanza en el colegio San José, de Villafranca, o cómo ha evolucionado la enseñanza universitaria en el complejo Santa Ana. Como en cada edición, las jornadas promueven la participación de una localidad cercana y la elegida ha sido Alange. El domingo 8 habrá una visita a este municipio con una guía turística, para conocer la historia de sus cuestas e inaugurar un centro de interpretación sobre el aprovechamiento de recursos hídricos. Habrá comunicaciones y estudios también de Alange, mientras que ya se pueden consultar en la página web de las jornadas (www.historiadealmendralejo.com) el resumen de las que se están presentando. Juan Pulido, alcalde de Alange, dijo sentirse orgulloso por esta invitación y comentó, en reiteradas ocasiones, que sus ciudadanos se sienten más cerca de la comarca de Tierra de Barros que de la suya, Mérida.

 

Fuente: El Periódico Extremadura

Una excavación en México revive la captura, encierro y muerte de una expedición del conquistador español a manos indígenas El paso de los siglos no ha podido borrar las huellas del horror. La excavación del recinto prehispánico de Zultépec-Tecoaque, a 63 kilómetros de la Ciudad de México, ha sacado a la luz el destino atroz que corrieron en plena conquista los 550 integrantes de una olvidada expedición de Hernán Cortés. La caravana, en su camino hacia Tenochtitlán, fue atacada por los acolhuas, aliados de los aztecas. Llevados al poblado indígena, los prisioneros entraron en un túnel sin salida. Uno tras otro, fueron sacrificados ante dioses extraños. La pesadilla duró de junio de 1520 a marzo de 1521. Cuando los hombres de Cortés llegaron al lugar, ya no quedaba ninguno vivo. La hecatombe se había completado. Y Zultépec, bajo el hierro español, fue arrasada. Los trabajos arqueológicos, reiniciados en agosto pasado tras una primera fase entre 1993 y 2010, han hallado nuevos vestigios de este infernal cautiverio. Son las celdas en las que pasaron sus últimos días los prisioneros y que materializan el abismo al que se enfrentaron las dos civilizaciones. “Lo que ocurrió ahí fue un ejemplo de choque cultural, pero también un episodio de resistencia”, explica el responsable de la excavación, Enrique Martínez Vargas, de Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). La historia, o al menos una versión de la misma, fue recogida por el propio Cortés en sus Cartas de relación, y en ella juega un papel clave la expedición de Pánfilo Narváez, enviado por el gobernador de Cuba para apresar al conquistador. Al conocer este desembarco, Cortés dejó la recién tomada Tenochtitlán, la capital azteca, y se dirigió hacia la costa oriental a enfrentarse a su perseguidor. El 24 de mayo de 1520 le derrotó en Cempoala. La victoria duró poco. En Tenochtitlán, tras las matanzas de Pedro de Alvarado, el poder español se tambaleaba. Cortés se aprestó a volver. Pero antes de partir, dejó organizada una caravana que tenía que conducir a la capital azteca a enfermos, mujeres y bienes. En esta expedición, según Martínez Vargas, iban 5 españoles a caballo y 45 a pie. Les acompañaba un contingente de negros, mulatos, zambos y tainos procedentes de Cuba, así como unos 350 indígenas mesoamericanos fieles al conquistador. Completaban el grupo unas cincuenta mujeres y diez niños pequeños. Ninguno tuvo suerte. Antes de alcanzar su destino, cayeron en manos de los acolhuas. Era junio de 1520 y la rebelión azteca había prendido. La irrupción de medio millar de cautivos en Zultépec dejó huellas profundas. Los trabajos arqueológicos están destapando los espacios donde se les tuvo prisioneros. En algunos casos son habitáculos antiguos que fueron desocupados para darles encierro, otros fueron construidos especialmente para ellos. A estas trazas arquitectónicas, fuera del recinto ceremonial, se suman vestigios hallados en anteriores campañas de investigación. Entre ellos destaca un cuenco azteca en cuyo fondo hay marcada una cruz cristiana, pero también decenas de figurillas degolladas, unas con rasgos hispanos y otras negroides. Esta colección, cuyo origen los arqueólogos sitúan en Cuba, se completa con un par de esculturas que dan alas al espanto: la miniatura de un ángel y la de un demonio con cuernos de macho cabrío. Son los restos de una barbarie de la que nadie escapó. A medida que avanzaba el calendario, los españoles y sus acompañantes iban siendo inmolados. Su sangre se vertió en honor de Huitzilopochtli, el dios de la guerra; Tezcatlipoca, el señor del cielo y de la tierra, y del propio Quetzalcóatl, la enigmática serpiente emplumada. Entre los cráneos recuperados en la excavación se ha confirmado la presencia de europeos, así como de una mulata y de numerosos mesoamericanos. Las huellas de corte evidencian su sacrificio y sugieren la ingesta ritual de su carne. Los frailes españoles que acompañaron la conquista han dejado descripciones de lo que debieron ser estas ofrendas. A los cautivos se les obligaba primero a bailar entre cánticos de esclavos; luego eran decapitados, desmembrados y comidos. Ante el dios de la guerra se les arrancaba el corazón. Los despojos se arrojaban por las escaleras de los templos. En el caso de la ciudad de Zultépec, las cabezas fueron exhibidas en un tzompantli, un altar del terror erigido sobre cientos de cráneos. Otros huesos sirvieron para presidir salas principales del conjunto arquitectónico. La respuesta de Cortés llegó demasiado tarde. El conquistador, a su regreso a Tenochtitlán, se enfrentó a una furiosa rebelión azteca. Ante su avance, la noche del 30 de junio de 1520 tuvo que abandonar la capital bajo el viento de la derrota. Tardaría meses en recuperarse y sólo entonces enviaría una expedición de castigo. Cuando Gonzalo de Sandoval, al mando de 15 jinetes y 200 infantes, llegó al lugar, sus antiguos compañeros ya no estaban. El sacrificio se había consumado. En una pared, el capitán de Cortés pudo leer cómo un cautivo había escrito con carbón: “Aquí estuvo preso el sin ventura de Juan Yuste”. No hubo piedad para los acolhuas. De poco sirvió su intento de huir. Tampoco les valió, como revelan la excavaciones, esconder en aljibes todo aquello que habían traído los cautivos. Zultépec fue devastada. En su lugar sólo quedó una humeante ruina. Y con los años, el emplazamiento recibió un nuevo nombre: Tecoaque, “el sitio donde los señores fueron devorados”. El 13 de agosto de 1521, Tenochtitlán se rindió ante Hernán Cortés.

Fuente: El País

En su recorrido por distintas localidades de la región la exposición Obra Gráfica de Juan Barjola llega a Zafra, donde podrán disfrutarla hasta el próximo 15 de noviembre. Juan-Barjola-ZafraRecordemos que Juan Galea Barjola (Torre de Miguel Sesmero, Badajoz, 19 de septiembre de 1919 - Madrid, 21 de diciembre de 2004), fue uno de los pintores españoles más importantes de la segunda mitad del siglo XX, creador de una obra inconfundible caracterizada por su fuerte expresividad y su hondo dramatismo. A finales del presente año se cumple el décimo aniversario de su muerte, y con ese motivo distintas instituciones extremeñas están trabajando en proyectos de diversa índole para rendir homenaje a la figura de quien, además de ser uno de los creadores más singulares y relevantes del arte español contemporáneo, fue uno de las figuras extremeñas más importantes de su tiempo. Los años transcurridos desde su fallecimiento nos facilitan la perspectiva suficiente como para volver a reivindicar hoy la extraordinaria importancia de su legado y su incuestionable vigencia; y para hacerlo desde muy distintos enfoques, proyectos expositivos y recursos argumentales. Este proyecto toma como referencia la excepcional obra gráfica creada por el artista a lo largo de su carrera. En particular, dos de sus libros de estampas más importantes: “Tauromaquia y Destino”, hecho en colaboración con Antonio Gamoneda y “Cinco variaciones visionarias”, que hizo con José Hierro. Los dos poetas conocieron en profundidad al artista y escribieron iluminadores escritos sobre su trabajo plástico. Ambos fueron reconocidos en su día como dos de las cumbres de la poesía española y ambos fueron galardonados con el premio Cervantes de las letras españolas.

Lejos de lo vertido por la Leyenda Negra contra España, la catástrofe demográfica estuvo causada por las epidemias portadas por los europeos. Los habitantes de América habían permanecido aislados del resto del mundo y pagaron a un alto precio su fragilidad biológica
El mito del «Genocidio español»: las enfermedades acabaron con el 95% de la población El término anacrónico de «Genocidio Americano» es uno de los puntales de la leyenda negra que vertieron los enemigos del Imperio español para menoscabar su prestigio. En un grabado holandés del siglo XVII aparece Don Juan de Austria, héroe de la batalla de Lepanto, vanagloriándose del martirio de un grupo de indígenas americanos. La mentira es insultantemente estúpida: el hijo bastardo de Carlos I de España jamás participó de la conquista ni siquiera pisó suelo americano. Así, entre mentiras, cifras exageradas y episodios novelados, se gestó el mito que pervive hasta la actualidad de que los españoles perpetraron una matanza masiva y ordenada de la población americana. La verdad detrás de esta controversia histórica muestra que el auténtico genocidio, pese a que los españoles no escatimaron en brutalidad para llevar a cabo sus propósitos, lo causaron las enfermedades portadas por los europeos. La catástrofe demográfica que sufrió el continente americano desde 1492 –el año del Descubrimiento de Cristóbal Colón– es un hecho irrefutable. Antes de la llegada de los españoles se ha estimado tradicionalmente que la población del continente se encontraba entre los 40 millones y los 100 millones. No obstante, el hispanista venezolano Ángel Rosenblat argumenta en su estudio «La población de América en 1492: viejos y nuevos cálculos» (1967) que la cifra no pasaría de 13 millones, concentrándose los principales grupos en las actuales regiones de México y de Perú, ocupadas por el Imperio azteca y el Inca respectivamente. Sea una cifra u otra, la disminución demográfica fue dramática: el 95 % de la población total de América murió en los primeros 130 años después de la llegada de Colón, según el investigador estadounidense H. F. Dobyns. La sangría demográfica hay que buscarla en dos factores: el traumatismo de la conquista (las bajas causadas por la guerra, el desplome de las actividades económicas y los grandes desplazamientos poblaciones) y sobre todo las enfermedades. Los habitantes de América habían permanecido aislados del resto del mundo y pagaron a un alto precio el choque biológico. Cuando las enfermedades traídas desde Europa, que habían evolucionado durante miles de años de Humanidad, entraron en contacto con el Nuevo Mundo causaron miles de muertes frente a la fragilidad biológica de sus pobladores. Un sencillo catarro nasal resultaba mortal para muchos indígenas. El resultado fue la muerte de un porcentaje estimado del 95% de la población nativa americana existente a la llegada de Colón debido a las enfermedades, según los cálculos del ecólogo Jared Diamond.
El mito del «Genocidio español»: las enfermedades acabaron con el 95% de la población
Retrato de Bartolomé de las Casas Fueron las grandes epidemias, sin embargo, las que provocaron el mayor impacto. Una epidemia de viruela que se desató en Santo Domingo entre 1518 y 1519 acabó con prácticamente toda la población local. Esa misma epidemia fue introducida por los hombres de Hernán Cortés en México y, tras arrasar Guatemala, bajo hasta el corazón del Imperio Inca en 1525, donde diezmó a la mitad de la población. Precedido por la viruela, la llegada de Francisco Pizarro a Perú fue el golpe final a un imperio que se encontraba colapsado por las enfermedades. La epidemia de viruela fue seguida por la de sarampión, entre 1530-31; el tifus, en 1546; y la gripe, en 1558. La difteria, las paperas, la sífilis y la peste neumónica también golpearon fuerte en la población.
El genocidio en la leyenda negra «Los españoles han causado una muerte miserable a 20 millones de personas», escribió en su texto «Apología» el holandés Guillermo de Orange, esforzado padre de la propaganda negativa del Imperio español. Con la intención de menoscabar el prestigio de la Monarquía hispánica, dueña absoluta del continente durante casi un siglo, los holandeses, los ingleses y los hugonotes franceses exageraron las conclusiones del libro «Brevísima relación de la destrucción de las Indias», escrito por el fraile dominico Bartolomé de Las Casas. Probablemente, este fraile, que acompañó a Cristóbal Colón en su segundo viaje, no habría jamás imaginado que su texto iba a ser la piedra central de los ataques a España cuando denunció el maltrato que estaban sufriendo los indígenas. Como explica Joseph Pérez, autor de «La Leyenda negra» (GADIR, 2012), Las Casas pretendía «denunciar las contradicciones entre el fin –la evangelización de los indios– y los medios utilizados. Esos medios (la guerra, la conquista, la esclavitud, los malos tratos) no eran dignos de cristianos; el hecho de que los conquistadores fueran españoles era secundario».
El mito del «Genocidio español»: las enfermedades acabaron con el 95% de la población
Grabado de T. De Bry para «la Historia de la destrucción de las Indias» Las traducciones y reediciones de la «Brevísima relación de la destrucción de las Indias» se multiplicaron entre 1579 y 1700: de ellas 29 fueron escritas en neerlandés, 13 en francés y seis en inglés. Lo que todos obviaron cuando emplearon a de Las Casas para atacar al Imperio español es que él mismo representaba a un grupo de españoles con el coraje de denunciar la injusticia, la mayoría misioneros, y a una creciente preocupación que con los años atrajo el interés de las autoridades. Este grupo crítico consiguió que en 1542 las Leyes Nuevas confirmaran la prohibición de reducir a los indios a la esclavitud y sancionaron el fin del trabajo forzoso, la encomienda. Asimismo, en la controversia de Valladolid, donde por desgracia se sacaron pocas conclusiones finales, se enfrentaron quienes defendían que los indígenas tenían los mismos derechos que cualquier cristiano contra los que creían que estaba justificado que un pueblo superior impusiera su tutela a pueblos inferiores para permitirles acceder a un grado más elevado de desarrollo.
Curiosamente, los enciclopedistas franceses, muy críticos con todo lo referido a España en otras cuestiones, fueron los primeros en ver que las cifras presentadas por de Las Casas –20 millones de muertos causados por los métodos de los conquistadores– eran del todo imprecisas. En «El Ensayo sobre las costumbres» (1756), Voltaire afirma que Las Casas exageró de forma premeditada el número de muertos e idealizó a los indios para llamar la atención sobre lo que consideraba una injusticia. «Sabido es que la voluntad de Isabel, de Fernando, del cardenal Cisneros, de Carlos V, fue constantemente la de tratar con consideración a los indios», expuso en 1777 el escritor francés Jean-François Marmontel en una obra, «Les Incas», que por lo demás está llena de reproches hacia la actitud de los conquistadores. La Revolución francesa y la emancipación de las colonias en América elevaron a de Las Casas a la categoría de benefactor de la Humanidad.
Los críticos se convierten en los conquistadores Más allá del brutal impacto de las enfermedades, es cierto que la violencia de la Conquista de América provocó la muerte directa e indirecta de miles de personas. El que existiera un grupo de personas críticas con los métodos empleados por los conquistadores –un grupo de hombres que perseguían como principal objetivo el hacerse ricos– o que los Reyes españoles plantearan soluciones –aunque fueran incompletas e incluso hipócritas– no exime a España de sus pecados históricos y del daño cometido, pero sí la diferencia de precisamente los países que censuraron una actuación que luego ellos mismos practicaron. Sin entrar a valorar el fangoso proceso llevado a cabo por los anglosajones en Norteamérica, la explotación de caucho en el África negra dejó a sus espaldas 10 millones de muertos en el Congo Belga. «La colonización europea de los siglos XIX y XX fue culpable de crímenes semejantes a los cometidos por los conquistadores españoles. La única diferencia es que no encontraron a un de Las Casas para denunciar las injusticias con tanta repercusión», sentencia el hispanista Joseph Pérez en el citado libro.

Fuente: ABC

Manuel PecellínEl profesor y colaborador del Diario HOY Manuel Pecellín ha sido elegido secretario de la Real Academia de Extremadura. Doctor en Filosofía y Licenciado en Teología, se ocupó anteriormente de dirigir el boletín de esta institución y ha desempeñado diversos cargos relacionados con la docencia y con el libro. Crítico literario de HOY y de otras publicaciones donde ha reseñado obras que han dado lugar a diversos tomos, recogidos en su enjundioso trabajo "Bibliografía extremeña". Ha preparado ediciones de obras de Felipe Trigo, Reyes Huerta, Luis Chamizo, Francisco Vera o Manuel Pacheco. También dirigió el Servicio de Publicaciones de la Diputación de Badajoz y presidió la Asociación de Escritores Extremeños. Con este nombramiento se completa la mesa que gobierna la alta institución cultural de la región, tras las remodelaciones producidas por el fallecimiento del anterior director Santiago Castelo. Pecellín Lancharro tomó posesión como académico numerario en el año 2005. El cargo de secretario es de suma importancia en la Real Academia de Extremadura. Responsable y custodio de las actas y estrecho colaborador del director para organizar el orden del día y coordinar la correspondencia, documentación y otras actividades. El puesto fue desempeñado por algunos notables nombres de la cultura. Primeramente, desde 1979, por Manuel Terrón Albarrán, alma y gestor imprescindible en los primeros años y en la vida de esta corporación. A lo largo de treinta y un años Terrón mantuvo esa responsabilidad con los diferentes directores, hasta cesar en el año 2010. Le sucedió Francisco Tejada Vizuete, que lo mantuvo hasta su fallecimiento en el año 2014. El actual director Francisco Javier Pizarro se hizo cargo entonces de la secretaría, concretamente en la sesión académica del 24 de enero de 2015, puesto en el que permaneció hasta ser elegido recientemente director de la Real Academia de Extremadura de las Letras y las Artes. Fuente: HOY.

Clase Magistral del Prof. Dr. Juan Carlos Conde
(Magdalen College, University of Oxford)

El Departamento de Artes, el Centro de Estudios de Filosofía Medieval y el Seminario de «Introducción a la codicología» de la Facultad de Filosofía y Letras (UBA), junto con el Instituto de Estudios Medievales y Renacentistas (IEMYR, Universidad de Salamanca), el Seminario de Estudios Medievales y Renacentistas (SEMYR, Universidad de Salamanca) y el Magdalen Iberian Medieval Studies Seminar (MIMSS, Magdalen College, University of Oxford) invitan a la clase magistral que dictará el Prof. Dr. Juan Carlos Conde: Manuscritos perdidos y fragmentos hallados: otro aspecto de la investigación codicológica y bibliográfica. (Con el análisis detallado de un caso práctico).

La clase tendrá lugar el miércoles 14 de octubre, de 17 a 21 hs., en el Centro Cultural Paco Urondo de la Facultad de Filosofía y Letras (UBA), 25 de mayo 201, Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Juan Carlos Conde es doctor en Filología Hispánica por la Universidad Autónoma de Madrid y profesor de Lengua y Literatura Española Medieval en la Faculty of Medieval and Modern Languages de la Universidad de Oxford, así como Tutorial Fellow de Magdalen College y College Lecturer de St. Edmund Hall. Es autor de diversas publicaciones sobre Pablo de Santa María, el Poema de Mio Cid, la Celestina, el Diálogo de vita beata de Juan de Lucena, la historiografía y la traducción medievales. También ha publicado numerosos trabajos sobre otras de sus áreas de especialización, como historia de la lengua española, crítica textual, historia del libro, bibiografía y codicología. Actualmente trabaja en la edición de las obras de la autora cuatrocentista Teresa de Cartagena.

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